miércoles, 9 de mayo de 2018

MUNDO INCOMPLETO




Estaba en la sala de la casa de mi sobrina Pau. Afuera se oía los cláxones de los autos. Tal vez el tráfico era intenso. Pau leía, con las piernas arriba del sofá. Yo la miraba sin decir algo. De pronto ella soltó el libro y dijo: “¡Qué bobos!”. Le pregunté si no le había gustado la historia. Dijo que no, que la historia estaba bonita. Dijo que los bobos eran los que hacían los libros y explicó que los libros, todos los libros, debían tener una lamparita integrada. ¿Qué pasaba si el lector estaba a mitad de la selva y quería leer de noche? Además, dijo, los libros, todos, debían tener un par de lentes, por si algún lector anciano los había olvidado en su cuarto. Los libros, sentenció, siempre están incompletos. Y ya, en forma de broma, dijo que también debían tener pliegos de papel sanitario, por si el lector se hallaba en el baño y el papel había acabado. Bromeamos. Estuvimos de acuerdo, porque se sabe de casos en los que al usuario del baño no le queda más opción que arrancar dos o tres hojas del libro. Pau dijo que en este último caso siempre es mejor elegir páginas de en medio, porque si el lector, en su enojo, corta las hojas finales, el próximo lector se quedará sin saber quién fue el asesino. Volvimos a reír. Le dije a Pau que se acercara, que le enseñaría una foto recién tomada. Le mostré la foto de la mesa con el destapador integrado y le dije que el constructor de esa mesa sí había pensado en la necesidad de los otros, porque a la hora de tomar una cerveza nadie se quejaría. Además, dije, la mesa tiene una gaveta donde, sin duda, hay cuchillos tenedores, navajas, cucharas, servilletas. ¡No!, dijo Pau, al constructor de la mesa se le había olvidado agregar una hielera. ¿Dónde se ha visto que en Comitán alguien tome una cerveza al tiempo? Recordé que una empresa cervecera tuvo la genial idea de integrar en el culo de la botella un “desenroscador” que permitía quitar la corcholata de otra botella. Pero, al final, tuve que darle la razón a Pau, las cervezas deberían traer integrado un sistema de enfriado automático. Coincidimos en que el mundo está incompleto. Entonces jugamos a ver qué le hacía falta a los objetos y a los seres. Pau dijo que los niños deberían nacer con pañales desechables y con un dial para bajarles el volumen cuando lloraban mucho; y dijo que los venados deberían venir con una pistola para que cuando un cazador los tuviera en la mira, ellos también pudieran defenderse. Yo dije que los libros deberían venir con un altoparlante para que, con el simple acto de oprimir un botón, los ancianos y ciegos pudieran escuchar la historia. Pau dijo que los niños deberían venir con parches integrados para cuando se rasparan las rodillas al saltar la cuerda. Yo dije que los autos deberían venir con burbujas protectoras, para que a la hora de un choque, la burbuja se expandiera y evitara que los viajeros sufrieran daños físicos. Pau dijo que las casas, todas, deberían tener un sistema que les permitiera alzarse; así, cuando hubiera un terremoto, las casas levitarían y nadie saldría herido. Yo dije que los chayotes deberían tener un sistema de pelado automático después de ser hervidos a fin de no espinarse a la hora de pelarlos. Pau dijo que las bolsas de palomitas de maíz deberían tener un sistema de calentamiento integrado a fin de que las palomitas estallaran sin necesidad de meterlas al horno de microondas. Yo dije que los dientes de los seres humanos deberían ser de “Quita-pon”, para que cuando alguna muela ya estuviera careada se pudiera eliminar dando paso a un nuevo diente. Pau dijo que las bolsas de las mamás deberían tener un sistema automático de fabricación de billetes para que las mamás pudieran comprar todas las cosas que desearan las hijas. En eso entró la mamá de Pau y dijo que las casas debían ser como las cabinas de radio, porque el claxonerío de afuera seguía en todo su esplendor.
Dije que ya era hora de irme. Tomé el libro que había llevado y lo puse debajo de mi brazo. Pau dijo que mañana seguiríamos jugando a eso del Mundo Incompleto. Dije que sí. Martha me acompañó a la puerta, me dio un beso en la mejilla y dijo que las tardes deberían traer relojes integrados para hacerlas infinitas. En la calle ya pasaban pocos carros. El cielo estaba espléndido. Nada le faltaba.

martes, 8 de mayo de 2018

PARA TARDES EN QUE NO HAY QUÉ HACER




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: Mujeres que son como un tren que no tiene alas y Mujeres que son como el caos envuelto en papel manila.
La mujer caos envuelta en papel manila es como una gata que, al despertar, debe descubrir cuáles transformaciones han ocurrido en las últimas horas, casi casi como si el universo se hubiera recreado mientras ella dormía. Abre los ojos, se despereza, estira sus manitas que, con las uñas, quedan trabadas en la tela del sofá y luego, como si pensara con mente de maratonista, dice: “Mundo, ¡ahí te voy!”, y sale a la calle y camina y ve a los ciclistas que esquivan carros y mira las tiendas donde venden trajes y vestidos para fiestas, y sube a una motocicleta y le dan ganas de convertirse en uno de esos personajes del cine que entra a un restaurante esquivando las mesas, obligando a los meseros a trompicarse y soltar las charolas, mismas que manchan a los comensales que se disponían a comer tranquilamente; y le dan ganas de entrar a un templo, a la hora de misa, y conducir de manera estruendosa a la hora que el sacerdote inicia su sermón y la gente se persigna y una monja toma, con un isopo, un poco de agua bendita y con una mano le avienta el agua, mientras grita: “Pecadora, pecadora…”; y le dan ganas de trepar hasta el altar, darle una vuelta a la mesa de mármol y salir, con el escape abierto, hacia el vestíbulo donde ya hay dos patrullas, porque alguien, una mujer fiel fidelísima, llamó a la policía diciendo que todo era un caos (¡sí), porque una mujer motociclista (tal vez drogada) había entrado al templo, profanándolo, y ella (la fiel fidelísima) hubiese querido ser Jesús y tener un látigo en la mano y ser como una domadora de leones, para soltar latigazos y obligar a la infiel mercader a salir del templo, casa de Dios, recinto sagrado. Pero ya la mujer caos, en ese instante, se asegura el casco y, de manera velocísima, salta sobre una de las patrullas y ríe, mientras los policías, se quedan viendo y piensan si disparan o mejor se quedan impávidos, como si nada hubiese ocurrido. Como los policías optan por lo segundo, la mujer caos envuelta en papel manila, piensa que sería bueno hacer lo mismo, pero en el mercado, porque ahí los pasillos (al contrario del templo) siempre están llenos de personas que compran manzanas o alitas de pollo (para hacerlas en barbecue) o grasa de cerdo para preparar tortillas con asiento o ensartas de chorizo o chile en vinagre o tostadas o café molido o albahaca o tamales de bola. Y hasta el mercado va la intrépida mujer que, ya se dijo, es como una gata que juega a husmear por el jardín. Y cuando llega al mercado y entra y comienza a conducir por los pasillos, las personas se hacen a un lado, le gritan, le avientan naranjas y plátanos, hablan por teléfono para solicitar ayuda a la policía, y ella, la mujer caos se detiene y, con el freno hasta el fondo, juega con ambas manos, acelera, provoca un ruido ensordecedor, está avisando que pronto avanzará, por lo que los compradores y mercaderes se hacen a un lado, no vaya a ser la de malas y resulten golpeados, porque se ve que la mujer está dispuesto a todo, tal vez está drogada, tal vez está borracha, o es una de esas dementes que, en Estados Unidos, entra a disparar a lo loco. Nadie sabe que ella se divierte, que sólo sigue los dictados de sus genes. Ella es una sencilla mujer caos envuelta en papel manila, es como una gatita juguetona. Sería incapaz de provocar daño. Mientras está en un extremo del mercado piensa que no ha provocado un solo incidente. Sólo hizo que en los interiores del restaurante y del templo todo tomara vida, como si de pronto una gata enorme (llamada leona) entrara de improviso y la gente corriera de un lado para otro; sólo ha provocado que las personas que estaban muy solemnes tomaran actitudes de niños juguetones. Está segura que ahora (mientras ella está en el pasillo del mercado) todas las personas que estuvieron en el restaurante y en el templo están platicado del suceso y algunas (muchas) se ríen de lo que le pasó al vecino, del instante en que se subió a la mesa y metió la mano en la sopa hirviendo, y los del templo también se santiguan y dan gracias a Dios por haberlos librado de ese peligro, de ese demonio enfundado en traje de motociclista, y ahora se sienten agradecidos por la bondad divina y están más cerca de Dios, más cerca de lo que jamás han estado en misas anteriores. Pero como la mujer caos envuelta en papel manila no es tonta, sabe que su suerte puede cambiar de un momento a otro, porque la policía está por llegar, así que se baja de la motocicleta y corre por los pasillos, sale del mercado, sigue corriendo por la subida, levanta la mano, para al taxi, se sube, da la dirección de su casa, mira por el cristal trasero, se recarga sobre el asiento, cierra los ojos y sólo piensa en llegar a su casa y, como si fuera una gatita, tenderse en el sofá, para descansar. El día ha sido ajetreado, ha cumplido su misión. Por apenas instantes logró sembrar el caos, un caos divertido, casi excitante, sin dañar a alguien.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: Mujeres que son como una cocina impecable, y Mujeres que son como un vitral donde la luz toma el color del ópalo.

lunes, 7 de mayo de 2018

LASCAS Y LAJAS




Lupe se enojaba cuando alguien le decía que su pueblo, Teopisca, era un “pueblo bicicletero”. Rosendo decía que Lupe era tan enojón porque tenía el complejo de su nombre, su papá, en mal momento (según el decir de Rosendo), se le ocurrió llamarlo Guadalupe, cuando, se sabe, que es un nombre más propio para mujer.
El otro día escuché que alguien de la Ciudad de México dijo que Chiapas era un estado lajero. Rosendo dijo que sí, que era un alhajero; es decir, su amor por el estado lo llevó a tratar de esquivar la pedrada.
Creo que nadie (en estos tiempos) podría tratar de disimular lo dicho por el amigo de la Ciudad de México. En los camellones de bulevares de Tuxtla y de San Cristóbal lo que abunda es la laja. De igual manera, el pueblo de Comitán también, en mala hora, se convirtió en un pueblo lajero.
Hace muchos años, el Patronato Chiapas, A.C. realizó un buen proyecto de mejoramiento de la ciudad y le dio armonía. Tal proyecto rescató la arquitectura tradicional, pero, por desgracia, tuvo un fallo: no tomó en cuenta la topografía de la ciudad y, al enlajar las banquetas, provocó que las personas corran serios peligrosa a la hora de caminar por las banquetas resbaladizas de empinadísimas calles. Por desgracia, se cuenta por decenas los casos de personas que han resbalado y sufrido severas lesiones.
Como mojol de tal riesgo están las entradas y salidas de coches de las casas. Las pendientes de ingreso de autos son verdaderas trampas. Muchas voces sensatas piden iniciar una campaña para cambiar esas rampas llenas de lajas por material no resbaloso. Dicen (y tienen toda la razón) que esta ciudad es para siempre, que es necesario comenzar a transformarla para que estas generaciones y las venideras vivan en un ambiente más armonioso.
Aparte de ese ingrato mojol hay un agregado: el que los constructores (faltos de talento), cuando construyen una nueva calle con banquetas, “adornan” éstas con una cinta de laja, hecha con mosaicos pequeños. Los caminantes y los automovilistas, desde que algún constructor lajero tuvo la infeliz ocurrencia de cubrir el extremo de la banqueta con esas lascas, que no iban a durar mucho tiempo. Y así ocurrió, y así ha ocurrido, y así ocurrirá. En cuanto un automovilista se estaciona y tiene la impericia de que una llanta choque contra la cinta, el mosaico se desprende y se quiebra. De esta manera, ahora Comitán agrega un desacierto más a su ya de por sí alterado entorno. ¿Por qué los constructores insisten en este dislate? Parece que “El espíritu lajero” se ha adueñado de ellos. Muchos dicen que un funcionario tiene la concesión lajera y exige a los constructores a emplear ese material. ¿Será? No lo creo. Tal vez siguen con la inercia de enlajar todo. ¿Quién ahora puede enojarse cuando alguien de fuera diga que este pueblo es un pueblo lajero?
Lupe ya no se enoja cuando alguien, sólo por molestar, le dice que su pueblo es un pueblo bicicletero. Él, ahora, se pavonea orgulloso. En estos tiempos, está demostrado que un pueblo cuyo medio de transporte es la bicicleta es un pueblo civilizado, consciente del respeto al medio ambiente. Lupe, de inmediato, dice que en Holanda hay muchos pueblos bicicleteros y sonríe.
Somos los comitecos quienes no podemos enorgullecernos por haber permitido que nuestro pueblo se volviera un pueblo lajero. Este material sólo nos ha ocasionado problemas, nos ha regresado al pasado, pero de una manera ingrata.
Y si hablamos de montañas de fragmentos en las banquetas, ahora debemos agregar (¡Por el amor de Dios!), las montañas de piedras que están sobre las banquetas del bulevar. Estos escombros los dejaron ahí cuando abrieron el piso para introducir los cables de las nuevas luminarias. Es una pena que los encargados de tal obra se comporten como aquellas personas que se sientan en una banca, pelan los mangos, los comen y dejan la cáscara regada. Son unos inconscientes. Las autoridades, además de convertir a Comitán en un pueblo lajero, han convertido a nuestro bulevar en un cochinero. ¡Qué ingratos! Comitán, como dice Rosendo, debe ser el Alhajero de Chiapas.

domingo, 6 de mayo de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE NOS ENTERAMOS QUE NO HABRÁ NOBEL DE LITERATURA EN 2018




Querida Mariana: ¡Que alguien me explique! Supongamos que X trabaja de sirvienta en mi casa. X realiza una labor muy importante: Es la encargada de darnos de comer y hacerlo de manera higiénica y sabrosa. Un día nos enteramos que el esposo de X, un tal Y, es demandado por dieciocho mujeres, por violencia sexual. Resulta que el tal Y resultó de ojo alegre y anduvo enredado en las camas de aquéllas (que, por cierto, no dicen cómo cayeron bajo el influyo de Y. Queda la duda si no fueron ellas las propiciadoras de tales encuentros). La noticia impacta a X y decide renunciar al trabajo, porque se siente indigna. Nosotros le decimos a X que ella no tiene por qué asumir culpas ajenas. Es cierto que Y es su esposo, pero ella no es culpable de sus devaneos (calenturas, le dicen en el pueblo). Con tristeza aceptamos que X se vaya. ¿Y ahora? Bueno, pues (con la pena) debemos buscar a otra persona para que nos prepare los alimentos. Buscaremos a alguien que tenga la eficiencia y la sazón de X; es decir, ¡no podemos quedarnos sin nuestros alimentos! Bueno, algo semejante (hasta donde entiendo) sucedió en la Academia Sueca, institución que se encarga de otorgar el Nobel de Literatura, cada año. Don Juan de las Pitayas, esposo de doña Almendra de los tejocotes, fue acusado de agresión sexual por dieciocho mujeres. El supuesto problema es que doña Almendra de los tejocotes es (era) integrante de la Academia. En cuanto se supo el chisme, los ojos de medio mundo, como reflectores, alumbraron la imagen de doña Almendra. Ésta, apenada por el comportamiento de su esposo, renunció a su cargo. Hasta ahí bien. ¿Bien? ¡No! Doña Almendra de los tejocotes no debe cargar con la culpa que sólo debe corresponder a su marido, quien ya merece el título de El garañón del año ¿Bien? ¡No! No, porque la historia de las dieciocho víctimas no debe ser tan inocente. Un buen reportaje periodístico daría luces acerca de las vinculaciones de ellas con el supuesto agresor. Pero, bueno, en todo caso, ya doña Almendra se victimizó. El caso abrió la puerta y al abrirse ésta salió lodo. Pero, ¿hay alguien que, a estas alturas, piense que la Academia es impoluta, alejada de intereses personales y de grupo? ¡Por supuesto que no! Medio mundo sabe que la concesión del premio incluye intereses extraliterarios, que van desde intereses políticos hasta intereses económicos. Total que la Academia decidió no entregar el Premio correspondiente a 2018. No sé si la Academia se enteró que en nuestro estado ya enterraron el Premio Chiapas y quisieron imitar la tonta decisión.
No me estás preguntando pero te diré que a mí no me parece correcta la decisión de la Academia Sueca. Es como si, por culpa del esposo de mi cocinera X, en casa ya no comiéramos todo el año y lo hiciéramos hasta el 2019. En el hipotético caso que planteé, la solución es contratar a otra cocinera, hay millones en el mundo. La Academia debió cubrir los espacios vacíos con personas probas. Era la gran oportunidad de limpiar un poco la institución. Con su determinación deshonra la memoria de Alfredo Nobel. El señor Nobel determinó que se entregara el Premio de Literatura para honrar a los mejores escritores. Es penoso que tal honra se posponga, parafraseando a doña Silvia Pinal, por “simples casos de la vida real”. Los políticos mencionan que nada debe estar por encima de las instituciones, éstas son las que fortalecen la vida contemporánea en comunidad. Hay lodo y caca en las instituciones del mundo, por supuesto que sí. Hoy, que los mexicanos estamos inmersos en un proceso electoral, los votantes deseamos que las instituciones se renueven, que las lacras puedan ser eliminadas, para que tengamos una patria más justa. Se sabe que en todas las instituciones del mundo hay hombres ojo alegre y mujeres boca rápida. Si las instituciones del mundo se dedicaran a postergar trabajos por la infidelidad de sus integrantes habría una parálisis total en instantes.
La Academia Sueca debió hacer una buena campaña de limpieza y renovar la institución. Al posponer la entrega socavó los cimientos que don Alfredo construyó. ¡Qué tonta la Academia! En lugar de posponer la entrega, la Academia debió decirle a don Juan de las Pitayas que escriba La historia, podría resultar una novela buenísima. Con suerte podría ser considerada para recibir el Nobel del 2018. ¡Dieciocho demandas realizadas por dieciocho mujeres! Uf. De entrada se nota que, como dijera López Obrador, fue un complot.
Posdata: En 2016 el mundo se enteró que la Academia había concedido el Nobel de Literatura a Bob Dylan, personaje reconocido en el mundo más por ser cantante que por ser escritor. Tal designación levantó mucho polvo en todo el mundo. Hubo gente que estuvo a favor y gente que estuvo en contra. Sin duda que el reconocimiento a Dylan obedeció a intereses extra literarios, pero esto fue como la sal y la pimienta del platillo literario. Ahora, los académicos nos dejarán sin comer este año. El año pasado concedieron el premio a un escritor nacido en Japón y residente en Inglaterra: Kazuo Ishiguro. Vos sabés que soy snob. De inmediato fui a comprar libros de él. Si no hubiera sido por el Nobel no habría conocido parte de su obra, que me pareció muy interesante. Este año no realizaré ese ritual y desde ya lo lamento. Lamento mucho la decisión de la Academia, revolvieron la caca y los fluidos seminales con el agua a veces limpia, a veces turbia, a veces pestilente, a veces vivificadora, a veces dramática de la literatura. ¿Qué esperaba la Academia Sueca? ¿Que sus integrantes fueran impolutos, blancas palomas? Se olvidaron de la sentencia bíblica, “Quien esté libre de culpa que tire la primera piedra”, y con ello mezclaron soles con piedras, y se sabe, desde siempre, que la piedra común y corriente no genera luz.

sábado, 5 de mayo de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DE UN RÍO QUE ALIMENTA ORILLAS




Querida Mariana: El poeta Arbey Rivera organizó el Tercer Festival Internacional de Artes y Literatura “Balún-Canán”. En dicho Festival se celebró un homenaje a dos poetas: Roberto Rico y Óscar Bonifaz. Arbey tuvo la gentileza de invitarme a participar en dos ocasiones: una en el Teatro de la Ciudad, y la otra en la escuela telesecundaria “Bicentenario de la Independencia”, en la colonia Guadalupe Tepeyac, de esta ciudad.
El día de la inauguración estuve presente en el acto de homenaje, leí un textillo dedicado a desbrozar dos aspectos de la vasta obra de Bonifaz. Hablé, de manera muy breve, de cómo el maestro ha empleado la anécdota comiteca para estructurar sus novelas, cuentos y, también, dos o tres poemas. Luego comenté el valioso aporte que Bonifaz nos legó con su libro “Modismos, regionalismos y Arcaísmos de Comitán, Chiapas”, en el que anota una buena cantidad de palabras propias de nuestro lenguaje y que, por la avalancha de la globalización, cada vez se empolvan más y algunas (¡qué pena!) ya están enterradas.
Al día siguiente acudí a la telesecundaria. Acompañé al poeta Lauro Acevedo (de Baja California), al narrador Miguel Ángel Suárez Caamal (de Campeche), al escritor José Luis C. Santiago (de Comitán) y a la actriz Karina Saucedo Cruz (de Comitán). Estoy casi seguro que vos no conocés el espacio donde está ubicada la telesecundaria. Bueno, para acabar pronto, estoy seguro que el noventa y feria por ciento de comitecos no lo conoce. El mes pasado, cuatro amigos comitecos realizaron un viaje a Sudamérica y llegaron al “Fin del Mundo”, hasta la puntita del sur de Argentina. Bueno, el día que estuve en la telesecundaria pensé que estaba “En la cima de Comitán”. Una vez, estando en Chichimá miré que en la punta de un cerro había una construcción solitaria. Pensé: ¿Quién vive en ese espacio tan lejano? Bueno, pues resultó que esa construcción no es una vivienda sino una escuela. Arbey me dijo que no sabría cómo llegar. Por eso me dijo que llegara al Puente Cultural Sur Sureste. Fue necesario que llegaran dos maestros de la escuela para servirnos como guías, porque, en efecto, llegar a ese espacio es complicado. Recuerdo que entramos por donde está la Cruz Roja, pasamos por El Valle, por Brasilito y fuimos subiendo, siempre subiendo, hasta llegar a un campito donde hay una escalinata con más de cien escalones, muchos más. El acto fue emotivo, porque los alumnos bajaron la escalinata para recibirnos y, con flores, darnos la bienvenida. Acto seguido nos invitaron a subir los cientos de escalones. ¡Qué! Miguel Ángel y Karina sí aceptaron vivir la experiencia indecible. El poeta Lauro dijo que tenía un problema de salud y yo aduje mi vejez, así que subimos en auto por una rampa. José Luis condujo su auto para llevar al poeta.
Lo que Arbey propicia es maravilloso. Con una gran tenacidad ha logrado ya la tercera edición del Festival y es sorprendente la respuesta de las comunidades hasta donde el Festival irradia su luz. Si no fuera por él, los alumnos de esta telesecundaria difícilmente tendrían la oportunidad de convivir con creadores de otras ciudades de Chiapas, de otros estados de la república y de otros países. Digo pues que ellos, estos muchachos, estudian en la “Cima de Comitán”, en el lugar más apartado.
Esa mañana les dije a esos muchachos que si alguien les preguntara por qué, todas las mañanas, de lunes a viernes, caminan desde sus casas (que están en el valle) y suben ese tremendo graderío, la mayoría diría que es para prepararse. Dije que, de igual manera, no es tan visible, pero el poeta Arbey, todas las mañanas, coloca peldaños de nubes en una enormísima escalera para que el mundo tenga más luz.
Cuanto tocó mi turno, compartí con los muchachos un textillo que escribí a propósito. Te paso copia. Que esto sea como la posdata de esta carta. Va.

Buenos días.
Dejen que les cuente: soy escritor. Escribo novelas breves. Comencé escribiendo cuentos y relatos. Soy escritor. Escribo todos los días una columna que se llama Arenilla.
Dejen que les cuente que, además de ser escritor, soy lector. Soy un gran lector. Comencé a leer libros con cuentos y novelas cuando tenía once años. Bueno, de niño fui un gran lector de historias ilustradas, lo que hoy se llaman cómics.
Si les digo que todos los días me acuesto a las ocho de la noche, ¿me creen? Mis amigos se burlan, ellos se acuestan a las diez, once o doce de la noche, a diario. Cuando van a fiestas se acuestan en horas de la madrugada. Yo no voy a fiestas, porque, como ya les dije, me acuesto a las ocho de la noche. Sé que me creerán, porque tal vez ustedes conozcan a personas que también se acuestan temprano. Mi tío Arsenio también se acuesta a las ocho de la noche. Lo hace así, porque él se levanta a las cinco de la mañana, toma su café y luego se va al terreno que tiene para preparar la siembra del maíz y del frijol. Yo me acuesto a las ocho de la noche, porque me levanto a las cuatro de la madrugada. Yo no soy agricultor. ¿Por qué entonces me levanto tan temprano? Porque a esa hora escribo. Primero escribo la Arenilla del día y luego avanzo con dos o tres cuartillas de la novelilla que esté escribiendo.
Pero dije que también soy lector, porque (todo mundo sabe), para ser escritor es preciso ser lector. Me convertí en un gran lector a los once años y desde entonces no he dejado un solo día de hacerlo. Tengo sesenta y un años, así que ahora estoy cumpliendo cincuenta años de ser lector. ¡Cincuenta años! Tiempo en que he sido muy feliz.
Dejen que les cuente: el gran escritor argentino, Jorge Luis Borges, dijo lo siguiente: “La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz”. ¿Escucharon qué maravilla? Todo mundo quiere ser feliz, Borges dice que una de las formas de la felicidad es la lectura. Yo, con la experiencia de cincuenta años de lector, digo que sí. Yo he sido muy feliz, gracias a la lectura.
Sé que muchos jóvenes creen que la lectura es aburrida, que es más divertido ver series en la televisión o estar horas y horas en las redes sociales. Yo digo que esto también es divertido, pero la lectura es como la madre de estos pasatiempos, porque abrir un libro es como abrir una ventana que da acceso a mundos fantásticos que estimulan la imaginación de cada uno.
De igual manera que Borges, una poeta polaca que ganó el Premio Nobel de Literatura, Wislawa Szymborska, escribió lo siguiente: “Creo que leer es el pasatiempo más hermoso creado por la humanidad”. ¿Ven? ¡El pasatiempo más hermoso creado por la humanidad! Claro, ustedes dirán, insisto, que el pasatiempo más hermoso es ver los partidos de fútbol soccer en la televisión o el jugar videojuegos, pero ya lo dije, la televisión, el cine, los videojuegos y el youtube son hijos de la gran madre: la lectura.
Pero como bien dice Borges, a nadie se le puede obligar a ser feliz. Si un maestro obliga a un alumno a leer, estará obligándolo a odiar la lectura. La lectura debe ser un acto gozoso, como ir a nadar con los amigos, como subir a un árbol a cortar jocote, como echar a volar un papalote, como ensuciarse en un campo lodoso a la hora de jugar fútbol o como comer un pan bañado en miel.
Dejen que les cuente: doy clases en la Universidad. La mayoría de mis alumnos no tiene la costumbre de leer. No los obligo a leer. ¡Nunca lo haré! Abro un libro y comparto las lecturas. Y dejo que ellos me digan si les pareció interesante, si les gustó. Veo que sus miradas están como iluminadas, porque eso es lo que provoca la lectura. Ya dije que abrir un libro es abrir una ventana y ver, a través de ella, un paisaje luminoso, iluminador.
¿Ustedes leen? ¿Ustedes son felices? Recuerden siempre las palabras de Borges: “La lectura debe ser una de las formas de la felicidad”; recuerden siempre las palabras de Szymborska: “Leer es el pasatiempo más hermoso creado por la humanidad”.
No es recomendable obligar a alguien a leer. La lectura debe ser un placer descubierto.
Soy escritor y soy lector. Ambos oficios me provocan felicidad. Me acuesto a las ocho de la noche, porque todas las mañanas, a las cuatro, me levanto para escribir y para leer, para ser feliz, pues.
Gracias.

viernes, 4 de mayo de 2018

CARTA A MARIANA, CON UNA RAMA DE MIRTO




Querida Mariana: Emmanuel Carballo entrevistó a Rosario Castellanos. En la plática, Carballo dijo: “Llegamos al amor”, y Rosario respondió: “El amor me parece importante como un fenómeno esencial de la naturaleza humana, no como un estado de ánimo que pueda durar uno o más minutos”.
¿Mirás? Esto parece ir en concordancia con lo que el otro día me platicaste acerca de la conversación que sostuviste con X (tu amiga de… bueno, tu amiga “ya sabés quién”). Ella usó un concepto que escucho frecuentemente y que es más usado por las mujeres. Ella, según me contaste, dijo que estaba harta de tanta “malcogida”.
¿Por qué digo esto? Porque si mirás bien, la declaración de Rosario va en un sentido del amor carnal. A ella (según se colige) le parece importante el amor como “un fenómeno esencial de la naturaleza humana”; es decir, habla del amor en un sentido universal: acerca del amor al padre, a la madre, a los hijos, a los animales y demás chocolates de la mesa. La segunda parte de la respuesta parece aludir al amor de pareja. Entonces es cuando dice que descree de tal amor y dice lo que ya leíste. El amor ya no es “un fenómeno esencial” sino un simple “estado de ánimo” y éste, como es obvio, va de uno a otro extremo, dependiendo del carácter de la persona en un instante determinado.
¿Por qué me estoy metiendo en estos bretes de los cuales nada sé y que parece corresponder al terreno de los sicólogos, a los hijos de Erich Fromm y su “Arte de amar”?
Tu amiga X aterriza el tema del amor a una simple “malcogida”; es decir, a miles de pésimos estados de ánimo.
Disculpá que yo me meta en estos terrenos, pero, ¿para vos qué es el amor? ¿Es lo que Rosario definió como un simple y voluble “estado de ánimo”, que tiene que ver más con la cuestión carnal que con la cuestión espiritual?
Los que son creyentes saben que el amor a Dios es infinito y viceversa. Tal categoría no depende del estado de ánimo, sino que lo trasciende.
En el amor de pareja, parece que todo, como dice Rosario, se concreta a un mero estado de ánimo. He visto parejas que pasan de un apasionado “Te amo” a un ingrato y brutal “Te odio”. Dicho paso es instantáneo, como si el odio se fuera acumulando con el tiempo y bastara un ligero detonante para tirar la máscara que encubre tal sentimiento.
Los científicos nos han explicado que el “enamoramiento” tarda apenas seis meses, que es un mero proceso físico, que cuando alguien está enamorado segrega una sustancia que hace que el involucrado vea todo “color de rosa”; es decir, es un “estado de ánimo”. Cuando tal sustancia comienza a desaparecer, aparecen los defectos, filias y fobias de la pareja. La máscara cae y vemos al otro tal como es, con todas sus grietas, grietas que, en muchos casos, son oscurísimas.
Cada vez escucho con más frecuencia la palabra “malcogida”. Las muchachas que lo dicen, lo expresan con coraje y con mucha frustración. Ellas siembran la culpa en el terreno de los muchachos. Son éstos los culpables de estar haciendo toda una generación de frustradas sexuales. ¿Qué ocurre? Bueno, parece que las expectativas son muy altas y las realidades son absurdas. Las imágenes ideales que nos plantean las pantallas de la televisión y del cine no corresponden con la triste cotidianidad. Parece que, según el decir de miles de mujeres (como X), los amantes perfectos no existen. Hay una brecha insuperable entre lo que las mujeres desean para satisfacerse y lo que sus parejas están realizando. Pero, ¿por qué?, si al principio todo parecía funcionar bien. ¡Ah, claro! En esos momentos iniciales el enamoramiento estaba al tope máximo y la tal sustancia generaba un estado de ánimo óptimo, pero cuando tal sustancia dejó de generarse todo se volvió azul profundo. Javier me cuenta que cuando un cuerpo no genera serotonina aparece el estado depresivo, difícil de controlar. Parece que la cuestión del amor en estos tiempos (tal como lo planteó Rosario y X) no es más que una sustancia en el cuerpo. ¿Qué pasó con el sentido espiritual del concepto? ¿Qué pasó con el concepto que Jesús recomendaba de “Amar a los otros como nos amamos a nosotros mismos?”. ¿Hemos dejado de amarnos? ¿Se nos acabó el enamoramiento? ¿Ya no segregamos la famosa sustancia?
Posdata: A mí siempre me da escozor cuando alguna chica se queja de “tanta malcogida”. Siento que nos pone un tache brutal a todos los hombres, porque, debo decirlo, querida mía, nunca he escuchado tal término en la boca de una chica que prefiere relacionarse con chicas. Como que en “el amor” entre chicas no se dan las “malcogidas”. Y esto se da cuando el amor se coloca en el simple plano de lo físico, de un simple estado de ánimo.
Perdón por meterte en este hueco oscuro, pero cuando leí lo que Rosario dijo esto fue lo que pensé. Llamó mi atención ver que Rosario, de manera subconsciente, mencionó que el amor podía ser un mero estado de ánimo que duraba un minuto, casi casi como si dijera que despreciaba las “malcogidas”.
El amor, lo sabemos, está en un plano superior, pero en estos tiempos el espíritu cabalga sobre un potro invisible.

jueves, 3 de mayo de 2018

DEFINICIÓN DE LENTO




La civilización parece preferir lo rápido a lo lento. Sin embargo, las abuelas sabían la virtud de la lentitud. La abuela Enedina ponía arroz a cocer durante dos minutos y luego le bajaba la flama para que, durante doce minutos, el arroz siguiera cociéndose. El fuego lento era el secreto para hacer un arroz con la consistencia correcta.
Hay un término científico que es discriminatorio para los niños: “Lento aprendizaje”. Tal concepto alude a niños que no tienen la misma capacidad de aprendizaje de los otros, como si estos “otros” aprendieran todo con el vértigo de estos tiempos.
Cuando Martín estuvo en el taller de dibujo se diferenció de los demás niños por hacer su labor de manera lenta. Cuando los demás niños se paraban y dejaban la banca para enseñar sus dibujos al coordinador del taller, Martín seguía eligiendo qué color combinaba más con el rojo que había elegido de fondo. Los compañeros se burlaban de Martín. ¿A quién se le ocurría pintar el cielo azul con un rojo infierno? ¡A Martín! Porque Martín sabía que un famoso pintor había pintado una vaca con un color azul cielo. ¡Una vaca! ¿Por qué él no podía pintar un cielo color rojo o color verde? Y si el cielo de su cuadro era rojo, para el camión que subía por un camino de la montaña debía elegir un color que hiciera contraste, porque el coordinador del taller les había dicho que una de las claves del arte era la armonía entre los colores. Por esto, el coordinador nada le decía a Martín, sabio maestro, dejaba que el niño hiciera con calma su labor de creación.
Aquella fábula conocida del conejo y la tortuga parece ser una síntesis culta de tiempos idos. La carrera lenta, pero sostenida, de la tortuga, demostraba que la rapidez no era garantía de éxito.
A veces llama mi atención algunas campañas publicitarias de empresas que solicitan empleados que estén acostumbrados a “trabajar a presión”, como si fuesen ollas para hacer frijoles. Incluso, los frijoles que la abuela Enedina preparaba en una olla de barro tenían un sabor superior a los que ahora preparan, porque el cocimiento de aquellos frijoles (con sus hebras de epazote) se hacía a fuego lento, en antiguos fogones alimentados con carbón.
Una tarde de diciembre, mientras tomábamos un té en un café al aire libre, en un andador de San Cristóbal, Rocío me dijo que la ruptura con su pareja había sido por la rapidez con que habían querido vivir. Me dio una extensa relación de actos apresurados, entre los cuales, por supuesto, apareció el sexual. Dijo, mientras los turistas recorrían los andadores (gracias a Dios, con parsimonia, con una disfrutable lentitud), que su pareja hacía todo de manera muy apresurada, dijo que como en millones de parejas, el tipo se apresuraba a la hora de la penetración y no dejaba que todo fluyera con lentitud. Rocío dijo que una de las plagas más perniciosas es la rapidez, ésta socava las relaciones de pareja.
“Hazlo lento”, decía Santiago. Santiago, en su juventud, había sido ferrocarrilero; decía que el medio de transporte más bello del mundo era el tren. Cuando viajó a Europa fue feliz, todos los viajes entre ciudades los hizo en tren. “Hazlo lento”, era su permanente sugerencia. Si veía que su nieto Hernán jugaba a los carros, le decía “Hazlo lento” y le mostraba cómo una caótica carrera de autos se convertía en una inolvidable carrera en cámara lenta. Su nieto Hernán, al principio se enojaba pues, a pesar de que era niño, sabía que el sentido del juego de carreras de carros era la rapidez, pero al final terminaba riéndose con los movimientos lentos del abuelo. Hace apenas dos días me topé con Hernán (ya hombre de cuarenta y tantos años de edad, ya muerto el abuelo Santiago) y al sacar el tema de la lentitud, él dejó que una luz indecible iluminara su rostro al decirme que su abuelo le había dado la más grande lección de vida, porque, pensaba, ningún niño había vivido lo que él, porque el recuerdo más vívido de su existencia es el juego lento que le enseñó su abuelo. Me dijo que cuando alguien lo apura él piensa en su abuelo e imagina que todo en el mundo se mueve en cámara lenta y deja que el mundo de su alrededor ruede con su movimiento apresurado, porque sabe que el universo se expande de manera lenta, lenta, lenta…

miércoles, 2 de mayo de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA MÍNIMA HISTORIA DE UN CACHORRO




Querida Mariana: Tenía como cuarenta años de no releer “Los cachorros”, de Mario Vargas Llosa. Ayer busqué en el librero y lo releí, motivado por lo que había dicho un muchacho en el parque.
Estaban sentados frente a la fuente, ahí donde están las gradas frente al templo de Santo Domingo. A leguas se veía que eran turistas, eran como nueve o diez muchachos, entre hombres y mujeres (cinco mujeres, bonitas, con short y playeras pegadas al pecho). La tarde comiteca estaba brillante. Los muchachos recibían el viento en sus caras. Yo estaba sentado ahí también, debajo de la sombra del framboyán. Los oía reír, los veía aventarse, uno de ellos fumaba y los demás lo molestaban, le decían que ahí era un espacio libre de humo y de fumadores. Los oí jugar al ¿Quién no te gustaría ser? Una chica, la del short de mezclilla, blusa blanca y cabello corto, dijo que no le gustaría ser Hitler; un chico dijo que no le gustaría ser Carlos Slim y, ante el reclamo unánime de todos, dijo que debe ser muy feo saber que nunca tendrás una carencia material, cuando estás lleno de carencias espirituales. ¡Ya, ya, bájale!, dijo otro, el del tatuaje del lobo en el lado izquierdo del cuello, te moriría por ser la décima parte de Slim. A mí no me gustaría ser Madonna, dijo la chica del turbante rojo y quien tenía los pechitos más breves, casi como nidos de colibríes. Cuando todos la quedaron viendo se sintió obligada a decir que debe ser horrible andar pavoneándose de virgen cuando ha estado refocilándose en decenas de camas. A mí no me gustaría ser Peña Nieto, dijo otro muchacho, el que fumaba y que ya había apagado el cigarro en una de las lajas y había guardado la bachita en la bolsa de su camisa. A mí, dijo la chica que tenía unas calcetas rojas y que le llegaban justo donde comenzaba la orilla inferior del short, sí me gustaría ser la Paloma. El del cigarro apagado la albureó. Ella puntualizó que se refería a la esposa de Peña Nieto y la del turbante le aclaró que la esposa del presidente se llamaba Gaviota. El del cigarro volvió a intervenir, dijo que Paloma había sido la esposa de Miguel de La Madrid, que también había sido presidente de la república. Todos rieron. Se hizo algo como una burbuja llena de vacío. El aire era como un ave sobrevolando nuestro cielo. Fue cuando el muchacho con la esclava dorada (tal vez bañada en oro) dijo: A mí no me gustaría ser el Pichulita, de “Los Cachorros”. Sí, dijo la chica del turbante, debe ser jodidísimo. Me di cuenta que todos (universitarios, sin duda) sabían quién era el Pichulita. Vos has de recordar que el Pichulita (Uf, pobre tipo) es el niño que es emasculado por un chucho, a la hora que se baña en los vestidores del colegio. Todos sus compañeros huyen a la hora que ven que el perro, enorme, casi rabioso, entra al vestidor, pero Cuéllar no logra hacerlo y el chucho, babeante, terrible, lo muerde en los genitales. ¡Lo emascula! Por eso, los amigos (los muchachos son crueles) le ponen el apodo de Pichulita, porque en Sudamérica, la pichula es el pene.
“Los cachorros” es la primera novela breve de Vargas Llosa y es una buena narración. Ahí hace prodigios con la forma narrativa, ya que utiliza (de manera indiscriminada, pero certera) la primera y tercera personas. Para que lo recordés, copio acá la primera línea de la novelilla: “Todavía llevaban pantalón corto ese año, aún no fumábamos…” ¿Mirás cómo en la primera oración el narrador está en tercera y en la segunda oración el narrador ya se incluyó? Así se da en todo el transcurso de la trama. Trama donde el autor tiene la suficiente malicia literaria para hacérnoslas muy íntima, muy cercana, brutal. Cuando El Pichulita crece y todos sus amigos tienen novias, los lectores somos testigos del desasosiego del muchacho porque no se atreve a tener novia. ¿Qué sucederá cuando él la bese y la acaricie, y ella, en el juego maravilloso, baje la mano y la coloque en su muslo y comience a subirla?
Todos parecieron estar de acuerdo con el muchacho de la esclava. A nadie le gustaría padecer la historia del Pichulita. Estuvieron de acuerdo los muchachos y las muchachas.
En cuanto llegué a casa busqué en el librero y saqué la novelilla para darle una relectura.
Posdata: ¿Te acordás cómo termina la novelilla? ¿Ya no? Ah, volvé a darle una su vuelta. ¡Uf! Tremendo relato del Vargas Llosa.

martes, 1 de mayo de 2018

OLVIDO




Te escuché decirlo. Lo dijiste convencido. Dijiste que te encantaría volver a ser niño. ¿De veras? ¿No será que ya olvidaste lo que fue haber sido niño?
Estábamos en un festejo por el Día del Niño. Todo era como un festejo para la vida. Las maestras habían colgado una piñata con el cuerpo de Bob Esponja en el patio del kínder y todos los niños, sentados en unas pequeñas sillas plegables, de color azul, esperaban, impacientes, la llegada del payaso prometido. Ahí fue donde, con una voz de silla mecedora, dijiste que te gustaría volver a ser niño. ¿De veras?
Cuando te pregunté si lo decías convencido, dijiste que sí, que tu infancia había sido muy feliz, que, sin duda, había sido la mejor etapa de tu vida. ¿Más que ésta?, pregunté (vos has de tener dos o tres años menos que yo; es decir debés tener cincuenta y ocho o cincuenta y nueve). Sí, fue tu respuesta rotunda, respuesta que sonó como un llamado a misa del templo de Santo Domingo.
Ya no insistí, porque tenías la cara llena de colibríes y éstos aleteaban como si fueran los responsables de hacer el aire que conforta a todo el mundo.
Pero, en mis adentros, mientras los niños se aburrían con el payaso y ya querían que fuera el momento de pegarle a la piñata para recoger los dulces que, sin duda, tenía Bob Esponja adentro de su panza, pensé que tal vez lo decías porque la memoria del hombre es endeble, como espiga de trigo. Y digo esto, porque la niñez tiene su encanto, pero tal luz es escasa en comparación con las grietas llenas de lodo que contiene.
Y digo esto, porque estoy seguro que tu mamá, en más de una ocasión, te amenazó con “Ahora que venga tu papá se lo voy a decir”. La amenaza era porque habías hecho alguna travesura mínima, pero tu mamá pensaba que debía darte una lección para toda tu vida y el camino era muy sencillo: Ella tomaba el atajo más simple: Decirle a papá que habías hecho tal cosa para que él (y no ella) te diera un correctivo, que podía ser desde un interminable discurso acerca de los valores hasta el clásico movimiento donde tu papá, furibundo, con ambas manos, destrababa el cinturón y lo tomaba como cinta métrica para medir tu espalda y nalgas y, de paso, dejarte dos caminos bien marcados sobre su piel niña de alcanfor.
“Vas a ver ahora que venga tu papá”. El temor aparecía. Vos comenzabás a temblar por la incertidumbre del castigo, porque tal sentencia pronosticaba un castigo, que era como una imagen de un iceberg, porque cuando tu papá escuchaba lo que habías hecho, sólo advertías su rostro que era como la punta de ese enorme bloque de hielo. Sabías, bien que sabías, que lo más dramático estaba oculto en su corazón. A veces era un simple regaño, pero a veces constatabas que la cueriza era del tamaño oculto de esa gigantesca roca helada. No lo recordás, pero el miedo te fue incubado en la niñez. Habías nacido limpio, caminabas seguro, saboreando una paleta de dulce y, en un instante, el temor te hizo titubear y desde entonces nunca te ha abandonado.
Eras niño en la escuela cuando uno de los “grandes”, abusivos, te esperaba en la entrada de la escuela y te exigía la moneda que tu mamá te había dado para que compraras tu refresco y galletas a la hora del recreo. Eso era todas las mañanas. Te aterraba llegar temprano y hallar en esa aduana brutal al brutal compañero abusivo. A veces (no lo negués) llegaste a pensar que dejarías de ir a la escuela con tal de no exponerte a esa mirada de niño loco que te aterraba, pero la sola mención de posibilidad despertaba el demonio de la ira paterna.
Eras niño cuando la tía que de vez en vez llegaba a la casa te agarraba de los cachetes y, como un gesto afectuoso (¡tonta!), te los jalaba a la vez que decía: “¡Qué guapo te estás poniendo!”. En el instante que eso ocurría te brotaba la gana de patearle la espinilla o, cuando menos, escupirle a la cara y decirle ¡pendeja!, pero no podías hacerlo porque tus papás, en lugar de acudir en tu defensa, sonreían y decían que sí, que te estabas poniendo muy guapo y que eras muy educado.
¿Te gustaría volver a ser niño? ¿Te gustaría ser un indefenso, expuesto a todas las brutalidades y protocolos de los mayores? ¿Te gustaría ser amenazado constantemente con la estúpida frase: “Si no te portás bien el señor te llevará a su casa”?, y el señor de la frase era un tipo maloliente, pordiosero, que en ese momento caminaba por ahí, sin saber que tu mamá lo usaba como imagen de temor que opacaba el espejo de tus escasos e inocentes años.
¿Te gustaría seguir despertando a las doce de la noche y sentir un cuchillo de hielo escurriendo sobre tu espalda al oír ruidos debajo de tu cama?
¿De verdad te gustaría volver a ser niño y despertar mojado en tu cama? ¿Te gustaría esperar a tu papá para que te llevara al circo y saber al otro día, después de dormirte agotado de tanto llorar, que la promesa fue incumplida porque tu papá se había ido de borracho con sus amigos?
¿Y el día que se olvidaron de pasar por vos a la escuela? Esa tarde, tu maestra te dio un dulce para que dejaras de llorar, te dio algo para tu boca y tu estómago, en lugar de darte un remedio para tu corazón y para tu espíritu. Cuando tu mamá llegó, apurada, una hora y media después de la salida, te pidió que la perdonaras, que había tenido un problema en casa, pero en su cara veías que ella se había olvidado de vos. No había sido la única madre del mundo a quien le ocurriera tal suceso, es frecuente y esto no significa que las mamás no quieran a sus hijos más que a nadie y a nada en el mundo, ¡no! Simplemente sucede que, a veces, la rutina olvida abrir las ventanas de casa.
¿De verdad te gustaría volver a ser niño? ¿No será que olvidaste las grietas y las nieblas que acompañaron los cortos instantes de luz que iluminaron tu infancia?
Cuando el festejo del kínder terminó y abrazaste a tu nieto Elías, volviste a recordar tu certeza y dijiste que los niños no tienen los problemas que tenemos los viejos, que la infancia es una edad dorada y yo dije que sí, que tenías razón, que los niños no tienen los problemas que tenemos los viejos. Ya no te dije que yo sí recuerdo que los problemas de los niños son otros, pero son tan llenos de lodo y tan oscuros que doy gracias a Dios por haber sobrevivido a esa etapa llena de temores y de desasosiegos.

lunes, 30 de abril de 2018

CARTA A MARIANA, CON UN RECUERDO POR LOS QUE NO CONOCIMOS




Querida Mariana: Son más los que no conocimos que los conocidos o los que conoceremos. No sabemos quiénes serán los que conoceremos, están a la vuelta de la esquina, pero aún no damos la vuelta. ¿Quiénes son los que conocemos? Los conocemos, pero no sabemos bien a bien quiénes son, porque, como decía Cuauhtémoc (no el emperador azteca sino el vecino de la colonia Roma): “No me alcanzará la vida para llegar a conocer a mi esposa” (y eso que llevaba más de treinta años viviendo con ella).
Un día, Juan me preguntó si había conocido a mis abuelos, él había dicho que, de niño, vivió en casa de sus abuelos paternos. Dije que sí, pero un segundo después, rectifiqué: No, no había conocido a mis abuelos paternos. A los maternos sí. Conviví más con mi abuela materna, Esperanza (¡qué nombre tan más simbólico se aventó!). Mi abuelo materno, Enrique, vivía con mi tío Mario en Baja California, así que era difícil verlo. Por el contrario, mi abuela Esperanza tenía un maravilloso itinerario de vida: repartía el año en lapsos de tres meses para vivir con sus hijos, así, en casa nos tocaban tres meses. Ya te conté que ella acostumbraba llevar tres velas para prender una cada primer día del mes. Yo hacía trampa, le colocaba una o dos velas de más. Ella sonreía y, a veces, se dejaba seducir por mi engaño y se quedaba un mes más. Yo era feliz. Tal vez hubiera sido feliz de igual manera si hubiese conocido a mi abuela paterna, María; si hubiese conocido a mi abuelo paterno, Ángel.
No conocí, tampoco, a mi papá cuando fue niño. A veces lo imagino con su chaleco, sentado en las gradas de los portales del parque central de Comitán. Lo imagino comiendo puñitos de la semita que compró en el mercado y que, según me contaba, la colocaba en la bolsa de su chamarra y la hacía polvito, para que le durara más tiempo. Tampoco conocí a mi mamá de adolescente, pero puedo imaginarla al lado de un grupo de sus amigas dando vueltas en el parque de Huixtla, parque que, ella me cuenta, le encantaba porque tenía muchos árboles que los jardineros podaban dándoles forma de animales. Puedo imaginarla esbelta, coqueta, linda, garza, dejándose mimar por los jóvenes que, desde las bancas, le sonreían. Si hubiera conocido a mi papá de niño me habría gustado ser su amigo.
A veces pienso (qué bobera) que si hubiese nacido en París no habría conocido a los amigos que tengo. Mis amigos habrían sido niños de allá (niños que tampoco conocí, por haber nacido en Comitán).
A veces, en las noches, a la hora del rezo, improviso una “Oración por los que no conocí”. Digo: “Por los que no cruzaron mi patio, dales luz; por las que no me tendieron su mano, dales luz; por los que llegaron y se fueron sin que los notara, dales luz; por los que caminaron en otras orillas y se ahogaron en otras aguas, dales luz; por los que llegaron y se hospedaron en otras casas, dales luz; por los que nunca volaron papalotes en nuestros cielos, dales luz; y, en fin, por las que fueron ángeles con alas de viento, dales luz eterna”.
Cuando termino de rezar, algo, como un colibrí, aletea sobre mi frente y duermo tranquilo.
No sé, pero pienso que ellos, los desconocidos, pudieron ser más que mis amigos, más que mis tíos, más que mis piedras para el cimiento, por eso, porque mi casa tiene más pilares que patios, pienso en todos aquellos que no conocí, porque cada persona tiene sus calles y sus ríos y sus banquetas y sus plazas y sus aves y sus sueños y en estos últimos no están considerados aquellos que ahora, en este instante, caminan por la orilla del Sena o cabalgan en la pampa argentina o montan bicicleta en alguna carretera de Uruguay o toman una cerveza en algún bar de Guatemala.
Por eso, porque, a veces, tengo nostalgia por los cristales que nunca completan mi ventana, es que hoy quise decirte que agradezco que vos seás de esos pájaros que vuelan por mi cielo.
Posdata: No conocí a la hija que no tuve; no conocí al agua que dejé correr sin beberla; no conocí la noche que se desnudó en otro cuarto; no conocí la tarde que se emborrachó en madrugada. Que mi oración nocturna también sea para ellas.

domingo, 29 de abril de 2018

A ÓSCAR BONIFAZ



El poeta Arbey Rivera me invitó a participar en el homenaje que brindó a los poetas Óscar Bonifaz y Roberto Rico, en el Tercer Festival Internacional de Artes y Literatura “Balún-Canán”. A la poeta Mirtha Luz Pérez Robledo le correspondió hacer los honores a Rico y a mí me tocó comentar la obra de Bonifaz. Paso copia del textillo que leí (Fotografía: Cortesía de Alejandro Hiram Morales Torres).

Buenas noches.

¿Puedo centrar mi participación en sólo dos elementos de la vasta obra que Óscar Bonifaz nos ha legado? Gracias. Hablaré de manera breve de dos aportes de Bonifaz. Por un lado, la anécdota y por el otro lado el rescate y la preservación de nuestros modismos.
En los dos elementos está presente, en el sitial de honor, el lenguaje, materia prima esencial de los poetas y narradores.
En lo que refiere a la anécdota, todo mundo de Comitán y de otros lugares reconoce el uso que Bonifaz hace de ella. La anécdota está presente en sus novelas, es como la sal y la pimienta en los guisos de los chefs del mundo. Es de tal manera eje de su creación literaria que ha ido más allá y la ha introducido en la poesía. Cuando recibió el Premio Chiapas, en 2014, Bonifaz declamó el poema “Vuelo Nupcial”, poema que es solicitado como si el poeta fuera Luis Miguel y sus fans le pidieran una canción favorita. El poema basa su eficacia en el final anecdótico, por lo que muchos lectores lo identifican como el “del zancudo”. No creo que haya alguien que desconozca tal poema breve, pero, en caso de que fuera así, acá lo leo:

Me acompañaste toda la noche.
Junto a mi oído cantabas
esa lejana canción de cuna;
ávidamente te pegaste a mi piel desnuda,
en el estremecimiento
de las dos de la mañana.
Y el dolor de estar juntos,
frente a la evidencia
de una mancha ensangrentada.

Pero hoy en la mañana te maté,
pinche zancudo,
en la pared azul de mi recámara.

La transición del primer bloque hacia el segundo tiene todas las características de la anécdota graciosa que se practica en todo el mundo. Tal estructura prepara el camino para la explosión final que es como una catarsis para la carcajada, para el disfrute de vida.
Quien se acerca a Óscar Bonifaz recibe el saludo del zaguán y luego, un minuto después, él ofrece la luz de su patio central a través de una anécdota que hace que el interlocutor ría, ría mucho. Puede ser motivo de análisis más exhaustivo este hilo de luz que Bonifaz emplea en su obra y que define su personalidad. La anécdota le ha permitido hacer muchas amistades, pero también, no lo sé bien, es una máscara que, desde siempre, le ha ayudado a superar el ambiente opresivo en el que creció de niño. La anécdota simpática, graciosa, también ha funcionado como escudo para enfrentar el ambiente cerrado de esta sociedad provinciana.
El otro elemento es el rescate y preservación de nuestro modo de hablar. De igual manera que Carlos Monsiváis nos enseñó que la cultura popular mexicana es fundamental para entender el carácter del mexicano, Bonifaz, a través de la investigación y posterior publicación del libro “Arcaísmos, regionalismos y modismos de Comitán, Chiapas” nos dijo que la conservación de nuestro lenguaje original es esencial para afianzar la personalidad de los comitecos. Nos dijo que si perdemos estas joyas lingüísticas seremos un pueblo común y corriente. Monsiváis se fijó en los personajes que el pueblo ha recibido con gran pasión, como Pedro Infante; Santo, el enmascarado de plata; la familia Burrón y demás ajos que dan sazón a nuestro carácter mexicano. Bonifaz tomó las palabras que siguen siendo constante en el modo de hablar del pueblo comiteco y las colocó en el libro citado con su definición. En tiempos de globalización esta labor toma una dimensión gigantesca. Ahí están las palabras originales, las que le dan sentido a nuestro modo de hablar, las que nos hacen únicos y originalísimos en todo el mundo. Ahí está la columna vertebral de nuestro voseo.
Este legado es muy claro. ¿De dónde Bonifaz obtiene la anécdota? De lo que hablan las personas en el mercado, en el parque, en el café. Ahí donde Bonifaz llega pepena esas piedritas lingüísticas, las acomoda y les agrega su particular sentido del humor. Bonifaz es tan hábil que pepena anécdotas de otros lugares del mundo y las adecua a nuestro entorno y personajes. Con esas adecuaciones las hace comitecas.
Una vez me contó que tenía escrito un cuento que se desarrollaba en Comitán, leyó una convocatoria de cuento lanzada en Querétaro. Tomó el cuento, cambió el entorno, el parque de Comitán se convirtió en plaza de aquella ciudad. La maquilló con tal pericia que obtuvo el Primer Lugar de ese concurso nacional.
El legado de Bonifaz es rico y preciso. Nos dice que debemos valorar nuestro lenguaje, porque ahí está la esencia del patrimonio cultural. Comitán es un pueblo cultural de gran valor, por lo que es su gente. Bonifaz lo entendió y ahora somos nosotros los que debemos comprenderlo a cabalidad.
Por eso, en esta noche que se reconoce el valor de su creación, pido, de manera respetuosa, que le brindemos un aplauso generoso al poeta Óscar Bonifaz.
Muchas gracias.

sábado, 28 de abril de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DE CARTAS




Querida Mariana: Un día, de hace años, una universidad norteamericana le ofreció una buena cantidad de dólares a la escritora Elena Poniatowska, a cambio de su archivo personal. Ella ya estaba a punto de decir que sí, cuando su hijo dijo que no. ¿No? Sí, dijo que no, que la familia no quería esa cantidad suculenta de dólares. El hijo (en un gesto patriótico) dijo que el archivo de su famosa madre debería quedarse en México, dijo que ya estaba bueno que todos los archivos personales de los escritores famosos fueran a dar a las universidades norteamericanas. Y digo que fue un gesto patriótico porque requiere mucha dignidad rechazar una dolariza. El hijo de la Pony prefirió la dignidad nacional a la paga. Sin duda que el archivo es rico en sucesos de la historia de México. ¿Podés imaginar cuántos audios tiene la escritora de entrevistas que ha realizado a lo largo de su vida? Entre los tesoros de su archivo está un fajo de cartas que le enviaron muchos intelectuales de éste y de otros países.
Las cartas, querida Mariana, son testimonios de gran valía. Vos y yo (y muchos más) sabemos que cuando alguien escribe una carta desliza sentimientos imposibles de hacerlo cara a cara. El papel de una carta posee la capacidad de dar luz a los actos más íntimos. Samuel decía que las cartas son el confesionario literario. Por esto hay cientos de libros que dan a conocer la correspondencia entre famosos. Te he contado que el escritor Julio Cortázar (mi escritor favorito) tenía una norma que seguía al pie de la letra: Carta que recibía ¡la contestaba! Has de imaginar la cantidad de cartas que recibía este famoso escritor, no sólo de amigos cercanos sino de muchos lectores del mundo que, a través de cartas, le manifestaban su admiración. Julio se sentaba en su asiento favorito (tal vez al lado de un ventanal), leía la correspondencia y luego, ante su máquina de escribir mecánica, con dos dedos enormes de sus enormísimas manos, daba respuesta puntual a cada una de las cartas recibidas. No imagino qué haría Julio en estos tiempos. Tengo la experiencia de la escritora Ángeles Mastretta que tuvo un blog en el periódico “El País”, de España. Los primeros días comenzó a responder cada uno de los comentarios que recibía de sus lectores, pero estos mensajes comenzaron a ser montañas de palabras, por lo que llegó el momento en que la Mastretta decidió cancelar la posibilidad de diálogo, porque destinaba mucho tiempo en dar respuesta breve a los mensajes. Sin duda que, en estos tiempos, Julio terminaría por botar su norma, porque se plantearía la siguiente disyuntiva: “¿Contesto las centenas de cartas diarias o escribo cuentos y novelas?”.
Hoy, el envío de cartas (al modo antiguo) es un método en proceso de extinción. Con la llegada del Internet, todo mundo comenzó a enviar correos electrónicos y luego éstos fueron sustituidos por los famosos WhatsApps o por Tuits, que le apuestan a la brevedad y concisión. Lejos están los tiempos en que una persona se sentaba ante un escritorio y con el auxilio de una lámpara personal escribía a mano, ¡a mano!, una carta en papel especial. Las cartas de entonces eran largas, porque el envío significaba un viaje larguísimo. Recuerdo que en la oficina de correos de Comitán vendían sellos postales para envíos por vía terrestre o vía aérea. ¿Cuándo llegaban las cartas que enviaba un comiteco a la Ciudad de México, por vía terrestre? Lo menos, lo menos, tardaba diez días. ¡Ah!, ya podés imaginar la inquietud que esto provocaba en las novias que estaban en el pueblo esperando la carta enviada por el novio estudiante de la UNAM. Alfonso, en los años setenta, tuvo a su novia en Comitán. Él y ella habían hecho un pacto: Escribir cartas a diario, para que las noticias no fueran tan espaciadas. Lo ideal hubiese sido que las cartas llegaran con la misma disciplina con que eran escritas: una diaria. Pero no era así, porque la institución no funcionaba con tal atingencia. Alfonso recibía cartas cada diez días, eso sí, recibía el bonche de siete u ocho cartas. Cuando pasó un mes y Alfonso no recibió el bonche esperado pensó en dos posibilidades: O el servicio de correo estaba más lento que de costumbre o su chica ya había cambiado de destinatario. Alfonso fue al restaurante donde nos prestaban el teléfono para hacer llamadas de larga distancia. A fin de mes, el dueño del restaurante mostraba el recibo telefónico y nos cobraba el costo de las llamadas que, a veces, hacíamos cuando ya estábamos medio borrachos. El restaurantero, viejo agradable que tenía un estómago bien generoso que siempre ocultaba bajo un impecable mandil blanco, nos cobraba un módico diez por ciento de comisión. Alfonso marcó el número de la casa de su novia. Romeo y yo estábamos expectantes a sus gestos. Alfonso estaba nervioso, pasaban los segundos y nos veía con apuro y desasosiego, como si estuviera a mitad del mar y viera acercarse la aleta de un tiburón. Después de dos o tres minutos lo escuchamos decir: “¿Lidia? Soy Alfonso”. Vimos que su cara tomó el color del gis y supimos que el tiburón ya le había cercenado una pierna, cuando menos. Alfonso colgó y al hacerlo fue como si él mismo se colgara en el cadalso. Sólo alcanzó a decirnos: “Colgó”, antes de derrumbarse en la silla y pedir un trago de brandy. Sí, la tal Lidia había cambiado de destinatario de su correspondencia. Ahora, pienso, las rupturas amorosas son instantáneas, basta un Whatssapazo o un tuitazo para decir: “Hasta acá se estiró mi liga”. Esto lo veo como una gran ventaja, porque el caso de Alfonso fue como un ejemplo de ingratitud vivida bajo el peso de la incertidumbre. Pasaban los días y los días y la ausencia de cartas propiciaba un estado de infinita inquietud, que rayaba en la histeria y en la impotencia total.
¿Ya nadie escribe cartas? Bueno, tampoco podemos exagerar. Hay algunos románticos que aún las redactan y las envían. Hace dos o tres días fui a la librería “Lalilu” y me topé con el libro más reciente del escritor chilango Xavier Velasco (¿Recordás que me dijiste que “La edad de la punzada”, libro de Xaviercito, te había encantado por su desenfado y por su alegría manifiesta?). Pues resulta que su libro más reciente (“Entrega insensata. Cartas a la deriva”) es una recopilación de cartas que ha escrito a personajes célebres. Lo que Xavier hace es un ejercicio literario. Él, como yo (disculpá que me incluya), pretende desempolvar el género epistolar que tanta luz dio en el pasado.
Lo que es una certeza es que una carta es como una ventana abierta donde se puede ver desnudo al remitente. Por esto, una carta genera tanto morbo. Rosario Castellanos se partió el lomo de su cerebro escribiendo sus novelas y sus cuentos, pero ningún libro, en México cuando menos, levantó tanto polvo como el que se publicó con cartas que ella dirigió a Ricardo Guerra, el papá de su hijo Gabriel. Y esto fue así, porque en las cartas Rosario encontramos a una mujer infeliz, dependiente de un amor no correspondido en plenitud. Ricardo cometió la incorrección y grosería de regresarle muchas cartas sin haberlas leído.
Me dio gusto hallar el libro de Xavier Velasco. ¿Sabés a quiénes les manda cartas? Ya dije que a famosos, famosos de chile, dulce y manteca. Hay, por ejemplo, una carta a José José. Sí, el cantante de “Gavilán o Paloma”, que ahora anda (qué pena) malito de salud. Otra carta es para Chabelo, el “amigo de todos los niños”. Una de las cartas más insólitas es una que le dirige a, nada más y nada menos, la mariguana. Sí, a la mariguana. El saludo inicial es fantástico, Xaviercito le dice a la mariguana: “Óyeme, motita”. ¡Motita! ¡Pucha! Entre los destinatarios de sus cartas hay dos que están dirigidas a mujeres polémicas de este país, actrices ambas: Isela Vega (que en su momento fue conocida como la de “Los senos más famosos de México” (Si tenés alguna duda de este bautizo, entrá al Internet y busca imágenes de esta polémica mujer y verás qué par de pechos se mandaba) e Irma Serrano, nuestra paisana, quien ahora vive en nuestra ciudad. La famosa tigresa ha sido una mujer temperamental, ella ha recibido los mayores elogios y las más acervas críticas por su proceder. Bueno, todo mundo sabe que ella no es una perita en dulce, pero es una mujer que logró posicionarse en las más altas esferas del cine mexicano y de la política (llegó a ser Senadora). Los títulos de sus libros ya dicen mucho de su personalidad: “A calzón amarrado” y “Sin pelos en la lengua”. Estos libros fueron muy leídos, porque ya dije que el morbo despierta nuestro más elemental estado primitivo.
Posdata: Una de estas tardes abundaré más en el libro de Xaviercito y, sobre todo, en lo que le dice a nuestra paisana, la Serrano, quien (como he sostenido) es una mujer de gran polémica. Hay multitudes que la aman y multitudes que se expresan mal de ella. Entre estos últimos están los que criticaron en su momento que el teatro Virginia Fábregas cambiara su nombre por el de Teatro Fru-Frú, pero, como sostuvo doña Irma (quien había comprado el teatro), siendo ella ya la propietaria podía ponerle el nombre que se le ocurriera.
Xaviercito nos ha legado un bonche de cartas. Xaviercito ha escrito cartas públicas, para que no solo los destinatarios conozcan su pensamiento sino también sus lectores podamos curiosear por esas ventanas maravillosas que constituyen el género epistolar.
Ojalá que, como ha sucedido en múltiples casos, la correspondencia que Elena Poniatowska sostuvo con sus amigos sea publicada. Ahí está un importante gajo de la historia de este país.
Estas cartas, querida Mariana (de manera modesta), no sólo dan constancia de mi cariño hacia vos, sino también ya son parte mínima de la mínima historia de nuestro pueblo.