domingo, 11 de octubre de 2026
LA REINA HUIXTLECA DE COMITÁN (parte 6)
Mi papá dijo que su mamá ya quería conocer a la nuera. Viajaron de San Cristóbal de Las Casas a Comitán. Mi papá nació en San Cristóbal en 1917. ¿Mi mamá? En Huixtla, en 1930. En Comitán dirían: agarró pichita.
Llegaron a Comitán, bajaron del auto en que viajaron y mi mamá me comentó: “al abrir la puerta, me voy dando cuenta que era un gran caserón”. En esa casa viviría varios años, en un gran caserón, a media cuadra del parque central del pueblo. El año era 1955.
La casa era propiedad de una señora muy distinguida de apellido Esponda, quien, en ese año, radicaba en la Ciudad de México.
La descripción de la casa también es importante, cuando mi mamá la conoció tenía un zaguán, cuatro corredores, un patio central, muchos cuartos para recámaras, baño, sala, comedor y oratorio. En la parte trasera el tradicional sitio donde había una recámara para la servidumbre y una cocina con un fogón de diez hornillas, en el centro de la habitación. Sí, era un gran caserón, comparado con los espacios donde había vivido mi mamá, en Huixtla la casa era modesta, lo mismo en la Ciudad de México, donde vivió en un departamento y luego en una casa de dos plantas cuyo enganche inicial dio mi abuelo Enrique y mi mamá pagaba a través de mensualidades.
Esa fue la impresión inicial de mi mamá: la casa era enorme. Luego, ante la amplitud de los corredores se fijó en algo inusual, porque llegaron ya de noche: “unos foquitos que creí que no estaban prendidos. Le pregunté a tu papá: ¿Por qué no prenden los focos?” y la respuesta de mi papá fue clásica: “están prendidos”. Sí, la energía eléctrica en ese tiempo sólo la daban por las noches y apenas alcanzaba a iluminar con la clásica luz que acá en Comitán decían: “de mushcac”; es decir, de luciérnaga.
Otra cosa que llamó la atención de mi mamá fue la altura de la casa. El techo estaba muy alto y los focos tenían que colgar desde esa altura. Ella se preguntaba: ¿por qué el techo no lo pusieron más bajo, por qué tan alto? Después entendería que el proceso constructivo de esas casas tradicionales, de gente rica era así: techos altos, corredores con pilares de madera y piso de ladrillo, techumbre de teja (aunque esta casa, por alguna razón en especial, tenía la armazón de madera, pero estaba cubierta por lámina de zinc. Cuando crecí me encantaba escuchar cómo las manos de la lluvia tocaban esos timbales).
Después de esa primera impresión, mi mamá ya se centró en el motivo del viaje: “la cosa es que saludamos a mi suegra. Mi suegra feliz, ya tenía su nuera” (cuando nací, en 1957, mi abuela María Bermúdez Ortiz se enteró que ya era abuela por parte de su hijo Augusto, pero no me conoció físicamente, porque murió poco después).
Por fin, Comitán recibió a la princesa Huixtleca y ella durmió su primera noche en ese caserón tan grande, con alturas altísimas y focos con luz de cerillo apenado. Desde ese momento, Comitán sería su hogar, tierra donde murió en el mes de noviembre del año 2025, a la edad de noventa y cinco años.
En la fotografía aparece mi abuelita Esperanza Córdova, la reina huixtleca de Comitán, y una tía. Están en la casa que tenía mi mamá, antes de casarse y llegar a vivir a Comitán.
