sábado, 30 de mayo de 2026

CARTA A MARIANA, DONDE SE PREGUNTA ¿SI VEINTE ES NADA, QUÉ ES CUARENTA?

Querida Mariana: ¿recordás la letra de la canción que dice: “que veinte años no es nada”? La letra tiene un jueguito encerrado. Recordé esa frase cuando leí el texto que me envió Carlos Román, que tituló: “40 años, 40”, donde dice que el 31 de mayo de 2026 cumple cuarenta años de haber llegado a Chiapas. ¡Cuarenta! ¿Cuarenta años no es nada o es nada? Digo esto, porque la trampita está en la negación, si la canción dice que veinte años no es nada, quiere decir que veinte años es algo. ¿Qué son los cuarenta de Carlos en Chiapas? ¡Es mucho y poco! Mucho tiempo en su vida personal y poco en lo que el estado de Chiapas ha recibido de su talento. Recuerdo que el gran poeta Quincho Vázquez decía, elogiosamente, que Carlos era tan talentoso como Borges. Sí, Carlos escribe en forma inteligente y cuidada. Su prosa es limpia, posee un gran talento narrativo. Te recomiendo, mi niña, que le des una vueltita al texto de Carlos, para que mirés cómo sintetizó su vida chiapaneca. Él le tiene un gran aprecio a Comitán, disfruta cuando viene al pueblo, se expresa elogiosamente de nuestra tierra, además, dice, debe tener cierta cercanía con todos los Román del pueblo, ¡con todos! Esto es un elogio para la familia de ese apellido, porque no cualquier familia puede decir que cuenta entre sus integrantes con un destacado intelectual. Entre los muchos dones que posee, Carlos puede presumir de una memoria, casi cercana a la que poseyó su tocayo Monsiváis o la que tuvo Doña Lola Albores, quien podía estar pendiente de cinco cosas a la vez, no cualquiera. Doña Lola, además de su memoria sorprendente tenía la capacidad de atender a una mujer que estaba embarazada, de ver la telenovela, de escuchar la radio, de platicar con la persona que le acompañaba y de responder a la mujer que, desde la calle, le ofrecía tsolitos, todo a la vez, ¡todo a la vez! Qué capacidad tan brillante. No sé si Carlos tenga esa capacidad, pero lo de memorioso sí es una cualidad que posee y la aprovecha en forma generosa en su conversación y en su escritura. Admiro los textos que escribe y que comparte. Digo pues que los cuarenta de Carlos en Chiapas han sido muchos pero pocos, porque es un cántaro que rebosa talento y riega muchas orillas, pero, como el día no tiene más que veinticuatro horas, no puede sembrar más ceibas en el territorio común. No, porque él debe convivir con sus cercanos, así que quienes se ven favorecidos con su talento, con su charla formidable, son los que echan la botana y la cerveza con él. Su halo se ve reducido, no tiene la gran ventana de la radio o de la televisión. Cuando aparece en programas culturales, en presentaciones de libros, en conferencias, en charlas en público, su horizonte se extiende más, se expande, entonces, medio mundo tiene la posibilidad de recibir las carretadas de luz de su talento. Carlos es un hombre con un gran talento literario, un hombre de gran cultura. Parecería que no hay tema que le resulte ajeno. No lo sé, pero advierto que de niño fue tan curioso como lo es de grande. En su texto “40 años, 40” confiesa que su novela favorita de las escritas en Chiapas es “Los arrieros del agua”, de Carlitos Navarrete, otro Carlos que ha dado mucho lustre al estado con su presencia. Estos arrieros intelectuales llegaron a Chiapas un día, se asentaron acá (en buena hora) y han sembrado haces de luz en las orillas de nuestros caminos y de nuestros ríos. Ah, bárbaros, cómo han caminado, cuánto han pepenado. Todas las piedritas y gajos que han recogido en sus andares, como grandes demiurgos, las han transformado en conocimiento de nuestra historia. Carlos Román dice que en el libro de quinto grado de primaria vio una imagen del Cañón del Sumidero y no lo explica, porque todo misterio está rodeado de cañones y de sumideros, pero supo que algún día viviría en una ladera de esa gran orilla (se cumplió, porque su residencia anda por el rumbo). En el texto donde hace la síntesis de los cuarenta años de su vida chiapaneca confiesa sus pecados y sus virtudes, como si el papel fuese un espejo, no donde se pregunta ¿quién es el más bonito? sino ¿quién es el que está libre de culpas? Así, en el confesionario público, donde no hay sacerdote sancionador, dice que le coquetean la lujuria, la gula y la pereza. Ah, cuánta fuerza de voluntad para superar esos vicios. Desde la distancia, así como veo, sé que Carlos ha vencido a la pereza por marcador amplio, porque un hombre perezoso al cien por cien no realiza toda la creación que él ha logrado, así que la pereza queda fuera; ¿la gula?, pues no sé si puede llamarse así al gusto por la buena comida, porque, eso sí, sus amigos y familiares saben que Carlos es un gourmet de los buenos, aprecia la buena mesa, porque ésta permite la convivencia genial. Vaya pues, Carlos sí cede a la gula. ¿Qué onda con la lujuria? Ay, Carlos, todos tus deseos se cumplen, porque sos un hombre que no pone diques a la vida, al goce. Sos amante de la vida y ante esa pasión no dejás árbol por trepar, río por nadar, montaña por escalar, pasión por descubrir. Tus cuarenta en Chiapas han sido un permanente gozo por lo que este estado te ha puesto enfrente. Pero, ¡ah, bendita balanza! ante esas debilidades, contraponés tus virtudes, que son muchas, que son las que disfrutamos y celebramos. Tus virtudes son la gran coraza que pulveriza a la ira, a la avaricia, a la envidia y a la soberbia. Estos pecados no van con vos, no son parte de tu vida. Tus amigos reconocen eso, de inmediato, sos de carácter afable (tal vez por ratos brinca el enojo, pero como gran domador lo contenés), sos un hombre mesurado, nada envidiás porque reconocés tus talentos y no pedís peras al olmo, porque tu árbol está hecho de otra sustancia. Carlos advierte que con la soberbia pelea seguido. Enrique García Cuéllar, talentoso amigo común, dice que Carlos posee la humildad de los grandes. ¿Cuántos son cuarenta? El tiempo, la mera verdad, no puede medirse, es moldeable. Si es plastilina se derrite, si es barro cocido permanece y si es bronce puede ser eterno. Carlos tiene su propia visión de sus cuarenta años en Chiapas, sus amigos tienen otra visión. Yo digo que agradezco su afecto, agradezco su talento, agradezco que quiera a nuestro pueblo. Cuando Carlos viene a Comitán algo en su mirada se ilumina, porque luminosa es esta ciudad. Posdata: dice la letra de la canción: “que veinte años no es nada”. Carlos cuenta que cuando lo expulsaron de una escuela un compa le dijo: “nunca serás nada”. Le atinó el compa, porque Carlos nunca fue nada, siempre ha sido todo. Que vengan muchos años chiapanecos más, para que Carlos viva contento y para que Chiapas se beneficie de su talento. ¡Tzatz Comitán!