viernes, 18 de noviembre de 2016

DEFINICIÓN DE VAMPIRO





No se sabe en qué momento el vampiro cayó en la confusión. Esta especie de animal no era lo que se considera actualmente. En realidad, el vampiro era ¡vampira! Caso raro en la tierra, de un animal que no tenía machos. Las vampiras vivían en colonias, como si fuesen abejas y como éstas tenían una vampira reina, todas las demás eran obreras. Como ya se dijo, lo único que hacía diferentes a las vampiras era que no tenían zánganos y, ¡por supuesto!, que en lugar de libar miel se dedicaban a libar sangre.
Tampoco se sabe la fecha exacta en que las vampiras (animales con cuatro patas y cuatro alas y colmillos, no en la trompa, sino en la parte baja del cuerpo) pasaron de extraer la sangre de los animales a chupar la sangre de los humanos. Según Friedrich Horman (destacado investigador alemán de animales hematófagos) esto ocurrió la noche en que, en un castillo de Transilvania, el conde Von Heurones ofreció una cena para celebrar la independencia del país Urtesio. Mientras la orquesta interpretaba valses vieneses y la champaña circulaba entre los esófagos sedientos de nobles vestidos de frac y princesas que portaban vestidos de tafetán de colores intensos y brocados con hilos de oro, un enjambre desorientado de vampiras se parapetó en uno de los balcones de palacio. Estas vampiras habían salido muy de madrugada a libar sangre de pajaritos y de alguno que otro conejo en la campiña, pero, por desgracia, el radar de la vampira guía se apagó y su vuelo de regreso fue irregular y, ya en la tarde, se convirtió en tragedia porque chocaban contra los árboles en la penumbra de la tarde, lo que ocasionó que los depósitos de sangre se rompieran y la sangre conseguida se diluyera. El estado de las vampiras era lamentable, todas ensangrentadas, con los pelos lisos, parecían zanates expuestos a un chubasco brutal. En el dintel del balcón se estacionaron (Horman sostiene que, según las investigaciones realizadas de las huellas sanguinolentas, los estudiosos pueden asegurar que el grupo de vampiras despistadas era no mayor a diez animales). La música de los violines sublimó a una vampira. Acostumbradas a escuchar sólo el rumor del viento y del agua al desprenderse de lo alto de una cascada, las vampiras comenzaron a sufrir una especie de nostalgia que las obligaba a emitir una serie de suspiros que las movía como fuelles, de abajo hacia arriba, hasta chocar contra los cristales emplomados de las ventanas. Horman asegura que una princesa, con vestido ampuloso y escote que hacía resaltar sus blancos pechos se acercó a la ventana y vio a la vampira sublimada, recostada contra el cristal, como si estuviese en un estado profundo de ensoñación. La princesa abrió uno de los postigos y, con extremo cuidado, tomó con su mano enguantada al animal ensangrentado. En ese momento, el príncipe Brostew se acercó a la princesa para ofrecerle ir al jardín para refocilarse al amparo de la luna, pero en cuanto vio que ella tenía el guante ensangrentado creyó que el animal que ella sostenía en la mano estaba realizando la labor de transfusión sanguínea, gritó, alarmó a todos los contertulios, y, sin pensarlo dos veces, tomó al animal y lo partió en dos de un tajo exacto con su espada. El grupo de vampiras, a pesar de la fatiga y de la extrema confusión, escuchó el lamento de su compañera y, por el natural sentimiento de solidaridad animal, los ocho animales restantes (número dictado por Horman) se precipitó en el salón de los espejos y chocando contra éstos volaron hacia donde la princesa se cubría la boca con el guante ensangrentado. Los animales, presos del odio, no hicieron distingos y chuparon la sangre de la princesa, como si ésta fuese una simple vaca o un toro capón. Los cronistas narran que la celebración se convirtió en un holocausto, ya que el príncipe, en intento de salvar a la princesa del ataque de las vampiras, blandió su espada como si fuese un sacudidor y, en un movimiento infausto, le cortó una oreja a la princesa, quien, desde entonces, fue conocida con el sobrenombre de “La princesa tacita”.
Del grupo de vampiras, sólo dos lograron regresar con vida a su “panal”. Cuando la vampira reina se enteró del suceso, en lugar de enfadarse o de romper a llorar por la pérdida de las demás obreras, pidió que las dos vampiras exudaran la sangre de la princesa y como este elíxir aventajó el sabor y la consistencia de la sangre de los animales cuadrúpedos, la reina exigió que, en adelante, sólo llevaran sangre de bípedos, mejor si era de princesas.
¿En qué momento la historia se modificó y apareció el vampiro como figura central de la historia de las vampiras? El doctor Horman continúa con sus investigaciones, pero, en el número 359 de “Science for the past”, deslizó la idea de un acto machista que intenta cancelar la importancia de la mujer en la historia de la humanidad.

jueves, 17 de noviembre de 2016

CARTA A MARIANA, CON PASEO A MÓNACO





Querida Mariana: ¿Vos conocés a algún amante profesional? Hace como dos años, Rocío me preguntó si había yo conocido en Comitán a algún amante profesional. Al principio no entendí su pregunta. Ella explicó: “Sí, alguien que se dedique, de manera profesional, a seducir a mujeres guapas y millonarias”. No. En Comitán, le dije a Rocío, a lo más que llegamos es a tener a hombres que “dan el braguetazo” y se casan con mujeres ricas. Conozco a más de dos que ascendieron de posición social al echarles el ojo a muchachas herederas de haciendas y grandes negocios. También le dije a Rocío que es común que los muchachos ricos se casen con muchachas ricas para incrementar los capitales. Esto último es práctica común que viene de tiempos en que los finqueros decidían los destinos de sus hijas al casarlas con los hijos de otros ricos hacendados. Con este tipo de alianzas garantizaban, además, la pureza de la raza. Ahora esto último ya no se da, porque muchos jóvenes de familias modestas, gracias al estudio o a su sagacidad, han logrado hacer grandes fortunas y el dinero les da el derecho de elegir a muchachas de la nobleza comiteca que terminan aceptándolos. Esto hace que los hijos salgan café con leche. Puede sonar clasista lo que digo, pero es una realidad que se comenta en voz baja. En la mitad del siglo pasado las clases estaban bien determinadas y los grandes apellidos se aliaban con otros similares, era imposible pensar que una muchacha bonita, rica, con cabellos rizados, de apellidos castizos y piel apiñonada se fijara en un moreno, pelos de puerco espín y de apellidos sin blasón. Hoy, Comitán ha cambiado. Pero no tanto para que tenga amantes profesionales, es decir, gigolos. No hay, o bueno, yo no los conozco, hombres que de la seducción hacen su profesión, hombres que, con sus encantos varoniles, sirven de compañía a las muchachas ricas y bellas.
Los amantes profesionales abundan en los lugares más exclusivos de la tierra. No dudo que estos gigolos existan en Cancún, por ejemplo, lugar donde acuden muchachas millonarias de todo el mundo, muchachas que se subliman ante los requiebros de esos hombres que han hecho de la seducción todo un arte. Acá en Comitán no se da. Acá, como que los hombres están acostumbrados a otros modos y como las turistas millonarias no llegan, pues no tienen la costumbre de vestir de manera impecable ni de tener modos excelsos para tratar a las damas.
Tengo un amigo (que vos también conocés) que se las da de seductor y logra convencer a más de una, pero sus conquistas son jóvenes sin fortuna (me refiero al plano económico). El máximo deseo de mi amigo es su satisfacción personal (me refiero al plano sexual). Por lo tanto, su comportamiento dista mucho de aquellos maravillosos hombres que se especializan en el arte de la persuasión a través de modales finos. Los amantes profesionales conocen a la perfección cómo es el pensamiento de la mujer, conocen los modos exquisitos con que las mujeres se rinden. Bueno, con decirte que hasta para abrir una simple coca cola tienen un encanto especial, lo que los franceses llaman “charme”. Acá, me da pena decirlo, pero la mayoría de hombres no son encantadores. A veces paso por carpinterías o talleres mecánicos y veo a los compas, llenos de grasa, sin camiseta, con los vientres inflados por comer tanta tortilla y no hacer ejercicio. Y si, en algún momento, aparece un hombre con “charme”, la gente lo voltea a ver con “desconfianza”. En este país no da confianza un hombre bien vestido, con aroma rico, con modales finos, que, en lugar de tomar tequila, prefiere tomar champaña.
No, le dije a Rocío, en Comitán no he conocido a ningún amante profesional. Éstos los hallamos en la Riviera Francesa, en Mónaco, en los grandes salones llenos de espejos y candiles de mil bujías. Como son tan exquisitos ellos siempre visten de manera elegante y conducen autos de lujo. Sus rostros son tan bellos y pulcros como una escultura de Rafael. Se acercan a la perfección. ¿De dónde tienen tanto dinero? Son herederos de grandes fortunas, por ello son hombres cultos y finos, pero, además, sus riquezas se incrementan gracias a que seducen y aman a mujeres millonarias, por eso son ¡amantes profesionales! No, acá en Comitán no hay.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

UNA VICTORIA BLANDENGUE





Y, como ya dije, jugaba a la guerra con los soldados que mi papá me había regalado. En el sitio de la casa, en un rincón, había un promontorio de arena que debió quedarse como sobrante de alguna construcción. Ahí yo llevaba los tanques, camiones y jeeps, todos pintados de verde, además de los soldados de plástico que estaban pintados de gris, una mitad, y de verde, la otra mitad, con lo que los diseñadores de juguetes determinaban dos bandos. Yo no hacía distingos entre uno y otro ejército.
Una tarde, yo ya había emplazado los dos ejércitos. El gris estaba en la cima y los verdes en la falda de la montaña. Los soldados verdes habían logrado formar un cerco que impedía bajar a los grises en busca de alimento y de agua. El cerco era perfecto. Bastaba unas horas más para que el ejército gris sucumbiera o se rindiera.
Yo había visto que la rendición era el acto más tonto e indigno. Indigno porque significaba declararse cobarde y tonto porque quienes se rendían en intento de salvaguardar la vida no lo lograban, ya que el ejército vencedor los llevaba a campos de concentración y ahí los sometía a trabajos forzados de tal intensidad que terminaban muriéndose de inanición.
“¿Qué hacés?”, oí la voz de una niña. Dejé el soldado verde que tenía y que estaba a punto de colocar en el jeep y la miré. Era Elsita, mi prima que, de vez en vez, llegaba a casa acompañada de su mamá, quien vendía quesos que fabricaban en su rancho de por Tierra Caliente. Mi primita repitió la pregunta y yo insistí en callar. ¿Qué quería que le dijera? ¿Que estaba haciendo tortillas? ¿Qué no miraba que jugaba a la guerra?
“¿Juego contigo?”. Estaba a punto de decirle un no rotundo, cuando mi mamá se asomó y contestó por mí. Sí, Elsita, dijo mi mamá, juega con tu primito. El primito (o sea yo) puso la misma cara que ponía el tío Armando cuando le quitaban la botella de ron, pero ensayó su mejor sonrisa y dijo que sí, que estaba bien. Entonces le expliqué a Elsa lo que hacía (en ese momento dejó de ser Elsita), poco a poco le di datos de la estrategia y le dije que mi ejército, reafirmé ese mi, estaba a punto de vencer al otro ejército, iba a decir que estaba a punto de vencer a ¡su! ejército. Ella se sentó, acomodó su falda como si fuese una tienda de campaña y tomó a uno de los soldados grises y dijo: “El sargento Smith, nunca se rendirá”, estiró el brazo y me lo puso casi frente a mi cara. Yo titubeé. ¿De dónde mi prima había sacado el apellido Smith? ¿De dónde había sacado eso de que jamás se rendiría? Tal vez, pensé, ella también iba al cine y veía películas de guerra. Después de mi titubeo, yo tomé el soldado que iba a colocar en el jeep e imitándola lo puse frente a su soldado y le dije que, en nombre del ejército mexicano, yo, el sargento Pérez, lo conminaba (así lo dije) a que se rindiera por las buenas, de lo contrario, todo el poderío de mi batallón iría contra ellos. Cuando dije esto último, moví mi brazo en círculo, para que Elsa se sorprendiera ante el número de mis soldados y la posición privilegiada en que estaban diseminados. Pensé lograr mi objetivo porque ella calló. Sus ojos parecieron llenarse de agua. Supe que había enmudecido y estaba a punto de aceptar la derrota y declararse rendida, pero, después de una ligera pausa, Elsa rio, rio mucho, como si hubiese enloquecido y, en lugar de dirigirse al sargento Pérez, me vio a mí y dijo: “¡Ya perdiste! ¿Cuándo has visto que el pobre ejército mexicano venza al poderoso ejército americano?” y frotó la figura del sargento Smith contra la del sargento Pérez. Rio, siguió riendo, alzó los brazos en señal de triunfo. Yo crispé mis manos, con tal fuerza que el rifle del sargento Pérez me lastimó la palma. Con un movimiento rápido le arrebaté al sargento Smith y a éste lo aventé contra la pared divisoria. Me paré y comencé a patear a todos los demás soldados grises. Mis patadas provocaron una polvareda que obligó a mi prima a cubrirse la cara con ambas manos. Comenzó a llorar, primero con ligeros espasmos que se fueron incrementando hasta que se volvieron gritos desaforados: “¡Tía, tía!”.
Mi mamá se asomó a la ventana y gritó: “¿Qué pasa, Alejandro?”. Nada, dije yo. Pero ya mi mamá había dejado el cuarto de la cocina y corría hacia donde estábamos nosotros. Elsa ya se había parado, se limpiaba la falda llena de arena y la cara llena de lágrimas. Ya estaba más tranquila. Mi mamá me cogió de un brazo, me zarandeó y preguntó qué pasaba. Nada, repetí. Nada, dijo mi prima. “¿Cómo nada? -dijo mi mamá- Nadie llora por nada”. Entonces aproveché, dije a mi mamá que jugábamos a la guerra y que a mi primita le había dolido que perdiera el ejército de Estados Unidos contra el ejército de México. Sonreí. Elsa miró hacia el piso. “Bueno, bueno, ya”, dijo mi mamá. Mi tía, desde la ventana de la cocina, dijo que ya estaba listo el chocolate. “Vayan, vayan a lavarse las manos y la cara y dejen de estar peleando”, dijo mi mamá y, con sus dos manos sobre nuestras espaldas, nos alentó como si fuésemos dos aves de corral, ella una gallina y yo un gallo.
Ya en la puerta del baño la detuve y le repetí a mi prima que el ejército del general Smith ya estaba perdido porque no tenían alimentos ni agua. Ella me vio, se limpió los mocos de la nariz y dijo que por eso nosotros tomaríamos chocolate y pastelitos de manjar. Sí, dije yo y le pedí que pasara ella primero al baño para lavarse. “Voy a hacer pipí”, me dijo. Dije que estaba bien. Cerró la puerta. Oí que decía, en voz baja: “El general Pérez es un bobo”. Lo repetía como si fuese una oración, cada vez lo decía más fuerte. Yo oía que ella pateaba el piso: “¡El general Pérez es un bobo!, ¡el general Pérez es un bobo!...”

martes, 15 de noviembre de 2016

MI CASA DE INFANCIA



El otro día estuve en mi casa de infancia. Ahí viví hasta la edad de siete años. La casa, como todas las casas del mundo, ha cambiado. Supe que, al mismo ritmo, he cambiado. Algunos elementos de la casa siguen como entonces, claro, más deteriorados, más viejos. Algunas vigas del techo son las mismas que miraba cuando me tiraba bocarriba en el piso. Siempre llamó mi atención la capacidad de los albañiles para hacer ese entramado que no caía jamás (nunca tuve la experiencia de un temblor). Yo no tenía la gracia del albañil, porque siempre que hacía estructuras con palitos de madera se caían.
El otro día estuve en mi casa de infancia y me di cuenta que no es tan grande como yo creí que era. A mí me parecía una casa enorme. Claro, era una casa con patio central y cuatro corredores y un sitio donde había gallinas, patos, gallos (uno siempre me atacaba) y conejeras de madera y malla donde mi mamá tenía conejos. Quien compró la casa (después que mi papá dejó de rentarla) tuvo necesidad de vender un espacio, eso hizo que la casa, ahora, esté chimuela, sin un corredor. Además, el dueño levantó una construcción en el patio central, con ello, los arriates y los árboles que alegraban ese espacio se perdieron. Yo también estoy chimuelo, yo también he perdido la capacidad de convocar a las mariposas. Cuando era niño y me tiraba en el piso me encantaba ver cómo, después de un rato, una mariposa blanca se acercaba y se paraba en mi pecho, como si fuese una planta y mi panza fuera una flor.
Cuando yo viví esa casa, los corredores tenían piso de ladrillo. En Comitán eso era normal. Después, don Augusto Caralampio, el maestro Paquito García y don Enrique Cancino abrieron factorías donde hacían las losetas de cemento, con diseños bellísimos y que ahora, por desgracia, están en desuso. Llegué a la casa y miré que los corredores ya no tienen ladrillos, un día, el propietario decidió cambiar el piso y lo forró con losetas, por fortuna, esas losetas comitecas no las han catafixiado por esas losetas resbaladizas que ahora nos envían desde la Ciudad de México. No sé si ahora los niños que viven en esa casa juegan en esos corredores. Yo tenía carritos y soldados de plomo (que en un viaje a Puebla me trajo mi papá). La textura del piso era el terreno ideal para que los carros se desplazaran, porque, ¿dónde se ha visto que los tanques y los soldados se desplacen en terrenos lisos y recién trapeados? Hasta hace cuatro o cinco años conservaba un soldado de plomo, de aquellos tiempos. Lo tenía en un librero. Cada vez que buscaba un libro me topaba con ese soldado, lo tomaba, lo soplaba, para quitarle el polvo, pero también como si yo tuviera el don de soplar y darle vida. Un día se extravió y con ello se fue el último objeto de mi infancia.
Me paré frente a la puerta de madera del cuarto que fue el oratorio. Ese cuarto tenía la puerta cerrada. Eran las diez de la mañana y la puerta estaba cerrada. En mi infancia ese cuarto se abría puntualmente, como si fuese la puerta de un templo, a las siete de la mañana y permanecía abierta hasta las siete de la noche, hora en que mi mamá apagaba la veladora que permanecía prendida todo el día en el altar donde estaba una imagen de la virgen quién sabe quién y el santo negro que a mí me caía bien: San Martín de Porres. No pregunté para qué usan ese cuarto ahora. Supe que no es bueno que yo me enterara y supe también que los actuales propietarios no deben saber cuál era la vocación de ese cuarto.
Ese día entré a la que fue la casa de mi infancia. Cuando paso por el frente de esa casa, frecuentemente, sé que esa casa cambió de la misma forma que he cambiado yo. Algunas vigas siguen, como si se pensaran jóvenes, pero una mirada más atenta demuestra que ya están apolilladas y que algún día deberán ser cambiadas, como fueron cambiados los ladrillos de los pisos y como fueron eliminados los balcones que daban a la calle. A mí me encantaba salir a los balcones y mirar la calle, me gustaba ver todo desde la altura de los balcones. Un día, quién sabe a qué hora, los nuevos propietarios decidieron eliminar los balcones y tapiar las paredes.
Cuando salí de la casa y regresé a la calle no supe qué pensar. Sólo tuve una certeza, esa casa, igual que todas las casas del mundo, ha cambiado y yo he cambiado con ella. Por fortuna, el patio central de mi espíritu sigue como desde entonces, con claveles, rosales, margaritas y un árbol de durazno donde los pajaritos hacen sus nidos.

lunes, 14 de noviembre de 2016

UNA TARDE INSÓLITA




Lo vi. Ambos estábamos sentados en bancas del parque central. Yo tenía un libro entre mis manos, él también. Yo miraba a las muchachas bonitas, él también; es decir, él y yo teníamos los mismos gustos, pero luego me di cuenta que él tenía revueltas las características, porque su comportamiento era extraño: él tenía el libro frente a sus ojos, pero sus ojos no veían el libro sino que estaban fijos por encima de la parte superior. Tenía el libro sólo como mero parapeto. Su mirada siempre miraba hacia el pasillo del parque y seguía con emoción el paso de las muchachas bonitas. Su mirada permanecía al frente mientras pasaban niños, ancianos con bastones y mujeres viejas con el chal envuelto en sus cabezas, pero, se movía como imán cuando aparecía alguna muchacha bonita, de esas que visten jeans ajustados que modelan a la perfección las nalgas, y camisetas escotadas que muestran generosamente los pechos. Sus ojos parecían un par de cámaras vigilantes y seguían atentamente el movimiento de los traseros que, orondos, gozosos, se contoneaban frente a nosotros, sin ningún empacho. La mirada de él era un rastreador exacto, sólo regresaba a su posición original hasta que el par de nalgas desaparecía al bajar las escaleras frente al portal.
Descubrí que no teníamos los mismos gustos, pero, ya me había contagiado de su comportamiento porque, igual que él, ya no leía el libro sino que estaba pendiente de lo que él hacía.
Estaba frente a mí, pero mi presencia la había borrado, casi casi como si yo no existiera.
Nunca lo había visto antes. Esa banca es uno de mis lugares favoritos en el parque y cuando tengo tiempo y gusto me siento ahí a leer. ¿Era un tipo que, en una tarde pasó por ahí, me vio y decidió imitarme, porque, tal vez pensó que el libro es el perfecto objeto que engaña la mirada? ¿Qué puede pensar un agente policiaco de un viejo que está con un libro en las manos y, ocasionalmente, ve a una muchacha cuando pasa? Sólo un policía ignorante (demasiado ignorante) le creería a una muchacha que, molesta, irritada, solicitara auxilio porque un viejo la había molestado con la mirada. ¿Con la mirada? Sí, aquel viejo que está con el libro en las manos sólo se pasa viendo los traseros y los pechos de las muchachas que pasan frente a él. El policía culto sonreiría y, con una mirada complaciente, sugeriría a la muchacha caminar por otro pasillo del parque para estar lejos de la mirada perversa del viejo que, según yo, desde acá donde lo veo (diría el policía), parece que encuentra más interesante lo que pasa en la novela que lo que pasa frente a él.
¿Y si el hombre que estaba frente a mí y que hacía como que leía era un potencial secuestrador o violador? ¿Y si, por el contrario, fuera un agente policial camuflado? Tal vez una muchacha se quejó de mi mirada libidinosa y el jefe policial la calmó diciendo que enviaría a un agente para registrar mi comportamiento y este agente, por eso, se sentó frente a mí y hace como que no me ve y disfruta mirar a las muchachas bonitas, pero, en realidad, lo que hace es registrar cada uno de mis movimientos.
Tal vez el tipo tiene una cámara y registra cada uno de los movimientos de mis ojos. ¿Qué movimientos pudo registrar? ¿El instante cuando vi el pecho de esa muchacha que, con tenis, pantalón de licra y camiseta roja, se agachó para amarrarse las agujetas y yo, de inmediato, lancé mi mirada a su escote? ¿O el instante en que me escoció el piquete que tengo en el muslo cerca de la entrepierna? ¡Dios mío! Las tomas lejanas de video pueden dar una visión alterada y se pueden malinterpretar. Me rasqué con intensidad, hice un movimiento de frotación con energía, mi mano se movió hacia arriba y hacia abajo y luego, cuando ya cesó el picor, puse la cara de satisfacción que pone cualquier ser humano que se rasca. ¿Qué puede pensar la gente a la hora que vean el movimiento que hago con mi mano derecha?
Decidí que debía retirarme, porque estaba expuesto frente a ese tipo que usaba el libro como un mero parapeto y que, sin duda, estaba ahí en plan de investigador. Pero, a punto de pararme pensé que eso me delataría, en caso de que ese tipo realmente creyera que yo era un viejo perverso, que creyera que era un tonto igual que él, que usaba el libro como mero pretexto para ver a las muchachas bonitas. Así que decidí no pararme. Era mi banca favorita y yo, quienes me conocen saben que es cierto, voy a leer, y voy al parque porque me encanta el parque central de Comitán y porque, no lo negaré, también me gusta ver a las muchachas bonitas que por ahí pasan, pero mi prioridad es la lectura, lo juro.
Así que me deslicé sobre la banca de tal forma que mi columna quedó como una rama torcida, pero eso permitió que el libro me cubriera el rostro en forma total. Ya no volví a desviar la mirada. Intuía el paso de una muchacha bonita, pero sólo imaginé sus formas. Pero este juego de imaginación propició algo más dramático: me hizo temblar, con el temblor del niño que abre la puerta de un cuarto y encuentra a su prima quitándose el sostén y mostrando un par de pechos como si fuesen frutos recién lavados.
No podía controlar el temblor de mis manos, el libro era como una pared sometida a un movimiento trepidatorio de un terremoto. Sentí que una muchacha se paró frente a mí y sentí que sus manos bajaron el libro y sus ojos vieron mis ojos. “Maestro Moli, ¿le pasa algo?”, preguntó. Vi que era Rosy, alumna de mi clase. Sonreí. Miré hacia la banca del frente y vi que el tipo ya no estaba. Miré para todos lados y no lo encontré. “¿Le pasa algo?”, repitió Rosy y miré cierto nerviosismo en su rostro bello. No, dije, no. Y le pregunté hacia dónde se dirigía. Dijo que iba a su casa. Entonces yo le mostré la portada del libro y le pregunté si había leído algo de Fabio Morábito. No, dijo ella, tomó el libro y miró la portada, dijo que era una portada linda y me preguntó de qué trataba el libro. Dije que eran cuentos. Le pregunté si a ella le gustaba leer cuentos. Ella sonrió, dijo qué clase de pregunta era esa, yo sabía, ella aseguró, que a ella no le gustaba leer, pero yo titubeé y dije que era cierto, que yo sabía que ella no era lectora, pero que tal vez los cuentos de Fabio le podían gustar. Como Rosy vio que mis manos habían dejado de temblar y mi cara había recuperado su forma de piedra original, dijo que ya se iba. Dije que estaba bien. Estuve a punto de decirle que iba a acompañarla, tal vez hasta las gradas, pero me contuve. Ella caminó dos o tres pasos, se dio la vuelta, me miró y preguntó: “De veras, ¿se siente bien?”. Sí, dije, sí, estoy bien. Tomé mi libro, me subí el cuello de la chamarra y caminé con rumbo a la casa. Las lámparas del parque ya comenzaban a prenderse. Comenzaba a correr un viento frío.
Mientras caminé pensé que tal vez no es conveniente que yo vuelva a leer en el parque; tal vez sea conveniente que ya no me siente a ver el paso de las muchachas bonitas.

sábado, 12 de noviembre de 2016

CARTA A MARIANA, BORDADA CON HILOS DE ORO





Querida Mariana: hay actividades que buscan el reconocimiento. Quien siembra frijol es feliz cuando ve que sus plantas están llenas de granos robustos y, tal vez, su reconocimiento llega en el instante en que recibe la paga por la venta del producto. Pero, hablando de siembras, en Chiapas hubo un tiempo en que se otorgó la Mazorca de Oro al productor que cultivaba el mejor maíz. Muchos productores se inscribían y, al final, el ganador se sentía orgulloso de tal galardón. De acá puede colegirse que hay oficios modestos y unos más que buscan el aplauso y el reconocimiento de los otros.
Los maestros que, cuando no andan en paros y en luchas sociales, a diario se encargan de modelar la educación de millones de niños encuentran su reconocimiento en la satisfacción de la labor realizada, pero, de igual manera que los productores de la mazorca de oro, de vez en vez, reciben medallas de oro, por treinta años de servicio. Los maestros no tienen como prioridad el aplauso de la patria, pero no les cae mal dicho reconocimiento.
Pero, así como hay trabajos modestos cuya compensación es el deber cumplido o el dinero bien habido, hay oficios en cuya naturaleza está el reconocimiento ajeno. En ocasiones tal prebenda se convierte en obsesión. Hay personas que se alimentan del aplauso ajeno y no me refiero sólo a la actriz, acostumbrada a recibir las salvas al término de cada actuación. ¿Imaginás la cara de Silvia Pinal cuando, al final de una obra de teatro, el público hiciera un silencio sepulcral? Ella se moriría en ese mismo momento, porque su vocación exige el aplauso de la audiencia. Lo mismo sucede con los deportistas y con los políticos. Estos últimos están acostumbrados a que la multitud les prenda incienso por cualquier motivo. Cuando alguien repite el chiste donde el presidente pregunta qué hora es y el subalterno (lamehuevos le llama la voz popular) responde: “La hora que usted indique, señor”, dice mucho del ansia que tiene el poderoso para que las personas de su entorno se humillen ante él. Los presidentes (desde el más modesto presidente de barrio hasta el municipal) tienen hambre del reconocimiento popular aunque éste se base en la mentira. Llega un instante (lo he presenciado) que el presidente cree que es todo lo grande que sus cercanos alaban. Este reconocimiento basado en la falsedad crea la ilusión de grandeza. El simple ser humano se convierte en un ser dotado que reparte dones a diestra y siniestra.
El fenómeno de la falsedad se da con mayor incidencia en el mundo de los políticos, en este país, cuando menos.
Hay un dicho que exige que el reconocimiento sea “En vida, hermano, en vida”. Se aplica a personas cuya obra debe ser elogiada. Este reconocimiento es selectivo y, después de todo, tiene una carga discriminatoria. ¿Quiénes realizan los actos que ennoblecen a los pueblos? ¿Sus escritores, sus pintores, sus músicos? ¿Sólo los cultivadores de las Bellas Artes y los que realizan las grandes intervenciones científicas? Cuando el abanico de los reconocimientos se abre nos damos cuenta que la grandeza de los pueblos va mucho más allá.
Ahora bien, ¿para qué sirven los homenajes? En la mayoría de ocasiones sirve para que quien reconozca se vea como el dadivoso. Basta hacer una revisión de la historia para darse cuenta que personas que fueron perseguidas y descalificadas en vida se erigen como los grandes personajes de un determinado país cuando ya murieron. Esto ya no le sirve al muerto, le sirve al vivo que se muestra muy vivo, porque la historia está hecha de retazos de gente que es conservadora y elogia a los cadáveres liberales.
El Congreso del estado de Chiapas instauró la Medalla Rosario Castellanos para “premiar a hombres y mujeres mexicanos que se hayan distinguido por el desarrollo de la ciencia, arte o virtud en grado eminente, como servidores de nuestro estado, de la patria o de la humanidad”. Un concepto que parece muy incluyente, ya que la medalla la puede ganar cualquier mexicano, pero que excluye al noventa y nueve por ciento de los connacionales. ¿Quiénes han obtenido la medalla? Escritores (la Mastretta, Kyra Núñez, Óscar Oliva, la Poniatowska, Bonifaz Nuño, Carlos Monsiváis, Enoch Cancino, Fernán Pavía, Eliseo Mellanes y Guadalupe Loaeza) y políticos (la priista Beatriz Paredes, actual embajadora de México en Brasil). Pareciera que los diez escritores fueron premiados por el rubro de arte y ¿doña Beatriz, por qué rubro? Canta, cuando está en la bohemia y alguien toma la guitarra, ella ¡canta! Tal vez eso fue considerado una virtud en grado eminente. Ahora debe saberse más de dos canciones en portugués. La ruta de la medalla, como se ve, ha sido irregular, comenzó con el poeta Rubén Bonifaz Nuño y, el año pasado, le tocó a Guadalupe Loaeza, hay cierta distancia entre la calidad de uno y otro escritor.
No sé si ya en alguna ocasión te platiqué que en el año 2005 vivía en Puebla y allá me enteré que la Medalla Rosario Castellanos había sido adjudicada a Bonifaz, creí que era para el maestro Óscar, dos minutos después, Adolfo me sacó de mi error, el premiado era Bonifaz, pero Bonifaz Nuño.
Para honrar la memoria de Rosario Castellanos se instituyó la medalla con su nombre. La entrega se ha ido postergando con el paso del tiempo. Al inicio fue en agosto de cada año, rememorando el fallecimiento de la escritora comiteca. Este año ya está avanzado el mes de noviembre y no se advierte en el horizonte ni el nombre del candidato elegido ni fecha de entrega. Esta irregularidad ensucia el nombre de quien se quiso honrar de inicio.
¿Y qué pasa con la Medalla Belisario Domínguez que creó el Senado de la República para “premiar a los hombres y mujeres mexicanos que se hayan distinguido por su ciencia o su virtud en grado eminente, como servidores de la patria o de la humanidad”? Igual que la medalla Rosario Castellanos está en pausa. Tradicionalmente se entregaba el 7 de octubre en memoria del sacrificio del héroe comiteco.
Si la Medalla Rosario Castellanos es irregular en la calidad de sus recipiendarios, la Medalla Belisario Domínguez es más abismal. Bastaría señalar que un año la recibió ese famoso cacique sindical que se llamó Fidel Velázquez. Don Fidel no se distinguió jamás por ser hombre de ciencia o por su virtud en grado eminente. Los conocedores de la historia mexicana saben que dicho señor fue un puntal del sistema político mexicano, del invencible PRI de aquellos tiempos. El año pasado, la medalla fue entregada a un oligarca mexicano de apellido famoso, Bailleres, uno de los cuatro hombres más ricos del país.
Vemos pues que las preseas más importantes de este país se conceden a la gente cercana al poder, porque es éste el encargado de designar a los premiados.
La Medalla Belisario Domínguez ya perdió su esencia y ahora pareciera ser una burla para la historia de dignidad del héroe civil.
¿Por qué los reconocimientos más importantes se han devaluado, como si fuesen el peso? Por la necesidad de algunos por obtenerlos. Es tal la obsesión por ser reconocidos que mueven mar y cielo con tal de lograrlo. Los poderosos usan estas medallas para congraciarse con los poderosos. ¿En dónde está la virtud en grado eminente? La virtud es, válgase el juego de palabras, una virtud ya no virtuosa.

Posdata: Hay reconocimientos que sí están en relación directa con la creación y no por amiguismos y compadrazgos. Estos premios sí reconocen el talento y el servicio que esos hombres y mujeres prestan a la humanidad. Valga mencionar los premios cinematográficos, por ejemplo, los del Festival de Cannes, Francia, en el que un jurado elige a las mejores cintas por sus propuestas estéticas. Gente experta en cine conforma el jurado y, después de ver las cintas en competencia, da su veredicto. No podría pensarse que un advenedizo formara parte de un jurado. Cinéfilos expertos califican las películas. ¿Quiénes deciden al ganador de la Medalla Belisario Domínguez? ¿Quiénes eligen al merecedor de la Medalla Rosario Castellanos? ¿Cuáles son los méritos que deberían tener dichas personas?
Y así como hay alturas en los merecedores de los premios, así también, ahora, hay diferencias en los reconocimientos. Hay premios que visten al recipiendario y hay otros en los que, así parece, los nombres de los premiados están muy por encima de reconocimientos que tienen nombres sin sustento y que, de igual manera, sólo sirven para engrosar la vanidad y las fichas biográficas falsas de los encargados de otorgar esas preseas.
Una vez, mi compa Quique me sugirió que la Revista DIEZ entregara El Cotz de Oro a las figuras más preponderantes de Comitán, cada año. No acepté. En plan de broma le dije que él se quedara con el cotz y que a mí me diera el oro.

jueves, 10 de noviembre de 2016

PARA UNA ENTRADA DE FLORES





A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que son como un tambor, y mujeres que son como un pito.
La mujer tambor es pariente directa de la primera mujer que habitó el mundo. Sus pies, ahora de plantas limpias y pulcras, pero de piel de escamas al principio, tienen las huellas de los primeros pasos, de aquéllos que subieron las piedras y descansaron en el interior de las cuevas.
Todo en ella es musical, el tam tam tam tam del origen está en sus manos a la hora que aplaude un concierto de Alejandro Fernández o el final de un pas de deux en Bellas Artes; está en sus manos a la hora que prepara la tortilla para el comal o a la hora que mueve la hamaca donde está recostado su hija; está en sus manos a la hora que golpea la rama para que caiga el fruto o a la hora que se sube sobre su amado y cabalga a mitad de la noche.
En su interior y en su piel está el sabor del cuero. El sonido más antiguo, el más lleno de resonancias está en ella desde que abrió los ojos por primera vez. Porque el tambor convoca a la guerra, ella se para sobre la cima de una montaña y, como leona, ruge el tam tam tam bélico que demuestra que nadie puede contra ella. Su tambor también provee el sonido prodigioso de la fanfarria, del acto donde el reinado da a conocer sus edictos reales.
Los estúpidos creen que para sacar las mejores notas deben somatarla y la tratan como si ella fuera una cubierta destemplada que debe golpearse con bolillos. ¡Qué tontos! No saben que a una mujer tambor debe tocársela con plumas de cenzontle o con la estopa que prodiga la nube. No saben, no pueden saberlo, porque los hombres son tontos, que a una mujer tambor debe tocársela con la espuma del mar o con la hoja del aire.
La mujer tambor tiene la cualidad del silencio: no lanza su quejido de trueno mientras no es tocada por su amante. Por ello (qué pena, dicen los hombres) en muchos de los casos, la mujer tambor prefiere ser tocada por alguien de su mismo género. La mujer tambor ama los dedos y las manos de la mujer aire o de la mujer río. Sólo una mujer puede reconocer el sentido exacto de la caricia para que no se convierta en golpe, en estímulo de piedra, de roca.
Las veo caminando por el parque y las reconozco, ríen, se abrazan a su pareja. Yo escucho cómo en cada intención de la pareja, la mujer tambor vibra, como si su membrana fuese un himen y la mano de su hembra fuese el arco que toca el violín sin que la cuerda pierda su brillo natural, su tono acorde al universo.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: Mujeres que son como un par de lentes para agrandar lo invisible, y mujeres que son como las tortillas que no levantan pancita en los comales.

martes, 8 de noviembre de 2016

EL CINE CREA FANÁTICOS DE UN SOLO EQUIPO





Hay muchas clases de espectadores. En un estadio de fútbol se confrontan los aficionados de cada uno de los equipos que se enfrentan. Lo mismo sucede en el béisbol, en el básquetbol, en el tenis. En estos encuentros deportivos, desde siempre, existen dos colores. Uno, llamémosle negro, quiere que su equipo derrote al rojo. El color de la bandera se convierte en pasión. Los aficionados cuelgan banderines de sus equipos favoritos en las recámaras y en los cristales laterales de sus autos. Si algún aficionado sufre un accidente y pierde la vida, sus parientes ordenan construir una pequeña capilla a orilla de la carretera y la pintan con los colores de su equipo favorito; lo mismo sucede con capillas mortuorias en panteones. Sin que mediara algún sacerdote que sentenciara a la pareja de casados “amarse hasta que la muerte los separe”, estos fanáticos llevan su amor mucho más allá de la muerte. Tal vez por esto, las esposas maldicen la pasión de sus esposos. Éstos les son infieles a sus esposas con el equipo de su preferencia.
La norma del béisbol no permite empate. El béisbol se prolonga hasta que uno de los dos contendientes resulta vencedor. Esta regla indica que el béisbol es un deporte que privilegia el ánimo del espectador. El béisbol enseña que el juego es como la guerra, donde un bando siempre resulta vencido y el otro vencedor. Es de mediocres el deporte donde, por ejemplo el soccer, después de noventa minutos ninguno de los contendientes puede declararse vencedor o lamentar su derrota. Porque el subconsciente traiciona, los aficionados se comportan como auténticos guerreros en los encuentros de fútbol y salen heridos y, en ocasiones, por desgracia hay muertes.
Por todo eso no soy aficionado al deporte. Me gusta el cine. Recuerdo las funciones de la matiné del Cine Comitán, los domingos. Todos los aficionados entrábamos a ese recinto portando la misma camiseta: la de cinéfilos. En el cine no formábamos bandos contrarios, todos pertenecíamos al mismo equipo. Cuando el Santo aparecía, todos gritábamos: “¡Santo, Santo, Santo…!”; y cuando Tarzán, con gran destreza, se desplazaba de una a otra liana todos queríamos imitar ese movimiento suspendido en el aire.
Sí, el gusto al cine era una religión, porque, de igual manera, en el templo de Santo Domingo, todos los asistentes a misa eran integrantes de un solo equipo, ya que, cuando el monaguillo somataba la campanilla al lado de su muslo derecho, todo mundo se hincaba y cerraba los ojos, porque el santísimo (así nos lo decían) se hacía presente.
En el cine, cuando el Santo lograba vencer a las mujeres vampiro todos aplaudíamos, era como si todo un estadio coreara el gol de un equipero, cuando sabemos que esto último jamás ocurre. En el instante que un goleador anota, todos los fanáticos del equipo goleado lo lamentan con patadas, lágrimas y puños cerrados.
Fui años y años al cine y, durante ese tiempo, disfruté formar parte de una familia reconocible en medio del anonimato. Todos nos conocíamos sin conocernos, porque cuando viajé a la ciudad de México para estudiar en la Universidad Nacional Autónoma de México y fui a decenas de salas cinematográficas hallé la misma hermandad que encuentran los católicos en cualquier templo del mundo, a pesar de no hablar la misma lengua.
Los cinéfilos, como si fuésemos aficionados al fútbol y nos levantáramos en el estadio para hacer la ola o para mover las manos al frente y gritarle al portero, nos parábamos sobre las butacas y, viendo hacia la cabina de transmisión, mentábamos madres y le gritábamos al cácaro para que arreglara la cinta que temblaba en la pantalla.
Los cinéfilos de todo el mundo pertenecemos a un solo equipo. Sabemos que, siempre, los espectadores somos los vencedores en ese maravilloso juego donde las historias están hechas para decirnos que la guerra está del otro lado, no del nuestro. De nuestro lado está ¡la vida!
En la ciudad de México entendí que esta inmensa cofradía mundial tiene sus clanes selectos y algunos secretos. La primera vez que fui a la Cineteca Nacional a presenciar una Muestra Internacional de Cine, supe que todos ellos eran cultivadores de algo que, sin dejar la estatuilla del espectáculo, se acercaba al cine como arte, como prodigio de la mirada. Ahí estaban los grandes creadores, y en lugar de adorar a Pelé (quien, a pesar de su grandeza, fallaba goles como cualquier jugador llanero) comencé a adorar a Fellini, a Kurozawa, a Kieslowski y a mi consentido: Woody Allen. Supe entonces que los cinéfilos, si no camisetas, sí se colocan cintas rojas o negras. Algunos prefieren cine inteligente y otros son adictos a películas llenas de efectos especiales, pero la cinematografía es tan sutil y profunda que jamás revuelve a unos con los otros. Jamás he presenciado un pleito a patadas (como sí lo he visto en un partido Chivas-América) entre los aficionados al cine de Stanley Kubrick y los aficionados al cine de la India María. Sí he presenciado grandes debates, porque los cinéfilos argumentan con palabras, con ideas, con luz. Por esto, perdón, siempre he preferido ser del equipo de admiradores del cine, antes que admirador del deporte de patadas. He sido fanático de la lucha a través de la pantalla y aún conservo gratos recuerdos de la película México 70 que es la síntesis del primer mundial que se realizó en nuestro país.
Por mi trabajo literario me discipliné a ver de todo. Como, cuando de niño, iba al cine sin importar mucho qué exhibían, ahora me siento frente al televisor y veo de todo. Claro, cuando puedo elegir, elijo lo mejor, porque el cine es el gran cernidor de la vida. ¡Larga vida al cine!
En unos cuantos días más inicia la Muestra Internacional de Cine, en la Cineteca Nacional. Muchas obras de grandes realizadores se presentan. La muestra se abre con la reciente película de Allen, la de este año. Quienes acudan serán parte de ese selecto grupo de hombres y mujeres que han comprendido que lo mejor de la vida está en el cine.

lunes, 7 de noviembre de 2016

EXPERTO EN COPAS





Deberías ser experto en copas, me dijo Agustín. Él sabe de mi gusto por admirar los pechos femeninos. Romina dice que mi pasión se debe a un destete tardío. No lo sé.
Me gusta el arte figurativo. Admiro a Chagal y a Modigliani. De joven siempre decía que no me gustaría morir de tétano, pero de teta sí. Era una bobera, pero era una señal de cómo me divertía ir al parque a mirar, sólo mirar. Aunque, hubo ya una época en que pensé que debía convertirme en un estudioso del ABC de la tetología y digo ABC, porque aprendí que la letra de los sostenes se refería al tamaño de los pechos: A: tetita; B: teta; C: soberbia; D: suprema. Miriam decía que el tamaño perfecto era el que cupiera en la mano, lo demás era desperdicio. Entiendo (porque he preguntado con amigas) que las D no son felices, porque llevar tamañas toronjas en el seno no resulta muy agradable.
Mónica me preguntó un día qué tipos de pechos prefería. Casi estuve a punto de repetir lo que Miriam decía, pero como Mónica tenía unas tetas soberbias dije que me gustaban los pechos como los suyos. Ella protestó, dijo que no podía saber bien a bien cómo eran su pechos, porque jamás los había visto (en realidad a ella le gustaba vestir playeras con cuello mao, pero ajustadas de tal forma que sus pechos sobresalían de manera espléndida). Dije que no, pero saqué la libreta donde tenía cientos de recortes de pechos y le pedí que, sólo como juego, señalara qué pechos se acercaban a los de ella, reconociendo que cada tetita es única e irremplazable.
Como admiro a los figurativos, mi pintura se acerca a tal expresión y busco, por todos lados, modelos para mis pinturas, un poco como hacía Diego Rivera, quien, en cualquier parte, se sentaba y tomaba apuntes para sus murales o (¡bendito!) llevaba modelos femeninos a su estudio y ahí las desnudaba. Tal vez este era uno de los momentos más sublimes de la creación de Diego, porque del natural pasaba el boceto al papel, era como trasmutar el espíritu cárnico (si se vale el término). Ya lo demás era puro acto reflejo, del papel al muro y sobre el muro la pintura. El momento trascendental, el importante, era el instante en que la mirada del artista (su alma) retenía el espíritu del modelo (su alma). Yo no hago lo que Diego hacía, yo me concreto a ver, a paladear, a disfrutar, a conservar el modelo en mi memoria, por ello voy a las plazas y veo a las muchachas bonitas, las veo cómo se acomodan el cabello, cómo suben las gradas del parque, cómo suben sus piernas a las bancas, cómo (sugerentes) se abren el botón superior de las blusas. Me gusta verlas como aves en pleno vuelo, disfruto a la hora que abren sus alas y exhalan sus sueños y deseos. Yo las veo, trato de ser discreto, porque lo último que deseo es ofender a mis modelos. Quisiera que supieran que son una creación divina y que ellas son el mensaje que manda Dios para mi obra creativa. Pero, a veces (maldición, no puedo evitarlo), soy muy obvio y mi mirada se posa como gorrión sobre los pechos de ellas, cuando una muchacha se agacha frente a mí no puedo desviar mi mirada, como si fuera yo un murciélago mi radar sólo detecta el aura de las areolas benditas, más el envase que las contiene.
A mí, me disculpan, pero no encuentro parte del cuerpo femenino que tenga la belleza del pecho. No tengo duda que el universo tiene la misma forma que el pecho de una mujer y que la zona más bella es la Vía Láctea.
Cuando Agustín me dijo que debería ser experto en copas, de inmediato pensé (en forma equívoca) que se refería a copas de licor. Pero, un segundo después, cuando me dio un codazo y me enseñó el par que pasaba frente a nosotros y que eran propiedad de una muchacha de diecisiete años, con una blusa blanca, ajustada, supe que él se refería al ABC de la tetología, ciencia que se encarga del estudio de lo más sublime de la vida.
Tiembla mi mano en el instante en que traslada al papel lo que mi mente retuvo. Tiemblo de placer cuando veo a una chica de pechos bellos, sugerentes, sublimes.
¿A alguien ofendo? Espero que no, pido a Dios que no. Todo es como si estuviera yo parado en la cima de una montaña y admirara la creación. Todo es como si yo viera el vuelo del ave y viera el movimiento de las hojas de los árboles y viera el trazo del arco iris y viera el movimiento lento de un par de nubes.
Todo es como un homenaje a Modigliani, uno de los artistas más grandes del mundo. Los desnudos femeninos que pintó son los más bellos. ¿Quiénes fueron sus modelos? Esas mujeres fueron tocadas dos veces por la divinidad, en el instante en que se supieron bellas y en el instante en que Amedeo las inmortalizó.

sábado, 5 de noviembre de 2016

CARTA A MARIANA, CON BOLSO PARA IR AL MANDADO





Querida Mariana: Hay frases que son simpáticas. Una de ellas es cuando alguien dice: “Voy a ir al mandado”. Y digo esto porque, de acuerdo con el diccionario, mandado se aplica a “una persona que por encargo de otra realiza un trabajo”; es decir, que mandado, según la norma prestigiosa, es lo que acá llamamos mandadero.
En Comitán somos mandaderos y hacemos mandados, en España, los mandados son los que cumplen un encargo.
Parece, pues, que tenemos una ligera confusión. Ahora bien, ya trepados en este tren, ¿quién es un mandatario? El ya citado diccionario dice que es una persona que “gobierna un país o desempeña un alto cargo político”. Pero, en términos legales (esto me lo explicó Adrián), la palabra mandatario se emplea a quien acepta el encargo de un mandante de representarla en actos jurídicos o en negocios. Parece un poco enredado, porque el lenguaje tiene caminos con piedritas. Por ello, los expertos recomiendan que seamos precisos.
Los mexicanos decimos que el presidente de la república es el primer mandatario, como si dijéramos que es el mero mero. ¿Qué pasaría si lo tomáramos en la acepción jurídica? En este último caso, el pueblo sería el mandante y se llegaría al ideal que propalaba José María Morelos y Pavón, de que el presidente de la república sería el siervo de la nación.
De acuerdo con la Constitución Política Mexicana, esto me lo explicó Francisco, todos los gobernantes son elegidos por el pueblo, por lo que éste ostenta la soberanía. El diputado fue electo para representar a los habitantes de su distrito; es decir, en términos estrictos, siempre debe velar por los intereses de sus representados, de quienes lo eligieron para ostentar su representación.
Sí, mi querida Mariana, tenés razón, esto es un tachilgüil.
Todo esto sale porque en México tenemos confusión respecto al mandado, al mandadero, al mandatario y al mandante, por eso (dicen, dicen) la mayoría es mandilona.
Si voy al “mandado” es porque alguien me mandó. Por eso, el que es muy fantoche dice: “A mí todo mundo me hace los mandados”.
El otro día vi la fotografía de mi grupo de quinto grado de primaria y ahí, en la fila de atrás, al lado derecho del maestro, está Víctor, el eterno mandadero; es decir, el mandado. No se ve en la fotografía, pero Víctor debe estar descalzo porque nunca tuvo zapatos, cuando menos en toda la primaria. De muchos de mis compañeros de entonces no recuerdos sus nombres ni sus apodos ni sé qué ha sido de sus vidas, pero de la vida de Víctor sí tengo noticias, porque el diario se encarga de recordármelo casi a diario. ¿Quién iba a decir que Víctor, el hijo de un albañil y de la señora que lavaba ajeno, iba a llegar a ocupar un puesto tan alto en la política? Sé que si ahora un periodista llegara con el maestro de quinto grado, éste diría que Víctor, desde entonces, tenía “una inteligencia sublime que ya advertía que sería un hombre exitoso”. Así dicen siempre de niños y niñas que llegan a ocupar lugares célebres en la sociedad. Pero, la verdad, es que Víctor no era inteligente. ¿Qué inteligencia puede necesitarse para cumplir mandados de todos los compañeros? Bueno, tal vez me equivoco en mi apreciación y me veo injusto, porque, sin duda, en ese tiempo se necesitaba una pizca de inteligencia para ofrecerse a ser un mandadero por veinte centavos. Yo, cuando menos, le pagué en tres ocasiones a Víctor: una fue cuando le pedí que hiciera fila por mí en el Cine Comitán, el día del estreno de una película de El Santo; otra fue cuando se hizo pasar por mí la mañana en que llegaron los de sanidad a inyectar a los alumnos de la escuela; y la última fue cuando, ya en la preparatoria, llevó serenata en mi nombre a la muchacha bonita que me gustaba. (Niña que al final supo la verdad y terminó odiándome porque me habría perdonado todo, así lo dijo, menos que fuera Víctor, el hijo de un albañil, quien llevara la serenata. Quién sabe qué pensará esa mi muchacha bonita, ahora que Víctor es un encumbrado político.)
Víctor fue conocido en Comitán como “El mandaderito”, él, técnicamente, le hacía “los mandados a todos”. ¿Quién iba a decir que, con el paso del tiempo, él sí le daría el verdadero valor al concepto, de acuerdo con lo que dice el diccionario? Es decir, Víctor, ahora, es el verdadero mandado, quien por encargo del pueblo realiza un trabajo. Pero, como en México todo lo confundimos, no está lejano el día en que Víctor se convierta en un mandatario y todo mundo le rinda pleitesía, al olvidar quién es el verdadero mandante.
Cuando veo las fotografías de grupo hago lo que hace medio mundo, trato de ubicar los nombres de los personajes, de recordar alguna anécdota, de ubicarlos en la actualidad. Me resulta fácil ubicar a quien siguen viviendo en este pueblo: Carlos es un médico exitoso en un hospital de gobierno, a veces lo saludo, yo caminando y él conduciendo su camioneta roja, lujosa, del año; Luis es también un médico, vive en Tuxtla, de igual manera es un profesional exitosísimo, su dedicación le ha permitido vivir con lujos (tiene, sólo por darse su gusto, un auto antiguo); Romeo es maestro en una colonia cercana a Comitán, todos los días viaja a la comunidad y regresa a comer a su casa, le encanta la marimba, lo veo los jueves en el parque central escuchando al grupo que ahí toca. Así voy repasando la vida de cada uno. A varios no logro identificarlos con claridad, se borran en la niebla de mi memoria. Ahí está Pablo, quien murió en un accidente automovilístico cuando ya estaba a punto de concluir sus estudios universitarios. Una vida de pena, porque fue una pena que, después de tantos esfuerzos, se quedara en la orilla, sin subir el último escalón. Y, cuando llego al lugar donde está el maestro, algo como una muesca de envidia aparece en mi mirada. Ahí está Víctor, el mandadero, sin zapatos, con su carita recién lavada, con sus pelos llenos de brillantina, para disimular las púas de su cabello, para que quedaran planchados, para que nadie dijera que tenía pelo corriente. Debo decir que la mamá de Víctor, que como ya te dije trabajaba de lavar ajeno, siempre fue muy cuidadosa en el aseo de su hijo. Los pantalones de Víctor tenían remiendos, pero siempre estaban limpios, bien planchados, con la raya puesta en su lugar; asimismo, las camisas, también con remiendos, siempre con la manga larga, eran impecables en su limpieza. Veo el rostro de Víctor, lo comparo con los rostros de los demás y me cuesta creer que ahora él, de todos los del grupo, sea quien tiene más dinero. El hijo del albañil sencillo y de la mujer que lavaba ajeno se convirtió en un potentado.
El otro día fui a San Cristóbal de Las Casas y estaba sentado en el parque central, boleándome los zapatos, cuando, en medio de un grupo de diez o doce personas, con vestimenta impecable (dos o tres mujeres que irradiaban perfumes franceses), lo vi aparecer. Tenía la seguridad de quien se sabe admirado, de quien posee mucho dinero y es centro de todas las miradas. Decía alguna frase y todos los demás lo celebraban con risas frescas, supuestamente espontáneas. El grupo se acercó poco a poco al lugar donde yo estaba, pasaría frente a mí. Vi que Víctor miró hacia el parque y levantó la mano para saludar a un grupo que, atento, los veía caminar. Uno del grupo del parque se acercó y le tendió la mano, Víctor le palmeó la espalda, intercambió unas palabras, ambos sonrieron, el hombre pidió que le tomaran una foto y se acercó a Víctor, quien, como si fuese un actor de cine, mostró su mejor sonrisa, palmeó de nuevo al conocido y siguió su camino. Todos los del grupo de Víctor se detuvieron, miraban hacia el parque o veían con agrado la escena que el político regalaba a esa mañana fresca en San Cristóbal. Reanudaron su paso y fue cuando vi que me vio. Víctor se detuvo y me miró fijamente, como si su escáner hiciera un ejercicio de repaso ágil sobre el álbum personal que, sin duda, posee miles y miles de rostros. “A este tipo lo conozco”, debió decirse. Fueron unos segundos. De inmediato alzó la mano, supe que ese saludo estaba dirigido a mí, lo supe. Supe, de igual manera, que él, Víctor, esperaba que yo hiciera lo mismo que había hecho el individuo minutos antes, esperaba que yo respondiera al saludo, que dejara mi asiento donde el bolero echaba grasa a mis zapatos (Víctor nunca calzó de niño, tal vez, digo tal vez porque esto sí nunca lo supe, fue bolero en el parque central de Comitán) y con paso decidido fuera a saludarlo, a tenderle la mano, a mostrarle una sonrisa, a decirle que era un gusto volver a verlo, después de tantos años, pero no lo hice. Entonces él, actor maravilloso, prolongó el saludo, movió el brazo hacia el otro lado, dejó de verme y continuó su camino, en medio de la algarabía de sus acompañantes. Lo vi luminoso, con una seguridad desbordante.
Cuando regresé a casa, saqué de la gaveta la fotografía del grupo de quinto grado. Ahí seguía Víctor, al lado del maestro, con el pelo engominado, para que no se le pararan las púas. ¿Cómo le hizo para llegar a ocupar el puesto de prestigio que ocupa? Tal vez si un periodista llegara y me preguntara por él diría: “Fue un niño de familia modesta, pero inteligente”, porque, sin duda, que se necesita inteligencia y mucha astucia para llegar a ocupar los puestos más privilegiados en la política.

Posdata: Veo la foto y digo que yo no debo confundirme: el pueblo es el mandante; es decir, el verdadero poder. Los servidores públicos deben ser los mandados, los enviados.

jueves, 3 de noviembre de 2016

EMBODEGADO




Mi sobrina Pau lo dijo sin malicia, lo dijo como si pidiera una paleta de chimbo o un laurelito: “Tío, a ti, ¿cuándo te van a mandar a la bodega?”.
Rocío la regañó. “¡Ay, niña!, ¿qué cosas dices?”, fue lo que se le ocurrió decir a la tía Elena, antes de jalarla y llevarla a la cocina, donde le ofreció un pedazo de pastel que, una hora antes había sacado del horno.
Yo dije que no tenía importancia, dije que los niños son niños, pero, la espinita ya estaba clavada en mi corazón, una espinita como esas que tienen las mojarras pequeñas, espina casi invisible, pero jodona. Espina que, si no limpiamos bien el pescado puede echar a perder la comida de día de campo. Casi casi estuve a punto de pedir un plátano para ver si así lograba pasar esa espinita tan jodida. “¿Cuándo te van a mandar a la bodega?”. Porque, es cierto, Pau tiene razón, las cosas inservibles se van para ese espacio lleno de telarañas, húmedo y polvoso. Los cacharros y los objetos oxidados van a dar a la bodega. Yo quise echarme porras y pensé que no, que aún no es hora, que aún tengo mucho por hacer, que no soy como una bicicleta con las llantas ponchadas o una máquina de coser ya obsoleta, ¡no!, aún tengo mucho para dar, mucho en qué entusiasmarme. Claro, ya no tengo las ilusiones que tienen los que aún tienen todo por delante, pero en el instante en que estoy creo que estoy en la falda del cerro, de un cerro que (¡prodigioso!) tiene aún reservados unos territorios fantásticos. Este momento ya es de pura subida (aun cuando hay algunos que lo ven como bajada). El ascenso no es sencillo, pero no es para espíritus apocados. Podría decir que todo el trayecto que he vivido no ha sido más que un entrenamiento para esta etapa, para subir este terreno difícil, pero que tiene la ventaja de ser el Everest de cada uno, desde donde, en cualquier rellano, se observa el valle lleno de luz y de aire.
A la bodega se manda lo inservible: latas viejas, llantas ponchadas, cajas húmedas, sillas con tres patas, sofás con la estopa de fuera, radios que ya no sirven y cientos de llaves y tornillos que quién sabe para qué máquina fueron útiles. Pero, debo reconocerlo, a la bodega, de vez en vez, van a dar cosas que no se usan de manera frecuente, pero que aún se utilizan: mangueras, bicicletas de montaña, herramienta para el auto, pedazos de madera que sirven para hacer cercos en jardines, cuerdas, camas y albercas inflables, colchonetas. Es decir, en la bodega conviven objetos inútiles y objetos que se utilizan en ocasiones especiales. El tío Armando tiene en bodega un barril donde conserva comiteco auténtico, durante años y años esta bebida ha sido conservada en la familia, bebida que se usa en ocasiones memorables. Ahí está el comiteco, orgullo de esta tierra, al lado de una mesa que se quedó sin patas.
¿Cuándo me mandan a la bodega? ¡Jamás, Pau, jamás! Soy una persona frágil, pero siempre he pensado que soy un espíritu que no soportaría el encierro de una jaula, de una bodega, de un asilo. ¡No! Si Dios me permite vivir la vejez, la viviré al aire libre. Si el destino me enviara el fatalismo de ser como un clochard de esos que viven en los bajos de los puentes que cruzan el río Sena en París, lo recibiría con gusto, todo, todo, menos la égida falsa de un asilo.
Cuando caminé rumbo a casa, después que pasamos a la mesa y todos comieron un pedazo de pastel y yo tomé un té de limón, pensé que si fuera un objeto de bodega sería (no pensé en otro objeto) un libro y esperaría entusiasmado la presencia de una muchacha bonita que, con un cubre boca, me tomara entre sus manos, me limpiara y, ya en el patio iluminado con el sol y bendecido con el aire, dijera que ese libro era un tesoro y lo llevara a su casa y lo colocara sobre su buró para leerme en las noches. Yo, maravillado, disfrutaría el instante en que ella se quitara su ropa de diario para colocarse una playera holgada que haría las veces de pijama. Vería, entusiasmado, el instante en que dejaría sobre la silla el sostén que durante toda la mañana había aprisionado sus pechos. Sí, de plano, nunca seré un objeto de bodega, seré una hoja seca debajo de un árbol, en medio de un jardín lleno de luz y de ovejas dando cabriolas a mitad del viento.

martes, 1 de noviembre de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA QUIÉN LA TIENE MÁS GRANDE





Querida Mariana: Tal vez en algún momento te platiqué que, antes, los muchachos hacían concursos para ver quién la tenía más grande. No obstante, lo que te contaré nada tiene que ver con juegos juveniles. En Darmen, la municipalidad realiza un concurso anual que así se llama: ¿Quién la tiene más grande? Y es un concurso de una planta de ornato llamada Sanserén. El día 9 de noviembre, los integrantes del jurado van a las casas de los competidores y visitan los jardines. Con una cinta métrica miden el alto y ancho de la sanserén, que es una flor de color rojo con motas blancas.
Romeo dice que aparte del juego que los adolescentes mexicanos hacen como travesura, en la intimidad de los baños, donde cuatro o más amigos usan un regla para ver quién es el campeón, en Armalos, también hacen un concurso que lleva el nombre ¿Quién la tiene más grande?, y que convoca a la población para ver quién tiene la fe más grande, ¿podés creerlo?
Yo entiendo que hay cosas mensurables, pero otras no. A mí jamás se me hubiese ocurrido organizar un concurso para ver quién tiene la fe más grande. ¿Cómo el jurado da su veredicto? ¿Con base en qué?
En Darmen, los integrantes del jurado llevan una cinta y hacen mediciones exactas. El secretario anota en su bitácora el tamaño de la sanserén. El jurado, como ya dije, mide el alto y el ancho, porque son flores que brotan de un tallo y se abren como manoplas. El jurado toma la altura desde la base del tallo hasta la punta del penacho y mide el diámetro de la flor abierta. No hay duda. Al final del día, después que visitaron cientos de jardines, en la plaza del pueblo, ante una multitud divertida y expectante, dan a conocer los resultados y premian a los tres primeros lugares. En Darmen, la flor de sanserén, desde tiempos remotos, es considerada como un símbolo de armonía. Las ancianas las usan para adornar los altares y para preparar tés que ayudan a soñar sueños armoniosos.
Bueno, lo mismo sucede con los traviesos que se sacan el miembro para medírselo con ayuda de una regla de treinta centímetros. Rodolfo (no sé si creerle o no) cuenta que en una ocasión, en Veracruz, en casa de sus primos, jugaron el juego y uno de los amigos de su prima Esther, los venció de entrada, porque a la hora que se sacó su miembro, rebasó la regla. Uno de los amigos (luego dicen que salió del closet) insistía en ir por otra regla a fin de saber el tamaño exacto.
Pero, ¿cómo le hacen en Armalos para ver quién la tiene más grande? ¿Es mensurable la fe? El doctor Pacheco, experto en asuntos de estadística comenta que sólo lo que puede medirse es objeto de estudio científico, lo demás cae en el terreno de la charlatanería. Así pues, para el doctor Pacheco es más importante el concurso de las sanserén o de los penes que el de la fe.
No obstante, cuentan los armalenses, el concurso de ver quién tiene la fe más grande convoca a una multitud, tanto de espectadores como de concursantes, esto último es así porque el triunfador obtiene el prestigio en la comunidad y además el viaje a Jerusalén con todos los gastos pagados.
¿Cuál es la prueba que deben pasar los concursantes de la fe? Romeo dice que todo el pueblo se concentra en la playa y miran cómo los participantes caminan por encima del agua y luego, como si fuera triatlón, deben ayunar durante cuarenta días y cuarenta noches para llegar a la prueba final que es la de hacer figuras de pájaros con barro y luego soplar para que tomen vida y vuelen. Romeo dice que cada año hay más de dos participantes que llegan al final de la prueba; es decir, caminan sobre el agua sin problema y ayunan el periodo exigido, pero, como los habitantes de Armalos, son torpes con las manos, no lograr modelar bien la figura de los pájaros y terminan haciendo ositos o conejos sin cola.