domingo, 22 de febrero de 2026
CARTA A MARIANA, CON UTOPÍA
Querida Mariana: en el concurso de las palabras bonitas siempre aparece la palabra utopía. Debe ser porque suena bonito: utopía, u-to-pía.
También, digo yo, debería aparecer en el concurso de las palabras crueles. A ver: ¿qué es utopía? Recuerdo que en clase con el padre Carlos, él mencionaba la palabra al hablar de un libro de San Agustín, el gran pensador de la iglesia católica. Ahora entré al Internet y busqué la definición de utopía y hallé dos acepciones, la primera: “proyecto que parece de difícil realización” y la segunda: “representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano”.
En ambas definiciones uno advierte que es algo casi casi irrealizable. Es un concepto cruel, digamos, porque alienta vanas esperanzas. Así lo comprende la mayoría de las personas. Tal vez has escuchado que alguien te avienta la palabra cuando vos le platicás algún proyecto. “No, Mariana, eso es una utopía”; es decir, la palabra se emplea para decir que es imposible de llevarse a cabo. Uf.
Los optimistas (nunca faltan, gracias al universo) aseguran que lo imposible es realizable, que lo utópico es alcanzable. Es una posición genial, como la de aquellos que aseguran que apuntan a una estrella para atinarle a la luna. ¿Posición genial? ¡No! No, desgraciadamente, porque fijate qué jodido que alguien diga que le apunta al diez para pegarle al ocho, ya desde inicio está aceptando que no le atinará al diez. Claro, dicen los optimistas, es preferible esta actitud a la del compa que apunta al seis, al que pasa de panzazo.
¿Por qué digo esto? Porque soy amante de las palabras y siempre digo que no hay malas palabras, como los adultos insistían en asegurar cuando yo era niño. ¡No! No hay malas palabras, todas tienen su carita limpia. Margot insiste en decir que son las mentes de los oyentes quienes tienen la pizca de perversión, porque son sus mentes las que llenan de lodo a palabras que les suenan asquerosas, por decir lo menos.
A veces pensé que viviríamos en un mundo menos estúpido si todos los seres humanos les quitáramos la careta de malas a las palabras consideradas así. Pero alguien me dijo que eso es imposible, que es una utopía. Uf. Otra vez la famosa palabrita. Así pues llegué a pensar que la palabra utopía es una palabra que produce heridas, porque eso sí, las palabras, igual que las piedras o los cuchillos pueden causar lesiones, porque hay gente que no habla sino que agrede, que usa las palabras como proyectiles. Vos y todo mundo conoce a esa gente, yo tengo un amigo que usa las palabras para provocar enconos, en alguna ocasión un compañero que estaba en la mesa donde convivían se le fue encima porque mi amigo lo ofendió en grado extremo, la palabra fue la que detonó toda la violencia. ¡Qué cosas! Dos minutos antes, los compañeros que convivían lo estaban haciendo en forma amena, alegre, divertida y de pronto, una palabra provocó un alud que terminó en comportamientos violentos. Por supuesto que esos compañeros ahora no se hablan. Todo lo provocó una palabra que comenzó a hervir en una caldera inexplicable.
No hay malas palabras, la maldad del hombre es la que le otorga tintes sangrientos. Porque, vos también has sido testigo de ello, la palabra sana, la palabra logra que alguien se sienta amado. A veces te topás con alguien que camina por la banqueta, lo saludás con afecto y él como respuesta te lanza un: ¿qué te pasó?, así, a lo bobo. Vos (ser humano normal) pensás que no te ha pasado nada, salvo cosas buenas, pero como él lo dijo con una cara de Titanic a punto de chocar con un iceberg, vos recibís una dosis de agua fría, helada. Tu instante se modifica. Respirás con tranquilidad, le decís a tu mente que todo está bien y el sosiego regresa a tu cuerpo. ¡Nada!, le decís, soy espejo y me reflejo, y seguís tranquila tu camino, porque esa clase de gente, que le encanta jugar al “Pégale al negro”, no merece la mínima atención. Son provocadores profesionales. Como diría el buen Polo Borrás: que con su pan se lo coman.
Posdata: me gusta la palabra Esperanza, además de ser el nombre de mi abuelita materna es una palabra que alude al porvenir luminoso; en cambio, con todo y ser de sonido agradable, la palabra utopía alude a algo que nunca se alcanzará. ¿La ciudad de Dios? Es decir, la ciudad terrenal y la ciudad celestial. Todo inalcanzable. San Agustín advirtió que había una gran diferencia entre ambas ciudades y que, simples mortales, vivimos en ciudades terrenales, donde mucha gente aplica las palabras como campos minados. No hay posibilidad de cambio, de modificación, los hombres somos como somos, estamos contaminados con el mal. Qué pena. Por fortuna, existe la palabra que era nombre de mi abuela, si bien nunca habrá una ciudad de Dios en la tierra, bien podemos tener espacios mínimos donde la decencia sea un lugar apacible, pequeños territorios donde la convivencia sea agradable, por ejemplo, el lugar que habitamos puede ser un lugar con sonidos agradables, con palabras que fluyan como peces en ríos de agua limpia. ¿Es una utopía pensar que la palabra retome su vocación original de comunicar, acercar?
¡Tzatz Comitán!
