sábado, 23 de mayo de 2026
CARTA A MARIANA, CON IA
Querida Mariana: nunca imaginé vivir este tiempo; es decir, con tanta innovación tecnológica. Vengo del siglo XX, un siglo donde no existían tantos avances. Viví el tiempo donde el teléfono era fijo, donde, todavía, se solicitaba a la telefonista que comunicara con tal número; en la Ciudad de México, en los años setenta, hacía fila para hablar desde un teléfono público que funcionaba con monedas. Ahora tenemos los celulares, los llevamos a todos lados, hablamos a todas horas, sólo necesitamos inscribirnos a un plan o comprar “tiempo aire”. Jamás pensé que iba a comprar “tiempo aire”. Claro, todavía no llegamos al instante donde podamos comprar tiempo o comprar aire. Tal vez algún día (ya no lo veré).
Crecí en la segunda mitad del siglo XX, un siglo donde, en mi infancia, para ver películas tenías que ir a una sala cinematográfica, comprar un boleto de entrada en la taquilla, entregar el ticket con un boletero, que lo metía en una caja de madera que iba del piso a la panza del boletero y que en la parte superior tenía una rendija. Luego compré una videocasetera, porque, ¡oh, prodigio!, vendían películas en casete. Sí, lo que antes llegaba en unos grandes rollos desde lejos, ahora se podía conseguir en tiendas en el tamaño de un videocasete, que era de este tamaño. ¿Ya miraste el hueco que tengo entre las manos? Bueno, de ese tamaño, más o menos, eran los casetes VHS, luego llegaron los Beta, que eran más pequeños y que obligó a comprar otro chunche para reproducirlos. Nunca imaginé tener cine en casa, todo se veía en la pantalla de una televisión. Algunos de mis amigos con harta paga compraron pantallas grandes, además de bocinas espectaculares, así que disfrutaban el cine casi casi como si estuvieran en una sala, sin la incomodidad de que alguien trepara las patas sobre el respaldo de la butaca y con la posibilidad de hacer pausa si te llegaba la gana de hacer pis (esto en la sala cinematográfica era imposible, si llegaba la gana de hacer pis te parabas, ibas al sanitario y todo lo que transcurría en la pantalla durante este tiempo ¡te lo perdías!) Un día desaparecieron los negocios que rentaban y vendían películas en casete. El siglo XXI llegó y con él las empresas con plataformas, tipo Netflix, que, por una módica mensualidad, te da la oportunidad de ver películas y series desde el teléfono celular o pasarlas en una mega pantalla.
En estos tiempos pienso en Rosario Castellanos, la gran escritora que fue una gran cinéfila, a tal grado que viajaba de una ciudad a otra sólo para ver una determinada película. Nuestra amada pichita ya no llegó al siglo XXI, lo hubiera disfrutado como lo hacemos los cinéfilos de estos tiempos. Un amigo (me confió su esposa) está inscrito en todas las plataformas que están a disposición, así cuenta con un enormísimo catálogo para ver.
Y ahora, la gran innovación es la IA (la Inteligencia Artificial). Miles y miles de personas (me incluyo) no tenemos mucha idea de por dónde va este tema complejísimo. En redes sociales, mucha gente se alarma ante noticias catastrofistas, acerca de la sustitución de personas por esta herramienta tecnológica. Por ejemplo, yo no sé qué onda, pero cuando necesito algún dibujito para ilustrar las cartas que te envío, le pido a la IA que, por favor, haga su mejor intento y así sucede, en cuestión de segundos me manda una ilustración bien chida, bien hecha. Hace años esta labor se le encargaba a un dibujante, a un ilustrador, a un diseñador, ahora no hay necesidad imperiosa de que un diseñador esté de planta en la empresa.
¿Cómo ha influido la aparición de la IA en el proceso educativo? El magisterio comprometido está pendiente de la carretera que ahora debe recorrer el estudiantado para no quedarse a la zaga de lo que en el mundo se gesta. Una de las ideas principales de quienes no muestran temor ante la aparición de la IA es la de que es un asistente que puede ayudar a grandes logros en todos los campos; es decir, la IA jamás podrá superar a la Inteligencia Natural, la que ha hecho posible la gestación de la IA. Lo artificial jamás ha superado a lo natural, al genio creativo del ser humano. En medicina, por ejemplo, todos los avances tecnológicos coadyuvan a los profesionales a brindar mejores tratamientos. Un amigo que, hace cuatro o cinco meses, necesitó que le practicaran una operación delicada, me contó que cuando estuvo en el quirófano, uno de los médicos responsables le dijo: “le presento al robot que hará la operación”. Esto era inconcebible en los años sesenta del siglo XX. Gracias a los chunches tecnológicos ahora realizan operaciones donde la anterior carnicería queda desechada, los procesos de cicatrización son más leves, porque los cortes son minúsculos. No sabemos hasta dónde llegarán los avances, pero los científicos dicen que en los últimos tiempos el desarrollo tecnológico ha tenido un soberbio adelanto.
Estudié en salones donde todos los alumnos de primaria escribíamos en cuadernos y libretas, algunos, los más limitados de recursos económicos, escribían con lápices sin borrador en un extremo. Todavía me tocó escribir con la llamada letra manuscrita, donde, para escribir una palabra, se hacía con una línea continua. Había compañeros que tenían letras exquisitas, otros escribían como hemos visto lo hacía la gran escritora Rosario Castellanos, en forma casi ilegible, tanto que ni ella misma reconocía sus garabatos.
En el año 2026 Comitán, igual que los demás pueblos del mundo, goza de muchos avances. La IA no es una materia ajena. Tengo como ejemplo al admirado maestro Xavier González, quien, siempre pendiente de los avances, está muy pendiente de la IA, desde el espacio prodigioso que tiene en Tzimol.
Posdata: todo mundo habla de la IA, pero son pocos los que tienen idea completa de tema tan abstruso. Lo profundo ronda nuestra burbuja diaria. No advertimos bien a bien por dónde aparecerá la cola de esta serpiente que, como boa constrictora, nos mantiene en la expectativa del futuro cada vez más cercano.
¡Tzatz Comitán!
