viernes, 14 de agosto de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN PRESENTE




Querida Mariana: Vengo con otra bobera: ¿Por qué a un regalo se le llama presente? ¿Es porque existe en el momento que se da? No lo sé. Cómo dice el personaje de Derbez: ¡Que alguien me explique!
El otro día recibí un mensaje por inbox, de mi tío Andrés, decía que me había mandado un “presente”, por mensajería. Ya lo recibí. Es un libro, un libro que perteneció a su papá y que habla acerca de la Historia de Chiapas.
A la hora que abrí el paquete y vi lo que era, recordé lo que el tío había escrito y jugué con la idea de recibir un presente que hablaba del pasado; y pensé que todo presente (hablando de obsequios, de regalos) tienen algo de pasado, aun cuando se reciban en un instante presente. Todo es así. Todo objeto, todo chunche, está hecho de retazos del pasado; es decir, el auto nuevo que el papá da como presente a su hija que cumple quince años, está formado por piezas que fueron ensambladas no en el instante presente, sino en momentos pasados. Digo, pues, que todo es así. Nuestra vida presente está cargada de hilos con historia.
Instalado en la duda entré al Internet para ver el origen de la palabra presente, a ver si por ahí descubría por qué a un obsequio se le llama presente. Y volví a pensar en algo bobo: Buscaba en el pasado el origen de un concepto que aludía al instante actual. Y corroboré lo que dije líneas anteriores. ¿Mirás, niña? Ya nos han explicado los que saben: Apenas vivimos el instante presente se convierte en pasado. Pucha, qué materia tan vaporosa el presente.
No sé si por eso a mí nunca me han causado emoción “los presentes”. Yo puedo vivir perfectamente sin obsequios. Tal vez, porque, de igual manera, sé que los chunches se deterioran, no tan rápido como el instante presente, pero conforme se llenan de pasado se hacen talco.
Antes, lo hemos comentado, los chunches duraban más; ahora, todo es desechable. Los grandes fabricantes crean los objetos con materiales perecederos y a la hora que prendés una televisión se pone negra la pantalla o tenés una computadora que tarda mil horas en prender.
No queda más que salir a comprar un chunche nuevo, uno que tenga las actualizaciones, porque el que tenías ya era un chunche caduco, inservible. El presente de los presentes ya viene contagiado con la plaga del óxido.
La página que abrí dice que la palabra presente viene del vocablo latino “praesens” y que tiene muchos usos. Sí, pues, uno de esos es el de obsequio. Presente se usa para señalar algo relacionado con el tiempo. Incluso todos recordamos que una de las conjugaciones verbales es precisamente el tiempo presente, ya luego viene el pasado y el futuro y una serie de ramas que contienen algunas tan simpáticas como esa que se llama futuro pluscuamperfecto, que, según la misma página, significa ¡más que perfecto! Pucha, no sé si alguna vez tu novio te ha dicho que sos pluscuamperfecta, pero yo te lo digo.
No hay una explicación precisa de lo que menciono. Lo que hallé dice que se le llama presente a un obsequio, porque se recibe en nombre de alguien que se hace presente. Así pues, cuando recibí el libro que me envió el tío Andrés, la imagen del tío ¡se hizo presente!
Y digo que no me gusta recibir presentes, porque, por experiencia, termino extraviándolos o mandándolos a la bodega, por estorbosos, y esto me provoca cierta desesperación. Tal vez, digo que tal vez, el único presente que recibiría con agrado y daría gracias al benefactor, sería el obsequio de un terrenito con casa en un bosque lleno de pinos, casa con todas las comodidades, no vayan a salir con chozas románticas mal hechas. Y digo esto, porque eso me garantizaría no extraviar el presente, sino tenerlo apresado cada mañana a la hora de tomar mi té de limón, sentado en el corredor, mirando el cielo y los pájaros, respirando el aire y el aroma de la juncia.
Posdata: ¿Me querés dar un presente? Pintalo con azules del cielo comiteco, con amarillos chinculguaj, con blancos tenocté, con cafés de nuégados bañados en panela, con rojos temperante y con el verde de tu esperanza infinita.

jueves, 13 de agosto de 2020

CARTA A MARIANA, CON UNA FOTO SENSACIONAL




Querida Mariana: ¡Mirá qué foto más bella! Es una fotografía que pertenece al Archivo Fotográfico del Doctor Mario Nandayapa. En la foto dice: Nadayapa, pero, es un error de dedo, porque el apellido del poeta y destacado investigador chiapaneco es Nandayapa. En realidad, Nandayapa es su apellido materno, porque Mario es Aguilar, por su apellido paterno, pero eligió el apellido de su mamá para firmar su obra literaria y académica. El poeta chiapacorceño es hijo del fallecido maestro Mario Aguilar Penagos, Premio Chiapas 1998.
Va, después de este paseíto por el cayuco genealógico de mi amigo Mario, regreso a lo que decía: es una foto bella, ¿verdad?
Sí, ahí está Rosario, envuelta en un chal blanco, sentada en un butac, con los piecitos entrecruzados, como si, en lugar de hacer changuitos con los dedos de las manos, hiciera changuitos con los pies, para que se cumplan sus deseos.
Sabemos que está en el patio central de una casa de San Cristóbal de Las Casas, en compañía de Carmen Haro y los hijos de Carmen: Armando, Agustín y Toño Duvalier Haro. ¿Te dice algo el apellido Duvalier? Por supuesto, es el apellido del poeta Armando, quien, igual que el papá de Mario, igual que Rosario, obtuvo el Premio Chiapas.
¡Pucha, qué racimo de intelectuales aparecen en esta lectura!
Rosario no eludió su nombre de destino, porque ella firmó sus obras con el ahora famoso Rosario Castellanos, y Castellanos (lo sabe medio mundo) fue el apellido de su papá, don César.
Y digo lo anterior, porque ya comenté que Mario Nandayapa se llama Mario Aguilar Nandayapa, según el acta de nacimiento que, sin duda, conserva en su archivo personal, y ahora me entero que el poeta Armando Duvalier, en realidad, se llamaba Armando Cruz Reyes.
Uf. Qué enredo. Pero, sabemos que los artistas son seres especiales, y algunos son más excéntricos y extravagantes que otros.
Duvalier fue el poeta alquimista y formó parte del grupo de poetas que se llevaron todos los Premios Chiapas: Jaime Sabines, Rosario Castellanos, Enoch Cancino Casahonda, Óscar Bonifaz y Mariano Penagos (mirás, no nos va mal en el recuento de paisanos ganadores del Chiapas: ahí están Bonifaz, Penagos y Castellanos.)
La foto es bella, el menor de los hijos de Duvalier, el que está al lado de Rosario, parece a punto de correr, no lo hace, porque las manos de Rosario lo detienen; la esposa de Duvalier, muy modosita, apoya su mano en la parte superior del asiento y está pendiente de las indicaciones del fotógrafo, quien (Mario debe saber) es el mismo poeta Armando, quien acomodó a su familia para tener el recuerdo infinito al lado de quien comenzaba a despuntar, en la historia de la literatura de Chiapas, como un bellísimo árbol de tenocté, que da flores del mismo color del chal.
Mirá qué belleza de patio cuadriculado. En las hendijas que se forman en el entramado de los ladrillos crecen líneas de hierba, tan tenues como vellos de pubis de chica en la pubertad.
¡Qué foto tan bella! Qué patio tan generoso, tan de tiempos sublimes. ¡Qué belleza de pilares de madera, de corredores húmedos, de macetas de barro, de arriates delimitados con ladrillos delgados y frágiles! ¡Qué espacio tan armonioso, tan lleno de flores, de árboles discretos, de ramas que apenas cortan el aire!
El corredor tiene dos coquetos escalones. Pienso que los cuartos y recámaras estaban en altito, para evitar inundaciones en tiempo de lluvia.
Digo que en esta fotografía sólo falta el colibrí libando miel de las flores que están detrás del grupo fotografiado. Digo esto, porque no se escucha el aleteo de tap tap, ni se escucha el tamboreo de un ronrón. No. Esta fotografía tiene los labios cerrados, como los tiene el hijo mayor del poeta Duvalier. Para no interrumpir el vuelo de ese pájaro misterioso, Rosario detiene al hijo menor de Armando. Seguro que cuando el fotógrafo dijo que ya había quedado la toma, el hijo mayor fue a sentarse, solitario, en las gradas del corredor; el hijo intermedio se quedó parado en la misma posición, y el hijo menor salió corriendo, como cachinflín, hacia el otro extremo del patio. Rosario se puso de pie y algo comentó con Armando Duvalier, teniendo de testigo a Carmen Haro, quien sólo cambió la posición de sus brazos cuando los cruzó.
Posdata: Esta foto es un tesoro. Te la comparto, porque es una foto poco conocida. Sé que estarás contenta al verla. A mi amigo Mario no le pedí permiso para compartirla. Él es generoso y sé que no le molestará que tengás copia de esta parte de su archivo en tu corazón. Pienso que en el Museo Rosario Castellanos no tienen esta fotografía; pienso que sería bueno integrarla al archivo (claro, con los consiguientes créditos de la fuente original).
Va. Ya me despido. Es una foto bella. Un bello instante de la vida de nuestra Rosario.

miércoles, 12 de agosto de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN PATIO LLENO DE LUZ




Querida Mariana: Continuamos con el juego de la imaginación, con el juego de ARENILLA-Video: “Imaginá que te llamás”.
Un amigo me preguntó qué debía hacer para participar en este juego. Le dije que bastaba ponerse a jugar. Este juego abre mil posibilidades. Claro, le dije, si querés jugar y aparecer en público para que lo vea medio mundo en redes sociales, a través de nuestra página de ARENILLA, entonces, debés alzar la mano y nosotros te enviamos las dos preguntitas, porque este patio es un espacio abierto a todos. ¿Algo está prohibido en este juego? ¡Nada! La imaginación es el límite. Sólo pedimos evitar palabras altisonantes, no porque seamos muy modositos ni persignados, lo pedimos para que los administradores del Facebook no lo sancionen.
En fin, en este maravilloso juego tuvimos la participación del maestro José Hugo Campos Guillén, reconocido educador, querido por muchos alumnos y ex alumnos, rector de la Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar y representante legal de la Asociación del Colegio Mariano N. Ruiz; además, y vos sí estás para saberlo, porque te interesa todo lo de mi vida, el maestro es mi jefe y amigo. Lo ha sido por muchos años. Es mi privilegio. Vos sabés que yo he laborado en la Mariano desde hace muchos años. Mi querido maestro Jorge Gordillo Mandujano me dio la oportunidad de laborar en el colegio, así que él fue mi primer jefe, tiempo donde tuve como guía al padre Carlos, fundador de la institución; luego tuve como jefe al maestro Manuel de Jesús Nucamendi Pulido y ahora al maestro José Hugo. Todos han sido bellísimas personas conmigo, por esto amo mi trabajo y me siento muy a gusto en la institución. Bueno, bueno, basta de melcocha personal, vamos a lo que el maestro José Hugo dijo en el jueguito que aceptó.
Al maestro José Hugo Campos Guillén le preguntamos: Imaginá que te llamás patio escolar, ¿alumnos de qué nivel escolar te gustaría recibir, y por qué?
Él, aplicando siempre la máxima de que lo breve es placentero (brevis et placebis) respondió lo siguiente:
“Si yo fuera patio escolar me gustaría recibir a los niños de kínder, porque sus sonrisas, brincos y juegos iluminan la existencia de la escuela.”
Ah, los niños de kínder. ¡Qué alegría! Todo mundo ha sido testigo de ese prodigio, o bien, porque estudió en un kínder, o porque ha visto, en algún momento, un patio escolar. Todo mundo sabe que el patio escolar es generoso con la vida, porque ahí se desparraman las risas, las carreras y los juegos de los niños. El patio escolar siempre está ahí, mientras los alumnos reciben clases en los salones, los patios escolares reciben la lluvia y los rayos del sol, ¡el aire!; y cuando la campana (o chicharra) suena, el patio se llena de vida humana. En ese instante, el patio escolar cumple su máxima misión: ser el espacio común para el disfrute; y así lo corroboró el maestro José Hugo, cuando le preguntamos: imaginá que te llamás patio escolar, de todo lo que te sucede, ¿cuál es la actividad que más te gusta y por qué?
El maestro (quien grabó los videos en el corredor de su casa particular, sentado en un sofá amplio, teniendo en sus brazos a su chuchito consentido: “El Canti”) respondió lo siguiente:
“El sonar de la campana, que invita a los niños al recreo, donde despiertan en su entorno para recibir al sol, al juego, al amigo y al alimento que ilumina el espíritu de la vida misma.”
Posdata: Jugamos al Imaginá que te llamás. Invitamos al juego de la imaginación. Invitamos a que todo mundo juegue con la palabra, a que formemos una comunidad inteligente, propositiva. Es como una especie de chisme, ¿a poco no?, pero un chisme constructivo. Por eso, digo yo, si alguien quiere participar con nosotros para que lo compartamos en las redes sociales, que levante la mano y con gusto le enviamos sus dos preguntitas y anotamos su participación en nuestra lista de difusión.
¡Juguemos! El juego, dijo Mario Vargas Llosa, que dijo Johan Huizinga, en el libro “Homo Ludens”, es la columna vertebral de la civilización. ¿Mirás? ¡La columna vertebral de la civilización! Así pues, para que nuestra columna no esté inclinada, como la Torre de Pisa, ¡juguemos! En tiempos que los patios escolares, por la contingencia sanitaria, han quedado vacíos, juguemos en los patios particulares y los convirtamos en espacios comunes, de todos, para todos.

martes, 11 de agosto de 2020

CARTA A MARIANA, POR ENCIMA DEL SUELO




Querida Mariana: Hay una compañía de avionetas que ofrece vuelos sobre la ciudad. ¿Has visto alguna fotografía a vista de pájaro? Los fotógrafos de los años sesenta trepaban a una avioneta y, como si fuesen equilibristas, hacían prodigios para regalarnos vistas aéreas. Ahora, con esos chunches tecnológicos que se llaman drones logramos tener imágenes inéditas. A mí me encantan esas fotografías tomadas desde arriba. Jamás, jamás, en nuestra vida podríamos tener esa forma de ver los pueblos, a menos que, ya lo dije, nos trepemos en un helicóptero o a una avioneta y le demos una vueltita a Comitán desde el aire.
El otro día vi una fotografía que subieron a redes sociales, tomada desde una avioneta. ¡Ah, qué imagen tan bella! Ahí se logra ver el templo del Calvario, el palacio municipal, el parque central, el templo de Santo Domingo, el Centro Cultural Rosario Castellanos, la techumbre del Teatro de la Ciudad y la de lo que fue el Cine Comitán y, a lo lejos, el templo de San Caralampio, con su imponente ceiba. La vista se desparrama con prodigalidad y llega hasta los terrenos de la Ciénega y la cadena montañosa que es como una bardita para este jardín comiteco. Ah, olvidaba decir que en la parte inferior de la fotografía aparece la casa de mi infancia, con su patio central que ahora está ocupado por un cuarto que ahí edificaron, y con el estacionamiento que funciona donde fue el sitio de la casa y que fue el lugar donde acudía para jugar a los carritos y a policías y ladrones cuando llegaban los amigos. Ahora llegó a mi mente una frase que decía con frecuencia: “El que a hierro mata a hierro muere”, la decía cuando tenía amarrado al delincuente y estaba a punto de darle su merecido. Sin duda que esta frase la retomé de alguna película que vi en el citado Cine Comitán. Porque el sitio de la casa se convertía en un set donde imitábamos lo que en el cine veíamos. Juan Carlos Gómez platica que cuando su mamá le indicaba que hiciera un mandado, él se trepaba a un caballo imaginario, y, como Hopalong Cassidy, cabalgaba hasta la tienda de la esquina. Lo mismo hacía yo con mis amigos, en el sitio de la casa, imitábamos a Tarzán o a Santo, el enmascarado de plata. El maestro Temo dice que, con su palomilla, hacía funciones de títeres en el sitio de la casa, eran funciones donde invitaban a los vecinos y cobraban la entrada. Mis amigos y yo sólo nos divertíamos, era parte del juego.
Vi la fotografía aérea y me sentí gaviota, papalote. Luego pensé que ese mismo privilegio tienen los ángeles, pero ahí sí reculé, supe que te botarías de la risa si comentara que me sentí ángel.
En realidad, el destino de los seres humanos es ser simplemente eso: hombres y mujeres con los pies en la tierra. Nuestro destino no pasa de ahí, ni somos ángeles, ni demonios. La tradición católica nos impuso la imagen que el territorio de los ángeles es el cielo y los dominios de los demonios son el subsuelo. El mundo de la bondad está definido por un ángel parado, casi levitando, sobre nubes; y el mundo de la maldad está signado por un demonio, con tridente, y cola de iguana parda, parado al lado de lagunas llenas de flamas. Por eso digo que nuestro destino no es ni el cielo ni el subsuelo, no pasamos del piso, del piso de tierra.
Por eso, cuando veo una fotografía aérea algo como un cachito de nube aparece en mi espíritu. Doy gracias al fotógrafo que se trepó al helicóptero o al fotógrafo que invirtió en un dron y que comparte ese ojo que, como ojo de ángel, levitó tantito y luego bajó para compartir lo visto, lo admirado, lo que nosotros, simples mortales, jamás lograríamos ver en condiciones normales.
Vi el parque central con su kiosco al centro, rodeado de árboles recortados en sus frondas como si fueran nenúfares sobre el agua del aire; vi la fachada amarilla del templo de El Calvario y, por la hora en que fue tomada la foto, la puerta estaba abierta para recibir los pasos de los fieles; vi el techo de lo que fue mi casa de infancia, la casa donde nací, donde crecí, donde dije esa frase que debe grabarse con letras de oro sobre el muro principal del cielo: “El que a hierro mata, a hierro muere.” El techo sigue siendo el mismo que la casa tuvo cuando viví ahí: láminas de zinc, que han resistido el paso del tiempo, láminas oxidadas, por el agua de tantas lluvias que ha recibido.
Posdata: ¡Ah!, vi el techo de dos aguas de lo que fue el Cine Comitán, y pensé que compraba un boleto, lo entregaba a la entrada, compraba una orden de tacos con doña Lola, que atendía la dulcería, me sentaba en una butaca de madera, pintada en color rojo, y veía una película de Superman que sobrevolaba Nueva York, mientras yo, niño comiteco, sobrevolaba mi pueblo y miraba el laberinto del terreno del Hotel Delfín que tiene dos accesos, uno frente a mi casa de infancia y otro frente al parque central, frente al árbol tallado.

lunes, 10 de agosto de 2020

CARTA A MARIANA, DONDE SE DA UN PASO



Querida Mariana: Si me ponés frente a Juan Rulfo y a Fernando Del Paso, me voy con Fernando. Sí, hablo de la obra literaria. ¿Pedro Páramo o Palinuro de México? ¡Palinuro!, mil veces, bueno, no mil veces, pero sí novecientas noventa y nueve.
Si yo fuese integrante de la Academia que entrega el Nobel de Literatura preferiría (en caso de que ambos estuviesen vivos) hallar el nombre de Fernando Del Paso entre los candidatos, que el nombre de Juan Rulfo.
Sí, sí, ya sé que si esto lo digo en público, más de dos apasionados dirán que blasfemo, ¿cómo me atrevo a echarle polvo a Rulfo, gloria literaria de este país?
Es una opinión personal, es cosa de gustos. A mí no me gustan las historias donde aparecen fantasmas o espíritus demasiado solemnes; si se trata de historias donde aparecen fantasmas deberían ser como las del divertido fantasma de Canterville, de Wilde. Pero, bueno, sé que nuestra idiosincrasia mexicana nos impele a contar historias de espíritus trágicos; pero el carácter del mexicano también está imbuido de lo otro, del lenguaje cachondo y genial con el que juega Fernando.
En fin. Insisto es una apreciación personal, que no pretende polémica, sólo digo que a mí, ¡a mí!, me gusta más la literatura de Del Paso que la de Rulfo, sin dejar de reconocer la genialidad de este último, sobre todo en algunos de sus cuentos. Y ya ¡tan tan!
Pero digo esto, porque ahora estoy releyendo una novelita breve, sencilla, de Del Paso: “Linda 67. Historia de un crimen.” y ahí encontré las siguientes líneas: “…Chuck comprobó una vez más que Estados Unidos se estaba volviendo un país de monstruos. De todas las razas y edades: anglos, mulatos, chicanos, hombres y mujeres, adolescentes, que pesaban ciento veinte, ciento cincuenta, doscientos kilos. Junto a ellos él, el gordo Chuck, se sentía esbelto.”
¿Mirás? USA, un país de monstruos. Y pensé (pero igual, sólo es una chaqueta mental mía), que si el país vecino ostenta el primer lugar en fallecimientos por covid-19 puede ser (sólo digo que puede ser), que el nivel de contagios ha sido exponencial, pero que ha afectado a una población obesa. Sí, USA es, de igual manera, el país que ostenta el primer lugar en comida rápida, una comida que forma legiones de obesos. No digo que esta razón sea la causa única, pero, tal vez ha ayudado al brutal número de lamentables decesos. Las autoridades sanitarias advierten que la obesidad es un factor de riesgo.
¿Y qué pasa con nuestro país? Bueno, vos sabés que hemos adoptado, en mucho, el consumo de ese tipo de comida.
Los mayores dicen que, antes, en Comitán no existía mayor inconveniente con la dieta que acá se consumía. ¡Por supuesto que no! Todo hablaba de un consumo de esencias naturales, sin conservadores, todo cortado del huerto familiar, del sitio. Pongo un ejemplo: ¿qué “lleva” el pan compuesto? Hebras de carne de puerco (sin grasa), salsita roja, los picles con cebollita y zanahoria, frijolitos molidos y un poco de quesito fresco (ahora le meten una barnizada de mayonesa, pero antes usaban cremita fresca). Los expertos en nutrición confirmarán lo que digo: los comitecos tenían una dieta muy sana. Venimos de esa tradición, de una tradición gastronómica de excelencia. Todo sin conservadores. Vas al mercado y comprás un vaso de jocoatol o de atol de granillo, hecho con maíz fresco; y comprás chinculguajes, que no llevan más que frijol molido y masita de maíz, tal vez con un poquito de manteca. Claro, por ahí preparás unas tortillas con el asiento que quedó en el perol donde se coció el cuch. ¡Ah, la grasa concentrada en todo su esplendor! Pero, no sé, los expertos podrán decirlo, esta grasa, consumida con moderación, hace menos daño que la comida chatarra. No lo sé. Antes, cuando los comitecos iban de día de campo llevaban paquitos de frijol y de chorizo con huevo, y las tortas eran hechas con pan de las panaderías comitecas, a nadie se le hubiera ocurrido hacer un sándwich con pan Bimbo. ¡Por el amor de Dios! ¡Qué sacrilegio!
Ahora, con la emergencia sanitaria, la historia nos ha puesto frente al espejo el rostro que tenemos, pero que no nos gusta ver: ¡ya somos un país de obesos! ¡Cómo no! Si hemos adoptado el consumo de comida chatarra, de comida rápida.
Pedro dice que siempre que mira fotos del recuerdo (de los años setenta, de cuando los hombres llevábamos el cabello largo y vestíamos pantalones acampanados y camisas estampadas) y sólo mira a esbeltos; flacos, pero bien maiceados. Ahora, dice Pedro, mira fotos de los muchachos y encuentra a muchos bien galanotes. Puede ser sonido de la misma campana que estamos tocando. Ahora, muchos muchachos son deportistas y llevan una dieta sana, pero, de igual manera, hay muchos que comen alimentos chatarras, fuman y beben traguito de más. Estos muchachos han pasado a formar parte de la legión de obesos.
Posdata: Regreso al principio, concluyo diciendo que fui a Comala, porque me dijeron que ahí vivía un tal Juan Rulfo, un escritor genial, pero oscuro; y luego fui a la Ciudad de México, porque me dijeron que ahí vivía un tal Fernando Del Paso, un escritor luminoso, de gran erudición.

sábado, 8 de agosto de 2020

CARTA A MARIANA, CON RECUENTO DE ESTOS TIEMPOS



Querida Mariana: los amigos me piden dos cosas: una foto tuya y una foto de los animalitos que nos acompañan en casa. Acá está una foto donde Félix y Pigosa andan tomando el sol, como si estuvieran en Puerto Arista. Como mirás, guardan la sana distancia que desde siempre ha sido recomendable.
En estos tiempos, los seres humanos también debemos conservar una sana distancia, para evitar la propagación de la pandemia y para evitar el contagio (¡Dios nos libre del contagio!), además, debemos usar el cubrebocas.
¿Viste el doodle que el buscador Google subió en su página electrónica el 5 de agosto? ¿No lo viste? El buscador Google, famoso a nivel mundial, se unió a la campaña para sensibilizar a la población acerca de la necesidad de usar cubrebocas para mitigar los contagios. ¡Todo mundo debe usar cubrebocas! ¡Todo mundo debe mantener una distancia, cuando menos, de dos metros con respecto a la otra persona! ¡Todo mundo debe evitar los lugares cerrados! ¡Todo mundo debe procurar estar sano, procurar la vida!
El doodle que presentó Google fue una animación bien bonita, a todas las letras que forman la palabra les salieron patitas, como si fueran las letras de Cri Cri: “Ahí viene la g, con sus dos patitas muy abiertas…”, y así, las letras o y las g y la ele y la e, que forman la palabra Google tuvieron patitas y, al dar una vueltita como si fueran danzantes de ballet, aparecieron con cubrebocas; y ya con su cubrebocas caminaron, unas a la izquierda y otras a la derecha, para mantener la sana distancia. ¡Ah, esos diseñadores de Google son geniales!
Y uno piensa, ¿cómo es posible que las letras entiendan y los seres humanos no? Porque vos has visto que no sólo en Comitán, sino en todas las ciudades y pueblos del mundo, hay personas que andan como si la pandemia no existiera. Esto, por supuesto, hace que en el mundo, en México, y en Comitán, los contagios se den en forma exponencial. ¡Ay, cuántos enfermos! ¡Ay, cuántas muertes!
Ahora, que andamos en verano, en Francia ha aumentado el nivel de contagio, porque los muchachos andan en las playas y en los centros de diversión y se han relajado las medidas de sanidad.
No hemos entendido que, de acá en adelante, la vida en el planeta será diferente a como era en agosto de 2019, a como era en años anteriores.
El 4 de agosto del año pasado celebramos en grande, en sociedad, en amontonamiento de personas bien emotivo, el cumpleaños de nuestro santo patrono. ¡Ah!, el atrio del templo estuvo lleno de juncia fresca y la fuente coronada con ensartas de flores. Desde temprano, se escucharon las notas de las marimbas participantes en el Encuentro. Ah, ¡qué alegre!, las personas bailaban o movían los pies, sentados en las sillas plegables o en el graderío que, normalmente, sirve para subir o bajar de uno a otro nivel del parque central, y que, en ocasiones memorables, lo usamos como asientos de zona VIP. Cientos de personas acudieron a persignarse ante la imagen del festejado, del cumpleañero, y salieron para comer alguno de los platillos que ofrecían en la muestra gastronómica. Ah, poco fue el buche y la panza para consentirlos con panes compuestos, con huesos estilo tío Jul, con chalupas, con butifarra, con picles, o con un dulce como paletas de chimbo, africanos, obleas (¡ah!, las obleas, tan sabrosas, tan eróticas, a la hora que la mano, con la hostia profana doblada, baja para el lengüetazo que disfruta el merengue con su toque preciso de canela en polvo. ¡Ay! La vida concentrada en un instante armonioso. ¡Qué deliciosa conjunción de elementos tan sencillos!)
Y en la noche, miles de personas paseando en las instalaciones de la feria, cenando garnachas o pollo estilo juchi, bebiendo una michelada o un vaso con güisqui en el masivo donde actuaba Matute. Los amigos abrazándose, los conocidos saludándose, medio mundo topeteando con medio mundo en los andadores, en las filas para subir con los niños a la rueda de caballitos o en los carritos chocones. Todo mundo de fiesta.
Y este cuatro de agosto fue inédito, el connotado periodista Iván Ibáñez definió el acto como La no fiesta. Hubo el festejo a Santo Domingo, pero fue en lo íntimo. No hubo el guateque de años anteriores. Por fortuna, predominó la razón y la prudencia. Este año no hubo elección de reina, no hubo ¡reina!; este año no hubo el tradicional desfile de carros alegóricos; no hubo los masivos que tanto gustan a los amantes de la música comercial. Pero lo que sí hubo fue un acto cultural inédito: un grupo de católicos colocó la imagen de Santo Domingo sobre la plataforma de un camión bellamente adornado y la llevó a un recorrido por muchas calles de la ciudad. Con el apoyo de Vialidad y de la Dirección de Turismo y Economía del Ayuntamiento Municipal, la imagen de Santo Domingo encabezó el único carro alegórico de este año. No hubo desfile de carros alegóricos, pero el carro de Santo Domingo sí salió y la respuesta de los creyentes fue emotiva. Hubo personas que al paso de la imagen le gritaban vivas, le aventaban pétalos de flores, se hincaban y mostraban rosarios con los brazos en alto. Muchas personas se santiguaban y no faltaron las personas a quienes se les nubló la vista por el llanto. La radio católica: “Una estrella que ilumina tu camino”, hizo la trasmisión en vivo, por las redes sociales. La trasmisión fue apreciada por muchos comitecos y por creyentes y no creyentes de otras ciudades del estado, de la república y de otros países. El recorrido fue escoltado por agentes de vialidad del municipio, en la cabina del camión iba el padre Armando y Juquila, quienes narraban lo que sucedía a su paso y daban cuenta de los usuarios de las redes que se manifestaban y enviaban felicitaciones al santo festejado y mandaban saludos a Comitán. Hubo gente de muchas partes de la república: de Coatzacoalcos, de Tuxtla, de Zacatecas, de Oaxaca, de Veracruz, de Yajalón, de San Cristóbal, de Puebla y de Escobedo, Nuevo León. De muchísimos lugares. Hubo gente de Guatemala, de El Salvador, de Columbus. ¡Uf! En realidad, fue todo un suceso. Los comitecos abrieron las puertas de sus casas, y salieron a saludar el paso de la imagen, lo hicieron con cubrebocas, con los celulares para la foto del recuerdo; algunos abrieron las ventanas y desde ahí, acodados, observaron el jolgorio; unos más (privilegiados) desde sus balcones. El padre Armando, emocionado, dijo: “Estamos haciendo borlote, como dicen por ahí.” ¡Sí! De eso se trataba, de hacer borlote, de decirle al mundo que la pandemia no paraba el festejo. Paró la feria, pero no paró la celebración. Fue una manera de decirnos que la vida sigue, que debemos tener mucha precaución en estos tiempos de pandemia, que debemos evitar las aglomeraciones humanas, pero no debemos olvidar nuestra identidad, nuestra esencia de pueblo mágico.
Un compa de Valle de Bravo, estado de México, escribió: “Que viva Santo Domingo. Bendiciones a todo Comitán.” Esta frase resumió el acto cultural del 4 de agosto. No se olvidó el motivo principal de la celebración, el cumpleaños del santo patrono, y se deseó que este pueblo tenga bendiciones, que siga creciendo con la lluvia del sol afectuoso en medio de cielos azulísimos.
De una a dos y media de la tarde, el día 4 de agosto, nuestro pueblo hizo una pausa; olvidó (por un lapso) la creciente ansiedad de la crisis sanitaria. Volvimos a pensar que todo es posible, dentro de la burbuja protectora.
Y acá está la foto de nuestros animalitos, los que nos acompañan en nuestra vida, en el confinamiento. Los dos vieron a la cámara (coquetos). Félix se broncea el rostro; la Pigo se da un baño de sol completo. Ella, que es como la nana de la manada, porque siempre está pendiente de cada uno de nuestros pasos, se desparramó en el patio donde el sol caía a plomo. En realidad, a ellos, esta temporada de canícula no les ha hecho mucha mella. A las once de la mañana salen a broncearse, por eso, ellos tienen un mejor color que los humanos de casa, que nos hace falta salir al sol, nos hace falta caminar por las calles de nuestro pueblo, bajar al mercado a comprar un vaso de atol de granillo; ir a la esquina donde doña Cristi pone a asar los elotes en un anafre (¡ah!, qué ricos esos elotes, servidos en una hoja de la misma envoltura, con un poco de polvojuan.) Nos hace falta ir al parque central y sentarnos a ver el paso de los paisanos con rumbo a la escuela, al trabajo, a la oficina, al mercado o al templo. Un día todo retomará un mejor rostro, mientras tanto, con la cifra apabullante de cincuenta mil fallecidos en toda la república, más vale tener precaución.
Posdata: Me piden foto tuya. ¿Cómo les digo que a vos no te gusta aparecer en público? ¿Cómo les explico que el hecho de que me permitás hacer públicas las cartas que te envío es una máxima concesión que me has hecho?
Medio mundo quiere conocerte. A ese medio mundo le digo si no es suficiente conocerte a través de mis palabras, de mis sentimientos, de los aros plenos de luz con los que juego con vos. ¿No es suficiente saber que vos sos uno más de los motivos bellos de este pueblo? Comitán sos vos, vos, querida Mariana, sos Comitán. Comitán, ya lo dijo nuestro presidente municipal, ¡somos todos! Por eso, ahora, retomo las palabras del compa de Valle de Bravo, estado de México, y digo: ¡Que viva Santo Domingo! ¡Bendiciones a todo Comitán!

viernes, 7 de agosto de 2020

CARTA A MARIANA, DONDE SE DA UN GRACIAS




Querida Mariana: El otro día dijiste ¡gracias!, y yo, como decía el tío Rufino, te dije: “Las que te adornan, mi niña.”
Hay mujeres llenas de gracia, otras llenas de gracias, y otras, bueno, de las sin gracia no hablemos.
¿A qué hora se dan las gracias? Se dan cuando alguien hace algo por nosotros, algo que es como una bendición, una bendición sencilla o fastuosa. Damos gracias al que nos sirve un vaso de agua en el restaurante, y damos gracias a quien nos da la bendición de estar en armonía con el universo. Vamos de lo simple a lo magno. Todo agradecimiento debe darse de corazón, porque, dicen los que saben, todo es como un boomerang, lo que se da ¡regresa!
A veces, olvidamos dar las gracias; a veces, las prisas de los tiempos nos vuelve desagradecidos.
Hoy, 7 de agosto de 2020, Comitán conmemora una fecha trágica: el lamentable fallecimiento de Rosario Castellanos, en Tel Aviv.
Tenés razón, nada tenemos que agradecer al destino. Hubiésemos querido que esa muerte no ocurriera, y, sobre todo, que no ocurriera como ocurrió. ¡Una conexión eléctrica mal aislada! ¡Qué pena! ¡Qué bobera!
Pero, lo que sí podemos agradecer es el gesto noble que tuvo Juan Carlos Gómez Aranda, talentoso paisano nuestro. Cuando tuvo la oportunidad publicó el libro “Comitán, su apasionante historia”, donde narra los sucesos más importantes del pueblo y da a conocer mínimos rasgos biográficos de los personajes relevantes. Invitó a grandes dibujantes para que ilustraran el libro. La idea era que los niños conocieran, a través de dibujitos, la apasionante historia de este pueblo apasionante, porque él, de niño, fue fanático de las revistas con monitos, los hoy llamados cómics.
Juan Carlos dio un obsequio generoso a los niños de Comitán. Imaginó a los estudiantes, sentados en sus pupitres, revisando con emoción ese libro cómic y disfrutando la historia que cuenta el tío de Juan Carlos, el maestro Víctor Manuel Aranda León, personaje ilustrísimo de nuestra sociedad.
Entonces, digamos gracias, gracias Juan Carlos, por pensar en los niños de tu pueblo, por pensar en tu pueblo, por pensar en el corazón del universo.
En las páginas 54 y 55 del libro, el maestro Víctor dice a los niños lectores: “Ahora les contaré de una comiteca que es un orgullo nacional”, y nosotros sabemos a qué personaje se refiere. Ahí está, sentada sobre una pila de libros. Ah, qué imagen tan simpática, los muy puristas dirán que cómo es posible que use los libros como silla. ¡Ah!, los que amamos los libros sabemos que los libros sirven como asiento, como almohada, como escalera, como calce para patas de mesas chuecas y, también, como alfombra mágica para el vuelo.
Ahí, en un muro con glifos mayas aparece el nombre del personaje. El maestro Víctor continúa: “Rosario Castellanos Figueroa nació el 25 de mayo de 1925 y falleció el 7 de agosto de 1974 en Tel Aviv, siendo Embajadora de México en Israel.” Por eso digo que hoy conmemoramos el aniversario luctuoso número 46. A tantos años de su muerte, Comitán sigue honrando su genio literario. El actual ayuntamiento incluyó el perfil de Rosario en el imagotipo institucional.
Juan Carlos tuvo razón. A mí también me encantan los libros con figuritas. Igual que Juan Carlos crecí leyendo muchas revistas de monitos, los llamados “cuentos”. Sé, igual que Juan Carlos, que quien lee cómics puede, en forma natural, dar el siguiente paso para convertirse en un gran lector de libros “sin figuritas” y con ello asegurar la plenitud de la vida.
¿Qué más cuenta el maestro Víctor? Nos da pildoritas de la biografía de Rosario. Dice que nuestra paisana estudió en la Escuela Secundaria de Comitán, escuela que: “…en 1939 dirigía su padre el ingeniero César Castellanos, quien además impartía las cátedras de aritmética y geometría.”
Ya en la siguiente página aporta más datos: “En 1950 obtuvo el título de Maestra en Filosofía y Letras, por la UNAM, y un posgrado en la Universidad de Madrid, España.”
¿Mirás? Era bien aplicadita nuestra paisana. Logró ser Maestra en Filosofía con la tesis: “Sobre cultura femenina.”
Posdata: El día de hoy habrá muchos actos conmemorativos en Comitán. La mayoría, por no decir todos, se hará en forma virtual. La crisis sanitaria así lo obliga, la prudencia así lo recomienda. Por eso, hoy quise enviarte esta imagen, tomada del libro de Juan Carlos, para decir que, desde siempre, ha habido paisanos destacados que han honrado la memoria de nuestra escritora. Así pues, es hora de decir gracias, a Juan Carlos, por este turulete que obsequió para el paladar de los niños comitecos de hoy y del porvenir. Y cuando digo niños, digo ¡todos! Todos los que, con emoción, abrevan en los libros que tienen dibujitos, figuritas.

jueves, 6 de agosto de 2020

CARTA A MARIANA, CON UNA CAMA




Querida Mariana: La cama es un objeto genial. A nadie se le ocurrió inventar un mejor objeto para recuperar energías. Sólo Drácula no le concedió la importancia necesaria, porque el tal conde se metía en un sarcófago. Pero, cuando salía de su castillo para alimentarse, bien que sabía que sus víctimas, chicas bellas, de cuellos lánguidos, reposaban en camas.
Cuando platico con amigas me encanta preguntarles acerca de los juegos que juegan en camas y no tenés idea de lo que responden. Uno pensaría que los juegos son repetitivos, pero no es así, el catálogo es infinito. Los juegos de cama son también muy energéticos, aun cuando parecerían ser lo contrario. Cuando dos (o más, ya es cosa de gustos) terminan un juego de cama no la abandonan, siguen en ella. La cama sirve para jugar y luego para descansar. En otro tipo de juegos no existe tal maravilla. Si jugás a los vaqueros en el sitio de la casa, cuando los amigos se van abandonás el sitio; cuando jugás póquer con tus amigas, todas abandonan la mesa; lo mismo sucede con el billar, con una cascarita de fútbol, con el tenis, con el automovilismo, con el ciclismo, con el básquetbol, con brincar la cuerda. Sí, todos los demás juegos se juegan en espacios donde, para descansar, debés abandonarlos para ir ¡a la cama! En cambio, ¡ah, qué prodigio!, cuando uno termina los juegos de cama, el lugar del juego ¡no se abandona! Sirve para recuperar las energías. ¡Qué objeto tan genial, tan versátil, tan generoso!
Yo amo a mi cama. Me encanta este objeto renovador. Sólo me cae mal cuando veo que un amigo la usa para estar botado ahí mucho tiempo, porque está enfermo. La cama es odiosa, una caemal, cuando sirve para ser soporte de personas enfermas. ¿Cómo explicar a mi amigo que la cama es un territorio para el juego, para convocar al sueño? ¿Cómo decirle que para recuperar energías sólo se usa ocho horas y no más? Para el juego sí puede utilizarse más tiempo y a cualquier hora.
Cuando me acuesto para dormir la veo como un mar afectuoso, como la mano acolchada que me recibe generosa. Siempre me acuesto a las ocho de la noche, a esa hora oro y luego abro el libro y cuando los ojos se cierran como cortinas de negocio de pan, dejo el libro sobre el buró, apagó la lámpara y duermo. Despierto a las cuatro de la madrugada, hago el mismo ritual: oro y luego leo. A las cinco y cuarto me activo, prendo el televisor de la sala y hago mi taichí de viejo, ‘ora una pierna arriba, ‘ora la otra, así, sin fatiga, de anciano, pero lleno de vida. Sentadillas, una, dos, así, con calma. El maestro Temo dice que hay que hacerlo bien concentrado en el movimiento de los músculos, sin forzar. Luego… bueno, ya me desvié del tema. El tema era la cama. Mi papá (lo cuento para que lo sepan sus nietos y bisnietos), cuando veía que ya era tarde y seguía en la cama entraba a mi recámara, se sentaba en la orilla de mi cama y decía que ¡ya!, que era momento de activarse, y me decía (¡siempre lo decía!) que si sabía que debajo de mi cama había un par de diablitos que atizaban el fuego para que mi cama siguiera calentita. Ah, decía yo, qué diablitos tan geniales, tan amistosos. Cuando mi papá veía que había tomado el anzuelo, él, con su mano izquierda, hacía un movimiento y me descobijaba. ¡Sí!, decía, esos diablitos quieren que vos pensés eso, que son tus amigos que te consienten. ¡Mentira! Esos diablos son perversos, quieren que vos no te levantés a trabajar, quieren que seás un mediocre, un flojo, un desgraciado. Y como ya estaba descobijado, el calorcito de mis amigos diablitos desaparecía y ya no era agradable seguir en la cama. Me sentaba al lado de mi papá, levantaba los brazos y me desperezaba, me agachaba y miraba que debajo de la cama nada había, y le decía a mi papá que era un mentirosillo. Y mi papá ganaba la partida (siempre lo hizo), decía que gracias a Dios, él había logrado espantarlos a la hora que me convenció de levantarme. Y así comenzábamos el día, temprano, llenos de vida, de alegría.
Posdata: Por eso, ahora, cuando mis amigos me dicen que no tengo vida, que cómo es posible que me duerma tan temprano y me levante tan temprano, que eso no es normal, respondo que soy un chico que aprendió a no hacer caso a los diablitos que mantienen calentita la cama para que no me active y me ponga a trabajar; soy un chico que aprendió la lección de su papá.
Para mantener la cama calentita, vos lo sabés, basta con hacer jueguitos, jueguitos de cama, a cualquier hora, en cualquier día.

miércoles, 5 de agosto de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN VASO LLENO DE AGUA



Querida Mariana: Estamos en época de canícula, los cuarenta días más calurosos del año. Quienes conocen los efectos de la canícula en los seres humanos recomiendan consumir agua en forma abundante. ¡Agua, agua!
Como si fuera una tormenta, el sol se desgaja sobre la tierra y llueve flores enrojecidas. Todo parece arder.
Por esto, en el juego Imaginá que te llamás, de ARENILLA-Video, invitamos a Estefanía Campos Flores a imaginar que se llamaba agua, para refrescar el sitio donde vuela el papalote de la palabra.
Estefanía Campos Flores es licenciada en Ciencias de la Comunicación y una maestra muy querida por los alumnos del Colegio Mariano N. Ruiz. Ella imparte inglés, literatura y toneladas de simpatía.
A Fanny le preguntamos: Imaginá que te llamás agua, ¿la sed de quién te gustaría satisfacer?, y ella, siempre jugando, respondió lo siguiente:
“Si me llamara agua, me encantaría saciar la sed del último rincón seco en esta tierra. Tal vez ésta se enriquecería de más flora, de más fauna, y lograr un efecto en cadena; tal vez, así lograríamos saciar la sed de cualquier sed vivo, todo habitante que vive en esta tierra.”
¡Ah!, qué río tan generoso. Casi un mar de agua dulce.
Muchas personas llaman líquido vital al agua, elemento indispensable para que haya vida en la tierra, para que, como Fanny dice, se logre el efecto en cadena de tener más flora y, por consiguiente, más fauna (incluido el animal racional).
Los científicos nos explican que la caléndula es más agresiva año con año, porque (¡qué pena!) hay mucha tala de árboles. La tala inmoderada, irracional, provoca páramos secos. Se agotan los bosques que dan vida, que proveen oxígeno, que convocan el agua.
La segunda pregunta para Fanny fue: Imaginá que te llamás agua, ¿en dónde te gustaría vivir? Fanny dijo que no era una pregunta fácil, pero cuando la tuvo entre sus manos la detuvo, para evitar que, como agua, se evaporara en medio de estos calorones:
“Es una pregunta muy difícil de responder. Podría vivir en el mar, podría vivir en la lluvia, en un río; sin embargo, me encantaría vivir en los ojos de mis seres amados, poder representarme en lágrimas, ya sea de felicidad o de tristeza. Así, de esta manera, yo podría estar con ellos, abrazarlos en cualquier situación. Sí, ¡eso quiero ser! ¡Ahí quiero vivir! ¡En sus ojos!”
Y Fanny, mano de agua, tocó a cada uno de sus árboles más cercanos y los regó con vida, para que crezcan sanos, para que sean dadores de sombra, convocantes de aire, cuna para nidos de pajaritos.
Posdata: ¿Mirás todo lo que provocan los juegos de imaginación? Estos juegos permiten todos los juegos, abren mil caminos.
Desde siempre, en la bolsa de juguetes, llevo una cajita con cientos de palabras. Cuando alguien se sienta frente a mí dispuesto al juego, saco un papelito y veo qué palabra contiene y el juego inicia.
Ahora nos tocó la palabra agua y Fanny jugó y nos regaló sus sueños.
Sí, con la imaginación soñamos y con los sueños creamos. La creación mueve al mundo, lo transforma.
¡Juguemos! ¡Nos transformemos!

martes, 4 de agosto de 2020

ANTES DE QUE TODO SE ACOMODE (XXVI)




Cualquiera diría que el patio es más importante que el traspatio. Sí y no. Los niños de mi generación (nací en 1957), que tuvieron el privilegio (casi todos) de vivir en una casa con lo que acá en Comitán llamamos sitio, votarían a favor del traspatio. El patio central era como el espacio de presentación, siempre estaba bien arreglado, cosa que no sucedía con el traspatio. Al traspatio sólo entraban los albañiles, los que llevaban el carbón o el agua en barriles, las mujeres que llegaban a lavar la ropa o a moler el cacao para hacer el chocolate; es decir, el traspatio era, como su nombre lo indica, el patio trasero. Pero, por lo mismo, era un espacio reservado. Los visitantes, los señores importantes, los que hacían los negocios o llegaban en plan amistoso a beber la cerveza con una botana, no iban al sitio. Ellos, los potentados, se quedaban en el patio, siempre inundado de luz, circundado por corredores con pilares de cedro, maceteros con orquídeas y helechos, llamados también colas de quetzal, y con pisos enladrillados, siempre exudando el aroma a barro recién lavado. Al sitio iban los que ya mencioné y los niños de la casa y los amigos. El sitio, entonces, se convertía en el patio de juegos, donde los apaches aparecían al lado de Tarzán y Chita; los niños trepaban a los árboles y cortaban jocotes o limas de pechito y hacían guerritas con las cáscaras.
Los de mi generación votarían a favor del sitio, del traspatio. Ahí, debajo de los tapescos con chayotes, se escondían con las primas, en el juego de las Escondidas. Lo más importante sucedía ahí. Incluso, en las noches, en el sitio aparecían “los aparecidos”. Mientras en el patio central la luz de los focos se derramaba generosa, en el sitio, la oscuridad apenas era rasgada por la luz de la luna ocasional, pero esta oscuridad era la que permitía acudir a las siete de la noche, antes de la cena, y sentarse en un trepechón a mirar las estrellas. El sitio era el lugar más íntimo de la casa, el espacio donde era posible comunicarse con el universo. Bastaba alargar la mano para sentir, en el aire, algo como una ventana que no se abría en ningún otro lugar de la casa.
En las mañanas había gallinas, conejos y, ocasionalmente, algún borrego que, ¡lástima!, lo engordaban para hacerlo barbacoa.
Ahí llegaban las chinitas a picotear lo que las gallinas dejaban; por ahí pasaban, como líneas hechas de viento, las lagartijas que trepaban en las bardas, bardas chimuelas, con ladrillos a punto de caer, llenos del verdín del moho, llenos de polvo, llenos de historia.
Las niñas jugaban matatena o cortaban hojas verdes para hacer las tortillas en el juego de la comidita, ahí (me contó el tío Antonio) Pedro le dio un repasón a la sirvienta que no estaba de mal ver. La reclinó contra el lavadero y le subió la falda. La sirvienta (de dieciocho o diecinueve años, no más) decía que no, movía la cabeza esquivando la boca de Pedro, que insistía en besarla, pero (contó el tío Antonio) cuando Pedro, ya molesto, ya fastidiado, casi agotado, por la refriega, suspendió el asedio, la sirvienta le dijo: “Vení pues, pero no vayás a decir nada”, y (contó el tío) le bajó el cierre de la bragueta.
Esto no podía haber sucedido en el patio central. ¡Jamás! El sitio era el lugar donde se escribían las historias más apasionantes, el lugar donde una noche me llevó mi mamá y me dijo: “Mirá, mirá” y yo miré hacia la inmensidad y vi una lluvia de estrellas. “Pedí un deseo”, dijo mi mamá, y yo, no experto en peticiones celestes, dije en voz alta: “Que Nico no se muera.” Nico era mi perro negro (mi mamá, a cada rato me asegura que nunca tuvimos perro en la casa.) Yo recuerdo que era un perro grande, tal vez labrador, y yo me subía sobre su lomo, como si fuera un caballo. Lo recuerdo. Asimismo, recuerdo que mi deseo fue cumplido, porque Nico no murió. Un día no lo hallé más en casa, pregunté y la sirvienta, Sara, no la que había estado con Pedro, me dijo que lo había visto en el zaguán, que había tratado de detenerlo, pero se miraba que él tenía otra misión que cumplir, volvió la mirada, ladró y corrió por la calle empedrada.
Sí, el Nico dormía bajo un techo de lámina que había en el sitio. Era imposible que su historia la escribiera en el patio central. Era imposible, porque las grandes historias, en los años sesenta, en Comitán, siempre se desarrollaron en los sitios.
Ahora, ¿en dónde juegan los niños? Ahora, que los sitios están casi desaparecidos; ahora, que las casas apenas tienen un cachito de patio en la parte delantera, y en la parte trasera un pedazo de tierra no más grande que un sello postal, que se llama patio de servicio, pregunto: ¿en dónde juegan los niños?, ¿en dónde escriben sus grandes historias?

lunes, 3 de agosto de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN JUEGO



Querida Mariana: paso copia de una imagen que me mandó Pau. En el mensaje dijo que estaba viendo un documental de París y se topó con esta imagen, de inmediato pensó en mí, y ahora, yo, también de inmediato, pienso en vos.
¿Ya viste de qué se trata? Pau dijo que está tomada en una esquina del Puente Royal, que atraviesa el Sena; dijo que las tres chicas caminan hacia el puente, si cruzan este puente, llegan a la entrada de la plaza del Carrusel, que está mero enfrente del acceso al Museo del Louvre, donde está la Gioconda y miles de obras más.
Uf, París, ¡oh, la la! Pero Pau no me mandó la imagen por lo que acabo de decirte, eso fue algo como un breviario cultural y para que me “norteara”. Pau me mandó la imagen (que, insisto, tomó con su celular directamente de la pantalla de su computadora) por el nombre del café y restaurante que se ve al fondo. ¿Ya miraste cómo se llama? “La Fregate”. La Pau, niña bonita, inteligente, me dijo que la traducción es La Fragata, y que es algo así como una franquicia que tiene muchas sucursales en París. Una de ellas es la que está contra esquina del Pont Royal.
Pero, como dice Pau, si lo leemos en comiteco, dice lo que dice: La fregate, la jodete, la fastidiate.
Y entonces le pregunté cómo se había fijado en eso y ella, ya sabés, muy modesta, me dijo que siempre está pendiente de todo. Sí, ella es muy lista.
Y entonces jugamos. Me encantó jugar con ella por el WhatsApp.
Y pensé que, ¡seguro!, más de dos turistas voseantes (argentinos, uruguayos, guatemaltecos o comitecos) al pararse en esa esquina y ver el letrero de ese café lo leyeron como lo leímos Pau y yo: La fregate, la jodete.
Y pensé ¿a quién le quedaría el apodo de “La fregate”? ¿A una mujer que todo el mundo molesta?, o al contrario, ¿una mujer que jode a medio mundo?
Imaginé que estaba en una fiesta, una fiesta tradicional, en el patio central de la casa, con manteado, mesas de madera con manteles blancos, marimba en una esquina, juncia en el piso y copitas de comiteco. Y escuché el comentario de señora que estaba sentada a mi lado, comentario que le hacía a su comadre: “¡Mirá! Ya llegó “La fregate”. Y la respuesta fue inmediata: Hmmm, ya se fregó la cosa. Sí, pues, dijo la otra, tiene bien puesto el apodo, le dicen así, porque desde que era de este tamaño, era lo único que decía a todos. Cuentan que cuando el Armando se le declaró y le dijo que no podía vivir sin ella, ella le dijo, ah, entonces fregate, porque no lo aceptó. Y así, a todo, su respuesta era ¡fregate! ¿Trabajos en equipo en la escuela? Te toca hacer tal cosa, decía su compañera. No lo haré. Cómo no. Si no lo hacés reprobaremos. ¡Ah, pues, fregate! Todo le valía, todo le sigue valiendo. Mirá cómo se pavonea.
Y pensé que el lenguaje es maravilloso. Nos permite jugar, imaginar. Acá, dos palabras en francés, leídas en comiteco, permitieron el juego. Y, sin duda, que los franceses también hallarán algunas voces en español que les permite jugar.
Sólo pienso en la cara del visitante francés que, en “El Foquito”, le dicen que el pan compuesto está hecho con pan francés. ¿Francés? Y mira el pan blanco y trata de imaginar algún pan similar en su país. Pero, lo sorprendente es que no sólo en Comitán hay pan francés, en Argentina también acostumbran consumir pan francés argentino. El pan francés argentino se parece más al bolillo mexicano. ¿A qué se parece el pan francés comiteco? Se parece al pan que en Guatemala le llaman pan de recado. ¿Mirás? Apenas pasamos la línea fronteriza y algo semejante tiene otro nombre, y, ¡oh, paradoja!, todo un océano nos divide y un pan nuestro se llama francés.
Posdata: ¿Alguien puede decir por qué al pan de recado le llaman así? La palabra recado la usamos para nombrar un mensaje. La fulana de tal me mandó un recado, pero, ¡oh, maravilla!, en Comitán lindo y querido, llamamos recado al mole que se usa para hacer algunos guisos con carne. “Echale un poquito más de recado”, decimos, y la encargada de la fonda, toma un poco más de mole con un cucharón de madera y lo riega sobre el cerdo. Y, cuando los niños juegan a brincar la cuerda, piden que le den más rápido, que le den más mole. Y cuando aparece algo que es del agrado del otro, se dice: “¡Ah, es tu mero mole!”
¡Ya, ya! ¡Basta! Por hoy, ya jugamos bastante.

sábado, 1 de agosto de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN DISCO LLENO DE NOSTALGIA




Querida Mariana: ¿Ya viste la portada de este disco? Ahí están tres grandes cantantes mexicanos. El diseño es bello, es un trabajo de Carlos Gordillo, donde deja muy en claro el homenaje que Roberto Rojo, nuestro paisano, hace a dos recordados intérpretes mexicanos: José José, el Príncipe de la Canción; y Víctor Iturbe, El Pirulí.
Resulta que Roberto Rojo grabó este disco y lo ofrece en forma digital, tal como lo exigen estos tiempos de pandemia, tal como lo están haciendo muchos cantantes en todo el mundo.
Roberto es un cantante de voz educada, que ha brillado en muchos escenarios. Supe de él cuando cantaba, al lado de Carlos Gordillo y Luis Felipe Gordillo, en un hotel de Villahermosa, Tabasco; y luego en Tuxtla Gutiérrez. Una noche, mientras pasaba de uno a otro canal, en la televisión, me detuve porque ahí estaba Roberto, participaba en un programa de cobertura estatal. ¡Ah!, qué gusto da cuando hallás a paisanos talentosos, mostrando que lo hecho en Comitán ¡está bien hecho!
Vi la portada y no sólo me dio gusto ver a Roberto Rojo (nombre artístico de Roberto Gordillo), sino también sentí un baldazo de nostalgia, que me mandó, en automático y sin escalas, a mi juventud.
¡Qué se le va hacer! Estamos hechos de las casas que vivimos, de las películas que vimos, de los libros que leímos, de las calles y plazas que caminamos, de las manos de las chicas que nos acariciaron y, ¡por supuesto!, de la música que escuchamos.
Sí, las personas de mi generación estamos hechos con música de El Pirulí y de El Príncipe de la Canción. Ellos fueron cantantes famosos en los años setenta (cuando yo estaba en la prepa), y escuchaba sus canciones en la XEUI, radio local, o en las rocolas de las cantinas, donde, con la palomilla, tomaba unas cervezas.
Sí, los de mi generación también están hechos con retazos de la música de Víctor Iturbe y de José José; sin duda que todas estas personas disfrutarán el disco homenaje que brinda nuestro paisano. Sé que en el disco viene una canción que la hice mía (tal vez lo mismo hacen todas las personas, cuando una canción les gusta). Viene la canción que se titula “Mi niña”, interpretada por José José. ¿La has escuchado?
Tuve un amigo en ese tiempo, experto en música, que, así como muchos ahora vomitan la música de Arjona, vomitaba todo lo que sonaba a José José, decía que su voz no era una voz educada. Él siempre compraba discos de importación y, la verdad, sus gustos estaban muy por encima de la programación medianona que trasmitía la emisora local, porque la radio comercial nunca (muy de vez en vez) programa la música de excelencia. Las emisoras comerciales son las que ahora programan a Arjona y a Maluma. Así es la vida, así ha sido y así será. Por esto, qué se le va a hacer, los muchachos de ahora, dentro de veinte o treinta o cuarenta años, recordarán con un regusto raro la música de Arjona, porque, ya lo dije, estamos hechos de recuerdos y de nostalgias de lo que vivimos.
Así pues, yo estoy hecho con retazos de Chepe Chepe y del Pirulí. Sí. Escucho “Mi niña” y vuelvo a ser el tímido chico (no es albur) que cargaba su timidez como si ésta fuera un costal que pesara mil toneladas. ¿Acercarme a una chica que me gustaba? ¡Uf! Labor casi imposible. Pero lo que sí hacía, con mucha frecuencia (fue mi compensación) era cantar las canciones de moda e imaginar que se las cantaba a la chica que me gustaba, mi niña.
Ah, qué perversos son los autores de las canciones, nos dan donde más nos duele, donde saben que pegarán la letra con pegamento indisoluble. Ellos, aunque sea con letras bobas y simples, trasladan al papel pautado los sentimientos de todos los enamorados.
Ya te he contado en ocasiones anteriores que el enamoramiento es un animal desnudo, que recibe cada palabra cursi como si fuera una piedra puntiaguda. ¿Cómo decís Te amo? Salvo los grandes poetas, que poseen la capacidad de hallar los acomodamientos insólitos a las palabras, medio mundo dice te amo, con esas mismas palabras. Y así nos hablan los autores de las canciones, y así nos avientan los cubetazos de agua fría los cantantes y así, de muchachos, recibíamos, con el pecho descubierto, los flechazos de José José y de El Pirulí; y así, por una carga brutal de nostalgia, recibimos las versiones de Roberto Rojo.
Mi niña. Claro, vos has escuchado en muchas ocasiones que así te llamo, así te digo: Mi niña. Y, sin duda, que todo ese caudal viene desde ese tiempo, de un tiempo donde vos ni siquiera eras anteproyecto de vida, de un tiempo en que jamás pensé que te conocería.
La canción dice: “…Mi niña me ha enseñado, a cada instante, a encontrar tanta belleza; en un mundo que antes, sólo yo miraba a través de mi tristeza…”
¡Un verdadero lugar común! Y sin embargo, esa letra era la definición más plena de lo que mi niña era. Cuando José José la cantaba, cuando yo, a la hora del baño, hacía (mal hecho) lo que ahora hace Roberto Rojo (bien hecho) pensaba en mi niña (que no era mi niña, porque ella no sabía que lo era, porque nunca se lo había dicho y ella caminaba bien tranquila por las calles de Comitán, con sus amigos y pretendientes), y yo (qué bobo) pensaba que mi niña me escuchaba y me veía desde el balcón de su casa y me alargaba la mano y yo tocaba sus dedos y eso me hacía feliz, muy feliz. Ese acto sencillo me enseñaba a “encontrar belleza”.
Ahora digo que qué bobo, pero en aquel momento todo era sublime, todo era como comer un quiebramuelas, con la panela endulzando los cacahuates, pero quebrando la dentadura de mi espíritu.
Ahora lo recuerdo con nostalgia. Ya no bebo alcohol, pero si lo hiciera, lo haría con moderación y, al escuchar el disco de Roberto Rojo, me serviría un poco de comiteco y brindaría por aquellos tiempos y agradecería las canciones bobaliconas de José José y las de El Pirulí, y levantaría la mano y agradecería a Roberto por este reconocimiento que no sólo honra a los dos cantantes mexicanos, sino, también, honra a mi generación, una generación que creció (física y sentimentalmente) con esa música.
Mi generación viene de ahí. A veces subo al auto de algún amigo de entonces y escucho que en los altavoces suena música de “nuestros” tiempos, los tiempos donde la vida nos prometía sueños que no todos alcanzamos.
Con los amigos nos sentábamos en las bancas de granito del parque central y escuchábamos las voces de José José y de Víctor Iturbe que salían del segundo piso de Nevelandia (donde, temporalmente, estaba la emisora local) o de “La casa del ciclista” (local donde vendían chunches para bicicletas -de ahí el nombre-, pero, también, discos).
Y ahora, Roberto Rojo, en tiempos completamente diferentes, nos regresa a mitad del patio y nos baña con su canto.
Trío de tiucas hermosas, trío de inefables cenzontles: Pepe, Víctor y Roberto.
Y acá estoy, sentado ante la mesa del comedor de mi casa, escuchando a Roberto. Ah, tiempos geniales, donde la música llega a través del WhatsApp o por correo electrónico. Basta llamar al teléfono 99 31 04 55 49 para recibir indicaciones de dónde depositar los cien pesos (costo del disco) y, minutos después de haber hecho el depósito, recibir el disco con diez canciones que hicieron famosas don Pepe y don Víctor y que modelaron nuestra educación sentimental.
Mi niña, cantaba José José, y yo veía el rostro de mi niña, la niña comiteca que me había robado el corazón. Pucha, qué palabras tan cursis las que acabo de escribir, tan de redacción elemental. Lo mismo era el código de aquellas canciones: elemental, cursi, simple. Sin embargo, ¡ah!, cuando las escuchábamos, algo como una mano invisible nos apachurraba el corazón y sabíamos que estábamos enamorados, que estábamos vivos y, bobos, nos aventábamos al tobogán duro, encementado, donde se avientan todos los corazones cautivos. Sufríamos el enamoramiento, pero, necios, a la hora de brindar con un vaso de cerveza y comer una costillita dorada en “El camechín”, nos parábamos y metíamos una moneda a la rocola. Alguno apoyaba su mano sobre la rocola y comenzaba a cantar, como si estuviera en un Karaoke. La voz se mezclaba con las risas de otras mesas, las discusiones y los gritos; la voz, tierna, con timbre de campana de cristal, decía: “Mi niña, es quien pone una esperanza, con su amor…”
Posdata: Y la vida es sabia. Los tiempos de la adolescencia, del enamoramiento, no vuelven. Los viejos que se casan en segunda vuelta, jamás vuelven a sentir lo que sintieron en la primera vuelta o lo que vivieron con su primera novia. Las canciones posteriores son simple repello sobre las paredes que se levantaron en los tiempos primeros.
Las canciones que vos escuchaste en tu enamoramiento primero son las que echaron el cemento a tu edificio sentimental. Lo que oigás en adelante sólo será mero adorno, simple chuche decorativo.