sábado, 24 de enero de 2026

CARTA A MARIANA, LOS TIEMPOS CRUZADOS

Querida Mariana: terminé de leer “El loco de Dios en el fin del mundo”, del escritor español Javier Cercas. Pensé que es una novela sensacional. Un ateo irredento platica un rato con el papa Francisco y le pregunta dos cosas que quiere contarle a su mamá: ¿hay vida eterna? ¿Vendrá la resurrección de los muertos? Estas preguntas se las hace al papa el gran ateo, porque su mamá es católica y tiene la certeza de que cuando muera se encontrará con su difunto esposo. Hace dos días me enteré que Javier Cercas obtuvo el premio al Libro Europeo con esta novela, lo que confirma la calidad de su narrativa. En cuanto lo dejé me decidí, entre la pila de libros pendientes, por la última novela de Mario Vargas Llosa: “Le dedico mi silencio”. Por ahí, dicen los estudiosos de la obra del Premio Nobel quedó pendiente un ensayo que escribiría acerca de Jean Paul Sartre, el filósofo que tanto influyó en sus primeros trabajos, a tal grado que los amigos molestosos le decían de apodo “El Sartrecillo Valiente”. Pero, la muerte le puso el pie, Mario (como lo hará todo mundo) tropezó y hasta ahí se acabó su genio creativo. ¿De qué trata la novela que ahora leo? Es un tema apasionante: de la música criolla del Perú, de los valses peruanos. El tema de Mario me llevó a pensar que en Comitán no tenemos música criolla, nos han hecho falta los estudios de la música tojolabal. Ahora que se acerca la Entrada de Flores, en honor a San Caralampio, recordamos la música que acompaña a la procesión, que está sostenida en dos instrumentos: el tambor y el pito (flauta de carrizo). Entiendo que quien toca el pito, como si fuera el director de orquesta, marca el ritmo, es el pitero quien ordena el sonido de los tamboreros. Parecería muy difícil describir este sonido, por eso digo que hace falta el estudio más a profundidad de los expertos. Los comitecos, quienes son muy pícaros y hábiles para las relaciones sociales, trasladaron el sonido que hacen los tambores en la procesión con una letra muy sicalíptica, pero que sí deja ver una idea cercana al sonido que se da en las entradas de velas y de flores: “Te lo tenté, te lo tenté, tenía pelitos y me espanté”, quitando la simpática alusión sexual, el ritmo queda impreso en ese juego de palabras: “Te lo tenté, te lo tenté”, así suenan los tambores. El ritmo de los pitos es más variado, pero sigue una línea melódica que no es muy cambiante. Diríamos que la música no tiene grandes variantes. Los oídos de los comitecos siempre han escuchado este ritmo, un ritmo que es como el pan compuesto, que es un antojo muy sencillo pero rico; lo mismo sucede con la música que acompaña las procesiones, porque, de igual manera, se produce con sólo dos instrumentos muy sencillos. Por fortuna, la flauta de carrizo sigue siendo la misma desde tiempos inmemoriales, no sucede lo mismo con el tambor, porque ahora la carcaza de madera ha sido sustituida con cilindros de pvc, lo que, sin duda, hace que el sonido cambie. Se entiende que hay una gran distancia entre el sonido producido por el tronco de un árbol natural al sonido que produce un cilindro de plástico. Pero la tradición continúa. Algunos jóvenes acompañan a sus papás y reciben el legado, asimismo ahora se ve la participación de mujeres, cuando años antes esto era imposible, porque la responsabilidad recaía en varones, recordemos que nuestra sociedad ha sido tradicionalmente machista y, sin duda, que la música también refiere dicha estructura social. Mario Vargas Llosa habla de los instrumentos utilizados en el Perú y nos dice cómo el origen del vals peruano se instaló en los famosos “callejones” de Lima, que eran vecindades donde existía un gran hacinamiento de personas en medio de ejércitos de ratas. En estos callejones nació la música criolla, grandes artistas de la guitarra y del cajón peruano salieron de ahí, a la par de grandes compositores. En Comitán, digo, no tenemos algo así. La historia nos indica, eso sí, que nuestro pueblo tiene una tradición musical de años. En las casas de antes de la mitad del siglo XX había muchos pianos y era cotidiano caminar por las banquetas y escuchar que adentro, en las salas, algún artista ejecutaba canciones de música culta; asimismo, hay registros escritos y fotográficos de la existencia de orquestas donde, bajo la conducción de un director, varios ejecutantes de violines, violas, pianos, chelos y otros instrumentos de cuerda, de viento y de percusión alegraban las tertulias que se daba en este pueblo. Como era difícil la comunicación con el centro del país, la proximidad era con el país de Guatemala, con quien, desde siempre, hemos tenido un contacto mucho más cercano. Nuestra historia musical indica la existencia de grandes compositores y de grandes intérpretes. En el libro de oro aparecen los nombres de Fernando Soria y de su hija Isabel Soria. Dos personajes relevantes de la música en Comitán. Se cuenta que Isabel, gran cantante soprano, tuvo participaciones en grandes salas de concierto del mundo. Por esto, el arquitecto Gustavo Trujillo, en paz descanse, y el escritor e investigador Doctor Omar Ruiz, han insistido en que un recinto especial en el pueblo lleve el nombre de esta gran cantante. Cuando menos al maestro Esteban Alfonzo, director de grupos musicales, ejecutante y compositor, la historia local le hizo un mínimo reconocimiento, porque en el jardín central del Museo Arqueológico y de la Biblioteca Pública Regional existe un busto en su honor. Mario encontró un elemento social aglutinador en el vals peruano. Todo mundo sabe que la música es un lenguaje universal. He visto en algunas reuniones donde hay una marimba cómo las patías de los presentes empiezan a moverse siguiendo el ritmo. La música es un detonante inmediato de la alegría, es un cartucho lleno de vida. Yo, lo sabés, no he sido muy aficionado a la música, no como amigos que tengo, que son fanáticos, que en los años setenta tenían cientos de discos y adquirían aparatos de reproducción, de alta fidelidad. No, he escuchado lo que me ponen enfrente, en fiestas o en actos especiales, como el que se dio el pasado 22 de enero 2026, en Mi pueblito San Caralampio, donde el gobernador del estado de Chiapas fue testigo de honor en la entrega de Placa Conmemorativa de Indicación Geográfica Protegida del Comiteco de Comitán. Ahí, la marimba orquesta municipal amenizó el acto y toda la gente tenía pintada en su rostro una sonrisa de colibrí, porque la música estaba muy sabrosa. Digo que no he sido gran aficionado a la música, pero llevo en mi espíritu el ritmo del tambor y del pito. Con eso crecí. Mis papás, niños lindos, me llevaban al festejo de San Caralampio y ahí escuché ese mítico sonido que, insisto, nace de la conjunción de dos simples instrumentos vernáculos: una flauta de carrizo y un tambor con cilindro de madera y baqueta de cuero. Posdata: las serenatas que mis amigos daban a sus novias eran con marimba; los bailes de mi juventud eran con marimba, con marimba bailé, con marimba platiqué, con marimba me emborraché. El sonido de la marimba también es un bordado sublime en mi coraza, en mi corazón. Por ahora seguiré leyendo el último libro de Mario. Lo escribió y nos dedicó su silencio, un silencio lleno de valses peruanos. ¡Tzatz Comitán!