martes, 17 de febrero de 2026
CARTA A MARIANA, EN CASA MUSEO
Querida Mariana: estamos en Casa Museo Dr. Belisario Domínguez (a finales de los años ochenta o principios de los noventa); estamos Jesús Durán, Romeo Guillén, José Antonio Melgar, Juan Manuel González y yo; estamos en la mesa de honor, con un mantel rojo, cenicero y un micrófono. En ese tiempo no todos los espacios estaban libres de humo, se podía fumar. Por fortuna, acá el cenicero está vacío.
Fue una tarde (tarde noche que le dicen) donde se presentó una revista que ellos impulsaron (no recuerdo el nombre).
Acá, mi amigo Romeo parecería que se está aventando una de José Alfredo, pero ¡no! Sí, parecería que cantara: “pero sigo siendo el rey”. No. Está dando sus impresiones acerca de ese intento editorial. Es la presentación del primer número (como mirás, la sala de la Casa Museo era la original, antes de la malograda remodelación, donde echaron a perder el patio central, que tenía un jardincito maravilloso y permanecía respetando su diseño original, casi casi como era en tiempo en que vivió tío Belis. ¡Ay, en qué manos tan destructoras cayó!).
En el atril y sobre la mesa se ven ejemplares de la revista, que al final del acto fueron repartidos. ¿Qué estoy haciendo ahí? Entiendo que fui invitado a hacer algún comentario, porque no formé parte del comité editorial.
Cada uno de nosotros tiene un ejemplar enfrente, casi intocado. Si te fijás ahí tengo una de mis libretas (que luego se volvieron famosas, porque mucha gente me entregaba fotos y documentos que tenían que ver con el pueblo, como si esas libretas fueran el archivo de Comitán. Durante muchos años las fui armando; en realidad, eran “mis” libretas, muy personales, donde escribía cuentitos, hacía apuntes, bocetos y coleccionaba una bola de boberas. Ahora me da pena confesar -vos lo sabés- que un día metí en un tambo todas las libretas -ya eran un buen bonche- y les prendí fuego. Ah, me sentí como Nerón. ¡Bobo!). Tal vez mi participación la había escrito en una de esas libretas, si éstas existieran podría acudir a ellas y consultar la fecha precisa de este acto cultural, lo que dije y el nombre de la revista. Hasta donde recuerdo el director de la revista fue José Antonio Melgar Downing, quien, en ese tiempo, vivía en una bellísima casa en el barrio de San Sebastián. Ahora, entiendo, vive en una casa que mandó a construir en San José Obrero, que está frente al campo de fútbol. No sé si sea aficionado al deporte de la patada, lo que sí sé es que adora a las chicas (puchunguitas, les dice en forma cariñosa). Siempre ha sido un gran promotor cultural, posee una colección de carteles de las ferias de agosto y en ocasiones los ha expuesto.
La revista no tuvo mucha vida. Fue un intento glorioso que, sobre todo por los escasos recursos económicos, zozobró. Una pena, porque esas revistas siempre han significado una bocanada de aire fresco en una sociedad apática. No logramos entender (incluso en estos tiempos de globalización) que la cultura es un elemento fundamental para la preservación de nuestra identidad. Nada somos sin los asideros culturales, las estafetas que nos legaron nuestros mayores, quienes contribuyeron a hacer grandes nuestros pueblos.
Como es costumbre, al final del acto hubo vino de honor y bocadillos (en Comitán es muy agradable saborear mini antojitos: panitos compuestos y canapés). En ese tiempo era yo “un niño normal”, no me acostaba a las ocho de la noche, así que, asumo, debí quedar un rato en el cotorreo que se da al final de presentaciones, para escuchar comentarios acerca de la revista y derivar en chismes más pedestres, porque Comitán se distingue por el gusto que comienza así: “¿Ya se enteraron de…?”, y de ahí la cuerda se hace extensa.
Posdata: como mirás nada tengo en claro, pero quise compartir con vos esta foto porque es testimonio de un momento brillante en la historia del pueblo: la presentación del primer número de una revista (que era con interiores en blanco y negro, por aquello de la paga). Romeo (el cantante vernáculo) y Juan Manuel ya fallecieron. A Jesús Durán lo saludo de vez en vez, muy temprano, porque él atiende una serie de tortillerías que posee; a José Antonio, también lo saludo en ocasiones, hace tiempo trabajó en el Museo de La Ciudad, cuando llegó el final de un trienio le pregunté si tocaría puertas para conseguir trabajo y él, en forma genial, me dijo que no, que tocaría corazones. Ah, qué bonito. Y yo acá sigo también, gracias a Dios, ahora con la revista Arenilla, que ya cumplió ocho años, gracias a la complicidad de nuestros patrocinadores y de nuestro público lector. ¡Y vamos por más años, porque sabemos que le hacemos bien a nuestra sociedad! ¡Va en nombre de todos los que han hecho intentos de cultivar la cultura en buena tierra!
¡Tzatz Comitán!
