jueves, 14 de mayo de 2020

CARTA A MARIANA, CON DEFINICIÓN DE ESCUELA




Querida Mariana: ¿Cómo definirías a la escuela? Es aventurado atreverse a definirla. Una escuela es muchas cosas, ¡muchas!
A pesar de que siempre sostengo que de niño fui más feliz en mi casa que en la escuela, reconozco que ese espacio tuvo una magia especial. Si me hubiesen dado a elegir habría elegido mi casa, pero me habría perdido la aventura grata e ingrata de la convivencia.
Javier recuerda que, ya en bachillerato, le decía que al concluir la licenciatura estudiaría una maestría y luego un doctorado y después a ver qué inventaba. Consideraba que ser estudiante era el mejor oficio del mundo, a pesar de todos los pesares.
Nunca estudié maestrías o doctorados. Con ciertos trabajos concluí la licenciatura, pero de mis sesenta y tres años de vida, más de cincuenta han estado enredados en espacios educativos. ¡Qué barbaridad! Seis años de primaria (en la Matías); tres de secundaria (en el Colegio Mariano N. Ruiz); tres de bachillerato (en la prepa de Comitán); un cuatrimestre en la Universidad Autónoma Metropolitana; cinco años en la facultad de ingeniería, en la UNAM; tres semestres en la escuela de arquitectura, en la UVM; y un semestre, en la escuela de ingeniería, en la UNACH. Todos estos estudios fueron continuos. Años después, ya casado, con hijos, me inscribí en la Facultad de Humanidades, de la UNACH, y cursé la licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana, carrera que, gracias a la tolerancia de mis maestros (Dios los bendiga siempre) concluí. Pero, antes, en 1982, el maestro Jorge me permitió colaborar como maestro en el Colegio Mariano N. Ruiz.
Desde la edad de seis años hasta la edad de sesenta y tres he estado ligado, bien como alumno, como maestro o como directivo, en espacios educativos.
Sé que mi historia no es excepcional. Hay millones de historias similares, pero a mí me sorprende el giro que tomó mi vida, porque si alguien, en mi infancia me hubiese pronosticado el futuro, yo habría dicho que el genio de la lámpara se había equivocado de personaje. ¡No era yo! No, definitivamente, no era yo. Yo toleraba la escuela, pero no era mi ideal.
Ahora, que veo a niños haciendo tareas desde su casa, a través de las plataformas tecnológicas, pienso que se hubiese cumplido mi sueño de la infancia. Desde mi casa habría tenido todo el aprendizaje que necesitaba para la sobrevivencia. Pero, también sé que, en algún instante, al ver las fotografías de los demás niños jugando en el patio de la escuela, bromeando en el salón, participando en dinámicas grupales o en partidos de básquetbol, habría pensado que algo me estaba perdiendo.
Sólo los valientes se atreven a definir la escuela. No es lo que dicen, las escuelas son más, mucho más.
Ya los expertos nos han dicho que el concepto de aprendizaje se está modificando. Ahora, muchas personas, miles, millones, realizan estudios de maestría o de doctorado ¡en línea! Lo hacen, incluso, siendo alumnos de escuelas que están en otros países de donde radican. Estudian desde casa.
Ahora, en estos tiempos de pandemia, las escuelas han cerrado sus puertas y han quedado vacías. Para no suspender el proceso de aprendizaje, las autoridades educativas han realizado programas donde los alumnos estudian desde casa; es decir, el aprendizaje (que sería una de las prioridades de las escuelas) se puede hacer fuera del aula.
Por eso digo que la definición de escuela tiene conceptos amplísimos, porque no sólo es el espacio para trasmitir conocimientos científicos, cívicos, morales y artísticos. ¡No! Las escuelas son ventanas amplísimas.
Ayer encontré una fotografía donde están alumnos del colegio Mariano N. Ruiz, con su maestra, la madre Sara, realizando alguna manualidad. Ahí hallé una línea de luz indecible. Los niños están entretenidos, contentos.
Esta fotografía sólo pudo generarse en el ambiente escolar. La escuela, por definición elemental, es un espacio donde los grupos se crean.
Los reportes escolares contabilizan grupos: el primero A, el primero B y el primero C. El grupo es esencia. Los príncipes recibían instrucción personalizada en sus castillos. Ahora no es así. El otro día vi un reportaje donde los hijos mellizos de Alberto II de Mónaco asisten a una escuela pública. ¿Mirás?, los hijos de un príncipe se mezclan con niños que no son de la realeza y lo hacen en el espacio donde la convivencia es fundamental: la escuela.
Vi la foto donde está un grupo de ex alumnos de nuestro Colegio Mariano N. Ruiz y supe que ahí, en medio de ese aro de luz, está el principio de definición de escuela. Los vi plenos, unidos, disfrutando un instante bendito, en el que el destino les permitió formar parte de un grupo, de una escuela, de un cordón umbilical eterno (además, acá debo agregar que estos niños tuvieron un mojol: fueron alumnos de una mujer infinitamente generosa: la madre Sara.)
Vos, ¿te atrevés a dar una definición de escuela? Yo no. Me siento incapacitado, a pesar de que desde que tenía seis años de edad he estado enredado en esos espacios.
Posdata: La fotografía pertenece al Archivo del Colegio Mariano N. Ruiz, pero puede ser compartida por todo el mundo.

miércoles, 13 de mayo de 2020

CARTA A MARIANA, CON UNA PRIMICIA




Querida Mariana: Te cuento: A finales de los años ochenta estuvo en Comitán el poeta José Falconi. Pepe estuvo con dos poetas más: Quincho Vázquez y Elva Macías. Los tres ofrecieron un recital poético en la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez, por una iniciativa del Instituto Chiapaneco de Cultura, institución cultural que propiciaba ese tipo de encuentros en diversas ciudades del estado de Chiapas.
Esa noche estuve presente. Ahí escuché por primera vez al poeta Falconi. Al final del recital, mi amigo Paco Flores les ofreció una cena en el restaurante del Hotel Robert’s. Paco hizo favor de invitarme, así que estuve conviviendo con ellos, ya fuera del protocolo del recital. Recuerdo que en el hotel estaba hospedado un grupo de chicas que participarían en algún acto de elección de reina de no sé qué. Elva, en voz alta, decía a los camarógrafos que ahí también estaba la belleza, la belleza de la palabra y abría los brazos y pedía que nos filmaran. Falconi y Quincho, con bebidas en las manos, disfrutaban lo que Elva decía. Nosotros también lo celebrábamos y yo observaba que uno de los camarógrafos veía nuestra mesa, sonreía y luego seguía en lo suyo: tomar el video de las chicas bellas que, en forma casual, charlaban en una mesa adjunta.
Si intercambiamos algunas palabras con Falconi son las que dictan las reglas de urbanidad. El poeta ya había hablado en el festival, ahora se dedicaba a disfrutar la charla siempre posesiva de Elva. Quincho decía salud y bebía un té. Esa noche no bebió la cerveza que le encantaba beber, porque Elva, siempre pendiente de él, se lo prohibió, debido a que el poeta había estado un poco mal del estómago.
Te hablo de hace, ¡uf!, tantísimos años, más de treinta, más, de una noche que el poeta Falconi compartió su palabra con los comitecos.
Ahora comparto la primicia que prometí: el poeta José Falconi volverá a estar en Comitán y en San Cristóbal y en Tuxtla y en Tapachula y en Huixtla y en Oaxaca y en la Ciudad de México y en Nopala, Hidalgo (saludos al cronista honorario de aquella ciudad), y en Monterrey, y en Guadalajara (saludos a mi querida Eva Morante) y en París y en Nueva York y andá a saber en cuántos lugares más, porque el poeta aceptó entrarle al juego de una Arenilla y respondió las diez preguntas juguetonas. Sí, así como la poeta chiapaneca Mónica Zepeda dio luz a la palabra en la edición especial digital de la revista ARENILLA, correspondiente a abril-mayo; la palabra luminosa del poeta Falconi aparecerá en la edición especial digital de nuestra revista, correspondiente a junio-julio.
Gracias a nuestros lectores el número de abril-mayo fue un éxito. Fue muy compartida y solicitada. Ahora, estoy seguro, tendremos más lectores.
¿Qué puedo decir? Estoy chento (orgulloso) porque Pepe aceptó la invitación de inmediato y dijo que sí, que con gusto le entraba al juego de la ARENILLA. A mí me encanta que los más grandes creadores del país acepten jugar con la palabra y se acerquen a estas playas y permitan que los lectores se asombren, disfruten, reflexionen o manifiesten desacuerdos, mientras caminan los puentes que ellos tienden. Pepe reconoce este tiempo de incertidumbre y comparte su palabra en forma virtual. Ya algún día volverá a estar en forma presencial sobre un escenario y compartirá su poesía con la audiencia.
Falconi, lo sabés, es uno de los creadores más importantes del país. Radica en la Ciudad de México, desde no sé cuánto tiempo, pero nació en Tuxtla Gutiérrez. Estudió periodismo en la Septién, la misma escuela donde estudió mi amigo Adolfo Gómez Vives (el popular Fito) y donde impartió cátedra la poeta Dolores Castro, íntima amiga de nuestra Rosario.
Por fortuna, es posible acercarse a la narrativa de Falconi, porque en la página oficial de CONECULTA-CHIAPAS están disponibles dos de sus libros en formato pdf: el libro de cuentos “Escala Roja” y la novela “Fragmentaciones”. El Coneculta de antes reconocía el talento de los creadores de este estado; el Coneculta de hoy tiene reglas muy estrictas que parecen formar un muro de contención al talento. El poeta Óscar Wong ha manifestado su desacuerdo, porque prácticamente está vetado para ser publicado durante el presente sexenio, y con Wong muchos más. ¡Bonita manera de reconocer a los creadores de siempre!
Pero, antes, querida niña, de bajar los libros digitales en forma gratuita, te propongo tener un primer acercamiento con la palabra del creador José Falconi en el número especial digital de ARENILLA que estará a disposición de nuestros lectores de todo el mundo a partir de la primera semana de junio, en las redes sociales.
Posdata: Sí, es nuestro privilegio, la presencia de Falconi es un lujo para nuestra revista, pero esto es así, porque Falconi siempre ha compartido su luz con los lectores de su estado natal. A finales de los años ochenta, Falconi estuvo en Comitán; hoy, en 2020, regresa con su mano abierta, con su tea de luz.
Los tiempos inciertos encuentran una hendija de luz en el arte. Nuestros lectores no merecen menos. Junio ya está a la vuelta de la esquina. El equipo de ARENILLA-Revista trabaja (desde casa) a todo vapor. Pronto, muy pronto, Falconi estará contigo y con todo el mundo.

martes, 12 de mayo de 2020

CARTA A MARIANA, CON BUENAS NOTICIAS




Querida Mariana: ¿Sabías que el auditorio del Palacio de Justicia de Chiapas, que está en Tuxtla Gutiérrez, lleva el nombre de Enrique Robles Domínguez? ¿No? ¿No lo sabías? Bueno, lo que sí sabés es que el magistrado Robles Domínguez es papá de mi amigo y compadre Quique. Por esta cercanía yo conocí al magistrado, quien (lo lamento) falleció en diciembre de 2019. Dicha cercanía me permitió tener con él un trato de primera mano, porque (vos sabés que así es la historia de los amigos) yo iba a casa de Quique y me topaba con el magistrado en cualquier momento.
En realidad, la historia viene de más atrás. El papá del magistrado, Ciro Robles, era primo hermano de mi papá, porque Ciro y Augusto (mi papá) eran hijos de dos hermanas. Por esto, el magistrado Enrique siempre trató a mi papá como tío.
Si me voy más acá, resulta que yo soy tío de mi amigo y compadre, pero esto nunca lo diré, porque Quique, el líder de mi palomilla, jamás me diría tío. Mejor nada digo, porque capaz que él me deshereda y me deja sin el pedacito de tierra que ya me prometió en el Ojo de Agua.
Resulta que ayer me enteré (me da mucho gusto) del nacimiento de una fundación que lleva el nombre de mi primo, el notable magistrado que nació en Comitán. La Fundación Enrique Robles Domínguez nace con los mejores augurios, nace con la intención de ser un organismo que auxilie a grupos de personas necesitadas y vulnerables.
En todos los tiempos, las agrupaciones que ayudan a los que menos tienen son bienvenidas. En tiempos actuales, la noticia del surgimiento de esta institución es doblemente bien recibida.
Digo que vos no sabías que el auditorio del Palacio de Justicia lleva el nombre de Enrique Robles Domínguez. ¡Ahora lo sabés! El alto honor de que el auditorio lleve su nombre representa el reconocimiento que sus pares le otorgaron en vida a quien puso su vida e integridad profesional al servicio de la justicia en nuestro estado, estado que, como en toda la república, tiene huecos profundos que deben llenarse.
Chiapas, esto sí lo sabés, es un estado con grandes carencias, en todos los sentidos. Hay grandes carencias. Por esto, el surgimiento de la Fundación que lleva el nombre de tan destacado jurista es noticia halagüeña, prenderá una lucecita de esperanza.
Yo conocí al magistrado en su casa de Comitán, a finales de los años sesenta, cuando me hice amigo de Quique. En ese tiempo, la casa del papá de Quique estaba frente a la escuela secundaria y preparatoria de Comitán (donde actualmente está el Centro Cultural Rosario Castellanos). La casa de Quique (lugar donde estaba la notaría de su papá) estaba más o menos donde ahora está la fuente del parque central. La casa estaba (ya lo intuiste) en la manzana que fue derruida en los años setenta.
Quique y yo lamentamos la tirada de esa manzana (la llamada manzana de la discordia), porque mi papá también tenía un edificio en esa manzana, lo que significa que mucho de nuestras historias de infancia y de adolescencia está enredado en ese espacio, espacio que, de la noche a la mañana, fue derrumbado. Ese derrumbe ocasionó un vacío que nos llena de nostalgia.
Cuando terminamos la secundaria y entramos a la preparatoria, nos enteramos que Quique estudiaría en Tuxtla. ¿Por qué?, nos preguntamos todos los integrantes de la palomilla. Porque su papá ya laboraba como magistrado en aquella ciudad, ciudad donde radicó más de cuarenta años, y donde llegó a ser Presidente del Supremo Tribunal de Justicia del Estado.
Recuerdo al magistrado en dos ocasiones cercanas sublimes, lejos del protocolo de su estatura profesional. La primera cuando nos invitó a ir a Popo Park. Nos quedamos una noche en unas cabañas y jugamos boliche. Fue fantástico. El salón sólo tenía una línea de boliche y, por supuesto, no tenía un sistema automático. Cada vez que tirábamos la bola y le dábamos a los pinos, debíamos ir a parar los bolos de nuevo. Al final nos turnamos, unos jugaban y otros nos quedábamos a parar los pinos y regresar la bola. Cuando el magistrado se fue a recostar, nosotros seguimos jugando y bebiendo cerveza. Suspendimos la bebida y fuimos a dormir cuando Jorge sugirió que saliéramos al campo y jugáramos fútbol. Cuando vimos que tenía sobre sus manos la bola de boliche supimos que era hora de ir a descansar.
La segunda vez fue cuando Quique se tituló. Sus papás se trasladaron a la Ciudad de México para estar presentes en ese momento tan sublime. El notario estaba orgulloso, Quique se recibió de abogado, por la Universidad Autónoma Metropolitana. Esa noche nos invitó a cenar en un restaurante argentino que estaba en la avenida Insurgentes. Fue una noche sublime de celebración. Fue la primera vez que probé las criadillas (ni te cuento que son las criadillas, pero tienen un sabor delicioso.) Recuerdo estos dos instantes, porque me dieron la dimensión exacta del magistrado Robles Domínguez: tenía una personalidad sencilla, diáfana, agradable y humanista.
Posdata: Tuve el honor de conocer de cerca al magistrado. Fue mi privilegio. Me dio gusto cuando me enteré que Chiapas lo honraba al colocar su nombre al auditorio del Palacio de Justicia, y ahora hago votos porque la Fundación que lleva su nombre ayude a muchas personas vulnerables y enaltezca la figura de quien, sin regateos, sirvió a la sociedad.

lunes, 11 de mayo de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN LIBRO MOJADO CON AGUA DEL SENA




Querida Mariana: Releo “Rayuela”, de Julio Cortázar. Comencé releyendo algunos de sus cuentos y ahora comienzo a leer la novela que revolucionó la literatura de América Latina.
No aguanto las ganas de decirlo: “Rayuela”, lo dijo Julito, “es muchos libros, pero sobre todo es dos libros”.
Los grandes libros siempre son muchos libros, siempre admiten muchas lecturas, y en cada relectura asoman nuevas ventanas. Pero “Rayuela” es una novela grandiosa, porque como dice Julito: “Sobre todo es dos libros”. Uno se lee del capítulo uno al 56 (“al pie del cual hay tres vistosas estrellitas que equivalen a la palabra Fin.”), y el otro empieza en el capítulo 73 “siguiendo luego en el orden que se indica al pie de cada capítulo.
Es un juego literario bien locochón. He leído “Rayuela” en dos o tres ocasiones. La primera vez lo hice leyendo del capítulo uno al 56 (donde me topé con las tres estrellitas.); luego, me tocó leerlo con el orden sugerido por Julio, que es saltando de un lado a otro y cuyo inicio es el capítulo 73.
Y acá aparece lo que quería decirte: El libro fue publicado por primera vez en 1963. Jamás en la literatura latinoamericana, un escritor había dado un paso tan importante. Acá sólo menciono una obviedad: Es una novela que comienza en el capítulo 73. ¿Mirás la genialidad?
En Puebla conocí a una maestra de la universidad que comenzaba todas sus lecturas por el final. Leía el último fragmento de la novela, si le decía algo, entonces leía la novela completa. Si el final no le resultaba atractivo no leía la novela y buscaba otra. Jamás entendí su costumbre, pero era algo inusual, algo Cortazariano.
Los estudiosos de la obra de Julito han demostrado que el autor destinó mucho tiempo para armar ese rompecabezas literario; es decir, cada salto propuesto (en caso de que el lector lea la novela siguiendo el tablero de números) tiene un hilo de conducción que une puentes inexistentes. El gran hallazgo de Julito es ese: Que materias inconexas de pronto se unan para producir algo inexistente.
La rayuela que propone el juego de Julio viola las reglas (en Comitán, los niños de antes, a la rayuela le llamaban avioncito. ¡ah!, era un nombre bien bonito.) Y digo que altera la reglas porque el juego no necesariamente inicia en el uno y concluye en el cielo. ¡No! El lector de la novela puede, incluso, alterar el orden propuesto de Julio y buscar nuevos caminos.
Julio no se molestaría con ese desenfado de un lector activo. No. Él siempre tomó a la literatura como el gran juego. Lo jugó con la seriedad con que cualquier niño juega carritos o muñecas. En todos los juegos hay reglas, pero cuando éstas son aprendidas a la perfección pueden violarse para hallar nuevas ventanas.
¿Comenzar a leer una novela en el capítulo 73? ¿No terminarla nunca porque el antepenúltimo capítulo es el 131, que manda al penúltimo capítulo, que es el 58, y este penúltimo manda al último que es el 131? Un círculo infinito del que nunca se sale o se sale con un hilo de luz que no existía.
No sé si vos te topaste en tu infancia con algún amigo que siempre era muy hábil para resolver todos los misterios en los juegos. Hay niños que ven de más, que abren ventanas en el muro del aire. Yo, de viejo, me topé con un Julito juguetón que es maravilloso.
Le he aceptado todas sus propuestas, todas son ingeniosas, inteligentes. No me canso de decir que amo a Julito, niño maravilloso.
Nunca he hecho lo que hacía la maestra universitaria. ¡No! Cuando tengo una novela nueva inicio por el principio, siempre. Pero, cuando me topo con Rayuela, a veces juego el juego que me propone Julito y comienzo a leer la novela a partir del capítulo 73, capítulo que es prescindible para los lectores que sólo leen la novela siguiendo el orden lógico del 1 al 56. La primera lectura es insuficiente, deja muchos ríos navegables, harto estimulantes para el espíritu.
Julio es un gran mentiroso (dejaría de ser niño si no lo fuera). Es un gran mentiroso porque sus tres estrellitas no significan la palabra Fin. En realidad, esta novela (como toda gran novela) no tiene fin, sus calles, a veces, van a dar al Sena, pero, en cualquier instante el lector puede toparse con un sendero que lleva a una montaña o a un acantilado o al mar. ¿Al mar? Sí, al mar, a la Vía Láctea.
Durante mi vida me he topado con muchos amigos lectores que hablan de su fastidio, de su aburrimiento, de su hartazgo, de que no comprenden Rayuela, de Cortázar. Sí, los entiendo, no a todo mundo le gusta pasar por puentes movedizos, muchos prefieren los caminos encementados.
Posdata: Tengo muchos libros pendientes para leer. Pero ahora los he dejado en el buró o en la mesilla. Como “el cordero fiel de la leyenda” he vuelto a las playas del mar de Julito. Desde que lo conocí he leído a muchísimos más autores, muchísimos, muchos de ellos se han vuelto mis grandes amigos, pero (lo reconozco) sé que jamás volveré a conocer a alguien tan cercano a mis sueños, a mis ideales. Los campos sembrados por Julio me han sido muy satisfactorios. Me detengo y siento el aire jugar por mi cabello; me detengo y extiendo mi mano y corto los frutos de sus árboles. Esos frutos son jugosos, limpios, llenos de vida. Así estoy ahora ¡lleno de vida!, de vida trasfundida por Julio, el buen Julito.

sábado, 9 de mayo de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN PEDAZO DE PAPEL QUE ES UN PEDAZO DE VIDA




Querida Mariana: Te paso copia de una fotografía donde aparece un boletito, en cartoncillo de color azul. El texto dice que es un bono que costaba cincuenta centavos. Las personas de buen corazón metían la mano en la bolsa del pantalón, sacaban una moneda de cincuenta centavos (un tostón) y, a cambio, recibían este cartoncito que era constancia de su cooperación con el Consejo de Administración que recaudaba fondos para la construcción del edificio de la Escuela Primaria Urbana Fray Matías de Córdova. Como ves, el documento está fechado en Comitán y es del 30 de abril de 1965, fecha en que se celebró la elección de Reina de la Primavera.
Tal vez deba contar que, en ese tiempo, en la escuela se efectuaba la elección con base al dinero que recaudaban las candidatas, las niñas bonitas vendían bonos con amigos, vecinos y parientes. Ganaba, por supuesto, la candidata que más dinero recaudaba. A mí me tocó ver en una ocasión la contienda entre una niña de condición modesta y una niña hija de familia acaudalada, ambas bellísimas. Dirás que ya todo estaba dispuesto por el destino, bastaba que el papá de la niña rica abriera su cartera para soltar la paga y asegurar el triunfo de su hija. ¡Así fue!, pero por muy poco, la niña modesta anduvo por todo el pueblo vendiendo bonos. Estuvo a punto de ganar, hubiese sido una historia fantástica.
Pero lo de los bonos para la elección de reina es una historia lateral, la historia central es el motivo principal de la recaudación del año 1965: Los fondos recaudados serían destinados para la construcción del edificio de la escuela.
Vos sabés que yo estudié la primaria en la gloriosa Matías de Córdova, escuela de la que hoy hablamos. En 1965, año de este bono, yo estudiaba el cuarto grado de educación primaria. Ya te conté que mi maestro era el profesor Javier Flores Torres, quien (gracias a Dios) aún vive, en diciembre del año pasado cumplió cien años, ¡cien años! Ya, por supuesto, está un tantito mermado de sus facultades mentales y físicas, a veces ya no distingue bien la realidad, pero anda bien activo. Tiene un enfermero que lo acompaña, a veces el enfermero le pone una figura de porcelana sobre la mesilla y le da al maestro lápiz y papel, el maestro Javier lo dibuja, con gran destreza, siempre fue un gran dibujante. Es un viejo maravilloso.
También te conté que, ya casi al término del cuarto año de primaria, se celebró el Mundial de Fútbol en Inglaterra, el día que México jugó contra la selección de Francia, el maestro nos llamó, hizo que nos sentáramos en el piso al lado del escritorio y prendió un radio de esos que vendían en la frontera de Guatemala, con una cubierta de piel, color café con agujeritos donde estaba la bocina para que saliera bien el sonido, y escuchamos la trasmisión del partido y nos emocionamos cuando Enrique Borja, el narigón de oro, anotó el primer gol del partido. ¿Podés creerlo? México le estaba ganando a Francia. Nosotros, igual que medio México, gritó ¡gol, gol!, y nos abrazamos y nos paramos y movimos los pies como si bailáramos. Nos tranquilizamos y continuamos escuchando, haciendo changuitos, pidiendo otro gol, sí, otro. El destino que es implacable nos escuchó y cayó el siguiente gol, pero nos hizo una travesura, porque el gol cayó en la portería de nuestra selección. El partido se empató. No recordábamos la clase de historia, pero ya el maestro Javier nos había enseñado que el 5 de mayo de 1862 las armas nacionales se habían bañado de gloria, pues el ejército mexicano le había ganado al ejército francés, el más poderoso del mundo en ese entonces, pero meses después el ejército mexicano sufrió una derrota ante los franceses, derrota más amarga que la inicial victoria. Bueno, pues nuestra emoción infantil fue pasajera, nos duró poco el gusto. No le ganamos a Francia, pero (consuelo de siempre) tampoco perdimos. El partido terminó empatado. Ya luego, la selección de Inglaterra se encargaría de ponernos en nuestro lugar, México perdió contra los anfitriones, dos a cero. El empate con Uruguay, en el tercer partido, hizo que nuestra selección quedara fuera de la siguiente fase, que quedara fuera del Mundial.
A mí, la verdad, no me importaba el destino de la selección mexicana, me había maravillado la experiencia de escuchar el partido contra Francia, en el salón de cuarto grado, cuya puerta trasera daba al patio donde jugábamos todos los días a la hora del recreo.
Digo que el maestro Javier fue un excelente dibujante y un maestro hábil con manualidades. Recuerdo que, durante el año, en algún momento, hicimos una figura en triplay. Los alumnos fuimos a comprar una sierra pequeña de arco con una segueta de dientes como de ratoncito. Todos fuimos a comprarla en la ferretería que tenía don Carlitos Siliceo en el portal frente a la manzana derruida en los años setenta. La ferretería de don Carlitos estaba al lado de donde ahora está la Farmacia del Ahorro. Luego fuimos a comprar un cuadrito de triplay de tres milímetros en la carpintería y un papel carbón en la Proveedora Cultural, de don Rami Ruiz (bendito señor, mil veces bendito), y con esos materiales nos presentamos el siguiente día en el salón. El maestro Javier nos dio a elegir un dibujo, una vez hecha la elección lo copiamos en nuestro cuaderno, arrancamos la hoja y, ayudados con el papel carbón, lo pasamos al cuadro de triplay. Listo, gracias a la magia del papel calca, el dibujo estaba en la madera. El maestro nos llevó hasta donde estaba una gran mesa que nos sirvió como banco de carpintería y ahí, la bola de chiquitíos comenzó a repasar las líneas del dibujo con la segueta, acá derechito, acá dale la vuelta, no te preocupés luego con la lija arreglamos esa imperfección, hasta que la figura quedó lista. De un cuadro de triplay logré, en mi caso, obtener la figura de un Mickey Mouse, que, luego, pinté con pinturas acrílicas hasta que quedó una figura bella.
Así que, pienso, mi papá compró un bono o dos o más, porque él era un hombre magnánimo y era padre de familia y, sin duda, también aplaudía los esfuerzos del Consejo de Administración que procuraba fondos para la construcción de un nuevo edificio para nuestra escuela, porque nuestra escuela era bella, estaba alojada en una casa particular, con muchos cuartos (salones) y dos patios, uno central y el posterior que era donde estaba la cancha y los sanitarios, pero al fondo, había una bodega con polines de madera donde los más atrevidos entraban a jugar. Yo nunca lo hice, porque (dentro de mi ignorancia infantil) pensaba que ahí debía haber muchas ratas y muchas arañas (venenosas algunas). Mis compañeros eran felices, pero no estudiaban en el mejor espacio. Los papás, preocupados, buscaban la manera de allegarse fondos para la construcción de un edificio más digno. Era el año de 1965. La escuela estaba a media cuadra del templo de Jesusito.
Escribí que mis compañeros eran felices. Yo me excluí. Lo sabés, iba a la escuela, pasé seis años ahí, tuve momentos de iluminación, momentos agradables, pero yo era feliz en mi casa, al lado de mis papás. Puede sonar extraño, pero siempre he dividido a los niños del mundo en niños de casa y niños de calle. Los niños de calle están hechos en el fragor del entorno, al final son unos triunfadores en la vida, porque son osados, temerarios, se adaptan con facilidad a los cambios o ellos son los que los propician. Los niños de calle aprenden en el campo de la tormenta; en cambio, los niños de casa, los consentidos, los hijos de papá y de mamá, los cuidados, tenemos gran dificultad en hallar nuestro lugar, porque, lo sabemos, nuestro lugar está en casa, al lado de los papás, pero la vida exige salir a la calle (bueno, ahora, en estos tiempos de COVID-19, todo mundo debe estar en reclusión, estar dentro de las casas). ¡Ah!, la calle, que hermoso lugar, pero qué infierno para los ángeles de casa.
La fotografía de este cartoncito me la pasó mi amigo Paco Flores, (¡ah, qué coincidencia!), hijo de mi maestro Javier, quien me daba el cuarto grado de primaria, en la Matías. Tal vez, digo que sólo tal vez, lo halló en algún cajón de un gabinete de la casa de su papá y me lo compartió para que yo lo compartiera con vos, para que vieras cómo los papás de aquel tiempo se preocupaban en extremo por la educación de sus hijos y organizaban tertulias y rifas y colectas para el bien común.
Ahora, después de tantos años puedo contarte que en julio de 1968 llegó a Comitán quien era el Presidente de la República, Gustavo Díaz Ordaz, para inaugurar el nuevo edificio, edificio donde ahora estudian los niños de la Matías. Los comitecos hicieron una valla desde el Hotel Los Lagos hasta la escuela primaria y vitorearon el paso del presidente, en un carro descubierto que fue conducido por un reconocido comiteco, mi amigo don Tonito Guillén, porque el Estado Mayor Presidencial consideró que él era la persona idónea para realizar tan importante misión.
Posdata: Muchos comitecos que fueron jóvenes en los sesenta lamentan la llegada de Díaz Ordaz, pero cuando llegó a Comitán el pueblo no podía advertir que tres meses después su gobierno permitiría la matanza de los jóvenes universitarios, en Tlatelolco. Nadie tuvo el don de la adivinación, esa mañana de julio de 1968, Comitán celebró su llegada, porque junto con la inauguración de la planta potabilizadora inauguró el nuevo edificio de la gloriosa Matías, sueño que habían formado muchos padres, desde 1965, cuando las candidatas a Reina de la Primavera vendieron bonos para reunir fondos. ¡Ah!, qué historias tan nobles conserva este pueblo; qué historias tan dignas han formado a Comitán. Honor y gloria a todos ellos, constructores de la patria. Hoy lamentamos la actuación de Díaz Ordaz; hoy decimos que fue un contrasentido que un hombre que inauguraba planteles escolares para que se formara la niñez mexicana también permitía que la juventud mexicana perdiera la vida en matanzas ingratas.

viernes, 8 de mayo de 2020

CARTA A MARIANA, DONDE SE PLATICA DE UN DÍA




Querida Mariana: Sí, a veces el recuento de nuestras vidas es a través de un día. Recordamos el día de nuestra primera comunión; el día que nos dieron un beso por primera vez; el día de nuestra ¡primera vez!; el día que nos graduamos en la universidad; el día que aprendimos a nadar; el día que estuvimos frente al río Sena, en París; el día de nuestro cumpleaños; el día de la muerte del abuelo; el día que caminamos juntos por los Zanjones y resbalamos y nuestros pantalones se llenaron de barro amarillo, chicloso.
Los días nos definen. Hay días buenos y hay días que definimos como malos, porque siempre deseamos que el mundo se acomode a nuestros deseos, pero, en el fondo, sabemos que la vida se mueve con el zigzag del vuelo de una mariposa aleatoria.
Hoy, con tu permiso, te hablaré del día que conocí a mi Paty. Que, ahora puedo decirlo, fue un día fragmentado, como de piezas de rompecabezas que fui armando.
Me gustaba, sí, era una niña linda. La había visto en las calles, caminando con su palomilla, palomilla que aún la sigue frecuentando, queriendo. Ellos, los integrantes de su palomilla (como es usual en estas historias) llegaron antes que yo a la vida de Paty. Ellos se habían conocido desde que Paty llegó a Comitán, procedente de la Ciudad de México, ciudad donde nació, donde sus papás atendían las paleterías que habían formado. Doña Amelia atendía una y don Roberto atendía la otra. Paty, al salir de la escuela, pasaba a la paletería para ayudar a su mamá, quien iba al departamento a preparar la comida. Paty siempre ha preferido el sabor de grosella, cuenta que comía muchas paletas de ese sabor. Don Roberto hacía unas paletas gigantes, eran tan grandes que cuando Paty las daba a los compradores debía sostenerlas con ambas manos; asimismo, había un congelador lleno de mini paletas, cubiertas con chocolate. Paty cuenta que toneladas de muchachitos llegaban a comprar de esas paletas pequeñitas, porque eran muy baratas y muy sabrosas.
Cuando Paty llegó a Comitán conoció a varios de sus amigos que hasta la fecha tiene, integrantes de su palomilla, que se llama Chusma; luego hizo más amigos en la secundaria y luego en el bachillerato. Cuando yo llegué a su vida, tenía una gran palomilla.
Me gustaba, sí, era una niña linda, delgada, con un carácter muy amistoso. Yo, como hasta la fecha, era antisocial y tímido. Ahora, cuando a Paty le preguntan dice que, la primera vez le caí mal, dice que le parecí un tipo muy alzado (pedante).
Vencí mi proverbial timidez un día que Miguel (en paz descanse), quien andaba con una amiga de Paty, integrante de la palomilla, me dijo que Paty había comentado que no le resultaba tan desagradable mi presencia. Tomé valor y una mañana vi que Paty iba en su Volkswagen amarillo, con cristales traseros abombados y con el Gigio a su lado (Yiyio), que era su mascota, un chucho xoloitzcuintle, y me puse a su lado y pregunté: ¿Qué raza es tu perro? Y ella me contestó, molesta: No sé (qué manera tan tonta de romper el hielo). Pero, bueno, ya había dado el primer paso. El destino hizo que volviéramos a topetearnos otro día (bueno, esto era previsible, era el Comitán de los ochenta, con una población no tan grande). La saludé de lejos, me sonrió. Tomé valor y, como si me urgiera pasar ese examen, le dije que la invitaba a cenar. Ella, por supuesto, puso una cara de ¿Y éste?, pero un minuto después vi que una sonrisa apareció en su rostro y aceptó. ¿Lo imaginás? Aceptó. Yo estaba acostumbrado a que las chicas que me gustaban siempre me decían: Mañana te digo. Yo, no sé por qué grieta sicológica, cuando alguien no aceptaba mis propuestas, me daba media vuelta y jamás regresaba (debe ser porque como hijo único me acostumbré a tener de inmediato todo lo que pedía.)
Paty aceptó. Ese día pasé por ella a su casa (vivía en una casa del barrio de San José). Cenamos en un restaurante que había en los altos de un edificio que servía para reuniones del Club Rotario, al lado del bulevar. Luego la llevé a su casa y le pregunté si podíamos vernos otro día. Dijo que sí y yo volví a mi casa iluminado por dentro. Saqué mi diario y escribí que a Paty le gustaba cenar enchiladas suizas y le gustaba el sabor de grosella.
Posdata: Una vez, ya casados, hace dos o tres años, sin ser experto cocinero, le guisé unas enchiladas suizas.
Durante el noviazgo, proceso lógico, su palomilla me vio con recelo. Como yo soy escaso (insisto, padezco una timidez proverbial) no hice mucho para ser recibido en su grupo. Por fortuna para mí, Paty comenzó a darme espacios, a robarle un poco de tiempo a su palomilla; íbamos a la Rejoya y comíamos allá; íbamos seguido al cine Comitán o al cine Montebello. En ocasiones tuve que ser recíproco y la acompañaba a los bailes donde se topaba con su palomilla; en esos momentos yo volvía a ser un chipote, pero todo se equilibraba a la hora que ella se sentaba a mi lado y me servía un vaso de refresco, pasaba su mano sobre la mía y se quedaba ya todo el resto de la noche conmigo.
Cuando me preguntan cómo conocí a mi Paty, digo que la conocí un día que tiene muchos días. No lo cuento, porque es una historia larga, pero a vos sí te confío algunos destellos de un día memorable.
A veces, en los últimos tiempos, no falta quien dice que Paty y yo somos una pareja ejemplar (nos casamos en el 82). ¡No, por favor! Ella ha sido muy tolerante, ella me quiere y sabe, bien que lo sabe, que yo la quiero mucho, muchísimo, de acá a la luna del espejo, del espejo al reflejo, del reflejo al punto emisor de luz, de la luz infinita. Agradezco a Dios por mandármela, para que me acompañe en este trayecto.
La foto que ilustra esta carta es la de una tortuguita que Paty tejió hace cuatro días. Ella tiene muchos dones, uno de ellos es hacer estas figuritas tejidas. Ella ha tejido nuestra vida en común y la ha llenado con maravillosos colores. Sí, no somos una pareja ejemplar, somos una pareja como millones en el mundo, con alegrías y tristezas, con desavenencias, pleitos, pero todo lo hemos superado. Hemos formado un árbol un poco torcido que tiene muchas ramas donde algunos pajaritos hacen sus nidos y esto nos da mucho gusto.

jueves, 7 de mayo de 2020

CARTA A MARIANA, DONDE ESTÁ LA PRUEBA DE MI OSADÍA




Querida Mariana: Angelita vino a rescatar mi prestigio. Vos siempre has dicho que soy un mentiroso, que jamás navegué en El Sumidero. Pues acá está la constancia. Angelita tenía guardada esta fotografía del día que, en una lancha, hicimos la travesía, desde el embarcadero de Chiapa de Corzo a la cortina de La Presa.
Vos decías lo que decías, porque sabés que no sé nadar y todo lo que sea agua lo miro de lejitos. Yo mismo me sorprendo al descubrirme cada mañana debajo de la regadera para bañarme. El agua me seduce, pero como si fuera el fuego, no meto mi mano porque se ahoga mi dedo medio y luego me quedo sin hacer la Britney señal.
Pero un día fui osado (en realidad, pienso que los amigos no me dejaron opción). Parte de la palomilla fuimos a Tuxtla, para ver un partido del Mundial del 86, en casa de Quique y Alicia (que radicaban allá) y, al día siguiente, con el sabor de una buena velada donde no faltaron los antojitos y las bebidas fuimos a Chiapa de Corzo y, a la mera hora del calor, Quique dijo que hiciéramos el recorrido, él hizo el trato con los lancheros y aportamos el billete que nos correspondía a cada uno. El trato incluía una hielera llena de botes de cerveza, bien fríos (acá no se alcanza a ver dicho contenedor fabuloso).
Así que cuando vine a darme cuenta ya estaba a mitad del Sumidero. Al principio tuve un temor indecible, pero, conforme avanzamos por esa fantástica garganta húmeda, la perfección del lugar canceló mi miedo y dio paso al asombro y a la infinita fascinación por ese portento, modelado por la mano de la naturaleza, soberbia escultora. Comencé a gozar el viaje y abrí la primera cerveza y luego otra y luego otra. Mi Paty me advirtió que ya, que ya estaba bien (me conoce, perfectamente); sabía que con cinco botes era capaz de caminar sobre la cuerda floja de las laterales de la lancha y bailar en el entarimado.
El terror apareció de nuevo cuando llegamos a la cortina de la presa, vi un letrero que daba cuenta de la profundidad. No recuerdo bien, pero en el lugar de las centésimas había un dos. ¡Dios mío!, pensé, si acá se va a pique este lanchón no lo cuento, pero un segundo después pensé que al no saber nadar lo mismo daba que fueran tres metros o que fueran cien, así que pedí otra cerveza y brindé por la vida, por ese instante donde el agua era un manto extenso que parecía alimentar la fascinación.
¡Acá está la prueba!, mi niña. ¡Ah!, Angelita salvó mi prestigio.
Quiero decirte que, por lo regular, yo fui el fotógrafo de la palomilla. Cada vez que salíamos en grupo yo cargaba mi cámara y tomaba los instantes para el recuerdo. En esta ocasión queda de manifiesto que mi temor era tal que preferí agarrar los barrotes de la lancha que agarrar la cámara, por lo que quien no aparece acá es Quique, quien tomó la instantánea.
Al fondo están los dos lancheros, quien controlaba el motor y quien hacía favor de servir las cervezas; en la siguiente línea (como si fuera el agente aduanal de la frontera de Chiapa-Tuxtla) está Javier, con el gran mostacho; luego estoy yo, apenas levanto el pulgar para decir que todo está bien; en la media aparece Roge, también con un mostacho que le da presencia, mi Paty, con lentes oscuros y sombrero, y Angelita, con un brazo sobre el respaldo del asiento; y en la delantera, Alicia, que espera criaturita, y Lety, quien dejó el sombrero sobre al asiento, para recibir por completo el abrazo del Sol.
Y de fondo el espejo de agua del vaso de la presa.
Posdata: Cuando vi la foto un cierto temblor, como de agua, volvió a cubrir mi cuerpo. He visto, en fechas recientes, fotografías de amigos que hacen la misma travesía que nosotros, pero veo que ellos llevan chalecos salvavidas. En la época que nosotros subimos a la lancha, los lancheros (sin duda, hábiles nadadores) no consideraban que dicho chunche fuera necesario.
Dios mío, ¿y si la lancha hubiese dado un tumbo inadecuado provocando una voltereta trágica? ¿Quién hubiera narrado el episodio? Ahora hago mediciones, acá estamos casi casi en el punto central del vaso. ¿Mirás la distancia hacia la orilla? Mis amigos sí son grandes nadadores, pero, ahora pregunto, si la lancha hubiese reunido agua por dentro y la lancha se hubiera hundido, ¿quién habría alcanzado la orilla? Yo, seguro habría alzado la mano, no para responder una pregunta al maestro del salón sino para despedirme de este maravilloso mundo. Ahora pienso que no sólo yo fui el osado, todos lo fuimos. ¿Cómo nos atrevimos a subir a esa lancha endeble sin salvavidas? Quique, siempre líder, nos aventaba al ruedo y nosotros dábamos el paso hacia el primer escalón.
Una vez que con Alicia, mi Paty, mi prima Sonia, Quique y yo fuimos a Guatemala, Quique también me motivó para subir a una lancha y navegar el lago de Atitlán. De nuevo ¡sin salvavidas! No sé qué decir ahora. Esa mezcla de temor y de gozo es algo indescifrable.
¿Ahora? Ahora le digo a Quique que no. Que los veo desde la orilla. Sé que mi Paty se quedaría conmigo. Mientras los demás gozan del viaje por el mar, nosotros, mi Paty y yo, podríamos encargarnos de hacer las carnes asadas, de poner las cebollas al asador, de checar que las cervezas tengan la temperatura perfecta para ofrecérselas a la hora que regresen a la playa. Nosotros, mi Paty y yo, podríamos encargarnos de dar la orden para que la marimba toque diana diana conchinchín, para celebrar el retorno de nuestros intrépidos amigos.
Un día navegué por el Cañón de El Sumidero, como si fuese un intrépido integrante del Pañuelo Rojo; lo hice (acá está la prueba), no lo volvería a hacer. ¿El agua? De lejitos, sólo para beberla, limpia, pura.

miércoles, 6 de mayo de 2020

CARTA A MARIANA, DONDE ESTÁ UN ÁRBOL QUE JAMÁS SE SECARÁ




Querida Mariana: Mi amigo Daladier me envió esta fotografía. Estamos su papá y yo; estamos en su casa: Luz de luna, un espacio que da constancia del espíritu de la familia: apacible, generoso, lleno de aire limpio.
No sé con precisión cuándo fue tomada la foto, pero meses después, don Rafa falleció (Rafael Anzueto García, agosto 2019). Esa mañana platicamos sabroso. Yo no lo conocía ni él me conocía, coincidimos en casa de su hijo. Dos minutos después de habernos presentado me platicaba de su casa y de sus hijos con una gran familiaridad, como si me conociera de toda la vida. Comprobé lo que Daladier me confió de su papá, dijo que su papá era un hombre trabajador de sol a sol, de buena fe, constructor de casas de tierra, madera y teja de barro recocido, agricultor, apicultor, carpintero, colocador de herrajes a los caballos y, de vez en cuando, cantor con su vieja guitarra. ¡Claro!, por esto mi amigo Daladier, en sus años mozos participó en el famoso Cuarteto Vendaval, y, ahora, el nieto de don Rafa, el hijo de mi amigo, quien también se llama Daladier, es un destacado artista que se presenta en escenarios nacionales. Cuando falleció José José, Daladier estuvo presente en el homenaje que México le rindió al Príncipe de la Canción.
Don Rafa estaba lleno de anécdotas, lleno de historias que fluían como fluyen los ríos de la tierra caliente.
¿Ya miraste, querida niña, que atrás de nosotros hay un pino? Digo que esta fotografía fue tomada, tal vez, a principios de 2019. En agosto de ese año, falleció don Rafa. ¿Qué creés? Daladier me mandó, hace unos días, una foto donde está tirado el tronco de ese pino. Daladier dice que el día que su papá falleció al pino le dio por secarse, por morir, también. ¡Qué historia! Ese pino perdió la batalla. No tengo la certeza de saber si su madera pueda servir para algo todavía. La única certeza que tengo es que el árbol llamado Rafael Anzueto García jamás morirá. El viejo de mi amigo murió, pero su tronco y sus ramas siguen, seguirán siempre, alzándose por todos los cielos, por todos los aires.
Y digo que don Rafa estaba lleno de anécdotas, porque contaba que nació en una finca que tenía su papá, don Reinaldo Anzueto, justo en la línea fronteriza entre Guatemala y México. En esa finca, el abuelo de Daladier sembró café. Era feliz cuando veía cómo el valle verde se llenaba de catarinas rojas, que cosechaba y ponía a secar para convertirlas en café. Pero un día (nunca falta), los gobiernos limítrofes realizaron un nuevo trazo de la frontera, mandaron la línea un tantito para allá y un tantito para acá, lo que provocó que (Daladier lo jura) la cocina quedara del lado de Guatemala y la casa grande en México. Don Rafael, desde el corredor de su casa miraba su cocina y el campo donde estaba sus sembradíos de café que ya no era café chiapaneco sino café chapín. Don Reinaldo (es comprensible) lamentó esta situación y cuando se enteró que los agraristas estaban repartiendo tierras en la zona de Comalapa no lo pensó dos veces, se alejó de esa línea torcida que había torcido su destino y se trasladó a Comalapa con su mujer, Serafina García, y sus cuatro hijos: Jesús, Luz, José y Rafael, lugar donde vivió hasta su muerte. Hasta agosto de 2019 a don Reinaldo le sobrevivían sus hijos José y Rafael. Hoy sólo vive José.
Sí, después que Daladier me contó lo del árbol, he visto con atención la fotografía y advierto que tiene un rostro cansado, el tronco tiene muchas cicatrices, muchas arrugas. Los pajaritos ya no se posaban en sus ramas, los pajaritos preferían los árboles vecinos, llenos de hojas verdes, de frutos y de flores, llenos de la savia de la vida. Sí, ese pino ya acusaba cansancio. El día que murió don Rafa se acordó que debía morir y pensó que era buena fecha irse el mismo día que se fue un gran sembrador. Porque don Rafa se dio gusto en esta vida y sembró de todo, sembró cariño y sembró trabajo, mucho trabajo. A mí me encanta la descripción del hijo que dice que su papá fue un hombre trabajador de sol a sol. ¿Mirás qué prodigio, qué bendición?
Y el sembrador también sembró muchos árboles, y con esto digo que sembró mucha vida. Daladier cuenta que su papá, en su terreno de Comalapa, sembró, hace tres años, matas de café, árbol de achiote, dos árboles de cacao, tres de mango, un aguacate, dos neem (algún día alguien me enseñará un árbol de esta variedad y recordaré al papá de mi amigo y a mi amigo mismo). Don Rafa, al lado del aguacate, para que fueran vecinos, sembró un árbol de campanillo, dos pacayas, tres limones (para las cervecitas o las limonadas), dos laureles de la india y un guachipilín. ¡Ah, qué bonito nombre! ¡Guachipilín!
Posdata: Daladier dice que ahora su hermano Rafael corta, tuesta y muele el producto del café que sembró su papá, lo empaca en bolsitas de papel y le pone el nombre de su papá: Café don Rafael. Daladier lo tuesta, lo prepara y lo sirve en tazas de barro recocido y dice ¡salud! ¡Salud en memoria de su papá! ¡Salud en memoria de todos los seres humanos que, como don Rafa, son sembradores! Sembradores de paz, de aromas de albahaca, de papalotes en los aires.
Qué pinche pino tan simpático, se secó el mismo día que don Rafa murió. Acá está la constancia de que un día oxigenó el entorno. Ahora este pino ya no está. Don Rafita tampoco está, pero don Rafita permanece, por siempre, por siempre.

martes, 5 de mayo de 2020

ANTES DE QUE TODO SE ACOMODE (XXII)




Mis papás se casaron en 1955, en la Ciudad de México, ciudad en la que vivía mi mamá, mientras mi papá vivía en Comitán. Mi mamá nació en Huixtla, Chiapas, y mi papá nació en San Cristóbal de Las Casas. Yo digo que mi papá nació cuatro veces (el cuatro era un número amado por Julio Cortázar, el autor literario que es mi consentido). Nació en San Cristóbal, renació en Comitán (lugar que eligió para vivir más de cuarenta años de su vida hasta que falleció), luego tuvo otro renacimiento al casarse con mi mamá, porque mi madre le brindó la patria que él tanto deseaba; y volvió a nacer en Amatenango del Valle. ¿En Amatenango? Sí, a principios de los años ochenta, mis tíos Sonia y Samuel invitaron a mis papás a hacer un viaje a Canadá. Mis papás, como niños traviesos, aceptaron, rompieron el cochinito y prepararon maletas. Mis tíos les pidieron las actas de nacimiento para tramitar los pasaportes. Mi mamá buscó en una carpeta y halló su acta, pero la de mi papá jamás apareció. Mi papá dijo que no, que nunca había tenido acta. ¡Cómo no!, dijo mi mamá, la debiste presentar cuando nos casamos. No, dijo mi papá, para la boda… No llegaron a acuerdo alguno. Lo que urgía era el acta. Mi papá habló con un amigo en San Cristóbal, ¿era posible hacer gestión en el registro civil para obtener un duplicado? El amigo le respondió una semana después y dijo que en el Registro habían buscado en el archivo y no aparecía documento alguno. Entonces fue cuando yo, haciéndome el chistoso, le dije que no había nacido. Mi papá, muy serio, dijo que sí y me lo demostraría. Diez u once días después me dijo que, por favor, al día siguiente lo llevara a Amatenango del Valle, lugar donde mi tío Juan Bermúdez era el párroco principal, era (yo lo había constatado) un sacerdote muy querido por la comunidad. Al día siguiente, muy temprano, nos trepamos al Volkswagen que teníamos, y tomamos con rumbo a Amatenango, pasamos de largo, llegamos a Teopisca, nos detuvimos en el restaurante en el que siempre comíamos (a media cuadra del parque) y pedimos el desayuno. ¡Ah!, qué delicia: frijoles, tostadas, crema, queso, verduritas en vinagre, chorizo, longaniza, tasajo y una buena taza de café. A las diez regresamos a Amatenango, subí por la entrada principal y me estacioné frente al parque. Caminamos hacia la iglesia, ahí mi tío nos esperaba, bueno, en realidad esperaba a mi papá, mientras yo caminaba por las calles del poblado y veía las casas y los patios con flores y a las mujeres que moldeaban el barro para meter las figuras a los improvisados hornos, mi papá y mi tío fueron a la presidencia. Media hora después vi que mi papá y mi tío se abrazaban y se despedían, mi tío me decía adiós con su mano, antes de caminar con rumbo al templo. Mi papá llevaba un papel en la mano. Un metro antes de reunirnos, se detuvo y, como si fuera niño de primaria, tomó el papel con ambas manos y lo puso en su pecho. ¡Sí, era un acta de nacimiento! Documento que le sirvió para tramitar su pasaporte y viajar, al lado de mi mamá y de mis tíos, a Canadá. Mi papá sonrió y dijo: Acá está la prueba de que nací. ¡Ah, viejo genial! Lo abracé, le quité el documento y lo leí en medio de la plaza, con el sol generoso del Valle. El acta tenía el escudo mexicano, tenía la cantidad de Diez Pesos con letras y decía: Para Certificados de las Actas del Registro Civil. Año de: 1917/978, y, a continuación, el oficial del Registro Civil de aquel Valle maravilloso certificaba que en el libro tal, foja tal, halló un acta del tenor siguiente: “Nacimiento de Augusto Molinari Bermúdez… a las diez horas del día 16 de abril de 1917 (fecha real del nacimiento de mi papá)… compareció el C. Ángel Molinari, de cuarenta y cinco años de edad, comerciante y originario de San Cristóbal de Las Casas (dato falso, porque mi abuelo nació en Italia y llegó a México, siendo niño en compañía de su papá Felipe)” Más adelante, el acta consigna el nombre de mi abuela materna: María Bermúdez Ortiz, de treinta y cinco años, y dice que ambos, Ángel y María estuvieron de paso por Amatenango y ahí apuntaron a su hijo Augusto. Aparecen los nombres de los testigos y el documento termina diciendo que “la presente es copia fiel, sacada de su original y a petición de parte interesada se extiende la presente para los usos legales, en el pueblo de Amatenango del Valle, Chis., a 26 días del mes de julio de mil novecientos setenta y ocho y aparece la firma del presidente municipal, quien, al mismo tiempo, era encargado del registro del estado civil.
Todos los participantes de este acto reconocían que no había dolo ni interés malsano, era un acto de buena voluntad. Mi tío confió en mi papá y el presidente de Amatenango confió en el padrecito; y luego yo confié en mi papá, porque mi abrazo le dijo que sí, que había nacido y yo agradecía que fuera mi papá, que hubiera nacido para ser mi papá.
Caminamos otro rato, nos trepamos al carrito y regresamos a Comitán, donde sacamos fotostáticas al documento para que mis papás tramitaran sus pasaportes y las visas para el viaje, viaje que hicieron al mes siguiente.
En la sala de la casa está la fotografía de la boda de mis papás. La foto es bella, parece portada de la revista Hola. Ambos están bellísimos. Mi mamá bien linda, mi papá bien apuesto, con su barbilla partida a la Kirk Douglas, con sus ojos verdes.
Tengo, además, otras fotografías donde aparecen ellos dos, una en donde mi mamá me abraza, yo estoy pichito; otra, donde ellos están en el patio central de mi casa de infancia, al lado de los arriates y delante de un árbol de durazno.
Siempre tuve predilección por las otras fotografías; es decir, siempre hubo algo como un rechazo automático a la fotografía de la boda. Ahora (ya viejo) entiendo mi reacción. El día de la boda ellos son unos verdaderos extraños para mí. Ese día yo no estoy en el mundo, no estoy en la historia, soy parte de la Nada Infinita. Reconozco la belleza y dignidad de ambos personajes, pero nada me dicen. Con el tiempo los reconocí, con el tiempo entendí que en ese instante inició la historia que, en 1957, permitiría que ya no fueran solo dos, sino que tuvieran un hijo que fue como el árbol de tenocté que creció en su patio. Mi papá falleció el 19 de febrero de 1990, pero desde el cuatro de abril de 1957 hasta el día de su muerte yo fui la niña de sus ojos, fui su ángel de la guarda. Ahora pienso que mi papá no sólo nació en San Cristóbal, no sólo renació en el patio de Comitán y volvió a ver la luz en el fogón de mi madre y en el barro de Amatenango del Valle. ¡No! También halló la cinta divina el cuatro de abril de 1957, día en que nací. Ese es mi privilegio. Igual que muchos hombres y mujeres del mundo, reconozco la bendición del destino por haberme dado los padres que tengo. Mi madre, por fortuna, vive a mi lado. Tiene (en 2020) noventa años de edad y sigue siendo la misma muchacha bonita que, el día de su boda, tuvo en sus manos un ramo de flores y un misal.
Mi papá nació cinco veces, el día que yo nací fue una de las veces donde él vio la luz. No lo digo con vanagloria, lo digo con profunda humildad, lo digo para reconocer la grandeza de Dios que me permitió ser hijo de uno de los hombres más buenos de este mundo. ¡Cinco veces! Y es que ya lo dice la conseja popular: “No hay quinto malo.” Lamento que mi papá no fuera gato, a pesar de que siempre tuvo predilección por esos animalitos. Su hubiera sido gato, le restaran cuatro vidas. Pero fue un sencillo ser humano, ¡claro!, especial, porque nació en cinco ocasiones.

lunes, 4 de mayo de 2020

CARTA A MARIANA, CON UNA VENTANA CERRADA




Querida Mariana: Vos me conocés, sabés que soy un hombre de casa. He viajado muy poco y el viaje no es el callejón de mi prioridad. Me encanta estar en casa, acá leo, pinto, dibujo y escribo. Con estos actos de creación construyo mi mundo, mis edificios, mis patios. No obstante, ahora que debemos permanecer en casa, por la contingencia sanitaria, extraño las alas que me permitían salir en cualquier momento del día, ir a la tienda de la esquina, que en mi calle no está en la esquina, sino a la vuelta de la esquina; extraño, cómo extraño, caminar por el parque de Guadalupe, bajar por la calle que lleva directo al parque central de mi pueblo; extraño ver el barandal de un pequeño tendajón, barandal de madera pintado en verde, que es como una pequeña línea entre el vendedor y el que compra, pero que no es más que un pretexto para comprobar que el mundo es mucho mejor sin fronteras, sin restricciones.
Estoy acostumbrado a estar en casa, pero (pienso) si yo extraño la calle, la libertad de caminar por la calle, qué sentirá Javier que todas las mañanas va al café a reunirse con sus amigos, qué sentirá Quique que los fines de semana viaja a su rancho para bañarse en la poza, para caminar por los senderos polvosos donde hacen su relajo las chachalacas y las palomas se posan, orgullosas de sus plumajes y de sus zureos, sobre las ramas de los espinos; qué sentirá Roge, que viaja a tierra caliente, pasa por el rancho Quita Calzón (que fue propiedad de su papá) y llega a Palo María (que ahora es propiedad suya); qué sentirá Memo, quien, frecuentemente, trepa a un avión y va a ver los fiordos de Alaska, o toma vino en Chile, o baila tango en Buenos Aires; qué sentirá Jorge que disfruta treparse a su camioneta blanca cerrada para comprar las botanas que compartirá con los amigos a la una de la tarde; qué sentirá mi Paty que elige la película que vamos a ver a Cinépolis todos los domingos, todos los domingos.
Ahora pienso, más que nunca en doña Elena que se reúne los domingos con sus amigas (de más de setenta y cinco años) para desayunar en el restaurante del hotel Internacional, porque, dice, ahí preparan unos huevos motuleños de rechupete; pienso en don Alfonso, que todas las tardes acude a la ferretería donde los amigos se reúnen para jugar dominó, mientras ven a los que entran a comprar un destornillador, un kilo de clavo de media, un cuarto de cemento blanco.
Ahora pienso en don Sebas, a quien le encanta treparse a su camioneta para ir al río, ese río ancho, enorme, extenso, donde la vista, siempre, se recuesta en la otra orilla. El río es tan ancho que cuando la vista de don Sebas llega a la otra orilla debe descansar un poco ahí, tirarse en la playa, porque el retorno también es agotador, pero sublime.
Pienso en todos los que son felices llevando a sus hijos al parque para que monten sus triciclos y coman una paleta de chimbo, para que refresquen sus ríos interiores. ¡Ah!, qué bellos los ríos de don Sebas, los ríos donde vuelan las garzas, los ríos que llevan hojas secas, que tienen en su seno miles y miles de peces, cientos de lagartos y alguno que otro cadáver de una vaca inflada.
Pienso en los que van al parque a bailar al ritmo de la marimba o van al billar a jugar carambola o pool; pienso en las mujeres, con faldas anchas, que son felices bailando sobre un entarimado; pienso en los que se visten el frac y acuden al matrimonio de la sobrina y beben champaña en la recepción y no regresan a su casa sino hasta después de tomar un caldo tlalpeño, para soportar la cruda, también conocida como resaca. Pienso en los que van a la cancha a encestar o a meter goles.
Pienso en los que salen a vender las nieves, en sus carritos de madera; en las que van al mercado a destazar el pollo, a quitarle la piel a los muslos, a quitarles la cabeza, a poner las patas en montoncitos.
¡Ah!, qué espléndidos los ríos de don Sebas. Siempre, en las otras orillas, a la hora que la noche entra, se dibuja una línea oscura que habla de que ahí hay árboles, casas de palma o casas cubiertas con láminas de zinc; hay monos saraguatos y candiles para iluminar la oscuridad.
Pienso en las casas con ventanas amplias, por donde el viento es un pájaro que aletea sin sosiego; pienso en los hombres que miran con descaro el trasero de la muchacha linda que camina oronda por la banqueta, a la hora que va a la cita del café.
He pensado mucho en las mujeres que, todas las mañanas, escuchan el segundo repique, toman el chal y entran al templo y se persignan, se hincan y esconden su cabeza entre sus manos y piden que, por favor, Dios evite las tragedias, que, por favor, pase pronto la pena.
Posdata: Me conocés, sabés que soy feliz en mi casa. Pero, de un rato para acá, he pensado que sería bueno subir a un avión y viajar a Italia, a la tierra de mis ancestros paternos. Pero resulta que es una idea equivocada, porque ahora no puedo hacerlo. Y entonces algo como un reclamo aparece en el espejo; es un reclamo severo: Debiste viajar cuando el aire era limpio, cuando el vuelo era tan libre como el de las nubes, como el de la risa de doña Arminda, tan exquisito como el bordado de la blusa de la chica de Amatenango. Y entonces regreso a mi realidad, a mi patio querido y abro un libro y viajo a Florencia y me extasío ante la Cúpula de Brunelleschi y recibo el sol que se baña en el Mediterráneo.
Extraño la tarde inclinándose, amorosa, en las buganvilias del bulevar; extraño el pase a gol que manda el niño en la cascarita callejera; extraño la ventana que se ilumina a las siete de la noche en el edificio de enfrente; extraño el árbol donde el niño trepa a cortar jocotes. Sí, niña mía, extraño el baile, la danza, el violín, la tuba, la gubia, la plastilina, el trago de comiteco, el pañuelo en alto, la marimba, la bufanda enredada en tu cuello. Extraño tu mirada reflejada en la mía.
Y esto me pasa a mí, a mí, que soy un hombre de casa. Pienso entonces, ¿qué pasa con los que son hijos de la calle, con los que no pueden vivir sin el abrazo de los otros, sin el abrazo de los amigos, sin la plática en el café, sin la cuerda que sostienen los demás?
Pero sé, todo mundo lo sabe, debo permanecer en casa, debo orar en casa, todo debo hacerlo en casa. Ahora, para todo mundo, la casa es nuestro mundo, el mundo. Si cuidamos nuestro mundo, cuidamos nuestra casa, la casa que es todo el mundo.
Bueno, ¡ya!, sigo en casa, envío esta carta hasta tu casa, hasta tu corazón, que también es como el patio de mi casa.

sábado, 2 de mayo de 2020

CARTA A MARIANA, DONDE SE ESCUCHAN LAS VOCES DE JAIME Y LA DE ÓSCAR




Querida Mariana: Paco Ruiz Vera entrevistó a Óscar Bonifaz, el día miércoles 25 de marzo de 2020, lo hizo en compañía de Gaby y Olivia, hijas del poeta comiteco. Ese día, todo mundo lo sabe, Chiapas conmemoró el cumpleaños 94 de Jaime Sabines, quien nació el 25 de marzo de 1926. Óscar nació el 4 de septiembre de 1925, mismo año de nacimiento de su amiga Rosario Castellanos. Bonifaz nació 6 meses antes que naciera Jaime. Le llevaba un poquito de tiempo, casi nada.
En la entrevista que Paco le hizo a Bonifaz estuvo presente, como un murmullo, el recuerdo de Sabines, porque, los lectores lo saben, es difícil no tener presente a Oliva cuando mencionamos a Buñuel; es difícil que no aparezca Laco cuando mencionamos a Labastida; es difícil que no aparezca Rosario cuando mencionamos a Garduño; es difícil que no aparezca Sabines cuando mencionamos Comitán y es difícil que no aparezca Tuxtla cuando mencionamos a Cancino Casahonda. Hoy, será muy difícil que mencionemos a Bonifaz y no aparezca Sabines, porque, Paco entrevistó a Óscar el día que Jaime cumplió 94 años. La entrevista fue una celebración a la poesía, al creador, al poeta.
No fue casualidad que Paco eligiera esa fecha para la entrevista, Paco, destacado locutor que ha incursionado en la política, sabía que esa mañana se celebraba el cumpleaños de Sabines. Se trataba de unir lazos poéticos; es decir, se trataba de lanzar un hilo de luz entre Comitán y Tuxtla Gutiérrez, ente Horal y un Grito sin espacio; se trataba de dejar constancia de que ambos poetas se enredaron en la juncia de la zona de los Lagos de Montebello, porque Óscar tiene en aquella zona un rancho, que se llama Mónaco; y Jaime tuvo un rancho, muy cerca de Mónaco. El rancho de Sabines se llamó Yuria, igual que el poemario que escribió, poemario donde explicó qué era Yuria: “Yuria no quiere decir nda. Es todo: es el amor, es el viento, es la noche, es el amanecer. Podría ser también un país: ustedes están en Yuria. O bien una enfermedad: hace tiempo que padecen yuria. Yuria es una copa en la que podrían caber otros poemas. Pero es ésta, con este licor maltratado, la que les ofrece Jaime.”
¿Y qué es Mónaco? ¿Qué lugar es ese donde Bonifaz acude de vez en vez y huele el aroma de los cafetos y se baña con el color de las orquídeas que se abren generosas sobre los árboles?
Paco platicó de manera inteligente y sabrosa con Óscar, pero, sobre todo, platicó con las hijas del poeta. Fueron ellas quienes hablaron del padre, y fue el poeta quien habló del hijo y del espíritu santo.
Y, como siempre sucede en las pláticas donde intervienen más de dos, la luz se coló por algunas hendijas que no eran visibles.
Antes, debo decir que Bonifaz tiene un libro que fue publicado en 2017 y que lleva el título de “Entrecasa”. Un título que alude a la intimidad y se aplica a todo aquello que no sale al exterior. Hay, por ejemplo, zapatos de entrecasa, vestidos de entrecasa, diálogos de entrecasa y miradas de entrecasa. Estas sustancias sólo son conocidas por los que están cerca del entorno, los ajenos jamás tienen acceso a esos aromas. La personalidad de Bonifaz es tan de ventana abierta que ha permitido que sus lectores se metan como Pedro por su casa y hurguen un poco en su intimidad (un poco, porque hay cosas donde Óscar es un muro impenetrable). Así pues, cada vez que Bonifaz concede una entrevista hay algún detalle oculto que sale a la luz. Y en esta entrevista, Paco logró un testimonio poco conocido, un testimonio del cual Bonifaz casi no habla, o más bien no habla, nunca lo había hecho. Y en esta entrevista tampoco lo hizo, porque fue su hija Olivia quien contó algo que muy pocos conocen.
Óscar contó lo que todo mundo sabe, lo que ha contado muchas veces: Él fue el fundador de la Casa de la Cultura en Comitán, la primera casa de la cultura de todo el estado de Chiapas. ¡Nadita! Y contó cómo, cuando el edificio quedó vacío, porque quienes lo ocupaban, estudiantes y maestros y conserjes y personal administrativo de las escuelas secundaria y preparatoria, lo abandonaron y pasaron a sus nuevos edificios, él tomó posesión del inmueble y creó talleres artísticos, con el apoyo de maestros de música, de danza y de teatro. El maestro Homero Guillén Recinos impartió las clases de pintura, la maestra Dominga Gómez de Coss las de danza y Óscar impartió teatro. Así, de manera modesta, pero grandiosa, Comitán tuvo su casa de cultura. Y Óscar contó que al gobernador de ese entonces, Manuel Velasco Suárez, le fueron con el chisme de que alguien se había adueñado de un inmueble propiedad del estado y en un viaje que el gobernador hizo a Comitán, llegó a amenazar a Bonifaz de meterlo a la cárcel por posesionarse de un edificio del gobierno, pero cuando Óscar contó la historia y contó cuál era el objetivo, el gobernador no sólo no lo envió a la cárcel, sino que lo nombró director de la casa, extendió nombramientos a los otros dos maestros y donó un viejo piano que era propiedad de una de sus hermanas.
Hasta ahí la historia conocida, hasta ahí el reconocimiento a Bonifaz por haber fundado la primera casa de la cultura de Chiapas, pero fue cuando (¡ah, maravilla de maravillas!) Olivia contó una historia de entrecasa que da sustento al hecho de que Bonifaz siempre ha considerado su casa a la casa de la cultura, porque no sólo fue casa para el pueblo sino también casa para él y para Olivia. Olivia contó que en una época de la vida, un lapso apenas, ella y su papá vivieron en la Casa de la Cultura. ¿Qué? Sí, ellos pasaron sus tiliches personales a la casa y la convirtieron en su residencia.
Olivia contó así la anécdota: “Por circunstancias de la vida, estábamos viviendo mi papá y yo en la Casa de la Cultura; estábamos viviendo en los camerinos. Eso era muy poético; para mi papá era un poco dramático, pero él lo convirtió todo en aventura. Entrábamos a dormir a los camerinos y me decía: a ver cuántas ratas contamos, a ver quién gana, ¡el que cuente más ratas!”
Jamás Bonifaz había contado este detalle de entrecasa. Olivia lo contó y dijo que ella tenía en ese tiempo 13 o 14 años de edad. Era una cumusita.
Esta anécdota sensacional fue narrada el día que Chiapas y México todo celebraban el cumpleaños de Jaime.
La historia da para mucho. Tal vez Olivia un día escriba esta historia apasionante. Velasco Suárez no estaba tan equivocado, Bonifaz se había posesionado del edificio. Por “circunstancias de la vida”, a los camerinos los convirtió en habitación para su hija y para él. Parece que Óscar no tuvo más espacio para dormir, así que improvisó una recámara en los camerinos y ahí convivió con su hija. El camerino que continuaba con su vocación original durante la mañana, por obra y gracia de la magia del director de la casa de la cultura y director de teatro se convertía en una habitación.
Todo quedaba entrecasa. Todo era parte de la casa. A nadie se le hacía daño. Al contrario. Se estaba formando una estrella más para la historia de este pueblo. Porque si en este pueblo se fundó la primera casa de la cultura de Chiapas, en esa casa se creó la historia fascinante donde un camerino servía de habitación del director y su hija en las noches. Sólo Olivia tiene el registro preciso de ese tiempo, tiempo en que (uy, qué miedo) al acostarse sobre una cama improvisada miraba correr un ratón trapecista por un travesaño.
Adió jodido, si el presidente de la república tiene su habitación en el Palacio Nacional, ¿por qué no Bonifaz iba a tener su habitación en la casa de la cultura que él había creado? Juárez y su familia vivieron en palacio nacional; López Obrador y su familia viven en palacio nacional; Óscar Bonifaz y su hija Olivia vivieron en la Casa de la Cultura. ¡Qué historias! Por eso, muchas personas reconocen que Bonifaz es único, porque sus historias vuelven único a Comitán. ¿Hay historias semejantes en el mundo? Sí, pero no son comunes, son historias extraordinarias.
Olivia vivió el mundo del teatro desde las entrañas, detrás de bambalinas, oculta en las piernas del escenario. Dice que “por circunstancias de la vida” llegó al camerino y ahí durmió. Este relato, esta confesión pública, esta declaración de entrecasa, apuntala lo que ha sido la vida de Bonifaz: una vida llena de circunstancias.
Desde su negocio (que estaba contra esquina del edificio de la secundaria y preparatoria) vio que el edificio había quedado desierto, sin uso. Decidió tomar el edificio y volverlo un instituto cultural. Eso no fue más que una circunstancia de la vida. Bonifaz no ha hecho más que convertir al mundo en su casa. Vive a sus anchas en las calles y duerme al amparo de los cielos llenos de estrellas.
Posdata: Sólo la intimidad lograda por Paco Ruiz Vera (quien le profesa una estimación especial a Bonifaz) permitió que Olivia narrara este histórico y luminoso pasaje de la vida del poeta. Esto fue narrado el día del cumpleaños de Sabines. ¡Ah!, qué alegre guateque, qué luminoso, qué lleno de argüende sabroso.

viernes, 1 de mayo de 2020

ANTES DE QUE TODO SE ACOMODE (XXI)




Nací en una casa que está a media cuadra del parque central de Comitán. Esa casa tenía un sitio generoso (mi escasa edad lo veía como un gran territorio, donde yo jugaba soldados y carritos que transitaban por carreteras hechas con arena y piedras.) La calle donde estaba mi casa de infancia, ahora (en 2020) es la calle central poniente, pero cuando yo nací era la 8ª. calle y el número de mi casa era el 10, ¡ah!, qué bonito número, qué redondo, qué inspirador. Si en la escuela no alcanzaba el diez que mis papás esperaban, yo no me preocupaba pues ¡vivía en el diez!
En el libro “Comitán 1940”, de Armando Alfonzo Alfonzo, el autor dibujó un croquis del Comitán de ese tiempo. Se aprecia que la nomenclatura de entonces iniciaba con la primera calle en el barrio de La Cruz Grande, bajando llegaba al parque central (8ª. calle) y por la Pileta asomaba la 18ª calle. La primera avenida aparecía por la carretera (la que ahora es el Bulevar de La Federación), la que llegaba al parque central era la 6ª. avenida y bajaba hasta El Cedro, donde aparecía la 14ª avenida. Este era el Comitán de 1940, para 1957 ya había crecido, pero la nomenclatura continuaba, sólo se agregaron las calles donde hubo expansión.
Mi mamá y mi papá se casaron en 1955, en la Ciudad de México; mientras estuvieron de novios, tuvieron una relación epistolar. Mi mamá, amorosa, conserva gran parte de esa correspondencia, con la letra pulcra, limpia, casi hermosa de mi padre. Mi mamá vivía en una casa que sus papás le habían comprado (mi abuelo Enrique Torres Chirino y mi abuela Esperanza Córdova Alfaro), era el número 246, de la calle de la vid, en la colonia Santa María; y mi papá vivía en Comitán, en la casa 10 de la 8ª calle, casa donde mi papá era arrendatario de la casa propiedad de doña Esther Rovelo vda. de Esponda, quien, en ese tiempo, vivía en México. Doña Esther le había dado en renta la casa a mi papá con una condición: había un cuarto que no debía abrirse nunca. En ese cuarto, doña Esther guardó parte del menaje de su residencia. En una ocasión llegó doña Esther, abrió el cuarto secreto y ordenó a dos muchachos que sacaran algunos objetos. Alcancé a ver sillones forrados de tela fina, espejos con marcos dorados, bibelots franceses, libros con encuadernación de piel y, ¡maravilla!, una caja con correspondencia que, magnánima, la señora me permitió ver, para que observara la belleza de los grabados de los sellos, que eran, sobre todo, sellos postales de Inglaterra, Francia y Alemania. “Pero sólo los ves”, dijo imperativa, y yo asentí, y como si tocara hostias o cristales fragilísimos, fui pasando sobre tras sobre, disfrutando la belleza de esos timbres. Años después me volví filatelista, el maestro Temo Torres me aceptó como integrante de su club de filatelia y ya pude tener una carpeta con sellos de mi propiedad. Recuerdo que mi colección no fue temática, sino que la diseñé por países, y en las primeras páginas coloqué los sellos postales de Inglaterra, Francia, Alemania y México, sin duda que en feliz memoria de aquel instante en que doña Esther me permitió ver los sellos de su correspondencia, correspondencia que, tal vez, era de los años veinte del siglo XX. No lo sé.
Doña Lolita Albores, quien nació mucho antes que yo (ella nació en 1918) vivió en una casa que estaba en la 5ª. avenida (que hoy es la avenida primera poniente norte). Ella, en su libro “Así te recuerdo Comitán”, publicó un texto que escribió en 1954 que se llama “Quinta avenida”, y luego, en 1980, escribió un texto que se llama “Ya no eres la misma mi quinta avenida”, donde hace un ejercicio comparativo, entre la avenida de 1954 y la de 1980. Ella, en el texto de 1954 dice: “Naces del seno de la Cruz Grande / y atravesando la población, / pierdes tus curvas mal empedradas /allá en las simas de la labor”.
La labor era un espacio destinado para ser basurero y estaba a una cuadra de la actual casa de doña Rosita de Cristiani.
En el texto de 1980, doña Lolita escribe: “Ya no eres la misma mi quinta avenida / ya no eres la misma de mi Comitán, / has cambiado en número, eres la primera, / y en radio te llaman calle comercial.”
Alguien, en algún momento, puede hacer un ejercicio para actualizar la información que la cronista de Comitán dejó: ¿Cómo ha cambiado la avenida donde ella creció, de 1980 a 2020?
Si hago un ejercicio mental, mi calle, de igual forma ha cambiado en su nomenclatura, pero puedo asegurar que las casas, sobre la banqueta izquierda, siguen casi intactas en sus fachadas. La casa que más transformaciones ha sufrido en la fachada y en el patio central es la casa donde crecí. La fachada de mi casa tenía dos balcones, ¡dos! Eso me permitía acercarme, desde lo alto, a ver el espectáculo de la calle que se armaba todos los días para mi disfrute. Yo conocí a las canasteras de este pueblo (mujeres que llegaban de comunidades rurales cercanas a vender frutos y verduras cosechadas en sus parcelas), por sus voces que, en cantadito comiteco, ofrecían en el zaguán: “¿merca’sté chayotíos?”, y por sus aureolas, porque las veía desde arriba, desde los balcones, siempre veía sus manos sosteniendo los canastos de palma tejida, con chayotes, ejote, calabazas, jocote y tostadas. Las veía desde mi altura; a veces vi a algunas mujeres que venían del Río Grande, con sus canastos sobre el yagual, y tejían, amorosamente, el pechulej. Era un espectáculo ver ese acto prodigioso: el canasto sostenido en perfecto equilibrio y las manos, siempre activas, tejiendo la palma, mientras caminaban las calles del Comitán de los años cincuenta.
Ahora, mi casa ya no tiene los dos balcones donde dejé prendido mi asombro de niño. El propietario, don Juanito Torres, mandó a quitarlos y (por la altura de la casa) abrió tres locales comerciales, que ahora tienen cortinas metálicas; además vendió la fracción lateral izquierda del zaguán, lugar que ahora, faltaba más, también es un local comercial; y, en el patio central, sus herederos levantaron un enorme salón que funciona para talleres de yoga. El patio central ya no tiene la majestuosidad de antes, el sol ya no se regodea en los arriates, ahora choca contra un techo de láminas de asbesto. La necesidad obliga a hacer cambios. Es imposible detener los tsunamis del cambio.
Pero, digo, las dos casas que estaban al lado de la mía siguen casi intactas, casas majestuosas, con sus balcones y sus portones señoriales. Las casas de las hermanas Fuentes Domínguez y de doña Yoli Gordillo de Castellanos poseen el mismo buqué de mi infancia. Por fortuna siguen ejerciendo su delicada vocación de residencias particulares. Cosa que no sucedió con la banqueta de enfrente. La mayoría de casas que, en mi infancia, también fueron casas habitación, ahora son locales comerciales y han sufrido el corte de sastre que improvisa los trajes para hacerlos a medida de las necesidades y no a medida del gusto.
Fui un niño comiteco privilegiado: gocé de una casa con patio central, cuatro corredores, muchos cuartos y un generoso sitio (casa de una familia con apellidos de abolengo en el pueblo: Rovelo y Esponda), y, además, tuve el parque central a media cuadra. El parque, en muchas tardes, fue como el sitio donde jugaba, por eso, desde entonces, supe que el pueblo era mi casa y el parque central ¡mi patio de juegos! Así lo sigo viendo, mi casa es todo el pueblo y cuando voy al parque central juego, juego mucho.