sábado, 10 de octubre de 2026
CARTA A MARIANA, CON OBJETOS
Querida Mariana: siempre llama mi atención que un objeto puede ser usado para algo diferente. No sé en dónde vi una imagen que no logro olvidar: un niño tenía un lápiz afilado y estaba a punto de hundirlo en el cuerpo de un pajarito. Yo cerré los ojos y pedí que no lograra su objetivo. Pero el mero intento provocó en mí el desasosiego que aún me invade al recordar la imagen. ¿En qué cabeza cabe que un chunche tan prodigioso sea empleado para hacer daño? El lápiz es un objeto maravilloso que sirve para escribir poemas, novelas, cuentos; para hacer dibujos que luego aparecen en museos. Un día, tal vez para compensar la imagen del niño con el lápiz y el pajarito, vi otra imagen donde una niña, con un vestido rojo, con olanes al borde, tenía un lápiz en la mano y jugaba a dirigir una orquesta de cámara, estaba sobre un banco frente a un cartel de la orquesta de Londres, tenía las dos manos en alto y en la derecha sostenía un lápiz que hacía las veces de batuta. Ese uso sí lo consideré maravilloso, como si el lápiz subiera en la escala de lo sublime, lo otro era una perversión, pero sé que los dos casos se dan. Ya no quiero insistir en los usos absurdos, pero vos y yo vimos una película donde el lápiz es el objeto que le sirve a un amante para jugar con su pareja, va deslizando el lápiz en diversas partes del cuerpo, la chica se ve plena, satisfecha, gozosa, pero al final, la cinta da una torcedura y el amante recuerda la vez que su pareja estuvo coqueteando con un amigo en la discoteca y acerca el lápiz a un ojo de ella. Ahí le paro, vos sabés de qué hablo.
Ahora pienso en esa amiga que, acá en Comitán, en los años setenta, en una reunión con amigos y amigas, se quitó una zapatilla, la llenó con la cuba que tenía en el vaso y ofreció la zapatilla a un amigo que estaba a su lado. Todo mundo volvió la vista para ver si el compa aceptaba el ofrecimiento que la amiga casi casi obligó a beber, porque le puso la zapatilla en la boca y volteó el contenido. El amigo terminó abriendo la boca como un inmigrante en el desierto y todo mundo aplaudió. Yo, que siempre he sido un desadaptado pensé que esa zapatilla había cambiado su vocación en forma lamentable; pensé en una posible infección del pie de la amiga; pensé que cuando ella se volvió a calzar encontró todo pegajoso el interior; pensé que nada de lo que yo pensaba pensaban los demás, porque todos estaban en el guateque, bebiendo, disfrutando el instante; pensé, entonces, que sí era correcta mi apreciación: era un desadaptado. Pero como todo había sido una modificación de carácter vocacional del objeto, a mi mente llegó la imagen del niño con el lápiz y el pajarito y pensé que el tacón de la zapatilla de mi amiga también podía servir para fines perversos y malévolos.
Me gusta cuando, por ejemplo, la hoja de papel cambia su vocación para ser el plano donde el niño dibuja o escribe y sirve para hacer un barquito o un avioncito. En ese caso, también el objeto se sublima, sirve para el vuelo o para la navegación; es decir, sirve para el viaje. Y en la vida no hay vocación más bella que el viaje, presencial o virtual.
Hay libros, mi querida niña, que se llaman libros objeto, que son libros que son como cajitas maravillosas, que reservan grandes sorpresas visuales o táctiles. Ahora que Anne Carson obtuvo el Nobel de Literatura, como muchos lectores en el mundo, entré al Internet para ver sus libros y las diversas portadas que contienen sus obras literarias y encontré algo novedoso: el libro “Nox”, que no es un libro común sino una especie de códice que está dentro de una cajita. ¿Mirás lo que digo, lo que los editores y la escritora propusieron? Un acordeón dentro de una cajita, algo lleno de silencios y de palabras, con el ritmo que la escritora creó. Los expertos de la obra literaria de Anne dicen que ella retoma la literatura clásica y le da una vuelta exquisita con la literatura contemporánea, bueno, en este libro, parece que no sólo se trata de estructura idiomática, sino que retoma la antigua tradición de los códices mayas y los convierte en un acordeón posmoderno. No he leído la obra, pero de entrada veo que la Premio Nobel de Literatura se puso a jugar como si fuera una niña. El tema, dice la crítica, está relacionado con la vida del hermano que pintó su raya en un momento y muchos años después aparece, momento en que la escritora decide ir a saludarlo, pero en ese lapso el hermano muere. Uf. El libro es como una canción fúnebre, pero como la vida es un lago que refleja la luna en la oscuridad del agua, la poeta juega y hace collages para honrar al hermano. Debe ser una edición bien bonita, un bello libro objeto, un chunche lleno de deslumbres.
Posdata: iba a hablar de otra cosa, querida Mariana, pero mi mente me llevó por este sendero; iba a hablar algo de nuestro pueblo, pero por un instante se escondió, porque nuestro pueblo también es juguetón, a veces es como una cajita que contiene objetos disfrutables, como si contaran anécdotas, como si tocaran marimba.
¡Tzatz Comitán!
