jueves, 1 de enero de 2026
CARTA A MARIANA, A MANERA DE DIARIO
Querida Mariana: en la tarde del 31 fui a Soriana. Encontré a mucha gente. En los pasillos ponían objetos en los carritos. Se preparaban para la última cena del año. ¡La última cena! En un carrito vi dos pollos rostizados, metidos como en cápsulas, y dos botellas de tequila. Pronto debe haber oferta de botellas de comiteco en estas empresas.
¿Sólo esto?, me preguntó la cajera. Sí, dije, sólo estos jitomates. Tal vez pensó que mi cena estaría magra.
A la hora de siempre me puse el pijama y leí. En estos tiempos leo una novela de la Murillo (“Raíz que no desaparece”). La Murillo es buena narradora. “La cabeza de mi padre”, también obra de ella es muy buena. La que ahora leo no queda rezagada. Está muy bien narrada. Es un tema escabroso, algo que es el pan nuestro de cada día, ¡qué pena!, el tema de los desaparecidos en este país. Según las estadísticas, en México hay más de ciento veinte mil desaparecidos, y como si fuera el Melate, más lo que se acumule en la presente semana. A las ocho de la noche dejé el libro y dormí.
Desperté a las doce. No tuve necesidad de ver el reloj, supe que eran las doce porque el cielo comiteco se llenó de humo y ruido porque en muchísimas casas la gente salió a la calle o a los patios o a los jardines y quemó cuetes para celebrar la llegada del año nuevo. Mi amiga Malena ha iniciado una campaña que exige el control de estas manifestaciones atentatorias. La quema de triques, de cuetes, ofende a los animalitos y a personas mayores o a gente que tiene enfermedades delicadas. Desperté a las doce porque el cielo comiteco era como una olla exprés. La parte más alta de Comitán está en el Mirador, mi casa está en un nivel más abajo, luego está la parte más baja: el Cedro, San Sebastián, Yalchivol. Donde está mi casa se extiende el valle, casi pude ver (desde mi cama, con los ojos cerrados) la capa de niebla que se extendió por todo Comitán. En la somnolencia calculé que la quemazón tardaría cinco minutos, más o menos. Poco a poco, el sosiego regresó a mi casa. A la mía, digo, porque sé que en la mayoría de casas siguió el jolgorio. Por fortuna, en casa el silencio fue diferente al que hubo en casas donde atendían a enfermos, en los hospitales o sanatorios. ¿Cómo controlar esta quemazón? La mayoría de ciudadanos “celebra” así la llegada del año nuevo. Volví a dormir.
Desperté a las tres de la mañana, en la madrugada del primer día del año, recé y luego regresé a la lectura del libro de la Murillo. Dios mío, cuántos desaparecidos en este país. Volví a dormir. Abrí los ojos a las cuatro y media, a esa hora hice mi taichí. A propósito, hablando de desaparecidos, ayer me enteré que ya desapareció el programa que veía en la tele a la hora de hacer mi taichí de viejito: MTv. Este canal televisivo, especializado en música, desapareció. Acá se sabe la causa. Los tiempos han cambiado, los gustos de los amantes de la música no son los mismos del siglo pasado. Los chunches tecnológicos de esta época han modificado las costumbres.
Hice mi taichí y luego entré a bañarme. Busqué un podcast en YouTube. Hallé una clase que impartió Sara Uribe (gran conocedora de la vida y obra de Rosario Castellanos). Lo escuché. Ahora mismo, cuando escribo esto, sigo oyéndola. Habla de una ruta de la temática feminista que inició con la tesis de maestría de filosofía. En diciembre del año pasado (2025) Dora Patricia Espinosa y yo fuimos a dejar a la Uribe una serie de ejemplares de Arenilla con artículos de Rosario Castellanos. Ella no tiene oficina en CU, pero dejamos el juego con una secretaria. La secretaria nos dijo que Sara llegaría en la tarde, porque harían una reunión de fin de año. Esperamos que la maestra Uribe haya recibido este obsequio que, en nombre de Comitán, le llevamos.
Posdata: desapareció el año 2025, el año donde murió la mamá de Francisco Domínguez, la mamá de Jorge Domínguez (“Casquitos”), la mamá del escritor Jorge F. Hernández, mi mamá. Año de desapariciones. En la novela de Murillo nos enteramos que hay más de ciento veinte mil desaparecidos en el país. No existe la certeza de que estas personas hayan muerto, son clasificados como desaparecidos. Francisco, los dos Jorge y yo tenemos un lugar para llevar flores a nuestras madres desaparecidas, desaparecidas para siempre. Los papás y mamás de los desaparecidos siguen buscando, las mamás sobre todo. Es penoso escuchar que, si no estuvieran vivos, cuando menos quieren tener los cuerpos para sepultarlos, para cremarlos, para tener un lugar donde llevarles flores.
Que el 2026 sea un año benigno.
¡Tzatz Comitán!
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