viernes, 10 de noviembre de 2017

UNA FOTOGRAFÍA TRISTE





A Elisa no le gusta ver fotografías familiares. Es de las pocas personas que conozco que asume tal comportamiento. Ella cuenta que una tarde, cuando era niña, su mamá la llamó para que viera un álbum de fotografías familiares. Era una tarde espléndida, el sol se estiraba como gato en el patio. Elisa había regresado del parque, donde, con sus primas, había jugado en los columpios. Estaba chapeada, sentía un agradable calorcito en su cuerpo. Su mamá comenzó a pasar las fotografías, en blanco y negro, y a comentar cada una de ellas: Acá está mi abuelita Irene, acá está el tío Porfirio. Suspiraba al hablar. Hubo un instante en que se colocó una mano en el pecho y dijo: Acá está mi mamita, yo soy la niña que tiene en brazos. Elisa vio que su mamá dejó de ver la fotografía, miró hacia la ventana y se soltó a llorar. ¿Qué te pasa, mamita?, preguntó Elisa. ¡Nada, nada, hija, nada!
A Elisa no le gusta ver fotografías familiares, dice que aquella tarde se impactó. Su mamá había llorado, se había puesto triste, en una tarde espléndida, cuando minutos antes había estado feliz, cantando, preparando la masa de los pastelitos que metió al horno, para la cena. Elisa dijo que, a partir de ese día, odió a las fotografías, así como odiaba a su papá cuando llegaba borracho y hacía llorar a su mamá. Su papá y las fotografías hacían llorar a su mamá y eso a ella le molestaba mucho.
Elisa cuenta que su mamá le echó la culpa a la sirvienta, la tarde que salió huyendo de casa, llevándose la cajita de madera donde guardaba sus joyas. “¡India cabrona!”, gritó la mamá de Elisa cuando descubrió el hurto de las joyas y de los álbumes de fotografías. Elisa nunca confesó la verdad, que ella había tomado las fotografías y las había ido quemando poco a poco, y los álbumes los había guardado en una bolsa negra de plástico y los había tirado en la basura.
Por eso, Elisa no tiene cuenta de Facebook. Dice que hay parientes y amigos que suben fotografías familiares y ella no quiere recordar los momentos ingratos que vivió su mamá. Cuando el borracho de su padre los abandonó, su mamá lloró mucho. Lo mismo hizo cuando una amiga de ella le enseñó una fotografía donde estaban los papás de Elisa recién casados.
Por eso yo no le enseño fotografías familiares a Elisa. A veces le muestro algunas fotografías de Comitán, del parque de La Pila o de la Pilita Seca y ella sonríe y dice que esas fotografías sí le hacen bien. Pero cuando tomé esta fotografía en la carretera que va a San José Obrero pensé que no se la enseñaría, porque es como una foto triste, muy triste. Sé que ella no vería ese platanar que es como una corona verde a mitad del campo, que es como un pájaro enormísimo con sus alas abiertas, que es como el corazón de la tierra que abre sus dedos para tocar el viento. No. Sé que ella vería lo que está en primer plano, ese fragmento de murete que ya está todo chimuelo, que es como un sobreviviente de épocas pasadas. Porque, si bien este fragmento no tiene parentesco con alguien, sí es como un hilo para jalar la memoria, ese hilo cruel que sirve para atar el recuerdo del abuelo que lo construyó, ese abuelo que, por las tardes, se sentaba en un butac a ver cómo estaba de grande ya el platanar que sembró con su padre.
Las selfies son fotos prodigiosas, que capturan el instante glorioso de vida. Pero sé que estas instantáneas, al paso del tiempo, se volverán fotografías tristes. Lo sé, así como lo sabe Elisa. El otro día, Romeo me mostró una fotografía donde aparecen tres muchachos en la playa, debajo de una sombrilla. Los tres están con sus trajes de baño, están bronceados, tienen cervezas en la mano, sonríen. Romeo me dijo que los conoció. Cuando le pregunté por qué hablaba en pasado, me contó que esa fotografía la subieron a sus muros, antes de dejar Acapulco, antes de subir al auto, antes de chocar con la parte trasera de un tráiler. Estaba triste cuando dijo que esa fotografía la habían subido al Facebook dos o tres horas antes de morir.
Sé porqué Elisa odia las fotografías familiares. Le remueven recuerdos ingratos, que son como brazos que lanzan a la mente al vacío, ahí donde, a diferencia de trapecistas de circo, no hay redes de protección.
Pero yo tomé la fotografía porque sé que uno de estos días, más temprano que tarde, este pedazo de murete caerá y nadie tendrá un referente para la memoria colectiva. Yo pienso que es bueno, de vez en vez, que haya registro de fotografías tristes, porque, después de todo, la vida está llena de esas cuerdas que aprietan los cogotes del alma.

jueves, 9 de noviembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA EL ORIGEN DEL UNIVERSO




Querida Mariana: Vi esta fotografía y pensé que si alguien dijera que la abuelita Maty bordó el mar ¡lo creería! Lo creería porque este bordado no tiene principio ni fin. ¿Mirás cómo esta colcha desborda los límites de la fotografía? No fue a propósito (muchas cosas no lo son), pero la sensación que da es de un mar con un oleaje armonioso, casi quieto, como si la abuelita Maty hubiese ordenado: “Niñas, niñas, estense quietas”, y las olas, dóciles, sencillas, le obedecieran.
Vi la fotografía y quedé asombrado. ¿Cuántas horas dedicaba la abuelita de mi amiga Lulú a cada colcha? No puedo imaginarlo, porque mi imaginación es escasa hablando de horas dedicadas a una labor tan concienzuda, tan de abeja libando miel, tan de hormiga llevando hojitas al hormiguero, tan de Dios formando el universo.
Vi la fotografía y supe que las manos de la abuelita Maty fueron manos poseedoras del don. He visto manos semejantes, he visto manos de bordadoras zinacantecas que, con telar de cintura, se pasan las horas de las horas bordando las blusas; he visto manos de talladores de madera repasar una y otra y otra vez el trozo hasta dejar la pieza para museo. Imagino que así es el proceso que realiza el escultor Luis Aguilar, cada vez que moldea la plastilina para que luego, por el método de la cera perdida, sus obras tomen la solidez del bronce.
Vi la fotografía y me sorprendió la sencillez de la estancia. Sólo aparece la pared del fondo y la silla al lado del sofá donde está sentada la maravillosa bordadora. Imaginé, querida Mariana, que la abuelita Maty está a punto de terminar con la labor; imaginé que, al estilo de los albañiles que impermeabilizan un techo y quedan atrapados en una esquina, ella comenzará a quedar por debajo de ese mar bordado y dirá, satisfecha: “¡He cumplido!”, y cerrará los ojos y se irá a otra parte del universo a seguir con su labor, porque, ¡sí!, ella cumplió. Ella legó estos mares bordados y, lo más importante, dejó como herencia la lección de la paciencia y de la pasión.
¿Cuántas horas dedicaba a cada colcha, a cada laguna bordada, a cada mar entretejido? Ella, al contrario de Moisés, no abrió el mar, porque no estaba en el destierro. ¡No! Ella, al contrario, se dedicó a unir las olas para formar un enormísimo mar, ella siempre fue una mujer sedentaria, porque la Biblia dice que Dios descansó al concluir su labor de formar el universo. Lo mismo hizo la abuelita Maty, vio que el mundo era bueno, estaba lleno de flores, de pájaros y de borregos, pero le faltaba el agregado de la belleza utilitaria, entonces cardó la lana del borrego, se sentó y comenzó a bordar un tapete para abonar la imaginación del ser humano.
¿Mirás cómo cae la cabellera blanca, como queriendo unirse a las olas del bordado? Su cabellera es una cascada. ¿Mirás cómo ella está a punto de jalar el gancho para que el hilo forme la greca? ¿Imaginás cómo era el espíritu de la abuelita Maty?
Cuando vi la fotografía traté de escuchar. ¿Oís lo mismo que oí yo? Yo escuché el sonido del mar a la hora que, sugerente, besa la orilla de la playa; escuché el sonido de una bandada de gaviotas; escuché el sonido del silencio que, apresurado, movía los pies y caminaba por encima del mar, en intento de imitar a Jesús. Escuché la respiración de la abuelita Maty, vi cómo su pecho se alzaba como se alza el buche del gorrión cuando canta.
Nada interrumpía ese concierto de silencios y de murmullos.
En el instante de la fotografía, la abuelita no suspendió su labor. Así la hallaron, así la dejaron, bordando. Así continúo hasta la tarde en que el bordado se confundió con su cabello, se entrelazó y la cubrió de manera permanente.
¡Qué vida tan intensa, tan llena de guiños luminosos! Ella no fue enterrada, ella descansó debajo de un mar bordado.

martes, 7 de noviembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DE UNA CHARLA CON ALICIA TORRUCO




Querida Mariana: El 28 de octubre, Daniel Saborío pidió que les regalara una entrevista para “Lengua de calle”, un canal de videos en las redes sociales. Daniel siempre es muy amable conmigo. De inmediato contesté que sí, por supuesto, dije que lo consideraba un honor. Él agregó que la charla sería con “una entrevistadora muy simpática”. Ella se pondría en contacto conmigo. Así fue. Alicia Torruco me dijo que hiciéramos la entrevista el viernes tres de noviembre, a las once de la mañana. ¿En dónde? ¿La hacíamos en la casa o en un café? Sugerí que lo hiciéramos en el parque de San Sebastián. Aceptó.
La charla (ya la viste en el Facebook) resultó muy agradable. Alicia condujo la plática de manera sutil. Me sentí muy bien. Platicamos de los dos proyectos más recientes: mi novelilla breve “Siempre aparece un elefante llamado Doko” y ARENILLA-Revista.
Ahora recuerdo dos cosas de la plática. Alicia dijo que no preguntaría lo que mucha gente, sin duda, pregunta: ¿Quién es Mariana?, pero dijo que sí preguntaría por qué sólo le escribo a Mariana; es decir, por qué sólo te escribo a vos.
La otra cosa que recuerdo es que Alicia (Daniel tuvo razón, es una entrevistadora muy simpática) pidió, en un momento de la charla, que yo le hablara de vos (no de vos, vos, sino que empleara el voseo, como una muestra del modo de hablar comiteco).
Agradecí que Alicia no saliera con el sobado tema de quién sos vos, porque siempre que lo preguntan no puedo decir más que sos el motivo de estas cartas, sos el pretexto ideal (así se lo dije a Alicia) para apuntalar dos de mis modestas pretensiones: Uno: rescatar un género literario que ya es escaso y que dio tanta luz a la literatura mundial: el género epistolar; y dos: usar el lenguaje coloquial comiteco que, de igual manera, ya no usan muchos jóvenes paisanos, que prefieren el tuteo y no el voseo.
¿Sólo te escribo a vos? No, pero vos sos el motivo de la mayoría de mis cartas. Esto es muy sencillo, así como ya pocas personas escriben cartas, pocas personas tienen la paciencia y el amor que vos tenés para leerlas completas. Los tiempos actuales exigen la brevedad, pero la brevedad llevada al extremo. Ahora ya apareció un nuevo género literario: La tuiteratura; es decir, los textos que se escriben en el twitter, con un máximo de ciento cuarenta caracteres (Sonia dice que ya duplicaron el límite y que ahora son doscientos ochenta caracteres). Es la tendencia: los mensajes deben ser breves, porque el tiempo exige un menor esfuerzo. Samy, el espléndido librero de Lalilu, cuenta que una vez un ocasional comprador le pidió un libro de cien páginas, no más. Ya no importa el tema, ni el autor, importa que el libro no sea de esos ladrillos al estilo de “Guerra y Paz”, de Tolstoi.
Para hablar de vos debe existir un lazo de comunión; es decir, el voseo más intenso se da entre amigos, entre camaradas, entre afectos. Si el trato es de usted (como fue en el caso de Alicia; ella me trató de usted y yo hice lo mismo) el voseo íntimo no se da. Si, por el contrario, el trato es de tú, el voseo aparece como un rayo de sol e ilumina la conversación. Por esto, cuando Alicia pidió que le diera un ejemplo de voseo, boté el muro del usted y me dirigí a ella como lo hago con vos, tendiendo el puente amistoso.
Si ahora Alicia me preguntara por qué elegí el parque de San Sebastián le diría: Ah, lo hice porque vos, Alicia, sabés que en ese parque se gestó la independencia de Chiapas, pero lo que no sabés es que acá fue el patio donde los estudiantes de secundaria del colegio Mariano N. Ruiz teníamos nuestra media hora de recreo. Vos, Alicia, no sabés que este privilegio lo han tenido muy pocos alumnos en el mundo. En Comitán también fueron privilegiados los estudiantes de la secundaria y de la preparatoria en los años setenta, cuando la escuela estaba ubicada en el edificio que ahora ocupa la casa de la cultura. Aquellos muchachos salían a su recreo al parque central.
Nosotros, alumnos del colegio del padre, dábamos vueltas en el parque de San Sebastián. Las demás personas ya sabían que a las once salíamos media hora a nuestro recreo. Por eso, el nevero se acercaba, lo mismo hacía el que vendía los salvadillos con temperante, y Cirito ofrecía las gorditas que vendía en un local que estaba frente al parque, en el edificio del Niñito Fundador. También, qué pena, lo sabía el depravado que se paraba detrás de un árbol y se masturbaba mirando a mis compañeras que en ese tiempo usaban la falda a mitad del muslo y cuando se sentaban dejaban ver más. El depravado (miserable) jugaba su miembro por encima del pantalón, mientras miraba a lo lejos a mis compañeras, que eran bien bonitas. En varias ocasiones yo vi al tipo que manchaba su pantalón a la hora que no podía contener su excitación.
Querida Mariana, esto le contaría a Alicia, así, hablándole de vos, para que viera que ese parque es simbólico y, para mí, tiene una carga histórica personal que va más allá de Fray Matías de Córdova y de Josefina García. El parque de San Sebastián me regala el recuerdo del padre Carlos; el del padre Raúl; el de la madre Sara; el de Rosa Elena dando vueltas al lado de su novio de entonces; el de los hermanos Barrios llorando desconsoladamente el último día de clases, porque ya dejarían el colegio y tendrían que cambiar de escuela, los hermanos Barrios eran muchachos con fama de ser los más fuertes del salón, pero el último día de clases, abrazados con los demás compañeros daban vueltas en el parque, con el llanto sin contener. Porque, has de saber Alicia, en la secundaria del colegio hice los mejores amigos que, hasta la fecha, son el bálsamo de mi corazón. Ahí conocí a Eva Morante que, desde Guadalajara, lee las cartas que le escribo a Mariana.
Mi niña mía, no sé si Alicia comprendió que apoderarnos del parque de San Sebastián esa mañana era una gran hazaña. Colocamos una mesa al centro del kiosco, con un mantel verde, y encima dispusimos ejemplares de ARENILLA-Revista y un ejemplar de mi novelilla. La gente caminaba sin prisa, muchos estaban sentados en las bancas, tomando vasos de aire fresco, tomándolo sin popote. Alicia no lo vio, pero ahí también estaba parte de mi corazón y del corazón de todos mis compañeros de la secundaria de la escuela del padre Carlos. Ahí estaba la sonrisa de mi amigo Miguel, quien falleció cuando ya era todo un ingeniero egresado de la Universidad Autónoma Metropolitana, pero al que conocí en esos salones donde el doctor Robles nos enseñaba los principios de la química, y el padre Carlos nos hacía escuchar música clásica y la maestra Virginia Avendaño nos daba dibujo de imitación y el maestro Güero nos impartía clases de modelado con plastilina, materia que cimentó la vocación de Luis Aguilar, el famoso escultor.

Posdata: Alicia Torruco llegó a Comitán hace como año y medio y ahora platica con escritores comitecos y Daniel Saborío sube esas entrevistas al canal de “Lengua de calle”. Por eso, desde ahora, cuando camine por el parque de San Sebastián, a todas las imágenes de mis amigos y compañeros de la secundaria, así como de las de cientos de alumnos que he tenido, se agregarán las de Dany y las de Alicia, quien un día llegó de Las Choapas, Veracruz, y que ahora, poco a poco, habla de vos.

lunes, 6 de noviembre de 2017

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA




Acá están: El caricaturista mayor de Chiapas, una serie de caballetes que sostienen cartones, una puerta, un corredor y un marco con un bordado chiapaneco.
¿Puede cambiarse el orden? Es difícil, pero es posible. Antes hay que hacer notar que el caricaturista mayor de Chiapas está parado entre Velasco Coello y Donald Trump. ¿Ya distinguieron a estos dos personajes? ¿Ya vieron en dónde está el gobernador de Chiapas y el Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica? ¡Si, atinaron! Están en los cartones dibujados por el caricaturista: Velasco está a su derecha, casi a un costado; y Trump está a su izquierda, detrás de él, casi en su espalda. Se alcanza a distinguir el tupé de Trump.
Luego habrá que hacer notar que el caricaturista está en un corredor de la Casa de la Cultura, en Comitán. Así, como de paso, el caricaturista me dijo que a su esposa le gusta Comitán, yo (¿qué más podía decir?) dije que su esposa tiene muy buen gusto. El caricaturista rio, tal vez pensando que por eso ella anda con él, desde hace más de veinte años, muchos más.
Se nota que el muro a su espalda es un muro comiteco, porque la parte inferior está cubierta con discretos mosaicos de laja. Doña Esperancita dijo que esto sí le gusta, lo que le enoja mucho es que esas lajas las coloquen en el piso para que la gente resbale. Doña Esperancita dice que Dios es sabio, porque hizo la Tierra de tierra y no de laja. Dice que sólo a urbanistas tontos se les ocurre colocar lajas en el piso.
Lo que doña Esperancita no sabe es que los caricaturistas inteligentes y sabios, como el compa que aparece en esta fotografía, sí tienen la capacidad de poner laja en el piso de los políticos; porque de esto se trata su chamba: de que éstos resbalen, para que los lectores abonen su sentido crítico.
El cartonista mayor de Chiapas dibuja en tinta china, pero cada línea es como una laja donde las malas acciones de los políticos quedan expuestas en el ridículo del más alto humor.
En esta fotografía, el caricaturista mayor de Chiapas sonríe. Nunca logré saber qué era lo que tenía en su mano derecha. Él acá anda todo entacuchado -como si fuera muy seriecito-, porque (respetuoso) se vistió de fiesta para presentar su exposición en Comitán.
Mencioné que el caricaturista está delante de un muro donde está colgado un marco con un bordado chiapaneco. Y mencioné que, en sendos cartones, están Velasco y Trump, que han sido (hasta hoy) como dos muros para los aires de libertad y de progreso (sin importar el orden de los factores, ellos han impedido que el mundo -el enormísimo de allá y el sencillísimo de acá- puedan alzar el vuelo que corresponde a sus pueblos.) Por eso digo, que el caricaturista es quien está delante de ellos, quien sonríe, quien tiene un pie hacia adelante, como para significar que siempre avanza, en sus ideas y en sus trazos.
El caricaturista mayor de Chiapas me confesó una tarde que admira el trabajo de Naranjo, cartonista mayor de México, que en la realización de todas sus obras dibujó ocho millones trescientas treinta y dos líneas con tinta china (esta cifra es aproximada, porque después del conteo de ocho millones, el encargado de hacer el estudio, con la ayuda de una lupa, comenzó a volverse loco, por lo que la Asociación de Conteo de Líneas Creativas, determinó dar por terminada su labor. Así que las trescientas treinta y dos líneas es un agregado del que no puede darse fe de su veracidad).
¿Cuántas líneas ha dibujado el caricaturista mayor de Chiapas? ¿Alguien se atreve a comenzar tal empeño? ¿Cuántas galaxias existen en el universo? ¿Cuántos políticos han tenido que apoyarse en muros para no resbalar con las lajas que el caricaturista les tiende en cada publicación?
Al principio de esta lectura de fotografía enumeré los elementos más visibles: el caricaturista mayor de Chiapas, los caballetes, los cartones, la puerta, el corredor y el marco con un bordado chiapaneco y pregunté si podía cambiarse el orden. Pienso que sí, porque los caballetes son como Velasco y Trump; porque los cartones pueden ser dos de Indio o de Superior con botana de carraca o de chicharrón con hebra (ya no supe si el caricaturista fue a echarse una cerveza en la cantina que se llama “El ángel” (de manera oficial), pero que en Comitán todo mundo lo conoce como “La tablazón”. El mayor caricaturista de Chiapas puede ser la puerta que renueva la esperanza de un periodismo crítico e inteligente, con la misma sutil emoción con que las bordadoras de Chiapas (de Socoltenango) realizaron este bordado que permanece en un marco de madera y que es como un espejo de lo que Chiapas es.
¡Ah!, por cierto, el caricaturista mayor de Chiapas se llama Enrique Alfaro y nació en el fogón de Arriaga y, como dirían los clásicos, adoba su numen creativo en la brasa de Tuxtla. ¡Salud!

domingo, 5 de noviembre de 2017

LAS TRES A




“¡Estoy harto!”, dice el tío Eusebio. Se refiere a esos conceptos empresariales que hablan de las cuatro p, de las tres c y demás número de letras. Dice el tío Eusebio que cualquier emprendedor de segunda se adorna diciendo que él aplica en su empresa la teoría de las tres c: Concepto, cliente y cambio. Más tarda en decirlo, cuando un compa experto en mercadotecnia dice que él aplica la de las cuatro p: Producto, promoción, plaza y precio.
Cuando el tío está de malas, recomienda aplicar a los compas teóricos la de las tres t: Tenés tutís tilibriz; pero cuando está de buenas, juega con la idea, toma un sorbo de cerveza, se limpia la boca con una servilleta y ríe. Dice que antes la vida era más simple, en los guateques también se aplicaba la teoría de las tres c, pero sin tanta alharaca: Comían, cantaban y cogían.
El tío dice que esas teorías novedosas son engañabobos. ¡Ah, qué novedad decir que los empresarios deben tener en cuenta el concepto, el cliente y el cambio! El tío dice que antes el cambio era cabal (se refiere a las monedas que se regresaban después de una compra). ¿Qué tal ahora?, dice, los cabrones de los supermercados, en lugar de darte tu cambio en monedas, te dan chicles.
Claro, el tío bromea. Sabe que cuando el empresario habla del cambio se refiere a la posibilidad de adecuarse a los tiempos. Pero él dice que sólo un comerciante muy bobo no sabe cuáles son las leyes del mercado. Dice que todo se resume a la temporada: Si llueve hay que vender paraguas; si hace sol hay que vender parasoles. ¿Mirás?, dice, vendés lo mismo, pero le cambiás nombre.
Cuenta que un día, en la pastoral que realiza con un grupo de católicos, llegó un sacerdote con la bobera de que Jesús había recomendado la teoría de las tres m: Mansedumbre, misericordia y misión. ¡Ah, pucha! ¡Qué gran descubrimiento! El tío insiste en que estas reglas son una verdadera jalada.
En Comitán hay un compa que juega con el nombre de las personas. Si, por ejemplo, la muchacha se llama Elena, el compa dice que tiene la E de la elegancia, la E de la esperanza, la E de la emoción, la E de la empatía, la E del encuentro, la E del entendimiento. La muchacha ya no sabe dónde meterse, ante el prodigio de lo que escucha. ¡Una bobera!, dice el tío. Así como dice cosas bonitas podría decir: Tu nombre, Elena, tiene la E de la estulticia, la E de la envidia, la E de la erisipela, la E de la enfermedad, la E de enana, la E de encorvada. ¡Una bobera! El tío dice que lo mismo sucede con las teorías de la mercadotecnia.
¿Qué necesita Comitán para tener un desarrollo sostenido? El tío juega y dice que Comitán debe aplicar la teoría de las tres N: Nueve, nudo y necedad; es decir, alimentar la leyenda de los nueve guardianes para que nos protejan; desatar el nudo de la indiferencia para que el hilo de luz fluya de manera sutil; y fomentar la necedad para decirnos que somos un pueblo con grandeza singular. ¡Listo!, dice el tío. Ahora ya estoy listo para dar conferencias en todos los foros.
¿Cuál es el chiste? Ninguno. Por eso dice que está cansado de esas famosas teorías de mercadotecnia, porque todo mundo empresarial se desvive en aplicarlas, descuidando la esencia de la vida: ¡el ser humano! Toda teoría mercadológica olvida lo principal y convierte a las personas en mero objeto de interés comercial.
La vida será más placentera, cuando la mercadotecnia comprenda que el bienestar de las personas debe ser el único objetivo de toda empresa humana. No verlas como meros proveedores de dinero sino como seres a quienes debe satisfacerse sus necesidades de la mejor manera; es decir, toda empresa debe contemplar la teoría de las tres a: Amor, afecto y aprecio.
Todo lo demás, insiste el tío, es una pura teoría de las tres j: Juglaresca, jodona y jalada.

sábado, 4 de noviembre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA TANTITO DE LA FIL





Querida Mariana: Los aficionados al fútbol americano esperan con ansia, cada año, la llegada de septiembre, mes en que, entiendo, inicia la temporada.
De igual manera, qué bueno, muchos lectores esperan con ansia el mes de noviembre, porque es el mes en que se celebra la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara.
Estoy casi seguro que Samy, el propietario de la librería Lalilu, ya comenzó a preparar sus maletas para viajar a Guadalajara, durante la segunda quincena de noviembre.
Vos sabés que a mí me encanta leer. En los libros hallo, desde que estudiaba secundaria, un mundo maravilloso. Pero nunca he ido a la FIL y si ahora me preguntás si deseo ir, digo que no, la verdad no me atrae mucho la idea. Y no me atrae porque implica viajar.
Soy escaso para las relaciones interpersonales y soy más escaso, aún, para la cuestión de los viajes. Soy feliz en Comitán. ¿Qué puedo encontrar en otros pueblos que no tenga acá? En realidad me cuesta mucho, por ejemplo, dormir en otra cama que no sea la mía. El otro día viajé a la ciudad de San Cristóbal (ciudad bellísima, que quiero mucho) y cuando me acerqué al mostrador de registro del hotel, la señorita preguntó por celular si ya estaba lista la recámara 216, le dijeron que no, ella apremió para que se apuraran porque ya iba a darla. Yo dormiría en la 216, habitación que acababa de ser desocupada, ¿por quién? Pensé en el compa que había dormido en la misma cama que yo dormiría y pedí a todos los santos que la encargada de limpieza usara sábanas limpias, que trapeara bien, que cambiara las fundas de las almohadas, que limpiara, con extremo cuidado, el lavabo y la taza, la taza del baño, sobre todo. Cuando entré a la recámara (dos horas después, ya que la habitación había sido limpiada) pensé en las decenas de personas que han dormido en el 216, pensé en sus hábitos y en sus manías, pensé en todo lo que se hace en un cuarto de hotel.
Sí, por esto no me gusta viajar. Bueno, en realidad esto que digo no es cierto, porque, como ya dije, viajo muchísimo, a todas horas, desde que estaba en la secundaria; es decir, desde que tenía trece años, más o menos. Si ahora tengo sesenta significa que he sido un viajero riguroso y constante durante más de cuarenta y siete años. ¿Mirás? Si ahora llegara a una empresa a solicitar empleo y me preguntaran en qué tengo experiencia, diría, con mucho orgullo: “En ser lector”.
¿Has pedido pizza alguna vez y te la han llevado a domicilio? El servicio a domicilio tiene grandes ventajas. En los años sesenta, en Comitán sólo había una farmacia en turno que atendía durante las noches. En la presidencia municipal colocaban un letrero de madera con el aviso de cuál farmacia estaría de turno durante la semana. Las personas que tenían alguna urgencia a las doce de la noche, salían a la calle con una lámpara de mano, subían las escaleras de la presidencia y, con la lámpara, alumbraban el letrero para saber el nombre de la farmacia en turno, para caminar apresurados, tocar en la puerta de madera y esperar que el propietario (o el empleado) abriera un ventanillo y preguntara qué quería. Ahora (por fortuna) hay más de dos farmacias que despachan las veinticuatro horas y, además, hay servicio a domicilio. El afligido toma el teléfono, da la relación de medicinas que necesita y media hora después escucha el rugido de una motocicleta que indica que un compa lleva el pedido. ¡El servicio a domicilio tiene muchas ventajas! ¿Verdad? Bueno, pues en secundaria descubrí que los libros, también, funcionaban como mensajeros a domicilio. Y digo también, porque muchos años antes había descubierto que el cine funcionaba de igual manera. En el Cine Comitán y en el Cine Montebello, desde mi pueblo, podía viajar a cientos de países y conocer su cultura. Bastaría decir que en el cine descubrí la maravilla de la Selva y el encanto del desierto y la belleza del mar. ¿Dónde en Comitán algo de eso? ¡Ni en sueños! El cine daba imágenes a mis más sublimes sueños.
Lo mismo sucedía con los libros, con la gran ventaja de que éstos estaban en mi buró. El cine implicaba caminar, pagar y entrar a la sala y luego (a veces en medio de la lluvia pertinaz) salir para regresar a casa. Con el libro todo era más sencillo: Bastaba ir a la Proveedora Cultural, platicar con don Rami, elegir el libro, pagarlo, regresar a casa y comenzar a viajar sin moverse, más que de la sala al cuarto o a la cocina para preparar un té.
Desde secundaria comencé a viajar, gracias a que los libros funcionaban como agencias de viajes y de aventuras ¡a domicilio! Como si su slogan fuera: “No salgas. Nosotros te llevamos todo el mundo hasta tu casa.” ¡Ah, qué privilegio! Y todo sin gastar los miles de pesos que gastan los viajeros y sin las incomodidades de dormir en cuartos de hotel, donde una noche anterior durmió una pareja que tomó licor y que hizo cochinadas sabrosas.
Pero digo que el otro día viajé a San Cristóbal y debí quedarme a dormir una noche en un hotel, porque así lo exigía el compromiso que debí cumplir. Viajé temprano. Subí al ADO a las diez de la mañana y antes de las doce ya estaba en San Cristóbal. Fui a La Enseñanza, mítico edificio que albergó una institución educativa en los años cuarenta y del cual maestro Jorge me habla constantemente. La Enseñanza fue restaurada, con mano mágica, porque se respetó su entorno histórico. Bastó entrar al zaguán para hallar un hilo de luz que, de inmediato, me puso a pensar en la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara, considerada la feria más importante de Iberoamérica. ¿Mirás lo que digo? ¡La feria del libro más importante de Iberoamérica! ¡Pucha, nadita! Y digo que pensé de inmediato en la FIL, porque en la entrada del edificio de La Enseñanza me topé con una fotografía de la querida María Luisa Armendáriz, quien, lamentablemente, falleció en 2015, un poco antes de que continuara con la obra cultural que había emprendido de manera brillante. ¿Por qué está expuesta su fotografía en La Enseñanza? Ah, pues porque ella fue una de las principales promotoras del rescate de esa histórica casa que andaba en el abandono total. ¿Y por qué digo que al ver su fotografía pensé de inmediato en la FIL? Porque ella, María Luisa, fue directora general de dicha feria. ¡Todo un orgullo! La FIL inició en 1987, por lo tanto estamos hablando de que este año cumple ya ¡treinta años! María Luisa hizo que la FIL caminara con buenos pasos. Cuando ella renunció (en 2003) Raúl Padilla, a través de testaferros, mandó a decir que María Luisa había tenido “un desempeño poco afortunado en su gestión del año pasado (2002)”. María Luisa, por su parte, se defendió diciendo que la principal discusión con Raúl Padilla (presidente de la FIL) se había dado “en relación con la necesidad de crear una asociación civil que manejara de manera transparente los recursos, a lo cual el ex rector de la UdeG no accedió”.
María Luisa renunció. En la Ciudad de México organizó el Festival de la Palabra donde continuó con su pasión de promover la lectura. Ella, en una ocasión, declaró: “La demanda urgente de este país es de lectores y esto lo tenemos que revisar bajo el tamiz de que sin lectores tampoco contamos con el aparato crítico natural para construir la sociedad que requerimos”.
Entiendo, querida Mariana, que si no hubiese viajado a San Cristóbal no hubiera entrado a La Enseñanza y, tal vez, nunca me hubiera topado con la fotografía de María Luisa. Pero también entiendo que, en la vida, ningún mortal puede abarcar todo. No obstante, yo, gracias a la lectura, he podido viajar a cientos de lugares, algunos tan distantes como Estambul, a través de los libros de Pamuk, escritor al que admiro, sobre todo por dos de sus novelas: “El museo de la inocencia” y “Me llamo Rojo”.
Ahora ando viajando por Nueva York, porque leo “4 3 2 1”, la novela más reciente de Paul Auster, escritor norteamericano, que será honrado con la Medalla Carlos Fuentes, en la edición de este año de la FIL. Auster, igual que Pamuk, es un gran narrador. Ahora estará en Guadalajara. ¿Llama mi atención esta noticia? Pues hasta acá; es decir, no me gana la gana por ir a verlo. ¿Para qué? Ahora lo tengo acá en mi buró y me está contando cosas maravillosas.

Posdata: Nunca conocí a María Luisa Armendáriz, digo, así en vivo. Pero la conocí a través de una novela que escribió “Amores de selva y sombra”. El maestro Óscar Bonifaz me prestó su ejemplar y yo viajé con María Luisa. Uf, he viajado en tren, en avión, en cayuco, en globo, en auto, en caballo a muchos países de la mano de gente interesantísima. He caminado miles de kilómetros al lado de Cortázar, por ejemplo, y digo que su compañía por nada la cambio.
Mi amiga Rocío Hernández viaja a Guadalajara para asistir a la FIL y siempre me comparte fotografías. Una vez se tomó una fotografía con un ejemplar de mi novelilla “Historia triste de un cuentahistorias” y me dijo: “Molinari ¡acá estás!”. Mi amiga Eva Morante vive en Guadalajara y acude a la FIL y siempre me comparte su experiencia. En una ocasión, mi amiga Coco Villatoro me dijo que ella haría un viaje de descanso con su familia y que yo podía estar en su casa sin pagar un solo centavo, con tal que fuera a la FIL.
Todo lo agradezco. Todo lo vivo, desde acá, desde mi pueblo; desde mi casa, donde duermo a pierna suelta en mi cama.

viernes, 3 de noviembre de 2017

DEFINICIÓN DE FIESTA




Por lo regular, la definición de Fiesta no contempla la tragedia, pero, por lo regular, la tragedia es invitada especial de las fiestas.
No existen estadísticas al respecto, porque es imposible registrarlas, pero un buen porcentaje de fiestas termina en tragedia.
Cualquier diccionario contempla a la diversión o regocijo, como sinónimos de fiesta; es decir, fiesta es echar la casa por la ventana para que la gente se divierta.
La tragedia nada tiene de divertida. ¿Cómo es posible, entonces, que muchos festejos terminen de fea manera? Pancho dice que es porque la fiesta reúne lo oscuro y la luz que siempre están presentes en la vida. La fiesta, dice Pancho, sublima el acto de vivir y lo potencia al máximo, por eso, en la fiesta, la carcajada es más ventana y más hueco la miseria.
Alfonso me contó que tuvo su primera experiencia de esa dualidad cuando tenía cinco o seis años de edad. Estaba parado sobre una silla, su mamá le arreglaba la corbata, porque portaba un traje debido a que una sobrina de su papá se casaba e irían al templo y luego a la casa de ella, donde se celebraría la fiesta. Y escribo celebraría porque, Alfonso me contó que nunca se celebró. Su mamá se retiró tantito y dijo que estaba listo, se acercó de nuevo, le dio un beso y lo bajó. Él se vio en el espejo. Sí, estaba listo: sus zapatos bien lustrados, impecables su pantalón y saco, la camisa blanquísima y la corbata con el nudo perfecto. Ahora, dijo su mamá, poniéndole una toalla sobre los hombros, ve a peinarte. Fue al baño, subió al banco que tenía, se echó agua en el cabello y, con el peine, trató de hacer una raya derecha, aunque al final, dijo sonriendo, terminó como la carretera vieja de San Cristóbal a Tuxtla.
Oyó la voz de su papá. El carro ya había llegado. Que se apuraran. Bajó del banquito y caminó por el corredor lleno de helechos. Su papá y su mamá también estaban listos. Ella vestía un vestido color naranja y llevaba un bolso nuevo entre sus manos; su papá estaba entacuchado, igual que Alfonso. Los tres (la sagrada familia) estaban listos, bellos.
Llegaron al templo. Ya muchos amigos de la familia estaban en la entrada, platicaban, los señores fumaban y las señoras se quitaban motas de polvo en sus chalinas. Fue entonces cuando Alfonso escuchó la palabra fiesta. La dijo su padrino Ramiro. Se acercó al grupo donde estaba su papá, el padrino interrumpió la plática, abrió los brazos, como si quisiera abarcar todo el pueblo y dijo: “Ya está comenzando la fiesta, está comenzando con el pie derecho”, y soltó su carcajada de olla exprés. Había terminado de decirla cuando el campanero comenzó a tocar el segundo repique. El jolgorio de las campanas se unió al jolgorio de la multitud y las campanadas volaron por todo el aire. “Qué raro”, dijo doña Carmen: “El campanero ya no dio el segundo repique”. Todos afirmaron, dijeron que el campanero había olvidado dar los dos toques finales que indicaban que era el segundo repique, que ya la misa estaba por empezar. La multitud siguió en la charla, muchos ya habían entrado al templo para tomar su lugar, pero muchos otros seguían afuera, en espera de que la novia llegara, ya los papás de ella habían llegado con anticipación, ya muchos los habían abrazado y habían deseado lo mejor para la hija. De pronto, un hombre llegó al grupo donde estaba el papá de Alfonso, donde estaba él, y como si hubiese visto un fantasma o como si corriera detrás de un venado, dijo, casi gritó: “Don Queno, no respira, ¡parece muerto!”. Don Queno era el papá de la novia, era el primo del papá de Alfonso. ¿Cómo?, preguntaron todos. ¿En dónde está? ¡Arriba! ¿Arriba, dónde? En el campanario. Pero, ¿qué está haciendo allá? Y todo mundo echó a correr. El papá de mi amigo le dijo que se quedara. Subieron por la escalera de piedra. Luego contaron que hallaron a don Queno tirado sobre el piso de tierra del campanario, debajo de la campana mayor; luego contaron que don Queno había subido para tocar el tercer repique, porque estaba muy contento por la boda de su hija. El campanero contó que don Queno le dijo que bajaría en cuanto comenzara el primer repique para llegar a tiempo a entregar a su hija en el altar. El campanero contó que don Queno no había tocado campana alguna, que cuando él terminó de tocar la volteadora e iba a dar los dos toques finales vio que la cara de don Queno se transformó, hizo una mueca de madera apolillada, se llevó las manos al pecho y cayó fulminado, como si un rayo lo hubiese empujado. Cuando las personas subieron ya lo hallaron muerto. Comenzaron a bajarlo, justo a la hora que la novia, sonriente, bellísima, bajaba del carro y se sorprendía tantito al ver que nadie había esperándola.
Ya no hubo la fiesta. La misa sí se realizó, pero fue como una celebración doble: misa de boda y misa de cuerpo presente. Todos lloraban. La fiesta había comenzado con el pie izquierdo. El cuerpo del papá lo sentaron, mientras los de la funeraria llegaban con el cajón.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

EN LA FILA




Anoche lo recordé.
El suceso ocurrió en la Facultad de Filosofía, de la UNAM. Hablo de 1975 o 1976, no sé con precisión.
Como era mi costumbre fui al primer piso de Rectoría para tomar un ejemplar de la Gaceta. Me recargué en un árbol de las Islas y revisé la programación cultural de la semana. ¡El viernes, a las doce del día, Juan José Arreola daría una charla! Estaría en el auditorio Justo Sierra.
Al llegar al departamento comencé a revisar el librero, como gato limpiando su bandeja. La biblioteca de la palomilla tenía pocos ejemplares (éramos estudiantes y, a veces, nos ganaba la tentación y, en lugar de adquirir un libro, comprábamos una botella de litro de brandi). Tenía pocos ejemplares, pero, como estaban en desorden, no se sabía bien a bien dónde estaban los libros que, precisamente en ese instante, necesitábamos. En medio de un libro de Derecho Procesal y uno de Administración (de Quique y de Roge, respectivamente) hallé mi ejemplar de “La feria”, de Arreola.
Como si fuera un joven de estos tiempos esperé con ansia la llegada del viernes. No se trataba de algo que el cuerpo lo supiera, sino que el espíritu era el que estaba alerta. El viernes escucharía a Arreola y, al término de la charla, me acercaría al maestro, le colocaría el libro sobre la mesa y le pediría que lo firmara. Para Alejandro, por favor, le diría; para Alejandro Molinari, corregiría, porque así mi libro estaría más personalizado. Hay miles de Alejandro en México. El círculo que conforman los Molinari es más reducido. ¿Y si le pedía que también agregara, de Comitán? Que lo firmara para: Alejandro Molinari, de Comitán. No, ya era un exceso. El maestro podía dudar, verme y preguntar: ¿Cómo?, ya un tanto fastidiado y yo no quería molestarlo. No, al contrario. A la hora que me entregara el libro con su firma yo agradecería con el agregado: “Es usted uno de los más grandes valores de la literatura mexicana”. Lo diría así, de manera rimbombante, pretensiosa. Pero, reí al repensarlo, en la mañana del jueves, a la hora que me peinaba y abría mi camisa para rociar mis axilas con desodorante. Reí porque pensé que Arreola podía, con buen humor, decirme: “Tienes razón, jovencito, soy uno de los más grandes, porque nací en Zapotlán, el grande”. Y yo reiría y me pondría colorado al notar que, con eso, el maestro ironizaba con mi pedantería.
El viernes tomé mi ejemplar de “La feria” y estuve una hora antes parado frente a las puertas del auditorio. Cientos de muchachos, con bolsas de cuero, bromeando, con cigarros en la mano, caminaban por el pasillo. Yo esperaba que alguien se acercara y me preguntara la clásica de: “¿Acá es la fila?”, pero los minutos pasaban y nadie se acercaba. Comencé a dudar. ¿Y si me había equivocado de día? ¿Era viernes? Una muchacha bonita revisaba un pizarrón con avisos y, venciendo mi legendaria timidez, le dije: “Disculpa, ¿hoy es viernes?”, me quedó viendo como si yo estuviera bajo el influjo de un carrujito de marihuana, rio y se alejó. Todavía alcancé a verla, veinte pasos después, cómo volvió su mirada y rio. ¿Era viernes? Dejé mi hipotético puesto de primer lugar en la fila para la charla de Arreola y caminé hasta hallar a un empleado de la universidad, que, con una escoba, levantaba papeles en la explanada. Sí, dijo, claro que es viernes. Miré mi reloj, faltaban once minutos para las doce. Pensé que ya el auditorio estaría llenándose, caminé de prisa, en mi maletín llevaba el libro. Me detuve, abrí el maletín y confirmé que llevara el libro, ¡ahí estaba! Llegué casi corriendo. La puerta del auditorio seguía cerrada. ¿Qué había pasado? ¿Estaba Arreola enfermo y había pospuesto la charla? No, no era posible. Si así fuera debía haber un aviso, colocado en la puerta. ¡Nada!
Se me ocurrió entonces ir a la torre de Rectoría. Preguntaría con alguien. Llegué, me asomé ante el mostrador, donde tomaba la Gaceta. Ahí estaba el bonche de ejemplares para que lo tomaran, de manera gratuita, los estudiantes. Una señora se acercó y me preguntó qué deseaba. Tomé un ejemplar de la Gaceta y busqué la cartelera. Hallé la programación del viernes y estaba a punto de enseñarle a la señora el acto anunciado para preguntarle qué había sucedido. Pero la programación no tenía ningún aviso de una charla de Arreola. ¡No!, dije, no necesito nada. Salí con la misma actitud con que, dicen, Napoleón se sentó ante su escritorio la tarde en que debió partir a la isla de Elba.
Fui a las Islas, volví a recargarme contra un árbol. El mediodía era luminoso, espléndido. Cientos de muchachos, vestidos con mezclilla y con camisas floreadas, caminaban con prisa hacia las diversas facultades. Mario, paisano, apareció. Se detuvo, me saludó, me preguntó qué hacía, y yo, como si contara una historia de fantasmas y de aparecidos, le conté. Ah, no te preocupés, me dijo. Me pidió el libro, lo abrió en la primera página, sacó una pluma y me lo dedicó. ¡Ya está!, dijo. Yo estaba tan alelado que nada dije. No pude impedir algo que era absurdo, pero que Mario hizo en ánimo de borrar mi cara de frustración. Como vio que no celebré su acción se despidió. Yo, que ya me había parado, caminé hacia la terminal y subí al autobús urbano.
Cuando llegué al departamento tiré el maletín sobre una silla, lo abrí y saqué el libro. Mario había escrito: “Para Alejandro, de Comitán” y había rubricado de la siguiente manera: de su amigo, Juan José Arreola. Entré al cuarto busqué la Gaceta y descubrí, ¡qué pendejo!, que había tomado una gaceta de la semana anterior. Arreola había estado en el auditorio de la facultad de Filosofía y Letras, el viernes pasado.
Esto lo recordé anoche, en que me tocó estar en la mesa firmando libros a los amigos que hicieron favor de acompañarme en la presentación de mi novelilla “Siempre aparece un elefante llamado Doko”.

lunes, 30 de octubre de 2017

CARTA A MARIANA, DESDE LA ORILLA DE UN DOMINGO




Querida Mariana: Mi mamá y yo fuimos al panteón. Fuimos a dejar flores en la tumba de mi papá. El viaje fue como seguir la ruta de las presencias y de las ausencias. Siento algo extraño cuando digo: “Fui al panteón”. Otra cosa es decir: Fui al estadio, fui al antro, fui a la escuela, fui a la playa, fui al templo. Los últimos espacios hablan de vida.
Le hicimos la parada a un taxista. “Llévenos al panteón”. Suena extraño decir: “Al panteón”. El taxista escuchaba música de banda. “¿Le puede bajar volumen a su radio?”, pedí. El chofer atendió mi petición, pero vi que su cara se arrugó como se arrugan las hojas de betabel cuando se secan.
El taxista nos dejó frente al local donde venden flores. En cuanto bajamos escuché que le subió volumen al radio. “Son cien pesos”, dijo la mujer que nos despachó. Mi mamá le pidió a la mujer que cortara el tallo a los ramos de flores, para que los tallos no estuvieran tan largos y cupieran en los floreros al aire libre que tiene la tumba de mi papá. Porque donde reposa mi papá no tiene capilla, es como una mesa a cielo abierto, para que quien quiera se pueda sentar o trepar, sin mayor problema. La mujer decía que sí, pero no hacía el corte, extendía la mano y recordaba: “Son cien pesos”. Pagué. La mujer entonces hizo los cortes.
“¿Algún trabajo?”, dijo el hombre que estaba a la entrada del panteón. Vi a cuatro hombres que, en cuclillas, ofrecían sus servicios, por si algún propietario necesitaba limpieza, arreglo o pintada de tumba. Recordé a doña Lolita Albores que contaba que antes, los padres de estos hombres, ofrecían sus servicios diciendo: “¿Se lo limpio, se lo blanqueo?”. Un poco al estilo de mi amigo Fer, que el día de la presentación de ARENILLA-revista, muy amable me ofreció: “Cuando querás una tocada”. Él es un guitarrista excelente y, muy generoso, me ofreció tocar en algún acto, de pura cortesía. Pero llamó mi atención su manera de decírmelo: “Cuando querás una tocada”.
Mi mamá y yo caminamos por la avenida principal del panteón, que está flanqueada por árboles que dan sombra y llenan de aire limpio el espacio. Y digo que fue una ruta de ausencias y presencias, porque a la izquierda de la capilla me topé con la tumba de don Jorge Pérez y detrás de la capilla hallé la tumba donde reposan los restos del padre Carlos y del padre Raúl Mandujano; y a mi derecha vi la tumba de Mariano N. Ruiz, antes habíamos pasado al lado de la tumba de Belisario Domínguez y la de Pantaleón Domínguez, y luego, por una vereda de tierra apisonada, donde un hombre, sobre una escalera, repintaba el letrero de Perpetuidad Familia Aguilar; topé con la tumba de Jorge Gordillo y luego, veinte pasos antes de llegar a la tumba de mi papá, estaba la tumba de mi tío Ciro Bermúdez, quien, lamentablemente, falleció hace cosa de mes y medio. La tumba de mi papá está a escasos veinte pasos de la tumba de mi tío Ciro. Quedaron cerca, casi vecinos. Mi tío Ciro fue un hombre honesto y muy trabajador. Lo recuerdo con cariño, porque él siempre me trató con igual deferencia. Antes, mucho antes, a la hora que entramos, a escasos veinte pasos de donde está enterrado mi amigo Miguel (¡Uf, ya hace más de treinta y tres años que moriste, querido Miguel, y acá, los de la palomilla, seguimos recordándote y queriéndote!) está la tumba de tío César Vives y de mi madrina Elenita (hermana de tío Ciro) quien siempre, Dios la guarde, me dijo: “Alejandrito”, a pesar de que yo ya estaba viejo. Conozco mucha gente que se molesta cuando alguien le aplica un diminutivo que pareciera ser exclusivo de la infancia o de la vejez. Si Marito tiene seis años el nombre le va bien, si don Marito tiene ochenta años, el nombre le va bien, pero no falta el Mario que se molesta cuando a sus veintidós años alguien le dice Marito. Yo extraño el Alejandrito que pronunciaba mi madrina, porque lo pronunciaba como si fuera agua bendita. A pesar de verme viejo me sabía niño.
Mi mamá limpió la tumba de mi papá, dispuso con amor las flores, se persignó y rezó. Dijo: “Ya hizo veintisiete años tu papá”. Yo dije que sí. Entendí que mi mamá hablaba de los años de ausencia de su presencia. “Ya hizo veintisiete años”, dijo. Lo dijo con nostalgia, pero como si hubiera dicho que Romeo ya cumplió veintisiete años de vida. Y es que llega el momento en que todo se confunde y hablamos del tiempo de los muertos con la misma naturalidad con que hablamos del tiempo de los vivos.
Y de regreso pasamos a la tumba de doña Lolita Albores (“Se lo limpio, se lo blanqueo”) y a la tumba de la tía Bety Córdova. Y salimos y, mientras esperábamos el camión urbano, dos personas se acercaron a saludar a mi mamá. Ella tenía un chal y él llevaba una bufanda. Ella le preguntó a mi mamá: “¿Vino usted a saludar a sus muertitos?” y mi mamá dijo que sí, que había ido a la tumba de mi papá. “Ah, don Agustito” dijo ella y comentó que ella entraría para dejar flores en la tumba de su hija.
Y yo pensé que sí, que habíamos entrado al panteón “a saludar a nuestros muertitos”, a aquéllos que nos recuerdan la vida, porque la tumba de mi papá está a veinte pasos de la tumba de mi tío Ciro y a dos pasos de la tumba de doña Rome Aranda y de don Roberto Gómez. Ahí están en una vecindad infinita, compartiendo la tierra.
Pero cuando subimos al urbano dimos paso a la vida, porque en la parada del DIF subió una señora y dijo “Buenos días. Ahorita le pago”, pero yo vi que jamás abrió su monedero y bajó en la parada del Banco Nacional. En la esquina del Puente Hidalgo subieron una señora y una niña. La niña se adelantó, se sentó y le dijo a la señora (¿su mamá?) que se apurara y luego le preguntó: “¿Vamos a ir en la tarde a la casa de tío Mingo?”, y la señora no respondió, buscó las monedas en su bolso y pidió al pasajero que estaba sentado detrás del chofer: “¿Me hace favor de pagar?”, y el pasajero estiró la mano y, con paciencia, esperó el cambio y se lo entregó a la señora. “¿Vamos a ir?”, insistió la niña y la mujer insistió en su mutismo.
En la esquina del Banco, el chofer debió doblar a la derecha, porque la calle del templo de Santo Domingo estaba cerrada. “¿Qué pasó?”, preguntó la niña, la señora se ladeó tantito, miró hacia adelante y dijo que no sabía. Yo sí sabía, porque un corredor había subido al camión, llevaba una medalla en el pecho, tenía la cara colorada; yo sabía que había participado en la carrera pedestre que organizó la Fundación Colosio. Frente a la casa de la cultura estaba colocado el arco de meta.
El chofer modificó su ruta y bajó a la Pila y subió por la calle trasera del mercado Primero de Mayo y luego ya tomó la calle de don Ulises y subió hasta Bingo y ahí, en la esquina, vi a Raúl Espinosa, el genial caricaturista, con su esposa y uno de sus hijos. Y pensé que Raúl ha realizado cientos de dibujos de personajes de Comitán, unos vivos y otros muertos, en su obra hay una ruta similar a la que el domingo hicimos con mi mamá. Ya en el bulevar pedí: “En la parada, por favor” y el chofer se estacionó y bajamos, mi mamá y yo. Dije: “En la parada”. Y pensé que lo había dicho como si deseara hacer una pausa. Habíamos salido quince minutos antes de las nueve de la casa (de este nuevo horario, de la hora de Dios) y regresamos al cuarto para las diez. Apenas fue una hora que hicimos en la ruta, pero fue una hora tan intensa por haber “saludado” a tanto muertito, que sentí un agotamiento como si hubiera participado en la carrera de la Fundación, pero vi mi pecho y no hallé medalla alguna. Insistí y luego escuché mi corazón y supe que había ido al panteón, pero había regresado.

domingo, 29 de octubre de 2017

UNA SEMILLA SACA UNA MANITA POR ENCIMA DE LA TIERRA




El sábado veintiocho de octubre se presentó ARENILLA-Revista, en la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez. Paso copia del textillo que leí:

Buenos días, buenas tardes.
Gracias por acompañarnos a la presentación del primer número de ARENILLA-Revista.
Anoche, en el auditorio de la casa de la cultura se efectuó el Primer Festival del Músico Comiteco, a iniciativa del doctor Luis Ignacio Avendaño Albores. Fue un acto muy emotivo, donde quedó de manifiesto que venimos de la tradición. El doctor Jorge Antonio Ruiz Mandujano hizo una breve reseña de la tradición musical en Comitán, recordó las tertulias que se realizaban en las casas, en los años cincuenta, y añoró las serenatas con marimba.
Hoy, que presentamos esta revista, podemos reflexionar un poco en la tradición comiteca. En la Arenilla que publiqué hoy en el periódico DIARIO DE COMITÁN-NOTICIAS A DIARIO copié un fragmento de la novela “Pálida luz en las colinas, cuyo autor es Kazuo Ishiguro, Premio Nobel de Literatura de este año. Un personaje de la novela dice: “Los americanos nunca comprendieron nuestra cultura. No la comprendieron lo más mínimo. Sus costumbres pueden ser buenas para ellos, pero aquí en Japón, las cosas son diferentes”, hasta acá lo que este personaje dice. Nosotros podemos decir que las costumbres de los otros son buenas para los otros acá en Comitán las cosas son diferentes.
ARENILLA-Revista se une a los grandes logros que, a diario, hacen muchos comitecos, como lo hizo anoche ese grupo de músicos. Se trata de recordarnos que somos un pueblo grande porque acá vivimos gente grande (en el concepto de grandeza). El destino ha reservado a Comitán el lugar más alto, la piedra más alta en la montaña más alta.
Comenzamos de manera modesta, como han comenzado todas las grandes obras, pero aseguramos que ARENILLA-Revista será un orgullo editorial para el pueblo.
Doña Angelita engalana la portada del primer número. Es el reconocimiento a su lealtad a la tradición. Ella recibió la herencia de sus abuelos. Estos hacían fideítos y doña Angelita, con gran pasión, ha continuado haciéndolos. ¿Qué sucederá cuando doña Angelita ya no esté con nosotros? Ella dice que ha intentado dejar su enseñanza, pero nadie ha tomado la estafeta. Dice que cuando ella ya no esté, la factura de fideítos se acabará. ¡Dios mío!
El primer número de nuestra revista presenta un testimonio de doña Conchita Pérez. Ella, sin ser comiteca de nacimiento, también ha preservado la identidad de nuestro pueblo. Al igual que doña Angelita, ella sigue cocinando las recetas que aprendió de su suegra, comiteca de cepa pura. En el fogón de la casa de doña Conchita siguen brincando los mismos aromas de la cocina tradicional.
En este número también hay un homenaje a Luis, joven artista plástico, que ha obtenido una serie de reconocimientos a nivel nacional. Acá se privilegia el triunfo que obtuvo al ser elegido para que su dibujo aparezca en una edición conmemorativa dedicada a la gran pintora surrealista: Leonora Carrington. El libro estará disponible en todas las bibliotecas públicas de la república mexicana. Luis continúa la tradición. No lo sabe bien a bien, pero él viene de los colores del maestro Güero y de la prodigiosa mano de Mario Pinto Pérez, y de la mirada insólita de su tocayo Luis Aguilar, el gran escultor.
ARENILLA-Revista nace con el convencimiento de que Comitán merece una revista que nos recuerde, cada bimestre, la grandeza de este pueblo, y la genialidad de sus habitantes, que continúan preservando la herencia recibida.
Sus patrocinadores, de igual manera, nos hablan de una lealtad al pueblo.
“San Marcos” tiene una tradición de muchísimos años. Todos los comitecos hemos adquirido nuestra ropa en esas salas que hoy están renovadas, en su trato y en su buena disposición. La calidad de sus productos y la bonhomía del buen trato comenzaron con una generación anterior. Sus actuales propietarios han conservado y engrandecido el legado que recibieron.
Los hoteles “Tierra Viva” y “Corazón del Café” son empresas de la familia Guillén, que ha creído, desde hace muchos años, en la fortaleza de Comitán. Acá formulan sus sueños y acá comparten con sus conciudadanos. Muchas acciones a favor de la sociedad vienen de sus aspiraciones compartidas.
La Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar, cúspide del sueño del padre Carlos, es parte de una institución educativa que ha servido a la región durante más de sesenta y siete años. Cientos de alumnos, en la actualidad, se unen a las múltiples generaciones que acá se han formado.
El restaurante “La casita” se ha convertido en un referente de la gastronomía en la región. Su propietario, Carlos Gordillo, no sólo es un chef brillante sino también es uno de los mejores fotógrafos de México y de puntos intermedios. Comiteco brillante que, de igual manera, recibió la tradición artística de su familia paterna y de su familia materna y la ha llevado a los niveles más altos. De Carlos es la fotografía de portada y la fotografía que ilustra el reportaje de doña Angelita.
¿Qué decir de la “Clínica San José” que dirige el eminente doctor Hernán Esquinca Carpio? Hernán es un comiteco que siempre está pendiente de la sociedad y que realiza acciones a favor de ella, gran amante del arte que comparte su pasión con pasión.
Lo mismo puede decirse de “Clini-Neuro”. El doctor Gordillo, como muchos comitecos, fue a prepararse al centro del país. Después de aprender en los más altos centros médicos regresó a su pueblo, con la convicción de que sus conocimientos deben estar al servicio de los pacientes de la región.
El nombre lo dice todo: “Técnica Dental Avanzada” ofrece los más avanzados métodos en el cuidado de las dentaduras de las personas. Todo viene de la dentistería donde Mariano N. Ruiz, descubridor de la fluorina, atendía a la población de Comitán.
He compartido con ustedes una ligera revisión de los patrocinadores de nuestro primer número para decirles que ellos son personas que creen en la grandeza de Comitán. Ellos invierten en este prodigioso pueblo y crean fuentes de empleo y siguen estimulando la tradición para que nuestra comunidad siga fortaleciéndose.
Retomando las palabras del personaje de Kazuo concluimos con lo siguiente: Las costumbres de los otros le hacen bien a los otros. Nuestras costumbres son diferentes y ellas nos hacen diferentes.
El doctor Ruiz Mandujano recordaba las serenatas en marimba. Ahora, las serenatas ya han desaparecido. La idea de Peña Nieto de hacer tandas para la reconstrucción de casas por motivo del temblor fue una mala idea. ¿Será una mala idea que las autoridades municipales, una vez al mes, rifen una serenata con la marimba municipal a fin de que las serenatas sigan siendo una tradición en el pueblo?
¿Las autoridades caminan en el mismo sentido que la mayoría de comitecos de bien? Yo deseo que un día todos caminemos por la misma senda, la de preservar nuestra tradición. ARENILLA-Revista ya está haciendo lo que le corresponde.
La presentación se hace en este lugar emblemático de Comitán y de la república entera. Agradecemos la gentileza del licenciado Humberto Pedrero, director de esta Casa Museo Dr. Belisario Domínguez, así como de los empleados de la misma, que han otorgado todas las facilidades para que este acto se lleve a efecto.
Gracias a todos los que creen en nosotros, gracias por apuntalar los sueños para que todos vivamos en la ciudad que nos merecemos.
Gracias por estar con nosotros.
¡Que viva Comitán y la región!

sábado, 28 de octubre de 2017

CARTA A MARIANA, DONDE SE EXPLICA POR QUÉ COMITÁN ES UNA CIUDAD DE PERSONAJES ILUSTRES




Querida Mariana: En la vida me he topado con dos o tres compas que hablan mal de Comitán. La mayoría habla bien. Estoy seguro que vos conocés a varios que, al llegar a esta ciudad y asombrarse por su rostro de muchacha bonita, decidieron quedarse a vivir acá, porque se enamoraron de sus bondades.
A mí se me hace una exageración cuando alguien dice que Comitán es la ciudad más bella del mundo. Pienso: “¿Será que este compa, igual que yo, nunca ha conocido París o Praga?”. Pero luego, cuando oigo que muchas amigas me dicen que ellas tienen a la mejor mamá del mundo, entiendo que cada uno tiene sus preferencias y que cuando alguien aquilata lo que posee no ve más que su entorno. Así, cuando un amigo coleto me dice que su ciudad es la más bella del mundo, yo lo creo; y cuando una amiga me dice que su lugar de nacimiento, Tuxtla Gutiérrez, es la mejor ciudad del universo ¡yo lo creo! Me encantan sus exageraciones, me encanta que tengan a las mejores madres y a los mejores padres del mundo.
Yo nací en este pueblo, de una madre y un padre ejemplares. No son los mejores padres del mundo, pero sí sé que mi mundo es el mejor mundo gracias a ellos. Reconozco que mi papá fue un hombre generosísimo conmigo y que me trató como al hijo más querido del mundo. Mi mamá, por fortuna aún vive, dedica sus afanes a atenderme. Vos sabés que soy hijo único y que para mi mamá sigo siendo como la niña de sus ojos. De igual manera pienso que mi pueblo no es el mejor pueblo del mundo, pero mi mundo es el más bello por nacer y vivir en este pueblo. No es la ciudad más bella del mundo (¡No! Veo fotos de París y quedo arrobado ante tanta belleza), pero sí es un pueblo muy generoso y tiene mil cualidades que la hacen una ciudad muy digna, habitable. Pero (no sé si coincidás conmigo) en los últimos tiempos muchas de sus bondades se han visto mermadas, tanto en sus riquezas urbanas como en sus fortalezas humanistas. El carácter de la ciudad se ha modificado. ¿Por qué? ¡Uf, por mil razones!
En la novela “Pálida luz en las colinas”, de Kazuo Ishiguro (el recién laureado escritor con el Premio Nobel de Literatura), un personaje (Ogata-San) dice algo que nos puede hacer reflexionar: “Los americanos nunca comprendieron nuestra cultura. No la comprendieron lo más mínimo. Sus costumbres pueden ser buenas para ellos, pero aquí en Japón, las cosas son diferentes (…) Cosas como la disciplina y la lealtad mantuvieron firme al Japón. Quizá lo que digo parezca exagerado, pero es la verdad…”. ¿Cómo lo mirás? Ogata-San habla del tiempo de la posguerra, cuando Japón perdió y los gringos (vencedores) comenzaron con su natural penetración cultural. Mirás que dice que las costumbres de los gringos pueden ser buenas para ellos, pero no para los japoneses, que tenían cimentada su cultura en otros valores y menciona la disciplina y la lealtad.
Los comitecos nunca nos hemos caracterizado por ser disciplinados, pero la lealtad sí ha sido uno de nuestros valores fundamentales. El hecho de que Comitán haya sido nombrado Pueblo Mágico significa, como lo establece el programa, que sus habitantes han tenido la capacidad de mantener y preservar sus rasgos más auténticos, rasgos que lo hacen diferente de los demás pueblos del mundo. Los comitecos hemos sido leales con nuestra comunidad. Pero, en los últimos tiempos, esa personalidad comienza a perder sustento. El fenómeno de la globalización hace estragos en todas las sociedades que no tienen la reciedumbre y certeza de sus valores. Comitán, poco a poco, comienza a perder su carácter. Esto es lamentable. Los comitecos de verdad no podemos permitir que sus más caros valores culturales se extravíen. ¡No! ¡No y no!
Por fortuna, hay muchos comitecos comprometidos con el pueblo y que reconocen que la identidad cultural es uno de los valores más importantes del desarrollo pleno del espíritu de los pueblos. Las empresas de jóvenes como “Arriba el cotz” y “Qué pue vos” fortalecen el lenguaje coloquial y los modismos de esta región, lo hacen con desenfado, de manera desmadrosona, no pueden hacerlo de otra manera, son jóvenes, pero jóvenes que han crecido en medio de ese lenguaje y que reconocen que en ello están fincadas sus raíces. Son muchachos que se sienten orgullosos al decir que son comitecos y lo pregonan por todo el mundo.
Estos jóvenes han recibido el legado de los mayores y, en la práctica, preservan esa herencia cultural. Lo mismo sucede cada vez que un niño come una paleta de chimbo o come un pan compuesto. En esos mínimos actos se fortalece la identidad. De igual manera, cada vez que los mayores cuentan sus experiencias y dan testimonios de cómo se fue construyendo nuestro Comitán apuntalan nuestra sociedad original, porque este pueblo (¡es una certeza!) ha sido construido con trabajo de muchísimas personas comprometidas.
Vos y yo hemos sido testigos de algunas personas advenedizas que, por cuestiones del azar, un día ocupan algunos espacios como funcionarios del ayuntamiento. No son comitecos, no tienen algún lazo que los una a esta tierra. Esos advenedizos con poder deciden actos que van contra el buen desarrollo del pueblo. Como ellos aman a otros pueblos pasan a echar lodo al nuestro con su prepotencia. Por suerte no todo es así. También existe el polo contrario, gente que sin ser de este pueblo (sobre todo inversionistas, comerciantes, intelectuales y empresarios) llegan a aportar su esfuerzo y engrandecen a Comitán.
Si retomamos las palabras de Ogata-San debemos decir que las costumbres ajenas son buenas para los ajenos, pero las costumbres nuestras no deben ser modificadas porque ellas son el cimiento de nuestra sociedad y si nuestros cimientos se vulneran pues nuestro edificio puede caerse y con eso sí ¡ya nos jodimos!
Hay mucha grandeza en nuestro pueblo mágico. Comitán tiene una vocación de luz y de nobleza. No podemos (como sucedió en la etapa de colonización) cambiar nuestro oro por simples piedritas brillantes. El legado que recibimos de nuestros mayores es nuestro tesoro y éste debemos entregarlo íntegro y bien pulido a las generaciones venideras. El compromiso no es menor. Por eso digo, querida Mariana, que debemos apuntalar todos los esfuerzos que van en el mismo camino de la conservación de nuestra casa común.
Hoy, perdoná que lo diga, se presenta en la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez, a las doce del día, el primer número de Arenilla-Revista. Este esfuerzo editorial nace con la convicción de que nuestro pueblo merece revistas que apuntalen nuestra personalidad.
Arenilla-Revista se publicará de manera bimestral y tendrá un tiraje de dos mil ejemplares impresos, de distribución gratuita. Los anunciantes y patrocinadores, generosos mecenas, son comitecos de bien que están convencidos de la grandeza de esta tierra. ¿Cuál es la forma de decirnos la grandeza de nuestros hombres y mujeres? Una de ellas es poner en manos de los lectores nuestro modo de ser.
Arenilla-Revista comienza de manera modesta. Así se creó este pueblo. Pero crecerá en luz y en intensidad. Así es ahora Comitán. Estamos convencidos de que ante la nobleza de su intención, muchos más patrocinadores se unirán para que, juntos, hagamos una revista que sea nuestro mejor espejo, el que nos recuerde que no debemos perder ni uno solo de los rasgos que han hecho de nuestro rostro ¡un rostro limpio!, con valores auténticos, alejado de afeites extranjerizantes.
Muchas personas en Comitán luchan día a día para hacer de esta ciudad la ciudad que merecen sus hijos, la ciudad hermosa que recibieron en custodia. Arenilla-Revista se une a ese caudal de buenas acciones y, a partir de hoy, se convierte en un referente editorial que pueda ser un orgullo de este pueblo.
El primer número llegará a manos de dos mil lectores, en forma impresa, y a muchísimos más, en forma digital, gracias al patrocinio de las siguientes empresas: San Marcos, Hotel Tierra Viva, Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar, Cafetería del Hotel Corazón del Café, Clini-Neuro, Restaurante La Casita, Clínica San José, Técnica Dental Avanzada y Estética Vanity.
Si mirás, todos los patrocinadores son gente de bien que hace mucho bien. Ellos, de manera generosa, comparten su convicción de que juntos formamos lo mejor de este pueblo.

Posdata: A los grandes nombres de personajes ilustres, se agregan todos los ilustres personajes que, sin grandes nombres, han hecho de Comitán un pueblo único. Comitán ¿es la ciudad más bella del mundo? No lo creo. Hay ciudades en el mundo que no ocultan su belleza y deslumbran. Pero una certeza es que los comitecos reconocemos a nuestro pueblo como una ciudad en la que nuestro mundo se convierte en el mejor mundo del mundo.
“La disciplina y la lealtad mantuvieron firme al Japón”, dice Ogata-San. Que la lealtad a nuestro modo de ser mantenga firme a Comitán. ¡Que así sea!

jueves, 26 de octubre de 2017

ME LO PASO POR LOS HUEVOS




Me sorprende la cita literaria del erudito, pero más me sorprende el ingenio popular. Todo mundo ha dicho que el lenguaje es un ente vivo y que su savia radica en el uso cotidiano que el pueblo le otorga. Los integrantes de la Real Academia de la Lengua Española sólo se encargan de validar el uso y de incorporarlo al diccionario, pero la verdad es que los hablantes ni piden permiso ni están preocupados porque los vocablos ingresen a las páginas del diccionario.
El otro día me topé con un letrero pintado en la parte posterior de una camioneta. El letrero decía: “¡Tu envidia me la paso por los huevos!”, así, con signos de admiración. El letrero va dirigido a todos los peatones y a los conductores que les toca ir detrás de la camioneta en cuestión.
Envidia, todo mundo lo sabe, es un deseo malsano de desear lo que otro posee. Así, entonces, el propietario de la camioneta dirige un mensaje directo a todos aquéllos que desean poseer lo que él posee. Puede ser que el compa posea ranchos, ganado, residencias y autos y que les dice a los envidiosos que su deseo malsano se lo pasa por los testículos; es decir, que no le importa el sentimiento de los otros. Tal vez sólo se refiere a su camioneta. Como si dijera al peatón que, si camina, es porque no tiene paga para adquirir una camioneta como la que él posee.
Pero digo que me sorprende el ingenio popular porque, como en este caso, no se anda por las ramas ni con falsas diplomacias. “Envidiás mi suerte, ¿verdad? Pues ¡jodete!, porque nunca tendrás lo que yo”.
Por suerte, la envidia, a pesar de que es un sentimiento negativo, no es una enfermedad contagiosa. Mariana dijo: ¿Imaginás que la envidia fuera tiña? Y comenzó a jugar con la imagen donde el propietario de la camioneta se pasaba, una y otra vez, la envidia por sus huevos. ¿Imaginás -dijo Mariana- que la envidia fuera vitíligo? Y rio cuando dijo que los huevos del interfecto terminarían teniendo una coloración café con leche. Si a los de Chiapa de Corzo les dicen culos pintos, a este compa le dirían huevos pintos. ¿Imaginás que la envidia fuera roña? La comezón que tendría el propietario de la camioneta sería desastrosa. ¿Imaginás que la envidia fuera lepra? Mariana dijo que al compa se le caerían sus huevitos, poco a poco.
El dueño de la camioneta no hizo más que repetir una sentencia que los mexicanos emplean con frecuencia. Cuando algo les tiene sin cuidado, cuando algo no merece su atención, dicen que ¡se lo pasan por los huevos!, como dando a entender que es una situación sin importancia. En una ocasión escuché que una muchacha bonita le reclamaba a su muchacho que hubiera besado a su mejor amiga, el muchacho (con la cara de sapo artrítico que ponen los que quieren lavar una culpa) le dijo que no lo había hecho con intención, que había sido sólo un besito, que en realidad su amor sólo le correspondía a ella, y ella, muy molesta, empujó al muchacho con tal fuerza que lo envió al suelo. Cuando vio que el muchacho estaba en el piso y trataba de incorporarse le puso un pie sobre el pecho y le gritó, a medio parque, a la vista de todos: “Tu amor ¡me lo paso por los huevos!”. Quienes presenciaron el acto rieron. Una chica que estaba a mi lado dijo: “Esos sí son huevos”. Sí, la muchacha bonita, por supuesto que no tenía huevos en el plano de la realidad real, pero en el plano de la realidad creada por el lenguaje tenía más huevos que su muchacho desleal.
Si el dueño de la camioneta llegara a leer esta Arenilla sólo diría una cosa: “Tus disquisiciones pendejas me las paso por los huevos”. En México, las cosas sin importancia pasan por la aduana ingrata de los testículos.