domingo, 19 de julio de 2026

CARTA A MARIANA, CON DURAZNITOS

Querida Mariana: los duraznos los hacen en dulce. No hay como los duraznos pasa que hacen en San Cristóbal de Las Casas. No sé bien, pero entiendo que en aquella ciudad hay muchos árboles de durazno. Por ahí, en el camino de Teopisca a San Cristóbal he visto muchos árboles. Cuando es temporada se cuaja (no el chulul) sino el durazno. Casi casi como está cuajado este arbolito que está en la casita de campo. Mi mamá siempre estuvo pendiente, todavía tuvo el privilegio de comer uno o dos, pero este año (que mi mamacita ya no está) el árbol se llenó de duraznos. Un día, Doña Gloria me dijo que viera el árbol, porque desde su casa vio que el árbol de duraznos ya estaba “rosadeando”. Llegué a la casita y, en efecto, el árbol ya tenía unas ramas como acá se ven, pandeadas de tantos frutos. No recuerdo bien la historia de este arbolito, entiendo que Don Abelardo llevó la plantita a petición de mi mamá y la plantó. Mi mamá, como siempre, se encargó de verlo crecer, de que estuviera bien atendido. Cuando mi mamacita falleció llegó Mauricio, quien hizo favor de podar algunas ramas que ya tocaban la ventana de una recámara. No sé si esta poda (los expertos podrán aclararlo) sirvió para que en esta temporada el arbolito esté como aparece en la fotografía, pleno, generoso. Cuando Doña Gloria me advirtió que los duraznos ya estaban para cortarse tomé una bolsa de tela y, por primera vez en mi vida, tuve el gusto de elegir y cosechar, yo que nada hice para que este milagro se diera. Corté muchos, ya en su punto. Le llevé unos cuantos a Doña Gloria y cuando llegué a casa le mostré la bolsa a mi Paty, ella de inmediato dijo: los haremos en dulce (siempre vio a mi mamá prepararlos, con una miel especial y un poco de canela). Yo he comido la cosecha al natural, los lavo, les quito la cáscara mondándolos con un cuchillo, tal como me enseñó mi papá, quien amaba este fruto, tal vez lo amaba porque, ya lo dije, en su pueblo natal hay muchos árboles de durazno. Recuerdo que en dos ocasiones mi padrino Ramiro Ramos Ruiz (el del supermercado las tres erres) me llevó a un terreno que tenía y mientras él cortaba unos duraznos excelentes me los pasaba para que yo los depositara en un cesto de mimbre, un cesto con buena altura. Regresábamos a la casa y en la mesa del comedor, una mesa amplia, mondábamos los duraznos y los disfrutábamos, yo lo hacía acordándome de mi papá, así como ahora comí los de la casita de campo en nombre de mi mamacita. Mi Paty de inmediato dijo que a mi mamá le habría encantado ver así el árbol, el arbolito que cuidó. En la casa de mi adolescencia, la que mi papá y mi mamá mandaron a construir, teníamos dos patios (dos sitios) y en uno de ellos había un árbol de durazno, junto a otros árboles frutales. Nunca me acerqué, más que para cortar algunas uvas de una plantita que mi mamá había cuidado y mi papá había ordenado que le pusieran una especie de tapesco con malla de alambre. Las uvas colgaban del tapesco, era una cascada prodigiosa de verdes. En Comitán no he probado los duraznos pasa que sí hacen en San Cristóbal, con esto quiero decir que acá el durazno pasa no es manufacturado con el ánimo que lo hacen allá. Cuando viajaba a San Cristóbal le traía duraznos pasa a mi mamá, siempre y cuando estuvieran frescos. Ah, es un dulce exquisito. Recuerdo que la primera vez que probé un durazno pasa fue un día “de mulitas”, en el corredor del portal que está frente al parque central, muchas personas tienen la costumbre de vender mulitas hechas con “doblador” y muchos dulces tradicionales. En esa ocasión, yo era niño, el color de esos duraznos llamó mi atención: ah, que color tan cardenal, tan dátil, tan petirrojo arrecho. Le pedí a mi papá que me comprara uno, lo probé, luego fui con mi mamá y le pedí que me comprara uno (no dije otro, porque ya sabía la respuesta), así, ese día disfruté dos duraznos pasa y supe que San Cristóbal era una ciudad dulce, amable, generosa. Nunca me sedujeron los duraznos en almíbar, siempre preferí los pasa y los naturales. No llaman mi atención los melocotones, siempre he preferido los duraznos “coletos” y ahora los duraznos “cajcameros” que fueron bendecidos por las manos de Don Abelardo y las de mi mamacita. Posdata: nunca había disfrutado replicar el acto que realizó Eva al cortar la manzana. Eva y Adán gozaron del Paraíso sin haber soltado una gota de sudor, porque todo les fue dado. Conmigo pasó lo mismo, sólo alcé la mano, agucé la vista y corté los frutos más apetecibles, los más rosaditos. Ahora, en casa, a la hora del desayuno corto dos o tres y los disfruto, los celebro, los como honrando la memoria de mi mamá y la memoria de mi papá. El durazno es un fruto delicioso. Cuando comí los dos duraznos pasa en San Cristóbal, siendo niño, el padre Juan Bermúdez, mi tío, me abrazó y dijo: “ya vi que te gustan los duraznos aplastados” y rio, como reía cuando llegaba a la casa y platicaba con mi papá, acompañados de dos vasos con traguito. ¡Tzatz Comitán!