miércoles, 5 de agosto de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN DÍA EXCEPCIONAL (segunda parte, de tres)

Querida Mariana: ya dije que el título de esta carta no es gratuito, fue un día redondo. Te cuento lo que viví en forma personal, una tarde recibí una llamada, pero no contesté porque el número no lo tenía registrado, pero luego enviaron un mensaje, era de la oficina del gobernador, con una invitación para llegar al acto del que hablo. Agradecí la amabilidad, respondí, luego piqué en el archivo y hallé una bonita imagen del templo de Santo Domingo donde había el siguiente texto: “Acompáñame y platiquemos sobre las inversiones y nuevos proyectos que estamos realizando en nuestro querido Comitán. Eduardo Ramírez Aguilar, gobernador constitucional del estado de Chiapas. Sábado 1 de agosto. 14:00 hrs. Salón Plaza Comitán…” y luego la dirección del salón. Pensé: el sábado también será el desfile de carros alegóricos. Fue un flashazo y lo olvidé. Al siguiente día, recibí una llamada de la misma oficina (ahora sí tenía el nombre del lugar donde llamaban), contesté y alguien muy amable no sólo me invitaba a acudir al acto sino que la extendía a algo inesperado: que diera el mensaje de bienvenida, en nombre del gobernador del estado de Chiapas. Cuando terminé de oír dije que sí, que era un honor, pero que si no había inconveniente en que el mensaje fuera breve, como siempre lo hago. La señorita me dijo que no, que lo que dispusiera estaba bien y que si podía confirmar mi participación, dije que sí. Se despidió diciendo que si necesitaba algún otro dato llamara. En ese momento agarré una de las tarjetitas que siempre llevo en la bolsa de la camisa y con letra pequeña, pero legible comencé a escribir lo que diría. Le di vuelta a la tarjetita y llené el espacio. Seis parrafitos bien distribuidos. Lo leí. Me pareció bien. Activé el cronómetro: dos minutos y medio. ¡Perfecto!, dije. Tomé la tarjetita y la agregué al bonche que llevo siempre. El siguiente día fue el de la convocatoria. Recibí un mensaje en el celular, debía ir a San Sebastián, a la librería “La rueda del hambriento”, ahí estaban las invitaciones impresas, para mí y para Dora Patricia. Si no llevábamos dichos tarjetones no nos dejarían entrar al salón. Como a las diez y media le dije a Dora Patricia que bajáramos, pasé a que le dieran una boleada a los zapatos y caminamos. Mucha gente ya estaba en las banquetas, en sillas o parados, con parasoles para cubrirse (en los balcones de una casa que es propiedad del Colegio Mariano N. Ruiz, estaba la maestra Lucy y la maestra Fanny). El ambiente era de fiesta, los carros alegóricos ya estaban listos para iniciar. Dora Patricia y yo bajamos, en cada carro yo aplaudía y gritaba: “¡bravo, bravo!”. Gritaba a las personas que estaban en los carros, gritaba a los grupos de batucadas, de bandas: ¡bravo, bravo! Aplaudía. Era día de fiesta. Llegamos a la librería, recogimos las invitaciones y subimos donde estaba la bulla. Dora Patricia me dijo que era mucho jolgorio, así que buscamos una avenida paralela, todo fue calma. Ahí me di cuenta que había lastimado mi garganta con tanto grito. Me alarmé tantito. Dios mío, dos horas después tenía la encomienda de dar el mensaje de bienvenida en nombre del gobernador. Fuimos al restaurante 1813, pedimos dos ensaladas para comer y un botecito de miel para ver si lograba aliviar tantito a mi garganta. Comimos. Le pregunté la hora a Alexa: “es la una y media”. Salimos de la oficina echo la mocha y subimos a un taxi. Entonces volví a recordar que el desfile era el mismo día. El tráfico era un verdadero caos, el taxista, conductor experto, buscó la ruta más accesible, pero todo era un verdadero maremágnum. Los conductores conducían molestos. Hubo un momento que el taxista, al encontrar una calle cerrada por arreglos, dijo: bajen, caminen y dos cuadras más adelante encontrarán una ruta menos complicada. Como si estuviéramos en el último barco decidimos hundirnos en él y dijimos que siguiera. Ya no estaba Alexa, pero Dora Patricia me dijo que ya eran las dos con diez. Pensé: estos actos nunca comienzan a la hora anunciada, me fui conformando. Llegamos casi casi a las dos y media, uf, en la entrada al salón había una gran fila. A mí esa fila no me molestó, al contrario, me consoló, el acto no había comenzado. Vi en la fila a mi amigo Arnulfo Cordero, a su hijo Mauricio y a José Valenti. Fui a saludarlos, platiqué un rato con ellos, también saludé a la chef Karla, de 1813. Saludé a otros amigos, el doctor Hurtado fue muy cordial, la fila seguía avanzando. Alguien de gobierno dijo que la fila se hiciera para un lado, el gobernador estaba por llegar, también nosotros estábamos por llegar a la entrada del salón. Alguien se acercó a mí y preguntó si yo era quien soy, dije que sí, él nos condujo a la entrada, por indicaciones de la Maestra Angélica Altuzar, la directora de Coneculta. Entramos, le agradecí a la directora de Coneculta el acompañamiento, me llevó hasta una mesa donde había un personalizador con mi nombre, me dijo que ahí me tocaba y llevó a Dora Patricia a otra mesa. Como el acto aún no iniciaba fui a mesas donde identifiqué a amigos, fui a saludarlos. Uh, saludé a muchos. Mientras, pensaba en el estado de mi garganta. Tomé un “halls” para refrescarla tantito. En eso anunciaron la llegada del gobernador del estado de Chiapas, acompañado por su esposa Doña Sofi, regresé a mi lugar, por ahí pasó el gobernador, saludó a los de la mesa, me vio: “Molinari” dijo, yo dije “gobernador” y nos dimos la mano. El gobernador saludó a más gente con el brazo extendido, se sentaron, en ese momento caí en la cuenta que yo estaba sentado en la misma mesa del gobernador, al lado del doctor Abarca; de la doctora Pech; de Arnulfo Cordero; de la tía Tere Albores de Bermúdez; del ingeniero Gordillo, director de Sur Divers; y de la licenciada Quintero. Posdata: una licenciada me indicó que Paquito Ruiz Vera indicaría a qué hora subiría al podio para el mensaje. En una mesa de enfrente vi al secretario de salud, mi ex jefe, el Maestro Luis Ignacio Avendaño, a quien admiro y quiero, así que decidí pararme y saludarlo antes de subir al podio. Así lo hice, él estaba sentado, ya comiendo, llegué por detrás, lo abracé y le manifesté mi cariño. En eso anunciaron mi nombre, el secretario de salud dijo: “va, maestro”, y fui. ¡Tzatz Comitán!