domingo, 17 de mayo de 2026

CARTA A MARIANA, CON RETAZOS

Querida Mariana: fue en los años setenta, tal vez en la Ciudad de México, Armando me dijo: “te lo perdés”, Armando, igual que yo, es comiteco y estudiaba en la gran ciudad. Él me llevaba dos años; es decir, estaba ya en cuarto semestre de la licenciatura en Derecho. Su papá, connotado profesional, vivía en Tuxtla, abandonó a su familia comiteca cuando se juntó con otra mujer, pero seguía enviando dinero al pueblo y pagaba la manutención del hijo que, igual que él, sería abogado. “Te lo perdés”, me dijo Armando, tal vez un mediodía que bebíamos cerveza y tacos de carnitas con “Tío Cuco”, mientras, en la mesa de al lado un grupo de señores bebía güisqui y jugaba dados, reían, mientras nosotros, serios, platicábamos del porvenir que nos esperaba. Tal vez yo estaba recién desempacado de Comitán, todo me deslumbraba de la gran ciudad. Si es cierto lo que cuento, ya estaba en primer semestre de ingeniería, en la UNAM, ya había conocido la enormísima Biblioteca Central Universitaria, y había comenzado a disfrutar decenas de novelas, libros de cuentos y de poesía (algo de teatro, también). Y Armando insistía en decirme que, mientras estaba sentado en la sala o recargado en el tronco de un árbol, me perdía lo bueno de la vida. ¡Sí! No era bobo, sabía lo que a veces la gente no entiende, que cuando decidís hacer algo dejás de hacer otra cosa, así que yo (como hasta la fecha) había decidido dedicar mi vida a la lectura de libros (pucha, sonó como si hubiese estado en un monasterio dedicando mi futuro al servicio de Dios). Pero así fue, no había poder humano, ni divino, que me quitase la idea de que el mundo estaba en las novelas y en los cuentos (siempre me ha encantado la narrativa, me encanta leer cuentos, ahora que te escribo, en 2026, mil años después de lo que cuento, leo cuentos de José Agustín, el autor de La Onda, que motivó a ser escritor a Juan Villoro, con su novela “De perfil”, novela que leí en esos tiempos de la UNAM, de los años setenta). “Te lo perdés”, repetía Armando, mientras bebíamos el líquido de los vasos llenos de espuma y comíamos una magra botana, consistente en cacahuates (ah, qué diferencia de la botana de nuestro pueblo, riquísima en sabores y en cantidades, bueno, menos la que servía Tío Tavo, que era rica en sabores, pero no en cantidades. La verdad es que todos los estudiantes comitecos extrañábamos la botana comiteca, por eso nuestras mamás enviaban cajas de cartón, con los amigos, llenas de tostadas, butifarras, chorizos, pedazos de chicharrón de hebra y botecitos de chile en vinagre). Sí, estaba consciente que “me lo perdía”, me perdía todas las aventuras que Armando disfrutaba. Era así, porque Armando, buen estudiante de Derecho, iba los fines de semana a Cuernavaca a nadar en la alberca de la casa que tenía su tío Alberto (con el que vivía en la colonia Roma, en la Ciudad de México, porque el tío era hermano de su mamá, digo, de la mamá de Armando, ni pagaba mensualidad, ni nada, en cambio yo, en casa de mi tía Josefa, sí debía pagar la mensualidad, que, puntualmente enviaba mi amado papá, porque éste, mi papá, tenía la ilusión de que concluyera una carrera universitaria, mi papá no sabía que yo me perdía de entrar a clases en las aulas de la facultad, porque mis pasos, todos los días, me conducían a la biblioteca). Me lo perdía, me lo perdía, porque ni nadar sabía (nunca aprendí), así que yo me perdía la invitación permanente de Armando. Vonós, decía. No, decía yo, gracias. No. Te lo perdés, repetía Armando. Sí, me lo perdía. Me lo perdía, porque muchos domingos, salvo cuando iba al Estadio Azteca con Quique y Miguel, me quedaba leyendo, en casa, tomando un refresco y un “gansito”, que me gustaba mucho (luego aprendimos que podíamos comer “gansitos” helados y los poníamos en el congelador del refri. Ah, qué delicia comer pastel helado, esto no lo habían descubierto en Comitán, estábamos seguros). Por no saber nadar me perdí nadar en la poza del rancho El Salvador, del papá de mi amigo Jorge (en paz descanse); por no saber nadar nunca me aventé del trampolín más alto de la alberca universitaria, ni salté sobre las olas del mar. Nunca me atreví a surfear, ¡cómo!, jamás me trepé en un parapente, no, ni Dios lo permita, capaz que se reventaban las correas mientras yo volaba sobre el mar y caía en el agua, aparte de ahogarme de inmediato, corría el peligro de caer cerca de un grupo de tiburones hambrientos. Por no saber nadar me perdí la oportunidad de bañarme en el río que cruzaba el rancho “Quitacalzón”, propiedad del papá de Roge y de Miguel (en paz descanse). Cuando cruzábamos a la otra orilla, para llegar a la casa, caminaba con mucho cuidado sobre el puente de madera que siempre, siempre, estaba húmedo y resbaladizo, pedía a todos los santos y vírgenes que iluminaran mis pasos para que no resbalara, Dios mío, siempre pensaba que resbalaba y, como podía, me agarraba de las maderas, sostenido con mis manos y con el cuerpo, como péndulo, balanceándose sobre el vacío, pataleando, y pensaba que algún cocodrilo (como lo había visto en el cine, en las películas de Tarzán) abría su boca enorme y con sus colmillos atrapaba una de mis piernitas, pero luego pensaba que ahí no había cocodrilos y me tranquilizaba, porque, Dios que es bueno, me protegía y lograba llegar a la otra orilla sin resbalar. Posdata: Armando tenía razón: me lo perdía. Así es la vida, cuando hacés algo te perdés lo otro. Yo me he perdido vivir muchas experiencias; pero, a la vez, pienso que también Armando se pierde de vivir lo que yo vivo. Los lectores vivimos muchas experiencias que los no lectores se pierden. Así es la vida, todos nos perdemos. ¡Tzatz Comitán!