sábado, 15 de agosto de 2026

CARTA A MARIANA, CON HECHOS SORPRENDENTES

Querida Mariana: ¿has escuchado la palabra Diosidencia? Es un término reciente, juega con la palabra “coincidencia”, pero donde el acto sorprendente fue más allá, hubo intervención divina. Claro tal término sólo lo emplean los creyentes, los ateos saben que una coincidencia no es más que un suceso casual, algo que no se previó y sin embargo ¡sucede! Todos los días hay coincidencias. Yo siempre llevo el concepto a lo coincidente. En los años setenta, en la Ciudad de México, enorme, intensa, me sucedía en ocasiones. Caminaba por una calle pensando en alguien del pueblo y al dar vuelta a la esquina veía a alguien muy parecido, bastaba acercarme más para comprobar que era el amigo invocado. ¿Cómo se daba eso? Lo vería como algo normal si sucediera en el pueblo de Comitán, pero ¿en una ciudad como la CDMX, en ese tiempo con más de once millones de habitantes? Era una coincidencia casi increíble. En mi mente lo pensaba y ¡voilá! aparecía. Siempre lamenté que esa coincidencia nunca resultara cuando imaginaba a la niña que me gustaba en el pueblo. Y esto era así, porque la niña que me gustaba no estudiaba en la gran ciudad, pero a veces pensaba que podía estar de vacaciones en México, pero nunca se dio. Lo de encontrarse con amigos es una coincidencia simple. En un cuento de Arnaldo Ortega nos enteramos que un presidiario salió libre por cumplir su condena, entra a cenar a una fonda, pide una orden de tacos de ubre que le saben a gloria después de la comida insípida que le servían en la cárcel, termina los tacos, levanta la mano con intención de pedir tres más, se queda con la mano levantada porque ve que el mesero que se acerca (no es el primero que le sirvió) es nada más y nada menos que el tipo que lo acusó de un robo que nunca cometió, delito por el que fue encerrado. El ex presidiario baja el brazo, apoya la mano en la mesa de lámina, el mesero espera la orden, mientras el otro camina hacia donde está la taquera y toma el cuchillo con el que cortan las carnitas. Ahí acaba el cuento. ¡Qué coincidencia tan fatal! Cientos de taquerías y haber entrado a esa precisamente. El otro día me sucedió algo sorprendente, algo luminoso. Un amigo, lo llamaré Erre, que radica fuera de Comitán dijo que deseaba saludar a un compañero de generación, lo llamaré Jota. Ofrecí a Erre buscar el número telefónico entre los familiares de Jota. No era labor sencilla, porque mi amigo y yo pensamos que Jota no vivía en el pueblo, así que diseñé mi labor de pesquisa de la siguiente manera: hago contacto con una cuñada de Jota, le pido el número telefónico de un hermanito de Jota y al hermanito le solicito el número de Jota y lo paso a Erre. ¿Cómo conseguir el teléfono de la cuñada? Pensé en una amiga común y fui a verla, ella tiene un restaurante, al lado del bulevar. Vi que mi amiga estaba sentada ante una mesa de su restaurante, desde lejos le hice seña con los dedos, ¿podía salir tantito al patio? Salió y le conté que Erre (a quien mi amiga conoce muy bien) quería saludar a Jota. Ya no fue necesario que mi pesquisa tomara el camino que había formulado, porque mi amiga dijo: Jota está acá, desayuna con nosotros. ¡Cómo! Quise decir imposible, pero me asomé al ventanal y vi a Jota. Nunca hubiera creído en esa coincidencia sensacional. Hallé a Jota en un lugar que jamás hubiera imaginado. Cuando nos saludamos y conté la historia que ahora comparto, Jota dijo: "fue una Diosidencia”. Posdata: me dio su número y yo lo mandé a Erre. Labor cumplida, gracias a un azar increíble. Esto se da todos los días, a todas horas, en todos los lugares. Los seres humanos nos movemos un poco como decía Cortázar: a través de figuras inexplicables, pero reales. Todas las personas tienen historias que entran en el terreno de lo incomprensible, pero que aparecen como llega la lluvia. A veces la lluvia se agradece porque alimenta los sembradíos, pero a veces causa inundaciones y provoca desgracias. La vida está llena de coincidencias felices y coincidencias ingratas. La del cuento de Arnaldo fue de las segundas, lo que a mí me sucedió fue de las felices, luminosas. ¡Tzatz Comitán!