jueves, 8 de octubre de 2026

CARTA A MARIANA, CON UNA LUNA

Querida Mariana: ¿a qué hora apareció el primer ser humano sobre la Tierra? ¿En la noche? ¿En la mañana? ¿A mediodía? Carl G. Jung dijo que todo está en nuestro inconsciente colectivo, el presente, el pasado y el porvenir. ¿Has escuchado alguna vez a un escritor famoso decir que no sabe bien a bien de dónde le llegó tal idea? Si seguimos la teoría de Jung, podemos decir ¡del inconsciente colectivo! Los creadores, a diferencia de los que no lo son, tienen una propensión a entrar a ese inconsciente colectivo con gran facilidad. A mí me encantó la explicación que dio Emma Godoy: imaginá que entrás a una cueva y ahí están todos los tesoros del mundo, al salir algunos regresarán con gemas y otros con piedritas simpáticas. Todo mundo puede entrar al inconsciente colectivo, pero sólo los genios pepenan hechos asombrosos. Por eso, el proceso de creación es misterioso, los seres comunes escriben cosas intrascendentes, los sabios crean obras sublimes. La materia prima es la misma para todos, pero no todos tienen la capacidad para distinguir lo bueno de lo mediocre. Y digo que nuestra primera imagen tiene relación con la hora en que apareció el primer ser humano, si fue de día no pudo ver el sol directamente, porque hubiese quedado ciego; si fue en la tarde, entonces sí apreció el sol ocultándose y se maravilló. ¿Y si fue en la noche? Vio la luna. No sabemos si la vio llena o sólo un cachito, como si fuese un cuernito. No quiero pensar que haya sido así, porque eso sería presagio que luego las demás hijas de Eva le pondrían el cuernito a los hijos de Adán. De niño salía al patio central de la casa y veía la luna, me fascinaba. Como alguien había contado el cuento que era un pedazo de queso y que ahí vivía un conejo trataba de ver la imagen de ese animalito, porque una de mis mascotas fue un conejo. Ya platiqué que un día ese conejito hermoso terminó en una cazuela y lo comimos, yo sin saber qué comía. Mi papá trató de enmendar la pérdida obsequiándome un conejito con tambor que se accionaba al darle cuerda. Es conejito es mi “rosebud” personal. Hoy, ya viejo de sesenta y nueve, me duermo temprano, sólo cuando llego a la casa a las siete y media, más o menos, apago las luces del patio y veo el cielo, en busca de la luna. A veces, gracias a Dios, asoman algunas estrellas que me saludan con sus luces intermitentes; a veces aparece la luna, en ocasiones está llena y a veces está mordida, como si el conejo se hubiese zampado un pedazo. La luna ha sido una imagen recurrente de los creadores, más que el sol, que era algo esencial en la cultura prehispánica. Cuando ocurría un eclipse había que ayudar al sol para que no desapareciera tragado por la luna. Desde siempre ha existido una coexistencia y lucha entre el sol (masculino) y la luna (femenina). El hombre desea tener relaciones sexuales con la mujer y acá, en estos lares, ella dice: “no puedo, estoy mi luna”. La frase que acá es parte de un chiste llama mi atención. Se me hace algo casi genial ¡estar mi luna! Nunca nadie ha dicho ¡estoy mi sol! Si llevamos la frase a otra altura, vemos que estar mi luna es algo poderoso, porque la luna, todo mundo lo sabe, influye para las mareas en los océanos. ¿Tanta es su fuerza? Pues sí, el influjo de la luna es superior, ha dominado gran parte de la imaginación popular de todos los tiempos. ¿Por qué no se cae la luna?, preguntó la niña a su mamá. La mamá dijo que la luna no se caía porque estaba deteniéndose con sus manitas en la manta del cielo. ¿Qué manitas, mamá?, preguntó la niña. La mamá dijo que la luna, en el lado que nunca se ve tiene manitas. ¿Cuántas manitas, mamá?, preguntó la niña. Tantas como cabellos tiene tu hermanita. Con esa respuesta, la niña quedó satisfecha. Quien se molestó fue la hermanita, porque al otro día, su hermana comenzó a molestarla: mi hermanita tiene pelos de manos de luna. Posdata: en el centenario del nacimiento del poeta Jaime Sabines, mucha gente dice en voz alta su poema dedicado a la luna: “…pon una hoja tierna de la luna debajo de tu almohada y mirarás lo que quieras ver…” Yo vi una luna en un chinculguaje. Se vale que riás. ¡Tzatz Comitán!