sábado, 7 de marzo de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN ARTISTA

Querida Mariana: fue un día cualquiera en Comitán, una mañana luminosa, espléndida. Me senté frente a mi amigo bolero, el que está frente al Centro Cultural Rosario Castellanos, en la parte superior del parque central y le pedí que le diera un trapazo a mis zapatos viejitos. Antes que llegara con mi amigo pasé por donde está esa especie de mercadillo, donde hay muchas sombrillas y la gente llega a comprar algo de comer: tamales de bola, patzitos, órdenes de salpicón, arroz con leche, chalupas, tortas, tacos de cabeza, todo al aire libre, impidiendo el paso libre a peatones, con el piso sucio. Arriba de una jardinera estaba parado un hombre, con voz potente, dando a conocer algunos versículos de la Biblia, amenazando que si la gente no se porta bien le esperan las saetas ardientes del infierno. ¡Qué miedo, mira cómo estoy temblando! Vi a los que comían sus panes y tomaban pozol y me di cuenta que esa bola de pecadores los tenía sin cuidado las advertencias que el hombre lanzaba. Pero no todo fue amenaza. A la hora que me senté con el bolero me dijo: ¿ya oíste? Todas sus canciones hablan de amor. Hablaba de un chico que estaba sentado en el otro lado (acá te paso copia de la fotografía que tomé. ¿Ya miraste que la foto es de lujo? Sintetiza el instante agradable que viví en el pueblo, hasta el árbol se inclinaba, reverencial, ante la magia del momento. El chico, igual que el bíblico, con voz potente, cantaba canciones que se acompañaban con el rasgueo de su guitarra. Puse atención a su canto, agradable, y a la escenografía que preparó. Sobre el piso de laja colocó la funda de la guitarra y encima una gorra donde (luego vi) algunas personas le habían dejado unas monedas (ni un billetito). Sí, todas hablan de amor, confirmé con el bolero, pagué la boleada y caminé hacia donde estaba el chico. Ni un billetito, así que, para no romper el equilibrio del universo, saqué una moneda de diez pesos, me acuclillé y la dejé en la cachucha. Él seguía cantando, apenas hizo una ligera pausa y dijo: gracias. Me senté a su lado, gocé la interpretación. Cuando terminó de cantar, comencé a platicar con el joven cantante. Él, muy amable, me platicó que es estudiante de medicina, en la Universidad Benito Juárez, en Amatenango del Valle; viaja todos los días, de Comitán al plantel universitario. Esa mañana estaba cantando en el parque, porque no tenía clase, así que sacó su guitarra y se puso a cantar en ese espacio público. Todos los días, en todas las plazas del mundo, se repite la escena, donde artistas trashumantes cantan o tocan algún instrumento. Como es comprensible hay más intérpretes de flautas, flautines, cornetas o guitarras que intérpretes de tubas, arpas o pianos (¡ay, qué mamila me vi!). ¿Por qué hacés lo que hacés?, le pregunté a Víctor Leonardo Roblero Becerra, quien tiene dieciocho años de edad. Su respuesta fue inmediata: “por mero gusto”. Él nació en Comalapa. Como estaba yo motivado por lo que el bolero me dijo, le pregunté si todas sus canciones eran de amor. Acá sí titubeó, pero yo, como si le pasara un acordeón para examen, le repetí la frase de la última canción que había cantado: “a diario le estoy pidiendo a Dios que vuelvas”. Y acá me contó una historia casi trágica, que no te puedo compartir, porque es como secreto de confesionario. Lo que diré es que comprendí que el motivo de su inspiración, como el de muchos artistas, es la vida misma. A su corta edad ha vivido intensamente y todo lo ha volcado en las canciones que compone, porque también es compositor y de lo que canta un buen porcentaje es de canciones suyas. Talentoso el chavo. Cursa ya el segundo semestre de la licenciatura en medicina humana. Todo pinta para que dentro de algunos años tengamos un nuevo médico. Lo que sí puedo contarte, porque pienso que no es una infidencia es que la medicina no es su prioridad, me dijo que es su plan B, porque su sueño es ¡la música! Dios de mi vida, qué pasión por el arte. Ojalá llegue a cumplir su sueño, que llegue a ser famoso. Total, el gran Juan Gabriel también tuvo un comienzo modesto. Bueno, así ha sido con la mayoría de cantantes. El mundo del arte no es sencillo. Conozco muchos casos de compas que terminaron medio frustrados, porque la realidad les lanzó un balde de agua fría, tuvieron que ceder en sus pretensiones y dedicarse a algo que no era lo más importante. Pero los que triunfaron son los que insistieron, que nunca dudaron, que a pesar de las tormentas y de los muros, avanzaron, en medio del lodo, en medio de la ventisca y lograron subir a la cima. Yo tenía cita para una entrevista, así que me despedí de Víctor Leonardo (se me hizo buen nombre para que sea su nombre artístico) y dejé que siguiera cantando en esa banca del parque central. Cuando bajé por las gradas frente a la fuente pensé que, si Víctor Leonardo llega a ser un gran artista conocido en todo el mundo, quedará esta fotografía como constancia de la mañana que cantó en Comitán, cuando apenas tenía dieciocho años. Llegué a la fuente y vi que el hombre bíblico seguía con su perorata incendiaria. Posdata: en todas las plazas del mundo aparecen actos inéditos cada día. Basta sentarse un poquito en alguna banca para que el deslumbre aparezca. El mundo es mundo porque cada día abre senderos en el aire, algunas de estas sendas son luminosas, otras son comunes y otras son oscuras, casi como con púas, como si se cumplieran las amenazas del compa que mandaba a todos a achicharrarse en las llamas del infierno. ¡Tzatz Comitán!