miércoles, 29 de abril de 2026
CARTA A MARIANA, CON NOVENTA Y SIETE AÑOS
Querida Mariana: celebro el cumpleaños 97 de mi tía Maty Bermúdez, hija de mis tíos Juanita Bermúdez y Guillermo (la familia los reconoce como Mamá Juanita y Papá Memito). Ellos fueron los propietarios de la casona de la esquina, al final de la Calle del Resbalón, en La Pila, donde los niños llegaban a bañarse en las dos albercas que había en el sitio. El agua, en los años sesenta rebosaba de los chorros y alimentaba las albercas de Los Morales y de Los Bermúdez. Mucha gente llegó a bañarse, a disfrutar el agua, más de dos niños aprendieron a nadar en esos tanques. En varias ocasiones, siendo niño me acerqué al lugar y, desde lejos, veía cómo se aventaban los nadadores hacia las albercas, cómo reían, se empujaban, se aventaban agua con las manos, en grandes y míticas batallas marinas. Yo disfrutaba, desde mi posición de vigía privilegiado. En esa casa crecieron mis tíos, los hijos de Mamá Juanita y Papá Memito. Cada uno de los renuevos del árbol siguió su ruta de vida. Hoy, del gran ramo de hijos e hijas, sólo mi tía Maty vive. Y hace días, qué alegría, sus hijos le celebraron su cumpleaños noventa y siete, qué bendición. Sus hijos la cuidan con esmero, la miman, sabiendo que ella es la joya de la familia Bermúdez Bermúdez. Dije que cada rama del árbol de mamá Juanita y de papá Memito hizo su propio árbol. La tía Maty se casó con mi tío César Vives y tuvieron varios hijos: Blanquita, César, Carmelita, Francisco y Lupita, todos ellos dignos renuevos de ese enormísimo tronco.
Todo Comitán admira a mi tía Maty y a mi tío César, ellos fueron propietarios de una mítica tienda de zapatos “Zapatería Nueva”, que tenía un gran letrero con la marca “Canadá”. En los años setenta todo mundo calzaba los zapatos que ellos vendían, porque la marca era una de las más reconocidas. En Comitán teníamos un local frente al parque central, en la planta baja de un edificio de dos pisos, que estaba contra esquina del Cine Montebello. En el centro de la planta alta, arriba de unas vidrieras muy coquetas que abarcaban la casi totalidad de la fachada, había un gran letrero que anunciaba el consultorio dental del doctor Avendaño, papá de Luis Ignacio Avendaño Albores y abuelo de Luis Ignacio Avendaño Bermúdez.
Cuando falleció mi tío César, mi tía Maty atendió la tienda (mi madrina Elenita la acompañó mucho tiempo, así como mis primos Carmelita y Francisco).
Ahora te contaré una anécdota que no se la contaría a nadie más, lo hago para que veás la generosidad de mi tía Maty con nosotros. Cuando hicimos el viaje de regreso, de Puebla a Comitán, para vivir de nuevo en el pueblo, mi Paty y Fer viajaron en autobús y mi mamá y yo (junto con un canarito, la perra Tashita y el gato Misho) lo hicimos en el tsurito. Cuando mi Paty y Fer llegaron a la casa donde hoy vivimos se sentaron en un sofá y segundos después se dieron cuenta que estaban infestados por cientos de pulgas (la casa había estado desocupada durante un buen tiempo), así que se trasladaron a un hotel. Cuando nosotros llegamos, Carmelita nos prestó una casa en Infonavit, mientras fumigaban la casa. Mi tía Maty se enteró del desaguisado y de inmediato le dijo a mi mamá: “No, Hildita, estás muy lejos del centro, te espero acá, para que vengas a vivir con nosotros”. Mi mamá aceptó la generosa invitación y se pasó a vivir a casa de la tía Maty, hasta que ya pudimos habitar la nuestra. Mi mamá, la tía Bety Córdova y Doña Maty Trujillo se amarchantaron los domingos, iban a casa de tía Maty, desde las doce del día y se quedaban a comer. Ah, el cuarteto de damas disfrutaba esa convivencia. Un día falleció la tía Bety, luego lo hizo Doña Maty y el año pasado se nos fue mi amada princesa huixtleca de Comitán. Por esto y por todos los ríos de agua limpia celebro con júbilo el cumpleaños de la tía Maty, su cumpleaños número noventa y siete. En las fotografías que Lupita compartió en redes sociales, vi que, a la mera usanza comiteca, le pusieron su reja de papel de china y le cantaron las mañanitas. Toda la familia, estoy seguro, se une a tal muestra de cariño, porque la tía Maty ha sido una mujer generosa que merece todo el afecto del mundo.
En la casa de mamá Juanita y papá Memito había un huerto que atendía Chepito, ahí cultivaban “cartuchos” (alcatraces). Tía Maty sigue siendo esa flor blanca, que sobresale entre el verde, que te quiero verde, de Lorca; sigue siendo la cinta de luz que ha pasado del siglo XX al XXI y sigue prodigando sueños. Como las niñas brincan las olas en la playa, la tía Maty sigue brincando la cuerda de la vida, una cuerda con impulsos sosegados, pero llena de cantos sublimes.
Posdata: querida Mariana, mi amado Gutmita siempre me recuerda que soy gajo del tronco Bermúdez, soy nieto de mi abuela María, hermana de la tía Juanita. Mi primo Ramiro Bermúdez, el famoso Cristalino, decía que él creía en San Caralampio Bermúdez, él agregaba el apellido al santo consentido de Comitán. Que San Caralampio, el santo protector de La Pila, el barrio de la tía, siga regando con agua bendita la parcela de la tía Maty y de sus cachorros.
Mando mi abrazo cariñoso a la tía, y también lo hago en nombre de mi papá y de mi mamacita.
¡Tzatz Comitán!
