jueves, 22 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, CON EL AGUIJÓN DEL TIEMPO

Querida Mariana: “reloj, detén tu camino…” Así lo pidió Roberto Cantoral en su famosa canción. ¡Petición imposible! Bueno, el reloj del palacio municipal en Comitán sí le ha hecho caso al compositor en varias ocasiones. A veces, los peatones pasan, alzan la vista, ven el reloj que permanece parado. El reloj del edificio del ayuntamiento comiteco ya tiene sus buenos años y ahí sigue marcando el tiempo, en ocasiones arrastrando las patas y el minutero. En los años sesenta, antes de los tiempos de celulares donde todo mundo sabe qué hora es, el pueblo comiteco medía su tiempo con el reloj del palacio. “¿Qué horas son?”, preguntaba el muchachito y otro decía: “Las horas de tu calzón”. Siempre pensé que era un juego bobo, que sólo apelaba a la rima fácil. El calzón nunca tuvo hora. Salvo el comiteco que, de apodo, le decían “Tono Calzón”. Salvo este calzón, ninguno otro dio la hora. Y antes del reloj del palacio municipal, ¿cómo medía la hora el pueblo comiteco? Por ahí circula en el Facebook una fotografía donde se ve que en el lugar de los chorros de La Pila hubo un reloj de sol. ¿Mirás lo que acabo de escribir? Justo en el centro de la pared de los chorros había un círculo, coronado con un motivo artístico, que era un reloj. Los burreros que llegaban a cargar los barriles de agua para vender en el centro, sin duda que tuvieron la destreza de descifrar la hora en ese chunche arcaico, genial. Iba a escribir reloj solar, pero podía confundirse con la tecnología actual. Ahora existen lámparas solares, que guardan energía y se activan cuando llega la tarde. Son chunches geniales. El reloj de La Pila era un sencillo instrumento que daba la hora a través de la sombra que proyectaban los rayos solares. Si era un día nublado, el relojito no funcionaba, no daba la hora. En los años cuarenta, pienso, pocas personas tenían relojes de pulso. Sólo los hacendados tenían relojes de leontina. De ahí, sin duda, quedó la costumbre (que a mí todavía me tocó) de pedir la hora a alguien que se miraba con posibilidades económicas. “¿Qué hora tiene usted?”, preguntaba alguien y la otra persona se subía la manga de la camisa y checaba la hora en su reloj de muñeca, también llamado reloj pulsera. Cuando tuve en mis manos un celular moderno, pensé que nadie más iba a necesitar llevar reloj en la muñeca. ¿Quién se sometería a tal tormento? Me equivoqué. Ahora todo mundo tiene celular donde basta ver la pantalla para saber la hora, pero existen millones de personas que usan el reloj pulsera, porque éste, aparte del símbolo de caché que significa, posee una serie de funciones que lo hacen muy atractivo. Ahora, se llaman relojes inteligentes y, además de dar la hora, monitorean la salud. Romeo dice que él checa cuántos pasos da al día, es un podómetro, instrumento que antes sólo utilizaban los deportistas especializados. Como todo en la vida, los relojes también se volvieron símbolo de estatus. El reloj, en sentido estricto, marcaba el tiempo. Pronto alguien tuvo un cronómetro, ah, era más fifí. En los años setenta, te he platicado, hubo una estación radiofónica que era muy escuchada, porque daba la hora cada minuto y uno de sus anunciantes favoritos era Haste, porque Haste, una marca de relojes, era “la hora de México”, así decía su promocional. Medio mundo tuvo un Haste (hasta yo). “Sabia virtud de conocer el tiempo”, así dice el primer verso de un poema de Renato Leduc, que se popularizó gracias a que la convirtieron en canción. Este poema fue producto de una apuesta. Alguien le dijo que era imposible rimar la palabra tiempo, Don Renato no se quebró la cabeza, rimó la palabra tiempo con la palabra tiempo y se sacó la espina. Acá en Comitán, el poeta anónimo también no se quebró la choya, rimó “son” con “calzón” y popularizó un dicho. Posdata: la gente dice que “el tiempo vuela”, que el tiempo se escurre como agua por entre los dedos. Algo de misterioso tiene el tiempo, porque sí se puede asegurar, que como lo enseñó Einstein, el tiempo es relativo. Conforme la vejez se acumula, el tiempo se hace más breve. Es icónico el ejemplo que dice que cuando niños se hacía eterna la llegada de la navidad, para recibir los regalos; en cambio, cuando alguien tiene más de sesenta años (que es mi caso) cuando venís a ver ya llegó la siguiente navidad y así cada vez más veloz, como si el tiempo, en lugar de viajar en el Tren Maya lo hiciera en el Tren Bala. ¡Tzatz Comitán!