viernes, 23 de septiembre de 2011

DESDE EL TECHO DEL MUNDO




Imaginá que te llamás azotea, imaginá que sos una azotea. Claro, podés ser azotea de edificio de diez pisos o de una modesta casa donde cuelgan la ropa para secar. De una o de otra manera estarás llena de aire y de viento. Tu mirada no tendrá límites (a menos que vivás en Nueva York y seás techo de un edificio de cuarenta pisos en medio de edificios de más de cien). Pero lo anterior es un sueño porque a lo más que podés aspirar es a ser techo de una construcción de Tuxtla o de Arriaga o de Tapachula o de Palenque o de Comitán o de San Cristóbal de Las Casas o de San Juan Chamula.
Procurá que tu piso tenga cierto desnivel para que no te llenés de agua cuando llueva. Siempre es conveniente no ser horizontal al ciento por ciento, una cierta pendiente en la vida produce un gusto de tobogán o de resbaladilla. Debés consentir que sobre tu cuerpo coloquen la “cochina” del gas estacionario y alguna antena parabólica de televisión de paga, más el inefable “rotoplas”. También es posible que sirvás como patio de chunches viejos y no será raro que sobre tus piernas o sobre tu pecho pongan ladrillos, tejas galvanizadas con roturas, bicicletas oxidadas y uno que otro pedazo de tejamanil.
Nunca podrás ver las baldosas de la planta baja o los rosales del jardín o los peces de la fuente, en cambio podrás ver todas las nubes y todos los azules de todos los cielos de todos los días de todas las noches de toda la vida.
Tu vocación será mirar hacia arriba, siempre hacia arriba. Serás pariente del Everest (pariente menor, pero pariente al fin); serás el punto de vista de todos los que visitan el cielo, desde las palomas hasta los aviones pasando por las golondrinas que buscan hacer verano.
Te visitará la sirvienta que cuelga la ropa en el tendedero; te visitarán los niños, en las mañanas, que suben a jugar escondidas mientras su madre está en el súper; te visitará el señor y la sirvienta, en la tarde, cuando la esposa está jugando cartas con sus amigas en el club; te visitará la hija universitaria con su novio cuando juegan a encontrar la Osa Mayor en noches de luna menguante; te visitará la abuela en noches de insomnio y de nostalgia; la niña que pide tres deseos; el político que no encuentra el hilo del sosiego; el escritor que escribe sobre abejas y panes que vuelan en laberintos.
Serás el sueño de la casa y su propio límite. La casa no podrá ir más allá de tus deseos. Si vos no soñás con volar, la casa siempre estará atada a sus cimientos. Si vivís en Tuxtla podrás mirar a la Torre Chiapas; si vivís en Cahuaré podrás mirar las garzas que se preparan a surfear en el Río Grande; si vivís en San Cristóbal podrás oler el aroma de los cotones chujs cuando ofrecen su copal al santo; si vivís en Cabeza de Toro podrás oír el aleteo de los poemas de Quincho; de igual manera, si vivís en el barrio de Guadalupe podrás tocar el sueño de un pueblo llamado Comitán. Por eso, digo, elegí ser techo de una casa que esté con los pies bien puestos en la tierra. Procurá que tu dueño siempre te maquille con chapopote para que, en tiempo de lluvia, ¡no te maldigan! Para que, al contrario, tus moradores siempre bendigan su paciencia y tu tiempo y todas las mañanas den gracias a Dios por tener un techo que los cubra y los proteja de las inclemencias del tiempo.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

POR LOS OJOS DE LA PIEDRA




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que huelen “a limpia rosa temprana” y mujeres que huelen a viento.
La mujer viento trae todo lo que está en el aire. Es como esas mujeres que van de pueblo en pueblo vendiendo especias; como esas mariposas deshojadas que, en las esquinas, debajo de un farol, ofrecen el sueño de la oruga.
En sus alas carga el polen de todas las esencias. Mujer que trae las hojas secas del otoño; que trae el rumor de la gente en un concierto de Shakira; que lleva colgado el morral con rehiletes de hojalata; que se mira en un espejo con sombrero de copa; que baila sobre un piano de cola; que descompone un rompecabezas vestido con traje y corbata.
Cuando camina por las calles de Comitán convoca al sol y a la lluvia. Los hombres que la desean deben andar debajo de un paraguas o arriba de un tractor para desbrozar el trigo de su boca. Es tan impetuosa que sus amados le piden “stop” mientras son conducidos al cadalso o al encierro de un manicomio.
La mujer viento amarra globos y se avienta desde un primer piso a treinta centímetros del suelo; se sube a una Montaña Rusa y descuelga dos o tres estrellas antes de estrellarse en el piso; se convierte en un filamento de foco de 60 watts y se enciende ante su amado; levanta los brazos como si triunfara en un acto deportivo o como si se desperezara después de bañarse en la jungla del sueño. Ella camina como si no quisiera despertar las líneas que unen las losetas de los salones de fiestas; come con el recato de una flor que se despierta en la madrugada; orina como si no deseara desequilibrar algún ladrillo de la Torre de Pisa; duerme como si fuese una pared con epitafio en medio de una montaña.
Es contradictoria porque no discrimina ningún aroma a su paso. Lo mismo pepena el olor del agua estancada que el aroma de un muchacha virgen recién bañada; lo mismo arrebata el azote del humo de una quemazón de llantas, que el aroma de pino de la piel grafiteada. En su cabellera cabalga el cielo del Sumidero y el enigma de la cuerda del ahorcado. En sus pies está el ritmo delirante de un caballo por la pradera y el movimiento del ave que picotea sobre un tronco.
Huele a la leche del ojo sembrado en la entrepierna de las muchachas; huele al abrazo que da el viejo a punto de despedirse; huele a la nube que se descuelga en las lianas del agua; huele a los ojos del águila, a los rayos del Sol envueltos adentro de una olla de aire, al collar que circunda la trompa de los elefantes, a la nave del templo donde oran los desesperados. Huele al arco, al puente, a la campiña, a los labios de la tarde, a los cabellos de la esperanza. Huele a mirto, a copal, a la mesa de la cantina, a la enredadera, al huerto y al piercing sobre la lengua.
La mujer viento, cuando camina por las calles de Comitán, se mueve como un pájaro sin jaula o como un león con alas. Tiene en sus manos el secreto del voyeur y las ansias del que danza en medio de una rampa.
La mujer viento es la línea del fuego o del agua que nunca se fragmenta. ¡Bendita sea la hora en que los hombres la aspiran y se llenan de ella, con ella!
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que son como una ruina arqueológica y mujeres que son como el edificio que se construirá mañana.

lunes, 19 de septiembre de 2011

EL VUELO DEL ÁGUILA MAYOR




En los últimos tiempos, el grupo de marimba más famoso de Comitán es “Águilas de Chiapas”. Siempre se anunció anteponiendo el nombre de su creador: Límbano Vidal Mazariegos.
Un día don Límbano murió, murió sin recibir el homenaje que el pueblo y gobierno de Comitán le tenían preparado.
Por fortuna, don Límbano aceptó el homenaje que le rindieron en su pueblo natal: Socoltenango. Ahora, la Casa de la Cultura de aquel lugar lleva su nombre.
Cuentan que don Límbano acudió con gusto a recibir el homenaje en aquel lugar; cuentan que subió al escenario y, al lado de sus hijos, tocó el instrumento que lo hizo famoso; cuentan que su rostro adquirió el color del flamboyán. ¡Qué bueno que en el lugar donde enterró su “mushuc” recibió el abrazo de hijo querido!
En Comitán no fue posible. Hay avenidas por donde, de pronto, corre el agua de manera impetuosa y no es posible caminar.
En Comitán nos quedamos con la palabra atorada, con el abrazo extendido, con las nubes envueltas en papel de china; nos quedamos con ese resabio del que se contiene para decir “te quiero”.
Nos quedamos con el canto del cenzontle enjaulado. Teníamos preparado una enrama con esas flores que se llaman “eques”; teníamos dispuesto celebrar que en Chiapas el viento es afectuoso porque el sonido de la marimba seduce al aire y las manos de Límbano eran expertas seductoras.
El esqueleto de los chiapanecos no está hecho de huesos, está formado por teclas de hormiguillo, por esto, cuando alguien tropieza y cae no se oye el clásico “pongoch” de otras regiones; se escucha algo como el sonido del “rascapetate” cuando comienza a caminar.
Nos quedamos con la orquídea en la mano. Teníamos dispuesto celebrar que en estas tierras tenemos cántaros donde cobijamos el agua y Límbano era uno de los mejores cántaros para contener el agua del viento.
La música de don Límbano, con sus “Águilas de Chiapas”, bordó los mejores arpegios en los patios de las casas, en las fiestas familiares; en maravillosos conciertos al aire libre y en espacios cerrados. Al entrar a las casas llenas de juncia y de manteados y manteles blanquísimos, el corazón se llenaba de trementina al oír la marimba de don Límbano. La trementina del corazón ardía al contacto con la música.
Nació en Socoltenango, pero en el árbol de Comitán construyó su nido de luz. Nuestro horizonte es ahora una línea de aire puro y en mucho se debe a su música.
Un día, al maestro Límbano se le ocurrió morir. Por fortuna, el universo es infinito y conserva por siempre su magia. Nosotros, acá, nos quedamos con cierto “flato”. Ya no pudimos decirle en voz alta, en medio de la gente, en el lugar adecuado, que era el águila mayor. ¡Ahí será para la otra!

miércoles, 14 de septiembre de 2011

PARA INVENTAR UNA NACIÓN




En un país sin nombre, a Arcadio se le ocurrió inventar una bandera. Pero ¿cómo tener una bandera, sin antes nombrar a la patria?, preguntó su mujer, que era una mujer práctica; de esas que temprano dan de comer a los cerdos y a las gallinas; de esas que saben cómo se quiebran los cascarones sobre el borde del sartén; de esas que, por las tardes, cosen los calcetines con un huevo de madera; de esas que por las noches cosen sus roturas con las caricias de sus esposos. Arcadio, desde su mecedora, con una cerveza en la mano izquierda y un libro de poesía en la mano derecha, dejó de mover su pie para detener el movimiento de su cuerpo: ¿A poco vos y yo no fuimos nosotros, antes de tener un nombre?, preguntó y luego dio un trago a la cerveza. Se limpió la boca con la manga de la camisa y vio a su mujer, como esperando que ella dijera algo. Pero la mujer no dijo algo, fue a la ventana y vio cómo las nubes se confundían con la ropa tendida, con la ropa blanca que, como banderas, ondeaban en el aire, revoloteaban en medio del viento y de la sonrisa asfixiante de la tarde.
Un día antes, Arcadio había revisado varios libros de historia y de geografía. Supo que todos los países del mundo tenían banderas. Todas las banderas, sin excepción, se distinguían por los colores empleados. Quienes las habían inventado jugaban con las formas geométricas. Como si fuese un decreto, todas las banderas se sujetaban al diseño rectangular. Arcadio pensó que su bandera podía distinguirse en su forma. ¿Podía -su mujer- costurar una bandera circular o informe, como si fuese un trapo tijereteado?
Había descubierto que todas las banderas contenían formas geométricas que funcionaban como símbolos. Había una, bien bonita, que tenía una media luna. Arcadio se rascó la cabeza y sonrió cuando vio que algunos países empleaban ejemplares de la fauna. Había una con un águila y otra con un quetzal. ¡Era tan elemental!, pensó. ¿Acaso los diseñadores de banderas no tenían imaginación como para inventar formas más sofisticadas? ¿Cómo se vería una bandera con un unicornio al centro? ¡No! Esto sí era un absurdo. Su país carecía de nombre, pero no era un país imaginario. ¿Qué caracterizaba a su patria? El territorio tenía cierta semejanza con Marte. Sus valles eran pedregosos y llenos de polvo, un poco al estilo de esa tierra lejana donde vivía su compadre Pedro Páramo. Pasaban años sin que cayera una sola gota de agua. ¿Podía colocar una piedra como símbolo? Su mujer sirvió el caldo de pescado con verduras, puso una servilleta de tela a la derecha y un vaso al frente. Arcadio fue al refrigerador y sacó una botella de cerveza, la destapó y fue a sentarse. Metió la cuchara en el caldo y la llevó a su boca. El caldo estaba caliente, demasiado caliente, tal como a él le gustaba. Sorbió. ¿Cómo se vería una piedra al centro de la bandera?, preguntó, sin ver a los ojos de ella. Miraba el cielo recortado de la ventana, el vapor del calor de las tres de la tarde; miraba cómo una mosca hacía equilibrio sobre el borde del vaso. Sí, dijo la mujer, se vería bien. Nuestro país está lleno de piedras. La mosca cayó sobre la espuma. La mujer tomó la servilleta, con cuadros rojos y blancos, y sacó la mosca con los dedos pulgar e índice. La tiró. El perro despertó, vio a la mosca y volvió a cerrar los ojos. ¿Cómo se vería una bandera circular?, preguntó Arcadio. Sí, dijo la mujer, una bandera circular está bien.
Arcadio retiró el plato vacío. Sólo había dejado el esqueleto de la mojarra. ¿De qué color sería el fondo de la bandera? Sí, dijo la mujer, ¡color caca, está bien! Arcadio se sorprendió porque no había hablado. Pero -pensó- la idea no es mala. ¡La bandera ya estaba lista! Ahora sólo faltaba buscarle un nombre a su patria.

lunes, 12 de septiembre de 2011

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LAS MEJORES FICHAS SON LAS DEL DOMINÓ




Querida Mariana: ayer me pidieron redactar una breve ficha biográfica. Escribí en la última línea: “actualmente…”. Me di cuenta del desacierto y la eliminé.
Te cuento que hace dos meses revisé una antología publicada hace ocho años donde aparece un texto mío y se incluye una ficha biográfica. Comprobé que en la última línea de la ficha escribí lo que en ese entonces hacía y que no corresponde con la realidad. A la hora que leí: “actualmente…”, supe que eso era una falsedad del tamaño de mi inocencia. Desde entonces me comprometí a escribir fichas de manera intemporal, eliminando actividades presentes y privilegiando los actos pasados. Conforme el pasado se hace más lejano ¡se consolida!, se convierte en algo más creíble. ¿Cuántos católicos se atreven a poner en duda los milagros de Jesús? ¿Cuántos creen que Juan Pablo Segundo sí realizó el único milagro que se le atribuye y que es elemento sustancial de su canonización? Dentro de cien años, ya siendo Santo, cientos de fieles creerán el prodigio.
Hubo un tiempo en que escribí fichas donde, en lugar de consignar mis actividades presentes, jugué con actividades futuras.
El juego me demostró la inexistencia del presente para las fichas biográficas y la enorme posibilidad del pasado y del futuro. Ayer revisé una ficha escrita hace doce años. En la última línea encontré lo siguiente: “Escribirá una novela que la crítica considerará un hito en la literatura chiapaneca”. ¿Mirás cómo está vigente? Y, sin duda, seguirá vigente por los siglos de los siglos.
Por esto, ayer escribí una ficha que juega con esas posibilidades. En la última línea escribí: “Hará que la piedra se convierta en liana de sueños”, y me fui a dormir tranquilo. Hoy, en la mañana, le leí la ficha a Artemio y me dijo que es una tontería lo que hago, es como si escribiera horóscopos y éstos son estúpidos (¿mirás, cómo pasó de tontería a estupidez, en un instante?).
Entonces, tomando un té de menta, coincidimos en que, después de todo, las fichas son inservibles por ociosas. Las fichas tienen cierta semejanza con los guiones de telenovelas: sólo hablan de las cosas positivas. Como en “Los Ricos también lloran” o en “Cuna de Lobos” o cualquier telenovela boba, los biografiados se muestran buenitos buenitos. Si alabanza en boca propia es vituperio, los hacedores de fichas biográficas somos unos vituperables de primera.
Ahora entiendo a Saramago cuando se aventó un lugar común de esos intachables: “El hombre nace, crece y muere”. Tal vez, de ahora en adelante, convenga hacer este tipo de fichas: “Nació, creció y, un día, morirá”, y se puede llenar el lapso que va del crecimiento al punto final con ese tipo de elucubraciones y deseos futuristas. Total, siempre quedarán como posibilidad y cuando ocurra el deceso, los lectores podrán decir: “Ah, pobre mortal, murió antes de cumplir sus anhelos”. Parece, niña bonita, que esto es el destino de todos los hombres. Nunca alcanza la vida para lograr los anhelos. Siempre andamos queriendo más, más.
Pd. O tal vez un ejercicio interesante sería pedirle a la muchacha que esté sentada en el parque que elabore nuestra ficha. Acercarnos a ella y, sin previo conocimiento, pedirle favor que juegue a imaginar cómo somos. Después de escrita y publicada imaginar que esa ficha nos describe a la perfección y jugar a que somos los de esa ficha y no los que pensamos ser.

viernes, 9 de septiembre de 2011

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO ESTAMOS LLENOS DE AROMAS




Querida Mariana: cada pueblo del mundo tiene una forma especial de celebrar. ¿Será que en otras partes también adornan los pisos como lo hacemos en Comitán cuando hay un guateque? Los comitecos acostumbramos regar con juncia los suelos de nuestros zaguanes, de nuestros corredores y de nuestros patios. ¡Con decir que, a veces, hasta las banquetas y las calles las llenamos con juncia!
Lo hacemos en acto inconsciente, porque está en nuestros genes. Así como acariciar es un acto reflejo del ser humano, los comitecos extendemos los brazos de forma natural a la hora que regamos la juncia. Nuestras manos están acostumbradas a que las metamos adentro de los costales y las saquemos llenas de esas frágiles líneas verdes con aroma de viento.
La juncia, por principio físico inmutable, crece en medio del aire. Cuando le llega la edad de hacerse vieja se descuelga seca por las lianas del viento hasta caer en el suelo.
Pero los comitecos, quién sabe desde cuándo, tenemos la manía de trepar a los árboles a cortar la juncia antes de tiempo, la cortamos para adornar nuestros suelos, para decir que tenemos gusto en el corazón.
La juncia que, momentos antes, se columpiaba en los árboles y miraba el paso de las aves se inclina ante nuestra soberana alegría y queda regada sobre la más modesta de todas las superficies: el suelo. Ella cede su vida para que nosotros vivamos. Aún le restaba tiempo para acariciar el viento, pero nosotros le arrebatamos sus últimos gajos.
No sólo se ve afectada en su altura sino también en su dignidad. Los hombres regamos la juncia con generosidad, tapamos cada resquicio, a fin de que sea como una alfombra maravillosa. ¿Y todo para qué? Al principio, la mirada y el espíritu se sorprenden ante ese prodigio que se derrama ante nuestros pies, pero, al final, termina siendo ignorada. La gente, a mitad de la fiesta, patea lo que antes fue asombro, lo patea para que no resbale a la hora que zapatea al ritmo de la marimba. Mientras los marimberos somatan más duro sobre la madera, más vejada resulta la juncia.
Mientras los niños juegan con ella, hacen trencitas o, botados en el suelo, juegan a bañarse debajo de una lluvia de juncia, ésta se dedica a poner trampas para que los bailadores resbalen.
No sé, mi niña bonita, si en París o en Praga tienen la costumbre de regar pétalos u hojas secas o frescas; no sé si los pisos los cubren con fresas o con albaricoques; no sé si, además de las alfombras rojas, en Cannes acostumbran regar con nubes el camino por donde pasan las estrellas. No lo sé. Lo único que sé es que acá, en nuestro pueblo, regamos con juncia el paso del hombre común en una fecha especial.
De igual forma que la mujer Chiapacorceña tiene el don de mover la jícara para compartir el pozol, así, la comiteca posee el don de regar la juncia, a una o dos manos. El movimiento con dos manos es menos delicado, es un poco como si se sacudiera la falda; pero el movimiento a una mano es sublime, comienza desde el centro del cuerpo y se extiende hacia la periferia, en un trazo que recuerda el instante en que Dios regó el polvo de estrellas en el universo. Por esto, y no por otra cosa, es que los ajenos admiran la mano de la mujer comiteca: la mano para preparar los guisos, la mano para ordenar los chunches de la casa, la mano para cortar los frutos, para sembrar, para acariciar, para prender la brasa del fogón. La niña que acompaña al abuelo a regar la juncia en el patio de la casa, no sabe que en ese ligero movimiento está recibiendo la lección más plena de la vida: ¡la de la pasión!
Porque pasión y no otra cosa es lo que impulsa a los comitecos a treparse a los árboles para podar los pinos. Pasión es lo que los mueve a sembrar en el suelo lo que es sueño del cielo. ¿Cómo, ¡Dios mío!, los comitecos logran enhebrar esos deslumbres que dan forma a los mapas del cielo?
Querida Mariana, los comitecos estamos hechos con el aroma de la juncia fresca. Por eso nuestro espíritu tiene algo de Montebello; por eso nuestra mirada tiene el color del quetzal y nuestras alas la velocidad del chupamirto.
Cuando camino por estas calles de Dios y escucho una marimba olvido lo que iba a hacer y camino con rumbo adonde el sonido me convoca. Como mi oído y mi corazón ya están alertas los ignoro y todos mis sentidos se concentran en el olfato. Mi nariz, como perro de caza, hincha sus fosas y alerta sus “papilas” olfativas. ¡Voy en busca del aroma!, que es como decir que voy en busca de mi niñez, de la casa vieja con pilares que se vestía de fiesta cada vez que los amigos de mi padre lo acompañaban a celebrar su cumpleaños.
¡No entro a las casas con juncia! Me gusta verlas de lejos. Sé que en el interior la vida se sublima y, por eso, a veces convoca los instintos más primarios. Cuando los enfiestados ya están alegres, he visto a bolitos confundir la alfombra con la cama, los he visto, como niños, recostarse y ponerse en posición fetal para dormir el sueño de los injustos. También, a veces, los bolitos confunden esa alfombra de juncia con un ring y se dan de cates. Y esto es así tal vez porque la juncia es el sueño del árbol y también su pesadilla. La juncia también se confunde, no se acostumbra a estar en el suelo.
Regar juncia es abrir la ventana del espíritu, es decirle al otro que nos da gusto su presencia, es dar gracias a la naturaleza por su sonrisa. Pero, una vez que es pisoteada, la juncia se convierte en un agua sucia. Los invitados la ignoran y ponen su atención en la mesa donde están los frijoles refritos con chile de Simojovel, la salsa verde, las cebollitas de cambray, los chorizos, el palmito, la olla podrida, las tortillas calientes, el hielo, la cerveza, el ron y las tabletas de manía. Los seres humanos siempre tiramos los aromas al cesto de basura cuando la tentación toca la puerta del gusto.
Los comitecos que están lejos añoran los aromas del jocoatol, del chicharrón de hebra, de los panes compuestos y de los tamales de bola, pero esa nostalgia se borra cuando llegan de vacaciones y en “El Foquito” intercambian esa imagen irreal por la realidad del sabor. ¡No hay disfrute más intenso que el del gusto! Por esto, los de afuera veneran a las mujeres comitecas, porque, dicen, dicen, ellas saben a chimbo o a salvadillo con temperante.
Pd. La tarde en que Elena se casó la vi entrar al templo con un vestido blanco que le daba en los tobillos, un tocado de hojas de menta sobre la cabeza y un collar hecho con juncia fresca. Cuando salieron del templo y los invitados aplaudieron y echaron porras y pétalos de rosa a la pareja, ella se acercó al grupo de amigos, llevó las manos detrás de su cuello, desanudó el collar y lo entregó a Rocío con las siguientes palabras: “No permitás que nunca se seque nuestra amistad”. ¿Mirás, la juncia sirve para todo y para todos?

LA SOMBRA DE LA LUZ




Esto de la conciencia es complicado. Durante más de cincuenta años me anduvo jodiendo. Quise ignorarla, pero no pude. No supe cómo hacerlo. Parece que la conciencia viene incluida en el paquete y los adultos se encargan de irla llenando de culpas y complejos. De niño, mi abuela Esperanza me advertía la necesidad de escuchar “a mi conciencia”; así, desde edad temprana, tuve “conciencia” de la conciencia. Una vez que sustraje un reloj de oro de la casa de una amiga (sólo por diversión, dicta ahora mi conciencia de adulto honesto), la susodicha me atormentó y no descansé hasta que la propietaria llegó a casa y me dijo que si no le regresaba el reloj me acusaría con mi papá. Conforme crecí dejé de hacerle caso, porque mi conciencia era ¡una exagerada! Si me masturbaba me decía que eso era malo; si tomaba trago ¡me acosaba!, y junto con la cruda me ponía brasas en mi cerebro.
Siempre fue una acosadora y me causó más tormentos que los infligidos por La Santa Inquisición (si no iba a misa también me imponía castigos que, cuando menos, duraban dos días).
Hoy entiendo que es la compañera más fiel que he tenido. ¡No me ha abandonado ni un segundo! Es tal su poder que, a veces, en la madrugada despierto lleno de sudor por sus gritos que, en la inconsciencia, me instalan en la conciencia.
Mi abuela también acostumbraba decirme que podía mentir a todo mundo ¡menos a Dios! Dios estaba en todas partes y como un Big Brother omnipotente veía todo lo que hacía. Ahora pienso que la conciencia se asemeja mucho a Dios, porque a ella tampoco puedo mentirle. ¿Cómo, si la condenada está dentro de mí y sabe todo lo que hago y lo que pienso? Mis temores y mis deseos están pegados a su piel. Mi conciencia durante muchísimos años fue una “caemal”, como mi tía Eugenia que miraba el pecado en cada puerta y en cada persona.
Ya no me atosiga como antes, porque un día me di cuenta que, contra mi certeza de ser hijo único, la conciencia es mi hermana gemela. Por eso un día decidí bautizarla y celebrar su cumpleaños. La bauticé con el nombre de Iluminada y aunque, al principio, me rezongó por no haberla bautizado antes, hoy nuestra relación es tersa.
Debo confesar a mis lectores que este acto resultó igual que el nombre de mi hermana ¡luminoso! Ella modificó su comportamiento. Sigue acompañándome a todas partes, pero, ¿cómo decirlo?, se ha vuelto más tolerante e incluso consentidora.
Ahora mismo Iluminada está acá a mi lado y lee esto que escribo y está contenta. Si coloco la palabra “pendejo”, sin razón, sólo como un mero juego, ella ya no se enoja, al contrario, está divertida, porque cree que es un atrevimiento publicar esto, sin lógica, en “El Heraldo de Chiapas”, uno de los periódicos más importantes del estado (ahora mismo, Iluminada dice que es ¡el mejor periódico de Chiapas porque acá escribe su hermano!). Yo también me he vuelto más tolerante y disfruto su compañía. Bastó reconocerla como mi hermana para sentirme bien.
Mis papás nunca me explicaron la presencia de esta hermana. Es bonito tener una hermana que siempre está contigo, que te acompaña a todas partes y se convierte en tu cómplice. Si miro a una muchacha bonita ahora mi hermana sonríe y me dice que soy un viejo picarón (¿lo ven? Antes me acusaba de perverso). Ayer me masturbé y ella jugó conmigo y fue tan bello que nunca apareció esa culpa de relación incestuosa. ¡Al contrario, somos tan cercanos que conocemos nuestros gustos y deseos a la perfección! Por eso digo que esto de la conciencia es complicado, porque no faltarán aquellos lectores que ahora no entiendan bien a bien lo que escribo en esta Arenilla.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

LOS TIEMPOS DE HOY QUE SON DE AYER




Deberíamos tener vergüenza, pero no la tenemos; por esto el país es la incertidumbre que es. Mientras en Europa el precio único del libro es tema superado desde hace muchos años, en México apenas se discute y, lo que es peor, se duda de su bondad.
Se duda porque en este país existen pocas librerías. Los conocedores del tema nos dicen que la mayoría de librerías está concentrada en la ciudad de México. ¿Cuántas librerías existen en Chiapas? Pocas, de veras muy pocas. Estas pocas librerías ¿poseen un buen catálogo? ¡No, imposible! ¿Para qué servirá el precio único del libro, digamos en Comitán, donde apenas hay dos o tres librerías “pishcules” (que significa: disminuidas)?
Nos debería dar pena, pero no nos da. ¿Es lo mismo vender un libro en la ciudad de México, donde están las grandes editoriales, que venderlo en Teopisca?, en el hipotético caso de que en Teopisca exista una librería. ¿El flete no cuenta? En fin, el tema debería ser: cómo prepararnos para el futuro que ya es hoy. Mientras en México se discute cómo hacerle para que el libro tenga un solo precio, en Europa y demás países avanzados comienzan a realizar estrategias para la distribución del libro digital.
En México deberíamos estar en lo mismo. Miles de usuarios llevan sus Ipads de acá para allá. El nicho de los universitarios exige una propuesta contemporánea.
Las bibliotecas ya están dando el gran paso. El primero fue el cambio hacia la estantería abierta. Antes (los jóvenes no pueden saberlo), las bibliotecas eran recintos cerrados, donde una bibliotecaria de seño adusto, con lentes y siempre con olor a naftalina, atendía a los usuarios detrás de un mostrador. Los libros estaban colocados en estantes fuera de la mano del lector. Ahora, las bibliotecas son digitales.
En Comitán nuestras bibliotecas, así como nuestras librerías, siempre han sido escasas y muy pobres (creo que en todo Chiapas es así). Uno llega a solicitar un libro y dicho libro no se encuentra. Hacer un trabajo de investigación con tales limitaciones ¡es una proeza! Hoy, poco a poco, tales desventajas se van diluyendo. Las carencias anteriores ceden paso a la inmediatez a través del Internet.
¿Por qué no crear Clubes de Lectura donde todos los libros estén a disposición de los usuarios cibernautas? Mediante una módica cuota mensual el usuario podrá comprar todos los libros que quiera para incorporarlos a su biblioteca personal en su Ipad. Los usuarios debemos exigir este derecho. Las empresas editoriales pueden aplicar, perfectamente, la conocida fórmula de negocios donde importa más la cantidad. Si se venden millones de libros los corporativos ganarán millones de pesos.
En México tendríamos que ver hacia adelante. Seguimos empecinados en ver hacia atrás. Los libros en papel no desaparecerán jamás, pero el futuro es del libro digital. Para la nostalgia funciona muy bien la biblioteca de estantería cerrada, pero para la demanda de estos tiempos la única posibilidad real es la biblioteca digital, donde están al alcance de la mano, de forma inmediata, millones de libros.
Los escritores chiapanecos deberían unirse para crear un portal de libros digitales donde estén a disposición de los lectores de todo el mundo todos los libros habidos y por haber.
Deberíamos tener mayor visión, pero no la tenemos. ¡Qué pena!

lunes, 5 de septiembre de 2011

domingo, 4 de septiembre de 2011

RAYMUNDO ZENTENO




No todas las ratas son ratas ni todas las palomas son blancas palomas. Parece que uno de los cielos de Raymundo es mostrar que todo el mundo puede encontrar su Ray. Si decimos que la zorra es astuta es porque los hombres le han otorgado esa categoría y por eso andamos repitiendo lugares comunes como el de que “la fulana de tal es una zorra”.
Tal vez algún día Raymundo logre que los seres humanos dejemos de otorgar a los animales vicios y virtudes que sólo corresponden a los hombres.
“Sos una araña panteonera”, decimos a una mujer frágil y jodida. “Esta muchachita es una chiva”; “pero ¡qué burro sos!”; son apenas unas cuantas plegarias con que llenamos nuestro libro de oraciones.
Raymundo Zopilote estuvo en Comitán. Un grupo de tiucas y de curgüatones lo esperaba ansioso. Ray, a pesar de tener una afección en la garganta acudió puntual a la cita (como es pariente de la Ray-o-vac siempre anda con la pila hasta arriba).
El director del programa “Radiombligo” llegó para decirnos que el zopilote no es el ave que todos creemos o que nos han dicho que es. Vuela, sí, ¡sí vuela!, pero vuela más alto que las águilas; come, pero no come carroña, al menos esa noche comió panes compuestos y se aventó una copita de posh tzimolero (el Nuka le ofreció la copita en intento de que aclarara su garganta y adormeciera tantito las alas. Pero no logramos adormecerlo, parece que los zopilotes están acostumbrados a permanecer con el ojo abierto toda la noche, tal vez por la vieja costumbre que esos carroñeros tienen de aullarle a la luna. Zope no durmió en el árbol comiteco. A las ocho de la noche se enfiló rumbo a la niebla de San Cristóbal y a la nata de Tuxtla Gutiérrez). Raymundo vino a decirnos que el zopilote canta, canta mucho mejor que el canario; y su plumaje es más colorido que el del quetzal.
Las tiucas y los curgüatones comitecos estuvieron fascinados con su visita. A final de cuentas, Ray también vino a contarnos que en todos los cielos del mundo hay aves y que el chiste de la vida es hallar las corrientes de aire más propicias para el vuelo.
Pero, tal vez, es bueno recordar que Ray no nació zopilote, y si cumplió su anhelo, es porque un día imaginó que podía volar alto y, en lugar de soñar con ser águila o aguilucho como lo hace cualquiera, él soñó con ser algo menos pretencioso. Y así, sin pretensiones, sin ínfulas, sin dárselas de mucha altura, ha logrado alcanzar cielos que a pocos les es concedido y a los que nunca llegan los que se creen águilas.
Ray vino a decirnos que es válido desear ser zopilote, rata, tlacuache (tacuatz, decimos en Comitán); vino a decirnos que cada uno tiene alas para volar por todos los cielos. Vino a decirnos que nuestra misión en la vida es trascender, dejar de ser simples hombres y convertirnos en animales alados. Ray nos dejó la idea de que la carroña no es el alimento de los zopilotes sino de aquellos hombres que creen que los cerdos (cuches, diríamos en Comitán) no vuelan y su destino es regodearse en el fango y comer achigüal.
Raymundo vino a decirnos que con el Zenteno se hacen centenas de panes españoles de centeno, porque la zeta crece en la humedad y no hay edad húmeda para crecer. Las tiucas y los curgüatones estuvieron felices mientras el zopilote anduvo revoloteando por acá. Cambiaron paradigmas. Los zopilotes no sólo acuden ante la muerte, también festinan la vida ¡y de qué manera!

sábado, 3 de septiembre de 2011

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LOS MILAGROS SON LUCES DE TODOS LOS DÍAS




Querida Mariana: el escritor Julio Cortázar dice: “Los milagros nunca me han parecido absurdos; lo absurdo es lo que los precede y los sigue”. Coincido con el escritor: el milagro adquiere rostro de improbable cuando comenzamos a cuestionarlo, cuando preguntamos, por ejemplo: “¿Jesús realizó, en verdad, la Multiplicación de los Panes?”
Los perceptivos nos dicen que el milagro es cosa de todos los días, falta únicamente tener el ojo y el espíritu avizores.
En Comitán se da el milagro de manera frecuente, pero como los comitecos estamos acostumbrados a vivir en él ¡ya lo volvimos cosa cotidiana! Basta que ahora mismo dejés de leer tantito, mirés el cielo y respirés sus aires para reconocer, con humildad, que vivir en este pueblo ¡es casi casi fruto del milagro! Comitán es un árbol generoso que siempre, como abuelo consentidor, nos apapacha entre sus brazos de viento.
La Multiplicación de los Panes se sigue dando hoy en día. ¡Claro, no en forma tan espectacular como Jesús lo hizo, pero sí con prodigalidad! Recordemos que “no sólo de pan vive el hombre”. Compartir es el acto que logra el prodigio.
Vos sabés que desde marzo de este año, en Comitán se hizo el prodigio de la creación del Centro Comiteco de Creación Literaria. José Antonio Aguilar Meza, Presidente Municipal de Comitán, vio con agrado la iniciativa y dijo “¡Va, va por Comitán!”. Desde entonces, gracias al auspicio del Ayuntamiento, el Centro ha propiciado un viento con sabor a chimbo y a pan compuesto.
El famoso escritor Rafael Ramírez Heredia (“Rayo Macoy”) decía: “El escritor se hace con Taller, sin Taller o a pesar del Taller”. Un poco como decir que no existe una fórmula mágica para “hacer” escritores. ¿Cuál es entonces el chiste de un Centro de Creación Literaria? La experiencia en nuestro pueblo ha demostrado, en estos seis meses de funcionamiento, que existe un elemento esencial y mágico: la constancia. El escritor no puede hacerse sin disciplina. ¡El Taller permite esto! Los quince o veinte integrantes que asisten, llegan, miércoles a miércoles, de cinco a seis y media de la tarde, con un solo objetivo: hablar de literatura. Ya han circulado textos de Marguerite Yourcenar, de Julio Cortázar, de Pablo Neruda, de Jaime Sabines, de Elva Macías, de Octavio Paz, de Fabio Morábito, de Efraín Bartolomé, de… ¡uf, de muchos más cielos de nubes altas!
Pero este Centro es más, ¡mucho más! Algunos de los más importantes y talentosos creadores chiapanecos han asistido a compartir sus conocimientos y experiencias. Permitime la irreverencia: un poco jugando a ser Jesús, han realizado el milagro de la Multiplicación de los Panes (estoy seguro que de esta semilla que ellos siembran brotarán espigas de luz y, en el futuro, los jóvenes Talleristas continuarán el maravilloso acto de compartir).
¿Recordás todos los que han venido? Ya vino la poeta Socorro Trejo Sirvent a impartir un Taller de Poesía; asimismo la autora de obras de teatro y encargada de asuntos culturales del Ayuntamiento de Tuxtla Gutiérrez: Dámaris Disner, dio una conferencia magistral acerca de ese género literario tan escurridizo en nuestro medio. Ya vino Mario Nandayapa, vino con la mano abierta y legó muchos secretos que los Talleristas hicieron suyos; también Hernán Becerra Pino, con su plática que va de la ficción a la realidad en apabullante ritmo de oleaje. Pero no sólo ellos, por el Centro revolotearon Miguel Ángel Godínez (excelente narrador del Distrito Federal) y Marco Fonz (poeta de vida y palabras irreverentes). También la comiteca Briseida Guillén voló un ratito por estos cielos y compartió su gusto por el género epistolar que ella practica con gran acierto; de igual manera Roberto Culebro Jiménez, ensayista comiteco, abrió las puertas de su casa y de su intelecto y los compartió con generosidad. Porque ésta es la palabra que define al Centro: ¡Generosidad! Los mejores narradores de Chiapas, generosos, comparten su talento con los comitecos. Los propios integrantes del Centro, generosamente, llegan con la mente abierta y con el corazón dispuesto a recibir y a prodigar.
Si en nuestra patria, hoy convulsionada, no hubiésemos abandonado a nuestros jóvenes ¡otra patria nos cobijara! En Comitán ya existe una opción para quienes gustan de la literatura y del maravilloso acto de escribir.
Si hay “Casas Malas” (donde brillan las prostitutas); si hay Casas de Masajes; Casas de Dios; Casas de deportes; Si hay Casas de Salud (de las que curan el cuerpo y también donde expenden el “charrito”), ¿por qué no íbamos a procurar tener una Casa donde la Creación Literaria fuera una opción? El Centro Comiteco se une a la Casa del Arte y a la Casa de la Cultura en intento de decirles a los jóvenes que hay más caminos. La responsabilidad de los adultos sanos es proveerles a ustedes, los jóvenes, de opciones sanas, que sean contrapeso al mundo artificial que les procuran los perversos. Es bueno que en medio del abanico de puertas existan aquéllas que buscan el crecimiento del espíritu.
Y van a venir más escritores de primer orden. Aún faltan las conferencias magistrales de escritores como José Martínez Torres (Premio Nacional de Novela) y de David Tovilla (Premio Nacional de Literatura Erótica) y de Héctor Cortés Mandujano (Premio Nacional de Novela). ¡Y más, muchos más!
Apenas el miércoles pasado estuvo Raymundo Zenteno (el famosísimo Raymundo Zopilote, de Radiombligo). Vos viste cómo la sede del Centro fue insuficiente para recibir a todos los interesados y es que Raymundo va camino a convertirse en el Jaime Sabines de la narrativa, porque algún día llenará Bellas Artes igual que lo hizo el poeta. A pesar de estar afectado de la garganta, Raymundo voló desde Tuxtla a Comitán para cumplir con su promesa. Esa tarde no llovió en el pueblo, porque la naturaleza es sabia y reconoció que no debía afectar el vuelo de un Zopilote de la calidad de Raymundo. Quienes estuvieron esa tarde pasaron una hora y media llena de humor y sapiencia. ¿Se puede pedir algo más? Fue una hora y media ¡mágica!
Los talleristas trabajan en textos que han sido fruto del Centro. No quiere decir que el talento lo hayan pepenado ahí, ¡no, no! La certeza es otra: sin el Centro ¡esos textos no existieran! Los asistentes acuden con gusto, no cejan en su empeño; a pesar de su experiencia o inexperiencia todos llegan como aves dispuestas al vuelo. ¡Los cielos de Comitán son los cielos más altos del mundo! ¡El Centro es la puerta donde, como en un taller de oficios, se pegan alas con cera cantul, con esa cera que se despega jamás!
¡Era lo menos que podíamos esperar los comitecos en esta tierra que llenó de palabras el morral de Rosario Castellanos! ¡Todo por Comitán!
Pd. Y necesitamos más centros espirituales, mi muchacha bonita: centros para dejar la periferia, centros para hallar el punto nodal del alma. Poco a poco.

viernes, 2 de septiembre de 2011

PARA LOS QUE NO SE LLAMAN GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ O ERACLIO ZEPEDA




Hace años, los escritores que no se llamaban Laco o Gabo sólo tenían tres caminos: hacer una modesta edición de autor que circulaba entre los afectos, no más allá de un territorio perfectamente demarcado; enviar su original a las editoriales y esperar, por años, un dictamen; o incluir en su currículum una nota que decía “tiene una novela inédita”. Así pues, el noventa y nueve por ciento de dichos escritores permanecía inédito por los siglos de los siglos.
Quien tomaba el primer camino y hacía una edición de autor se convertía en una “gloria local”. Sus paisanos lo veían con respeto porque tenía libros impresos, pero en otras ciudades del estado de la república donde residía pocos lo conocían y fuera de su estado era un soberano desconocido.
Quien no se llamaba Laco o Gabo cargaba una piedra de frustración. Era así porque un buen porcentaje de escritores escribe ¡no para ser famoso sino para ser leído! La fama es una nube que se desinfla en cualquier instante y que aparece al conjuro de una serie de variantes azarosas que no están bajo el control de los autores.
Pero hoy, gracias a la tecnología actual ya no es preciso llamarse Gabo o Laco para ser leído en el mundo. Las Ferias de Libros, en todo el planeta, advierten un gran potencial en el libro digital. Ahora ya no hay necesidad de pasar por aquellas aduanas fastidiosas. El escritor actual que no se llama Laco o Gabo puede, perfectamente, hacer su libro digital y subirlo a la red.
Las grandes editoriales están encontrando un fabuloso nicho de comercialización en el libro digital. Actualmente se venden millones de libros en este formato que, si bien no posee la nostálgica esencia del libro de papel, cada vez tiene más seguidores en el mundo por la inmediatez. No importa el lugar del mundo donde uno se encuentre puede comprar un libro y tenerlo a disposición en minutos.
La tendencia a futuro será la creación de portales donde, sin el yunque de las grandes editoriales, se pueda subir un libro sin más pretensión que compartir el libro con todo mundo.
En los años setenta, en el Instituto Politécnico Nacional había un departamento donde vendían fotocopias de libros inaccesibles a la mayoría de estudiantes por su precio elevado, debido a que eran libros de importación. Hoy, el Internet funciona como ese maravilloso departamento donde, a muy bajo costo o de manera gratuita, todo mundo puede tener acceso a las novedades editoriales.
El escritor que desee ser como Laco o como Gabo aún tiene tres caminos, pero quien pretende compartir su arte tiene una diversidad de caminos cibernéticos. El otro día encontré un amigo que está enviando un libro de cuentos a través del Twitter. Es maravilloso ver cómo todos sus seguidores reciben unas pocas líneas todas las mañanas. ¡El mundo de hoy ha cambiado! Gutenberg ha crecido y camina por todo el mundo.
Algún escritor chiapaneco que no se llame Laco ¿soñó alguna vez con ser leído en Argentina o en Australia? El Internet ahora lo permite y, por vez primera, la obra de los escritores chiapanecos, a través de la maravillosa Red, puede ser leída en otros países y -potencialmente- por cientos de lectores de todo el mundo.
Todavía la fama está reservada para quienes se llaman Laco o Gabo, pero en el futuro esto no tendrá alguna importancia, porque miles de escritores podrán ser leídos más allá de Chiapa de Corzo o de Tuxtla Gutiérrez.