miércoles, 1 de abril de 2026

CARTA A MARIANA, CON DOMINGOS

Querida Mariana: vos, que sos apasionada del cine, ya escuchaste esta pregunta: “¿Qué vas a hacer el resto de los domingos de tu vida?” La pregunta aparece en el cartel de la película española “Los domingos”, cinta de 2025, que ha obtenido varios premios de la crítica. No me referiré a la película (ni la he visto), porque eso es tema para expertos, como vos. Diré, querida mía, que la pregunta me cimbró: ¿qué hacer el resto de los domingos de la vida? Vos, ¿qué hacés los domingos? Recordé lo que hacía los domingos de mi infancia. Ahora pienso que mis domingos han estado relacionados con el cine. ¡Sí, desde siempre! En mi infancia iba a misa temprano, con mis papás; buscaba al señor que repartía la programación de los Cines Comitán y Montebello; regresábamos a casa (a media cuadra del parque central), desayunábamos los tamales de azafrán (¡riquísimos!), que habíamos comprado una noche antes con tío Jul; recibía mi “domingo”; es decir, la paga que me destinaban y corría hacia la matiné del Cine Comitán. Ah, qué delicia, por una mínima cantidad disfrutaba tres películas (Tarzán; Santo, el enmascarado de plata; o alguna estilo “Allá en el rancho grande”, con balaceras, cantinas, paisajes desérticos y polvaredas). A las dos de la tarde salíamos de la sala todos “lampareados”, nuestros ojos, acostumbrados a la penumbra, eran golpeados por los rayos del sol. Caminaba a mi casa, comía (me encantaban los baldados de cueza con queso, acompañados con frijol de olla y tortillas recién salidas del comal) y regresaba al cine, ahora al “Montebello”, donde exhibían las películas extranjeras, con subtítulos en español. Antes del Intermedio iba a la dulcería para comprar dos tortas con un vaso de refresco, o una bolsa de cacahuates japoneses con un vaso de refresco, o una orden de tacos dorados (también riquísimos) con un vaso de refresco, regresaba a mi asiento y cuando la luz se prendía y todo mundo se arremolinaba en la dulcería, ya tenía lo que consumiría en cuanto iniciara la segunda película. Esos eran mis domingos de infancia; en la adolescencia seguí con la costumbre, sólo que ya iba con los amigos de la palomilla (en prepa, comíamos en el Restaurante Lupita, que estaba al lado del Cine Montebello, pedíamos milanesas, acompañadas con frijolitos refritos, rebanadas de jitomate y picles, que los bajábamos con cerveza o, a veces, con unas cubas. Por esto, Saborío luego dio la orden de prohibirnos la entrada, porque ya bolitos hacíamos bulla, como entrar de trenecito haciendo el sonido característico). En la Ciudad de México, en los años setenta, se modificó la rutina dominguera, con los compas del departamento íbamos a comprar carnitas y veíamos los partidos de fútbol en la televisión (en ocasiones fuimos al Estadio Azteca o al de los Pumas a ver los partidos en vivo, gran experiencia). Rodolfo se quejaba que todo el día veíamos fútbol en la tele, incluso en la noche: el mejor partido de la semana. Al volver a Comitán retomé la costumbre: los domingos iba al cine o a beber trago. Un buen día dejé de beber trago, pero jamás la asistencia religiosa a las salas. Antes de pandemia, los domingos íbamos con mi Paty a alguna sala de Cinépolis. Cedía a los gustos de ella y entraba a ver unos bodrios Hollywoodenses de antología. Llegó la pandemia y ello obligó a quedarnos en casa. Desde entonces no hemos vuelto al cine. Ahora, a través de Streaming, veo cine casi todas las tardes, incluidas las del domingo. ¿Qué vas a hacer el resto de los domingos de tu vida? Entiendo que los seres humanos formamos dos grandes bloques: los que disfrutan su casa en domingo y los que salen de sus casas. Ahora soy del primer grupo: me encanta quedarme en casa, leo, dibujo, pinto, escribo, veo películas (estoy suscrito a la plataforma MUBI donde encuentro una oferta atractiva de cintas inteligentes, de varias partes del mundo). Los del otro grupo tienen el mundo a su disposición: van a encuentros deportivos, a templos, a plazas, a cafés, hacen fila para entrar a museos o a estadios o a salas de cine; van a sus ranchos (acá es costumbre ir a Uninajab) o se echan una resbaladita a San Cristóbal para caminar en Los andadores, repletos de gente. Posdata: la pregunta no es irrelevante, al contrario, demuestra nuestros gustos, nos define en nuestra personalidad. Claro, hay mucha gente que no tiene opción, que sigue en la rutina del trabajo. Mencioné a Saborío, que era el proyeccionista en los cines de Comitán, él debía presentarse en la sala, incluso los domingos. Te platiqué que cuando estaba de novio con Nelly, Saborío bajaba a platicar un rato con ella y luego se trepaba a la cabina de proyección, para cumplir con su chamba. Corrijo entonces, los seres humanos elegimos los domingos entre quedarnos en casa, salir al campo o ir al trabajo. ¿Quiénes son los más afortunados? Pienso en el trabajo de Saborío y pienso en el proyeccionista de la película “Cinema Paradiso” y me doy cuenta que él iba al cine todos los días, aparte de su trabajo era su pasión. ¡Tzatz Comitán!