miércoles, 18 de febrero de 2026

CARTA A MARIANA, CON LAS DOS VIEJECITAS

Querida Mariana: se nos fueron las dos viejecitas de la casa: mi mamá y la perrita; es decir, la princesa huixtleca de Comitán, Hilda Cecilia Torres Córdova, y la Pigosa (Pigo, entre los cuadernos). Mi mamacita vivió más de noventa y cinco años, ella nació el 24 de marzo de 1930, en la costa chiapaneca; nunca supimos el día del cumpleaños de la Pigo, pero ella vivió con nosotros más de dieciséis años. Puedo decir que, al final, ambas estaban cansaditas, se murieron de cansancio. Es bendición morirse después de ver tantos amaneceres al lado de los afectos. Mi mamá fue una mujer siempre dinámica, incluso en sus últimos tiempos, lo mismo puedo decir de la perrita, ¡ah, bárbara!, qué energía, llegaba mi Paty a la casa y ella, como casi todos los perritos, le hacía fiesta, pero la fiesta que le hacía era todo un guateque sensacional, iba a la cochera, corría, como si fuese una de esas nadadoras que se impulsan en el extremo de la alberca, la Pigo se impulsaba en la pared, daba media vuelta y seguía corriendo por todo el patio, hasta que se cansaba y comenzaba a toser, cómo no, era una viejecita. Mi Paty hacía cuentas y aseguraba que los expertos chuchólogos mencionan que un año perruno corresponde a seis años humanos. ¿Mirás? Esto quiere decir que la Pigo tenía noventa y seis años. Por esto digo que se nos fueron las dos viejecitas de la casa. Se fueron y, todos los que han padecido el fallecimiento de seres queridos, saben cómo pesa la ausencia. La ausencia es vacío y, sin embargo, borra las leyes físicas y pesa más que la presencia. Primero se fue mi mamacita y los de casa nos quedamos como sin chamarra para cubrirnos en medio de una tormenta. Ese día se quedó sin techo la casa, nos quedamos sin resguardo, sometidos a las inclemencias del tiempo físico y espiritual, acá seguimos, soportando la lluvia, el sol abrasador, las culebras de viento, las heladas. Mi Paty, la Pigo, el Félix (el gatito) y yo quedamos huérfanos. Comenzamos a vivir sin esa mano que, además de sembrar flores y regarlas, además de tejer chalecos, además de regar agua bendita en toda la casa cada principio de mes, nos acariciaba. La Pigo y el Félix sintieron que algo había sucedido y mostraron una natural turbación. Ellos estaban acompañados todo el día por mi mamá. Y un día la Pigo comenzó a mostrar signos de agotamiento y murió. Murió la otra viejecita. Como lo habíamos hecho con las cenizas de mi mamá, cumplimos el ritual con el cuerpecito de la Pigo. Ambas quedaron en tierra buena. Como es comprensible, mi Paty y yo supimos qué sucedió, tanto con mi mamacita como con la Piguito, pero ¿el gato? El gato, desde que murió mi mamá advirtió la ausencia, pero no pudo darle una explicación racional; y luego, la otra ausencia, la de la perrita que se encargaba de joder, porque le saltaba por encima y cuando pasaba a su lado le tiraba un zarpazo, todo como un juego. El gato, desde entonces, anda como desorientado, solo. Solo, porque nosotros salimos toda la mañana al trabajo y él se queda solo, solo. Ah, qué experiencia tan jodida. Vos y yo leemos con frecuencia el poema de la Szymborska, que se llama “Un gato en un piso vacío” y que habla, precisamente del fallecimiento de su ama y el gatito no sabe qué sucedió. "Morir, eso no se le hace a un gato. Porque qué puede hacer un gato en un piso vacío. Trepar por las paredes. Restregarse entre los muebles. Parece que nada ha cambiado y, sin embargo, ha cambiado. Que nada se ha movido, pero está descolocado. Y por la noche la lámpara ya no se enciende…” Es sólo un fragmento. Descolocado, todo está descolocado. Posdata: soy un ser humano, pero ahora, en ocasiones tengo la sensación de ser un gato, un gato abandonado. Uf, ahora que está de moda lo de los therian. Te dije que a mis sesenta y ocho años de edad comprendí lo que todo mundo sabe: que todos los seres vivientes vamos a morir. Las dos viejecitas de la casa murieron. Doy gracias a Dios por la bendición de su compañía. Mi mamá vivió feliz a nuestro lado, ella vivió para sus hijos y nietos. Sus hijos fuimos mi Paty y yo. Le tocó morir, como le tocará a todo mundo. Ella se fue tranquila. Todas las mañanas pienso que su deseo siempre fue que yo sonriera, que viviera más o menos sereno. La manera de honrar su vida es abonar todas las mañanas el árbol de su cariño. Lo hago. No queda más. Soy un pobre gato abandonado. ¡Qué se le va a hacer! ¡Así lo dicta la pinche vida! ¡Tzatz Comitán!