lunes, 16 de febrero de 2026
CARTA A MARIANA, CON JUEGO DE PALABRAS
Querida Mariana: hay muchos juegos de mesa. Dentro de los juegos de mesa hay muchos juegos de palabras o con palabras. A mí me encanta el juego de palabras. El albur en México es mal visto por algunos formalitos, pero, en realidad, es un juego prodigioso, porque permite hallar los múltiples sentidos que tiene el lenguaje. No sé si lo sigan haciendo, pero en la tierra de mi querido amigo Jaime Gutiérrez: Pachuca, organizaban, año con año, el Concurso de Albures. ¿Sabés cuál era una regla? No usar palabras altisonantes; es decir, el albur debía ser ingenioso, con palabras que no hirieran la moral. ¿Mirás qué bonito? Porque acá en el pueblo, muchas personas creen que el albur debe llevar palabras calificadas de tres equis. El otro día me contaron que un hermano retó a otro a que dijera un chiste sin aludir al sexo ni molestar honras ajenas: ¡perdió! Su humor lo basaba, precisamente, en ofender y en cuestiones de cama.
Me ha gustado tanto la palabra que cuando fui estudiante de preparatoria una de las clases donde ponía mucha atención era la del maestro Rey: Ejercicios Lexicológicos, que era como un apasionante juego de palabras. Recuerdo mucho el ejercicio que dictaba: ¿Cómo como? Como como como. El ejercicio consistía en colocar los signos para que se leyera tal como él lo había dictado. Es una sencillez maravillosa, ¿verdad?
Hace unos pocos años escribí una columna en la página electrónica “Chiapas paralelo”. La temática era precisamente jugar con el lenguaje. Cada colaboración tenía una palabra conocida y yo, como si fuera integrante de la Real Academia, daba una definición personal. Siempre he dicho que el diccionario se queda corto, no alcanza a explicar el sentido total de una palabra. Mis artículos eran juguetones, quien lo hubiese leído en serio se llevaría un chasco.
Los poetas son maravillosos jugadores de la palabra, encuentran nuevos caminos por donde, como si fuesen corredores de montaña, desbrozan las sendas del lenguaje. Ahora celebramos el centenario del nacimiento de Jaime Sabines, el gran poeta. A veces he jugado con algunos de sus versos, porque la estructura lo permite. Por ejemplo, acá está uno que te gusta mucho, que es un verso del famoso poema “Los amorosos” y que he recomendado leer en el Día del Amor y de La Amistad. “Los amorosos juegan a coger el agua”, dice el verso original. Quitale las dos últimas palabras. ¿Qué te queda? Ah, ¿verdad? Es un jueguito inocente, que las mentes perversas llevan al cadalso donde habitan las alimañas.
También cambié unos versos de un poema de Óscar Oliva (mero jueguito en tarde donde no hay qué hacer). Oliva dice: “Un ligero soplo de aire”, se convirtió en “Un soplo es un ligero aire”. Soy un bobo, es cierto, pero me divierto y sólo porque estamos acá en confianza te lo comparto.
Otro que se parece al de Sabines, pero que es de Oliva dice: “El monstruo de los ríos detrás del himno que no se agota”. Acá hay que eliminar las seis últimas palabras.
Puro jueguito bobo. Por eso me deslumbra la capacidad de quienes son expertos en albures. El clásico es el que repite una y otra vez el tal Ruperto, que se lo dice a chicas en medio de una sonrisa con cara de cilantro: “No se apene, señorita”. Como ya te diste cuenta, él lo dice así: “no sea pene, señorita”, es un travieso. A propósito, el compa en la CDMX decía: “camino por el anillo periférico, atravieso…”. El albur queda expresado. ¿Otra versión? Alguien dice: “Me gusta dibujar circulitos” y el otro de inmediato responde: “¡Ah, travieso!”
Posdata: recordá que la capacidad del lenguaje de tener varios significados se llama “polisemia”. El admirado maestro Jorge diría: Poli: muchos; sema: significado. A mí me encanta jugar con todos los significados y, si se puede, hallar novedosos. Confirmarás que soy un bobo a la hora que diga que me gusta el juego que hace el tal Derbez con su Diccionario de Armando Hoyos y ya no le rasco más.
¡Tzatz Comitán!
