jueves, 6 de octubre de 2016

ENRIQUE VILA MATAS DUERME A PIERNA SUELTA





Vila Matas, escritor español, duerme sin insomnios. Duerme tranquilo, porque en la lista de posibles merecedores del Premio Nobel está como en el número 60; es decir, no tiene posibilidades de llevarse el galardón. Cuando vio la relación de nombres debió emocionarse. Estar considerado entre los cien mejores debe ser emocionante. Pero, esa noche durmió plácidamente porque sabe que no ganará.
¿Qué pasa con los escritores que encabezan la lista de los posibles ganadores de tal reconocimiento, el máximo galardón que puede recibir un escritor?
Hace muchos años leí un best seller del escritor norteamericano Irving Wallace, el libro se llama “El premio Nobel”, ahí, con malicia de escritor de best sellers, da a conocer qué sucede en la vida de hombres y mujeres que, por telegrama, reciben la noticia de haber sido elegidos para entrar al altar de la gloria. (Por telegrama, ¡Dios mío!)
El escritor que recibe el comunicado es un compa norteamericano que tiene un problema severo con la bebida. Él se pregunta si estará sobrio a la hora que pase a recibir la medalla entregada por el Rey de Suecia. El de Wallace es una novelilla atractiva porque acude al morbo que tenemos todos los mortales. Nos seduce la idea de conocer esos mundos que nos están vedados a los simples mortales. Yo, lo más que conozco es a escritores que han ganado los juegos florales de ciudades chiapanecas (escasos, porque los juegos florales cada vez son menos). Aun así, sé poco de sus vidas. Conocer cómo es el mundo de los grandes tiene su encanto. ¿Qué hacen?, ¿qué problemas les atosigan?, ¿cómo son sus relaciones interpersonales?, ¿qué muchachas bonitas se acercan a Juan Villoro, por ejemplo, y manifiestan su admiración?
Wallace nos regaló una historia de ficción que escarbaba en ese morbo. Pero, ¿qué sucede, en la vida real, con quienes están nominados y saben que tienen una posibilidad de acceder al Olimpo? ¿De verdad, como cuentan los que participan en un concurso de literatura, olvidan el asunto y se dedican a otra cosa? No lo creo. No es posible que Haruki Murakami no debe revolverse con tranquilidad en su cama a la hora que apaga la luz del buró. Favorito en la lista desde hace años debe pensar en el premio. En algún momento la duda debe entrar a su mente como delincuente a media noche y debe revolver las gavetas de su emoción. Porque todo escritor sueña en algún momento soñar con la gloria del Nobel, de igual manera que los deportistas sueñan con obtener una medalla olímpica de oro. Para el corredor de maratón de nada sirve obtener el segundo o tercer lugares, de nada. Todo mundo aspira a la gloria del oro; todo mundo aspira a la gloria del Nobel. Y cuando digo todo escritor, hablo de los grandes, de aquéllos que están en las manos de medio mundo. El autor local que apenas es leído por sus paisanos no debe soñar con el Nobel. No debe hacerlo a fin de no aparecer como un lunático.
¿Cómo se llega a ser grande? ¿Cómo alguien puede aparecer en la relación de candidatos al Nobel? ¿Cómo los Mario Vargas Llosa o Vila Matas del mundo llegan a aparecer en diarios y noticiarios de televisión? ¡Ah, ese es uno de los grandes misterios de la vida! Así como dar respuesta de cómo se manejan las listas de probables ganadores al Nobel ¡es otro gran misterio! La vida está llena de éstos. ¿Le darán este año el premio a Murakami? Por el momento es un gran misterio. Cuando se devele, por bien de la literatura, pido que aparezca otro nombre, un nombre literario que vaya más allá en su propuesta creativa, un nombre que demuestre que en el plano literario debe imperar la inteligencia y no el simple recuento de historias sin mucho cimiento. El Nobel a Modiano fue un premio otorgado a lo mediano. ¿En dónde está lo grande? Lo literario no se circunscribe a contar una historia, la literatura aparece cuando esta historia linda con un misterio de la vida y nos seduce esa posibilidad.
¿Por qué no hay un solo mexicano en la lista y sí varios escritores españoles? Ah, este misterio sí se conoce y, tal vez, devela algunos otros misterios que parecen insalvables. España domina, desde hace varios años, el mercado editorial hispanohablante, por ello, por intereses meramente económicos, interesa que aparezcan autores españoles como posibles ganadores del premio máximo de la literatura, para que se sepa que, todavía, la madre España lo sigue siendo. ¡Uf!
¿Qué pasa en la mente de quienes son nombrados como posibles ganadores del Nobel de Literatura? ¿Duermen a pierna suelta? No lo creo. A mitad de la noche deben despertar con angustia, deben sentarse y recargarse contra la cabecera y así, en la oscuridad del cuarto, sólo matizada por una línea de luz que se cuela a través de la cortina de la ventana, deben pensar en el momento en que reciban, ya no un telegrama, sino una llamada telefónica avisándoles que obtuvieron el Nobel, y minutos después cientos de llamadas de periodistas de todo el mundo, como alud, les caerá sobre su cabeza, sobre su conciencia, sobre su vida, transformando ésta para siempre, para siempre.

miércoles, 5 de octubre de 2016



DE LA SERIE “PORQUE LA TELE TAMBIÉN BORDA NUBES” (3)
MARIO ALMADA

Parece que Armando se especializa en noticias fúnebres. Un día me sacó de la clase que impartía y con voz de grillo me dijo: “Murió Juan Gabriel”, lo dijo y se fue. Yo me quedé en la puerta del salón pensando cuál era la urgencia. Entendí que quería ser el primero en informármelo. Lo mismo sucedió con la muerte de Mario Almada, entró a mi oficina, deslizó un papel doblado sobre mi escritorio y, como había entrado, caminando sin pisar fuerte, salió. Desdoblé el papel y leí: “Murió Mario Almada”. Sonreí. Pensé que Armando se “muere” por ser el primero en dar la noticia cuando muera Chabelo, cuando muera Isela Vega.
El mismo Armando dice que el cine mexicano es un cine mediocre, porque no se ha atrevido a eliminar clichés. Un día me dijo que los machos siempre son machos y que las sufridas siempre lo son. No estuve de acuerdo, le dije que un día los cinéfilos nos sorprendimos con la película “Mecánica Nacional”, donde Sara García, quien siempre hizo papeles de madrecita sufridora, interpreta un papel que la obliga a decir palabras altisonantes, tan altisonantes que parecen dichas en altavoz por un verdulero. La abnegada viejecilla se mostraba como una vieja cabrona.
Pero, Armando quería ir más allá. Dijo que el cine debía proponer papeles de homosexuales a los grandes machos. ¿Imaginás -me dijo- a Vicente Fernández interpretando el papel de homosexual? No, le dije, no puedo imaginarlo. Sería un éxito cinematográfico, dijo Armando, y agregó que eso ayudaría a evitar el cliché de país machista que en el extranjero se tiene de México. Lo que no le dije a Armando es que sí podía imaginar al hijo de Vicente Fernández interpretando un papel de homosexual.
La noticia que me dio Armando no me sorprendió. Mario Almada ya había muerto en la película “El mar muerto”, había muerto en una de las muertes más dulces que hombre alguno pueda tener. En dicha película, Mario vive al lado del mar, vive en una cabaña solitaria en una playa solitaria, vive solitario. El hijo llega a verlo, don Mario ya está viejo, casi anciano. La penúltima escena de la película es sensacional, los dos hombres están sentados en la playa viendo el mar, uno está al lado del otro. Don Mario dice: “Cuéntame un cuento” y el hijo dice: “Había una vez”, entonces don Mario, el hombrón enorme del cine mexicano, como si fuese un tímido pajarito dobla la cabeza y la sostiene sobre el pecho del hijo. El hijo, pasa el brazo por detrás de su cabeza, y lo acaricia. Don Mario ha muerto. La última escena de la película muestra al hijo caminando mar adentro, cargando en brazos al padre muerto, a Mario muerto.
Mientras don Mario no actuó en la película “La banda del carro rojo” yo nunca le tomé atención. Para mí, don Mario murió en la película “El mar muerto” y nació en la película “La banda del carro rojo” y esto último fue así, porque, una tarde, Quique y yo, en la Ciudad de México, compramos boletos, palomitas, y nos sentamos en las butacas para ver “La banda del carro rojo”. ¿Tan bajo habíamos caído? Nosotros, los que adorábamos el cine de arte, ¿habíamos hecho fila para ver una película mexicana, perdón, tan de rancho? Sí, lo habíamos hecho porque en el cartel, casi junto al nombre de Mario Almada aparecía el nombre de Lety Pinto, joven actriz mexicana, que había sido nuestra compañera en la secundaria del Colegio Mariano N. Ruiz. ¡Ah, qué chentos nos sentimos cuando vimos a la Lety, la Lety que se sentaba delante de nosotros, al lado de María de los Ángeles, y que jugaba a dar saltitos sobre la banca para que nosotros dijéramos a quién de las dos se les movía más los pechos, y que, al final, Ramiro declaraba empate, para que de nuevo iniciara el juego! Y sí, en el instante esperado apareció Lety, nuestra ex compañera, nuestra amiga. Nosotros nos inflamos de orgullo porque sabíamos que no cualquiera tiene una amiga que aparece en la pantalla grande, ¡en la grande, a todo color, y al lado (esto lo supe después) de un grande de la cinematografía nacional: don Mario Almada! Don Mario que (perdón, Armando) murió en “El mar muerto”, con estas últimas palabras: “Cuéntame un cuento”.

martes, 4 de octubre de 2016

EL NATURAL




La tía Romelia decía que a Julia le brincaba “su natural”. Su natural aparecía en el momento que caminaba frente a una banca del parque donde se reunían los jóvenes del pueblo; movía el trasero como si fuese un barco en medio de una tormenta, mandaba sus nalgas para la izquierda y segundos después las bamboleaba para la derecha. Lograba su objetivo, porque ninguno de los jóvenes despegaba la vista de ese espectacular trasero.
¿Por qué la tía Romelia decía que a Julia le brincaba su natural? Porque, aseveraba, esta indizuela de porra ya trae la calentura desde que nació. En cuanto probó el chupete (chupón) no quiso dejarlo jamás. ¿Usted ha visto cómo los niños disfrutan un pedazo de pastel de tres leches? Pues la Julia se relamía y cerraba los ojos cada vez que chupaba y chupaba. El día que lograron quitarle el chupón (a la edad de siete años), pasó al escalón del dedo, el dedo gordo, por supuesto, pero como el gordo de la mano del tío Arcadio era más gordo y más grande, cada vez que el tío llegaba a casa, Julia se sentaba en sus piernas y, con sus dos manitas, tomaba la mano tosca y llena de vellos del tío y se solazaba chupando el dedo gordo del tío.
Una noche, Juan Jorge, primo de Julia, que había llegado de vacaciones al pueblo, procedente de Veracruz, lugar donde residía y donde estudiaba el bachillerato, entró al cuarto de Julia (que ya tenía trece años) y se sentó en una poltrona que daba a la ventana y la llamó para enseñarle una revista con fotografías del puerto. Julia se acercó y vio que Juan Jorge tenía unos pies hermosos. Calzado con chanclas de plástico, dejaba al descubierto sus pies que tenían un tatuaje realzado en el ojo de pescado. Juan Jorge no se sorprendió cuando su prima se hincó y tomó un pie entre sus manos y le quitó la sandalia. Creyó que ella quería ver la figura del tatuaje, pero sí se sorprendió cuando vio que, contra todos los pronósticos, ella llevó el pie a su boca y comenzó a chupar su dedo gordo. Juan quiso decir algo, detenerla, pero el movimiento fue tan abrupto y resultó tan delicioso que se dejó chupar. Vio que la prima cerraba los ojos, succionaba, hacía un movimiento hacia adentro y hacia afuera, como si fuera un émbolo. Quiso cerrar los ojos para disfrutar la arremetida, pero cuando iba a hacerlo notó que Julia sacaba la lengua y, en lugar de chupar, comenzaba a lamerlo. De acuerdo a la versión que contaba la tía Romelia, esa tarde, Julia agregó a su experiencia chupadora la afición por lamer y jugar con su lengua, ya no en un juego de succión, sino de envolver el dedo en círculos y en juegos de ida y vuelta ensalivados.
Como los lectores comprenderán, Julia (que parecía responder sin trabas a su llamado natural) pasó al siguiente escalón. Cuando el tío Arcadio la llamaba al lugar más oscuro del pasillo y le daba su dedo gordo para que ella lo chupara, la sobrina lo hacía con destreza, pero, minutos después dejaba el dedo y comenzaba a lamer todo el brazo. La primera vez, el tío llevaba una camisa de manga larga, Julia, con su boca, destrabó el botón y ensalivó la muñeca y lamió el brazo hasta llegar al codo.
De ahí, Julia pasó al siguiente escalón. Y lo hizo una tarde en que Juan Jorge, quien desde siempre había pasado la navidad con sus papás, se presentó de improviso en la casa. Todo mundo se sorprendió pero recibió con agrado al sobrino. Lo primero que Juan Jorge hizo fue preguntar por su prima (quien ya tenía catorce años y cuyo cuerpo había ido recogiendo las transformaciones de tal manera que Teodomiro decía que la había tocado el dios del deseo, porque todas las miradas masculinas quedaban arrobadas ante la visión de ese trasero espectacular, de esa boca cuyos labios eran peces siempre dispuestos a saltar y de unos pechos que parecían dos naranjas sin cáscara a punto de derramarse).
La tía Romelia dijo que Julia se había ido al rancho. Lo hizo porque presentía que su hija ya estaba a punto de pasar al siguiente escalón, como fue, porque Julia se escapó del cuarto donde su mamá la había encerrado, entró al cuarto de Jorge y le dijo que había cometido una imprudencia, no debería volver a casa en tiempo de navidad. Juan Jorge quiso hablar, pero ya Julia se hincaba ante él y le lamía la punta del cinturón que, poco a poco, quitó de su cintura.
La tía nada pudo hacer para impedir el natural de su hija. Como decía Teodomiro había sido tocada por el dios del deseo, desde niña.

lunes, 3 de octubre de 2016

AL LADO DEL AGUA




Lo tengo muy claro: Hay que apagar la luz para, en medio de la oscuridad, ver la luz. El primer suceso fue en Uninajab, un espacio de recreo que los comitecos conocen de sobra y al cual acuden en temporada de vacaciones (“temporada” le llaman). Antes, los paseantes mandaban a construir jacales, más tarde mandaron a construir residencias y ahora el espacio cuenta con todas las comodidades de la modernidad. Ganó en comodidad, perdió en naturalidad.
Fue en la casa del maestro Hermilo Vives Werner. Adolfo y yo fuimos un domingo. Cuando la tarde se asomó y luego la noche, salimos al patio y el maestro Hermilo levantó la mano y con ello instruyó para que un muchacho fuera a apagar las luces. Estábamos junto al canal donde corría el agua que baja desde el Ojo de agua; se escuchaba el bramido sosegado de un chorro que caía, desde una gárgola simple, a un extremo de la alberca. El muchacho apagó la luz y la oscuridad se hizo y, en medio de esta oscuridad, apareció el cielo iluminado por cientos de estrellas. ¡Ah, qué cielo oscuro más luminoso!
Lo tengo muy claro: Hay que apagar la luz para, en medio de la oscuridad, ver la luz. La tía Chilita le gustaba leer, pero más le gustaba que le leyeran. Rosario, que era la menor de las primas, había heredado el gusto de la tía: le gustaba leer, pero adoraba leer en voz alta. Los primos la rehuían, porque ella, siempre con el libro de cuentos infantiles, debajo del brazo, insistía en leerles en voz alta, a la hora que los demás querían jugar a las escondidas, a treparse a los árboles a cortar jocotes, a deslizarse por el pasamanos como si éste fuese una resbaladilla, a echarse una “chica” en la bicicleta del tío Antolino. Pero Rosario no se acongojaba, porque sabía que a la hora que la Chilita terminaba con su quehacer se sentaba en el corredor de la casa al lado de una maceta con helechos, sacaba su tejido y le pedía a Rosario que le leyera en voz alta. Yo veía cómo la tía cerraba los ojos y así, como si fuese ciega, continuaba tejiendo con sus hábiles manos y escuchaba las historias que Rosario leía en voz alta y con correctas modulaciones de voz.
Una vez le pregunté a la tía cómo le hacía para tejer con los ojos cerrados, me dijo que tenía una experiencia de más de cuarenta años, dijo: “Mis manos ya saben el camino”. Cuando le pregunté si la lectura también era un camino conocido y por eso escuchaba con los ojos cerrados, me dijo: “Los besos saben más ricos si cerrás los ojos”.
A X un día le pedí que me enseñara a besar y ella me dijo que el primer paso era cerrar los ojos. Así lo hice y descubrí que, en efecto, así, en medio de la oscuridad, se hacía la luz, esa luz de la que habla la Biblia cuando Dios, con un pase mágico, brillante, rotundo, hizo el universo.
Con los ojos cerrados se logra ver la luz. Sé que lo mismo hacen los místicos, lo mismo hacen quienes meditan. No se puede alcanzar la luz divina con los ojos abiertos. Para que la luz llegue al espíritu es preciso apagar todas las luces, las fluorescentes, las de las velas, las impertinentes de las esquinas, las de las pantallas led.
La noche de Uninajab me sorprendió. Jamás había visto el cielo con tanta luciérnaga suspendida. Conforme el tiempo pasó el resplandor se hizo más evidente. Creí que llegaría el instante en que todo sería luz, porque pensé que ese destello de cientos de estrellas se agrandaba hasta hacer minúsculo el espacio de sombra, era como si las estrellas jugaran a tomarse de las manos, a través de los hilos de luz que habían expedido millones de años luz atrás. ¡Millones de luz! Es decir, esa luz que advertíamos había recorrido túneles oscuros a través de miles de galaxias. Entonces decidí hacer lo que la tía Chilita había recomendado: cerré los ojos y dejé de ver el cielo, abrí los labios y esperé que el universo, al estilo de Julio Cortázar, “tocara mi boca, con el borde de su dedo”. ¡Y fui tocado! Y sentí su beso y sentí rico, muy rico, como si los labios de una muchacha bonita posaran sus alas en los míos.
No tengo duda, lo tengo muy claro: Hay que apagar la luz para, como ciego, atrapar la luz. Y el rumor del agua al lado, de la corriente que fluye, el tiempo, la nada.

sábado, 1 de octubre de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE APARECEN ESPACIOS PARA CONSTRUIR MIRADAS SUBLIMES





Querida Mariana: ¿Para qué los hombres construyen bibliotecas, museos, auditorios, salas de concierto y demás estructuras destinadas al fomento de la creación y del arte?
Bueno, como todas las preguntas, ésta puede tener varias respuestas. Desde la que está de moda y que es la manera de que los gobernantes deshonestos justifican el apoyo a las artes y se quedan con una buena tajada del presupuesto hasta la que sería deseable y es la de que el arte ayuda a hacer sociedades más dignas.
Al principio, las sociedades crearon espacios especiales para el disfrute del arte. La gente acudía a las grandes salas a regocijarse con la ópera, con el ballet, con la música culta. Había una necesidad espiritual, una necesidad de crecimiento en las humanidades. ¿Qué sucede ahora? No sé qué pensar cuando me entero que en el Palacio de las Bellas Artes (sí, así se llama, porque invoca, precisamente las bellas artes) se presentó, en días pasados, un concierto de Mijares. Manuelito es un cantante soberbio, pero ¿Bellas Artes es el escenario para que presente sus canciones que son muy medianonas? Poco falta (¡Dios mío, que nunca se cumpla!) para que el guatemalteco Arjona también solicite dicho espacio.
Mario Vargas Llosa, en un libro luminoso e iluminador, habla acerca de cómo el arte puro ha ido perdiendo terreno y ahora el arte se presenta como un gran espectáculo. El cine de arte ha cedido su espacio privilegiado y ahora medio mundo adora el cine de Hollywood con la gran parafernalia de los efectos especiales.
Ya muchos críticos expertos han comentado cómo el performance y las instalaciones que proliferan en museos y galerías son, en muchas ocasiones, muestras fraudulentas, alabadas por gente sin la menor educación en artes plásticas.
Con frecuencia escucho que algunos intelectuales sostienen que la gente común no acude a museos ni a los espacios donde el arte se presenta. ¡Es cierto! Pues ¿qué querían? En los países subdesarrollados (como el nuestro) no existe una educación artística. La gente acude a los espacios donde está lo cotidiano, lo que se ha vuelto costumbre. La gente acude a los estadios, los días en que el fútbol soccer aparece o cuando un cantante o grupo musical actúan.
Pero, ¿cómo revertir esa tendencia negativa? ¿Cómo hacer para que la gente acuda a espacios donde puede alimentar su espíritu? Ya se dijo que el concepto de educación es fundamental. Es una pena que el sistema educativo de este país no le dé importancia al arte; es una verdadera pena que las autoridades gubernamentales soslayen la trascendencia del arte. En el recorte presupuestal de este año, ya lo dijeron los expertos, impacta el porcentaje que el gobierno eliminó al sector llamado cultura. A este sector le mocharon más del treinta por ciento con respecto al año anterior.
A mí, más que los organismos oficiales, me atraen los espacios que promueve la iniciativa privada.
En Comitán, en los años sesenta, querida niña, no existían museos. ¡No! ¿Cómo era posible esto? No lo sé. En casas particulares existían pequeños museos arqueológicos. Los comitecos coleccionaban las figuritas que se hallaban en los campos de siembra. Muchas zonas arqueológicas eran usadas para sembrar maíz, cuando los labriegos echaban la coa brotaban las figuras de barro y los tepalcates (nunca, que yo sepa, alguien dio con un gran tesoro de piezas en oro o alguna máscara de jade). Esas figuras servían para adornar repisas de casas particulares. También existió lo contrario, un tráfico intenso de piezas arqueológicas que eran vendidas a compradores extranjeros. Esta es la razón por la cual mucho de nuestro tesoro cultural está exhibido en vitrinas de países ajenos.
No sé bien, pero, sin duda, quienes poseen piezas arqueológicas en su casa no cometen delito federal. No lo sé. El tráfico sí es penadísimo. Y digo esto, porque, hasta la fecha, conozco a más de dos comitecos que en sus casas poseen piezas originales. Cualquiera podría pensar que esas piezas deberían estar a resguardo de las instituciones culturales oficiales (digamos INAH), pero, se entiende que esos coleccionistas mantienen en custodia el tesoro de nuestro país. Son como pequeños museos privados. Seguro que es más el número de piezas que se ha traficado que el que se conserva en casas particulares. A fines de los años ochenta, con un grupo de amigos, iba a las ruinas de Tenam (aún no estaban bajo la encomienda del Instituto Nacional de Antropología e Historia). En la comunidad de El Puente llegábamos a casa de un muchacho (Víctor, creo que se llamaba o se llama. Ya no debe ser muchacho) y le preguntábamos si tenía figuritas para vender. Nos pasaba a la sala de la casa, con piso de tierra, nos ofrecía unas sillas para sentarnos y un vaso de agua de chilacayote para beber y, poco a poco, iba sacando las piezas de barro que mantenía en otra habitación. Eran figuras prehispánicas que él o sus familiares rescataban de la zona arqueológica en el momento que preparaban la tierra para la siembra. Víctor (¡ay, por Dios!) tenía la costumbre de pintar las figuritas. Como si fuera un ejercicio escolar él tomaba la figura de barro y le echaba color. Usaba el color azul con frecuencia. Como que ese era su color favorito. Adolfo se molestaba, le decía que no lo hiciera, pero nosotros, ya afuera de la casa, le decíamos a Adolfo que no dijera eso, porque entonces Víctor entendería el valor de las piezas y nos las vendería más caras. Una vez, Víctor nos llamó, nos llevó al patio y nos mostró una pieza de piedra. Era la figura de un guerrero, sin cabeza, con las manos atadas a la espalda, hincado. Jorge dijo (como si fuese un experto) que representaba la figura de un hombre que había sido vencido en el juego de pelota. La figura estaba desnuda, apenas se alcanzaba a mirar un mashtate cubriéndole el bajo vientre. Adolfo dijo que no, que no podíamos comprar esa figura. Eso ya rebasaba nuestra inocente acción de comprar figuritas pequeñas hechas en barro o puntas de flecha talladas en piedra. Conozco mucha gente que conserva en su casa puntas de flecha talladas en piedra. Es emocionante saber que esas puntas fueron empleadas para cazar animales de la zona. Las figuras que Víctor nos ofrecía fueron siempre muy pequeñas, tal vez estas figuras eran juguetes de los niños que habitaron esa zona arqueológica. El día que Víctor nos sorprendió fue cuando nos enseñó la figura de piedra, ésta sí medía más de medio metro de altura. ¿Cómo la bajaste?, preguntó Jorge. Víctor sonrió y nos mostró la carreta que estaba en el sitio.
Ahora, el INAH mantiene un museo arqueológico en el edificio que anteriormente ocupó la escuela federal Belisario Domínguez. Ahí están las piezas a resguardo, para el disfrute de todo mundo; ahí, los investigadores las estudian y nos dan pautas de nuestro pasado histórico; pero también hay casas particulares (en todo el país) donde están exhibidas figuras pequeñas que son el complemento de ese rompecabezas incompleto que es nuestra historia. Miles de piezas están en museos extranjeros, en casas de extranjeros millonarios.
Ah, no, a mí no me quedés viendo así. No tengo ni una sola pieza. Tenía un pedazo de estuco que una mañana levanté en la zona arqueológica, pero ya se perdió. Las piezas que a Víctor le compré, que no fueron más de cuatro o cinco (incluidas dos puntas de flecha) las obsequié. Siempre he sido muy dado a regalar los objetos que me rodean. Gracias a Dios no tengo un sentido exagerado de posesión material. Una vez llegaron dos amigos poetas a desayunar a la casa, salió el tema a la hora que tomábamos café y yo me levanté, traje dos de esas piezas y las puntas de flecha y se las obsequié. No sé si ellos las conservan todavía. Debe ser que sí.
Esta historia que te cuento es una historia que se repite en muchos casos. Para nosotros, los legos, es muy difícil identificar la originalidad de las piezas. Mi tío Neto era experto en moldear figuras. Tomaba una piedra, cualquiera del rancho, y, con la paciencia de Job, pero con la impaciencia del comerciante judío, la tallaba teniendo como modelo una de las piezas auténticas que había encontrado cerca de un montículo en la hacienda. Tocado con la gracia de los dioses mayas, el tío lograba crear una pieza que sólo los expertos podían descubrir que no era auténtica. Tenía un método de “envejecimiento” de las piezas con el cual les imprimía un aire de pieza del siglo X. Metía la pieza en un morral y se iba a ofrecerlo a San Cristóbal. En la tarde ya estaba de vuelta en Comitán, con la paga en la bolsa. Esos norteamericanos (sobre todo) deben tener esas piezas en sus residencias creyendo que poseen tesoros originales. Sólo faltaba que el tío le pusiera una etiqueta, en la base, con su número de teléfono por si alguien deseaba adquirir otra figura tallada por los mayas.

Posdata: Me fui por otro camino. Quería contarte de los espacios dedicados al arte que la iniciativa privada ha construido y de los beneficios que esto provoca en la población en general, pero, bueno, será motivo de reflexión en otra carta.

jueves, 29 de septiembre de 2016

KURST




Todo comenzó como un juego, inocente, de hierba frágil. Cualquiera diría que Kurst era un gato común y corriente, pero no era así, porque era blanco como conejo y en esto radicaba su misterio, su capacidad de camuflarse, de mimetizarse, de casi casi convertirse en el objeto, planta, animal o persona cercanos.
Cuando estaba sobre la repisa, al lado de aquella figura de porcelana de Sèvres, Kurst semejaba una deidad egipcia. Su pelaje blanco dejaba de estar esponjado y, como si alguien le hubiese puesto gomina, se le untaba al cuerpo con tal intensidad que parecía un gato sin pelambre. ¡Ah, qué dignidad en su postura erguida! Desde la altura de la repisa veía toda la sala, con su soberbia animal de dios. Era tal su capacidad de camuflaje que un día la señora Guillén, mientras doña Galinda iba por la tanda, ella se quedó viendo las figuras de la repisa y estuvo a punto de tocar lo que ella creyó una simple figura de porcelana. Por fortuna, doña Galinda regresó con los billetes en lo alto, moviéndolos como si fuese un abanico y la señora Guillén se volvió, sonrió y recibió los billetes uno por uno. ¿Qué habría pasado si la afable señora hubiese extendido la mano y tocado a Kurst? ¿Qué habría hecho Kurst? El gato pensó que hubiese sido un juego divertido, dejar que la mano se acercara, que sintiera el frío de la porcelana, que la mujer lo tomara, lo llevara cerca de sus ojos para buscar en la base la etiqueta de la marca de Sèvres, para constatar que doña Galinda poseía objetos finos y no baratijas “made in China”. Y cuando la señora Guillén, saciada su curiosidad, estuviese a punto de dejar sobre la repisa de madera de cedro lo que ella consideraba una figura de porcelana, Kurst habría cerrado la actuación esponjándose y dando un maullido como si fuese una insistente chicharra. ¡Ah, habría sido un éxito actoral!, pero la mujer tuvo suerte y no fue más allá, porque había entrado a la casa no por el gato sino por el dinero de la tanda.
Fue entonces cuando Kurst ideó lo que debía hacer. ¿Quién en la casa lo trataba mal? Sólo Adolfo, Adolfito, el hijo menor de la familia Hernández Suárez. De doña Galinda nada podía decir. Lo mismo sucedía con don Galo, el viejo que recién se había jubilado, era un hombre afable, casi cariñoso con él. Temprano abría el cuarto que servía como bodega y donde cada noche lo metían para que durmiera, lo sacaba y, haciéndole cariños sobre su lomo, le servía un plato de croquetas. El gato era agradecido, se sobaba dos veces en la pierna izquierda de don Galo y luego, ya, se dedicaba a comer. Faustina, quien era la sirvienta, tampoco era grosera con él. Podía decirse lo mismo que de don Galo, le dispensaba un trato afectuoso. Doña Galinda lo adoraba. Cada temporada de frío le tejía chambritas, como si fuese un bebé, y las colocaba a manera de sobrecama sobre el cojín que tenía la cesta de mimbre donde Kurst dormía. Sí, el único grosero era Adolfo. Si Kurst hacía el intento no recordaba un solo instante en que él hubiese sido, ya no digamos amable, un poco respetuoso. Cuando Kurst estaba más pequeño, una tarde en que Adolfo había acompañado a la caterva de sus amigos del colegio, uno de los niños, el que llevaba la gorra de beisbolista al revés, había sugerido (¡bonita sugerencia!) que atraparan al gato y que, como parte del juego, le amarraran la cola con una cuerda y lo colgaran en una rama del árbol de jocote. Kurst había visto a Adolfo de inmediato, lo había hecho en espera de que él dijera que no, esperaba que propusiera otro juego, ¡habían tantos juegos para jugar!, pero ¡no!, Kurst vio con desilusión al principio y con coraje al final que Adolfo dijo que sí y fue a la bodega (al lugar que era como la casa del gato) por una cuerda fina, resistente, para colgar al gato de la cola. Kurst, como pudo, trepó al árbol que los niños maldosos emplearían para colgarlo, se acercó a la ardilla que siempre comía avellanas y se camufló de tal manera que cuando los niños vieron volar una ardilla de una a otra rama no imaginaron que era el gato camuflado. La visión de las ardillas hizo que los niños olvidaran la idea macabra de colgar a Kurst y entender que la ardilla, tan veloz, tan sagaz, nunca sería objeto de sus juegos perversos. Kurst vio desde lo alto de la rama más alta como los niños cambiaron de idea y la cuerda les sirvió para atar a uno de ellos (al que hacía de ladrón) y conducirlo a la bodega (que sirvió como prisión). Por eso, cuando imaginó lo que a la señora Guillén le provocaría tocar lo que ella consideraba una figura de porcelana, decidió que le haría una broma al tal Adolfito. La noche del viernes, a la hora que Adolfo ya había apagado la lámpara del buró, había levantado ambas piernas para liberar las sábanas y colchas debajo del colchón, a fin de que sus pies pudieran permanecer calientes durante toda la noche, Kurst se camufló en hoja de papel y pasó por debajo de la puerta; ya adentro del cuarto se mimetizó en aire y voló hasta el buró donde se convirtió en reloj despertador. Así permaneció toda la noche, moviendo la cabeza a la izquierda y a la derecha, cada segundo, hasta que llegaron las cinco de la mañana, hora en que comenzó con su alarido de despertador. Adolfo, quien dormía al lado contrario, se volvió, con la mano buscó a tientas el despertador sobre la superficie del buró. Su mano chocó contra un frasco de pomada que su mamá le ponía todas las noches para evitar el dolor de brazo que a veces le molestaba, siguió buscando hasta que dio con lo que él creyó era el despertador. Su mano se paralizó cuando halló una superficie llena de pelos, curva, enorme, de rata, ¡de rata enorme, gigantesca! Adolfo retiró la mano, golpeó contra la lámpara, ésta cayó, se quebró. Kurst saltó sobre la cara de Adolfo y la rasguñó, patinó sobre ella en intento de regresar al buró. Adolfo creyó que no era rata, que era un león y se desmayó.
Ante el ruido los papás acudieron de inmediato, se alarmaron al ver el tiradero, al hallar a su hijo con la boca doblada como si fuese una sardina enlatada. El médico (horas después) dijo que la pérdida del habla había sido por un impacto mental demoledor. ¿Qué le había pasado antes de dormir? La mamá decía que nada especial, ella le había puesto su pomada, como todas las noches, le había hecho la señal de la cruz sobre su frente, lo había besado y había cerrado la puerta con cuidado, como todas las noches. Ella había escuchado el clic de la lámpara a la hora que su hijo apagó la lámpara. Debe haber tenido una pesadilla brutal, sentenció el médico. Kurst sonrió, se acercó a las piernas de don Galo y se sobó una y otra vez en su pierna izquierda. Don Galo bajó la mano y lo acarició, mientras daba órdenes de que buscaran en el directorio telefónico a una enfermera que llegara para cuidar a su hijo.

martes, 27 de septiembre de 2016

COMO EL AGUA CUANDO SE EVAPORA




Admiro a los chefs, a los boleros, a los artistas que pintan sobre el piso. Los admiro porque no buscan la gloria de la inmortalidad. El chef prepara un platillo exquisito y media hora después el comensal ya le dio una muerte dulce. Lo mismo sucede con la labor del bolero, después del ritual en el templo, el recién casado termina con los zapatos vomitados por un compadre que se excedió en tragos. ¿Y qué decir de esos artistas que, con gises de color, pintan increíbles dibujos, mismos que después de un aguacero quedan convertidos en nada? Las obras de los chefs, boleros, artistas mandaleros y mil oficiantes más quedan convertidas en nada después de un cierto tiempo.
Por lo mismo, también admiro a los fotógrafos, a los cineastas y a los escritores, porque son quienes se encargan de dar testimonio que, una tarde, el chef fulano de tal ofreció una tostada con flor de calabaza al gratín. Asimismo, el fotógrafo es quien toma la placa que demuestra que Juan eme tuvo los zapatos bien boleados y la novia el vestido impecable (porque el compadre borracho también salpicó el albo vestido de la recién casada).
Admiro a los escritores porque son ellos quienes consignan, para la posteridad, las historias de esos hombres que dedican su vida a realizar obras perecederas, fugaces.
¿Qué muestra de mayor humildad en el pescador? En la madrugada sube a su barco, se interna en el mar (aún con el riesgo de una tormenta), lanza su red y regresa a la playa, sudoroso (aguijoneado por los rayos del sol inclemente del medio día), con la pesca lograda. Guarda los pescados en una cubeta y los lleva al mercado donde vende el producto. La genialidad de Hemingway logró dar cuenta de la grandeza miserable del pescador en “El viejo y el mar”. ¿Qué llevó el viejo a la playa después de una batalla infinita? Llevó despojos, él mismo fue un despojo, un harapo. ¿Quién hubiese reconocido tal hazaña? Fue necesario que Ernest tomara la máquina mecánica y diera luz a la sombra.
¿Y las putas que permanecen en las esquinas y se acuestan con borrachos en cuartos de moteles apenas iluminados por el letrero fluorescente? ¿Y los que hacen artesanías con barro o con cáscara de coco? ¿Y los taxistas y choferes de tráileres? Sus oficios son oficios de albañal, donde el agua de su labor se diluye, se hace hilo que se rompe, se hace nada.
Lo mismo sucede con los oficinistas y con los delirios de los poderosos. Todo se vuelve nada. Sólo perdura la creación de unos cuantos. El papa que mandó a pintar la capilla sixtina ya cumplió la sentencia bíblica y regresó al polvo. Por el contrario, la obra de Miguel Ángel está incólume, grandiosa. En estos días se presentan réplicas de esa obra monumental en la ciudad de Puebla. Ya, en la Ciudad de México, se montó una estructura, con escala uno a uno, de ese prodigio. La obra de los creadores está cerca de la línea infinita. Pero, ¿quién vale más: el modesto artesano o el fotógrafo renombrado? ¿El que trabaja con la conciencia de que todo acaba o el iluso que sueña con la inmortalidad?
A veces voy a los panteones y descubro muchos nombres en las lápidas. Nombres que nada me dicen. Amigos que han ido a París me cuentan que en el cementerio de Montparnasse todo es como muy conocido, como íntimo, como inmortal, porque las tumbas están llenas de nombres famosos. Son personas que ya son polvo, pero que sus nombres traspasaron la línea de la inmediatez. ¿Tiene alguna importancia?
Admiro a los hombres que, de manera anónima, conscientes de que su obra es frágil, ponen su vida entera al servicio de ese oficio. Admiro a los que venden cachitos de lotería; a los que, en las esquinas, ofrecen naranjas con chile en polvo; a las que, en su casa, pedalean sobre viejas máquinas de coser; a las alumnas que, con el escote abierto, se acercan al escritorio del maestro para pedir otra oportunidad en el examen reprobado. Admiro a los viejos que dan de comer a las palomas en las plazas; a los que despachan gasolina; a las que cortan el cabello en sus estéticas de sillas frágiles; a los que cargan maletas en los andenes; a las que corren todas las mañanas, bien sea para llegar a tiempo a la maquiladora, o como ejercicio.
Admiro a todos aquellos que se dedican a oficios simples, oficios que construyen puentes de día que se consumen al llegar la noche.

lunes, 26 de septiembre de 2016

LOS JUEGOS DE LA VIDA




Hay un juego en el Facebook que se llama: Si tu vida fuera un libro, ¿quién sería el escritor? Y es como un horóscopo, donde todos los Aries tienen el mismo destino. He visto a dos amigas que les tocó Gabriel García Márquez como el narrador de sus vidas. Las dos demostraron emoción. Imagino que el juego electrónico tiene en su base de datos a los escritores más connotados del mundo y de ahí la ruleta elige a uno al azar. Mis dos amigas, fascinadas, me dijeron que les había tocado un premio Nobel de Literatura. ¿Por qué no lo hacés?, me dijeron.
¿Mis amigas reflexionaron en lo que el juego vaticinó? No lo creo, porque las conozco a ellas y sé que la imaginación de Gabo no corresponde a sus personalidades. X y Y (las llamaré así para no dar pistas de sus nombres verdaderos) no tienen nada que ver con el realismo mágico. No tienen nada que ver con mujeres que levitan, ni con mujeres a las que les da el mal del olvido. No tienen nada que ver con las putas tristes.
El juego se me hace interesante, como cualquier juego que estimule la imaginación. Pero es un fraude desde el instante que es la imposición estilo maquinita de Las Vegas. Me da roña pensar que me tocará el mismo escritor que le toque a Juan Ñ o a Romeo Z, cuando, todo mundo sabe, que Juan Ñ no tiene nada que ver conmigo.
Si de veras jugáramos al juego: Si tu vida fuera un libro, ¿quién sería el escritor?, la posibilidad debería hacerse al contrario; es decir, habría qué elegir al escritor favorito y, a partir de ahí, escribir una relación con los rasgos de la personalidad y con momentos importantes vividos, para que el escritor jugara a escribir la novela de la vida.
Así, entonces, me dirijo al lector de esta Arenilla y le pregunto: ¿Cuál es tu escritor mexicano favorito? Digo, para no aparecer malinchista, lo más recomendable (en un juego inicial) sería elegir a un paisano. ¿La Poniatowska? ¿Ángeles Mastretta? ¿Juan Villoro? ¿Héctor Cortés Mandujano? ¿Fernando del Paso? ¿José Agustín? ¿Laura Esquivel? ¿Xavier Velasco? ¿Silvia Molina? ¿Nadia Villafuerte? ¿José Martínez Torres? ¿Ethel Krauze? ¿Jorge Volpi? ¿El poblano Pedro Ángel Palou? ¿Sergio Pitol?
¿Ya tenés el nombre de tu escritor favorito, el que se encargará de escribir la novela de tu vida?
Muy bien. Ahora debés proceder a decir tu edad, sexo y lugar de residencia, para, luego, elaborar la relación de rasgos de carácter. Por ejemplo: Soy tímido; me gusta comer panes compuestos; camino por las tardes; no me gustan los gatos, pero adoro los perros (también las perras); juego fútbol; tomo cerveza con botana los sábados; las mañanas de domingo las empleo en ver futbol por la televisión; y diez o doce características más, incluidas las de tener la costumbre de morderse las uñas y de ver cine mexicano todas las noches.
¿Ya hiciste tu lista?
Perfecto, ahora es preciso anotar unos diez o doce instantes decisivos en la vida. Por ejemplo, la mañana en que tu papá te soltó en la resbaladilla y vos caíste de bruces y te lastimaste la cara (y comenzaste a odiarlo); la tarde en que tu mamá no supo decir cuánto te quería como respuesta a la pregunta de Marlene, la chica que, en ese momento, era tu novia (y comenzaste a odiarlas); el momento en que el maestro de natación te aventó desde el trampolín de diez metros; la noche en que Irene exigió que te pusieras condón y vos te palmeaste las bolsas del pantalón, sabiendo que nunca comprabas preservativos; el día que te casaste y llovió y tu futura esposa lloró porque su vestido se manchó de lodo; la mañana en que te invitaron a Los Pinos, la residencia presidencial, y no fuiste y te quedaste en el hotel porque te dio una infección estomacal que te mantuvo sentado en la taza del baño todo el día; la noche en que entraste, por primera vez, al Palacio de Bellas Artes y te deslumbraste con la actuación de un ballet de Cuba; el día que, en la Feria Internacional del Libro, conociste a Xavier Velasco y te arrepentiste de haberlo hecho, porque te pareció muy común, casi como el vecino borracho con el que siempre te topás cuando salís de casa.
Una vez hecho tal recuento, debés conseguir la dirección de tu escritor favorito (¿te decidiste por Juan Villoro?) y enviarle el material con la explicación anexa. A partir de ese instante no harás más que estar pendiente de que una mañana, como a las diez, toquen a la puerta de tu casa y salgás para recibir el envío por mensajería de un ejemplar de tu libro, de tu vida, escrita por Villoro. Si tu vida fuera un libro, el escritor sería Juan Villoro, porque vos así lo decidiste y él consideró que tu vida no era un desperdicio.
Ahora que, si los de mensajería nunca tocan a tu puerta, después de diez años, dirás que el juego no funcionó y será mejor optar por otro, por uno que se llama: “Si tu vida fuera azul, ¿cuál sería el gris de tu futuro?”

jueves, 22 de septiembre de 2016

DE LA SERIE: “PORQUE LA TELE TAMBIÉN BORDA NUBES” (2)





Acá está Isela. El símbolo sexual de los setenta: Isela Vega. La mención de su nombre catapultaba la hierba amarga de la adolescencia. Cuando el carro de promoción del Cine Comitán anunciaba que se exhibiría una cinta con ella como actriz principal, medio mundo hombre dejaba de hacer lo que hacía y cancelaba citas o las catafixiaba para verse en la función de las seis. ¿Cómo iba uno a dejar de ver una película con esa diosa, con la mamá de las pollitas eróticas del cine mexicano? Porque, habrá que decirlo, ella era la mera madre. La primera actriz que hizo un desnudo en el cine, la modosita de la María Félix, la inquietante Pilar Pellicer y las pichitas de Meche Carreño y Leticia Perdigón eran poco menos que aire contaminado al lado de la diosa: ¡Isela Vega! Norteña, bragada, grosera, encuerada. Todo mundo cinéfilo esperaba con inquietud un nuevo estreno, un estreno donde ella apareciera anunciada. Todo mundo sabía que la Vega mostraría su cuerpo sin pudor, porque ella no tenía la gracia de la sugerencia, ¡no!, ella aventaba el magistral par de pechos como si un chubasco de cuerpo sin anuncio previo (bueno, en realidad ya estaba bien anunciado, porque cuando el programa del cine decía que Isela actuaría, todo mundo sabía que se encueraría y que enseñaría ese par que, ya se dijo, era como los balcones donde el deseo asomaba de inmediato. Si los cinéfilos tenían suerte, ella, mar de miel amarga, dulce salado, también enseñaba su monte de venus. Ah, los cinéfilos éramos felices, sabíamos que toda la vida se concentraba en ese instante y reconocíamos que ahí estaba la cumbre más alta, el nicho más luminoso).
Pobres las comitecas de nuestra generación. Pobres, porque nosotros no dejábamos de hacer comparaciones. ¿Quién podía competir con la voluptuosidad de la Isela? ¡Nadie! Nuestras amigas eran modositas, envueltas en chales finos, bien habladas, finas. Isela era una yegua, una potra desempotrada. La amábamos con la misma intensidad con que la temíamos. Nadie (en sus cinco sentidos) habría soñado con acostarse con Isela. ¡Cómo, si era una mujer castrante, una mujer divina, una mujer que hacía cucaracha a cualquier hombre! Seguro que ella tenía que acostarse con algún amigo de Neptuno, con alguien que viviera en el Olimpo. Ella era para seres superiores, no para cositas humanas. Por eso, gracias comitecas lindas, porque ellas sí despertaban nuestros sentimientos más tiernos, las amábamos, las idolatrábamos. Pero lo que ellas nunca supieron es que a la hora de ir a dormir, a la hora de meternos debajo de las camas, nuestras manos (en movimiento automático), como serpientes, bajaban hasta nuestros genitales (por debajo de la pijama) y, con los ojos cerrados, veíamos la imagen de Isela recostada en una cama con cabecera de latón forjado. Isela diosa nos regalaba sus pechos perfectos con sus pezones de botón de rosa café. Ahí estaba el deseo, ahí estaba el sueño supremo. Ya al otro día, las comitecas bonitas volvían a tomar el lugar que les correspondía.
Sabíamos que ninguna comiteca hacía lo que Isela hacía, porque las cachorras no pueden compararse con las leonas (años después me enteraría que mis amigos -menos cinéfilos que yo- jugaban con sus novias los mismos juegos de la Isela y también eran unas potritas desenfadas. ¡Ah!, de haberlo sabido).
Y acá está doña Isela. Mujer que sigue siendo una de las actrices que más admiro. Y esto es así porque la Vega entendió que la naturaleza es implacable y dejó que las arrugas se colocaran orgullosas en ese orgulloso cuerpo. ¿Cuántas actrices recurrieron al cirujano para tratar de camuflar la edad? Muchas. Isela ¡no! Ella dejó que su cuerpo se llenara con arrugas y las enseña con el mismo desparpajo que mostró sus tetas y su mata de pelo negro, negrísimo, calentísimo, adoradísimo.
Ahora, doña Isela actúa en papeles de vieja, de vieja cabrona, porque, habrá que decirlo, no le quedan los papeles de mujer abnegada, ella sigue la misma diosa de roca que fue siempre, pero ahora, ¡qué bueno!, ya no enseña chichis, ahora muestra lo que tiene adentro. Por esto, Isela sigue siendo una de mis consentidas. Ahora, imagino, sus pechos son dos enormes manzanas pasa, chupadas, arrugadas. Pero ¿cuál es el problema? Si quiero recordarla impecable, absoluta, rotunda, cabroncísima, calentísima, me basta entrar a youtube y ver “La viuda negra” para ver cómo Mario Almada, que hace el papel de cura, queda sorprendido ante ese cuerpo maravilloso. La Isela se coge a don Mario, porque lo atrapa con su telaraña infinita. ¡Dios mío!, si la Vega se cogía a los curas, ¿qué podía esperarse con los demás, simples mortales? Isela se cogió a millones de espectadores calenturientos y todos éstos fueron felices, aunque fuera por un ratito, en medio de un sueño.
Isela sigue siendo una de mis consentidas. Nada hizo para impedir el paso del tiempo. Ahora es una vieja, casi anciana, que sigue dando cuerda. Vieja cabrona, vieja chingona, vieja maravillosa, sin pelos en la lengua (en realidad, los que quedaban con los pelos en la lengua eran los otros, Mario Almada, en el papel de cura, sin duda).

martes, 20 de septiembre de 2016

PUENTE SOBRE EL RÍO DE COMITÁN





Comitán no tiene río, apenas un hilo de agua sucia que llamamos Río Grande. El Río Grande, ya Óscar Bonifaz lo dijo: ni es río ni es grande. No obstante, en esta fotografía, está un puente. Un puente, como esos colgantes de Chamic, como esos que van de una a otra orilla del río Sena. Un puente que une dos orillas inadvertidas.
¿A quién se le puede ocurrir construir un puente que vaya de la Tierra a la Vía Láctea? ¡Es un proyecto imposible!, dirán muchos. Pero hay personas que sueñan con construir puentes. Hay muchos soñadores. Pero los soñadores son prescindibles. Los imprescindibles son los que sueñan los sueños y les echan mezcla y les tienden cuerdas y les adosan tablones para que los puentes sean realidades. Los imprescindibles son los que posibilitan que otros, poco soñadores y poco constructores, pero con curiosidad por saber qué hay del otro lado, crucen esos puentes.
Cuando las personas van en auto y cruzan el puente Chiapas, que une orillas en la presa Malpaso, todo mundo se sorprende ante ese prodigio que es una línea sobre el agua, pero a nadie le interesa saber el nombre de los constructores. Esos nombres son nombres que se ahogaron en el instante que ahogaron los cimientos en cemento.
El puente que acá se ve es como una línea que va de un lado a otro. Por fortuna sí sabemos los nombres de los cimientos. Una base del puente se llama Óscar y la otra se llama Manolo. Óscar Bonifaz y Manolo Morante forman el puente. Ninguno de los dos es más o menos importante que otro. Los puentes tienen esa característica: los anclajes de ambas orillas son necesarios e imprescindibles. Sin la presencia de Óscar este puente no existiría; lo mismo puede decirse: sin la presencia del ojo fotográfico de Manolo el mundo estaría como ausente.
Manolo se dedica a captar a personajes y monumentos de Comitán; lo hace desde hace poco tiempo. Una tarde pensó que sería bueno hacer una bitácora de personajes y de instantes; pensó que a través de sus imágenes podría realizar un registro del Comitán contemporáneo. ¡Está en lo correcto! Tan es así, que acá, en este puente, logró una imagen que difícilmente se repetirá. Óscar, como si fuera Diógenes, tiende un haz en pleno mediodía. ¿Por qué Óscar lleva una lámpara en la mano si la luz que se derrama en Comitán es generosa? ¿No le basta esa luz para hallar lo que busca, lo que a los hombres de todos los tiempos se les escurre entre el vacío y la plenitud? Diógenes andaba con la lámpara encendida buscando “un hombre honrado y aún con el candil encendido no podía hallarlo”. ¿Qué busca Óscar que ni la luz en cascada le alcanza para hallar la cosa buscada?
Uno no puede saber qué luces y sombras habitan en los cerebros de las personas. Tal vez Óscar lleva esta lámpara por cuestiones prácticas, tal vez la lleva porque en el Teatro de la Ciudad se le cayó una moneda en un hueco oscuro del escenario; o tal vez la lleva porque la lámpara tiene un nombre: es “Una lámpara llamada Rosario”. Óscar, como si fuese integrante de una cofradía, de esos que jamás abandonan el rosario porque lo rezan todas las tardes, ha sido fiel a la memoria de Rosario Castellanos y la lleva a todos lados, a todas horas.
Acá hay un puente, un puente sobre un río que se desborda en nubes y en aire. Un cimiento se llama Óscar y el otro se llama Manolo. A la usanza de clásico chiste del político que promete hacer un puente, cuando alguien del pueblo grita: “No tenemos río”, Manolo dice: “Haremos el río”. Acá está el puente. Falta hacer el río. El río ya es lo de menos. El puente era el difícil. Para lo otro basta esperar que llueva, que llueva mucho, para encauzar el agua por debajo de este puente.
¿En qué otro instante Manolo captará a Óscar llevando una lámpara en la mano? Tal vez ya nunca. Óscar, lámpara de inagotable palabra; Manolo, lámpara de inagotable imagen.
Acá ¡hay un puente!

lunes, 19 de septiembre de 2016

DE LA SERIE: “PORQUE LA TELE TAMBIÉN BORDA NUBES” (1)





Una noche, Eugenia León cantó Comitán. Cantó la canción de Roberto Cordero Citalán, esa que dice: “…Comitán, Comitán de las flores, donde están mis amores, los que quieren de verdad…”. Muchos cantantes han interpretado esta famosa canción. En el plano local, todos los grupos de marimba la tienen en su repertorio. La Estudiantina de la Preparatoria, de los años setenta, no la tenía en su relación de canciones y cuando fue a Casa de Gobierno a cantarle las mañanitas a la esposa del gobernador estuvo a punto de caer en descrédito, porque la señora, satisfecha por la calidad de la estudiantina, se sentó a mitad de la sala y pidió ¡Comitán! Eh… el director de la estudiantina, con la pena, estuvo a punto de decir: “No la tenemos puesta”, pero Ramiro Domínguez (qepd), quien era un excelente guitarrista, jaló una silla a mitad de la sala, subió el pie izquierdo sobre el asiento tapizado y con sus dedos hilvanó los primeros acordes. El director del grupo se limpió la frente sudorosa (por el calor tuxtleco e incrementado por los nervios), se paró frente a los integrantes, levantó las manos y comenzó a dirigir a la estudiantina, convertida en un símil de los niños cantores de Morelia. Todos comenzaron a cantar: “Comitán, Comitán de las flores…”. Al final, la señora se paró y fue a abrazar a Ramiro. El honor del pueblo había sido salvado. Ramiro había sido el héroe de esa mañana.
Los que saben dicen que, en México, hay tres voces femeninas contemporáneas que parten los cielos de la música: Guadalupe Pineda, Eugenia León y Tania Libertad (quien nació en Perú).
Eugenia cantó Comitán en una noche tuxtleca. En el video del canal 22, del programa Tocando Tierra, se ve cómo Eugenia está en una explanada en los altos de Tuxtla. Al fondo, como si fuera un vestido de luciérnagas, Tuxtla se derrama generosa y parece tenderse a los pies del genio de la cantante y de la inspiración del compositor. (Don Roberto Cordero Citalán se revolvería en su tumba si supiera que el Canal 22 puso que la canción Comitán se llama Comitán de las Flores y es de Dominio Público. Bueno, se ha cantado tantas veces y a los comitecos les significa tanto que dicen que es el himno de Comitán, así que los comitecos se la han apropiado como si fuera uno más de los aires que llegan de la Ciénega.)
Los ejecutantes musicales que llegan de otra parte saben que si quieren apachurrar el corazón de los comitecos y ganarse su cariño, al final de su actuación deben interpretar la canción Comitán. La gente aplaude; saca sus pañuelos, con los que, primero, se secan las lágrimas de emoción, y, luego, como si estuvieran en el estadio Santiago Bernabéu, los levantan y los mueven como palomas arrechas. La tarde de inauguración del Auditorio Belisario Domínguez, un pianista que acompañó a la mezzosoprano Cassandra Zoé, cerró el acto. Pobre la Zoé, el pianista se llevó la tarde. ¡Cómo no! Con todo el colmillo retorcido dijo a la audiencia que le haría un regalo, se sentó y, sonriente, comenzó a tocar los acordes de ¡Comitán! Los aplausos asomaron como cohetería en el cielo. La actuación espléndida de Cassandra no alcanzó tal cantidad de aplausos. Ya sabe la mezzosoprano que, para la otra, como cierre de su actuación debe cantar Comitán.
De las tres cantantes mencionadas, la que menos me gusta es Tania (perdón). No le aguanto más de dos canciones. A la tercera, como si fuese un melómano aficionado grito: “¡Otra, otra, otra!”, pero ¡otra intérprete! La disfruto con dos canciones. Ya luego me empalago. ¿Quién es capaz de comerse diez chimbos uno tras otro? Sí, Tania me empalaga. ¿Y Guadalupe Pineda? Me gusta más que Tania, pero menos que Eugenia. Sé que es cosa de gusto musical y ya los sabios dijeron que en gustos se rompen géneros y en géneros musicales se rompen gustos. Me gusta la voz de Eugenia, me place la León que borda nubes con los hilos del pentagrama y, ahora, cuando estoy contento busco su interpretación en youtube y me la bebo como si fuera agua fresca.
Una vez, hace años, Eugenia ganó un festival de la canción, realizado en Europa. Los chauvinistas inversos de siempre dijeron que le habían concedido el premio como consolación para México, porque recién había ocurrido el terremoto que botó, entre otros edificios, el Hotel Regis. Lo único que sé es que yo recuerdo una magnífica interpretación de la canción de Marcial Alejandro que se llama “Fandango” y que, como el título enuncia, es una bullanguería bien sabrosa. Eugenia, como si fuese un pájaro, se trepó a la rama más alta y ahí lanzó sus líneas de luz.
En la canción Comitán, Eugenia se hace acompañar de un acordeonista y de la marimba de las hermanas Gutiérrez Niño. A mitad de la canción, la León se echa un viva, un ¡viva Chiapas!
Algo debe haberle quedado a Eugenia de esa noche que cantó Comitán en Tuxtla. A nosotros, los comitecos, nos regaló una bella interpretación; interpretación que, debo decirlo, no conocen todos los habitantes de este pueblo. Su obsequio fue como un ramo de flores de tenocté. Y digo que algo debió llevarse en su corazón, porque ahora que la vi en el canal 11, ofreciendo una entrevista, hallé que en su sala tiene una marimba. ¿En cuántas casas de comitecos hay una marimba?
Llama mi atención que para celebrar las fiestas patrias, por ejemplo, en la Embajada de México en España hubo marimba. ¿Qué se escuchó en Tapachula? La voz de silbato desafinado de Paulina Rubio. Aplausos para el embajador de México en España; rechiflas para el gobierno del estado de Chiapas, el estado que debiera enorgullecerse de la marimba.
Por ello, Eugenia me cae bien, porque es un cenzontle y en la sala de su casa tiene un árbol de hormiguillo con forma de marimba. Y me cae más bien porque le regaló a Comitán una maravillosa interpretación de Comitán.
Quien no haya escuchado tal versión puede encontrarla en youtube. Lástima que el canal 22 no incluyó imágenes de Comitán. Las imágenes que aparecen son de pueblos chiapanecos. Para justificar tal yerro se puede decir, en una exageración afectuosa, que todo Chiapas es Comitán.

sábado, 17 de septiembre de 2016

CARTA A MARIANA, CON EL CIELO ABIERTO




Querida Mariana: Nada descubro si digo que hay días claros y días grises. El gran escritor Roberto Bolaño, en su novela 2666, dice que un día gris es como “una nube de mil kilómetros de largo”. El otro día, el cielo comiteco se oscureció con una nube inmensa, tan inmensa como la cola de un pavo real negro. Llovió, llovió mucho, horas y horas. Cuando dejó de llover, el cielo se aclaró y mostró una cara espléndida, limpia.
Pancracio dice que el cielo se abre cuando deja de llover, cuando esa nube “de mil kilómetros” se diluye; la tía Romelia dice que, de acuerdo con la Biblia, el cielo se abre cuando aparece el Espíritu Santo y desciende en forma de paloma.
Cuando fui niño, mis cielos siempre estuvieron abiertos. Si llovía, mi mamá cerraba la ventana de mi cuarto, encendía la lámpara del buró, tomaba un cuaderno, lápices de colores y me decía que dibujáramos paisajes con cielos azules y soles redondísimos, naranjísimos. Cuando dejaba de llover, mi mamá abría los postigos y yo veía un cielo claro, abierto, como si hubiese una ventana que dejara pasar la transparencia de la luz de la tarde. Nunca, que yo recuerde, hallé un cielo gris u oscuro. Todos mis cielos fueron luminosos, abiertos. Conforme crecí, los cielos, de vez en vez, se oscurecieron. Dicen que así es la vida. El otro día, una amiga me dijo que no quería que sus hijos crecieran, así, de cinco y seis años están bien. Estoy seguro que, por ahora, los cielos de esas criaturas están abiertos, son luminosos. Pero ellos crecerán y, es inevitable, sus cielos tomarán tintes grises.
Dicen que lo mismo sucede con la patria. Hubo un tiempo, cuentan, que sus mañanas eran limpias, diáfanas. Ahora, los cielos de este país se mueven en un rango de grises a oscuros impredecibles, rotundos, absurdos.
Rocío fue a Nueva York en agosto. A su regreso me trajo una postal del MET (Museo Metropolitano de Arte), con el siguiente mensaje: “Querido mío, Dante no lo dijo, pero éste es el séptimo círculo del cielo. Un beso”. El cuadro de la postal era un autorretrato de Vincent Van Gogh. El pintor impresionista que pintó los cielos más insólitos, los más bellos que jamás se pintaron y se pintarán.
¿De qué estaban formados mis cielos de infancia? Del cielo de mi cuarto, del cielo del Cine Comitán, del cielo del templo de Santo Domingo y del cielo cielo de pueblo. El cielo cielo del pueblo era, como hasta la fecha, un cielo limpio, apenas interrumpido por algunas nubes y por algunas líneas oscuras trazadas por los zanates; el cielo del Cine Comitán era de madera, cuando llovía se escuchaba la tronazón, era un cielo plano, de color amarillo chicle; el cielo de mi cuarto también era plano, cuando yo me acostaba bocarriba miraba cómo ese cielo era como un tablero de ajedrez. Mi papá había mandado a construir el plafón de mi cuarto con cuadrados de cincuenta por cincuenta centímetros, con fibracel. Los cuadros de las esquinas tenían huecos redondos. Imagino que era para que algo de aire circulara, el aire del tapanco. En realidad, por ahí pasaban las cucarachas y el polvo que removían las ratas que corrían en el techo. ¿Y el cielo del templo de Santo Domingo? Este cielo lo veía mientras comenzaba la misa, porque cuando el padre asomaba mi vista dejaba de ver hacia arriba y hacia el frente. Mi vista comenzaba a pasearse por las paredes, porque ahí, colgados estaban los cuadros pintados por el maestro Güero (Javier Mandujano Solórzano). El cielo del templo era como un manteado que protegía esos cuadros. El cielo del templo era como el resguardo de esa galería. Porque en Comitán, en ese tiempo, no había más sala de arte que la del templo. El padre Carlos, quien era el párroco de Santo Domingo, era un hombre culto. Cuando se hizo cargo del templo halló las paredes desnudas, con apenas unas cruces de madera que servían para que los fieles hicieran el ritual del viacrucis. Las paredes, altas y largas, a gritos pedían la presencia de imágenes religiosas, porque se sabe que los creyentes necesitan nichos para expresar sus pedimentos y sus agradecimientos.
El padre Carlos no se limitó a llenar de imágenes de bulto los nichos. Una tarde soñó que haría su capilla Sixtina a la comiteca y fue a visitar a su primo Javier, quien había estudiado pintura en la Ciudad de México. El maestro güero (amigo íntimo de Rosario Castellanos) aceptó el encargo y pintó lienzos de gran formato para que se integraran a los muros del templo. La mayoría de cuadros representaba imágenes donde estaban los santos y vírgenes en medio de un entorno lleno de luz y de vida. Esos cuadros compensaban la rigidez de las imágenes de bulto que, siempre, se presentan completamente inmóviles. Las pinturas del maestro güero (gran artista académico) estaban llenas de movimiento (condición indispensable de las obras de arte). El padre Carlos halló en el talento de su primo el cauce ideal para llenar de obras de arte sacro esas paredes vacías. De esta manera, el sacerdote se convirtió en el gran mecenas y el maestro Javier jugó a ser el Miguel Ángel comiteco.
Hoy sé que tuve grandes cielos en mi infancia. Los cielos de los salones de la escuela no fueron tan llamativos, a veces se convertían en losas enormes sobre mi cabeza, sobre todo cuando aparecía el molestoso que me chantajeaba con que si no le daba los veinte centavos de mi gasto me madrearía. El cielo de la escuela nunca fue un cielo grato. Pero, en compensación, los otros cielos que te he mencionado, mi niña querida, sí fueron cielos llenos de luz y de pájaros. El cielo de mi cuarto, el del Cine Comitán, el del templo y el cielo cielo de mi pueblo, fueron los cielos más afectuosos que niño alguno pudo tener. Me encantaba ir al parque o al cine acompañado de mis papás. Caminaba chento, de la mano de mi papá, por las avenidas llenas de árboles del parque central; asimismo, cuando me sentaba en una butaca roja del cine y miraba la vastedad de ese espacio sentía que ese cielo era el lugar donde había más estrellas (aparte de las que se presentaban en la pantalla, como María Félix y Dolores del Río).
Estos cielos que te cuento fueron los que más me definieron. Bajo el cielo cielo del pueblo jugué en el parque y en el sitio de mi casa. Estos dos espacios fueron los más bellos. Solo, o acompañado de mis papás, me sentía pleno. En el sitio de la casa me tiraba en el piso, bocarriba y jugaba el clásico juego de buscar forma a las nubes: un venado, un león, ¡un hipopótamo! ¿Dónde, dónde?, decía mi papá y yo señalaba y él decía que sí, sí, aunque fuera mentira, aunque él viera otra cosa, porque es muy difícil que dos personas coincidan con lo que ven al frente. Hay gente que mira un unicornio cuando el otro (o la otra) no mira más que un caballo triste. El otro cielo que me definió para siempre fue el cielo del Cine Comitán. ¿Cómo era posible que, en nuestro pueblo olvidado, tuviéramos al alcance de la mano a los artistas más grandes del cine mexicano? En ese tiempo las historias ahí contadas abrían una gran ventana en la pared oscura del pueblo. En Comitán todo era tan común, tan simple. Incluso (perdón) las historias de fantasmas que Sara contaba por las tardes al amparo de la brasa del fogón, en la penumbra de la cocina, eran bobas, comparadas con las historias que vivía Santo, el enmascarado de plata. ¿Por qué en las leyendas del pueblo no había alguna nave interplanetaria de donde bajara un grupo de hombres verdes y cabezas enormes? No, en el pueblo nunca nadie había visto un vampiro, lo más que aparecía era un murciélago escuálido que cagaba las paredes durante las noche. El cielo del cine estaba lleno de zombis (antes de que el cine norteamericano y las series de televisión los pusieran de moda). A veces, cuando salíamos del cine, a las nueve de la noche, y mi mamá me cerraba el abrigo hasta el cuello, yo imaginaba que lo hacía para que Drácula no pudiera clavarme sus colmillos. La casa estaba a dos cuadras del cine, a media cuadra del parque, pero yo miraba que la calle era interminable y descansaba hasta que entraba a la casa, porque creía que detrás de algún árbol del parque estaba oculto uno de los monstruos que habíamos visto en la pantalla del cine.
Y el cielo que más abonó para mi amor al arte fue el cielo del templo de Santo Domingo. Los cuadros pintados por el maestro güero fueron el museo que tuve a la mano. Mientras el padre levantaba la hostia y decía: “Tomad y comed todos de él, porque este es mi cuerpo…”, yo bebía con pasión irrefrenable esos colores que hacían más amistosos esos muros húmedos y fríos.

Posdata: Mi infancia estuvo llena de días claros, cielos espléndidos. Ahora, los cuadros del artista están desperdigados. Cuando el padre Mejía llegó a hacerse cargo del templo los retiró. Eran otros tiempos. Los cuadros del maestro güero, un artista comiteco excepcional, se echan a perder. En el Salón Lino Morales hay dos o tres de esos cuadros, ahora están todos ahumados, porque lo que fue un salón de conferencias, ahora es una fonda que vende tacos de carne asada. ¿Comed todos de él, porque este es mi cuerpo? Y dicen los que saben, que se verán cosas peores.