sábado, 7 de noviembre de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN PEDAZO DE VIDRIO

Querida Mariana: temor y miedo son dos palabras que cortan. El tío Eulalio decía: “Como dijo Aristóteles: no le tengan miedo al miedo”. Pienso que Aristóteles nunca dijo eso, pero el tío lo decía tan convencido que lo creíamos y nos sentábamos formando un círculo para escuchar las historias de terror que nos contaba. A mí me gustaba sentarme al lado de mi prima Elenita, porque ella, cuando se espantaba me tomaba de la mano, yo sentía su manita sudada, temblorosa y pensaba que yo era un niño valiente, porque ella se sentía protegida por mí a la hora que se abría la puerta de la cabaña y entraba un perro con dos cabezas, el par de fauces del perro estaban llenas de baba, con colmillos brillantes, dispuestos a darle una tarascada al niño que se alejaba hasta que chocaba con el muro, cerraba los ojos, resignado a recibir las mordidas de esas dos bocas rabiosas, pero, un segundo antes, aparecía el tío Eulalio (siempre era el héroe de sus historias), disparaba la escopeta en dos ocasiones, las cabezas del brutal perro quedaban como bagazo y el niño se salvaba. Aplaudíamos, porque el bien triunfaba sobre el mal, los perros de mil cabezas no podían contra el valor del tío, que era nuestro héroe. El tío daba palmadas, decía que ya debíamos ir a nuestras casas y gritaba cuando íbamos rumbo a la salida: “recuerden lo que dijo Aristóteles: no le tengan miedo al miedo”. Corríamos a nuestras casas, no tanto por la prisa, sino porque en las calles no había mucha gente, y la luz creaba muchas sombras terroríficas. Todas las personas en el mundo tenemos miedo, unas más, otras menos, pero todos los seres humanos llevamos el temor metido en nuestros cuerpos, en nuestros espíritus. Cuentan que Adán y Eva vivían bien tranquilos, en medio del canto de las aves, caminando orondos al lado de panteras y de leones, se bañaban armoniosos en ríos donde, como submarinos, pasaban cocodrilos y anacondas, pero cuando cayeron en la tentación de comer frutos del Árbol del Bien y del Mal, escucharon la voz divina, rotunda, amenazante, y el temor apareció frente a ellos, desde entonces, todo se jodió. Tiempo después, Adán y Eva se atemorizaron ante los truenos que iluminaron los cielos embravecidos y de ahí para el real, todo mundo tiene miedo, bien sea por fenómenos meteorológicos, tormentas, ciclones o por apariciones fantasmales o por amenazas reales. Los perritos tiemblan cuando en las iglesias queman cuetes y los seres humanos temblamos cuando hay descargas de armas en la colonia. Hay gente, porque hay de todo, que busca el terror, en películas o en novelas o en cuentos o en series de televisión; hay gente que disfruta ver cómo aparece un tipo con una sierra eléctrica y amenaza con desmembrar a un par de ancianos para robarles todo lo que hay en la casa. Hay gente que es feliz si grita de terror en la penumbra de una sala cinematográfica, claro, el terror les gusta siempre y cuando sea ficticio, cuando la realidad se impone, la cosa cambia, he visto la cara de miedo en los que me rodean en el momento de un temblor que no cesa, que parece tardar horas, mientras, en realidad, tarda apenas uno o dos minutos. Los segundos, como si fueran bazucas, se intensifican y agregan toneladas de cortisol a nuestros cuerpos. ¡Ya, ya, ya, Dios!, clama la gente, pidiendo que el temblor cese. A veces, hasta los ateos mencionan la palabra Dios, en medio de la incertidumbre, del terror. Cuando fui niño, niño, nunca tuve temor ante algo. Ni siquiera cuando la boba de la sirvienta amenazaba que si no tomaba la leche llegaría “El coco”. ¿El coco? ¡Qué bobera! Ni siquiera cuando la misma mujer amenazaba que me robarían “Los enagüitas”, que eran unos tipos que se disfrazaban de mujeres y que robaban a los niños buenos, como era yo. Si yo era un niño bueno, a mí nada podrían hacerme esos tales por cuales. Nada me hicieron, porque mi mamacita, siempre rezaba por mí y mi ángel de la guarda me protegía contra todo mal. Como ya te conté, un día, ya adolescente, trepé a una canoa, con mis compas, y cruzamos el río Grijalva, de una a otra orilla, antes que hicieran la presa La Angostura. No sé nadar, Miguel se sentó a mi lado y dijo que no debía temer porque él estaba ahí para cuidarme, los hijos del licenciado De la Vega, sin duda grandes tritones, pusieron las manos en los bordes de la canoa y comenzaron a moverla, como si no fuera suficiente el movimiento provocado por el oleaje del agua. ¿Sentí miedo? No. La intensidad del momento no permitió que yo pensara en nada. Todos reían, gritaban jubilosos, por la alegría que estaban provocando. Al llegar a la otra orilla, bajé, temblaban mis piernas, saqué un cigarro de la cajetilla y un cerillo, quise prenderlo, no pude, mis manos eran una gelatina, no podía controlar ese movimiento de Parkinson provocado por el miedo del terror que había vivido sin mucha conciencia. Ya en la orilla pensé en que la barca pudo zozobrar y yo iría como un tronco a la mitad del río, llegaría hasta quién sabe qué escollera, ya todo trapo, ya ilustre ahogado. ¿En qué momento aparece el miedo? ¿En qué momento comenzamos a temblar ante las noticias del COVID, ante las noticias de que debemos armar una mochila de emergencia, porque quién sabe qué suceso terrible se avecina? Posdata: los poderosos saben que el miedo es algo con lo que controlan a las sociedades. El miedo es un factor de poder, los que tienen el mundo en sus manos amenazan con exprimirlo, con hacerlo jugo y los hombres y mujeres de a pie comienzan a dudar, las certezas se hacen globo y éste vuela, se pierde en el cielo. ¿Qué recomendaba el Aristóteles del tío? ¡Tzatz Comitán!