viernes, 16 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON TIEMPOS REMOJADOS

Querida Mariana: Comitán, dicen, era una comunidad apartada. En los años cuarenta era muy difícil la comunicación. La amada Lolita Albores cuenta que fue hasta 1950 que Comitán dejó su aislamiento ancestral, con la construcción de la carretera panamericana. Nací en 1957; es decir, cuando Comitán ya no estaba sumido en la burbuja. Crecí con las ventajas que permite la comunicación. Mi vicio de la lectura era satisfecho con las revistas y libros que Don Rami Ruiz vendía en su mítica Proveedora Cultural. El periódico, es cierto, seguía llegando con un día de retraso, pero llegaban las noticias, si bien no calientitas cuando menos no como bolillos fríos. En los años setenta, amigos míos conseguían discos de rock, que pedían a las grandes compañías del Distrito Federal; por mi parte, yo recibía un catálogo de libros de una empresa que se encargaba de vender ejemplares a toda la república. Pedía libros, mediante una carta y me llegaba el paquete a la oficina de correos. Esos tiempos no eran tan inmediatos como ahora, pero ya gozábamos con la comunicación establecida con la capital del país, que seguía estando muy lejos, pero cuya cultura se acercaba a través de los servicios de transporte. Ayer te platiqué que a mi mamá le gustaba ver la televisión (nunca vio telenovelas, eso sí no). La primera televisión que tuvimos en casa la compró mi mamá, con oposición de mi papá, que consideraba un gasto innecesario. Lo que es la vida, mi papá también se convirtió en un fiel disfrutador de la televisión, él sí (¡qué cosas!) veía telenovelas y disfrutaba los partidos de béisbol. La televisión llegó a Comitán hasta los años setenta, veinte años después que en la Ciudad de México. Este medio de comunicación significó acercarnos más al centro del país. Los comerciales que aparecían en los programas modificaron nuestros hábitos. ¿Quién iba a comprar el jabón de bola que hacían los cushes si ya estaban los hermosos jabones Palmolive, con aromas exquisitos? ¿Quién se iba a lavar los dientes con ceniza si ya estaba disponible la crema dentífrica Colgate? Y ahora que mencioné esta marca comercial digo que al establecerse la vía de comunicación también nos apropiamos de nuevas palabras y formas de expresión. Si dejamos el jabón de bola también dejamos nuestros modismos. Lo que ahora vivimos es parte de ese proceso de transformación, los jóvenes no hablan de vos, ya lo hacen de tú, porque es la forma prestigiosa de la Ciudad de México. Ya no decimos colgate, decimos ¡cuélgate! Bueno, decimos Colgate cuando nos referimos a la marca, pero cuando mandamos a colgarse a alguien porque nos cae mal, ya no decimos ¡colgate!, decimos ¡cuélgate! En los años setenta todo se volvió chido, porque algún estudiante de la UNAM lo trajo en vacaciones. Nosotros decíamos que lo bonito era lek, mero lek, pero un día, un chavo setentero, con zapatos de plataforma (comprados en el Taconazo Popis), camisa sicodélica y pantalón acampanado, dijo que todo estaba ¡chido!, y la palabreja se nos hizo mero lek y la adoptamos, así que todo fue chido a partir de ese instante. Ahora luchamos en mantener nuestra identidad. ¿Nos sigue apantallando todo lo de afuera? Hay personas que defienden los valores propios. Uno de estos valores es el lenguaje, el maravilloso dialecto comiteco, lleno de picardía y de sonidos maravillosos. Sí, quienes todavía hablan de vos hablan como millones de argentinos, pero con el singular cantadito comiteco. Los que saben dicen que la palabra chido se inventó a principios de siglo en Tepito, pero fue en los años setenta que se popularizó. A nosotros nos llegó directito del Distrito Federal. Igual que muchos compas la adopté de inmediato y me sentía muy bien cuando la decía: el mundo era chido, ya no era mero lek. Uf. Ahora comprendemos que la palabra chido la emplean en muchos lugares, por el contrario, el mero lek (mero bueno) sólo lo empleamos nosotros, es una voz que nos distingue, que nos hace diferentes, la diferencia es lo que hace rico al mundo cultural. Posdata: primero llegó la radio, luego la televisión; luego las videocaseteras, donde veíamos películas, poco a poco el mundo se fue haciendo más cercano. Ahora todo está al alcance de la mano, a través de un “simple” chunche, llamado teléfono celular. Estos tiempos son mero lek. ¡Tzatz Comitán!