domingo, 15 de febrero de 2026

CARTA A MARIANA, CON SILLA

Querida Mariana: Fernando Avendaño dice que cargamos nuestra silla. No recuerdo. Dice que cada estudiante cargó su silla en el cambio de edificio, pasamos del edificio viejo de Jesusito al nuevo plantel de la tercera calle norte oriente. No recuerdo. Lo que sí recuerdo es que en sexto grado de primaria me sentaba al lado de un compañero, porque los pupitres eran dobles, con asiento y con un tablero al frente, un tablero que tenía incorporado una gaveta donde colocábamos los cuadernos y los libros de texto gratuitos. En ese tiempo nadie peleaba por el contenido de dichos libros. Comenzamos a aprender con líneas en cursiva que decían: “Mi mamá me ama”, “Ese oso se asea”, eran líneas sencillas. Debajo de cada frase había un espacio donde nosotros, niños aprendices, repetíamos la oración con nuestras letras titubeantes, jamás parecidas a las que hacían los doctores. Los niños de entonces copiábamos las frases con idéntico trazo, así lográbamos tener una letra bien bonita. Fernando dice que sí, que cargamos las sillas. Entiendo que la jornada evitaba el pago de camiones de mudanza y, de paso, nos daba una lección de humildad. Pero yo dudo haber participado en esta emocionante experiencia, porque nunca he sido un tipo que cargue cosas pesadas. Una silla escolar tiene su dificultad. Si mi recuerdo del pupitre es certero, veo que era imposible que yo cargara un armatoste de tal calibre. Aunque, tal vez, sí se pudiera cargar entre los dos que empleábamos el asiento, un niño en la parte delantera y otro en la parte posterior, el de adelante cargando el chunche con las manos hacia atrás y el otro con las manos hacia adelante. Tal vez así sí. Incluso, ahora que lo escribí vi la imagen como algo divertido. “Ya me cansé”, decía y bajábamos el objeto y descansábamos tantito, y otra vez a la aventura. De Jesusito al lugar donde está ahora la escuela hay una distancia como de nueve cuadras, pero de allá para acá todo es subidita, no muy prolongada, pero subida en fin y las subidas, se sabe, provocan más dificultades. No recuerdo bien a bien cómo eran las sillas donde estudié de niño, aunque ahora, en este momento, el pupitre mencionado es el que más aparece en mi mente; es decir, en el aula siempre estuvo sentado al lado de otro niño. Como tengo memoria pichancha no logro recordar quién fue uno de los niños que se sentó a mi lado. Esto ahora me da tristeza, porque quiere decir que pudo ser cualquiera, como si me subiera a un autobús y me sentara al lado de un desconocido. ¿Vos recordás el pupitre de tu infancia? Tal vez en tus tiempos ya tuviste una silla de paleta, individual. Lo que sí recuerdo es el pupitre que usé en la secundaria del Colegio Mariano N. Ruiz, ah, era robusto, pintado de color gris claro, individual, tenía una superficie generosa y algo que me encantaba: un rectángulo delimitado por maderitas, que servía para depositar los lápices y plumas. Dije que era un pupitre individual, pero cada uno estaba pegado a otro, con lo que se formaban varios pasillos para caminar. Acá sí recuerdo que quien estaba sentado en su pupitre a mi lado era Ramiro, con él platicaba, con él compartía las tortas y con él hacía travesuras. Pero esto ya fue en secundaria. En prepa sí hubo sillas de paleta individuales, uno llegaba al salón y se sentaba en cualquier asiento. En primaria y en secundaria cada alumno tenía reservado su propio pupitre. No sé si esta aparente libertad en prepa fue uno de los detonantes del cambio de personalidad, de pronto, el orden aprendido se diluyó. Uno podía sentarse donde podía, donde quisiera. Sólo había dos asientos especiales, reservados para una parejita de enamorados, los asientos de la esquina eran de su exclusividad, porque ahí podían tomarse de la mano y, de vez en vez, darse besitos furtivos. Posdata: a veces pensaba que sería maravilloso tener salones ultra modernos, donde los alumnos tuviéramos sofás reclinables, con aditamentos en los descansa brazos para colocar los vasos de refresco y las bolsas de palomitas, como si estuviéramos en una sala de cine. Los asientos de la prepa eran como uno de esos sistemas de tortura de la Santa Inquisición, ni sus respaldos ni sus asientos eran lo que hoy se conoce con el nombre de ergonómicos. ¿Vos tenés alguna silla consentida en tu casa? Conozco mucha gente que tiene sus asientos consentidos, que son casi casi exclusivos. El tío Epaminondas tenía una su poltrona con cuero de venado donde bebía su cerveza de todos los días y más tarde rezaba el rosario. ¡Tzatz Comitán!