lunes, 28 de septiembre de 2026

CARTA A MARIANA, CON LO QUE QUEDA DESPUÉS DEL NAUFRAGIO

Querida Mariana: no sé en qué instante comenzamos a ver hacia atrás. ¿Recordás la película “El ciudadano Kane”? Está considerada como una de las cintas más relevantes de la historia. El guion es atractivo, así como la interpretación de Orson Wells. Un archimillonario muere y la palabra que dice es: “Rosebud”. ¿A qué se refiere? Rosebud es la marca del trineo de madera que el gran magnate disfrutó en su infancia. Todo mundo comienza a ver hacia atrás, es como si todos, pobres, ricos, millonarios, añoráramos la etapa de la infancia. No sé en qué momento comencé a pensar en mi infancia. ¿Vos pensás en tu infancia? Claro, hay una gran diferencia de edades entre vos y yo, pero casi puedo asegurar que hay objetos o situaciones que extrañás, que ya se fueron y no volverán jamás. Cuentan que un famoso poeta español dijo: “Al lugar al que fuiste feliz no debieres volver nunca, el tiempo habrá hecho sus destrozos”. ¿Es un lugar el tiempo pasado? Sí. Yo contradigo al poeta español, con frecuencia regreso a mis lugares de infancia, lugares donde fui feliz. Y en este viaje hurgo con denuedo en el mundo de objetos y situaciones. Extraño esos lugares. En mi mente, los lugares permanecen inalterables, en la realidad hay esos destrozos de los que habló el poeta. El poeta Borges, genial argentino, dijo que cuando uno extraña un lugar, lo que realmente extraña es la época que corresponde a ese lugar. Por eso, cuando regresamos a un sitio no tenemos la misma impresión que estaba en nuestra mente. Esto resulta así, porque, tiene razón Borges, no es el lugar sino la época, el sitio puede estar ahí, con algunas alteraciones, pero la época ya se la llevó el tiempo. No sé en qué momento comenzamos a ver hacia atrás, tal vez llega un instante en la vida que nuestro vaso se llena de tantas vivencias y cuando rebosa es el momento en que volvemos la vista hacia atrás, siempre hacia atrás. El ejercicio, nos dicen los expertos, puede ser benéfico, siempre y cuando no se convierta en una obsesión ni sea una cortina que nos impida vivir el presente. El pasado puede ayudar, como pasamanos, a subir los escalones del porvenir. He llegado a ese instante, no sé en qué momento inició, pero con cierta frecuencia pienso en mi infancia, en mi casa, en los corredores, en el sitio donde jugaba, en mi mamacita y en mi papá. Jorge me dijo, el otro día, que cuando su papá vivía nunca estuvo tan presente como ahora que ya falleció, me dijo que no hay día de Dios que no piense en él, apenas despierta se le revela la imagen del padre, eso lo hace sentirse bien, dice que cuando tiene una traba en su empresa, se encierra en su oficina, invoca la presencia del padre y cuenta en voz alta el problema y pide una posible solución; dice que cuando hace este ejercicio el problema comienza a perder su peso de bulto de maíz y comienza a convertirse en una almohada llena de plumas ingrávidas. La presencia de su papá es esencial para mi amigo, pero él dice que cuando más le funciona es cuando él se convierte en niño, cuando le habla como cuando tenía ocho años y su papá lo aconsejaba. No sé desde cuándo, pero en los últimos tiempos pienso mucho en un conejito toca tambor que mi papá me trajo una noche que regresó de La Línea. Asumo que el obsequio era un juguete adquirido en la frontera con Guatemala. Era un conejito que, si le daba cuerda, tocaba un tamborcito. El juguete era de metal, no pesaba, tenía una base donde se paraba el conejito, recuerdo que toda la figura estaba recubierta con una ligera capa de terciopelo, agradable al tacto. Los colores dominantes eran el blanco y el rojo. No recuerdo más. A veces intento hallar una imagen similar en el Internet, hasta la fecha no he tenido suerte. Sé que hay gente de mi generación que también hace el mismo ejercicio que yo, buscan imágenes de un balón de cuero que tuvieron en la infancia o un instrumento musical con características especiales o muñequitos de plástico o de metal o carritos también de cuerda. Lo mismo debe suceder con las chicas de mi generación. Otro recuerdo imborrable es el libro que trajo mi tía Emelina, desde México, fue uno de los primeros libros que tuve, era de pasta gruesa, tamaño media carta, con ilustraciones a color, contaba la historia de un niño que lo llevaban a pasear a un parque y él era feliz cuando su papá, trajeado, con un maletín de cuero, llegaba del trabajo y lo abrazaba. Posdata: Rosebud, dice el multimillonario al morir. Al término de la vida sólo aspiraba a poseer el juguete que tuvo de niño. Vos sos experta en cine y sabés mucho de esta película genial. Digo que todos, a final de cuentas, no somos más que una marioneta de Orson, llega un momento en que comenzamos a añorar las cosas simples de la simple vida, las de la infancia. Vuelvo con frecuencia a los lugares que fui feliz. Vivo en este pueblo, tengo la oportunidad de entrar a la que fue mi casa de infancia. Ahora está transformada, porque el nuevo propietario tiró toda la casa y convirtió el espacio en un estacionamiento, pero esta situación me permite, como a cualquier automovilista, entrar a la que fue mi casa de infancia y reconstruir el espacio con corredores y recámaras oscuras, pero con patio y sitio luminosos, llenos de aire. Vuelvo, pero extraño mucho a mi conejito tamborero. ¿Dónde conseguir una réplica exacta? ¡Tzatz Comitán!