sábado, 12 de septiembre de 2026
CARTA A MARIANA, CON UNA GRAN ARTESANA
Querida Mariana: acá estoy con Doña Julia Santiz Luna. Me conocés, me encantan los apellidos que van más allá de la tierra. Muchos apellidos son terrenales, mi apellido materno: Torres, no necesita más explicación acerca de su origen. ¿Y el apellido paterno? Debe estar relacionado con el molino, Molinero, Molinari.
¿Recordás cómo inicia la novela “El Quijote”? “En un lugar de La Mancha”. Hace tiempo, mucho tiempo, cuando estudié el bachillerato acá en Comitán, en el edificio donde ahora está el Centro Cultural Rosario Castellanos, cuando el maestro de literatura habló acerca de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra, un compañero me preguntó: “¿oí, será que los manchados de acá de Comitán, vienen de aquella región?”, al principio lo pensé, pero cuando, un segundo después, el compañero se botó de la risa, supe que era un pretexto para que aflorara la picardía comiteca.
Y digo esto, porque ahora que escribí el apellido materno de Doña Julia pensé que es un apellido celestial, muy lejos de lo terrenal. Luna, me encanta, porque de inmediato asocio la palabra con el poema de Jaime Sabines, nuestro poeta chiapaneco, al que celebramos en este año por cumplir el centenario de su nacimiento. ¿Recordás cómo inicia ese poema de Sabines? “La luna se puede tomar a cucharadas…” Ah, qué bonito. Desde el primer verso vemos que, de igual manera, las palabras de Sabines tienen algo de cósmico, se alejan de los pasos terrestres que da la mayoría de palabras, porque, la mera verdad, es que la palabra crece como los árboles, pero, por esa maravillosa capacidad que posee, vuela como si fuera polvo de estrella.
Acá estoy con Doña Julia (ay, perdón, querida mía, este nombre también lo asocio con una novela del Nobel Mario Vargas Llosa -dichoso él, anduvo con la Presley- que se llama “La tía Julia y el escribidor”, cuya primera línea dice así: “en ese tiempo yo era muy joven…”). Saludé a Doña Julia Santiz Luna en la Feria del Barro que se efectuó hace ya varios días, en la comunidad de San José Obrero. En la feria hay diversas muestras artesanales, hechas en barro y ahí los legos podemos conocer diversas coloraciones; es decir, el barro tiene diferentes tonalidades, dependiendo del banco donde se extraiga. Como mirás, el barro de las piezas de Doña Julia tiene un color extraordinario, porque ella extrae el barro en minas cercanas a su pueblo. Ella, me platicó, viajó desde su comunidad, que está un poquito más allá de Altamirano. ¿Mirás qué cinta de luz tan amplia? Doña Julia vino a Comitán para exponer sus obras y ver si alguien le compraba. Difícil labor, porque ella busca el barro, lo modela, lo quema y luego viaja para exponerlo en diversos mercados para ver si alguien se acerca y le compra la pieza, sin regateo. Por fortuna, llegó a una tierra hermosa, porque una artesana de la comunidad la cobijó y de inmediato le ofreció su casa para que ahí pernoctara ella y su familia que la acompañó. Dios bendiga esos espíritus sublimes y solidarios. Doña Rebe, quien fue la mujer que le ofreció su casa, me dijo: “yo también he tenido necesidad y alguien me ha dado la mano”.
Llegamos a la feria y no conocemos las historias de vida de quienes ahí exponen. Siempre hemos sostenido que una de las ferias más importantes de Comitán debería ser la Feria del Barro, que debería ser visitada por cientos y cientos de compradores, porque nuestra tierra significa “lugar de alfareros”, quienes, con sus manos modelan el barro, siguen con la tradición de siglos, en tiempos donde lo plástico y la uniformidad son los símbolos, hallar una pieza única trabajada por manos expertas y maravillosas.
¿Recordás la letra de una canción que alude a la luna? “Luna lunera, cascabelera…” Tal vez la conocí en el jardín de niños, en los lejanos años sesenta del siglo pasado. Me encantaba la palabra cascabelera, hasta que mi mamacita me dijo que tal vez venía del cascabel y yo sonreí, pero mi sonrisa se apagó cuando Víctor, hijo de Sara, la sirvienta, dijo que en su pueblo natal había víboras de cascabel y eran muy dañinas, venenosas. Su mordedura provocaba la muerte. Me contaba de un hombre que estaba en el campo y de pronto sintió el apretón de los colmillos en la pierna… y yo me tapaba los ojos y los oídos y salía corriendo en busca de mi mamá. Una mañana, en el jardín de niños hubo una ronda y mis compañeritos cantaron: “luna, lunera, cascabelera…”
Posdata: ellos cantaron, yo me resistí, abría la boca, pero no cantaba, no quería que mis labios sonaran como cascabeles, porque hay unos que son simpáticos, pero hay otros que son dañinos.
