martes, 3 de noviembre de 2026

CARTA A MARIANA, CON MÚSICA

Querida Mariana: caminaba en mi parque, el parque central de Comitán, mi pueblo. La poeta Mirtha dice que ella no es de Comitán, Comitán es de ella. Caminaba por el lado donde están los boleros y escuché que uno de ellos, amigo, decía: “Voy a estar con la música hasta mi último suspiro”. Lo conozco, a veces lleva una guitarra y la toca, a veces coloca un pequeño reproductor a su lado y escucha música de los 70, tiene un USB con música de época. Uno camina por ahí y es agradable escuchar música decente, porque muchos automovilistas escuchan algo no tan decente, con el volumen a todo lo que da. Llamó mi atención la frase: “voy a estar con la música hasta mi último suspiro”. Él es un enamorado de la música, es lo que los que saben llaman melómano. Escuché lo que dijo, platicaba con un cliente o con un amigo y confesó su afición máxima en la vida. El otro día platiqué un rato con él y me dijo que tiene un grupo musical, él toca el requinto. Lo imaginé como el gran Chamín Correa, que era un virtuoso de la guitarra. No sé si la vida le dé esa oportunidad al amigo bolero, que en su oficio lleva lo musical, porque debe interpretar varios boleros famosos. ¿De dónde llegó el bolero? Me refiero al género musical que así se llama. No lo sé. Pero llegó de alguna parte de América, pienso que no es algo que hayan inventado los mexicanos. Ahora estoy a punto de preguntarle al Internet para que vos y yo tengamos la información completa. Voy. Ya está, el Internet dice que nació en Cuba, chico, cosa más grande, caballero. Por eso, digo yo, en Yucatán hay grandes intérpretes y compositores de boleros, porque viven en el mismo vecindario, con una alberca de mar de por medio. Basta nombrar a Armando Manzanero para apreciar cómo los vecinos aprendieron muy bien la lección; otro genio musical es Sergio Esquivel, a mí me gusta mucho su canción “San Juan de Letrán”, avenida que hoy es un eje en la Ciudad de México y que perdió la riqueza que Sergio narra en su canción. ¿Cumplirá su deseo mi amigo bolero? ¿De verdad llevará la música hasta su último suspiro? Quién sabe. La vida es incierta, no se sabe qué pasará en el porvenir. La experiencia demuestra que hay mucha gente que ama la música y en su último minuto de vida no soporta la música, porque, hay que decirlo, la música es un alimento espiritual maravilloso, es una caricia al corazón, pero hay ratos que se vuelve algo terrible. Tengo varias amigas que padecen la música el fin de semana. Sus residencias están al lado de salones de fiesta. Esto es un problema del municipio, que no tiene bien definido lo que debe ser el uso de suelo. En ciudades urbanas civilizadas se prohíbe que en una zona habitacional existan lugares donde se hacen festejos ruidosos. Hay un instante en que la música se vuelve algo ruidoso, algo detestable. A mí me desagrada que en restaurantes pongan música con un volumen que imposibilita la plática. Cuando uno acude a un concierto va a escuchar música, bien clásica en una sala o rock en un estadio, pero cuando uno va a comer va a convivir, no a sentirse fastidiado con música y con música de estos sagrados tiempos abusivos e indecentes. Cuando alguien está enfermo en casa, el sentido común obliga a apagar los aparatos que reproducen música, el enfermo desea descansar. Así que muchos melómanos, contra todo lo que sería su deseo, se olvidan de escuchar boleros, mambos, reguetones y demás géneros musicales. Ojalá mi amigo bolero tenga la suerte de nunca abandonar la música, de despedirse de ésta cuando llegue su último suspiro. Hay actores que han pedido morir en el escenario y han caído fulminados cuando actuaban en una obra de teatro. A veces la naturaleza cumple deseos. El tío Pancracio pidió morir en su raya y así sucedió, bolo de toda la vida, fanático de las botanas, de la convivencia y de los tragos, levantó el vaso lleno de ron en una fiesta particular, dejó el vaso vacío sobre la mesa, después de empinarse todo el contenido y, sin soltar el vaso, empinó la cabeza y murió. El destino le cumplió su deseo de morirse en la raya. Posdata: a mí me falta amar la música, he destinado más tiempo a otras artes: el dibujo, la pintura, la lectura, la escritura. No puedo concentrarme si pongo música a la hora de escribir. Escribo como si en ello se me fuera, en lugar de la vida, la muerte. Ahora pinto cajitas para una próxima exposición, voy a la oficina los domingos, abro la ventana que da al balcón y le digo a Alexa que ponga música de Alan Parsons Project y así disfruto la pintura, que, ya lo dijo Abel Quezada, es la libertad total. Soltar la mano con el pincel y mezclar colores hasta que encuentro uno que me satisface es un ejercicio de vuelo, como si fuera un pájaro dichoso. Ya le voy encontrando el gusto a la música, pongo Alan Parsons, pongo música del negro fabuloso: Barry White, pongo música de Los Beatles. Ahí la llevo, le voy hallando el gusto. ¡Tzatz Comitán!