martes, 5 de julio de 2016

UNA TARDE APACIBLE




El asistente me guio por un pasillo de ladrillos recién lavado. La humedad trepaba del piso a los macetones con helechos. Entramos a una estancia con mucha luz, propiciada por los ventanales que daban al jardín. El muchacho me dijo que me sentara, que el maestro no tardaba en atenderme. Me quedé solo. El jardín aparecía entre la niebla del día. Todo estaba lleno de silencio. Apenas se oía el zumbido de una mosca que insistía en posarse sobre mi rodilla. El maestro entró, se disculpó, dijo que había pasado una mala noche. Vestía una chamarra gruesa. Se sentó frente a mí. El asistente entró y nos ofreció café y unas piezas de pan. Tomé la taza y un pan. Agradecí al maestro por haberme recibido. Él dijo que estaba bien, bueno, agregó: Yo no estoy bien, estoy mal, pero estoy bien. ¿Entiende? Sí, le dije. Sí, dijo él, así es todo en la vida. A veces estamos bien, pero el país va mal. Me vio y dijo: Este ha sido mi mundo, los libros, y levantó tantito su brazo derecho para abarcar las paredes tapizadas de libros. En el rincón de la biblioteca donde estábamos había un orden, pero dos metros más allá, existía un caos hermoso, todo era un regadero de libros. Sobre el escritorio había varios promontorios de libros, que, a semejanza de la torre de Pisa, misteriosamente lograban el equilibrio. Recordé que Julio Cortázar dijo que la noticia más sorprendente del mundo sería cuando la torre de Pisa se derrumbara. Rodrigo dice que no, que la noticia más sorprendente será ver la primer nave extraterrestre aterrizando en una plaza. Rodrigo dice que ojalá sea en Comitán para que, por primera vez en la historia, seamos noticia mundial.
¿Usted es de Comitán, verdad?, me preguntó el maestro. Dije que sí. ¿Y cómo está Comitán? Mi respuesta fue inmediata: bien, dije. Ah, Comitán está igual que yo, dijo el maestro, tomó un sorbo de café y, cuando colocó la taza sobre la mesita, dijo que había llegado a la cima. Comprendí, dijo, que la vida era subir, subir, hasta llegar a la cima, para ver el mundo desde ahí, pero ahora, mire, llegué a la cima de mi montaña, sólo para ver, desde ahí, miles de montañas más altas. No sé si me equivoqué de montaña o a todo mundo le sucede lo mismo. No obstante, creo que nadie puede eludir ese destino: subir, subir. ¿Para qué? ¿Para esto? ¿Para comprobar que existen montañas más altas? ¿Cuál es la montaña que permite ver todo desde arriba? Sí, el Everest. Pero, en la vida, amigo, no hay mapas que indiquen cuál es nuestro Everest. Mire, dijo y señaló uno de los ventanales, esa neblina es visita permanente acá en San Cristóbal. ¿Cómo iba a saber cuál era la montaña más alta si el día que comencé a subir estaba nublado? En Comitán ustedes tienen la fortuna de ver con más claridad, pero no sé si logran ver sus montañas. Usted ¿tomó el camino correcto?, me preguntó. No supe qué decir. Quedé pensando.
El maestro se levantó, fue al escritorio y tomó un libro que estaba en la parte más alta de ese bonche de libros. Lo levantó y dijo: Mire, ¿ve qué fácil es cambiar la cima? Y colocó el libro sobre el piso. Ahí lo dejó. Dijo: No tardo en pasar de la cima al piso. Ahora ya me duelen las articulaciones. Cada vez me es más difícil salir. Por eso agradezco que haya venido desde Comitán a saludarme, pero debo ser grosero con usted y despedirlo. Me cuesta trabajo hablar. Debe ser que ya me dio el mal de montaña y en esta altura la densidad del aire provoca una insuficiencia de oxígeno. Dije que estaba bien, que yo era quien agradecía los minutos de su tiempo. Sí, dijo, todo está bien, como estoy yo, como está Comitán, como está el país, como está el mundo. Mientras lo dijo caminó hacia la puerta por donde entró. Las últimas palabras las escuché lejanas, como si él estuviera en la punta de un cerro y yo abajo, en medio de un bosque tupido de árboles.
El asistente entró y me preguntó si deseaba algo más. No, dije. Me acerqué a uno de los ventanales y miré el jardín en medio de la niebla. ¿Siempre es así?, le pregunté. No, me dijo, a veces está de buenas. Cuando está bien me llama y me dicta. Ya no puede escribir, ahora todo me lo dicta, pero se cansa.
Yo había preguntado si siempre era así el clima de San Cristóbal, sólo para hacer plática, pero el asistente creyó que le preguntaba acerca del maestro. Regresé a la mesita, tomé una servilleta y guardé un pan. Le dije que lo llevaría para el camino. Él sonrió, dijo que estaba bien. Yo pensé que sí, que el acto estaba bien, que estaba igual que el maestro, que San Cristóbal, que Comitán, que yo, igual que todos. El maestro había dicho: “No estoy bien, estoy mal, pero estoy bien”. Me había preguntado si había entendido, y yo dije que sí, que había entendido.

lunes, 4 de julio de 2016

HIJOS DE LA RUTINA




Somos hijos de la rutina, nietos de la repetición de patrones de conducta. En casa de mi madrina Chilita, el tío Ramón, todas las mañanas, abría el balcón y tomaba el café viendo la calle; la tía Eugenia, puntualmente, se enredaba en su chal negro y salía, con paso de gallina, para ir a misa de siete; la abuela Engracia entraba a la cocina, removía la brasa del fogón y ponía a calentar tortillas con nata. Eugenia Segunda avisaba que estaría en el sanitario, entraba con una revista de Memín Pinguín, todo mundo sabía que no saldría hasta que terminara la revista. Así todas las mañanas. No variaba la rutina ni los domingos. Durante las mañanas nadie podía notar un cambio entre lunes o fines de semana. Ya más tarde sí todo cambiaba, en apariencia, porque de lunes a viernes los comportamientos tampoco variaban: el tío Ramón, a la una en punto, después de bañarse y rasurarse, se ponía el traje café (el único que tenía), pasaba a cortar una flor del jardín que sembraba en la solapa y se encaminaba al Rincón Brujo donde tomaría la cerveza con sus amigos, que en ese tiempo eran don Ramiro (celador), el profe Roberto (maestro jubilado), Cliserio (mecánico) y Ramón (balconero que, decía, no hacía balcones sino puertas y por eso en el letrero de su negocio decía “puertero”); la tía Eugenia ya no regresaba a casa después de misa, directo pasaba al mercado donde Quique y Salomón le llevaban las ollas con atol de granillo que vendía en uno de los pasillos; la abuela Engracia se pasaba todas las mañanas adentro del oratorio pidiendo por todos los hijos, nietos, parientes, amigos y demás integrantes de la sociedad humana. Todo lo hacía en voz alta. A veces yo pasaba frente al oratorio, me acercaba a ver a la abuela en medio de la penumbra, iluminada solo por una veladora, y escuchaba: “…y te pido por el presidente de la república, para que ilumines su mente y pueda conducir a buen puerto el barco que…” o “…y ayuda a Vicente Saldívar para que gane su próxima batalla…” (el presidente de ese entonces era Díaz Ordaz y Vicente Saldívar era un boxeador que era un orgullo del deporte mexicano). ¿Y Eugenia Segunda? Como no trabajaba dedicaba toda la mañana a pintarse las uñas y probarse vestidos para esperar a Caralampio, quien, a las cuatro de la tarde en punto, con un ramo de rosas en las manos, tocaba la puerta. Eugenia Segunda se levantaba de la silla de la sala, se alisaba la falda, se miraba en el espejo que estaba colgado a la mitad de la pared, al lado de la fotografía oval donde estaban los abuelos en color sepia, y decía: “Voy, voy, mi vida, voy”. Jacinto me decía qué sucedería la tarde en que no fuera Caralampio sino otro el que tocaba la puerta. Pero no, nuestros ojos jamás vieron esta posibilidad. En lo dicho: todo era rutina. Jacinto y yo mirábamos a los novios. Habíamos hecho dos hoyitos a la tela del biombo, nos colocábamos detrás y los mirábamos: ella cambiaba las rosas en el florero, las del día anterior las ponía en el basurero; se sentaba, abría una revista que se colocaba sobre los muslos; Caralampio se acercaba y él era quien daba vuelta a las hojas cuando ella se lo indicaba. Él a la hora de dar vuelta a la hoja le ponía la mano sobre la rodilla y ella, de inmediato, se la retiraba; así una y otra vez, hasta que la noche comenzaba a asomar. Eugenia Segunda prendía la lámpara de mesa, tomaba la biblia y comenzaba a leer en voz alta. Caralampio se sentaba en una silla aparte, la abuela llegaba, decía “María Divina” y los dos respondían “Madre del universo”. La abuela se sentaba al lado de Eugenia Segunda, cerraba los ojos y la nieta seguía leyendo pasajes de la biblia. ¡Siempre era lo mismo! Yo creía que las moscas siempre eran las mismas y hacían el mismo recorrido, una y otra vez. Jacinto decía que era imposible, que las moscas vivían muy poco tiempo, que siempre eran otras, pero yo sentía que el viento era el mismo, que siempre entraba a la sala a la misma hora del día anterior y se iba a la misma hora. Sin falta, las campanas de Santo Domingo tocaban a las cinco y media, al cuarto para las seis y a las seis en punto; sin falta el padre se paraba detrás del altar de mármol y decía: “En el nombre del padre, del hijo y…”. Siempre lo mismo. Por eso, cuando alguien se casaba o era el bautizo de un sobrino o llegaba la feria de agosto, Jacinto era feliz, porque botaba la rutina. Pero los demás, seguían en el mismo camino. El tío iba a tomar la cerveza al Rincón Escondido; la abuela rezaba más de la cuenta; la tía regresaba del mercado y entraba a su cuarto para oír la radio, tal como lo hacía todas las tardes; y Eugenia Segunda se excusaba con Caralampio, pero le decía que no le gustaban los amontonamientos de la feria. Lo más que permitía era que su novio agregara al ramo de rosas una bolsa con curtidos.
Cuando el tío murió, sus amigos tomaron la costumbre de pedir una cerveza más, como si él estuviera presente; a la abuela la encontraron muerta en el oratorio, una tarde Eugenia Segunda vio que ya eran más de las seis y no salía, fue a verla y la encontró tirada en el suelo (Jacinto dijo que pedía por tantas personas que, a veces, sin duda, se olvidaba de pedir por ella). La tía Eugenia enloqueció, sólo así logró interrumpir la rutina de más de cuarenta años, pero adquirió otra, porque a mitad de la madrugada se paraba, iba al patio y, al lado del árbol de durazno, imaginaba que tenía las ollas y, en el aire, movía los brazos como si sirviera el atol de granillo en los vasos de cristal.
¿Y Eugenia Segunda? Caralampio, un día, decidió romper la rutina. Como vio que ella insistía en retirarle la mano cuando él la colocaba en la rodilla, se hizo novio de Elena, quien, sin duda, dejó que la mano de él subiera por el muslo y jugara en la entrepierna. Ella siguió con la rutina, con la única salvedad de que Caralampio no acompañaba su hastío de cada tarde.
De mi madrina Chilita nunca supimos más, porque ella no vivía ahí. Un día (yo no había nacido), sin decir algo, se subió a un camión y se fue para Veracruz. Como la casa la había heredado ella de su difunto marido seguía siendo la casa de mi madrina Chilita.
¡Dios mío! Qué vidas tan rutinarias. Ahora yo me levanto todos los días (incluidos el día primero de enero) a las cuatro de la mañana y me acuesto (incluida la Nochebuena) a las ocho de la noche. Todos los días leo y escribo. Algo se me pegó de aquella rutina de infancia. El otro día, Ramiro me dijo que ya se estaba cayendo mal porque se le volvió costumbre leer las Arenillas a la hora que llega a la oficina. Antes de cualquier otra cosa, me dijo, abro la computadora y leo tus boberas. Somos hijos de la rutina. ¿Cómo se quiebra este vaso de cristal tan duro?

sábado, 2 de julio de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO LA MENTIRA ESTÁ EN TODAS LAS ESQUINAS





Querida Mariana: Los grandes filósofos andan siempre tras la verdad. Yo me pregunto: ¿Qué pasará cuando la encuentren? Pero como sé que no la hallarán, digo que no vale la pena preocuparse. Todo es como un juego. ¿Quién posee la verdad? Si me atengo a una definición de Dios que me gusta mucho y que dice que Dios es la verdad, la belleza y el bien absolutos, sé que ningún mortal puede poseer ese atributo que le corresponde sólo a Dios. Porque, así como no existe una chica totalmente bella, ni una persona ciento por ciento buena, tampoco existe algo que pueda llamarse la verdad verdadera. Mi tía Romelia siempre decía que hay mentiras piadosas, un poco como para justificar el ocultamiento de la verdad.
De niño me gustaba jugar un juego simple, casi bobo. Martita, que era una vecina que llegaba a jugar conmigo, de vez en vez, me dijo en una ocasión que jugáramos al juego de las mentiras y de las verdades. Desde entonces esperaba con ansias la llegada de Martita para jugar ese juego, juego que no podía jugar con alguien más, porque mis amigos varones llegaban a la casa a jugar carritos, escondidas y el juego de indios y vaqueros, donde emulábamos las acciones que veíamos en el cine.
Todo mundo es mentiroso. Claro, como todo en el mundo, hay de mentiras a mentiras. El niño miente por temor a que sus papás lo castiguen; los viejos mienten para infundir temor; es decir, el temor es el motor de la mentira.
¿Cuál fue la primera mentira que dije? No lo sé. Pero sí recuerdo que cuando estaba en la primaria perdí un suéter y nunca confesé la verdad. Mi mamá (siempre amorosa conmigo) me tejió un suéter de color verde fuerte. Quienes conocen a mi mamá saben que ella es una mujer muy hábil para el tejido (tuvo un negocio donde vendía estambres y, desde siempre, ha dado clases de tejido). Una mañana, antes de ir a la escuela, mi mamá me puso el suéter verde, porque había amanecido muy nublado. A la hora del recreo me quité el suéter, porque ya el sol andaba brinque y brinque en el patio. A la hora que me lo quité, un cabrón de cuyo nombre no quiero acordarme, me lo arrebató y comenzó a pasárselo a los demás, mi suéter, como si fuese un balón, pasó de mano en mano. Mis compañeros levantaban los brazos y “capeaban” el suéter por lo alto y cuando yo me acercaba para tratar de recuperarlo, quien lo tenía lo hacía bolita y lo aventaba por lo alto. Como ya había tocado la campana, todo mundo fue al patio, el cabrón sin nombre se metió el suéter debajo de su camisa, llegó hasta el patio, avisó lo que haría para que todo mundo lo viera, se acercó a la barda divisoria, metió sus manos debajo de su camisa, sacó mi suéter y, como si fuera un pitcher de grandes ligas, se hizo para atrás y luego, en un movimiento preciso, aventó el suéter que pasó por encima de la barda y, supongo, cayó en el patio del vecino, o se enredó en alguna rama del árbol de jocote que sobresalía. Todo mundo disfrutó la escena, se rieron y el cabrón pasó frente a mí como si hubiese hecho la gran hazaña. ¡La había hecho! ¿Qué me quedaba? Cualquiera hubiese hecho una de tres opciones: la primera era tomar de la camisa al cabrón y darle una golpiza (descartado, yo era un niño que no sabía pelear, que no se atrevía a pelear. Por esto, el cabrón abusaba de mí); la segunda era ir con el director, el maestro Víctor, y dar la queja para que mi maestro se encargara de solucionar mi problema (descartado, pensé que el cabrón luego se desquitaría conmigo cuando me encontrara en la calle. Entendí que él quería aparecer como un héroe atrevido ante los demás, mientras yo no hiciera algo que opacara su victoria, todo caminaría sin gran dificultad); y la tercera opción era, a la hora de la salida, dar la vuelta a la manzana, tocar en la casa del vecino, explicar la situación y esperar que la señora de la casa me acompañara a su sitio para ver si por ahí encontraba mi suéter. Tampoco me atreví a esta acción. Me cuesta mucho vencer mi timidez, así que a la hora de salida tomé mi mochila y caminé para mi casa pensando qué cosa le diría a mi mamá, quien, casi antes del saludo y del beso de bienvenida, me preguntó por el malhadado suéter. ¿Qué decir? ¿La verdad o la mentira? Hubiese sido tan fácil decidirme por lo primero, pero pensé en las consecuencias. Mi papá, sin duda, iría a la dirección de la escuela y ahí yo tendría que decir la verdad y el cabrón sería reprendido y el asunto del suéter se hubiese solucionado, pero mi problema personal se habría agravado, porque yo, y no mi papá, era quien iba todos los días a la escuela y quien tenía que estar en el mismo salón donde el cabrón se dedicaba a molestar. Ya miraba la escena: el cabrón, al otro día, a la hora del recreo me llevaría hasta un rincón del patio y me amenazaría. “¡Andale!, muy machito con tu papá, ¿verdad?”. Así que a mi mamá le dije una mentira, le dije que lo había olvidado en el salón, pero que al día siguiente lo recogería. Y llegó el día siguiente y llegó la hora de salida y la hora de regresar a casa y yo, que no había dejado de pensar toda la mañana qué le diría a mi mamá, sentía consumirme, como sin duda, se consumen los mentirosos en el caldero del infierno, porque, ya el padre Trejo nos había dicho que uno de los pecados capitales, ¡capitales!, era la mentira y los niños que no decían la verdad se consumían en las llamas del infierno, por eso, el padre Trejo, a la hora de confesarnos, decía que debíamos decir todos nuestros pecados, ¡ay, de nosotros!, si mentíamos adentro del confesionario. Al tercer día, mi mamá me llamó y me mostró un dibujo que venía en la revista Kena que había comprado, era el dibujo de un osito que ilustraba un cuento. “¿Querés que te lea el cuento?”, me preguntó mi mamá y yo dije que sí. Era raro que mi mamá me leyera, así que yo jalé una silla y me senté a su lado, donde tenía el canasto lleno de bolas de estambre y agujas y agujetas. Y mi mamá me leyó el cuento que no recuerdo bien cómo terminaba, pero que hablaba del osito que un día se enfermó y su mamá lo cuidaba todas las tardes. Cuando mi mamá terminó de leer me preguntó si me había gustado el cuento. Dije que sí y me abracé a ella y me puse a llorar. Ahora sé que ella había estimulado el instante para acercarme y que yo destrabara ese nudo que me estaba asfixiando, porque la mentira siempre es una cuerda muy sutil, pero muy cruel. La lectura del cuento fue un simple pretexto. Le conté todo tal como había sido. Ella me dijo que no me preocupara, me prometió que nada le diría a mi papá, mi papá, me aseguró, ya lo había olvidado. Ella me tejería otro suéter, tejería un suéter igual, del mismo color, con las mismas grecas resaltadas. No debía preocuparme, no era más que un simple suéter y repitió lo que siempre decía mi papá: “Más se perdió en la guerra”. La guerra, pensé, estaba afuera, en las calles, en la escuela, donde debía soportar al cabrón; en casa todo era tan plácido, ahí estaba mi mamá que siempre me cuidaba, que siempre estaba pendiente de que portara un suéter cuando hacía frío, ahí estaba mi mamá, que ahora, ¡bendito Dios!, me leía cuentos de ositos.
Ahora ya soy viejo, pero el mundo no ha cambiado. La guerra está en las calles, en las escuelas. Hay miles, millones de cabrones, que se dedican a mentir para incubar el miedo. Todo mundo dice mentiras, desde la mentira piadosa de la mamá que trata de proteger al hijo malcriado hasta la mentira suprema de los poderosos perversos. Yo, por fortuna, aún tengo a mi mamá en casa, quien es la lámpara que conjura todas las oscuridades del mundo, quien diluye el veneno de las mentiras exteriores.
Vivimos en un mundo de mentiras, de apariencias. Todo mundo es pecador, todo mundo debería ir a parar al infierno, porque la mentira (lo repetía el padre Trejo) es un pecado capital; es decir, es un pecado mayúsculo. Vivimos en medio de la mentira. El precepto bíblico dice: “No matarás” y vemos que las matanzas están a la vuelta de cualquier Ayotzinapa; “No desearás a la mujer de tu prójimo”, y medio mundo macho anda calentando palomitas ajenas; “No mentirás” y ya sabemos que todo mundo, completito, miente con todos los dientes. Las mesas de diálogo no son más que sofisticados encuentros donde la verdad está ausente.

Posdata: Las mentiras infantiles siempre se ubican en el terreno de la inocencia. Las mentiras infantiles no provocan daños mayores. Lo único que propician es un gran desasosiego en los espíritus de los niños. Tal vez ese desasosiego es la puerta del infierno que el padre Trejo advertía. Una tarde, Alfonso dijo que su papá le había dicho que el infierno no existía, que eso era un invento de los curas para echar miedo. ¿No existía el infierno? Entonces, ¿lo que decía el padre Trejo era una mentira? Entonces, el padre Trejo ¿iría al infierno, porque era un pecador de pecados capitales?
Tengo más de treinta años de ser escritor, el oficio del escritor tiene una conexión directa con la mentira. Los escritores no mentimos, porque, desde el principio, advertimos que contamos mentiras, pero la pretensión es convertir esas mentiras en verdades supremas. Sé que el infierno no existe, pero sí sé que El Quijote existió. ¿En dónde está la verdad que buscan los filósofos?
En otra carta te contaré en qué consistía el juego de la mentira y de la verdad que me gustaba jugar con Martita, niña a quien recuerdo con mucho afecto.

viernes, 1 de julio de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE UN GAY




Querida Mariana: Por sugerencia de Samy leo “Los hijos”, de Gay Talese. De este tal Gay, la revista estadounidense “Esquire”, de gran tradición literaria, dijo que uno de sus artículos era “el mejor que jamás publicaron sus páginas.” ¿Imaginás, mi niña, que una revista tan prestigiosa diga eso de una obra? El tal Gay es un periodista reconocido, actualmente tiene más de ochenta y tantos años y sigue firmes.
Siempre he tenido la convicción de que cuando un escritor es bueno algo te lo dice desde la primera página. Cuando leí “La hija del sepulturero”, de Joyce Carol Oates, supe que estaba ante una gran escritora. Compré varios libros de ella, novelas y cuentos. Ya estos últimos no me deslumbraron como el primero, no obstante, como dijera el famoso crítico Harold Bloom respecto a la obra de Roberto Bolaño: “Hay algo ahí, ya veremos”. En la obra de los grandes escritores siempre hay algo ahí. Es el caso del tal Gay. Leo “Los hijos” y me deslumbro en cada una de sus hojas. Hay un interés especial en este libro, porque Gay escribe acerca de su familia, una familia cuyos orígenes están en el sur de Italia y que, en el siglo XIX, integrantes de ella emigraron hacia los Estados Unidos de América. Vos sabés que mis orígenes paternos también flotan en aquella zona del mundo. Alguna mañana del siglo XIX mi abuelo, en compañía de su papá, viajó a América y por cosas del destino llegó a Chiapas y acá sembró el enormísimo tronco de los Molinari. ¿Qué los trajo hacia acá? No lo sé. En Comitán hace falta que algún cronista se encargue de hurgar en la historia de los inmigrantes. Amín, un día, me contó que realizaba la investigación de la comunidad judía instalada en esta zona. ¿Cuántos comitecos actuales son herederos de inmigrantes italianos? El otro día, Nacho Constantino me enseñó, en la pantalla de su celular, la fotografía de su bisabuelo y me dijo que éste había nacido en Italia (una historia común es la del cambio de algunas letras en los apellidos originales, es el caso de Talese (que originalmente no era así) y es el caso de Constantino -según Nacho- que, en un principio, era Constantini). ¿Qué sucede con el apellido Cristiani que es italiano ciento por ciento? Ahora mismo, mi niña, recuerdo a la familia del ingeniero Abelardo Cristiani, quien fue presidente municipal y diputado local; asimismo recuerdo a doña Chelo Cristiani. ¿De dónde provienen sus raíces? Sin duda que de Italia, pero la pregunta es ¿cómo los Cristiani y los Constantini llegaron a estas regiones del mundo? ¿Por qué?
En “Los hijos” de Gay está escrita la historia de una familia que tiene semejanza con millones de historias. El título pareciera sencillo, casi simple, no es así. Siempre se ve a la familia como el tronco formado por los ancestros (es el cimiento, claro), pero acá la historia incide en las ramas. ¿Qué sucede con los gajos del enormísimo árbol? ¿Cómo se abren esas ramas y buscan su camino en el aire?
La mayoría de personas de esta región de América tienen su origen en culturas indígenas y en la cultura española. La mayoría de apellidos vienen de las provincias de España o de los territorios propios de México, pero, también, hay pequeñas veredas que tuvieron su origen en otros países de Europa, y, entre ellos, sobresale Italia. En Argentina hay miles y miles de personas que ya nacieron en América, pero cuyos árboles genealógicos se remontan a aquellas regiones cercanas a Galia.
Hoy, muchos de los problemas de Europa se refieren, precisamente a la inmigración. Uno de los hilos que movió el deseo de separación de Inglaterra de la Unión Europea fue precisamente ese tema.
Estados Unidos es un país conformado por inmigrantes. La poderosísima mafia norteamericana tiene nombres espléndidos cuyos apellidos son italianos. Gay también tiene un libro que habla de ese tema: la mafia italiana. Y es que todo se remonta a la Sicilia (sur de Italia) cuando los habitantes de esa región decidieron quitar de su chamarra un polvo francés que estaba jode y jode. El libro de Gay inspiró (dice la crítica) la serie de televisión “Los soprano” que fue tan exitosa.
Samy me recomendó “Los hijos”. Ahora yo paso la estafeta y te recomiendo la lectura de este libro lleno de vida. Tiene razón “Esquire” cuando dice que en sus páginas se publicó el mejor artículo.

miércoles, 29 de junio de 2016

LOS EMPEÑOS DE UNA CASA





“¿Está empeñado?”, me preguntó Pao cuando vio esta imagen. Este portal está frente al parque central de Comitán. Esa mañana había un desfile. El muchacho (así como muchos se trepan a postes o a árboles) se subió a este pretil para tener un lugar de privilegio, aunque su posición no sea la más adecuada ni la más cómoda. El muchacho se sostiene en la contraventana con los brazos como si estuviese encadenado, como si fuese un Hermes posmoderno, como un Platas dispuesto a ejecutar un clavado con 3. 3 de grado de dificultad, como un polluelo dispuesto a intentar el ensayo de vuelo. Pero ¡no!, sólo buscó un lugar donde pudiera presenciar el desfile.
Quise jugar con Pao y le dije que sí, que el muchacho estaba empeñado, pero empeñado en ver. Jugué con la palabra empeño, no en su acepción de dejar un objeto como garantía de un préstamo, sino en su acepción de constancia.
La tía Eugenia siempre usaba la palabra empeño en su segunda acepción y andaba en el patio recomendando a todos los primos que pusiéramos empeño a lo que hacíamos.
Tal vez por esto (oh, inocente) cuando, en la Ciudad de México, miré, en el Centro Histórico, el edificio del Monte de Piedad y Laura me explicó que era una casa de empeño yo me maravillé. Pensé que mi tía sería feliz al saber tal noticia: En la Ciudad de México había una casa de empeño. Y me maravillé porque creí que tal casa era como la Casa de Oficios donde enseñaban carpintería, bordado o jarciaría. En la casa de empeño enseñarían los principios básicos de cómo aplicar la constancia a los actos diarios, porque la tía Eugenia siempre insistía en que la clave del éxito era la constancia; es decir, el empeño. Pero ponerle empeño a todas las cosas era difícil. Ella así lo veía y por eso recomendaba que así como nos empeñábamos a la hora de jugar fútbol o de jugar billar deberíamos empeñarnos en el estudio, donde (Padre Eterno) nuestras calificaciones apenas caminaban por los territorios del seis o del siete.
Entonces no lo sabíamos, pero la tía tenía razón y nosotros, en lugar de usar el concepto empeño en su segunda acepción (primera para ella) hipotecábamos nuestro futuro porque estábamos empeñando nuestros dones en una casa virtual donde, a cambio de nuestro tiempo (máximo tesoro, según la tía) obteníamos la satisfacción inmediata que nos dejaba el placer del juego. Porque (tal vez ya la tía lo vislumbraba) una cosa nos llevó a otra. En el billar y en el campo de fútbol conocimos que la cerveza era complemento del juego y lo hacía más divertido. Nos convertimos en los clásicos jugadores mexicanos, si ganábamos el partido (de billar o de fut) celebrábamos con una o dos caguamas; si perdíamos, llorábamos nuestra derrota, con dos o tres caguamas. De ahí sólo necesitamos bajar un escalón para tomar la caguama sin necesidad del partido. La mesa de la cantina sustituyó el campo llanero o la mesa con el paño verde. No supimos que nos degradábamos, porque así como habíamos pasado de la mesa de carambola a la de pul, pasamos de la actividad física de correr de un lado a otro de la cancha o de darle vueltas a la mesa de billar, a apoltronarnos para fumar, beber y comer.
Pero le encontramos el chiste a la bebida. Nos hacía sentir bien, conforme le poníamos “empeño” a la bebida, nos introducíamos en una burbuja donde todo era risas y bienestar. Después de dos o tres caguamas nadie de nosotros se acordaba de los seises o sietes de la escuela ni de alguna otra obligación; era como saltar la cuerda, con el agregado de estar mareados, como si estuviésemos en un barco en alta mar, eso nos daba mucha risa. Pero como a esta actividad sí le pusimos empeño, pasamos de ser bebedores ocasionales a ser consuetudinarios y de las tres iniciales pasamos a consumir cinco caguamas y, una tarde, descubrimos algo que el primo mayor llamó “El desempance”; es decir, ya bastaba de ingerir tanto líquido que nos hacía ir al baño a cada rato para desahogar la vejiga, era hora de pedir una botella de ron “a consumo”, para desempanzarnos.
No continúo con la historia, porque es una historia muy común. Por esto, cuando Pao me preguntó si el muchacho estaba empeñado dije que sí, estaba empeñado en ver, desde esa altura, el paso del desfile. No pretendía algo más. Por fortuna, él no estaba empeñado, como sí lo estuvimos los primos durante mucho tiempo.
Ahora, ya viejos, hemos querido desempeñar lo empeñado, pero los sabios siempre nos han respondido con aquel dicho que mi papá decía a cada rato: “El tiempo perdido, los santos lo lloran”, un poco como para decir que hay objetos y sustancias que se empeñan y jamás pueden recuperarse. Qué pena que todas las casas de empeño sean para dejar la vida en garantía.

martes, 28 de junio de 2016

LOS CONSENTIDOS




Los creyentes que viven cerca del santuario de la Virgen de Lourdes deben sentirse consentidos. Lo mismo sucede con quienes viven cerca de la basílica de la Virgen de Guadalupe, o cerca del santuario de la Virgen de Juquila.
Tengo amigos que año con año, como si fueran a La Meca, viajan a Comitán para postrarse ante la imagen de El Niñito Fundador. Recorren cientos de kilómetros para agradecerle al niño algún favor especial o para pedirle uno, con la fe puesta en las palmas de las manos.
Nosotros, estudiantes de la secundaria del Colegio Mariano N. Ruiz, tuvimos al Niño a un paso, enfrente. Ya desde ese tiempo sabíamos que el niño era milagroso, lo sigue siendo.
En Comitán se sabe que la remodelación última del santuario la realizó un político comiteco. Las lenguas enteradas del pueblo dicen que prometió al santo niño que si le concedía la diputación dignificaría su santuario. Logró la diputación, así que no le quedó más que cumplir con el ofrecimiento, porque se sabe que si el santo cumple lo mismo debe hacer el peticionario, de lo contrario, la mala suerte comienza a invadir su territorio, con la misma facilidad con que el salitre invade las paredes de las casas cercanas al mar.
Cuando nosotros fuimos estudiantes de la secundaria, el santuario del niñito no tenía la traza actual, en la entrada tenía un jardincito con arriates llenos de flores, el sol se acomodaba a gusto, como si fuera el preámbulo para recibir la luz suprema al fondo, donde se encontraba el santo. Actualmente, la nave embovedada perdió luz natural y dejó atrás el gesto provinciano que tenía. A mi sobrina Pau le conté esto que ahora narro acá, me vio y, cuando vio al niño, adentro de un nicho protegido con cristales, me dijo que, tal vez, el Niñito Fundador había sido más feliz antes, porque ahora no tenía dónde jugar. Nada dije.
Fuimos consentidos porque teníamos al niño al lado de nosotros. Cuando era temporada de exámenes la peregrinación era constante. Todos (bueno, menos Carlos Conde y Marcolfo Guillén) hacíamos fila para hincarnos ante el niño, cerrar los ojos, juntar las manos y pedir, con todas nuestras fuerzas, que hiciera el milagro de que pasáramos el examen de inglés. Siempre que andaba en éstas, pensaba que el niño abría los ojos y me decía algo como: “Te concederé el milagro si me lo pedís en inglés”, porque, la verdad, conmigo nunca fue tan milagroso, debe ser porque nunca puse toda mi fe en las palmas de mis manos, siempre que me paraba, pensaba que el milagro no me sería concedido, porque a la hora que la maestra ponía sobre el pupitre las dos hojas con el examen comprobaba que pasar estaba en chino, que era tan complicado como el mismo inglés. A mitad del examen me paraba para preguntar si podía cambiar el verbo que debía usar en las oraciones (parece que el único verbo que sí sabía era el verbo correr, porque me causó gracia que fuera run y lo volví chiste: corro como ron ron y lo traducía a la comiteca: I run like run run). Ella se acomodaba los lentes sobre su nariz y decía que sí, pero que me bajaría dos puntos.
Debo reconocer que si diez veces le pedí al niño que me hiciera el milagro las diez veces me mandó a decir que lo haría siempre y cuando yo se lo pidiera en inglés.
Nunca pregunté a los otros compañeros si el Niñito Fundador había hecho caso a sus peticiones. Lo único que entendí fue que Carlos y Marcolfo sacaban diez en la prueba de inglés y en las demás materias sin haberse hincado nunca ante el niño. ¿A qué santo se encomendaban? Tal vez ellos tenían amistad con alguien más influyente en el cielo, porque jamás padecieron.
Hoy, ya alejado de exámenes, voy al santuario y digo que, en efecto, los creyentes son consentidos porque el Niñito Fundador decidió una tarde vivir entre los comitecos. Me acerco a su nicho y veo al lado muchas figuras con corazones, piernas y manos que dan testimonio de milagros que el niño ha realizado. Pienso: Con qué figura el alumno agradecería un favor concedido, ¿con la imagen de un cerebro? ¿A la fuerza el agradecimiento tendría que ser en inglés?

lunes, 27 de junio de 2016

TE HACE FALTA VER MÁS BOX




Tres amigos me lo han dicho. A raíz del suceso donde dos diputados locales fueron llevados a la fuerza a una comunidad indígena, los amigos han dicho que sería bueno releer “Oficio de tinieblas”, de Rosario Castellanos, novela que da cuenta de la situación de los indígenas de los Altos de Chiapas en los años cincuenta del siglo pasado.
Llama mi atención la sugerencia. ¿Por qué ninguno de los tres me remitió a revisar los planteamientos de Marcos en el levantamiento del 94?
La respuesta que me di está asociada a un reciente comercial de televisión que se volvió famoso. Stallone, el artista que interpretó al boxeador Rocky Balboa, en la serie de películas Rocky, aparece y dice: “Te hace falta ver más box (más bax)”.
Meses después del levantamiento zapatista, en 1994, coordiné un taller literario en la preparatoria de San Cristóbal de Las Casas. Cuatro o cinco muchachos se inscribieron y asistieron puntualmente a la cita quincenal. Yo viajaba de Comitán a San Cristóbal, en autobús. En ese tiempo los bloqueos no eran la pesadilla que es ahora.
Debo decir que Marcos estaba de moda con sus cartas. Los muchachos, simpatizantes del movimiento, leían sus textos con la misma emoción (imagino) que los chavos de los sesenta leían los textos del Che Guevara.
En el transcurso de las sesiones advertí dos elementos que supuse eran una consecuencia natural de los tiempos: los textos de los integrantes del taller retomaban historias de la situación indígena y estaban “contaminados” con el tono de Marcos. A los muchachos les hice notar lo segundo y consideré que no era lo más apropiado. “Pontifiqué” acerca de la necesidad de buscar una voz propia y eliminar los intentos de imitación plástica y, sobre todo, inmediata. Vaticiné (parece que no erré. Muy pocos leen ahora sus textos.) que la voz de Marcos sería olvidada, porque sus textos eran textos panfletarios ocultos tras una máscara que pretendía ser literaria; la palabra parecía estar envuelta tras los mismos pasamontañas que usaba el líder. Marcos no tenía la culpa, al contrario, él escribía textos que pretendían sensibilizar a todo el mundo respecto de la situación miserable de los indígenas de Chiapas, lo importante para Marcos era el mensaje social y, se sabe, la literatura sugiere misterios ¡no los revela! Daba a conocer las satrapías del gobierno federal y estatal (incluidas la de los hacendados) y el trato despótico que se continuaba otorgando a los grupos indígenas. En los textos de Rosario (no olvidemos que “Balún-Canán” expone el descontento indígena, el rencor acumulado, por los malos tratos recibidos por parte de los caxlanes), también aparece ese mundo. La diferencia es que Rosario emplea los mismos elementos de humillación, pero los mete en el tamiz de lo literario. Basta recordar los dos pasajes iniciales de “Oficio de tinieblas”, donde las mujeres que bajan a San Cristóbal de Las Casas con sus animales son sorprendidas por las “atajadoras”, mujeres abusivas y prepotentes que les arrebatan las gallinas y guajolotes y les avientan unas monedas, como si fuese una limosna; asimismo, la muchacha vendedora de ollas de barro que es sometida sexualmente por un viejo asqueroso, cuyo comportamiento muestra cómo los caxlanes se abrogaban el derecho de posesión de los cuerpos de las mujeres, tratándolas como a los animales. Los hombres eran los “atajadores” y les robaban su virginidad, en medio de carcajadas.
El ciclo del taller de San Cristóbal lo cerré abruptamente, porque el coordinador del Centro Chiapaneco de Escritores (del cual era yo becario en ese instante) me comisionó para impartir un taller de creación en el Tecnológico de Monterrey, campus Tuxtla, así que mis viajes ya no fueron cada quincena a San Cristóbal sino al Tuxtla de los calores. Debo decir que allá (era lógico) la temática de los cuentos nada tenía que ver con la situación de los Altos de Chiapas ni con la miseria de Chiapas. Los muchachos del Tec vivían la otra realidad.
Cuando me despedí de los integrantes del taller de San Cristóbal habíamos comenzado a leer a Rosario, con la convicción de que a ellos les haría más bien leer a Rosario, que a Marcos, para reafirmar su convicción de creadores literarios. Lo último no estaba mal, les daría un termómetro exacto de la situación; pero lo primero les ayudaría a ver que la situación de los indígenas no era muy diferente de lo narrado en tiempos de Rosario, de lo narrado en todos los tiempos, con el agregado de lo literario. Parece que a los lectores la realidad nos abruma si no es tamizada por la varita mágica de la ficción. A los niños les cansa escuchar las anécdotas del abuelo, pero sus caritas cambian cuando les dice que les contará ¡un cuento!
Ahora, con el suceso de ese movimiento inesperado donde los diputados fueron sacados a la fuerza de un recinto de San Cristóbal, tres amigos recordaron que debemos releer a Rosario, un poco como decir que nos “hace falta ver más bax”, para reconocer que en la literatura está la explicación del rencor. El desconocimiento de la historia hará que ésta se repita y, entonces, el levantamiento indígena ya nadie podrá contenerlo. El rencor es de siglos. Si los caxlanes siguen con sus modos prepotentes y soberbios, si continúan creyendo que Chiapas es su finca, podrán despertar con una sorpresa desagradable. Hace falta leer más libros de Rosario.

sábado, 25 de junio de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE SE ADVIERTE EL VALOR DE LA PALABRA





Querida Mariana: A veces no nos damos cuenta del valor de la palabra. Como la usamos todos los días le restamos importancia.
Los lectores de poesía sí están convencidos del valor de cada palabra. El poeta hace un acomodamiento de tal manera que cada palabra pareciera tener un par de alas a su lado para poder volar.
Es tal el valor de la palabra que incluso las mascotas responden a ellas, las mascotas pequeñas como los gatitos y las enormes como sus primos hermanos de la selva. Una tarde, en el zoológico de Michoacán me paré frente a la jaula del tigre, era un tigre enormísimo, con garras tan grandes como guantes de boxeador. Yo admiraba el diseño de su piel, irregular, pero perfecto, único, cuando un guardia se acercó y lo llamó. “Duno”, dijo, “Duno”, repitió y la bestia, dócil, caminó hacia él, hacia donde el guardia le dejó una posta de carne cruda. “Duno” dije mentalmente. Comprendí el valor de la palabra; es decir, el animal hubiese ido sin mayor problema hacia donde le habían dejado su comida, pero él había hecho caso a la voz del guardia, había volteado a la hora que escuchó “su” nombre, porque en el zoológico de Morelia, sólo él se llamaba así, Duno.
¿Cuántos no hacemos caso a la hora que alguien menciona uno de nuestros sobrenombres? Digo sobrenombres, porque hay personas que tienen más de uno. El hijo del Tacuatz hereda el sobrenombre, pero no falta el amigo que, en el colmo de la confianza, le dice Tacuatzín, en ese momento, sin que se tenga mucha conciencia del acto, se realiza un bautizo que puede perdurar para toda la vida, un poco como si este confianzudo San Juan Bautista posmoderno llevara al amigo al río Jordán y lo sumiera en las aguas turbulentas del apodo.
Hacemos caso a nuestro nombre, también a los apodos. ¿Cómo no hacer caso cuando alguien me grita ¡Alejandro!? Llevo cincuenta y nueve años respondiendo a eso. Claro, de niño, el maestro Guillermo me decía pichito y yo respondía a esa palabra; mi madrina Caritina me decía Alex y yo respondía; pero también respondí a un ¡pendejo! cuando mi padrino Ramiro vio que había roto la bolsa de harina y me obligó a levantarla con las manos en forma de palas.
A medida que crecí fui dándome cuenta del valor de la palabra. Cuando fui niño atendí todas las indicaciones y órdenes, como si la palabra que decía el otro fuera un cuchillo. Un día (pareciera un simple comportamiento) me rebelé ante una orden. El maestro Beto dijo que cortáramos un pedazo de triplay de tres milímetros, con una segueta. Seguí su indicación. El maestro pasó con un dibujo, lo colocó sobre el fragmento de triplay y me dijo que, con un papel calca debajo del dibujo, repasara todas las líneas. Lo hice tal como dijo. Al final pasó, levantó la hoja y el carbón y comprobó que el dibujo hubiese pasado fiel al pedazo de madera. Yo me sorprendí. Me sorprendí porque nunca había usado el papel calca para tal propósito, en la oficina de mi papá usaban el papel carbón para hacer copias de los datos que escribían sobre un cheque, en la máquina mecánica. Esa mañana comprendí que podía copiar todos los dibujos del mundo. Esa misma tarde, al llegar a casa, tomé una estampa del oratorio y remarqué todas las líneas que daban forma al cuerpo del Sagrado Corazón, levanté la estampa, el papel carbón y hallé, deslumbrado, el Sagrado Corazón en el papel blanco, había sido como una aparición, como un milagro, milagro que tomé entre mis manos y llevé a la mesa del comedor para iluminarlo. El Cristo de la estampa tenía una amplia gama de rojos, decidí que yo modificaría el color, mi dibujo sería único. Al final me quedó un Sagrado Corazón Amarillo. Me gustó, el corazón era como esas hojas que caían de los árboles al final del otoño. Enseñé el dibujo a mi mamá, ella sonrió, dijo que estaba bonito, pero, un segundo después, dijo que me lavara las manos porque ya era hora de la cena. A la hora que me senté y Sara me sirvió un vaso de leche y una tostada regada con queso doble crema, mi papá se sentó, tomó el dibujo y preguntó si yo lo había hecho, dije que sí. Me preguntó por qué había elegido tonos amarillos para iluminarlo. Entonces fue cuando caí en la cuenta del valor de la palabra. Mi papá tenía razón, yo no había elegido amarillos para pintar mi dibujo, sino para iluminarlo. Iluminar era la palabra exacta. Entonces le dije a mi papá que Dios era la luz y que la luz era amarilla, amarillo el sol, amarilla la flama de la vela.
Pero, querida Mariana, dije que un día me rebelé ante una orden. Al día siguiente, al terminar la materia de español, el maestro Beto dijo que fuéramos al estante y tomáramos el fragmento de triplay para que lo pintáramos. Pensé que yo no le haría caso, yo lo ¡iluminaría!, y como el dibujo que había copiado era el de un venado pensé que lo iluminaría de verde, porque imaginé que mi venado corría libre por los campos de Nicalococ y se alimentaba de pasto. Ya comprenderás que fue un equívoco mi decisión. Cuando el maestro, ya cerca del toque, se acercó a supervisar el trabajo casi le da un patatús a la hora que vio a mi venado de ese color. “¿Dónde has visto un venado de ese color?”, dijo, molesto, soltando un golpe sobre la mesa de madera que estaba al lado de la puerta que daba al patio de recreo. Vi tal enojo en su cara, roja de coraje; sentí tal vergüenza a la hora que todos los compañeros dejaron sus pinceles sobre la mesa y se acercaron a ver mi dibujo que yo, como si el Sagrado Corazón se desquitara por haberlo “pintado” de amarillo, me puse todo colorado y no supe qué decir. Algo en mí me decía que no estaba mal lo que había hecho, pero vi al maestro cómo se fue agigantando en su coraje, como si fuera uno de esos monstruos que me topaba en los cuentos que me leía mi papá. Sus venas se hacían más gruesas, yo creí que de ahí brotarían más cabezas como decían que era la hidra. Para evitar esa transformación bajé la cabeza y pedí perdón, dije que lo volvería a hacer, que lo pintaría de café. Fui al estante, tomé una lija y le pedí al maestro que me prestara el dibujo original para que volviera a pasarlo a través del papel calca. Entendí que más me valía hacer caso a las indicaciones del maestro, comprendí que no debía rebelarme ante una orden superior, pero esto me duró poco tiempo, porque, de igual modo, ya había reconocido que era posible salirse de círculo donde nos metían.
Pensarás que fue irrelevante lo que te contaré, pero a mí me ayudó mucho en el proceso de entender el valor de la palabra, pero, asimismo, saber que cuando la indicación es equivocada existen conjuros que pueden eliminar dicha fuerza. Dos días después de que entregué mi venado, “pintado” de café, Romeo me atravesó el pie a la hora que salíamos al recreo y si no fuera porque me sostuve en los compañeros que salían atropelladamente delante de mí, hubiese terminado botado a mitad del patio. Romeo era un niño molestoso, que tenía dos o tres años más que la media del salón (ya te he contado cómo en los tiempos que estudié la primaria tenía compañeros que ya eran muy mayorcitos). Como no logró su objetivo, Romeo me encaró y dijo que yo era un pendejo y que me cargaría la chingada. Como yo ya estaba entrenado en distinguir el peso específico de cada palabra y sabía que los mayores imprimían un tono imperativo a sus indicaciones, discriminé de inmediato los enunciados. ¡No!, le dije, no soy un pendejo y le pregunté si sabía qué era un pendejo. Él contraatacó y dijo que un pendejo era un tipo como yo. ¡No!, repetí y, a la hora que le expliqué qué era un pendejo, según el diccionario escolar, él titubeó. Fue como si yo me hubiera convertido en Mantequilla Nápoles (un boxeador muy famoso de entonces) y le hubiera puesto un golpe en el plexo. Contraataqué, dije que tampoco me cargaría la chingada, porque ésta no era sirviente de nadie, para andar cargando a alguien. En ese momento, la bola de niños ya se había hecho grande y el maestro Beto acudió a ver qué sucedía. Cuando lo vi me envalentoné más y le dije a Romeo que la chingada era un territorio a donde iban los que no sabían el significado de las palabras. Ya venía contra mí cuando el maestro lo paró. Desde entonces, Romeo no volvió a meterse conmigo. Yo caminaba orondo, como jolote fuera de temporada navideña. La palabra tenía sus propios conjuros que la minaban.
La tía Hermila decía que “A palabras necias ¡oídos sordos!”. En ocasiones, el silencio es un buen conjuro para deshuesar a la palabra. Ahora, cuando alguien me dice pendejo yo lo ignoro, porque sé que no soy un pelo del pubis. Cuando alguien me manda a la chingada lo ignoro, porque nunca he tenido deseos de conocer tal territorio. Bueno, vos sabés que soy tan escaso para viajar que ni siquiera me emociona conocer Cancún o Huatulco. Pero, ya en el colmo del ejemplo, si alguien me diera a elegir entre la chingada y Huatulco, pues elegiría este último destino, como creo que medio mundo haría lo mismo.
Lamento no haber sabido en mis tiempos de niño que el gran pintor Franz Mark había pintado un cuadro con una vaca amarilla, que es parte de la colección del Museo Guggenheim. Al maestro lo hubiera dejado callado.

Posdata: Aunque cuentan que quien sí va a la chingada de manera frecuente es Andrés Manuel López Obrador. No sé si porque miles y miles de mexicanos conservadores lo mandan a tal lugar o porque él disfruta su rancho que, dicen, se llama así: La chingada.

viernes, 24 de junio de 2016

LAS REPETIDAS




La vida era sencilla. Tu mamá decía que tenías que ir a misa todos los domingos, vos sabías que debías ir, todas las tardes, a echar volados de figuritas en la banqueta de la Proveedora Cultural. ¡Ay, de vos, si no ibas a misa! La mamá, a la hora del desayuno, hacía preguntas acerca del sermón. ¿Qué había dicho el sacerdote? De igual manera eras algo que ahora sería calificado de nerd si no ibas a jugar volados. En ese tiempo estaba de moda llenar álbumes de figuritas (que se compraban en la misma Proveedora) y, con las repetidas, echabas volados, de a paquete. Alguien, que hacía las veces de juez, comparaba el grosor de los paquetes en juego y daba su aprobación para que la moneda se echara al aire. Los dos contendientes se ponían de acuerdo para ver quién debía gritar y, como si fuesen corredores olímpicos, se preparaban para echar la carrera e ir a mirar si había caído sol o águila. Sí, los mexicanos de esos tiempos, así echábamos volados: caía sol o caía águila. ¿Caía? Sí, así lo decíamos. La cara de la moneda que quedaba expuesta era la que ganaba. A veces, el sol quedaba oculto; a veces el águila era la que quedaba mirando para el suelo. La majestuosidad de esa ave quedaba hecha polvo.
Las repetidas eran las que se jugaban en un volado; es decir, todas aquellas figuritas que ya estaban pegadas en nuestro álbum particular. Porque todo mundo entiende que el juego del dueño de la fábrica de figuritas era el de colocar miles y miles de repetidas en los sobrecitos que comprábamos. Las figuras escasas, las que servían para llenar el álbum, eran contadas. Sólo les tocaba a los elegidos de Dios, los que, orgullosos, chentos, casi mamones, llegaban a la Proveedora y mostraban a todos los “echavolados” que el álbum estaba lleno. Como si el tipo fuese un campeón de algo el montón de muchachitos lo acompañaba hasta el mostrador donde estaba don Rami Ruiz, quien, con su sonrisa de siempre, abría el álbum y comprobaba que estuviese completo. Al terminar la revisión le preguntaba al ganador qué premio deseaba. Los premios estaban colgados detrás del mostrador, muy visibles, alentando nuestro deseo. Mi mamá, siempre juiciosa, había determinado que si un niño ahorraba todo lo que había gastado en tanto sobre de figuritas bien podía comprar el premio y aún le sobraban algunas monedas. Pero nosotros (no lo sabíamos bien a bien) apostábamos a la vida más sencilla y, a la vez, más compleja. Adorábamos esos amontonamientos, esas carreras a mitad de la calle a la hora que alguien lanzaba una moneda. Bueno, este plural lo coloco porque yo también fui alguna vez a ver los volados. Nunca jugué. Mi carácter lo impedía. Pero sí me gustaba ir a la Proveedora a comprar diez sobrecitos (que abriría en la casa) y quedarme un rato a ver a los niños que corrían de un lado para otro.
¿Para qué quería un niño un bonche enorme de figuras repetidas? Las repetidas no servían para más. Una vez que una figura (si era un álbum de figuras de luchadores, por ejemplo, la del Santo encaramado en las cuerdas a punto de aventarse contra el rival) ya estaba pegada en el álbum la figura repetida no servía más que para intercambiar por otra, pero llegaba el momento en que todas las repetidas de Juan eran las mismas repetidas de Miguel y de Enrique y de todos los demás niños de Comitán. Las que hacían falta en los álbumes eran las mismas. Había un número indeterminado de figuras escasas, que sólo aparecían cuando llegaban paquetes nuevos y que era el momento en que todos los niños acudían a comprar.
¿De qué servían las repetidas? De nada. En la historia de la humanidad las repetidas han servido de poco. Sin embargo, esas repetidas propiciaron la alegría en conjunto más memorable de este pueblo. No recuerdo un solo pleito en esas tardes de volados. Todo mundo (sin ser amigos) jugaba un juego emocionantísimo. ¿Qué caería: sol o águila? La moneda en el aire y el titipuchal de niños a la carrera a atestiguar si, como había cantado el participante, caía sol y eso le permitía meterse a la bola el bonche de figuritas, figuritas repetidas, ajadas, sucias, escarapeladas.
El otro día, hace un año, más o menos, sólo por jugar lo que no jugué de niño, aposté cien pesos con un compañero de trabajo. Él “cazó” la apuesta y yo aventé la moneda, él gritó ¡sol!, y corrió a mitad del patio para ver la moneda. Yo lo escuché decir: ¡sol!, y lo vi levantar la moneda. ¿Cómo?, le dije. ¿Por qué levantaba la moneda? ¿Cómo comprobaba yo que, en efecto, había caído sol? Él rió y se guardó el billete de cien. Supe que había sido timado, que mi compañero de trabajo era un pillo. Él no hubiera sobrevivido en aquel grupo de aquellas tardes. Aquel grupo de cincuenta o cien muchachitos era, sin duda, un grupo de niños dispuestos al juego de manera honorable, sin ventaja. Total, todas las figuras ganadas eran repetidas, no servían para nada, más que para propiciar el más hermoso juego de cincuenta o cien muchachitos. ¿Puede alguien, ahora, imaginar la escena? A mitad de la calle (los carros no eran tantos) un montón de chiquitíos corría para mirar cómo caía una moneda y disfrutaba como si se hubiesen reunido en torno a una piñata en día de cumpleaños. La vida era sencilla. Yo no faltaba a misa de siete, los domingos, porque sabía que a la salida un señor repartía papeles con la programación del Cine Comitán y del Cine Montebello y ahí sí, aunque fueran repetidas, yo corría para entrar a la matiné y luego a la función de las cuatro. Sí, la vida era sencilla.

miércoles, 22 de junio de 2016

PARA SUBIR AL CIELO





Éramos cuatro niños. Nos gustaba subir a la azotea. La escalera no tenía pasamanos. Cuando la mamá de Armando nos cachaba se ponía furiosa. Se ponía roja, del mismo color que la escalera estaba pintada.
Antes de continuar con el relato debo decir que Armando se murió de una caída. Sólo quedamos tres niños. Siempre lamentamos la ausencia. Cuando la flota estaba completa jugábamos fútbol en la azotea. Armando y yo formábamos un equipo y Ramiro y Juan el otro. Nosotros éramos el equipo de Las Chivas del Guadalajara y Ramiro y Juan eligieron ser Las Águilas del América. Cuando Armando murió me quedé sin equipo.
Una tarde de hace dos o tres años vimos a un albañil haciendo una escalera. Armando nos explicó que allá arriba estaba el tinaco. Cuando se quedaban sin agua o cuando el flotador se echaba a perder y el agua se regaba, su papá colocaba una escalera metálica y subía. Era muy engorroso. La mamá de Armando estaba contenta. Cuando vio que la escalera de cemento avanzaba dijo que aprovecharía a subir la ropa a secar. El viento de arriba secaría la ropa en un dos por tres. Fue cuando Armando también se emocionó y dijo que nosotros podíamos subir a jugar fútbol allá arriba. ¡Ni se te ocurra!, dijo su mamá. La mamá lo dijo porque ya en una ocasión, cuando la escalera estuvo seca y pintada de rojo, al bajar con la cubeta vacía había trastabillado ante un ventarrón y estuvo a punto de caer, porque no había dónde sujetarse. La altura era de más de tres metros. Dijo que si caía podía haberse roto un hueso. El papá de Armando dijo que en cuanto tuviera dinero mandaría a poner un barandal porque así como la escalera estaba era un peligro. La mamá le dijo a Armando que cuando la escalera tuviera su protección podía subir con sus amigos (nosotros) a jugar, porque la azotea tenía unos muretes en todos los laterales que impedía que alguien se cayera, a menos que se subiera al pretil y jugara a hacer equilibrio.
Una vez Armando pateó tan fuerte la pelota que ésta voló y cayó a media calle. Nos acercamos al pretil y desde ahí gritamos “Bolita, bolita, por favor”, a quien pasaba. Esa vez sólo pasó doña Cande, con sus ochenta y dos años sobre su espalda doblada. Ella alzó la vista, nos vio, levantó la pelota con ambas manos y la vimos inclinarse como si de verdad la fuera a aventar. No lo hizo. Depositó la pelota sobre la banqueta y siguió su camino. En eso vimos aparecer en la esquina el carro del papá de Armando, nos agachamos para que no nos descubriera y así, agachados, caminamos hasta la escalera y bajamos como si fuésemos gatos escurriéndonos de un escalón al otro. El papá de Armando nos cachó justo en el último escalón, tenía el balón en sus manos. A nosotros tres nos corrió y a Armando lo tomó de la oreja y lo metió para la sala. Estábamos ya en la puerta de salida cuando oímos los gritos de Armando suplicando que no le pegaran.
Cuando la escalera tuvo el barandal la mamá nos permitió subir, pero el papá nos tenía prohibido jugar fútbol. Decidimos entonces subir a leer. Ramiro trajo un libro de cuentos árabes de la biblioteca de su mamá, que es profesora. Juan, quien es muy buen lector, tomó el libro y los otros tres nos sentamos a su derredor y oímos el cuento que contaba de un niño que subía a una alfombra mágica y sobrevolaba muchos lugares donde había torres, palacios, minaretes. El niño, que no recuerdo cómo se llamaba, recostado bocabajo sobre la alfombra, con las manos sobre el borde, miraba hacia abajo, a veces miraba cómo las nubes estaban por debajo de él. Cuando más emocionado estaba, escuchó el sonido de un aleteo estremecedor y un viento de huracán lo hizo sostenerse más a la alfombra, vio hacia arriba y miró un gigantesco pájaro cuyas garras apuntaban directamente hacia él. La gigantesca ave lo cogió con sus garras, batió sus alas y se elevó. Juan tiró el libro, se paró y corrió hacia donde estaba un promontorio de ladrillos. Ramiro y yo nos hicimos para atrás y comenzamos a gritar. Juan le aventó dos o tres ladrillos, pero el ave ya volaba muy alto llevando entre sus garras a Armando. La mamá de nuestro amigo subió acezando, nos vio a los tres que, con caras de espanto, estábamos arrinconados en una esquina de la azotea. Preguntó dónde estaba su hijo, Juan apenas alcanzó a balbucear que un ave gigantesca se lo había llevado. Desde donde estábamos oímos el grito del papá en el patio, un grito lastimero, como de alguien que encuentra el cuerpo deshecho de su hijo soltado por un ave gigantesca desde el cielo más alto.
Después de dos o tres meses del entierro de Armando, su mamá nos invitó a comer pastel. Fuimos, pero lo hicimos con tristeza y con cierto recelo, con las manos adentro de las bolsas del pantalón. Ella nos dijo que subiéramos a la azotea. Nos ayudamos con el pasamano. Cuando estuvimos arriba, ella nos dijo que le contáramos cómo había ocurrido el accidente de su hijo. ¿Qué esperaba que le dijéramos? ¿Esperaba acaso que le mintiéramos? Juan contó lo del ave. La mamá de Armando se tapó la cara con sus manos y lloró. Ramiro se disculpó, dijo que teníamos que hacer tarea y que ya debíamos irnos, de lo contrario nos regañarían en nuestras casas. La mamá de Armando se quedó parada a mitad de la azotea, con las manos cubriéndose el rostro, llorando. Comenzó una llovizna muy tenue. El cielo estaba despejado.

martes, 21 de junio de 2016

EL SANTO DE COMITÁN




Reynaldo Velázquez estuvo en Comitán la noche del veintiocho de abril. Por si alguien no sabe quién es Reynaldo diré que es un destacado pintor y escultor chiapaneco. En no sé qué año obtuvo el Premio Chiapas, como reconocimiento por su obra.
Yo conocí la obra de Reynaldo en un número de “Sinapsis”, una revista que dirigía el escritor David Tovilla, en los años noventa del siglo pasado. Desde entonces, como medio mundo, me convertí en admirador de su obra figurativa.
En esta fotografía, Reynaldo tiene entre las manos una imagen de San Caralampio, el santo más querido del pueblo. En el Museo de la Ciudad (de Comitán) se presentó una exposición con obras del maestro y, en la mesa de honor, Óscar Bonifaz (amigo de él, de hace muchos años) le dio esa imagen brevísima del santo.
Una tarde le mostré la foto a Mariana. La vio con atención y dijo que esa foto decía una historia más allá de la anécdota.
Dos o tres tardes después, me llamó por teléfono y dijo que quería platicar conmigo, me preguntó si podía llegar a las oficinas de la Dirección de Difusión y Extensión Universitaria, de la Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar, lugar donde laboro. Le dije que sí. Media hora después le ofrecía una silla para que se sentara. Se sentó y sin más preámbulo dijo que sería bueno que algún fotógrafo hiciera un portafolio con retratos de personajes comitecos teniendo a su lado una imagen de San Caralampio; un portafolio donde deportistas, escritores, cantantes, músicos, ejecutantes de diversos oficios, bailarines, políticos, científicos, maestros, alumnos y niños nos hicieran reflexionar acerca de la importancia que para Comitán tiene este santo. Conforme lo platicó le brillaron los ojos como si fuera una calle en un atardecer soleado después de la lluvia. Me dijo que la exposición sería un éxito en el pueblo y en el mundo. Le pregunté por qué se le había ocurrido tal idea. Me dijo que amarró dos momentos: la experiencia de un grupo que, año con año, invita a los fotógrafos de Comitán a tomar retratos a niños con Síndrome de Down y montan una exposición en los corredores de la Casa de la Cultura; y la foto donde Reynaldo tiene a San Caralampio entre las manos.
Mariana se fue y yo quedé pensando. Le llamé y le dije si tenía alguna idea de cómo llevar a cabo su idea. Entonces me regañó, me dijo que ni siquiera lo pensara, que no se trataba de hacer una convocatoria oficial, se trataba, simplemente, de platicarla, de compartirla para ver si algún artista la pepenaba. Por esto, ahora escribo una Arenilla donde transmito su idea.
Mariana dijo que Reynaldo tenía a San Caralampio entre las manos, pero, en realidad, era el santo quien, desde siempre, tiene en sus manos la fe de este pueblo. Los comitecos que no son creyentes, ponen, de todos modos, una atención al fenómeno social que el santo suscita. Como siempre sucede con los grandes iconos religiosos de la colectividad trascienden el territorio de lo sacro para entrar de lleno en lo terrenal y más allá. Basta mencionar como ejemplo a la Virgen de Guadalupe que, como agua limpia, se introduce en todas las hendijas de este país. San Caralampio es un santo que tiene un lugar muy especial en la sociedad comiteca, no es solamente el santo milagroso, sino también el santo que nos otorga identidad.
En una ocasión, en un templo de la colonia Roma, en la Ciudad de México, Jorge me llamó a gritos (bajos, porque estábamos en el interior del templo) y me enseñó una imagen de San Caralampio (el abuelo de Jorge se llamó Caralampio). Fue un poco como si dijera que ahí estaba una extensión de Comitán. Nunca se ha dado un fenómeno similar cuando alguien se topa en algún lugar ajeno con una imagen de Santo Domingo o de San Sebastián o de otro santo venerado en este pueblo. San Caralampio trasciende el ámbito religioso y penetra en la conciencia de la memoria colectiva.
Mariana dijo que algún fotógrafo de los buenos debería, así, calladito, pero de manera tenaz, invitar a muchos personajes comitecos para hacer la serie de fotos en donde el tema central sea la presencia de San Caralampio. Yo, igual que mi niña amada, creo que el resultado permitiría una reflexión estética y sociológica sin igual. ¿De qué manera los personajes importantes advierten la presencia de San Caralampio como un elemento esencial de nuestra comunidad?
Ahora que lo escribo imagino ya algunas imágenes en blanco y negro, otras en color; imagino a un carpintero, en su taller, comparando la madera de la puerta que construye y la madera con que está hecha la imagen; imagino las diversas formas de imágenes de San Caralampio, desde las antiguas (bellísimas) hasta las más modernas.
Mariana dijo que uno de los buenos fotógrafos debía echarse a cuestas esta idea. Pienso entonces en César Pérez, en Amín Guillén Flores, en Ari Peralta, en Ángel Gabriel Penagos, en Carlos Gordillo, en Toño Aguilar, en Roberto Román, en César Guillén Cota, en Daniela Quintero, en Fredy Culebro, en Leticia Bonifaz, en Alex Hiram Morales, en Grace Díaz, en Omar Suaznávar, en Estefanía Fonseca, en Roberto Carlos Espinosa, en Nohemí Pech, en Anna Semitiel; pienso en Ariel Silva, en Carlos Mora y en muchos, muchos más. Yo pienso en ellos, pero ¿quién de ellos puede pensar en un proyecto semejante? No sé. Si yo tuviera el ojo que ellos tienen no dudaría un instante. Pero yo no tengo el ojo que tienen Gerardo Hernández o Julio Albores o Luz del Alba Velasko. Alex Tellowsky, ¿qué piensa de esta propuesta? ¿Qué piensa Daniel Saborío? ¿Juan José Vázquez Méndez? Pienso en Zarape Films y en Liliana y Alma Martínez; pienso, incluso, en Balam Quitze, fotógrafo sancristobalense que ha realizado excelentes trabajos en nuestro pueblo.
Creo que si fructificara la idea de Mariana tendríamos una riqueza iconográfica de primer orden. Ya Bonifaz y Reynaldo prendieron la mecha, y Mariana y yo ya cumplimos al echar a volar la idea como papalote. ¿Alguien jalará este hilo y le dará más cuerda? Si es así, que San Caralampio se lo premie, sino que la patria chica se lo demande. Tan, tan.

lunes, 20 de junio de 2016

NOS QUEDAMOS SIN CASAS





Rodrigo me sorprendió. Dijo que ya no hay casas. ¡Cómo no!, le dije. ¡No!, dijo él. Ya no hay casas comerciales y recordó que en la manzana derruida (parte de lo que hoy es el parque central) en la calle donde estaba la Proveedora Cultural, de don Rami Ruiz, hubo, cuando menos, dos casas: Casa Yannini y Casa Ancheyta. Rodrigo dice que, probablemente, era costumbre de esos tiempos usar la palabra casa para designar un rubro comercial. Luego recordó que en dicha manzana hubo más casas: Casa León, Casa Tovar y Casa del Ciclista. En la Casa Yannini los consumidores hallaban discos, refrigeradores, consolas y demás vainas eléctricas; Casa Ancheyta se especializaba (¿de verdad?) en telas. La Casa León también vendía telas; la Casa Tovar expendía casi lo mismo que la Casa Yannini, y la Casa del Ciclista, pues, obvio, no vendía trago, vendía llantas, bicicletas y refacciones para las bicis; además vendía discos.
Estuve de acuerdo con Rodrigo: ya no hay casas. Algo del espíritu de antaño se perdió. Las casas comerciales perseguían el mismo objetivo de los negocios actuales: prestar un servicio o vender un objeto para ganar dinero. Pero (apareció el famoso pero), los negocios de estos tiempos han perdido su personalidad y se han vuelto asépticos.
El otro día platiqué con Eugenio y él me dijo que, por ejemplo, en el Cine Comitán sabíamos el nombre de quién vendía el boleto, de quién lo recibía; reconocíamos a la señora que atendía la dulcería (doña Lola de Gordillo) y nos vendía riquísimos tacos dorados. Conocíamos, incluso, al señor que, con una lámpara de mano, hacía las funciones de acomodador y, con un rayo de luz, nos indicaba por donde caminar. Coincido con Rodrigo: en las casas comerciales había un rayo de luz que nos indicaba por donde ir.
Uno entraba a la Casa Yannini y había una persona conocida, con nombre y con una historia común; lo mismo sucedía en la Casa Ancheyta y en las demás. Hasta la fecha, esos locales son recordados con afecto. Una mañana, las casas comerciales dejaron de ser lo que eran; abandonaron la lámpara de mano y adquirieron un reflector que, la mayoría de veces, nos enceguece.
¿Por qué el nombre de casa? ¿Para que los compradores o usuarios la sintiéramos como una extensión de nuestro hogar? Parecerá irrelevante, pero así sucedía. A veces, aun hoy, cuando vamos a visitar a un amigo éste abre la puerta de su casa, nos invita a pasar, e invariablemente dice: “Sentite como en tu casa”. Ese sentimiento otorga confianza. Y, en efecto, confianza era el tapete que nos recibía en aquellos comercios. ¿Alguien siente confianza al entrar a Liverpool o Sears? No, sabemos que son espacios ajenos, donde los empleados están para servirnos, es cierto, pero están lejos de hacernos sentir como en casa.
Las casas se acabaron. Tal vez el derrumbe de la manzana de la discordia fue el presagio de que algo estaba por ocurrir. Si el derrumbe del Muro de Berlín anunció la reunificación de una Alemania con su hermana; el derrumbe de la manzana, en Comitán, anunció el fin de una época. Ahora, el parque central es más grande, pero algo de la confianza se extravió. La confianza (lo saben quienes juegan a las escondidas) no se da en los estadios, se da en los espacios más íntimos. La manzana derruida era como un clóset donde jugábamos a las escondidas. Ahora todo está a la vista.
Se acabaron las casas, dijo Rodrigo. Tuve que admitir que tenía razón. El local vigente del contador Aguirre ¿se llama Casa Aguirre? ¿De verdad? Si esto es cierto sería la prueba de que, en un tiempo, en Comitán hubo negocios que se llamaban casas, porque eran como la extensión de nuestros hogares y ahí hallábamos a sus dueños, con los que podíamos platicar y contar los sucesos del pueblo. Ahora, ¿quién platica con el gerente de Wal-Mart? ¿Quién sabe cómo se llama el gerente de Aurrerá? Hoy todo es desarmable, desechable, indefinido. Hoy, cuando vamos a un negocio reconocemos las reglas bien definidas: ellos están para vendernos y nosotros para comprar. Hacemos fila y en cuanto pagamos oímos una palabra no dicha, pero que es un valor entendido: ¡next! Siempre somos el próximo. En las casas de antes éramos los de siempre.
Ahora recuerdo que aún existe La Casa del Ciclista. Ah, qué maravilla. Esa bici sí tuvo empuje para alcanzar la subida.
Eliseo dice que todo lo que he dicho es falso, porque ahora, más que nunca, hay casas en Comitán: estamos llenos de Casas de Empeño.
Tiene razón. Sí, algo extraviamos con el derrumbe de la manzana. Fue tan grave que las casas de hoy nos sirven para empeñar objetos, como si dijéramos que poco a poco vamos empeñando nuestro futuro. ¿Cuándo rescataremos nuestras prendas? ¿Ya nunca más?