miércoles, 4 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN ABRAZO PARA FRANCISCO ÁLVAREZ QUIÑONES

Querida Mariana: Pancho cumple años en mayo. En mayo 2026 cumplirá no sé cuántos. Ah, cuántos años llenos de juncia, de aire de montaña, de andar con los pies llenos de lodo, sembrando arbolitos en el bosque de la cultura. Querida mía, vos no conocés a Pancho, pero prometo que cuando venga al pueblo te avisaré y a ver si vos estás disponible, a ver si estás en el pueblo, para que tomemos un café o tomemos una copa de Comiteco, que es como una frazada para el espíritu. Sé que cuando conozcás a Pancho coincidirás conmigo que es como un personaje de película rusa, de esos actores que caminan por las estepas con gorros. No recuerdo hace cuántos años coincidí con Pancho en dos actos culturales, una vez en San Cristóbal de Las Casas, en la presentación de un libro de Miguel Ángel Godínez, uno de sus cuadernos de doble raya; y otra vez acá en Comitán, en el Museo de Arte Hermila Domínguez de Castellanos, en un encuentro de poesía, de esos maravillosos actos que inventa Fer Trejo. En San Cristóbal, ¡qué genial!, no había comenzado la presentación del libro en una cafetería, cuando ya teníamos sobre la mesa unos vasos discretos llenos de posh. ¡Salud! De eso se trataba la vida en ese instante, de “tomarla” por los cuernos llenos de gracia, con aroma desmedido sin medida. A Pancho siempre lo he visto como un gran territorio, con los pies bien enraizados sobre el mar, aunque sé que no es hombre de agua, sino de tierra. ¿Por qué menciono entonces al mar? Porque siempre que lo veo está con el cabello al aire, como si fuera un barco gigantesco, lleno de dulzura, con las velas insufladas. Siempre que veo a Pancho no olvido que él no olvida, no olvida que la vida, apenas brizna de hierba, sirve para que los seres humanos seamos linterna en medio de la oscuridad. Él vive con Celia en medio del bosque, en una casa que tiene semejanza con las que aparecen en los cuentos infantiles, donde los pájaros crean el milagro del vuelo y las plantas son como la sonrisa de las ramas cafés o verdes que dialogan con el silencio, con el viento. Ahí, en ese territorio, él es una lámpara pródiga, cuando baja al pueblo de San Cristóbal de Las Casas, lleva en su pecho un abanico de haces que riegan luz por donde pasa, lleva en su pecho una catarata de juncia fresca, un atado de papalotes que suelta como si soltara nubes. ¿Por qué le mando este abrazo a Pancho? Porque ayer, no me preguntés cómo fue, hallé esta fotografía que comparto con vos, es una fotografía de su muro en el Facebook. ¿Mirás qué prodigio? ¿A poco no parece un fotograma de película de tu admirado Del Toro? Ahí está el gran Pancho con un poncho y un sombrero, recargado en un árbol de bosque milenario. ¿Ya viste la figura retorcida que le habla al oído? ¿Verdad que es un dragón? Sí, querida mía, Pancho se habla de tú (o de vos) con los animales fantásticos, con los prehistóricos, con las antiguas culturas, con los afanes extraviados en el tiempo. Pancho dialoga con la madre tierra, con las raíces, con las frondas, con los cielos, es hombre de este tiempo y de todos los pasados y los que están por venir. Por eso, en esta fotografía que robé de su muro (él es hombre que no levanta muros) está tranquilo, como si fuera un Buda, un Siddhartha, un Alma Grande. Nada le preocupa en este momento, está casi a punto de beber el aire, el agua limpia, el espíritu de los dioses y diosas de los Altos de Chiapas. Posdata: vi la foto y dije: le mandaré un abrazo a Pancho, un abrazo como si fuera un libro con solapas, como si fuera un libro con esas cintas que sirven para señalar la página donde se quedó la lectura. Sí, un abrazo con cinta que recuerde el afecto, el cariño, el reconocimiento. Va pues hasta su casa de la montaña este abrazo, abrazo que extiendo para su compañera Celia que, estoy seguro, ahora riega una orquídea y da de comer a un colibrí. ¡Tzatz Comitán!