viernes, 30 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON OPCIONES

Querida Mariana: te veo focus. Contenta con la profesión que elegiste. Vos no dudaste en ningún momento, tu vocación la tenías bien enraizada. ¿Por qué algunas personas tienen bien definido su vocación y otras no? A mí me costó. Es decir, no supe observarme. Me sobró soberbia. En bachillerato, cuando ya estaba a punto de terminar el tercer grado, siempre pensé: “puedo estudiar cualquier cosa, cualquier cosa puedo superarla”. Como te das cuenta, enfoqué mal mi lectura. Las preguntas correctas eran: “¿para qué sos bueno?, ¿qué te gusta hacer?” Tal vez estas dos preguntas son las que siempre evadí. Erré el camino. Puedo hacer cualquier cosa, dije. Era una soberbia ¡soberbia! No entendí que no podía hacer todo. Bastaba con que alguien me dijera: serás buzo, para desecharlo de inmediato, porque nunca aprendí a nadar, siempre he tenido temor al agua. Bueno, parece que me hizo falta hacer este análisis. Tenía que descartar, eliminar todas aquellas opciones que no estaban dentro de mis capacidades. No podía ser deportista, porque jamás me acerqué a tal actividad. Te he contado que en secundaria odiaba la clase de Educación Física. ¿Mirás? Ya he descartado dos sendas. Así que no podía estudiar cualquier cosa. Debí eliminar y luego analizar las opciones que me quedaran para analizar cuáles eran las más cercanas a mi gusto y a mi capacidad. ¿Química? No ¿Matemática? No (y en forma estúpida decidí, la palabra decidir no es la más conveniente) estudiar una ingeniería. ¿De dónde saqué esa determinación equívoca? De mi soberbia, de no destinarle tiempo a reflexionar. Era tan sencillo, pero a mis diecisiete años no lo pensé así, dejé que todo volara como un papalote sin rumbo. Y tal vez esto fue así, porque tampoco fui un niño que hiciera y volara papalotes. No era bueno para la pelota, no era bueno para la aventura, a veces iba de excursión, pero no era algo que me atrajera ni para lo que me distinguiera, como sí había compañeros que eran intrépidos y gozaban el contacto con la naturaleza. Siempre fui un príncipe cuidadito. ¿Qué me gustaba hacer, entonces? Ah, me encantaba ir al cine. Sí, eso lo disfrutaba. Igual que vos, desde temprana edad, me convertí en un cinéfilo. Bobo que soy jamás pensé que hay mil profesiones relacionadas con el cine. Bobo, mil veces bobo. ¿Qué más me gustaba hacer? Leer, leer era una de mis pasiones. Comencé a devorar las revistas de monitos, luego las secciones infantiles de periódicos y luego di el salto a la lectura de libros, de cuentos, de poesía, de teatro, novelas. Uf. El mundo era inmenso. Desde el pequeño pueblito de Comitán, gracias al cine y a los libros tenía contacto con todo el mundo visible e invisible, con el presente, el pasado y el futuro. ¿Mirás lo que digo? Iba al cine y veía películas dirigidas por Buñuel, por John Ford, por el Indio Fernández y cuando leía estaba en contacto con María Matute, con Miguel de Unamuno, con Camilo José Cela y con cientos más. Uf. Nunca me di cuenta que era un niño especial en el pueblo, mientras los demás jugaban fútbol, bajaban las pendientes en carretones, iban a nadar, reparaban radios, arreglaban bicicletas, miraban objetos a través de microscopios de juguete, jugaban a la comidita y a curar enfermos, yo disfrutaba el cine y la lectura. Muchos amigos también iban al cine y comían los sabrosísimos y únicos tacos dorados del Cine Comitán y, al salir, jugaban a las luchas en los sitios de las casas, pero (ahora lo sé) muy pocos niños de mi generación dieron el salto de las revistas de monitos a los libros de la Colección Básica Salvat. Lo mío, lo mío, era la lectura y el cine. De mudo me fui a meter a estudiar ingeniería en la UAM y en la UNAM. Por esto, en mi fuero interno no hice caso a lo que mi conciencia boba me impulsó cuando me inscribí en Ingeniería y te he contado que jamás falté a la universidad, pero en lugar de ir al aula a aprender circuitos electrónicos entraba a la Biblioteca Central Universitaria y leía, leía (viene la rima) ¡todo lo que podía! Y cuando me enteraba de ciclos de cine en auditorios de diversas facultades iba al cine. Así como en las tardes acudía a la Cineteca Nacional (en el edificio que se quemó) y me aventaba las Muestras de Cine Internacional. En la mañana cine y en la tarde cine. Era la herencia de mi pueblo, pues los domingos iba a la matiné del Cine Comitán y en las tardes me tocaba ver la doble función en el Cine Montebello. Todo estaba cantado, debería estudiar algo relacionado con el cine o con la literatura. Hay tantas opciones. Pero, el bobo de tu amigo jamás se dio cuenta de lo evidente. Posdata: un día un amigo se botó de la risa cuando se enteró que a su hermano le había dado la materia de “Orientación vocacional”. Pucha, dijo, vos ¿con qué preparación contás? Ah, le dije, soy el tipo que más puede hablar de ello, porque ya lo viví. Ahora quise compartir esta experiencia con vos, porque tu vocación fue elegida desde el primer momento, no dudaste. Yo di vueltitas por la orilla, pero, de igual manera, jamás dudé de mis gustos y de mis dones. El otro día, en Guadalajara, saludé al gran crítico de cine: Leonardo García Tsao, y pensé que él tampoco dudó. Si ha ido a cientos de festivales de cine en todo el mundo es porque supo que se podía vivir profesionalmente del cine, que el cine tiene mil senderos, todos maravillosos. ¡Tzatz Comitán!