viernes, 10 de junio de 2016

ES CULPA DE LAS FEMINISTAS





“¿Por qué escriben la palabra chic@s, con arroba?”, preguntó el maestro René. Rodrigo levantó su mano, luego levantó su anatomía y dijo: “Es culpa de las feministas” y, serio, se sentó de nuevo en su silla de paleta.
El maestro insistió: “Pregunté por qué, no pregunté quién es el culpable”. Rodrigo levantó de nuevo la mano, luego toda su anatomía y dijo: “Las culpables, maestro, ¡las culpables!” y, serio, se volvió a sentar.
Marcos, sentado en una esquina del salón no levantó la mano, así como estaba, desparramado, dijo: “No, el Chairas miente”, y, como no se había parado, sólo cerró la boca. (A Rodrigo le dicen Chairas, de apodo.)
Romina, quien es la más seria y estudiosa del salón, no levantó la mano (tal vez en un alarde de superioridad), pero sí habló: “Es una muestra de equidad de género”.
“Eso es una bobera”, dijo Armando (que le dicen Armando Broncas) y agregó: “Escrito no hay problema, pero sí hay problema a la hora de la lectura. ¿Cómo se lee la arroba? ¿Tenemos que decir Chicarrobas? ¡Qué complicado!”.
Romina dijo: “Es para visibilizar a las mujeres. Ustedes, los hombres, han querido adueñarse del mundo y comenzaron a hacerlo desde el lenguaje”.
Elena, quien por lo regular es una chica callada, se paró y dijo: “Marcos tiene razón. Las mujeres no tenemos la culpa de nada”.
“¿Por qué lo decís?”, preguntó Marcos, quien puso el brazo sobre el respaldo y volteó a ver a Elena.
Ésta dijo: “No lo digo por lo de la arroba, sino por el intento de cambiar la preeminencia masculina en el lenguaje”.
“¡Preeminencia!, qué pinche palabra es esa”, dijo Rodrigo.
Elena ignoró el comentario y siguió: “A ver, ustedes que son tan listos y que se quejan por todo, díganme qué culpa tenemos las mujeres de que ustedes no razonen y anden castrando a sus héroes y a sus hombres ilustres cuando alguna institución pública o privada lleva su nombre. ¡Nadie se espanta por ello! Alguna antecesora nuestra maquinó la venganza y ahí tienen que yo, de veras, juro que estudié en la Matías de Córdova. ¿Ven, tontitos? Estudié en La Matías de Córdova y tengo un sobrino que estudia en La Benito Juárez. ¡Dios mío! Bueno, esta invocación no va acorde al comentario, porque don Benito era un gran ateo, pero ¿qué pensaría don Beno si oyera que su nombre va antepuesto por el femenino La? Tiene años de años que todos los hombres están del lado de las feministas y, sin reconocerlo, porque son tontitos, se unen a la voz de las mujeres en esa dulce venganza. Desde la preparatoria, a mí me cayó mal Jaime Sabines, precisamente porque esconde su vena machista detrás de un muro aparentemente hecho con hojas de ternura. Todo lo reduce al sexo. En uno de sus poemas dice: “Nunca he amado a una mujer delgada / pero tú has enamorado mis manos”; en otro aparece: “Tu cuerpo está a mi lado / fácil, dulce, callado”; en otro escribe: “Te desnudas igual que si estuvieras sola / y de pronto descubres que estás conmigo”. ¿Ven? Todo es cuerpo, a eso reduce la imagen de la mujer. Entonces, cuando voy a la biblioteca, digo: “Voy a la Jaime Sabines” y remarco el La y nadie se espanta, porque todo mundo entiende que voy a la biblioteca. Mi corazón brinca como si saltara una cuerda, me vengo en nombre de todas las mujeres del mundo, incluidas aquellas que aman la poesía de Sabines, sin reflexionar en sus palabras machistas. Anduvo por todos lados ¡canonizando a las putas! ¿Por qué no propuso canonizar a las mujeres inteligentes, a las madres solteras? ¡Ah, no!, canonizó a las putas, porque ellas satisfacían su hombría. ¡Qué poeta tan sin poesía! Así que no les echen la culpa a las feministas. Ellas son continuadoras de la lucha iniciada hace mucho, incluida la blandengue de Rosario Castellanos, que era muy teórica pero muy poco práctica, ya que era sumisa ante las atrocidades que le hacía su esposo Ricardo. Muy feminista en el discurso, pero muy cobarde en la realidad real”.
“Pues será lo que decís -dijo Rodrigo-, pero cuando menos Rosario supo que no era modificando la lengua como se lograría la equidad de género. La Chayo escribió una poesía altísima y una prosa limpia sin ponerse a pelear con la palabra, que en su voz suena a agua limpia, sin género. Cuando alguien, como las feministas irredentas, escribe con arroba comete un sacrilegio, porque cancela la fuerza del símbolo y la convierte en una mera imagen; es como si alguien, en lugar de emplear la o usara un mapamundi, sólo por la semejanza, dejando de lado el sentido ritual del símbolo. Además pervierte el sentido máximo del lenguaje que es la comunicación llana y comprensible. Quieren cambiar el mundo desde el lenguaje, bobas, no saben que desde el lenguaje es que se cambia el mundo, para muestra ahí está la gran Rosario, aunque le pese a quien le pese”.
El timbre sonó. Todos guardaron su laptop en las mochilas. El maestro René borró el pizarrón y metió el borrador sucio en una bolsa, igual de sucia. Romina le preguntó si quería que lo ayudara a llevar el maletín a su carro. El maestro aceptó. Rodrigo pasó y, riendo, dijo: “No le cargués el maletín. No te sobajés. ¿Qué van a pensar de vos las feministas?”.

martes, 7 de junio de 2016

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ UNA PUERTA




Mariana dijo que jaláramos una silla. Así lo hicimos. Nos sentamos frente a la puerta. “No se mueve”, dijo Mariana. La puerta estaba estática, contraviniendo el mensaje insólito de “Precaución. Puerta en movimiento.”
¿Quién y por qué había puesto tal letrero? Mariana dijo que era un letrero inútil. Las puertas, de todo el mundo, están en movimiento cuando se abren o cierran. Lo extraño sería lo contrario; es decir, una puerta que no se abriera. Por lo tanto, el letrero para este caso debía ser: “Precaución. Puerta sellada”.
Permanecimos en silencio dos o tres minutos, pendientes del suceso en que la puerta se pusiera en movimiento. Reímos, reímos mucho. Nos sentimos inútiles, un poco como sucede (perdón) con los humanos que suben a la cima de la montaña, se sientan y ven el cielo en espera de que aparezca un ovni.
“¿Y si debemos decir unas palabras mágicas al estilo de Abracadabra?”, preguntó Mariana. Sí, tal vez, dije yo. Entonces comenzamos a jugar para ver si algún conjuro ponía la puerta en movimiento. Mariana dijo: “A la bio, a la bao, alabado sea el señor”. ¡Nada! Yo dije: “Estas son las puertecitas, que abría el Rey David”. ¡Nada! Después de diez minutos nos aburrió el juego. La puerta seguía sin movimiento.
“¿No será que se mueve con un control remoto?”. Nos levantamos, buscamos debajo de los cojines de los asientos y debajo de las sillas, pero nada hallamos. ¡No! Parecía imposible que la puerta hiciera el prodigio de ponerse en movimiento.
“¿Y si la abrimos?”, preguntó Mariana, con el tono que siempre imprime cuando está a punto de hacer una travesura. Se supone que cuando alguien no desea que se abra una puerta en una institución pública lo advierte con un letrero que dice: “No se abra.”. Esto sucede cuando la puerta da, por ejemplo, a un sanitario exclusivo. Acá no había ninguna advertencia de no abrirla. “¡Eso es!”, dijo Mariana y me explicó que el letrero estaba para que alguien llegara y la pusiera en movimiento, un poco como si el ser humano fuese el punto de apoyo que Arquímedes anhelaba.
Mariana se paró y fue hacia la puerta. En el instante que colocó su mano en el pomo, éste se movió, Mariana se hizo para atrás y la puerta, ¡prodigio!, se puso en movimiento y se abrió. Un joven, con uniforme del hotel, pidió perdón, porque se dio cuenta que estuvo a punto de arrollar a Mariana. Mariana sonrió, dijo que no había cuidado. Ella siempre lo dice para reafirmar que en efecto ¡la gente no tiene cuidado!
Descubrimos el misterio. La gerencia del hotel, a través del mensaje, trató de indicar que la puerta se pone en movimiento cuando alguien, que está adentro, abre.
Mariana volvió a sentarse. Dijo que el mundo funciona al revés. El letrero, indicó, debía estar adentro y debía decir que el empleado abra con cuidado, con mucho cuidado, revelando que algún huésped puede transitar por ahí, al lado de esa puerta que debe dar a algo que es como un almacén o una bodega. Pero, luego lo pensó y dijo que no estaba mal el letrero porque era una advertencia, los huéspedes sabían que algo pasaba en esa puerta. El mensaje era como esas equis con cinta masking que los albañiles colocan en cristales limpísimos. Dijo que no estaría mal que los lectores tuvieran un mensaje similar que indicara que ellos siempre tienen la mente en movimiento y en cualquier instante su puerta se puede abrir.
En esas estábamos cuando la puerta volvió a abrirse. Salió una joven, con uniforme del hotel. Salió apresurada, con las mejillas arreboladas; salió arreglándose la falda, pasándose la mano por el cabello un tanto despeinado. Mariana me vio y preguntó qué estaría haciendo allá adentro y no dejó que yo respondiera, dijo que jugaba, jugaba con el muchacho que había salido antes; dijo que estaban en movimiento. Yo nada dije. ¿Qué iba a decir?

lunes, 6 de junio de 2016

EN EL TRASPATIO




Eugenia oyó el sonido del timbre de la calle. Vio la pantalla del timbre y dijo: “Entra” y accionó el mecanismo. “¿Qué milagros que visitas a los pobres, Elena?”, preguntó Eugenia, mientras servía café en dos tazas y ofrecía una a su amiga. Eugenia oyó que su amiga dijo: “No puedo aceptar el café. Sólo quiero pedirte un favor. Se murió la mascota de una amiga y no tiene dónde enterrarla. ¿Podemos enterrarla acá, en el traspatio?”. Eugenia probó el café y, satisfecha por el sorbo, dijo que sí, por supuesto.
Elena y Eugenia eran las mejores amigas, desde la secundaria. Eugenia nada podría negarle. Ellas eran amantes de las mascotas, Elena tenía a “Wisín”, gato de angora; y Eugenia a “Marichú”, perrita french poodle.
Eugenia abrió un hoyo al lado del árbol del durazno y se sentó en el borde del corredor en espera de que llegara su amiga. La vio entrar con el cabello desordenado, llevaba a la mascota muerta envuelta en una cobija de bebé, de color rosa. “Era niña, ¿verdad?”, preguntó Eugenia y le pidió el cuerpo para depositarlo en el hueco. “¿Quieres que yo eche las paletadas?”, preguntó Eugenia. Ante el silencio de su amiga, tomó la pala y echó la tierra con rapidez. En menos de cinco minutos el hueco había desaparecido. Eugenia se hincó y, con la parte baja de la pala, aplanó la tierra.
“Ahora sí me aceptarás el café”, dijo Eugenia y entró a la casa. Vio que Elena se quedó en la sala, mientras ella iba a llenar las dos tazas. Cuando Eugenia regresó a la sala vio que Elena tomó una revista de modas que estaba en la mesa de centro. Eugenia dijo: “Te estarás preguntando dónde está Marichú, ¿verdad? La llevó Armandito al parque.”, dejó el servicio sobre la mesa de centro, tomó una galleta de avena y dijo: “Ya no tarda en venir. ¿De qué murió la mascota de tu amiga? ¿Era perrita o qué animal?”. La vio tomar la taza de café y beber un sorbo sin decir algo. Eugenia dijo: “Es del café que me trajiste de Córdova. Está buenísimo, ¿verdad?”.
Armandito entró con “Marichú”, el sobrino se limpió los pies sobre el felpudo. La perrita se acercó a tomar agua de su trasto amarillo junto a la puerta, pero, un segundo después, levantó la cabeza, vio hacia todos lados, ladró, ladró, y, como si huyera de algo, salió por la puertecilla abatible de la parte inferior de la entrada. “Y a ésta, ¿qué le pasó?”, preguntó Eugenia, quien se levantó, hizo a un lado la cortina y vio que su perrita iba a echarse en una esquina del patio, en el polo opuesto donde habían enterrado a la mascota. Armandito se sentó en el sofá, subió sus piernas y prendió la televisión en las caricaturas. “¿Ya saludaste a Elena?”, preguntó. El niño ignoró la pregunta, colocó sus manos detrás de la nuca y rió a la hora que vio en la pantalla que el gato se estrellaba contra la puerta en su carrera desaforada a punto de atrapar al ratón.
Eugenia volvió a sentarse, se disculpó con Elena e insistió: “Ya no me dijiste qué animal era la mascota de tu amiga”. Eugenia la vio toser, tomar la taza de nuevo, sorber el café, subirse la manga del suéter y ver su reloj. Eugenia preguntó: “¿Te tienes que ir?”. La vio levantarse y ponerse el suéter guinda que estaba sobre el sofá. Eugenia le recordó que el próximo martes se reunirían en casa de Alondra. Elena abrió la puerta y, sin despedirse, salió. Eugenia ya no tuvo tiempo de decirle que el suéter era de ella, que Elena no había llevado suéter. Pensó que tal vez el comportamiento de su amiga era por la conmoción de la muerte de la mascota de su amiga. Sonrió, porque, al final, no había sabido qué clase de animalito era. “Y vino a quedarse a mi patio”, pensó. Volvió a sonreír. Cerró la puerta.
“No es bueno que seas tan grosero, Armandito. Cuando uno llega debe saludar a las personas”, dijo Eugenia, mientras levantaba el servicio y caminaba hacia la cocina. “¿Me oíste?”, preguntó mientras empujaba la puerta abatible de la cocina. “Sí, tía”, dijo el niño. “¿Por qué no saludaste a Elena, entonces?”. “¿Cuál Elena?”, preguntó el niño. Eugenia dejó las tazas en el lavadero y el plato con las galletas sobre el antecomedor y le colocó una servilleta encima.
Eugenia regresó a la sala. “¿Cómo que cuál Elena? Elena, mi amiga”. “¿Dónde estaba?”, preguntó el niño sin dejar de ver la caricatura. Eugenia oyó algo como un quejido en el patio, caminó, movió la cortina y buscó a “Marichú”. No estaba donde la había visto antes. Fue a la puerta de servicio, abrió y gritó: “¡Marichú!, pichita, ven”. La perrita no acudió al llamado. Eugenia bajó los tres escalones y siguió gritando el nombre de su mascota. Eugenia vio hacia el árbol de durazno y descubrió un montón de tierra, como estaba al principio, antes de que hubieran enterrado a la mascota. Se acercó y vio, con espanto, que su perrita estaba en el fondo, como si durmiera. “¡Marichú!”, gritó, pero la perrita no se movió.

sábado, 4 de junio de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL MAR SE MUEVE





Querida Mariana: un viejo político decía que “Quien se mueve no sale en la foto”; es decir, todo mundo debía disciplinarse ante la autoridad mayor. Ahora, dicen los avezados en temas políticos: “Quien no se mueve no sale en la foto”, y por esto medio mundo está en pre precampaña, aunque con ello le falte el respeto al jefe.
Digo esto, no porque vaya a escribir sobre temas políticos. ¡No!, sólo lo hago para diferenciar los comportamientos de los tiempos actuales con respecto a las actitudes de tiempos pasados. Antes, los políticos se disciplinaban a los dictados del Poder Ejecutivo; ahora, sin aviso previo, muchos se rebelan. Para ejemplo está ese político que se declaró candidato independiente y ganó la gubernatura del estado de Nuevo León. Antes hubiese sido inconcebible tal comportamiento. Antes, nadie se iba por la libre, todo mundo esperaba el banderazo de salida en donde sólo corría un único participante. Abel Quezada, genial cartonista, creó el personaje de “El tapado”, un tipo que con una capucha representaba al hombre (porque tenía que ser hombre) que sería el candidato presidencial y seguro Presidente de la República. Eso fue así hasta que (ya se sabe) el loquillo de Vicente Fox llegó con sus tepocatas y mandó al destierro a la dictadura perfecta.
La reflexión, entonces, va en el sentido del movimiento y de la inacción. Todo en la vida se reduce a ello. Uno no es científico pero puede imaginar que si un día el universo se paralizara por completo, el universo dejaría de ser. Los sabios dicen que el universo está en constante expansión; es decir, sigue creciendo; si ahora, esa expansión se agotara ¿vendría una contracción? A veces imagino al universo como un enorme globo, que se expande y se expande. Los sabios dicen que esta expansión dejará de serlo algún día y este día habrá la contracción. ¿De veras? En mi ejemplo del globo, ejemplo tonto, lo sé, la vejiga se expande, se expande, hasta que no puede más y ¡explota! Por esto digo que mi ejemplo es tonto, porque los astrónomos dicen que la explosión jamás ocurrirá, aseguran que la explosión ya ocurrió, eso fue el Big Bang.
Una vez, una abeja se paró en mi mejilla izquierda, un amigo me dijo: “¡No te movás!”. No me moví. ¿El resultado? La abeja me puso el cachete como cachete de Quico y mi amigo me puso colorada la mejilla del cachetadón que me soltó. Todo por no moverme. La inacción es mala. Todo en la vida es movimiento, el movimiento da vida.
Por el contrario, otra vez, en el campo, estaba viendo cómo una abejita realizaba la polinización en una flor amarilla, cuando oí un ruido intenso, como una cascada de letras eses cayendo en caída libre, como de un panal. Dejé de ver a la abejita y a la flor y volví la mirada. ¡Dios mío!, un enjambre venía contra mí. Mi amigo me cambió la versión y me dijo: “¡Corré, corré!” y yo le hice caso. ¿El resultado? Treinta y dos piquetes en brazos, cuello y cara, y una luxación de rodilla provocada por la caída en un hueco. Todo por moverme. La acción no siempre es recomendable. En casos de temblor, los servicios de protección civil recomiendan ¡no correr!
El tío Abundio comenzó a quejarse de una dolencia, a sus setenta y dos años. El médico le recomendó hacer ejercicio. Martha, su única hija, le compró una caminadora que instaló en el corredor de la casa, para que su papá hiciera ejercicio por las mañanas. El tío recibió el obsequio con malestar, torció la boca de la misma manera que lo hacía cuando Martha le escondía la botella de comiteco o le partía en dos el cigarro que siempre llevaba en la oreja, para fumarlo después del café de las seis. A la mañana siguiente, Martha estuvo pendiente para ver si el tío usaba la caminadora. El tío se paró a las seis de la mañana, como siempre, se calzó los tenis y salió al corredor. Se llevó la mano a la barbilla y vio hacia un lado y otro del corredor, en uno estaba la caminadora y en el otro la mecedora. Martha salió del cuarto y le recordó que el médico había recomendado que… “Sí, sí -dijo el tío-, pero a mi edad no puedo hacer las cosas de romplón. Comenzaré a ejercitar mis corvas.” Y Martha lo vio sentarse en la mecedora, cerrar los ojos y mecerse rítmicamente. Martha contaba que lo escuchó decir: “Uno, dos, uno, dos…” conforme se hacía para adelante y para atrás.
Esto del tío pareciera una anécdota simple y boba, pero no lo es. Al contrario, demuestra que el movimiento es parte esencial de la vida, pero que tiene etapas. Rodomiro, que era un fanático de la ciencia, pero que era como Jaimito, el famoso cartero que aparece en la serie del Chavo del Ocho, que para “evitar la fatiga” casi no da un paso, sostenía que la tierra tardaba un año en dar la vuelta al Sol. “¿Cuál, entonces, es la prisa?”, preguntaba cuando alguien le reclamaba que no había cumplido en tiempo con algún trabajo.
Fidel Velázquez (eterno líder de la CTM), ya lo dije, recomendaba no moverse para salir en la foto. Él aplicaba el dicho en su persona, porque era un líder enquistado que, como caracol, se movía sólo de vez en vez, en un mar de baba y siempre salía en la foto.
En la actualidad los jóvenes se mueven a velocidades supersónicas. Los egresados de las universidades sueñan con comerse el mundo y andan de un lado para otro, tratando de impresionar, pero, poco a poco, se van enquistando y hacen concha, porque saben que quien se mueve de más hace olas y el mar es mejor cuando está en calma.
Dije mar y pensé en huracanes y tsunamis; es decir, en movimientos que ocasionan tragedias. La gente no desea estas desdichas, pero la ciencia recomienda (a los viejos, sobre todo) a estar como el mar, siempre en movimiento; es decir, ir de un lado para otro, como si uno fuese el universo y debiera estar en constante expansión.

Posdata: El mundo se mueve. La vida se mueve. A la muerte le sucede la vida y viceversa. El otro día amanecimos con la noticia del nacimiento de Emiliano, hijito de Carlos y de Alicia (a quienes mando un abrazo sostenido) y, minutos después conocimos la noticia de la muerte de Ramón Durón Ruiz, el famoso Filósofo de Güemez, quien era Doctor en Derecho, por la UNAM, pero que es conocidísimo por sus frases plagadas de una obviedad obvia. ¿Recordás algunas de sus frases que, dentro de su simpleza, mueven a risa? (Mover a risa; es decir, imprimirle movimiento al gusto por la vida). Acá te van algunos ejemplos: “No hay de otra, cuando te pica una hormiga nomás hay dos cosas por hacer: rascarse y esperar que te salga la roncha”. “Todo tiempo pasado fue anterior”. ¡Era genial!, ¿verdad? Acá va otra, que alguien puede decir que es un dicho comiteco: “Se está muriendo gente que no se había muerto nunca”. Uno más, que es sublime por su grado máximo de bobera: “El que quiera azul celeste, que mezcle azul con blanco”.
El Filósofo era ingeniosito. Basaba su ingenio en la obviedad. En Comitán recordamos a tío Elí que decía, de igual manera, cosas obvias y simples: “Si estás subiendo, quiere decir que no estás bajando”. También recordamos a don Panchón que era de ingenio más subido. Se cuenta que en una ocasión ofreció una flor a una reina de feria que cojeaba tantito. Avanzó hasta el estrado, con una flor en la mano izquierda y otra en la derecha, y, ya frente a la soberana, dijo: “Entre el clavel y la rosa, ¡su majestad escoja!”. ¡Tremendo don Panchón!
Vos sabés que, por el voseo que usamos en Comitán, decimos “velo” cuando queremos que alguien vea alguna cosa, y su sinónimo es “miralo”, así, sin tilde en la i. Por eso, el tío Elí, todos los domingos, antes de ir a misa de doce, le decía a su mujer: “Velo es miralo, así que ponete tu miralo” (era costumbre que las mujeres llevaran un velo para colocarse encima de la cabeza). Sí, el tío Elí también era ingeniosito. Tenía unas que eran muy semejantes a las del Filósofo de Güemes: “Si estás en San Sebastián, no estás en La Pila”. “Si te agarra el sueño en las Siete Esquinas, ¡no podés dormir!, porque toda la noche te la pasás decidiendo en cuál esquina dormir”. “El Río Grande, ni es río ni es grande”.
Cuentan que “Kid Garrochas” era muy valiente arriba del ring, pero que su mujer le pegaba, así que tío Elí decía: “La mujer del Garrochas es tan dulce que pura “trompada” le da de postre”, esto en alusión a ese dulce tradicional que se llama “trompada”.
Al tío Elí también se le atribuye la famosa bomba que dice: “Bomba, bomba. En el patio de mi casa hay un árbol de limones, no lo agarro a chingadazos porque se caen los chiquitíos”.
Pancho Pitirjijas dice que Don Panchón era un hombre muy alto y fornido, como un sabino, y con una voz de trueno. Era groserón. El Pitirijas dice que una vez se paró frente a un grupo de reinas de feria y dijo: “Reina sólo una: ¡La Virgen María! Las demás ¡cagan!”.
Todo está en movimiento: la palabra y el silencio. La palabra viene y va, como ola de mar. La palabra nos provoca enojo, lágrimas, risas. El silencio también es provocador. A veces estamos en medio de una gran algarabía y de pronto algo sucede y el pájaro del silencio llega aleteando, se para sobre una rama y cesa de moverse. El silencio es como una piedra, pero, minutos después, alguien llega y la avienta a mitad de un lago y provoca una serie de círculos que se expanden, como el universo y aparece el ruido, en recuerdo del Big Bang.

viernes, 3 de junio de 2016

JUEGOS A MITAD DE LA CARRETERA





Pensemos en una comunidad con caminos de terracería. Imaginemos un lugar donde el cemento sea un componente reciente de construcción.
En ese tipo de comunidades la gente está habituada a otros comportamientos. Tal vez un automovilista acostumbrado a correr por las grandes carreteras no sabe que los rasgos culturales son otros.
En Chiapas hay dos tipos de poblados rurales: los que, después de tener su camino de terracería, los asfaltaron; y los que nacieron a la orilla de las súper carreteras (estas últimas en forma incomprensible y uno dijera que al margen de la ley). Ejemplo de estos últimos es Betania, un poblado que está entre Comitán y San Cristóbal. Un día, indígenas (tal vez desplazados por motivos religiosos) comenzaron a construir un poblado a ambas orillas de la carretera internacional. Dos días después un hacinamiento de casas de madera apareció como si fuese un panal; cuatro días más tarde, los pobladores ofrecían frutas, elotes hervidos y costales de carbón. ¿Cómo las autoridades permitieron la creación de este poblado a la orilla de una carretera donde los autos se desplazan con velocidades cercanas a los noventa o cien kilómetros?
Esta fotografía corresponde a una comunidad del primer tipo: una comunidad que asfaltó su camino original. Por esto, hasta los perros juegan con calma. El automovilista ajeno que transite por esta carretera debe tener presente que la cultura de los pobladores no corresponde a su visión de modernidad. Por esto, para que los ajenos entiendan que llegan a otro espacio, las autoridades de los poblados rurales les recuerdan, a través de avisos pintados a la entrada de la población, que no deben conducir a más de veinte kilómetros por hora. En caso de infringir este acuerdo comunitario serán sujetos a una multa que, en varios casos, llega hasta cinco mil pesos.
Tal determinación es porque los automovilistas ajenos no saben respetar las costumbres de los pueblos originarios, acostumbrados a moverse con la tranquilidad con que el tiempo lo hace. La gente de las comunidades tiene el hábito de reunirse a platicar a la vera del camino (carretera). Si algún grupo platica parado sobre el asfalto, el automovilista debe detenerse y buscar la orilla para pasar a baja velocidad. ¡Nunca al contrario! El automovilista es quien invade un territorio ajeno y debe respetar. A veces sorprende la inmovilidad y temeridad de los pobladores que casi casi ignoran al automóvil y no se hacen a un lado, pero esa es su costumbre.
Presencié el comportamiento de estos perros juguetones. Jugaban con tal emoción que se ve que uno de ellos parece tragar la cabeza del otro, que, chucho al fin, se deja atrapar con gusto. Cuando un auto apareció los dos perros siguieron jugando como si lo hicieran en el patio de su casa. El automovilista tuvo que bajar la velocidad y pasar por el espacio que le quedaba libre. Los perros lo ignoraron olímpicamente.
De la misma manera, así como juegan estos perritos, se comportan los humanos. Ellos están en sus territorios. Su comportamiento viene de tiempos en que los autos eran infrecuentes, de tiempos en que la gente no sabía de apresuramientos ni de embotellamientos.
Los conductores que transitan la súper carretera que va de Comitán a Teopisca se molestan porque la gente que habita en poblados, como Chacaljocom, colocan topes que deberían estar prohibidos por la autoridad. ¿Por qué lo hacen? Porque están acostumbrados a caminar sin prisa. Por supuesto que acá el problema está en el origen. Estos poblados no debieron crecer a la orilla de la carretera. Los automovilistas no deberían molestarse. Los topes les indican que están en “territorio ajeno” y, por su tranquilidad, más les vale respetar los acuerdos comunitarios. ¿Han pensado lo que les ocurriría a los automovilistas que, a más de noventa kilómetros, atropellaran a un poblador de esos lugares?
Se advierte imposible que la autoridad desplace a estas comunidades. Por lo tanto, los automovilistas (que son necios y manejan como si estuviesen en una pista de Le Mans) deben soportar los topes y disfrutar del paisaje de esas comunidades maravillosas.

jueves, 2 de junio de 2016

RUMBO A LOS CIEN





México conmemoró el aniversario nonagésimo primero del natalicio de Rosario Castellanos. Google, el famoso buscador de Internet, le dedicó su Doodle. Se sabe que los Doodles están reservados para conmemorar a las personalidades más sobresalientes del mundo. Bueno, Chayito es una de ellas.
No debemos preocuparnos por conmemoraciones. Sin duda, hay intelectuales que, agrupados en asociaciones de escritores, poetas, eruditos, doctos y vainas intermedias, se disponen a constituirse en grupos que prepararán los actos encaminados a celebrar, con más bombo que platillo, el centenario de la destacada escritora. Se sabe que pertenecer a una de esas agrupaciones da brillo al traje cultural.
Así que, ahora, me adelanto a los adelantados para recomendar que, si dentro de sus propuestas, aparece la edición de uno o varios libros, no vayan a cometer el error de imprimir facsimilares.
Una razón de peso basta para tal recomendación: el apotegma histórico que indica “No debe repetirse el error del pasado”.
En Chiapas, en los últimos tiempos, hemos sido testigos de un acto editorial de gran importancia: la impresión facsimilar de la edición “A Rosario Castellanos, sus amigos”, una publicación de 1975 que, como dice Violeta Pinto en la presentación, era un ejemplar difícil de hallar porque “su tiraje fue reducido”. Ahora, gracias al tesón de Violeta, los estudiosos y admiradores de la obra de la escritora comiteca tienen en sus manos ese valioso libro. Tal iniciativa generosa tiene un pequeño problema.
¿Cuál es el problema, si dicha edición es un acierto? Que, con la edición facsimilar, se reproducen (a la milésima potencia) los errores de tipografía que tiene el original.
El Fondo de Cultura, en el año 2005 publicó el libro de Rosario: “Sobre Cultura Femenina”, tesis que presentó la escritora para obtener el grado de maestra en Filosofía.
Este libro, igual que el de “A Rosario Castellanos, sus amigos”, también era inconseguible, por lo que la editorial consideró que sería un tino (como sin duda lo es) publicarlo para ponerlo en manos de todo mundo. Pero, el Fondo decidió (en buena hora) no cometer el error de reproducir los errores. Tan es así que, en una nota aclaratoria, indica: “… Se entresacaron las citas textuales, se cambió el formato de la bibliografía y se corrigieron errores tipográficos”. ¡Se corrigieron errores tipográficos! ¡Ah!, qué gusto que el Fondo sea tan profesional en sus trabajos.
Cualquiera pensará que una errata es pecata minuta. No es así. El libro de “A Rosario Castellanos, sus amigos” está plagado de errores. Errores que pueden mover a risa, pero que, después de una reflexión, mueven a pena. Doy sólo dos ejemplos: el texto de Ramón Xirau dice: “… Hay pasión, honda pasión amorosa en sus poeams…” ¿Poeams? ¡Qué pena con don Ramón! ¿Qué pensaría al leer tal exabrupto, en 1975?
Acá viene otro ejemplo. ¿Pequeño error? En el texto de Elena Poniatowska aparece el nombre de Sergio Pitol, pero en una línea brinca lo siguiente: “…Tiene razón Sergio Picot…”. ¿Perdón? ¿Sergio Picot es el personaje de Sal de Uvas?
Entiendo que la ventaja de una edición facsimilar es que los lectores tienen entre las manos una réplica del original. Aparecen el pétalo de la nostalgia, las imágenes y tipografías que nos remontan a otro tiempo. Pero no todo el pasado fue mejor. Ahora tenemos a la mano los adelantos tecnológicos que ayudan a tener ediciones más pulcras.
El lector profesional y amante de los libros se plantea la disyuntiva: ¿Hacer una edición facsimilar con todas las ventajas y desventajas que conlleva o hacer lo que el Fondo de Cultura Económica decidió hacer con la tesis de Rosario? Para quien no conoce la edición de “Sobre Cultura Femenina” puedo decirle que es una edición limpia, digna, con un encuadernado sobresaliente, una portada bellísima y, sobre todo, evita “los errores tipográficos” anteriores.
Una edición corregida abona al buen uso del idioma.
¿Para qué vivir en el pasado si ya estamos en el Siglo XXI y este siglo es el que ahora habla por nosotros?
Algunos ya comenzarán a encarrilarse para subir al tren del Centenario. Se les suplica que, si proponen ediciones de libros conmemorativos, reflexionen en la trascendencia del hecho.

martes, 31 de mayo de 2016

JOSÉ DE ARIMATEA





La primera novela de Fernando Del Paso se llama “José Trigo”. Talento literario aparte, llama mi atención el “apellido” del personaje. Llama mi atención porque el nombre de José es uno de los más comunes en este país, pero la conjunción con el apellido Trigo es infrecuente.
Un tocayo de Del Paso, mi amigo Fernando Avendaño, me obsequió un paquete de libros. Fer me conoce y sabe que recibir un libro me causa felicidad, felicidad suprema. Entre los libros venía uno del secretario de Hernán Cortés: Francisco López de Gómara. Tal vez pasé de noche en la clase de literatura de Óscar Bonifaz, en la prepa, porque no había escuchado tal nombre. ¿Por qué Gómara? Ah, porque nació en la provincia de ese nombre. ¡Qué maravilla!
Una vez, integrantes del Centro Chiapaneco de Escritores viajamos a Palenque y dimos una vueltecita por Chilón. Al entrar a este poblado Gustavo dijo: “Chilón de Cañas”. Yo, inocente, pensé que era zona cañera. No, luego me enteré que lo dicho por Gustavo era un homenaje a Manuel Cañas, poeta chiapaneco, quien nació en Chilón. Así como el secretario de Cortés tomó el nombre de su pueblo (esto era muy común antes) Manuel bien pudo llamarse Manuel Cañas de Chilón. Así, Gustavo sería Gustavo Ruiz de Tuxtla, y Efraín: Efraín Bartolomé de Ocosingo.
El Trigo del personaje de Del Paso debe tener una connotación similar. Si nació en México bien pudo ser José Maíz. Si hubiese nacido en Comitán su nombre tendría la luz del chulul, por ejemplo. No he visto que alguien se llame José Chulul, pero sería un nombre maravilloso. Es decir, el nombre del personaje de la novela “José Trigo” está emparentado con aquellos nombres que aludían al nahual: José tigre, José tlacuache.
El maestro Víctor decía que el apellido Hidalgo significa: “hijo de algo”; es decir, cierto parentesco con la nobleza.
No sé, imagino que el apellido Blanco está relacionado con el color de la piel. Tal vez por esto (ah, el nefasto racismo) hay más hombres que se llamen José Blanco que hombres con el nombre de José Negro.
De igual modo, en la Biblia aparece un tal José de Arimatea; es decir, nativo de la provincia de ese nombre. Y ¡qué coincidencia! José Trigo es un personaje que carga un cajón de muerto de un lado para otro y José de Arimatea es el propietario del sepulcro donde fue depositado el cuerpo de Jesús.
No podemos elegir los apellidos, pero sí podemos modificarlos. Javier cuenta la leyenda que su apellido original era Carbonelli y que se modificó al actual Carboney; es decir, perdió su gracia italiana al perder su i latina; pasó a España y se convirtió en un Carbonell un tanto duro; para, al final, recuperar una y griega que lo dejó en un apellido con sonoridad más seca.
Si al lector de esta Arenilla le fuese dado cambiar su apellido estoy seguro que lo pensaría. Hay gente que está a disgusto de su nombre, pero también de los apellidos, por múltiples razones. Conozco a un amigo que se le hizo muy común el apellido López, así que como su apellido materno es Landa, a sus hijos los apuntó en el Registro Civil con el apellido paterno de Lópezlanda. (Suena un poco a Disneylandia, pero él quedó orgulloso.)
En un juego de imaginación, el lector podría corretear por un pasaje donde hubiese la posibilidad de ser como José Trigo. ¿A alguien le gustaría llamarse José de Comitán? ¿José de Bajucú? (¡Ah, qué bonita sonoridad!)
La mención de José Trigo (por sonoridad) hace que todo se ilumine, como si fuese un cuadro de Van Gogh lleno de amarillos oro.
Una mañana pasamos por Chilón, por Chilón de Cañas. Uno de los grandes privilegios de los hombres y de las mujeres es, sin duda, que el pueblo de origen sea bautizado con el apellido de la persona célebre. En México (no sé si en todo el mundo) es costumbre bautizar los pueblos con apellidos de héroes y heroínas. Tuxtla Gutiérrez en honor a don Joaquín Miguel; Comitán de Domínguez, en honor a tío Belis (así lo tratan los comitecos, de forma afectuosa).
Los pueblos también deberían rebautizarse con los apellidos de los artistas (hablo del arte verdadero, no digo que la Ciudad de México se llame Ciudad de Paulina Rubio). ¿Por qué Oaxaca de Juárez no podría llamarse Oaxaca de Toledo?
José Trigo. ¡Ah!, qué bonito nombre de personaje literario. ¿A quién le gustaría llamarse José Nube? ¿A quién José Mar? ¿A quién José Escándalo?
Fernando Del Paso es uno de los mejores escritores de Hispanoamérica. ¡Ah!, con razón su segunda novela se llama “Palinuro de México”, como decir Jaime de Chiapas, Marirrós de Comitán, Armando de Uninajab. La unión del nombre del pueblo con el nombre del ser, sólo para reconocerse, sólo para ser.

lunes, 30 de mayo de 2016

PROYECTO COMITÁN – MONTEBELLO





La Academia de Cinematografía Mexicana entregó El Ariel, máximo reconocimiento a lo mejor del cine mexicano.
Paul Leduc recibió el Ariel de Oro, por su trayectoria. En su mensaje de agradecimiento dijo que, palabras más, palabras menos, sería bueno que la recién creada Secretaría de Cultura dé a conocer cuál es el apoyo que brindará al cine mexicano. El año pasado se produjeron más de ciento cuarenta películas, pero poquísimas tuvieron oportunidad de entrar al circuito de exhibición.
Es increíble que las salas mexicanas se dediquen a exhibir todo lo que produce el cine de Hollywood.
“El abrazo de la serpiente”, una película colombiana, obtuvo el premio a Mejor Película Iberoamericana. La productora Cristina Gallego, palabras más, palabras menos, dijo que era bueno recibir en México dicho premio, porque los mexicanos se sienten orgullosos de su cultura y de su identidad.
¡Qué pena! Habría que decir que no es así. No es así, porque el gobierno no impulsa el cine mexicano y permite que las empresas trasnacionales nos inunden con el cine chafita pero efectista de Hollywood.
Por eso, de manera modesta, los comitecos nos permitimos sugerir (qué palabra tan decente) a la Secretaría de Cultura a retomar el programa “Comitán - Montebello” para el rescate del cine nacional, a fin de regresarle su brillo y esplendor. Aparte, por supuesto, del financiamiento para las propuestas inteligentes.
¿Qué es el proyecto Comitán – Montebello? En los años setenta, en nuestro pueblo, existían dos salas, que estaban instaladas a cuatro pasos del parque central: el Cine Comitán y el Cine Montebello. Los comitecos acudían con gusto a ver el cine, porque estaba en el camino. Los comitecos nos topábamos con las salas. Era una amable invitación para entrar a disfrutar del séptimo arte.
En muchas ciudades de este país existían cines cerca de las plazas centrales. Era una buena mercadotecnia.
El Cine Comitán proyectaba películas mexicanas; y el Cine Montebello proyectaba películas extranjeras; es decir, había un equilibrio sensacional.
Los cinéfilos de ese tiempo estábamos actualizados, porque todos los estrenos tenían su lugar de privilegio.
Ahora, para que la Secretaría de Cultura no se haga bolas, lo que debe hacer es retomar el Proyecto Comitán – Montebello y abrir salas cinematográficas cerca de los parques centrales de las principales ciudades del país.
Viejos edificios pueden rescatarse y adecuarse a los tiempos modernos. Las entradas, por supuesto, deben ser a costos accesibles, porque, si alguna autoridad aún no lo ha entendido, se trata de incentivar la producción nacional y recuperar los públicos perdidos.
¿Ya se entendió? Se trata de que el gobierno mexicano (se supone que para eso es poder público) se salga de los circuitos comerciales y dote a las salas (filiales de la Cineteca Nacional) de circuitos de cultura nacional. Con ello, las películas mexicanas garantizarán su exhibición en toda la república.
Sé que al principio será difícil recuperar los públicos extraviados, pero con una campaña intensa a favor de nuestros valores de identidad y con propuestas inteligentes por parte de productores, directores y actores mexicanos, el cine volverá a su esplendor antiguo.
Me dio pena escuchar que la productora de la película “El abrazo de la serpiente” (una película colombiana que compitió por el Óscar en la categoría de Mejor Película Extranjera) decía que nuestro país es una nación orgullosa de su identidad. En cuanto al cine esto es una apreciación equivocada. Pero gran parte de la culpa es porque el gobierno permite que los circuitos de exhibición de películas nos saturen con producciones bobaliconas.
El proyecto “Comitán – Montebello” contempla la exhibición de películas nacionales (con suficiente bastedad) y, de igual manera, la exhibición de lo mejor del cine mundial. Que estas salas de rescate de la dignidad sirvan para que los cinéfilos de este país tengan la posibilidad de ver cine de calidad. No merecemos menos.
En síntesis, la Secretaría de Cultura debe crear cines cerca de los parques centrales, para ofrecer circuitos de exhibición de los estrenos del cine nacional, con entradas de costo mínimo.

sábado, 28 de mayo de 2016

CARTA A MARIANA, CON LA COLA ENTRE LAS PATAS





Querida Mariana: a veces nos ofenden. En otras ocasiones, algún acto alevoso nos obliga a ofender. Los humanos somos expertos en insultos. Muchos de estos insultos comparan al ofensor con un animal. “Es un cuch”, decimos cuando expresamos que alguien es asqueroso. No falta el que le pone su mojol al insulto y dice: “Es más malo que el cuch con granos”.
No sé por qué hay propensión a insultar a través de comparaciones con animales, como si, en efecto, los humanos nos sintiéramos los reyes de la creación y ofendiéramos a través de denigrar a los animales.
“Es un burro”, dicen los maestros cuando se refieren al alumno que no pasa del seis.
En Comitán a cada rato usamos la expresión: “Se está haciendo tacuatz”, para decir que alguien no coopera en el trabajo.
¿Mirás? En la relación ya llevamos una buena cantidad de animales que sirven para denigrar: cuch, burro, tacuatz.
Las feministas se enojan a cada rato cuando alguien compara a una mujer con una zorra o con una perra. Se sabe que estos términos están calificando de casquivana a una mujer.
“No entiende, es un buey”, decimos con frecuencia para señalar a alguien que, como lo dice, la frase, no entiende; es decir, quien es escaso de entendimiento es un buey.
Los optimistas dirán en este instante que hay comparaciones elogiosas. Si una muchacha dice que su novio siempre está como “burro en primavera”, el aludido se hinchará de orgullo y se esponjará como guajolote.
Aunque, para compensar la balanza, podemos decir que los cursis y enamorados emplean a los animales para dar forma a su melcocha. Cortázar, el escritor argentino, le decía “Osita” a su pareja Carol Dunlop.
No te hagás. El otro día escuché que tu novio te decía “Ardillita”. No te enojés por lo que voy a decir: miré que pusiste cara de éxtasis, como si lo dicho por tu novio fuese un elogio. ¿De verdad lo fue? Disculpá, pero no lo creo. ¿Ya miraste cómo son las ardillas? ¿Tenés conciencia plena de con qué te comparó? En primer lugar, la ardilla es un roedor; es decir, es prima hermana de la rata. ¡No me digás que eso es algo bonito! En segundo lugar, la ardilla no es muy discreta en cuanto al tamaño de su cola, si mirás bien a una ardilla ves que su cola ocupa una tercera parte de su cuerpo. Entonces, ¿qué te dijo tu novio? Perdón, pero te dijo que tenés la cola grande, que sos una culona. Y, en tercer lugar, tu novio te dijo ¡dientona!, porque vos sabés que los dientes de las ardillas jamás dejan de crecer. Cuando tu novio entornó los ojos y, lleno de miel, te dijo: “Mi ardillita” te dijo ¡culona y dientuda! ¿Dónde está lo bonito?
Pero, bueno, vos podés también hacer lo mismo con él. Dejar que se derrame la cursilería por tu espíritu y decirle: “Cucarachita”, que es una buena comparación.
A mí me gustaría que los insultos fueran más ingeniosos y no se fueran por la comparación fácil con los animales. A ver, ¿por qué no alguien insulta a otro diciendo: “Tenés carota de mesa con dos patas”?
¡No, no! Me equivoqué. Ya aparecieron de nuevo los animales: las patas.
A ver, busquemos otro ejemplo: “Tenés cara de cuchara de madera apolillada”. No, tampoco. Ahí está la polilla. Bueno, cuando menos ya fue un animal más extraño y no la clásica rata que se usa para definir a… a… ¿En quién pensaste? Sí, yo también pensé en él: era un burro, pero apenas se metió en la política se volvió una rata.
Mi primo Romeo lloraba cuando le decían “gallina”. ¿Por qué la gallina se asocia a un niño un poco miedoso? Nunca he leído una fábula donde una gallina sea cobarde. Creo que debería ser al contrario: las gallinas son valientes, porque se quiere huevos para poner los ídem todas las mañanas. Entiendo que cuando alguien dice que algunas mujeres son más “ponedoras” que las gallinas de Teopisca, eso sí lo entiendo, porque no hay día de Dios en que las gallinas no busquen subirse al palo.
A veces nos dan ganas de insultar a alguien. ¿Por qué no comenzamos a insultar haciendo comparaciones con objetos, para no insultar de paso a los animales que no tienen culpa alguna de nuestros enconos?
“Hormota de gato sin manivela”. No, ¿verdad? Me refería al gato hidráulico, pero, de nuevo, aparece el nombre de un animal. Vos no conociste “Nevelandia” un lugar donde vendían helados y había un billar. En “Nevelandia”, en la planta alta, se organizaban bailes populares, por ello, la maledicencia comiteca rebautizó el local con el nombre de “Gatolandia”, porque, dicen las malas lenguas, a esos bailes acudía una mayoría de sirvientas (ahora llamadas empleadas domésticas, y en esos tiempos bautizadas como gatitas, en forma peyorativa). Tremendo el pueblo.
Todos los insultos que he mencionado son empleados en Comitán y en muchas otras partes de México. Por eso, ahora digo que nuestro pueblo tiene un insulto que sí es muy nuestro, que es como nuestra máxima aportación lingüista: “¡Callate, carota de mi tutís!”. Este dijéramos que es el insulto más insultante y el más original. Acá la comparación no corresponde a algún animal, sino a una parte no muy grata del cuerpo humano. Esta comparación, por lo tanto, es un insulto excelso, no por lo grotesco de lo comparado, sino por el uso de un vocablo que es casi un eufemismo simpático. Hay un mundo de diferencia entre decir: “Cara de mi culo”, que decir: “Cara de mi tutís”, este último es más elegante, más sonrisa de colibrí. No obstante logra su cometido de insultar de manera drástica. Claro, el otro día, María (que vos conocés que tiene un trasero bellísimo) me aseguró que ella no usa nunca este insulto porque si lo dijera, en lugar de ofender al barbaján, le haría un elogio, porque compararlo con su trasero sería un privilegio. Bueno, habrá que aceptar que hay muchachas que tienen un tutis muy agradable.
¿Qué insulto colocarías en el archivo de comparaciones con sitios de recreo? ¿Se vale que un muchacho insulte a su novia diciéndole: “Sos más fría que el agua de La Rejoya, de Tzimol”? ¿Se vale que la muchacha insulte a su novio diciéndole: “La tenés como la corriente del río grande de Comitán: ¡Chiquita y apestosa!”?
¿Qué insulto colocarías en el archivo de comparaciones con antojitos comitecos? ¿Se vale que un muchacho insulte a su novia diciéndole: “Prometiste que tus besos serían dulces como chimbos, pero cómo si tu boca es una olla podrida”? ¿Se vale que la muchacha insulte a su novio diciéndole: “Presumiste de gran chorizo y resultó butifarrita”?
¿Qué insulto colocarías en el archivo de comparaciones con regionalismos comitecos? ¿Se vale que un muchacho insulte a su novia diciéndole: “Querés echar cotz, pero puro cacashte sos”? ¿Se vale que una muchacha insulte a su novio diciéndole: “Yo tan “Wish” y vos tan ish”?
Se trata de jugar con objetos para que los animales descansen de esa obsesión tonta de usarlos para comparaciones estúpidas.
Decimos “Sos un chucho para beber”, para decir que el tipo es un alcohólico y no controla la bebida. ¿Cuándo alguien ha visto a un perro comportarse como un borracho? Los borrachos no tienen comparación; los estúpidos no tienen comparación; los delincuentes no tienen comparación. Tal vez esta costumbre pretende atenuar el acto inhumano. Los animales, por naturaleza, son menos brutales que los humanos. Los humanos usamos (siempre lo hacemos, ¡tontos!) los dones divinos que están concentrados en los animales. Digo esto, porque cuando alguien dice que el otro es un burro, sabe que en otro lugar o en otro momento, alguien lo insultará con lo mismo. Entonces, el ofendido busca refugiarse en la belleza de los pollinos o en la capacidad sexual, para atenuar el insulto y vanagloriarse en la ternura o en la fuerza de la virilidad. Dice el ofendido: “Me dicen burro por lo bonito o por mi pujanza”. Elude el hecho de que si alguien le dice burro es porque le está diciendo tonto, pero esto último es lo más tonto, porque los burros no son tontos, tontos son los que hacen esa comparación tonta.

Posdata: “Fulana de tal es una víbora”, decimos con frecuencia. Ya desde el pasaje bíblico este animal fue estigmatizado. No sé qué pensás vos, pero a mí se me hace una bobera el insulto a partir de la comparación animal.
El tío Eugenio no se preocupa por buscar comparaciones cuando debe insultar a alguien. Por lo regular no es ofensivo, trata de ser respetuoso, pero asegura que nunca falta la lámpara fundida que jode sólo porque el otro sí da luz. A esas lámparas fundidas les dice: “Carota de mi tutís” y se retira con una gran dignidad. Sí, ese insulto es muy comiteco y muy contundente.
¿Puedo pedirte un favor? No dejés que tu novio te diga: “ardillita”, te está diciendo: ¡culona y dientuda! No te dejés. Mejor dejá que yo te diga: niña bonita, espiga de luz, línea de agua limpia, sonrisa de colibrí. Está más bonito, ¿no?

viernes, 27 de mayo de 2016

LAS MACROIDEAS





Algunos sostienen que fue para hacer más claro el pago de impuestos. Lo único cierto es que un día el gobierno decretó que habría tres categorías de negocios: mini, macro y giga. Para que los compradores supieran a qué tipo de negociación entraban, el letrero debía ostentar tal categoría, porque se sabe que, en cualquier actividad, hay minis que se creen gigas o macros que pretenden pasar por minis.
Algunos sostienen que fue para normar el lenguaje. Lo único cierto es que los nombres de las categorías debían calificar al nombre y no al giro comercial. Por ejemplo, si había una mini tienda que se llamaba Escondida, debía escribirse “Tienda miniescondida” y los macro debían ser “macroescondidos”.
Algunos sostienen que fue la ilusión de infancia. Lo único cierto es que la gente se habituó a jugar con los locales. Llegó un día que servían para todo, menos para comprar sus víveres. Las tiendas miniescondidas eran fáciles de hallar, pero las gigaescondidas estaban en el quinto infierno. Y se sabe que, si no hay un Virgilio al lado, es difícil encontrar el primer infierno, resulta tarea casi imposible hallar el quinto (sin albur, por favor, sin albur).
Por los días del decreto, don Abundio inauguró un nuevo expendio de pan. En homenaje a su difunta esposa bautizó el negocio con el nombre de Ofelia, así que el día de la inauguración todo mundo leyó: “Panadería miniOfelia”. A partir de ese momento, todas las mujeres del pueblo llevaron el prefijo mini. Así hubo miniLupes, miniLauras, miniGabrielas y miniVerónicas. Cuando alguien supo que había miniVerónicas, lo aplicó a las corridas de toros y éstas perdieron su brillantez porque ninguno de los minitoreros logró aplicar una verónica completa.
Algunos sostienen que fue la costumbre. Lo único cierto es que llegó el día en que toda acción humana fue mini, macro o giga. Hubo minimaestros (el noventa y nueve por ciento) para los minialumnos (con porcentaje similar). Hubo minicorrupción (el cero punto cero dos por ciento) y gigacorruptos (el noventa y nueve punto nueve por ciento de funcionarios de gobierno). De igual manera hubo minijugadoresfutboleros (el noventa y ocho por ciento de los seleccionados mexicanos) y macrojugadoresfutboleros (el dos por ciento de los seleccionados mexicanos que se nacionalizaron egipcios y fueron a jugar a la selección de allá).
Dado que los minitrabajadores no eran productivos todo mundo recibió minisalarios y se dedicó a minicomer. Esto provocó que los gigacuerposhermosos se consumieran en sus carnes y en sus huesos y la patria fuera una patria llena de minicuerpos en situación de macrocalle, con gigaenfermedades.
Algunos sostienen que fue la desesperación. Lo único cierto es que llegó el día en que el minimundo estaba al borde del final. Los minipastores dijeron que la solución estaba en hacer una cadena de oración al gigaDios, pero, por la costumbre, la cadena resultó mini y no pasó de un simple miniavemaría.
Un escritor dijo que el mundo se había ahogado en un vaso de agua y propuso la máxima solución. Ya que estaba comprobado que el decreto era absurdo, bastaba con eliminarlo, pero como eliminar no era suficiente, era preciso eliminar a los gobernantes que habían decretado tal absurdo. Así, la sociedad se convirtió, por única ocasión, en una gigasociedad y eliminó a los minigobernantes, y se constituyó en asamblea y decretó la desaparición de los minis, macros y gigas.
Algunos sostienen que no fue la solución adecuada. Lo único cierto es que el mundo siguió con sus taras y sus trabas, pero, cuando menos, la sociedad entendió que era posible eliminar a los gobernantes con ideas mínimas que pretenden hacerlas pasar como las ideas más grandiosas del universo.

miércoles, 25 de mayo de 2016

LA FORTUNA





¡Ah, el gran invento! ¡La rueda! El genio inventor le dio un sentido utilitario. ¿Para qué el hombre creó la rueda? No lo sé, pero estoy seguro que no lo inventó para la Rueda de la Fortuna. ¡Qué bonito nombre este último!
Juguemos, lector. Si alguien le diera a elegir entre ser rueda de molino, rueda de carreta, rueda de hilar o rueda de la fortuna, ¿qué elegiría? ¿De verdad? ¿Le gustaría ser rueda de carreta?
A mí me gustaría ser de la fortuna. Me apabulla la altura y lo grande, pero guardaría mi desconcierto con tal de jugar con el aire, así, de una manera tan libre, como pájaro.
Jorgito vio la rueda y preguntó si podía subir. No, no podía. Eran apenas las diez de la mañana. Un técnico revisaba unos cables y otra persona, con un trapo, limpiaba una canastilla.
¿A qué hora?, preguntó Jorgito. El técnico le dijo que en la tarde. Las ruedas de la fortuna giran por las tardes y por las noches en las ferias populares.
¡Ah, el gran invento! ¡La rueda de la fortuna!
¿Por qué de la fortuna? Porque, dicen los que saben, la fortuna es igual de aleatoria que la vida: a veces está arriba y a veces está abajo.
Juguemos, lector. Si alguien le diera a elegir entre estar arriba o abajo en la rueda de la fortuna, ¿qué elegiría? ¿De verdad? ¿La altura?
A mí me gustaría estar abajo, cerca del suelo. Dicen, los que saben, que estar en la parte superior puede ser frustrante. Sólo quienes tienen espíritu Nepalés poseen la certeza de la altura. Los espíritus comunes y corrientes se marean. Sí, yo he visto a algunos que, arriba de la rueda de la fortuna, piden bajar porque la altura los marea.
Rosita preguntó si podíamos regresar en la tarde. Ella también, igual que Jorgito, quería subir. Dijo que le encanta sentir la sensación de subir. Le gusta esa parábola que hace el viajante. Dijo que en avión la sensación es más boba. Los pasajeros suben como en una pendiente, como en un tobogán. En cambio, en la rueda de la fortuna, el ascenso es como brincar una cuerda en el aire.
En Londres, hace tiempo, y en Puebla, en fecha reciente, construyeron grandes ruedas de la fortuna que son atractivo turístico. Mientras más alto se llega existe la sensación de plenitud.
Imagino que, cuando una canastilla está en la cima de la rueda, la imagen de Londres no tiene igual. ¿Qué piensa la gente a la hora que desciende? ¿Aparte de la sensación física existe una sensación espiritual?
No, no podíamos regresar en la tarde. Me acerqué al técnico y le pregunté si podía hacer una excepción. ¿Cuánto cobraría por ponerla en funcionamiento para que mis sobrinos subieran? No, dijo, lo tengo prohibido.
¿Qué simpático?, pensé.
¿Y los domingos?, pregunté.
Ah, los domingos es diferente, dijo, pero me desarmó cuando aclaró que ese día no era domingo.
¡Vendremos el domingo!, les dije a mis sobrinos.
Ellos brincaron de gusto, dijeron que sí, que estaba bien.
En Londres, la gigantesca rueda de la fortuna funciona todos los días, en las mañanas, tardes y noches.
Juguemos lector, si te dieran a elegir, ¿a qué hora subirías a la rueda de la fortuna? ¿En verdad? ¿En la noche? Sí, por la posibilidad de ver la ciudad iluminada por cientos de bombillas.
A mí me gustaría subir por la tarde, para sentir que soy un pájaro en busca de árbol.

martes, 24 de mayo de 2016

TIEMPOS DE CONFUSIÓN





Juan Coyote dice que el caos es producto del desconocimiento. Ahora, dice Juan Coyote, nadie sabe cuál es su nahual. El colmo, dice, algunos no saben qué cosa es nahual.
Antes, la gente salía a ver la trilla del animal y de ahí se sabía cuál era el animal protector del recién nacido. En un cuento mexicano se narra cómo el padre salió a mirar la trilla del animal nocturno y halló la huella del paso de una bicicleta. Eran los tiempos posmodernos. No le hace, cuando menos esa criatura tuvo protección. Pero, ¿ahora?, dice Juan Coyote, ya ni cucaracha tienen de nahual.
Por eso, dice Juan Coyote, ahora todo es un caos, una revoltura, porque creen que todos son iguales, como si el protector fuera el mismo para todos o, el colmo, no hubiera necesidad de protección. Todo mundo, dice Juan Coyote, es rata. Uno entiende que uno o dos políticos tengan a la rata como nahual, pero ¿todos? ¿Cómo es posible? Sólo que hubieran nacido en la misma ratonera.
Todo mundo, dice Juan Coyote, ahora es borrego. Se mira la gran cantidad de borregos de uno a otro lado, guiados por quien se dice su líder, que es una rata. ¿Cuándo se había visto que una rata comandara a los borregos? Los borregos, antes, eran animales con dignidad. Los pintores del renacimiento, dice Juan Coyote, llegaron, incluso, a pintar imágenes de vírgenes con borreguitos. Pero, ahora, todo es confusión. Todo es porque ya la gente no identifica a su nahual.
A ver, a ver, dice Juan Coyote, ¿cuál es tu nahual? ¿Lo sabés? No lo sabés. Pensás que el carro es tu nahual, pensás que él te va a proteger. Estaba bien lo del cuento mexicano, donde una bicicleta resultó ser el nahual de la criatura, pero ahora salís y ya no podés ver bien la trilla, porque todo es cemento y en el cemento la huella no se impregna. Todo huele a fricción de llanta, a gasolina quemada, a humo, a querosén, por eso, ahora todo mundo confunde al carro con su nahual.
No, qué bobos. El nahual tiene que ser animal, primo hermano del espíritu del hombre.
¿Cuándo se había visto que alguien buscara semejanza con algún automóvil? ¿Quién puede decir que tiene alma de BMW?
Antes era costumbre hallar al Alfredo Águila, o al Emiliano Ratón, o a la Elena Burra, o a la Martha Zorra. Uno se encontraba a medio camino y se saludaba con respeto y admiración. Uno sabía que Elena Burra estaba protegida por su nahual y daba gracias a los dioses, porque las burras siempre han sido muy trabajadoras, muy dóciles, muy aguantadoras. La gente sabía que meterse con la Martha Zorra era riesgoso, porque era muy astuta, muy inteligente para hallar caminos de doble vuelta. Pero ¿ahora?
Todos van por las calles como borregos. Todos, detrás de sus escritorios, lobos con piel de borrego. Tacuatzones, ratas.
¿Dónde está Alfredo Águila? Ya no existe. Ya desapareció. Desapareció dentro de la multitud confundida. A veces la gente, ¡ah, la inocente gente!, mira un búfalo en medio de la borregada, pero no falta el viejo sabio que lo desenmascara, que dice: “¡No es un búfalo, es un tacuatz!”, entonces la gente va y espanta al búfalo y éste se queda con sus funciones vitales suspendidas, a mitad de la calle. Sí, es un tacuatz, dicen los borregos, apesadumbrados porque se quedaron sin líder, pero más tarda el tacuatz en caer que en aparecer un jaguar, que no es jaguar, pero como la gente ya no sabe cuál es su nahual, siguen sintiéndose borregos y ahí van detrás del jaguar, que no es jaguar, sino rata de campo, destructora de sembradíos.
Juan Coyote dice que la patria sería otra si la gente volviera a reconocer su nahual. Pero ahora, hay muchos que no saben ni siquiera cuál es la función del nahual.
Todo es pura confusión, dice Juan Coyote.