sábado, 14 de julio de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE EL ETERNO JOVEN DE COMITÁN




Querida Mariana: Anexo fotografía de una avenida de Comitán. No es cualquier avenida, es la avenida que se llama Profr. Víctor Manuel Aranda León.
Hay muchas calles que llevan nombres de profesores. Cuando el maestro Ernesto Cifuentes fue presidente municipal convocó al cabildo y propuso que las calles del centro de Comitán honraran a profesores comitecos que habían servido a la patria desde el aula. El cabildo aprobó la propuesta. Fue cuando esta avenida fue bautizada con el nombre de quien fue director de la Escuela Primaria Fray Matías de Córdova. El maestro Víctor fue muy querido, porque, además de ser un buen maestro, era un deportista ejemplar. Lo recuerdo vestido con ropa blanca, deportiva, trepado en una bicicleta. En ese tiempo, muchas personas montaban bicicleta, pero pocos, como él, lo hacían como deporte, la mayoría empleaba la bicicleta como medio de transporte.
Pero, en realidad, no quiero hablar de la avenida, sino de la casa donde, ahora, aparece un enorme letrero de “No estacionarse. Salida las 24 horas.” Debo decir que nunca he creído este cuento de las veinticuatro horas. Entiendo que los propietarios de las casas advierten que los automovilistas deben respetar la entrada, porque hay muchos inconscientes que estacionan sus autos frente a las cocheras. El tío Eusebio puso un letrero que decía: “No estacionarse. Entrada a urgencias del hospital.” ¿Era entrada a urgencias? ¡No! Pero, comentaba que los automovilistas respetaban el lugar. Bueno.
¿Qué tiene de especial esta casa? ¡Nada y todo! Nada porque es una casa común, es una casa tradicional, con vigas de madera que soportan un techo de tejas. Lo más moderno es la puerta de metal que, sin duda, el actual propietario mandó a colocar, para que pasara su auto. Antes, en el tiempo en que ahí vivió el niño del que hablaré, no tenía este portón metálico, debió tener una puerta de madera, de esas que tenían chapas antiguas y llaves enormes.
¿Qué niño vivió en esa casa? El otro día encontré en mi muro del Facebook un comentario del maestro Cuauhtémoc Alcázar, el eterno joven de Comitán. Ahí, el maestro comentó que esa fue la casa donde creció. Algún día le preguntaré si la fachada no tenía ventanas, como acá se ve. ¡Esto sí es una rareza! ¿Por qué no tiene ventanas que den a la calle? Lo que sí se observa es un árbol. Esto indica que hay un patio al lado de la cochera, un patio en donde el niño Temo jugó de niño. En el comentario que el maestro Temo escribió dijo que él nació el catorce de julio de 1940 y dio las referencias de la casa donde vivió. Esto significa que hoy, el maestro Temo cumple setenta y ocho años, años de salud física y mental óptimas.
Vos sabés que yo admiro la fuerza de voluntad del maestro. Pienso que es un hombre congruente (y de éstos hay pocos en la viña del Señor). Predica con el ejemplo, es un deportista ejemplar. Nunca ha fumado y nunca se ha emborrachado, siempre está en práctica constante del ejercicio, no sólo del ejercicio físico, sino también del ejercicio de la vanidad. Porque esto sí debo decirlo, al maestro le encanta que las muchachas lo volteen a ver. Se piensa guapo, se sabe guapo.
El día diez de julio me topé con él en el barrio de San Sebastián, llevaba una piña que había comprado en el parque. Le pregunté, en forma de broma, si el catorce íbamos a echar trago y me confesó que el día de su cumpleaños desaparece de Comitán, viaja a San Cristóbal y allá celebra su día. Le encanta ser apapachado, pero no celebra con sus amigos y conocidos, que son muchos. Le encanta ser admirado. Frecuentemente sube a las redes sociales fotografías con los reconocimientos que ha recibido, sobre todo, por su disciplina deportiva. Hay una pequeña unidad deportiva en esta ciudad que lleva su nombre, pero él quisiera más. Por eso, en plan de broma, de nuevo, le dije que en la fachada de la casa que habitó debemos de colocar una placa que diga: “En esta casa vivió Cuauhtémoc Alcázar, el Eterno Joven de Comitán”. ¡Ah!, vi que sonrió, vi que imaginó la placa. Y dije que en toda la avenida se pintarían murales que plasmaran su vida, de cuando asistía a los gimnasios, de cuando refereaba funciones de box y de lucha, de cuando participó en concursos de fisicoculturismo, de cuando daba clases de educación física a los niños de primaria, de cuando fue director del deporte municipal, de cuando jugaba básquetbol o hacía gimnasia. El maestro sonrió. Y fui más allá, dije que esa avenida debería contener elementos deportivos, como si fuera un mínimo gimnasio al aire libre; y dije que en las esquinas habría “peras” para que los jóvenes pasaran a practicar el golpeteo de los boxeadores; en un remetido habría un “costal” para que los jóvenes practicaran el “gancho al hígado”; y habría unos tubos horizontales que sostendrían “argollas” para que los muchachos hicieran “El cristo”. ¡Todo sería una fiesta para el cuerpo! Miles de turistas acudirían a tomar fotografías de esta avenida dedicada al cultivo del deporte. ¡Ah!, sería maravilloso ver a muchachas con licras mostrando sus cuerpos maravillosos. El maestro Temo sería feliz y el pueblo sería feliz.
Esta avenida se convertiría en una de las más visitadas y celebradas de Comitán. Los locales de esa avenida cambiarían su vocación comercial, sólo habría negocios relacionados con la rama del deporte: ropa deportiva, gimnasios, comida nutritiva, bicicletas, tenis, artículos para pesca, pesas, pelotas, gorras, trofeos, medallas, suplementos y demás vainas. Y como la avenida se convertiría en un espacio para hacer carreras de triciclos y de carreras pedestres para niños, pensé que debía ser un andador y la gente disfrutaría toda esa maravilla. Pero luego pensé ¿qué pasaría en las noches? No faltaría el compa que sacara unas mesas para vender micheladas y de ahí en adelante. Las organizaciones pondrían también sus carpas y comenzarían a vender tacos de carne asada (sí, de esa que parece carne de perro, toda tatemada). Y luego no faltaría el compa que ofrecería alguna pastillita y…
No, le dije al maestro. Olvidemos la idea. Vi que la idea se fue desinflando como globo, así como se desinflan miles de buenas ideas en esta patria, y todo porque hay personas que le dan vuelta a toda buena idea. En nuestro pueblo hay muchas personas que generan ideas positivas, pero que no van más allá porque hay intereses que no apuntalan el beneficio colectivo. ¿A poco no es buena idea hacer peatonal el centro de Comitán? ¿A poco no es buena idea dignificar el parque central? Cuando, en alguna plática, aparece este par de temas, siempre se disuelven como manzanas en ácido sulfúrico cuando alguien dice que ¡no!, no, al rato las organizaciones se apoderarán del centro, colocarán vendimias y no habrá poder humano que los saque.
Al maestro Temo le encanta ser apapachado, él mismo procura el apapacho popular. Posee algo que es común a la mayoría de los cultivadores del gimnasio: un culto a la personalidad física. ¡Cómo no! Mientras levantan una pesa con ciento veinte kilogramos se ven en el espejo, mientras hacen lagartijas ¡se ven en el espejo! Siempre están viéndose al espejo. Levantan los brazos, muestran sus conejos y, como si fueran aquel famoso Polivoz, dicen: ¡Qué bonito soy, como me quiero!
De broma le dije si íbamos a echar trago el día de su cumpleaños. Dijo que no, que lo celebraría con su familia, en San Cristóbal. Le di su abrazo anticipado. Con ese abrazo manifestaba mi admiración a su voluntad férrea. Ha dedicado su vida a cultivar su vida, su cuerpo y su alma; en ese camino ha sido generoso con los comitecos, siempre ha motivado a otros a hacer ejercicio y a tener una alimentación sana. Su presencia en las calles de Comitán es una presencia generosa, porque siempre pareciera estar diciéndonos: ¿Quieren llegar a los setenta y ocho años de vida con la plenitud con la que he llegado? Pues la receta es sencilla: hagan ejercicio moderado y aliméntense de igual manera; háganlo con constancia.
Constancia ha sido el concepto puntal de su espíritu. Así se conforman los grandes espíritus del mundo, con constancia.

Posdata: Querida Mariana, sabés que me cupo el honor de ser compañero del maestro Temo en un programa de radio. Él llegaba una vez al mes, para hablar de casas y personajes comitecos. En ese programa dije que él es muy “metidito”. Como si gozara del don de la ubicuidad está en mil lugares donde se produce lo que después será noticia. Esa cualidad, adosada con una prodigiosa memoria, le ha permitido conservar en su alma una serie de datos que ayudan a conformar nuestra identidad comiteca.
¡Ah, el maestro bien quisiera que en la casa que habitó de niño hubiera una placa que así lo consignara! Le encanta que lo apapachen.

viernes, 13 de julio de 2018

DEFINICIÓN DE OBRA




Yo era un niño. Iba a misa con mis papás. A veces escuchaba “…fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo…”. Desde mi altura veía a mi papá, en intento de que me explicara en qué consistía eso de obra y gracia. Mi papá bajaba su mirada, me miraba y nada decía, regresaba su mirada al frente, donde estaba el cura presidiendo el culto y la retahíla de imágenes, entre las cuales estaba la de la virgen con el niño, niño que, según la lectura, fue concebido por obra y gracia de…
Jesús era un niño como nosotros. ¿Nosotros habíamos sido concebidos por obra y gracia del Espíritu Santo? ¿Qué significaba concebidos?
Como mi papá nada decía, una tarde, mientras estaba sentada en el corredor, fumando un cigarro Alas Azules, le pregunté a mi abuelita Esperanza, ¿qué significaba concebir? Mi abuela me vio, tosió, como si se le hubiera atorado una bola de humo, y dijo que qué clase de preguntaba era esa. Le platiqué y ella, entonces, descolgando palabras como si fueran calcetines en el tendedero, me dijo que el niño Jesús había nacido de una virgen, que concebir era tener pichito, pero que ella no había tenido relaciones como los demás, que todo había sido por intercesión del Espíritu Santo. ¿Quién era el Espíritu Santo? Entonces mi abuelita, ya un poco molesta y cercada, me agarró de mi mano, me llevó al oratorio y me enseñó un cuadro en donde estaba el Espíritu Santo. ¿Una paloma? Al día siguiente llegué a la escuela, con pose de sabelotodo y le dije a mis amigos que el niño Jesús había sido concebido (sí, así lo dije) por obra y gracia de una paloma. Enrique, hijo del taquero que tenía su taquería frente al parque central y que era mayor que nosotros, dijo que eso lo sabía todo mundo, que el niño había salido de la paloma de su mamá. Mis amigos rieron. Yo no, porque no entendí, hasta que Juanito me explicó qué era la paloma en la mujer. En ese momento, mi sabiduría cayó como meteorito. Entonces, la concepción del niño había sido por obra y gracia ¿de dos palomas? Cuando pregunté a Roberto, él, también con la duda en su cara, dijo que tal vez el Espíritu Santo era macho; es decir, era palomo, porque era imposible la concepción entre paloma y paloma, se necesitaba un macho y una hembra, y para explicármelo me llevó al sitio donde el tío Emerenciano tenía palomas en jaulas. Roberto me dijo que viera el cuello de las aves con plumas más llenas de color, dijo que esos eran machos. Las hembras tenían las plumas con colores más apagados. Luego dijo que, por lo regular, en la naturaleza, los animales machos son más bellos que las hembras y puso como ejemplo al faisán, me enseñó dos ejemplares que tenía su tío, también en jaulas. El macho tenía un colorido que dejaba casi oculto el plumaje de la hembra. Cuando regresé a casa fui al oratorio, prendí la luz y observé el cuadro donde estaba el Espíritu Santo, por más que le busqué no hallé plumas plenas de color, parecía que esa ave era hembra. ¡No, no podía ser! Ya Roberto me había explicado que el Espíritu Santo debía ser palomo. Fui de nuevo con mi abuelita y le planteé mi duda. Ella, echando humo por su boca (humo del cigarro), dijo que el Espíritu era Santo, ¿qué no miraba que así lo decía su nombre? Y los santos, dijo, con voz grave, ya echando humo también en los ojos, de coraje, pueden hacer toda clase de milagros. ¿Incluso que dos palomas conciban un niño?, pregunté. ¡Sí, también!, dijo mi abuelita y me mandó a la tienda a comprar una cajetilla de cigarros. Me dio un billete y me dijo que me quedara con el cambio y que dejara de hacer preguntas tontas.
Mientras iba en la banqueta, pensaba que el Espíritu Santo, fuera paloma o palomo, poseía dos virtudes que lo posibilitaban para la concepción: la obra y la gracia. Cuando escuché que don Raymundo era maestro de obras, pensé que sólo le faltaba la gracia para poder concebir.
Ya más grande, cuando más o menos entendí el fenómeno de la concepción y mi prima Esther quedó embarazada y me confió que ella (¡por Dios santo! ¿De verdad no entendía?) no era virgen, pensé que Alfonso era como aquel palomo santo de mi niñez y había embarazado a mi prima por su obra y gracia. Deduje que era como el maestro Raymundo, era un maestro de obra y gracia, y si mi prima ya no era virgen, mi primo sí era un santo, casi casi tan poderoso como el Espíritu Santo.

jueves, 12 de julio de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EL DINOSAURIO NO ES EL MEJOR ANIMAL




Querida Mariana: Julio Cortázar dijo en una ocasión que deberíamos tener cuidado a la hora de escribir, porque siempre está el riesgo de terminar escribiendo textos como el famoso microrrelato de Monterroso, ese que dice: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Muchos lectores alaban este cuento mínimo, otros dicen que es la tomada de pelo más grande del mundo. Julio opinaba lo último. Pienso que muchos opinamos de igual manera. Dentro de los primeros hay dos o tres que realizan estudios exegéticos (¡qué palabra!) y análisis hermenéuticos (¡perdón, otra palabra dominguera!). Me cuentan que dos o tres alumnos de profesional han realizado tesis acerca del cuento “El dinosaurio”. ¿Cómo es posible que un cuento de siete palabras haya generado textos con miles de palabras?
Ya te conté que en una ocasión coincidí con Monterroso. Escritor simpático, chaparrito, con carita de ardilla asustada. Asistí a un encuentro de escritores y ahí estaba él, junto a su esposa Bárbara Jacobs, también escritora y que ahora (a la muerte de Tito) es pareja del artista plástico Vicente Rojo. En esa ocasión, muchos escritores noveles escribieron microrrelatos y al leerlos dijeron que eran en homenaje a Tito Monterroso. ¡Ay, señor! ¿Cómo se atrevían a leer cuentos breves frente al que la crítica considera autor del cuento mínimo más célebre del mundo? Era un poco como aquella cita clásica que dice que hubo un señor que le quería enseñar a hacer chiles a Clemente Jacques. Además resultó lo contrario de lo que decían. No era homenaje a Tito, al final querían que sus cuentos fueran aplaudidos y, en una de esas, considerados superiores al de El dinosaurio.
¿Por qué algunos lectores (muchísimos) consideran una genialidad el cuentito de Tito? “Cuando despertó, el dinosaurio estaba allí”. Como decía el coordinador general del Centro Chiapaneco de Escritores, todo lector, al término de una lectura, debe preguntar ¿Y? En el caso del cuento de Monterroso, la pregunta se hace cinco segundos después, que es el tiempo que uno tarda en leer el cuentito. Después de hacerse la pregunta uno termina concluyendo que “El dinosaurio” es ¡la gran tomadura de pelo!
Varios críticos han comentado que como inicio de un cuento serio es muy bueno, pero, por lo mismo, falta todo lo demás. Ignacio me dijo un día que sería bueno realizar un concurso, al estilo de “Concluye el cuento”, en el que el inicio fuera el “cuento” de Tito. Ah, le dije, sin duda saldrían textos interesantes, textos que, sí, en realidad, fueran cuentos serios y no ese mero ejercicio que a Monterroso le significó recibir el reconocimiento mundial. Si en verdad el texto de Monterroso no es tan excelso como muchos pregonan, la pregunta obligada es: ¿Cuál, entonces, es el nivel que tenemos como lectores? En las redes sociales, con mucha frecuencia, hallamos ahora textos que son de calidad menor, casi ínfima. Pululan (pucha, ya asomó otra palabra de piedra que sueña con ser nube) textos mediocres que son alabados. Lo que en mis tiempos se llamaban “Pensamientos”, porque eran textos simples, ahora se llaman “Poemas”, con lo que la confusión es mayor.
Ahora, por los signos de los tiempos, apareció un nuevo género literario, la twitteratura; es decir, textos constreñidos al número de letras que permite tal sistema de comunicación. Monterroso fue cultivador de la telegrafiatura (los telegramas permitían un uso de diez palabras), ahora hay millones de cultivadores de la twitteratura. La ocurrencia suple al talento y a la inteligencia. Esto (no lo advertimos bien a bien) provoca que los lectores cada vez sean más conformistas. ¿Quién lee un cuento serio si existen posibilidades de leer un texto con doscientos ochenta caracteres, que son textos de no más de cien palabras? ¿Qué nos espera en el futuro? ¿Adoradores de textos semejantes a El dinosaurio?
Posdata: No vayás a pensar que tengo algo personal en contra de Tito. ¡No! Hay textitos que él escribió y que no me disgustan. Lo que no admito es que esa tomadura de pelo reciba tanto elogio y tanto análisis por parte de estudiosos y de críticos literarios, porque se supone que estos últimos son lectores expertos, cuya obligación moral es discriminar entre lo digno y lo indigno. ¡Uf!
“Cuando despertó, el dinosaurio estaba allí”. Cuando vemos que la línea se emplea, en forma irónica, para ilustrar el sistema político mexicano, podemos concluir que es un texto mediocre. Ahora, ya, como parte del juego, podemos decir que, con el triunfo de López Obrador, el dinosaurio desapareció. Y con esto, hacemos más breve el famoso cuento mínimo de Tito: “Cuando despertó, el dinosaurio desapareció”, que es lo que sucede con la nata de los sueños.
¡Ay, Tito, le tomaste el pelo a medio mundo!

miércoles, 11 de julio de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE ANEXA LA QUINTA CARTA QUE ENVÍA HUGO TRUJILLO FRITZ




Querida Mariana: Hugo te envió otra carta. Hace días que la recibí. Sé que estás en otras vainas, por ahora. Pero no quiero que cuando volvás de Guadalajara te enterés del envío y me reclamés, así que te la mando. Como siempre que recibís carta de él, mi posdata es su envío. Sólo digo que espero que aprendás mucho. Con lo que me has platicado sé que la estás pasando muy bien, que has visto muchas películas interesantes y que ese escritor de guiones hindú debe ser un gran tipo. Cuidate, cuidate mucho. Va la carta de Hugo.

Hola, amiga, espero te encuentres muy bien en compañía de tus seres queridos; me enteré que el 12 de mayo fue día de tu cumpleaños, no sé cuántos, pero a una dama no se le pregunta la edad.
Como lo comenté en mi carta anterior, te voy a platicar algo de lo que viví en mi estancia en Comitán. Pues bien, empezaré diciendo que fue un poco decepcionante no poder conocerte, pero, bueno, en otra ocasión será. No pude saludar a muchos amigos y amigas; sin embargo, platiqué con un amigo (Fernando) que leyó la carta anterior que te envié, donde te invito a que contestes alguna de las cartas que Molinari te envía y me dijo que me veía como Dante, en busca de mi musa. Ja ja ja. Yo le contesté que tal vez tenía razón, pero me encuentro apenas en el Infierno; claro, de la mano de mi guía Virgilio (Molinari) para que me conduzca rápidamente por los senderos del Purgatorio y arribe, lo más pronto posible, al Paraíso, para encontrar a Beatriz, mi musa; hallándola, me permitirá escribir todos los pensamientos que tengo en la cabeza y que no he podido redactar. Este paso por el Infierno ha sido muy caliente, porque mi guía me lleva por un largo camino sinuoso, aunque muy ameno y bastante interesante, que ha logrado superar los obstáculos que me presenta el devenir de la vida cotidiana y de la convulsionada situación que los mexicanos vivimos. En verdad, Mariana, tú has podido hacer crecer mis intenciones de escribir lo que por mucho tiempo ha sido tan solo una idea y que ahora veo que se está volviendo una realidad.
Mi estimada Mariana, no sabés cuánto lamento no tener más tiempo en mi tierra, para platicar con mucha gente con la que deseo hacerlo, charlar acompañado de una buena cerveza bien fría y una buena botana y poder discernir todo eso que me parece horrible, que está sucediendo con las obras inconclusas, la falta de agua en varias barrios y colonias, los asaltos, los tiraderos de basura, los feminicidios, los problemas de tránsito y en general la violencia; más aún, ahora que se vivió una efervescencia política y que, en verdad, me da mucha tristeza no poder apoyar en el trabajo político que se necesita hacer con la gente, para coadyuvar en elevar el nivel de conciencia del pueblo trabajador, para que se organice y luche y no deje que los políticos profesionales hagan de los dineros del pueblo su botín para su enriquecimiento ilícito personal.
Mariana, estarás de acuerdo conmigo en que es tiempo de que la gente despierte y levante la voz para detener esta violencia, corrupción e injusticia que se vive. En fin.
También quiero comentarte que visité el nuevo Museo Rosario Castellanos Figueroa, en verdad me dio mucha pena entrar y encontrarme que de museo no tiene mucho, que digamos, excepto el nombre. Cambiaron el letrero de la fachada, pero resultó de muy mal gusto, claro que está mejor que ese horrible nombre de MUROC que le habían puesto. Desde la entrada te das cuenta que esto no tiene la intención de resaltar a un personaje que merece toda nuestra admiración y reconocimiento, te encuentras con unos aparatos para escuchar la historia de Rosario, pero todo eso lo puedes encontrar en Internet, con información más amplia y con diferentes puntos de vista; también hay fotos que, de igual manera, se encuentran en el Internet. Me extrañó no ver ningún apunte con su puño y letra o algo más personal, no sé, lo sentí muy desolador, con poca creatividad. No hay elementos que animen a admirar el museo y al personaje. Lo que sí me pareció bien fue la reconstrucción que hicieron de esa casa del señor De La Vega y de la playa de descanso que pusieron a la orilla de la calle, sin duda fue un acierto que debo reconocer y espero que la gente lo respete y cuide y no lo destruyan como destruyeron la que estaba frente a la CFE. Fuera de esto, el museo quedó a deber mucho, dado los millones que se gastaron. Da la impresión que sólo sirvió para justificar políticamente que este gobierno apoya la cultura en Comitán. Saliendo del museo me dirigí al mercado de artesanías, para ver qué podía comprar de recuerdo de mi visita al pueblo que me vio nacer y crecer. Volví a decepcionarme. Me encontré con un edificio que partieron en dos espacios. El edificio, como tú debes saber, antes albergaba un mercado, el mercado de Jesusito, como se le conocía; ahora, en una parte se encuentran unas oficinas del municipio y en la otra parte está el mercado de artesanías, en donde nada más hay dos tiendas, y lo peor es que casi no hay artesanías de Comitán, ni de Chiapas, o muy poca, y sí muchas mercancías de Guatemala. El edificio, que en otros tiempos era novedoso e interesante por su arquitectura modernista, ahora está abandonado, sin mantenimiento, ni pintura, ni flores, ni nada que lo haga atractivo para el turismo. ¡Qué gran decepción, no pude comprar nada! Lo único agradable que me sucedió al salir fue ver pasar al amigo Molinari, en su tsurito, y decirle adiós, no alcance a ver quién lo acompañaba; no vi si iba con Paty, su compañera, hubiera sido un gran momento para saludarla, pero desde luego, él me saludó moviendo su mano, yo respondí de la misma manera. Fue tan rápido, que lo único que logré fue sacarme la mala imagen que me quedó del mercado de artesanías.
Al pasar por el parque central tuve la misma sensación con todos los puestos que pusieron, donde venden pura artesanía de Guatemala, me dio la impresión de que esos puestos, más que un atractivo al turismo, es una concesión a las organizaciones electoreras, mal, muy mal. Bueno, mi estimadísima y querida Mariana, espero no haberte quitado mucho tiempo al leer las babosadas que te escribo, pero quise compartir contigo parte de mi viaje a Comitán. Que sigas pasando un día maravilloso.
Cuídate. Fuerte abrazo para vos.
Saludos a Molinari.
Hugo Trujillo Fritz

Al pie del Xinantécatl.

martes, 10 de julio de 2018

CARTA A MARIANA, CON ALMANAQUE INCLUIDO




Querida Mariana: Jorge me dijo que escribiera algo acerca del día de la elección presidencial. Le comenté que eso ya lo habían hecho los analistas políticos. Insistió. Dijo que debía escribir algo con mi mirada. ¿Qué decir? ¿Decir que asistí a votar, en compañía de mi Paty y de mi mamá? ¿Decir que llegamos a las ocho, hora de apertura de casilla, sólo para constatar que los encargados aún abrían paquetería y que la votación inició más allá de las nueve? ¿Decir que los votantes hicieron dos filas y tuvieron la suficiente entereza para esperar? Una señora, con un chal que le cubría la mitad de la cara, representante de un partido, dijo en voz alta que debíamos tener paciencia. Su compañera, sentada en una silla plegable, afuera del salón donde abrían los paquetes electorales, comentó que debíamos seguir la recomendación de Kalimán: Serenidad y paciencia. Y agregó que Kalimán sugería a Solín, “Dominar la mente, porque quien domina la mente domina todo”. Quienes estábamos ahí sonreímos. Le pregunté a la señora del chal si había escuchado el programa Kalimán en la radio. Sí, dijo, por supuesto que sí y, en automático, dijo en voz alta: “Y en el papel de Kalimán, el propio Kalimán”. Volvimos a reír. Yo pensé que todo era una mentira, en la radionovela de Kalimán, Luis Manuel Pelayo era quien hacía la voz de Kalimán. Pensé que en México hemos vivido en el mito y en la mentira.
En esas estaba, cuando se acercó la maestra Mary Carmen Velasco (vecina de calle, que también votaría en la misma casilla). Me dijo que desde hace tiempo quería entregarme algo y aprovechaba ese instante. Me dio el calendario que acá mirás. No me dio oportunidad de decir más. Dijo que en mis manos estaría en muy buenas manos. ¡Ah, mi querida y admirada maestra, no sabía lo que decía! Mis manos (en sentido metafórico) son como mi mente que aprecia y desecha. Mis “manos” no retienen. Igual que el día que Violeta me dio un cachito del sorteo conmemorativo de Rosario Castellanos tomé foto del objeto y traté de regresarlo, pero en esta ocasión no surtió efecto mi jugada. La maestra desapareció y ya no volví a verla. Ahora, en casa, tengo el calendario. ¿Qué haré con él? Es un objeto antiguo que da pistas de nuestra identidad comiteca. ¿Llevarlo al Archivo de la Ciudad? ¡No! Muchos amigos cuentan historias amargas de ese recinto; cuentan historias de documentos que se perdieron por la humedad, o historias de documentos desaparecidos. ¿Entonces? Pues que la imagen sea parte del museo virtual que ahora se da en el Internet. En 2014, el comiteco Francisco Domínguez creo la página: Imágenes Históricas, Leyendas y Personajes de Comitán, con el objetivo de que los comitecos compartieran fotografías familiares y de documentos que ayuden a armar el rompecabezas de la historia comiteca. Por fortuna, en este museo virtual está garantizada la permanencia perenne. Cumplo entonces con el cometido, subo la fotografía de este calendario a la red. En tiempos actuales, son pocas las casas comerciales que obsequian calendarios. En 1958, doña Leonila D. vda. de Mandujano, sin duda propietaria de CASA MANDUJANO, obsequió calendarios a sus clientes y amigos para que éstos supieran cómo andaría el año 1959. La CASA MANDUJANO fue fundada en 1916 y estaba ubicada en la casa de la octava avenida, número 8. ¿Qué vendía esta negociación? Sombreros de fieltro, telas de “Río Blanco”, camisas, driles, telas de fantasía y, saliéndose un poco del género, pero ofreciendo una variante de expansión comercial: artículos de ferretería.
Debo decir que, del día de la elección, me quedé con este calendario, un calendario antiguo. Sé que ese día, el uno de julio de 2018, los mexicanos que acudimos a votar diseñamos un nuevo calendario para la celebración cívica de la patria. Cuando menos, las estadísticas han demostrado que México se pintó del color del partido MORENA y esto, como si fuera de esos calendarios antiguos que marcaban las fases de la luna, señaló las fases de la esperanza, que, dicen, es lo último que se pierde; aunque en el otro extremo, dicen que algún famoso dijo que la esperanza es un buen desayuno, pero una mala cena. El dos de julio tuvimos un buen desayuno. ¿Cómo estará la cena?
Posdata: Jorge me dijo que escribiera algo de la elección presidencial. ¿Decir qué, que no se haya dicho ya? ¿Decir que algún día por venir se dirá que ese día los comitecos recuperamos, gracias a la maestra Vázquez, un documento para recordar que esta ciudad está construida, en gran medida, por los cimientos de personas trabajadoras? ¿Decir que el comercio, desde siempre, ha sido una actividad fundamental en el desarrollo local y que eran los comerciantes quienes obsequiaban esas cartulinas, llamadas calendarios, con imágenes religiosas o con paisajes de Suiza, para que los beneficiarios vieran cuándo era el cumpleaños de la comadre Virginia y en qué día “caía” el grito de la patria? Si mirás bien, en 1959, el día del grito cayó en martes y ese día se coronó a la Reina de las Fiestas Patrias.
¿Quedó en buenas manos el calendario antiguo? No lo sé. Cuando menos ya pasé el mensaje a todo el mundo. ¡Ya cumplí con la encomienda de la maestra! Bueno, eso es lo que digo yo.
Ahora pienso que debo ponerle un marco con cristal al calendario antiguo y, tal vez, colocarlo sobre una pared como si fuera parte de un oratorio, porque en la imagen está la Virgen de La Caridad del Cobre, quien, según se ve, debe ser protectora de las personas que se echan a la mar. Después de todo, ¿qué hacemos los seres humanos en la vida? ¿Acaso no somos personas que se echan a la mar del día de todos los días?

lunes, 9 de julio de 2018

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA




No sé, pero a mí me parece que el chayote es una de las verduras más atrevidas. Por si alguien duda, en esta fotografía hay un chayote travieso. Los lectores deberán creer lo que digo: Este chayote está del lado de la calle, del lado de la banqueta. Es un chayote atrevido, rebelde. Si yo fuera un escritor de guiones de programas estilo “La rosa de Guadalupe” (cuyo productor es el actor comiteco Javiercito Esponda), escribiría: “¡Ay, pobre mamá Chayota! Ella siempre recomendando al hijo que se porte bien y éste, malcriado, se descuelga de la barda y abandona la casa.” Pero como no soy escritor de dramas televisivos, mejor hago una pregunta que siempre ronda en mi cabeza y que, con toda seriedad, expongo a los estudiosos del Derecho: ¿A quién corresponde este chayote? ¿Al dueño del predio o al peatón que lo ve primero? Es decir, si yo camino frente a esta barda y veo el chayote que está afuera ¿puedo tomarlo porque está en un espacio público? ¿O debo respetar, porque la mata está sembrada en el interior? A ver, ¿qué doctor en Derecho puede responder a esta cuestión que tiene tintes de legalidad y de ilegalidad? Porque, de la respuesta dependerá otro tipo de cuestionamientos, uno de éstos puede ser: ¿Es legal que un comerciante coloque sus productos en la vía pública? El tío Eusebio comentaba que todo lo que estaba en la vía pública era de todos y ponía el ejemplo del anillo perdido. Imaginemos que una mujer camina por uno de los pasillos del mercado Primero de Mayo y, frente al puesto donde venden quesos de Ocosingo, mira algo que brilla en el suelo, se agacha y ve que es un anillo de oro. Ella lo levanta. ¿Qué debe hacer con el anillo? El anillo, decía el tío Eusebio, está en la vía pública, por lo tanto, la señora, perfectamente, puede guardar el anillo en su bolso y, a partir de ese momento, considerarlo suyo. ¡Ah!, decía Gabino, ¿entonces, puedo tomar el auto que está en la vía pública? No, decía el tío, porque el auto no está tirado en el suelo; además, para entrar al auto se necesita una llave que sólo posee el propietario. Cuando un delincuente abre un auto con una ganzúa, está cometiendo un hurto y debe ser llevado a la cárcel, pero la mujer del anillo no podrá ser acusada de hurto.
¿Y qué sucede en caso de un celular que, igual que el anillo, está tirado en el pasillo del mercado? ¿Qué sucede con una cartera en el piso? El tío Eusebio decía que ahí entraba en juego el orden legal y el orden moral y explicaba que de acuerdo a su leal entender estos casos eran iguales que el del anillo. La señora puede levantar el celular y la cartera y quedarse con ellos. Pero, como el celular y la cartera tienen forma de ubicar a los propietarios entonces interviene el orden moral. La señora que levantó tales objetos puede esperar a que el propietario del celular llame desde otro y entregarlo; puede revisar la cartera y ver la dirección del propietario a través de la credencial de elector y regresarla.
¿Sucede lo mismo en el caso del chayote que acá se ve? Un peatón puede cortar el chayote y, de acuerdo con el dicho del tío, no cometerá ningún ilícito, porque el chayote ya no está en el terreno del dueño de la planta; pero si aparece el código moral, el peatón puede pensar que no le corresponde porque él no es quien sembró la mata de chayote. ¿Qué pasa si el chayote cae a la banqueta? ¿Qué pasa si tomo una escoba y, como no queriendo, le doy un garrotazo al chayote para que caiga y pueda yo justificar que estaba en el piso?
Muchos frutos y verduras son obedientes. Las piñas crecen en un solo lugar, lo mismo sucede con las naranjas, con las tunas. ¿Qué decir de las verdolagas o de los jitomates? En cambio, los chayotes son traviesos, se descuelgan de tapescos, caminan sobre los capiteles de las bardas o, como éste, se descuelgan de la barda y juguetean en la calle. ¡Ay! Si yo fuera escritor de dramas televisivos diría: ¡Pobre mamá chayota, siempre está preocupada porque no sabe en dónde están sus hijos!

sábado, 7 de julio de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE APARECE UN RECUERDO




Querida Mariana: Por favor, dejá que hoy te cuente algo íntimo. La otra tarde bajé a La Pila. Me encanta hacerlo, de vez en vez, para escuchar el sonido de los chorros. Me siento en una grada, cierro los ojos y escucho el murmullo del agua en su caída. Un sonido aparece en la caída y otro en el choque del piso. El agua sale de un hueco y desaparece en otro. No sé de dónde llega esta agua (Amín Guillén y los de COAPAM deben saberlo, tal vez Amín lo sabe mejor que los funcionarios del Sistema de Agua); no sé adónde se oculta.
Bajé a La Pila y, cuando abrí los ojos, vi esta figura. ¡Es mi primo!, dije. Ramiro nació en Comitán, pero ahora radica en Guadalajara. De vez en vez regresa al pueblo y recorre las calles que recorrió de niño. Ver a Ramiro me causó gran gusto. Algo como un aleteo con alas de agua apareció frente a mi cara y frente a mi corazón; la presencia de Ramiro colocó una sonrisa de mariposa en mi rostro. Lo vi así como lo estás viendo vos, con el pie izquierdo posado sobre el cemento y con el pie derecho a punto de dar el paso. Si mirás bien, ya no camina en el tramo empedrado, ¡no!, ya está en el piso de cemento agrietado. Algún símbolo hay en ello.
Si veo la sombra advierto que la tarde aún es tierna, pero ya no niña. Tal vez eran las cuatro o cuatro y media de la tarde. Él caminaba con precaución, con paso lento. Mi primo ya no es un jovencito, debe tener más de setenta años. Es el mayor de los hijos de mi tía Rosita y de mi tío Ramiro. Esa tarde vestía un pantalón de mezclilla (siempre lo he visto así), una camisa de manga corta y una boina.
No sé qué pensaba mi primo a la hora que comenzó a bajar por la mítica Calle del Resbalón. Ya te conté (en alguna carta anterior) que la calle que baja del parque con rumbo a la Ciénega se llamaba del Resbalón (en una casa estaba anotado tal nombre. En una ocasión, Mario Escobar sugirió que se volviera a pintar dicho nombre y una funcionaria del Ayuntamiento actual se comprometió a hacerlo, pero un año después sigue sin cumplir). ¿Por qué se llamaba del Resbalón esta calle? Ah, porque como siempre estaba mojada, por el agua que rebosaba de los chorros, muchas de las personas que por ahí bajaban ¡resbalaban! Es, como mirás, un nombre simpático, casi tan simpático como el Callejón del Beso, que existe en la ciudad de Guanajuato. ¡Claro, es más simpático que una pareja se bese en el callejón a que termine con las nalgas sobre el suelo! En Guanajuato está el letrero que ostenta Callejón del Beso y muchos turistas llegan y se toman las fotografías del recuerdo. En Comitán (por desgracia) no tenemos conciencia de lo mínimo, pero que nos da identidad. Juan propuso el otro día que si el gobierno no lo hace deberíamos hacerlo nosotros, el pueblo, pero luego alguien dijo que es preciso solicitar permisos ante las autoridades, y éstas son como los que “ni pichan, ni cachan, ni dejan batear”. Ya en una ocasión un grupo de jóvenes quiso rehabilitar la ciclo vía de la Séptima. Apenas habían sacado brochas y pintura, cuando llegaron policías y dijeron que los muchachos no tenían autorización para hacer tal acto. Las autoridades luego dijeron que ellas se encargarían de la remodelación. Como en el caso del letrero, la ciclo pista nunca recibió atención. ¡Ni pichan ni dejan cachar! ¡Ah, qué indolencia!
No sé qué sentimientos se amontonaban como tsizimes en el bolcojosh del corazón de mi primo. Porque, querida Mariana, mi primo creció en este barrio. Vivió en una casa que existe en la calle lateral a la del Resbalón. Pero el revoloteo de su espíritu, sin duda, se dio, porque en la esquina inferior de la calle del Resbalón, estuvo la casa de la abuela Juanita y del abuelo Guillermo. Esa casa que recuerda mucha gente del Comitán de los años sesenta. Sin duda que mi primo bajó cientos de veces esta calle para ir a casa de la abuelita Juanita; sin duda que en una de esas bajadas, mi primo resbaló y se dio un sentón de padre nuestro. Llegó con el trasero del pantalón todo húmedo y le dio un beso a la abuela Juanita (quien siempre estaba sentada en el corredor de la casa, esperando a los niños que llegaban a bañarse en “los tanques”. Ella esperaba ahí, extendía la mano y recibía la moneda que le daba derecho al niño a echarse clavados). Ramiro, por supuesto, no pagaba. No lo hacía, porque era de casa, de la familia, era uno más de los muchísimos nietos que tuvo (mi tía Juanita tuvo más de diez hijos. Una vez le confió a mi mamá: “Ay, Hildita, me da pena con el agente viajero, siempre que llega me encuentra con la gran panza”). Así que Ramiro se quitaba la ropa, colgaba el pantalón mojado y corría hacia donde varios niños retozaban en las albercas. Los “tanques” de los Bermúdez fueron famosos, igual de famosos que la alberca que había en “La Primavera”, en el barrio de Yalchivol; igual de famosos que el canal de “La Castalia”, en el mismo barrio; tan famosos como “La Poza del Soldado” del Río Grande, o “La Tapadera”, que eran los lugares de recreo en los que los niños de aquel tiempo llegaban a bañarse. En algunos casos pagaban una moneda (de mínima denominación) y en otros, por ser lugares públicos, nada pagaban. Quienes vivieron ese tiempo recuerdan momentos hermosos. ¿Cuántos recuerdos gratos tiene mi primo, cuántos ingratos?
Lo vi en su barrio y me dio mucho gusto. No corrí a saludarlo, porque supe que él, en ese instante, estaba pepenando una serie de vivencias con el atrapa sueños de su memoria. Bajaba sólo para recordar, para recuperar las huellas que sembró de niño. Esas huellas sembradas en los años cincuenta han crecido, han crecido tan altas como si fueran ceibas. Los seres humanos, a medida que envejecemos, tenemos necesidad de trepar a lo más alto de esos árboles, para recuperar los sonidos y aromas de nuestra niñez. ¿Qué jugaban todos los primos y hermanos en aquel patio célebre de la casa del tío Guillermo? ¿Cómo sonaba el agua a la hora que chocaba contra las paredes de las albercas, a la hora que los niños tomaban carrera y se aventaban al tanque? ¿Cómo sonaba la risa de los niños a la hora de jugar de caballito, a la hora de aventarse agua, a la hora de echarse bucitos? ¿Cómo sonaba el viento que se enredaba en las ramas de los árboles donde cantaban las tiucas?
Esa tarde, los chorros estaban secos. Tal vez alcanzás a ver el saliente del tubo y mirás que está seco. ¡Qué indolencia de las autoridades!
Esa tarde jugué a imaginar los chorros de agua. Cuando abrí los ojos y vi a mi primo ¡escuché sus pasos! Pasos lentos, cuidadosos. Ya sin la vitalidad del paso que tuvo cuando fue niño y corrió por toda la bajada para llegar a la casa de los abuelos, de cuando trepaba a los árboles a cortar jocotes; de cuando se despatarraba sobre un carretón y se deslizaba en la bajada; de cuando jugaba chinchinagua; o de cuando jugaba escondidas y se ocultaba debajo de la cama, detrás de un árbol o adentro de un ropero.
Esa tarde volví a cerrar los ojos, quise retener en mi memoria los pasos de mi primo, ya con más de setenta años. Esa tarde, ya no niña, ya un poco llegando al ocaso, porque el sol estaba a punto de ocultarse, tuve los sonidos de un Comitán eterno: el viento de la Ciénega y el rumor de las hojas de la Ceiba que se movían, ellas sí, con la vitalidad de la eternidad.
Vi a mi primo y me sentí contento. Sentí su espíritu dándome la mano. Había llegado desde Guadalajara para pepenar las semillas que acá dejó sembradas.
Su hermano Pepe (que en paz descanse) era fiel creyente de San Caralampio. Cuando Pepe llegaba a Comitán, desde la ciudad de Puebla, iba al templo, oraba, y luego se sentaba en una banca del parque y, como si los gajos del aire fueran pétalos, bordaba coronas de flores limpias. Cuando se sintió ya muy mal físicamente pidió a sus hijos que pusieran la imagen de San Caralampio, pequeña, de madera, en el cajón. Así se fue, de mano del santo consentido de este pueblo.
Me dio gusto ver a mi primo Ramiro, el mayor de los hermanos.
Esa tarde, los chorros de La Pila estaban ausentes. Tal vez se hicieron a un lado para que lo único que resonaran fueran los pasos de ese querido hijo del barrio. Mi primo caminó por la calle del Resbalón. La sabiduría que conceden los años le permitió el sosiego y la calma. En tiempos por venir regresará a Comitán y entonces volverá a cortar los frutos que colgó esa tarde en el cielo de Comitán, en el maravilloso espacio donde Tata Lampo es el mero mero.
Posdata: Gracias, querida Mariana, por dejar que hoy abriera esta ventana y te contara de mi emoción al ver a mi primo. La fotografía que anexo es una imagen que guardo para siempre en mi corazón. La casa de la familia Avendaño perdió el copete, pero, por fortuna, mi primo lo conserva y lo corona con una boina y con una mente que funciona como bicicleta en el Tour de Francia.

viernes, 6 de julio de 2018

DEFINICIÓN DE DIFÍCIL




¡Ah, es una labor difícil! ¿Cómo definir lo difícil? Lo que es fácil para uno puede ser difícil para otro. Piensen en cualquier actividad deportiva y concluyan. Para mí, con sesenta y un años encima, resulta difícil ejercer la simple actividad de caminar por senderos ligeramente inclinados. En Comitán es costumbre decir que “sacamos el bofe” cuando nos cuesta trabajo llegar al último escalón de una calle empinada. Bueno, “saco el bofe” muy seguido.
Lo mismo sucede con las actividades laborales. Algunas personas realizan ciertas actividades con gran facilidad, mientras a otras les resulta muy difícil.
Unos tienen ciertos dones y no encuentran dificultad alguna para cantar, para bailar o para actuar. Otros en cambio (que poseen dones diferentes) cantan como si rebuznaran, bailan como si saltaran sobre un brasero y actúan como si el único papel artístico que les quedara es el del tímido que, con trabajo, saca la cabeza de detrás del telón.
Me resisto un poco a buscar la definición del diccionario, porque casi estoy seguro que dirá lo contrario; es decir, dirá que lo difícil es lo que no es fácil, pero me arriesgo y busco en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española y encuentro lo siguiente: “Difícil: Que presenta obstáculos.” ¿De veras? ¡Sí, es lo que dice!
Romeo me contó una vez (no le creí y sigo sin creerlo) que un vecino suyo bautizó a su hija como Difícil. ¡No es cierto!, le dije. Romeo, con sonrisa de flan, dijo que sí, que era difícil creerlo, pero que era real, y sacó su cartera y de ésta un viejo recorte periodístico que daba cuenta que una niña había sido inscrita en el Registro Civil con el nombre de Difícil. Cuando los amigos le dijeron que eso era una estupidez y lo alentaron a cambiarle el nombre a la hija, el hombre sólo se concretó a decir que era difícil. Todos asintieron, sí, era Difícil, pero el viejo no se refería ya al nombre de la niña, sino al hecho de dar vueltas de nuevo en el Registro. Los amigos le hicieron ver que sería difícil para la niña sobrellevar una vida normal y el viejo, de nuevo, dijo que sí, que era Difícil y en esta ocasión pensaba en el nombre de su hija.
Antes que Romeo continuara pedí otra cerveza para él y un agua para mí, y le supliqué que me dijera cuál había sido el fin de la historia. No tiene fin, me dijo, es difícil decirlo. Comentó que en casa comenzaron a decirle Di y que cuando Lady Diana se hizo famosa en todo el mundo, ella también se hizo famosa y en la escuela dejaron de molestarla. Los maestros, cuando a la hora del pase de lista, decían su apócope se sentían parte de la nobleza y la niña se paraba muy digna, como si fuese una princesa, y decía “¡Aquí!”.
El problema estaba cuando debía realizar una encomienda oficial. La secretaria preguntaba: ¿Nombre? Difícil, respondía ella. La secretaria le pasaba una hoja, un lápiz y decía: No importa, escríbalo, y ella cumplía. La secretaria recibía la hoja, la revisaba y ponía cara de mono aullador. Sí, insistía, ya me dijo que es difícil, pero deletréelo. Y ella, muy seria, silabeaba: Di-fí-cil. La secretaria, ya a punto de desborde y levantando la voz, decía: ¿No entiende español? Sí, decía ella. Entonces, ¿por qué carajo no escribe su nombre? Difícil, advirtiendo ya el tono molesto, explicaba: Difícil es mi nombre, me llamo Difícil y sacaba la copia de su acta de nacimiento donde quedó asentado que su nombre era Difícil.
Después de todo, dijo Romeo, no resultó tan difícil. Conforme transcurrió el tiempo, ella comenzó a disfrutar la confusión que creaba su nombre y luego pensó que el nombre no era feo, además era un nombre casi único en el mundo, mucho peor llamarse Gregoria o Primitiva. Al final, según lo que Romeo me contó, la historia terminó bien: Difícil se casó con ¡Fácil!
¡Ah, no!, protesté. Esto sí ya es un absurdo. Romeo, muy tranquilo, sacó otro recorte periodístico de su cartera y me lo enseñó: “Difícil se casa con Fácil”. Dice que fue casi emotivo en el instante que, ante el sacerdote, la novia dijo: “Yo, Difícil, te acepto a ti, Fácil,…”
Dijo que era como una metáfora para la vida, porque ésta siempre es difícil, pero, después de todo es posible eliminar los obstáculos y convertirla en algo que coquetea con lo posible.
En fin.

jueves, 5 de julio de 2018

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA




Puede parecer una fotografía común. Pero para llegar a esta imagen fue necesario un camino largo.
En los años sesenta, los niños veían fotografías a través de un aparato (por lo regular de color rojo) que se llamaba “View Master”. En Comitán, en las ferias de agosto y de febrero, siempre había un puesto donde un señor colgaba los aparatitos en un lazo y los niños los alquilaban. Los niños de ese tiempo hacían lo mismo que hace el niño de esta fotografía. El View Master de aquellos tiempos tenía una palanca en el lado derecho que daba vueltas al disco de cartón con las imágenes, que eran pequeñísimos cuadros con filminas. Las imágenes contaban una historia o permitían hacer un viaje a través de países lejanos. El niño elegía el disco que deseaba ver, el que motivaba su interés. Antes de insertarlo en el disco, el niño miraba las filminas a trasluz, con el pretexto de elegir (En realidad, esto era una ligera trampa, porque sin pagar miraba otras imágenes). Cuando el niño elegía el disco, lo insertaba y, de igual manera que lo hace el niño de la fotografía, colocaba el aparato frente a su mirada y, bajando la palanca, disfrutaba una a una las imágenes de las filminas. Mientras estaba la luz del día, ésta se aprovechaba; cuando la noche llegaba, el dueño del local (pequeño, improvisado con una estructura de madera y techo con lámina de zinc), prendía un foco de sesenta watts, y el niño debía colocar el aparato frente al foco.
Mientras la feria, frente al parque central o frente al parque de La Pila, transcurría, el niño frente al View Master entraba a otra dimensión, a otro tiempo. Las demás personas daban vueltas por los puestos, olían el aroma de los encurtidos, de los mazapanes; admiraban los juguetes hechos de madera, carritos, trepatemicos, boxeadores o soldados, muñecas y pistolas de plástico; las demás personas subían a la rueda de la fortuna o a la rueda de caballitos, comían algodones de azúcar o bebían botellitas de mistela; se aventaban puños de confeti o se quebraban, sobre la cabeza, huevos llenos de harina. A lo lejos se escuchaba la marimba y el ruido de los cohetes restallando en el cielo. Mientras la feria sucedía, el niño frente al View Master miraba animales que en Comitán no existían: leones de melena, elefantes, cocodrilos y águilas; o veía paisajes imposibles: montañas y ríos helados, montañas con altura de miles de metros sobre el nivel del mar o grietas submarinas.
El niño comiteco de los años sesenta vivió un mundo maravilloso, pero jamás imaginó que la maravilla que estaba por llegar, en el siglo XXI, iba a superar todos los sueños. Lo que ve el niño de la fotografía es una realidad virtual, un mundo donde él se introduce y vive las imágenes, casi casi como si estuviera ahí. Los pies de este niño seguían en San Cristóbal, pero él veía que sus pasos lo llevaban por senderos llenos de árboles enormes, donde de pronto aparecían changos trepados en las ramas, changos que bajaban y “lo amenazaban”. Yo, desde un rincón, veía cómo el niño movía su cabeza para uno y otro lado y veía cómo hacía una mueca de espanto, se hacía para atrás, como si se detuviera y con ese movimiento evitara una dificultad real. El niño de los años sesenta vivía una ficción con imágenes congeladas; el niño de este siglo vive una realidad virtual con imágenes con movimientos alucinantes. El niño de antes miraba la montaña congelada, el niño de hoy, desde la cima de la montaña, se coloca un par de esquíes y desciende y salta saltos enormes y siente el vértigo de la avalancha que se precipita detrás de él y tiene que apresurar su descenso y ve sobre el hombro cómo la nieve viene tras de sí, amenazándolo con sepultarlo en una montaña de Suiza. Todo esto sucede desde una plaza de San Cristóbal de Las Casas.
El niño de la fotografía hizo una pausa en su realidad real, dejó en el piso el cajón de lustrar y pidió la oportunidad de entrar a una realidad virtual. Mientras los habitantes de la ciudad y los turistas gozaban un domingo espectacular, él dejó su realidad miserable en el piso y se colgó de una nube, de una nube de realidad virtual y, por un instante, cuando menos, abandonó su destino de estar frente a zapatos sucios y “vivió” la posibilidad de ser un turista en Suiza y se sintió niño afortunado, con chamarra gruesa y guantes, y se colocó un par de esquíes y descendió sintiendo el aire helado en su rostro, sintiendo que era como un águila volando sobre un mar de hielo.
En el Comitán de los años sesenta todo estaba como congelado. Nadie imaginó que un día el mundo tomaría movimiento, un movimiento vertiginoso que, ahora sí, se prepara para próximos mundos jamás imaginados. El niño de la fotografía no ha cambiado, es el mismo bolero de los años sesenta; lo que ha cambiado es lo que está al frente; es decir, el modo de evadir, por instante, la miseria de la vida.

miércoles, 4 de julio de 2018

MUJER INFRECUENTE, PERO CON DONES DE DIOSA




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: Mujeres que huelen a cordel de luz y mujeres que huelen a farmacia antigua.
La mujer aroma de farmacia antigua tiene el mentol untado en su barbilla y la esencia de formol en su pecho. Los despistados dirán que el olor del formol es agresivo, sí, pero olvidan que tal sustancia evita la descomposición de los cadáveres y, en muchas ocasiones, los amantes son como ramas secas. La caricia de la mujer ayuda a darles vida, a inyectarles agua a sus cauces secos.
Su compañía es una bendición, es como una lluvia esperada. Cuando el amante tiene una dolencia, basta que ella acaricie su mano, para que el bálsamo haga el prodigio de la sanación.
La mujer aroma de farmacia antigua es como un milagro que hace milagros, es como un puente en el que la otra orilla es la ventana que da al misterio.
Cualquiera podría pensar que es mujer en proceso de extinción. ¡No es así! Es cierto, no es una mujer que, como las que huelen a pescado, esté en mercados y plazas. ¡No! La mujer aroma de farmacia antigua es una mujer especial, por lo tanto escasa, pero aún hay millones en todas las ciudades y en todos los mundos.
Si alguien me pidiera compararla con un suceso histórico, diría que ella es como el día en que Fleming descubrió la penicilina.
Si alguien me exigiera compararla con un objeto, diría que ella es como una latita con ungüento de eucalipto.
Ella es como el ala de colibrí, como una taza de café caliente, como un almohadón relleno de plumas de ganso, como una escalera que conduce a la ventana donde las palomas hacen sus nidos.
La mujer con aroma de farmacia antigua es como los ojos de una niña árabe, como un puente de piedra en un jardín, como un par de niños brincando en charcos, como una catarina sobre una hoja, como un atardecer en la montaña, como un escenario donde una orquesta toca una pavana.
Como el lector ya se dio cuenta, la magia de esta mujer radica en su aroma, en la sustancia que guardan los pomos de su porcelana. Viste con olores de cedro, con aroma de madera húmeda que conforma el esqueleto de sus estantes y de sus mostradores.
Ella es como el libro que cuenta cuentos, como el barquito que avientan los niños en las tardes de lluvia; es como un trombón, como una cascada de confeti, como un sofá, como las olas, como el viento, como un gato o un perro, a mitad del patio.
Ella sana, por eso es colita de rana. Toma helados de bendición, maneja bicicletas de bongó.
Ella cura, cura como si fuera un techo de dos aguas, como si el baile fuera una simple tormenta del espíritu.
La mujer aroma de farmacia antigua hace el amor como si macerara hojas de menta en el mortero de su cuerpo.
Hace el amor como si bastara una pizca de bicarbonato en el agua de la pasión.
¿Cómo estar seguro que la chica que toma la malteada en ese café al aire libre es, en verdad, una mujer aroma de farmacia antigua? Es preciso que el amante confíe en las señales que aparecen en el cielo, pero, sobre todo, es necesario que se entregue, sin reservas, a la huella del olfato. Debe cerrar los ojos y, como si fuera un lobo azul ¡olfatear! Si algo como un hilo de hierbabuena le hace cosquillas en su nariz, no debe dudar, esa chica es ¡una mujer con aroma de farmacia antigua! En ese instante debe ser un hombre agradecido, con los dioses y con la vida.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: Mujeres que son como cera de veladora de templo católico, y mujeres que son como cera de vela de hechizo.

martes, 3 de julio de 2018

SI TE SOBRA




Esta fotografía la tomé en una calle de San Cristóbal de Las Casas. Alguna persona piadosa lanzó la iniciativa. Todo mundo sabe de qué se trata. Es un juego bondadoso. A quienes les sobra ¡dejan!, y a quienes les hace falta ¡toman!
En un perchero dejan suéteres y abrigos, y, la persona caritativa, organizadora del juego misericordioso, los pasa al otro perchero, de donde los menesterosos los toman.
Es un juego en el que la mano izquierda no se entera de lo que hace la derecha; es un juego en el que nadie sabe si en realidad los que toman son necesitados, porque una vez Rosario me contó que el dueño de una tienda de ropa usada, desde su auto vigilaba que nadie se diera cuenta y se bajaba y tomaba los suéteres que luego vendía en su negocio.
La mañana que tomé la fotografía, el juego estaba como en suspenso, porque nadie había dejado prenda alguna. Se entiende, entonces, que para que el juego se dé, es preciso que los donantes actúen. Se sabe que en este país, son millones a quienes les hace falta. Más escasos son los que dejan, porque les sobra.
Cuando regresé a Comitán y le enseñé la fotografía a Mariana, ella me dijo que este juego era más común de lo que yo creía, y que, a veces, no era tan caritativo, tan de buenas intenciones.
No entendí.
Mariana me explicó. Me explicó que en este país se juega el juego “Si te sobra ¡deja!” y se juega el juego “Si te falta ¡toma!”. Al final entendí por qué Rosario me contó lo que contó.
Mariana dice que el juego “Si te sobra ¡deja!” es muy común. Lo juegan, por ejemplo, quienes tienen basura de sobra en su casa o quienes tienen exceso de fiaca. Por esto, vemos en las esquinas montañas de basura y en los escritorios de las oficinas gubernamentales montañas de papeles con resoluciones pendientes. Hay muchos sobrantes. “Si te sobra flojera ¡deja!, deja tu trabajo pendiente”.
El juego “Si te falta ¡toma!”, también es frecuente. Lo juegan, por ejemplo, quienes son políticos o quienes no cumplen con su deber de estudiantes. Por esto, vemos que los políticos toman, de manera deshonesta, los recursos del erario, y vemos a muchos estudiantes que toman las copias de los exámenes que serán aplicados al día siguiente. “Si te falta ética ¡toma!, toma la deshonestidad como tu forma de vida”.
El juego es muy común en este país, y se juega de manera indecente. Los jugadores creen que pueden dejar lo que les sobra en cualquier lugar, y que pueden tomar, sin impudicia, lo que les falta. El primer juego es jugado por gente estúpida y el segundo por delincuentes.
Quienes lo juegan en este país son millones y no necesitan percheros. Lo juegan de manera desenfadada, a la vista de todos y sin dejo de culpa.
Si te sobra irresponsabilidad, ¡deja todo pendiente! ¡No hay problema! Si te falta recurso económico ¡toma lo ajeno! En este país todo resbala.
Mariana quitó la imagen de caridad que rescaté en San Cristóbal. Traté de dejarla fuera de mi mente. Pensé que la iniciativa caritativa funciona, pensé que en temporada de frío hay muchos ciudadanos que dejan los suéteres que les sobra, y otros que, necesitados, toman los suéteres y se cubren y dan gracias a los anónimos donantes.

lunes, 2 de julio de 2018

CARTA A MARIANA, CON UN RECUERDO DE LA CHINA QUE RECUERDA A LA CHAYO





Querida Mariana: Murió la escritora China Mendoza. Ella contaba que el mote de China se lo puso su papá desde niña. José Camposeco dijo que era La China porque su verborrea era tan extensa como aquel país. Camposeco no se equivocó: La China, al hablar, era como una selva llena de lianas, chachalacas, monos aulladores y estampida de elefantes. ¡Ah, cómo hablaba! Ahora que me enteré de su muerte recordé el fragmento de un documental que realizó el canal 11, de la televisión. Dicho documental fue parte de la serie “Letras de la Diplomacia”. En el programa dedicado a Rosario Castellanos, La China Mendoza habla de su relación con Rosario. La China siempre muy gentil con sus amigos y demoledora con sus enemigos, dice que Rosario no tenía una gracia absoluta, pero estar con ella era un “enorme placer humano”. Pienso que ahora, los amigos de La China podrían decir lo mismo de ella, no así sus enemigos, que vaya que los tuvo. Tuvo mucha gente que no la quiso, porque, como ya se anotó, era demoledora en sus juicios. Ella siempre sostuvo que su obra literaria fue “ninguneada” porque su carácter era muy impulsivo y no tenía la costumbre de hacer caravanas al poder (Eso decía). Yo leí, hace muchos años, su novela “De Ausencia”, que, hasta donde mi memoria logra rescatar, es la historia de una mujer que así se llama: Ausencia. La novela (hasta donde recuerdo) también muestra un desborde en el discurso, como si las palabras fueran agua y no hubiera dique para detenerlas. En la literatura mexicana he hallado este mismo desborde en las obras de Fernando Del Paso. Debo decir acá que en “De Ausencia” estaba ausente del deslumbre de “Noticias del Imperio”. No ninguneo a La China, sólo digo que mi gusto literario reconoce más brillo en la obra de Del Paso.
Y ya puesto en comparaciones (ah, qué odioso), reconozco que, en materia periodística, me gusta más el estilo de nuestra Chayo que el de La Mendoza.
Pero, ya puestos a hacer comparaciones, digo que si me hubiese tocado estar, en una reunión, en alguna casa de la Ciudad de México, frente a Rosario, Fernando y María Luisa, no habría dudado al elegir estar sentado al lado de ésta. ¡Claro! María Luisa era el desborde, era la de la plática sabrosa, de la declaración lapidaria e imaginativa. Porque, de aquel documental del canal 11, lo que más recuerdo es cuando la China Mendoza rememora el momento en que fallece el papá de Rosario. Cuenta el instante del fallecimiento de don César con una gran emotividad, casi casi como si lo estuviera viendo en ese momento, casi casi como si ella hubiese estado presente (doña Lolita Albores decía que era falsa la versión que la China contaba). La China dice que cuando conoció a Rosario en la facultad de Filosofía y Letras, Rosario le contó que el día de la muerte de su papá, ella y él fueron al centro, su papá manejaba el coche, cuando, sin más, le dio un ataque al corazón, entonces Rosario hizo a un lado al papá, tomó el volante y manejó hasta su casa. La China cuenta que Rosario le dijo que no sabía manejar, pero se había fijado muy bien qué hacía el papá con los pies y las manos y se puso a manejar, en la Ciudad de México, por primera vez. La China dice que Rosario era una muchacha muy temeraria y valiente. Doña Lolita decía que no, que Chayito era tímida y que jamás hubiese hecho tal cosa. Doña Lolita contaba que Rosario alcanzó a pedir ayuda, porque se paralizó a la hora que su papá se paralizó de manera definitiva. ¿A quién creerle? Tal vez La China Mendoza le hizo agregados a lo que Rosario contó o ésta le contó tal historia para hacer crecer el mito. Yo le creo más a doña Lolita.
En fin, esto recordé ahora que me enteré de la muerte de La China Mendoza, la (según ella) ninguneada en la literatura mexicana. “De Ausencia” fue el título de la novela que leí. Ahora “de su ausencia” se hablará de acá en adelante. ¿Qué tanto? ¿También será ninguneada en su muerte?