jueves, 5 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN POCO DE MÚSICA

Querida Mariana: no recuerdo de qué va la película que me recomendaste. La vi. Me gustó, pero no recuerdo mucho de la cinta, salvo que era francesa (¿o suiza?), lo que sí recuerdo es la escena donde la chica baila, casi casi la tengo completita en mi memoria, en mi alma. ¡Inolvidable! Vos sabés que nunca he sido un gran amante de la música, como muchos amigos que tengo. Te conté que David destina un tiempo especial para escuchar música, en su estudio, donde tiene un aparato reproductor musical de lujo, con grandes bocinas. Cierra la puerta con seguro, para que nadie lo interrumpa, coloca un disco (sigue escuchando discos de acetato, de esos grandes, tortillas negras maravillosas), se sienta en una poltrona especial que tiene (se enojaría si supiera que le digo poltrona al sofá ergonómico que posee) y escucha un lado del disco y luego el otro, para eso destina más de una hora, más, pero cuando sale del estudio es como si saliera de una sesión en el gimnasio, o saliera del templo o de una caminata en el bosque o terminara de hacer el amor con una chica hermosa. De algo me he perdido en la vida, debería escuchar más música, así, concentrado totalmente. Digo pues que de la película recuerdo a la chica que baila y la música que la acompaña. Y llama mi atención porque casi puedo asegurar que todavía escucho la música. ¿Mirás lo que digo? Yo, que soy un despistado y que nunca he disfrutado mucho lo de música. A ver, a ver, no quiero confundirte, me gusta la música (no toda, no soporto algunos bodrios que escuchan algunos chicos en sus carros, con vidrios polarizados y con bocinas que parecería servirán para ambientar un espectáculo en un estadio). No, me gusta (ya te lo dije) la música de los años setenta, sí, la música gringa, ¿qué querés?, eso nos mandaba tío Sam para consumo desmedido en las famosas discotecas donde bailábamos chicas y chicos, nosotros con cabello largo, pantalones acampanados y camisas psicodélicas; ellas con maravillosas minifaldas, con cintas en la frente, aretes circulares. ¡Todo era chido! Me gusta escuchar música clásica, no siempre, pero cuando pinto o dibujo ayuda a deslizar el pincel o el lápiz en el papel o en el lienzo. Recuerdo la escena de la chica que baila en la película, ahora mismo la veo (¡linda, jovial, con sonrisa permanente! ¡Ah, qué vitalidad, qué movimientos tan armoniosos, tan llenos de vida!). Pienso que recuerdo la escena por eso, porque, tal vez por primera vez, supe lo que la música genera, la cinta dorada que amarra, no sólo a la cadera, no sólo a la cintura, no sólo a los brazos y las piernas, sino también al espíritu, al alma. Y esto fue porque en la película se ve a la chica sentada en el balcón del departamento, viendo, desde la altura del sexto piso, la ciudad derramada a sus pies, con sus edificios altísimos (¿era Nueva York?), la escena es tranquila, casi de mar sin olas; la chica entra (viste un vestido de color negro, casi minifalda, con cortes a los lados, que permiten ver parte de sus muslos, unas sandalias doradas y un saquito color azul, con las mangas dobladas, es una chaquetilla que deja ver parte de su pectoral, la chaquetilla hace una curvatura sensual sobre sus pechos, porque la chaquetilla está abierta. La chica (la recuerdo bien) tiene el cabello dorado y parece detenido en su parte superior por un par de lentes oscuros. Ah, parecería que ahora la veo, que ahora escucho la música, un coro de violines, el cantante que dice “Lady sex”, con una voz muy agradable. Qué agradable el sonido de la batería (mi instrumento favorito) y la chica llevando un pie hacia adelante y con él todo su cuerpo, y luego el otro pie, siguiendo un ritmo frenético, como de aire trepando sobre árboles, en busca de papalotes. Ahora, el cantante dice: “Lady sex” (¿así se llama la canción?). La música tiene el ritmo de los años setenta, suena como si fuera una instrumentación de mi amado Barry White, hay un instrumento que nunca he descubierto qué es, pero que da un sonido maravilloso. La chica mueve los brazos, está en una posición de tres cuartos y sube los brazos, uno hacia adelante y otro hacia atrás. Ah, qué movimiento de oleaje, de viento que se regodea en el medio día, el cabello de la chica también es como un armonioso cuerpo de cuerdas de violín, de piano, que se resisten a quedar fijas en el instrumento y, como si fueran mariposas, se echan a volar. Sí, querida mía, ahora pienso que fue eso, saber que la música hacía la diferencia en un instante, la chica estaba acodada en el barandal, tranquila, entró a la estancia, puso la música y todo se transformó, como si alguien hubiese dicho: ¡tercera llamada, comenzamos! Y la música sonó y todo tuvo un maravilloso impulso vital. La música hizo que la chica se moviera con una gracia contenida, con un desparpajo de diosa, todo su cuerpo se movió al ritmo de la música que sonaba como a música setentera, como si fuera prima hermana de lo que inventó el gran Barry. Sí, así decía el cantante: “lady sex”, no sé si era el nombre de la canción, pero definía muy bien a la chica que bailaba en esa escena. Yo pedía que no se acabara la escena, era como si la historia hubiese quedado muy atrás, que no tuviera importancia. Tal vez por eso no recuerdo más de la película, pero esa escena es inolvidable, por la lección de vida que me dio: la música cambia todo, de esto saben mucho Luis Ignacio Avendaño y Stefany Moguel y lo saben todos quienes reconocen que la esencia de la vida se esconde en un bongó o en una trompeta o en la boca del que canta. Posdata: no todo mundo lee, no todo mundo ve cine, pero no hay ser humano que no disfrute la música, todo mundo mueve las patías al escuchar música; este simple movimiento despierta al mundo, despierta la vida. ¡Tzatz Comitán!