viernes, 14 de mayo de 2021
CARTA A MARIANA, CON PREGUNTA OCIOSA
Querida Mariana: no sé si Mario se molestó con mi respuesta, pero le dije que su pregunta era ociosa. ¿Sabés qué me preguntó? ¿Qué lugar de Comitán extrañaba más en este confinamiento?
Y digo que es ociosa, porque Comitán es la madre de todas las ciudades, para quienes nacimos acá, para quienes vivimos acá. Y una madre, lo sabés, no se puede fraccionar.
Ahora, además de barrios y colonias hay fraccionamientos, pero esos fraccionamientos, en términos de conjunción no están fraccionados. Comitán es único y está formado por todas sus células, ninguno de sus elementos puede separarse, porque, entonces sí, lo fraccionamos, lo desmembramos.
Si te pregunto ¿qué lugar del pueblo extrañás más?, ¿qué responderías? En este tiempo tan raro que nos tocó vivir, donde muchas personas nos confinamos y no salimos ni a la esquina, ¡extrañamos todo! ¡Todo!
Cuando viví en Puebla extrañaba todo de Comitán, nuestro amado pueblo. Me sentaba en una banca del zócalo poblano, disfrutaba la belleza de ese espacio, la magnificencia de sus portales, de su catedral, de sus azulejos, de su cielo, pero extrañaba mi pueblito, cada una de sus calles, cada una de sus modestas plazas.
Disfrutaba el mole poblano, las chalupas (que allá son fritas en cazos llenos de aceite), los molotes, las semitas con esa hierba sensacional que se llama pápalo; pero extrañaba horrores los panes compuestos, las butifarras, y los nuégados y las tabletas de manía y el atol de granillo y los tamales de bola y las pellizcadas y las otras semitas, las que tienen una su pella de panela en el centro.
Vivía frente a Ciudad Universitaria, de la BUAP, y mero enfrente de mi casa estaba un jardín ecológico y una zona arbolada que era mi refugio cada mañana, me bastaba cruzar la avenida, de seis carriles, y entrar a un espacio natural lleno de aire, de pájaros, de vida; pero extrañaba los lugares modestos de Comitán donde, niño, joven, me senté en el césped y me recliné en el tronco de un enormísimo sabino.
Bueno, con decirte que extrañé el canto de los gallos en la madrugada. En Puebla, los gallos no estaban por mi rumbo. A veces despertaba temprano y trataba de escuchar algún gallo desorientado, pero no. Cuando, después de varios años, regresé una semana a Comitán, para la presentación de un libro en el Teatro de la Ciudad, desperté a las cuatro, en la casa del barrio de Guadalupe, y escuché el canto del gallo y me sentí feliz. Supe que los gallos se habían salvado de la extinción. Sí, se habían extinguido los dinosaurios, pero, gracias a Dios, los gallos eran sobrevivientes de la glaciación y aún, como hasta hoy, seguían alegrando las madrugadas comitecas.
He permanecido trece meses en casa. En ese tiempo he extrañado todos los sitios de Comitán. Cada lugar tiene ahora ese resabio especial de las cosas abandonadas y halladas en el desván de la casa de la abuela.
Quienes viven lejos de su pueblo natal extrañan todo. Me he topado con amigos que radican fuera de Comitán y regresan una vez al año, en vacaciones. Los he visto caminar el parque central, el parque de La Pila, San Sebastián; los he visto caminar por la subida de Guadalupe, pararse casi en la cima y volver la mirada para beber el caserío a sus pies; los he visto agacharse, recoger una flor de buganvilia y llevársela al rostro para olerla.
Se beben el pueblo completo. Viajan a los nuevos fraccionamientos y dicen: ¡cómo ha crecido Comitán!, y comentan que, en sus tiempos, todos esos terrenos de la orilla del bulevar eran magueyales y cuentan que iban, con la bola de amigos, a robar aguamiel y el dueño les soltaba una tanda de perdigones.
Extraño ir al mercado Primero de Mayo; extraño sentarme en la breve rotonda donde está el busto de Josefina García, en el parque de San Sebastián, para leer un cuento de Cortázar; extraño ir a mi colegio, el Mariano N. Ruiz; extraño las risas de los muchachos, la algarabía, sus travesuras; extraño el sonido de los chorros de La Pila, la plática del viento a la hora que, como pájaro, brinca de una rama a otra de la enorme ceiba. Sí, extraño todo. Ninguno tiene preponderancia. Comitán es nuestra ciudad madre y su cuerpo es uno. Cada uno de sus miembros es vital para el funcionamiento de la sociedad.
Posdata: sí, querida mía, extraño todo. Extraño cada uno de los aromas, de las calles, de los parques, de las banquetas, de las fachadas, de los rostros de conocidos y desconocidos. Extraño sentarme en las gradas del Centro Cultural Rosario Castellanos para comer esquites y mirar, desde ahí, cómo fluye la vida, una tarde cualquiera de un pueblo que no es cualquiera, que es el pueblo madre, el kujchil que nos acuna a los hijos de esta región. Extraño todo, ¡todo!
jueves, 13 de mayo de 2021
CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA QUE EL MUNDO NO SIEMPRE ES JUSTO
Querida Mariana: no sé si sabés quién es la mujer bonita que aparece en esta foto. La fotografía apareció el otro día en redes sociales. La subió Flor Alfonzo, hermana de Julia Alfonzo, la gran actriz comiteca.
Sí, la de la foto es la gran Julia Alfonzo, hija del compositor comiteco Esteban Alfonzo, quien (¡vaya, menos mal!) sí es recordado en el pueblo, porque hay un busto de él en el centro del patio donde está el Museo Arqueológico y la Biblioteca Pública Rosario Castellanos Figueroa.
Esta fotografía es muy bella. Quién sabe en dónde se la tomaron a Julia. Llama mi atención que el número de la casa es el cuatro cinco seis, genial seguidoña de números.
Pero, digo que el mundo no siempre es justo, porque en Comitán no tenemos una ventana que recuerde u honre a esta mujer que dedicó su vida al teatro.
Roberto López Moreno, el poeta huixtleco, Premio Chiapas, fue amigo de Julia. Cuando Julia falleció él le escribió un poema que se titula “Adiós a Julia Alfonzo”. Los tres últimos versos del poema son:
“El día, hoy, ha seguido llorando
hasta el punto final
de estas palabras”.
Los actores y actrices no ponen punto final a sus vidas como la mayoría de los mortales, porque ellos concentran sus vidas en el escenario, están acostumbrados a que las luces se apaguen, a que los telones bajen.
Pero el mundo no debe bajar el telón al recuerdo de sus inmortales, ni apagar las luces.
Muchas personas en Comitán recuerdan a Julia por su participación en una telenovela que fue un éxito en los años ochenta: “Cuna de lobos”, guion de otro talentoso chiapaneco, Carlos Olmos, Premio Chiapas.
El poeta López Moreno dice que Televisa no reconoció el talento de la actriz comiteca, porque ella actuó en dos telenovelas, la citada “Cuna de lobos”, de 1986, y “En carne propia”, de 1990, y, en ambas producciones, Julia desempeñó papeles secundarios, menores, muy lejos del talento histriónico que ella poseía. Pero, vos sabés lo que significa aparecer en la pantalla pequeña. La televisión da la posibilidad de que millones de personas te vean. Millones de personas vieron a Julia y esto llena de orgullo a los comitecos. La telenovela “Cuna de lobos” fue tan exitosa que cuando transmitieron el último capítulo muchas ciudades del país se paralizaron, porque todo mundo estaba pendiente del televisor. Lo mismo sucedió en Comitán, la trama había enganchado a millones de telespectadores, miles de comitecos siguieron la historia con interés. Acá había el agregado de ver a la paisana.
Pero Julia Alfonzo fue mucho más. Roberto López Moreno dice que ella estudió arte dramático, en la desaparecida Yugoslavia. Allá estuvo becada varios años. No era una improvisada. Fue una mujer que amó el teatro y que conoció los recovecos sagrados de la actuación.
Por eso, los críticos y los conocedores reconocen que su labor suprema no estuvo en la pantalla de televisión sino en el escenario teatral.
Julia participó en una puesta en escena de la obra “La hija de Rapaccini”, de Octavio Paz.
Julia (sigo apoyándome en lo dicho por López Moreno) fue gran amiga de Jaime Sabines, él la consideraba su hermana. Julia montó una obra de teatro con poemas de Jaime Sabines; y, también, montó un espectáculo con fragmentos de las novelas “Oficio de tinieblas” y “Balún Canán”, de Rosario Castellanos.
Como mirás, Julia era actriz de altos vuelos, su mundo estaba ligado al mundo de la poesía, de la pintura, de la música y de la literatura.
¿La recordamos en Comitán? Parece que no. La recuerdan quienes la vieron en la televisión, en esas telenovelas. Pero, ya lo dijo López Moreno, ahí estuvo relegada a papeles secundarios.
Posdata: el mundo no siempre es justo. Julia debió actuar en telenovelas de Televisa en papeles de mayor impacto, en papeles principales, donde, sin duda, su talento habría brillado con mayor intensidad.
miércoles, 12 de mayo de 2021
HIJAS DEL AIRE
A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que calientan sus deseos en ollas, como si fueran tamales, y mujeres que suben la escalera dando brinquitos.
La mujer que sube la escalera dando brinquitos no hace cuentas para el futuro, chapotea sobre el presente, tampoco se preocupa por el pasado que abandona a cada paso.
Ella elige las escaleras al aire libre, las que, como escalas de incendio, reciben el aire y pueden usarla todos.
Ya lo intuyeron, en edificios de menos de cinco pisos elige la escalera y desecha los elevadores; para edificios con mayor número de pisos sube a un helicóptero, desciende en el helipuerto y baja por la escalera hasta el piso donde está el motivo de su deseo.
Le encanta recibir regalos, cierra los ojos y se deja sorprender. Abre el paquete, con la misma emoción de cuando fue niña. Le encanta recibir madrugadas, aire saltador, agua nadadora y pájaros con vocación de vuelo.
Su instrumento favorito es el piano, porque imagina que sus dedos son como pies que saltan de uno a otro espacio. Su vocación es, al modo del poeta, hacer caminos al brincar, y en cada brinco que da ¡siembra racimos de luz.
Prefiere subir y no bajar. Cuando está en la cima de una montaña se siente árbol cuya copa permite nidos de nubes. Su lugar es la azotea, el pent-house, el ala del pájaro que vuela, la gota de lluvia que se regodea en lo alto.
Baja a la calle, sin sostenerse del barandal, lo hace dando saltitos de sapito, de chapulín, de dinosaurio jugando a brincar sobre una sola pata. Baja para saludar a los peatones, para tomar un café, para platicar con la abuela que da de comer a palomas en el parque; baja para jugar rayuela en la plaza, para comprar un helado, para dar vueltas alrededor de los árboles y de los postes de luz.
Le gusta subir a la bicicleta y jugar a que es repartidora de periódicos, del siglo pasado. Los repartidores de antes lanzaban el periódico con la mano derecha, en movimiento de parábola, y el paquete caía justo en la entrada de la casa del suscriptor. Ella pedalea, recibe el viento en su rostro, y sube el brazo derecho por encima de su cabeza y lanza versos de Walt Whitman, de su poema “Una hoja de hierba”. Se siente bien cuando comparte. Imagina el rostro del muchacho que sale a la puerta de su casa y encuentra ese sol tirado en la entrada:
“Creo que una hoja de hierba, no es menos
que el día de trabajo de las estrellas,
y que una hormiga es perfecta,
y un grano de arena,
y el huevo del régulo,
son igualmente perfectos…”
Reconoce la perfección de una raíz, porque sabe que ella es la que sostiene lo que asciende, la flor, el pétalo, la hoja, el tallo.
Ella siempre es optimista. Heredó de sus ancestros la mirada ave, la que vuela, la que detesta las alcantarillas y subterráneos. Ella siempre ve hacia arriba, hacia la cúspide, al nido del águila, al fruto que en lugar de ser rastrero, como la fresa o la piña, cuelga en lo alto de la vid, del árbol de jocote, del árbol de naranja, del manzano.
Riega su corazón como si regara un jardín, en lugar de agua, emplea puñitos de ámbar, nubes de almíbar y cajitas con aroma de menta.
Sale a la calle a la hora que cesa la lluvia, para buscar su imagen en los charcos, para reconocerse y saber que, en el instante de la evaporación, ella, su ser húmedo, ascenderá y se volverá nube, en el ciclo infinito de la vida.
La mujer que sube la escalera dando brinquitos se sabe hija del aire, amante del viento. En cada brinco siente que aletea, que le crecen alas.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que son como vaso de papel que se deshacen con el agua, y mujeres que bailan la bamba a ritmo de bolero.
martes, 11 de mayo de 2021
GOTEROS NATURALES
Imaginá que te llamás gota. No permitás que te albureen. ¡No! Nada de permitir que te pregunten si te gusta ver gotas. Se supone que si sos gota, por supuesto que te mirás en el espejo.
Si imaginás que sos gota, la verdadera elección será entre ser gota de agua o de leche, por ejemplo, o de vino, o de alcohol o de vinagre. ¿Mirás el universo tan amplio? Podés elegir entre mil líquidos. Sí, tenés razón, también podés elegir entre ser gota de orín o de semen o de miel o de saliva. ¡Uf! Mil posibilidades, dependiendo de tu gusto.
Si elegís ser gota de agua, podés elegir entre muchas opciones. Antes, todo mundo habría dicho que elegiría ser gota de agua de río y con eso habría bastado, pero ahora, con los niveles de contaminación en el mundo sabemos que una cosa es ser gota de agua de un río limpio y otra ser gota de río contaminado. Nunca olvido la imagen final de la película “Sueños”, de Kurosawa. ¿La recordás? Ah, un viejo vive al lado de un río de agua limpia, transparente, inmaculada. Pero, el mundo, qué pena, ahora tiene ríos donde los peces mueren por la contaminación asquerosa que hacen los humanos. ¿Has visto cómo muchos desechos son tirados en forma indiscriminada a los lechos de ríos? Muchas industrias colocan tubos con sus desechos en las orillas de los ríos. Hay muchas historias de personas que, cuando llueve, tiran su basura para que se la lleve el agua. De igual manera, los industriales botan sus asquerosidades para que el río lleve materias que, en muchos casos, son venenosas y dañinas para la salud. Como todos los ríos van a dar al mar, muchas personas que entran a bañarse terminan con daños en la piel.
A la hora de tu decisión deberás evaluar el peso específico de cada gota; es decir, no es lo mismo ser una gota de agua que una gota de alcohol. La primera puede mitigar la sed, pero la segunda puede servir como eficaz antiséptico. Ahora, también sabés que no todo el alcohol es igual, hay alcohol para uso hospitalario y alcohol para darle gusto al cuerpecito. No es lo mismo ser gota de alcohol de 70 GL que ser gota de wiski de moderado, pero riquísimo, 40 grados.
Podés, por supuesto, elegir ser gota de lluvia y serás feliz porque no hay gota más bella que la gota voladora, la que desciende para bendecir la tierra. No sé si has visto, cuando llueve, que no todas las gotas se comportan igual. Hay muchas gotas que caen en forma directa: de la nube a la tierra o sobre los pisos encementados o con mosaicos. Pero, hay muchas otras gotas que caen sobre los techos de cemento o sobre las tejas o estructuras metálicas, esto hace que la caída se dé en dos tiempos. Y vos sabés que la gota de agua se comporta diferente en cada material. La gota no resbala igual en un cristal que en una plasta de cemento. No sé si en alguna ocasión has visto cómo se comporta una gota de agua en una trabe de cemento y cómo se comporta en una vigueta de aluminio. En el cemento no juega, no se desliza, donde cayó se va resbalando muy sin ganas, como si no le quedara de otra que caer al vacío; en cambio, en el aluminio, las gotas se deslizan, patinan, van de un lado a otro, y cuando ya su pancita cumple su destino de la ley de gravedad, brincan emocionadas al piso donde se integrarán a sus hermanas formando un riachuelo que, en caso de patio de casa, busca la salida a la calle y luego hacia las zonas bajas donde se estanca para ser embebida por la tierra, para cumplir su ciclo vital.
Si sos medio perversón podés elegir ser gota de flujo vaginal, limpio, con buen aroma, con aroma seductor. Si tenés espíritu de chef podés elegir ser gota de aceite de comer, y decidirás entre ser aceite de girasol o el bendito aceite de oliva. Si sos aficionado a mirar pechos femeninos, porque tu mamá no te destetó a tiempo y tenés el Síndrome de Edipo, podrás elegir ser gota de leche. Pero, en estos tiempos ya no será tan simple, porque ahora hay leche semidescremada, leche light, leche entera, leche de soya, leche de almendra y leche de, de, de…
Claro, también podés ser gota de aceite de motor de auto de carreras. Tu imaginación es la medida para calibrar.
Podés, si sos dramático, elegir ser la gota que derrama el vaso, pero si sos perseverante podés elegir ser la gota que horada la piedra. ¿Imaginás el poder que tendrás? Sólo requerirás hacer uso de esa maravilla de vida que se llama disciplina.
lunes, 10 de mayo de 2021
CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA QUE HABLAMOS COMO OÍMOS
Querida Mariana: mirá qué bonitas flores. Una amiga me dice que se llaman agapandos. Bueno, en realidad, me dice, se llaman agapantos, pero alguien oyó agapando y así se quedó. Esto viene de su nombre científico que es: agapanthoideae. ¡Pucha! Nadie, salvo los botánicos, dice este nombre tan complicado. Por eso mejor agapanto, y acá en Comitán agapando.
En México se come el dulce llamado muégano, riquísimo. Acá en Comitán los hacen con panela. La palabra, dicen los que saben, sólo se usa en nuestro país. El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española consigna la palabra nuégado, pero, igual que con el agapando, alguien escuchó muégano y así se quedó. Los comitecos no le hacemos caso al centro de México y decimos el prestigioso nuégado.
Mucho del lenguaje de todos los días es como juego de teléfono descompuesto. Cuando era niño, en casa jugábamos lotería; a Víctor, que era el hijo de Sara, quien era la cocinera de la casa, le encantaba “cantar” las cartas. Todo lo decía bien, menos la palabra cantarito, cuando aparecía la figura del cantarito colorado, él, bien emocionado, decía: ¡el carantadito! Ah, yo lo gozaba mucho. Siempre esperaba ese momento para soltar la carcajada. Víctor seguía. Él no se daba cuenta del cambio que hacía. Lo mismo sucedía con Pancho, quien era de Pamalá, y trabajaba en la casa. Cuando terminaba de podar la buganvilia llegaba con mi mamá, se secaba la frente, y decía: Ya quedó lista la bombambilia. ¡Genial!
Y digo que si, en su comunidad, Pancho decía a cada rato la palabra, los niños podrían aprehenderla y al paso del tiempo así se llamaría la buganvilia.
Porque eso fue lo que sucedió con el agapando y con el muégano. A base de repetición el término modificado halló tierra fértil para crecer.
Ahora, si alguien llegara a tratar de rectificar y dijera agapanto medio mundo se burlaría. ¡Qué bobo!, dirían. ¡Oí, este mudo dice agapanto al agapando!
No sé si alguna vez has escuchado que alguien dice que, de niño, fue acolito en el templo de Santo Domingo. Así: acolito, sin tilde. Si vas al diccionario hallás que el término prestigioso es, por supuesto, con tilde: acólito, pero acá alguien, insisto, oyó acolito en lugar de acólito y lo que es palabra esdrújula la convirtió en grave. Ya por cuestión de eufonía decimos que la palabra comiteca suena más afectuosa, más cariñosa. Fui acólito suena más rotundo que fui acolito, el colito final es una colita simpática.
¿Y qué me decís de la palabra bodoc? Sí, así, como se oye. La palabra prestigiosa es bodoque. En la caricatura de Don Gato aparece un personaje que se llama Benito Bodoque. Bueno, así se llama en muchas partes del mundo hispano, acá es Benito Bodoc. Los que saben dicen que se llama apócope cuando eliminamos las últimas letras de una palabra, acá, algún comiteco, en algún momento hizo apócope con la palabra bodoque y la volvió bodoc. También es una palabra bonita, dice lo mismo que la otra y ahorra uno saliva.
¿De dónde sos vos? ¡De Comi! ¿Y vos? ¿Yo? De Tapa. Los chiapanecos no dudamos, sabemos que el primero es originario de Comitán y el segundo de Tapachula. Pero, alguien de fuera no podría descifrar este acertijo.
Muchas de las palabras que usamos en el día a día tienen modificaciones.
No me preguntés porque no sé, pero acá en Chiapas y en Guatemala al huevo de gallina le dicen blanquillo, aunque el de rancho no es blanquillo sino coloradillo. ¡Ya, ya, perdón, fue mal chiste! Pero, en muchas regiones rurales no les dicen blanquillos sino blanquíos. ¡Qué cosa!
Otro ejemplo de palabra mal escuchada es la palabra carcaj, que designa al chunche donde los cazadores colocan sus flechas. En Comitán no se dice carcaj, acá alguien oyó la palabra y le sonó carcás y así le decimos a todas las fundas.
Posdata: al que le da erisipela le da disipela y al que le da diabetes le da diabetis. Al cogote muchos le dicen gogote. Un hediondo está jediondo. A nadie le extraña esos ligeros cambios, así nos ha sonado durante muchos años, es parte de nuestra herencia lingüística. Las comitecas de mediados del siglo XX, en lugar de usar fustanes, usaron justanes. Por eso, a algunos hombres que son delicados les dicen que son justanudos.
Tal vez una de las palabras más usadas en Comitán es la palabra tacuatz que designa al tlacuache. Alguien, en algún momento, preguntó cómo se llamaba ese animal y el otro dijo: tlacuache, y escuchó tacuatz y desde entonces muchos, en el pueblo, se hacen tacuatz y otros son tacuatzones.
sábado, 8 de mayo de 2021
CARTA A MARIANA, CON UNA ESQUINA DOBLE
Querida Mariana: el cronista Cuauhtémoc Alcázar subió esta fotografía, el 29 de abril de 2021. El maestro Cuauhtémoc sale todas las mañanas a correr por las calles de Comitán y, en los últimos tiempos, ha compartido fotografías en redes sociales. Fotografías de espacios que llaman su atención y que, por supuesto, son un registro visual de la arquitectura de estos tiempos.
Mi amigo Bersaín Estrada, del mero Ocozocoautla (¡Calma, Coita, que vamos ganando!) también comparte en redes sociales fotografías de su pueblo. Sale a caminar y hace un registro preciso de las casas, con sus puertas, ventanas y paredes de diversos materiales. Sabe, es inevitable, que la modernidad, como dragón, arrasa las construcciones antiguas y coloca su firma del siglo XXI.
El maestro Cuauhtémoc, siempre está alentando a medio mundo a caminar, a activarse, para mantener una buena salud, sobre todo en estos tiempos de pandemia, donde el confinamiento ha limitado las caminatas y las actividades cotidianas. En el canal 11 transmiten un programa de televisión que se llama “Aprender a envejecer”, que, como su nombre indica, comparte conocimientos para que los adultos mayores tengan una vida plena. Ahí, a cada rato, insisten que el movimiento es esencial, quien se bota en un sofá o en la cama todo el día reduce su capacidad física. Aunque se escuche mal uno debe seguir la recomendación que hace la canción de Lllya Kuryaki y los Valderramas: “A mover el culo”. ‘Ora, a pararse, a mover las piernas y brazos, a mover las neuronas del cerebro. ¡A bailar! ¿No hay espacio? En un pedacito de patio, a mover el culito, a darle alegría, al cuerpo, Macarena. El maestro Temo, el eterno joven de Comitán, nos alienta a hacerlo. Vos sabés que ese ritmo prodigioso que se llama danzón se baila dibujando un cuadro, un simple y sencillo cuadro que no pasa de medio metro. Ah, y cómo despierta el cuerpo y espíritu al mover los pies al ritmo de un buen danzón. ¡Ah, uno siente, aunque reciba el viento de La Ciénega, de Comitán, como si estuviera en el malecón de Veracruz y las gaviotas volaran encima!
El aislamiento, obligado por la emergencia sanitaria mundial, no significa permanecer en estado pasivo. ¡Al contrario! Este confinamiento exige hacer ejercicio. El ejercicio pincha el globo de la aprehensión, de la incertidumbre, el monstruo de la depresión. No me estás preguntando, pero te cuento que nunca me ha gustado hacer deporte. Como decía un amigo, no jugué ni mi caca, cuando era chiquitío. Ocasionalmente jugué básquetbol y béisbol, con la palomilla, pero jamás fui deportista disciplinado. ¿Correr? Ni para perseguir a una muchacha bonita. ¿Nadar? Tengo pavor a las albercas, a los ríos, a las lagunas, al mar. Sólo tolero al agua cuando me pongo debajo de la regadera. Admiro a mis amigos que se trepan a la bicicleta y recorren decenas de kilómetros. Ah, cómo disfruto cuando veo sus fotografías, a la hora que pedalean en senderos, rodeados de árboles y de la inmensa burbuja de aire. Admiro a mi amigo José Ramón, quien practica el triatlón. ¡Qué seres tan maravillosos! El maestro Temo ha sido deportista de toda la vida. A sus ochenta y más se mantiene con espléndida salud, mental y física.
No me estás preguntando, pero te cuento que, a pesar de que nunca he sido deportista, en los últimos tiempos, todos los días, procuro mover mis manos, mis brazos, mis piernas, el culo, pues. A las cinco de la mañana prendo el televisor y sintonizo un canal de videos musicales y hago lo que llamo tai chi de viejito. Una media hora de estiramiento, de mover las muñecas, de levantar los brazos, de hacer sentadillas, de mover el torso, de subir las piernas, de trotar tantito, tantito. Procuro, en el transcurso del día, levantarme de la mesa de trabajo (donde escribo o dibujo), y doy una vueltita por la cochera. Asimismo, cuando hay sol, saco una silla y dibujo, mientras recibo los rayos de las nueve de la mañana, más o menos.
Me encanta lo que está haciendo el maestro Temo; me encanta que comparta sus hallazgos. Claro (¡no puede ser menos!), estas fotografías las acompaña con imágenes de su álbum personal, donde muestra los diversos reconocimientos que ha recibido y los lugares donde ha viajado. Lo que hace actualmente es compartir instantes donde él camina y recibe la bendición del aire comiteco.
El maestro Temo es uno de esos hombres que se ha entregado a su pueblo. Viaja, pero, hasta donde sé, la mayor parte de su vida la ha vivido en Comitán. Sólo en su juventud anduvo por otras tierras, pero, a su regreso a Comitán, acá sembró su fe. Ha sido un comiteco ejemplar. No es fotógrafo, ¡no! Las fotos que comparte, la mera verdad, distan mucho de la calidad que tienen, por ejemplo, las fotografías que toma Hugo Nandayapa, quien no sólo hace un exquisito registro del Comitán de estos tiempos, sino que lo hace con un toque artístico inigualable. Ambos, Hugo y Temo, son pata de chucho. Hugo camina el pueblo con la intención de captar imágenes artísticas, Temo camina Comitán por salud, pero su mirada de cronista lo hace tomar fotografías sencillas con su celular y con ello también hace un registro invaluable de imágenes.
Por ejemplo, en esta fotografía que anexo, no sabemos (ni sabremos) qué motivó al maestro a tomarla ¿Qué llamó su atención? ¿El color? ¿El techo irregular? ¿El barandal superior? ¿El remate que convierte la cuchilla en una esquina con dos esquinas?
El maestro ha subido varias fotografías con este tipo de arquitectura. Construcciones que no terminan en pico, porque ahí está la entrada principal, lo que obligó a los constructores a mochar el vértice y dejar dos esquinas en la esquina. A mí me encantan estas edificaciones. En algunas ocasiones hay portalitos, en otras, aleros, como es el caso.
Como el maestro Temo recorre toda la ciudad en sus diarias caminatas, ha compartido fotografías de muchas partes. El otro día caminó por el barrio de Guadalupe y compartió una fotografía de la popular tienda de abarrotes “El XXV” y todos vimos que ese negocio también tiene mocha la esquina, porque ahí está una puerta de acceso. No existe un registro preciso de cuántas edificaciones comitecas tienen mocha la esquina, pero, sin duda, sería un documento valioso. Las casas no terminan en punta, ¡no!, terminan en paredes que forman dos esquinas.
No me preguntés en qué barrio tomó esta fotografía el maestro. No lo sé. Presumo que la tomó en un barrio del oriente de la ciudad, en la parte baja. Sólo el maestro Temo y los que viven por ahí sabrán decir qué barrio es.
Hugo y el maestro Temo (y muchos más) caminan y de pronto algo llama su atención y hacen el registro visual con sus cámaras, simple cámara de celular en el caso de Temo y cámara profesional en el caso de Hugo. Ambos nos regalan documentos valiosos para registrar la identidad de nuestro pueblo.
En el siglo pasado, Comitán tuvo una armonía arquitectónica envidiable. Ahora todo es un tachilgüil constructivo. Cada comiteco tiene derecho a construir de acuerdo con su gusto estético, a veces, incluso, en forma improvisada, como Dios da a entender. La arquitectura comiteca de estos tiempos se ha vuelto folclórica, espontánea. El paisaje arquitectónico comiteco del siglo pasado era como una risa franca, espléndida, como la de doña Lolita Albores a mitad de una fiesta; el paisaje actual es como risa de mil chachalacas revueltas con murmullos de chisquirín. Pero esta es la personalidad del Comitán actual. Los investigadores del futuro estudiarán esta disparidad arquitectónica y darán luces acerca de la personalidad de los comitecos del siglo XXI.
Posdata: No sabremos qué llamó la atención del maestro: ¿fue el color de la casa? ¿Fue el techo que es como sábana a punto de volar? ¿El contraste del azul con el negro? ¿La perspectiva que se abre en dos brazos? ¿O fue la figura de la persona que recibe el sol sentada en la banqueta? En esa banqueta que, mero al estilo comiteco, topa en una pared y pierde su continuidad, con lo que el peatón debe bajar al arroyo, con riesgo de ser arrollado.
Tampoco existe un registro preciso del amplio y alucinante muestrario de banquetas comitecas. En esta foto del maestro Temo hallamos que la banqueta, con laja, está chimuela ya en la esquina.
Ojalá que el maestro Temo continúe con esta labor, que siga caminando todo el pueblo y nos comparta sus hallazgos fotográficos. Mi amigo coiteco, Bersaín Estrada, hace una labor ejemplar, realiza un registro preciso de las fachadas de su pueblo. En el futuro, todo mundo sabrá cómo era el Ocozocoautla en tiempos de pandemia.
Así, así como está la persona sentada en la banqueta, así me siento yo en una silla que saco a la cochera y recibo el sol de las nueve de la mañana.
A las cinco de la mañana me muevo, disfruto los videos musicales, y como que escucho la canción de Los Valderrama, que dice: “A mover, a mover, a mover…”
viernes, 7 de mayo de 2021
CARTA A MARIANA, CON BICENTENARIOS
Querida Mariana: el mundo celebrará en este 2021 varios bicentenarios. El país celebrará el Bicentenario de la Entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México, hecho que declaró el inicio del México independiente; y celebrará el Bicentenario de La Independencia de Chiapas y de Centroamérica, cuyo inicio se dio en nuestro prodigioso Comitán. Pero, el mundo entero también celebrará el Bicentenario del Natalicio del enormísimo Fiódor Dostoievski.
Dostoievski nació en la Rusia de todos los zares el 30 de octubre de 1821. Apenas dos meses después que los comitecos celebraron con grandes festejos la independencia, el pequeño Fiódor abrió los ojos. En ese momento, el mundo no advirtió que ese pichito llegaría a ser uno de los más brillantes escritores.
No sé el momento exacto en que leí una obra del escritor ruso. Pero sé que entré por la puerta que los críticos recomiendan: su novela “El jugador”.
Ahora que lo escribí se hizo la luz en mi memoria. ¡Claro! La leí en 1969, porque “El jugador” fue el número cinco de la Biblioteca Básica Salvat. Tenía doce años cuando don Fiódor llegó a mi casa comiteca y entró con la fuerza del viento de las estepas rusas.
Te he contado que la Biblioteca Básica Salvat fue la ventana enormísima que me permitió ver el mundo de afuera desde la ventana modesta de mi mundo. El primer número fue “La tía Tula”, de Miguel de Unamuno, genial escritor español; el número tres fueron “Las narraciones extraordinarias”, del no menos genial Edgar Allan Poe. ¿Mirás? En apenas estos tres libros hablo de cultura española, rusa y norteamericana.
Ya más grande leí “Los hermanos Karamazov” y “Crimen y castigo”; y ahora, en mi buró, tengo un libro de bolsillo que contiene muchos cuentos de Dostoievski. En la contraportada de este libro viene la siguiente cita del gran científico Albert Einstein: “Ningún científico me ha dado tanto como Dostoievski.” Ah, hay que creerle al creador de la Teoría de la Relatividad. Millones de lectores en todo el mundo, durante el siglo XX y lo que va del XXI se han conmovido ante el genio narrativo de don Fiódor.
No recuerdo ya la trama de “El jugador”, salvo lo que el título enuncia: es la historia de un compa que tiene el vicio del juego. Los biógrafos señalan que don Fiódor era un vicioso de la ruleta. Los mismos biógrafos señalan que esta novelilla la escribió Dostoievski en 26 días, porque si no la entregaba al término del plazo cedería todos sus derechos de autor al editor, quien también se llamaba Fiódor. ¿Mirás? 26 días le bastaron a Dostoievski para escribir un prodigio de novela. Tal vez, don Albert Einstein tuvo la visión de la Teoría de la Relatividad en un instante. Las ventanas de los genios siempre dan hacia el interior del espíritu humano, ahí donde está la gaveta que descubrió Carl Jung: el inconsciente colectivo, recipiendario de todo el conocimiento pasado, presente y futuro.
Dos meses después del festejo donde Comitán celebrará el Bicentenario de La Independencia de Chiapas y de México, el mundo entero echará cuetes en honor a Fiódor Dostoievski. Ya no tengo aquel libro que compré en la Proveedora Cultural, de don Rami Ruiz, en los años sesenta, cuando estudiaba la educación secundaria. Igual que a Dostoievski, a quien su papá inscribió en la Escuela Militar de Ingenieros, a mí no me gustaban las ciencias. Dostoievski, en lugar de estudiar matemáticas, se dedicó a leer a los grandes poetas y escritores rusos como Pushkin y Gógol. Yo, gracias a mi mamá que, religiosamente, me daba paga para comprar los libros de la Biblioteca Básica Salvat, tuve el privilegio de leer a don Fiódor con su novelilla “El jugador”. Acá, en el pueblo, los señores echaban volados, hacían apuestas en el billar o en los palenques de gallos y dejaban sus billetes en las mesas donde jugaban dominó o naipes, pero nunca hubo un salón donde la ruleta fuera el centro de la pasión y de la tragedia, como sí lo hallé en la novela de Dostoievski.
Sí, había más mundo y lo tenía en mis manos. Desde entonces, hace ya más de cincuenta años, no he dejado de viajar en el barco de la literatura. Ahí permanezco a salvo de tormentas y, a pesar de no saber nadar, viajo con la certeza de que, a diferencia del Titanic, jamás se hunde. La literatura navega por los cinco mares y por todos los ríos del universo.
Posdata: ¿Cómo celebrará Comitán el Bicentenario de La Independencia de Chiapas y de Centroamérica? Con gran júbilo y respetando la contingencia sanitaria. ¿Cómo celebrará el mundo el Bicentenario del Natalicio de Dostoievski? Con gran júbilo y respetando la contingencia sanitaria. Por mi parte yo echaré cuetes virtuales para honrar mi pueblo, cuna de La Independencia, y compraré “El jugador”, en libro electrónico, y recordaré las imágenes intensas que bebí cuando tenía doce años. ¡Eterna vida a don Fiódor!
jueves, 6 de mayo de 2021
CON ACEITE NÁHUATL
Imaginá que te llamás aguacate. Hasta hace cosa de un mes no sabía el origen de la palabra. Lo supe y no me sorprendí. Aguacate viene del náhuatl ahuacatl, que significa testículo, coyol.
Claro, vos no serás coyol, ¡no!, vos serás el fruto que, en temporada de finales de fútbol americano, es la botana favorita de los aficionados de medio mundo occidental.
Ah, qué vocación tan prodigiosa. Los niños viejos, cuando te vean, dirán la adivinanza más boba jamás inventada: “Agua pasa por mi casa, cate de mi corazón, ¿qué es?” ¿Cate? En México usamos la palabra cate como sinónimo de golpe. Así decimos: “aquellos niños se dieron cates”. ¿Qué es, entonces, cate de mi corazón? ¿Golpe de mi corazón? Al inventor de esa adivinanza aguacatera no se le ocurrió más, para dar pistas. Y digo que es boba, porque todos adivinan a la primera; es decir, no exige el más mínimo esfuerzo.
Pero, bueno, será preferible que digan esa adivinanza cuando te vean, a que se toquen la entrepierna y digan, molestos: “¡Se hace por mis aguacates!” Ya, en este caso, hay el recuerdo del origen náhuatl.
Lo bonito del aguacate es que, a diferencia de los testículos, crece solo. En Comitán se sigue usando la palabra chiclán para nombrar al hombre que sólo tiene un testículo. Qué caso tan extraño. No sé si recordás que Homero definió a los cíclopes como gigantes de un solo ojo y de un solo testículo. Pucha. Bueno, la naturaleza es sabia, ¿imaginás el poder que tendrían esos gigantes con dos ojos y con dos aguacatotes? ¡Pucha!
Porque, lo sabemos, hay personas que tienen aguacates pequeños y otros que tienen aguacates de tamaño caguama.
La tía Amanda, que era malhablada y no tenía pelos en la lengua, decía que su hijo Ramón era un gran huevonazo, así lo decía, y para reafirmar el dicho ponía las manos con las palmas hacia arriba y hacía tremendos huecos y las hamaqueaba hacia arriba y hacia abajo. Sí, todos asentíamos, el Ramón era un gran huevonazo, aguacatudo.
Imaginá que te llamás aguacate, que sos aguacate, pero que sos rebelde, porque venís de los años sesenta, los años de juventud contestataria. Imaginá que, sólo por joder, decidís ser rojo, en homenaje al Che. ¿Imaginás las portadas de periódicos anunciando el hallazgo de un aguacate rojo? Los conservadores lanzarán anatemas, pero los progresistas estarán felices y llegarán a tu casa y te tomarán fotografías y las subirán a redes sociales y los amigos del Facebook dirán que sos único, que tenés integrado el jitomate, que sólo faltará agregar unas gotas de limón, una pizca de sal, un chorrito de aceite de oliva y pedacitos de chile serrano, para hacer el más rico guacamole.
Qué bueno que al inventor de la adivinanza del aguacate no se le ocurrió hacer la adivinanza del guacamole. ¡Bendito Dios! Si no, ya tendríamos algo como: “Guaca pasa por mi casa, mole de mi corazón” ¡Guácala!
Hay una variedad de aguacate que le llaman aguacate mantequilla, que se da por la Costa. Ah, son aguacates grandes, riquísimos. En Comitán tenemos aguacates pequeños, también riquísimos, esta variedad se llama aguacate tzitz. Las muchachas bonitas, las arrechas, saben que el tamaño importa. No es lo mismo viajar en una camioneta suburban que en un vochito. Pero, las muchachas más espirituales, siempre soñaron con tener un vochito. En un corto animado, en homenaje a este carrito pequeño, la Volkswagen mostró a una niña con un letrero en alto: Think small. Así, hay autos vochito y autos 4x4, de igual manera hay personas que tienen ahuacatl mantequilla y personas que tienen ahuacatl tzitz.
Imaginá que te llamás aguacate. ¿De qué variedad te gustaría ser? ¿Mantequilla grande o Tzitz chiquitío? ¿Importa el tamaño? ¡Claro! Para hacer un buen guacamole bastan tres o cuatro de los grandes. Pero, para hacer un buen guacamole familiar, se necesitan muchos tzitzes.
miércoles, 5 de mayo de 2021
LUZ CON PANTALLA
A veces divido el mundo en dos. Hoy lo dividí en: mujeres que son como una cama con dos patas y mujeres que son como una lámpara de buró.
La mujer lámpara de buró es una mujer selecta, una verdadera princesa. La prende sólo quien duerme en esa cama. Durante el día descansa, no es como las plebeyas lámparas de la sala o del comedor que puede prenderlas cualquier advenedizo, a cualquier hora.
La mujer lámpara de buró aprovecha las mañanas para meter los pies en el mar, para escribir sobre la arena, para bailar una cumbia interpretada por Natalia Lafourcade. Sube a su bicicleta y recorre el malecón, mira las gaviotas y los delfines que hacen rutinas sobre las olas.
Camina al ritmo de los timbales y se abre a la vida como si fuera el fuelle de un acordeón. Le gusta, en ocasiones, en lugar de ser el acordeón ser la cinta que se enreda al cuello del ejecutante. A veces, cuando tiene alegría en su cintura le gusta sentirse red de pescador y soñar que es una sirena y aúlla su canto para seducir a Odiseo.
¿Llora? Claro que sí, pero lo hace a la hora que su amado la apaga, para entrar al escenario de los sueños.
¿Ríe? Por supuesto que sí, lo hace con la fuerza con que cae el telón al término de la obra. Sabe que la vida no es más que una puesta en escena y que los reflectores a veces no funcionan tan bien como ella, porque ella tiene una luz cálida, discreta. Su luminosidad no molesta los ojos del amado, porque tiene una pantalla que, al contrario del celular, no deslumbra, no hiere la mirada del otro.
Ella es adorada por las mujeres que rezan sus oraciones en la noche; por las chicas que leen novelas románticas antes de dormir; por los niños que la mantienen prendida para alejar a los fantasmas y a los monstruos que se esconden en el ropero.
Ella es una mujer discreta que, cuando es indispensable, emplea sombrero con flores para cubrirse del sol o para alimentar a los colibríes.
Se coloca una cinta tejida alrededor de la muñeca, para alejar a los espíritus malignos, para convocar la luz.
Conserva en su memoria las imágenes más bellas de su niñez y de su adolescencia, desecha imágenes de pueblos devastados por guerra. Cuando abre su álbum, como abre su corazón o como abre sus piernas para recibir a su amado, ella elige las fotografías donde los niños corren por el parque, donde los niños dan de comer a los patos en el estanque, donde se deslizan por resbaladillas o donde vuelan sentados en un columpio.
A pesar de que siempre está al lado de la cama, de la cama del que descansa, del que juega juegos con su pareja o del que se recupera de una enfermedad, le encanta dormir en hamaca. Le fascina colgar la hamaca de las ramas de dos árboles vecinos. Sabe que esos lazos tejidos son el puente que une la savia de dos hermanos.
Le gusta jugar a hacer gestos, cierra sus ojos y abre la boca, la abre como si fuera un sapo, como si fuera un pajarito en el nido. También le gusta hacer gestos cuando va al baño a hacer pis. Se baja el pantalón y la pantaleta la deja enrollada en sus rodillas y hace gestos. Mientras suelta el chorro une su labio superior con la nariz y exhala como si fuera un perrito.
Recuerda los ríos que conoció de niña, las neverías que visitó de la mano de su papá, las vidrieras donde pegó su carita viendo los cientos de libros exhibidos. Recuerda las manos de todos sus amados, las caricias que le enseñaron a identificar las partes más sensibles de su cuerpo, los labios que la ensalivaron, que la humedecieron.
La mujer lámpara de buró necesita que el otro, el amado, la prenda. Le gusta el instante en que su amado oprime el botón que la activa, ese botón es como el clítoris que la enciende, que la convierte en fuente de luz infinita.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que son la tierra que alimenta el árbol y mujeres que son como un boceto hecho con lápiz HB.
martes, 4 de mayo de 2021
CARTA A MARIANA, CON UNA HUELLA
Querida Mariana: cuando Emilio vio la foto dijo: “Es un huevo.” Lo dijo como si fuera cosa de todos los días. Entendí que los huevos son la cosa más común del mundo. En casa, a la hora del desayuno, preparan huevos con papas fritas, papas bien delgadas. Hay un guiso que tiene el nombre de Tortilla Española, cuya base son huevos y papas. Claro, para hacerlo especial debe agregarse aceite de oliva, cebolla, perejil (un poco), pimiento y sal. Pero lo que más lleva es huevo y papa. Es un guiso exquisito.
“Es un sol”, dijo Pao, cuando vio la foto. Pensé que había un mundo de diferencia entre la apreciación de Emilio y la de Pao. Casi casi dejé de ver un huevo y comencé a ver un sol, rodeado por la corona solar, hecha con precisión por la mamá pájaro.
Y digo que me asombró la precisión con que mamá pájaro armó el nido, en lo alto de un árbol. Mis amigos arquitectos podrán decirme cuál es el elemento esencial de la construcción de un nido. Pienso que el nido de un pájaro es equiparable a las más bellas construcciones realizadas por el ser humano.
Cuando estudié arquitectura la maestra Miriam nos dijo que hiciéramos una maqueta del diseño de reconstrucción de la plaza de la universidad y recomendó que no la hiciéramos con papel, porque se haría caca. Sí, los elementos para construir la maqueta deberían ser resistentes, papel cascarón o ilustración, por ejemplo. ¿Qué habría pensado Miriam, si alguno de nosotros hubiera dicho que haría la maqueta con palitos, tal como los pájaros hacen sus nidos?
Los estudiantes de arquitectura saben que un edificio necesita cimientos fuertes. Para ello, es necesario cavar y colocar parrillas con varillas encementadas. Cualquier maestro repite a cada rato a sus estudiantes que los cimientos son básicos para una buena construcción. Un buen cimiento permitirá que la construcción no se integre al polvo donde está sostenida. Los arquitectos aprenden a hacer cimientos.
¿Se puede aplicar la palabra cimiento a un nido de pájaro? Los nidos, por lo regular, son construidos en ramas de árboles (las construcciones modernas han permitido que ahora algunos pájaros construyan nidos en vigas o arremetidos de estructuras). Los nidos, en su mayoría, están suspendidos. Pocos pájaros hacen nidos en el piso. Esto último es como un contrasentido. El ave sabe que su principal característica es el vuelo. Claro, esto hace que, a veces, en el campo veamos a un pajarito que cayó del nido. Pero, pienso, si las aves hicieran sus nidos en el piso, los animales depredadores la tendrían más fácil, con mucha facilidad podrían elaborar su tortilla española y darse un formidable banquete.
Emilio dijo que era un huevo y Pao dijo que era un sol. ¿Vos, Mariana, qué ves? Sí, sí. Tenés razón es un huevo. No sé de qué ave es. Las tortillas españolas, en su mayoría, las preparan con huevos de gallina, tal vez en Comitán las preparan con huevos de gallina de rancho, para hacerlas más exquisitas. No sé si alguien prepara tortillas españolas con huevos de avestruz o con huevos de paloma. No sé si los huevos, como el de la foto, sirven para hacer tortillas españolas. Lo único que sé es que la mamá preparó con precisión la canastilla para empollar el huevo. ¿Cómo se sostiene el nido arriba de las ramas? ¿Cómo colocan el primer palito, la primera hierba? ¿Cómo es el método para hacer el tejido y comenzar a alzar la estructura? En mi bobera pienso que los nidos tienen, también, un cimiento, es la base donde reposa la cesta y es lo que permite que el nido resista los vientos y las lluvias.
A mí me gusta lo que vio Pao: un sol, con su corona solar. Elenita, cuando nació su primera hijita, me la presentó diciendo: “Mirá, Alejandro, mi solecito”. Su solecito había estado en su vientre durante nueve meses. Su vientre había funcionado como nido amoroso, cesta precisa.
Posdata: No sería raro que alguien, al ver la foto, dijera que es una huella. Sí, es una huella de vida. Siempre que alguien menciona la palabra huevo alude al andar de la vida. Sé que cuando en casa preparan la tortilla española varias vidas de pollos fueron anuladas. Para que la vida de humanos continúe cortan esas pequeñas espigas de luz. Ya no permiten que los huevos continúen su proceso de vida. Algo se interrumpe.
¿Yo? Bueno, yo ni pensé en el huevo ni en el sol cuando vi la foto. Lo primero que pensé fue: qué prodigio de estructura, y un segundo después pensé en la maravilla de la vida. En esta foto hay una síntesis de la cuerda maravillosa. Algún día le preguntaré a mi amigo, que por apodo le dicen chinchibul (nombre de un pájaro, en comiteco), cómo le hacen los pájaros para hacer el cimiento de sus nidos.
lunes, 3 de mayo de 2021
AGUA SIN VASO
A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: mujeres que riegan la planta de la esperanza y mujeres que sobreviven en la semilla del agua.
La mujer que sobrevive en la semilla del agua crece en el desierto, en medio de un cactus que florea. Ella es como cuerda de guitarra, que suena en cada rasgueo, en cada caricia.
Le encanta ir a tomar café en cantinas y beber tequila en cafés. Siempre se reclina en la pared, para observar las líneas de las paredes, los carteles del Che o de Zapata, las imágenes de Frida al lado de Diego Rivera o de Lenin. Le encantan las mujeres que sueñan con ventanas cerradas y con puertas abiertas, porque la vida, más que para ser espectador es para ser protagonista. ¡Abandonar las ventanas, ponerse un suéter y salir a la calle, a la lluvia, al sol, al lugar donde los perros tiran los basureros, donde los gatos hacen equilibrio en las bardas, donde el sol juega rayuela en la piel de las chamacas!
La mujer que sobrevive en la semilla del agua no acude al templo a comprar un litro de agua bendita, sabe que le basta meter la mano al agua para bendecirla. Así bendice el aire, la alcoba, el libro de la pasión que deletrea su amado.
Su mirada tiene el color del agua de los manantiales benditos. Su vocación la llama para abrazarse a hombres y mujeres que tienen el corazón con forma de olla, que están modelados con barro de Los Zanjones.
Sube a las montañas, sólo para ver el color amarillo de los plantíos del valle; sólo para ver el verde pardo de las cañas de azúcar; sólo para extender la mano y comer nubes de algodón. Su mirada es como un riel donde el tren del delirio avanza. Usa un cayado hecho con ramas de eucalipto, cada vez que coloca el bastón en la tierra, ésta recibe la caricia del aire.
Le gusta tener tatuajes. Por lo regular busca sitios íntimos: la parte trasera del cuello, que se oculta por el cabello; la base de las tetas, escribe un adjetivo en la derecha y completa la frase en la base de la izquierda.
Le encanta abrazar a sus mascotas, rodear con sus brazos al doberman, cargar al french poodle y besar el dedo índice de su animal favorito, el que la acompaña a la hora que se baña y desayuna en el balcón que da a la calle.
Sí, le encanta sentarse en el balcón de su casa y desde ahí escuchar una canción de Jarabe de Palo o soñar con montañas coronadas con hielo o con volcanes que forman ríos de lava en su descenso.
Sueña a destiempo, pero borda realidades con hilos de cacao.
Si le dan a elegir entre la ruta del río o la ruta del tren, elige, sin dudar, la ruta del ave en el cielo. Si le dan a elegir entre una calle de San Cristóbal de Las Casas o un parque de Comitán, elige, sin dudar, abrazar la ceiba de Chiapa de Corzo.
¿Su hora favorita? La hora donde la bailarina da el primer paso en el escenario del Palacio de Bellas Artes; la hora en que el color se vuelve prodigioso blanco y negro; la hora donde la mujer recoge su deseo que puso a secar en el tendedero de la azotea; la hora donde el niño corre detrás de un globo, la mujer camina hacia el templo, la mariposa besa una margarita, el diente muerde la manzana, la rodilla se flexiona ante la cruz, la mano acaricia una pierna, el dedo pinta una raya en el pecho del otro.
Le gusta el sonido de la gota que cae del techo, el del tren a la hora que frena en el andén, de la cuerda que se azota en temporada de huracán, de la piedra que cruje en un puente, de la silla a la hora que es retirada, del papalote, del viento, de la rama que se quiebra y de la cama que es cómplice del acto amoroso.
Busca el reflector, no para brillar, sino para entrecerrar los ojos, porque cuando tiene ojos de horizonte observa mejor que cuando ve con ojos de montaña.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: mujeres que vuelven plural el singular de la pasión y mujeres que sueñan con recibir más cuando abren costales llenos de menos.
sábado, 1 de mayo de 2021
CARTA A MARIANA, CON MONEDAS
Querida Mariana: esta máquina “dice” que no sirve. Yo digo que sí, que sí sirve. Porque, a final de cuentas, la misión de estas máquinas es ¡tragar monedas! Que no activa el juego es otra cosa; es decir, cumple su cometido de tragar la moneda, pero no activa el juego.
En realidad, a estas máquinas les llaman tragamonedas; tragaperras, les dicen en España. Los que saben dicen que en aquel país a las monedas les llamaban perras, cuando la moneda era de denominación baja le decían perra chica, y si la moneda era de mayor valor le decían perra gorda. Todo mundo quería tener perras gordas en sus bolsas, pero a veces, vos lo sabés, es temporada de vacas flacas y las perras son chicas.
No sé a qué mente brillante se le ocurrió inventar estas máquinas traga monedas, pero fue un descubrimiento genial. Son unas minitas de oro. Como toda máquina no necesita alimentarse más que de energía eléctrica. Trabaja veinticuatro horas los trescientos sesenta y cinco días del año y no cobra salario, ni pide vacaciones ni requiere seguridad social. ¡No! Basta que le den mantenimiento para que trabaje a favor de su dueño.
Esta máquina, mediante la inserción de una moneda de diez pesos mexicanos, permite que el jugador se emocione y vislumbre la posibilidad de ganar un balón de fútbol soccer, con el logotipo del equipo del Toluca o de los Pumas.
He visto jugadores que en máquinas similares ganan muñecos de peluche. ¡Ah!, qué alegría cuando el gancho atrapa al muñeco, sube, viaja a través del espacio y lo deposita en el cubo que desliza el peluche hasta la boca donde la niña o muchacha recibe el juguete y lo abraza. También he visto la carita de desaliento cuando el gancho no atrapa el muñeco o, el colmo, cuando se cae al momento de subir. El papá o el novio buscan en la bolsa y meten otra moneda, a veces, gastan tres o más monedas y no logran el objetivo. Porque, lo sabe medio mundo, estas máquinas traga monedas están diseñadas para hacer difícil la captura del regalo.
Las máquinas traga monedas más famosas del mundo son las de Las Vegas. Amigos que han viajado a ese lugar me cuentan que en los salones hay cientos de máquinas donde los jugadores meten las fichas (que fueron adquiridas previamente). Las máquinas de Las Vegas no tragan monedas ni perras, tragan fichas que significan paga. De los miles de jugadores que participan cada día, dos o tres son los afortunados que logran salir con ganancia. La mayoría pierde. Es el gran negocio del mundo.
Pero, estas máquinas no sólo sirven para jugar, también sirven como máquinas expendedoras. Vos metés una moneda y recibís una bolsa de Sabritas, un jugo de manzana, una coca cola o un paquete de tres condones. En Comitán no hay máquinas expendedoras de condones, pero sí hay máquinas que reciben monedas y te dan un pastelito.
No está lejano el día que un inversionista comiteco tenga este tipo de máquinas para ofrecer dulces tradicionales. Imaginá a la embarazada que a las once de la noche se le antoja una oblea. El marido bien puede decir: ¿en dónde querés que yo consiga una oblea a esta hora? Ah, no sé (es la respuesta) si luego tu hijo sale con cara de oblea no me echés a mí la culpa. Y cuando el futuro papá imagina a su hijo con una boca como de oblea, sale y trata de cumplir el absurdo antojo de su mujer. ¡Oblea, oblea! Sólo a ella se le ocurre querer una oblea. ¿Por qué no se le antojó una Sabrita, en cualquier Oxxo puedo conseguir una bolsa de papitas? Lo hace sólo para fastidiarme. Si no estuviera embarazada pensaría que lo hace para que yo salga de casa y ella…
Cuando exista este tipo de máquinas no habrá problema, el futuro papá saldrá, irá al portal y ahí, frente a la máquina expendedora de dulces tradicionales, comprará dos obleas y, para calmar su antojo de papá primerizo, una trompada.
Sí, sí, querida Mariana, en el futuro habrá en Comitán máquinas expendedoras de condones. Eso evita la siempre presente pena cuando vas a la Farmacia del Ahorro y pedís un paquete de condones. Los que están esperando su pedialite o su pomito de vick vaporub te quedan viendo como si hubieses pedido un frasco de veneno y no pueden evitar la mirada de: ¡ah, mirá, la Mariana tendrá juegos de cama esta noche!
Para estos tiempos de pandemia, en muchas ciudades del mundo ya hay máquinas expendedoras de cubrebocas, gel antibacterial y guantes de látex. En la Ciudad de México hay lugares donde estas máquinas ya están a disposición del público.
Si me exigís que yo sea honesto y te diga si en alguna ocasión he hecho uso de estas máquinas tengo que decir que no. Jamás he metido una moneda en una de estas máquinas, bien para jugar o para adquirir algún chunche. ¡No! Las he visto en muchas partes, pero… ¡No! Miento. Ya recordé, una vez sí metí fichas en una máquina de video juegos. Sí, fue en la Ciudad de México, en la plaza que existe en la terminal de Insurgentes del Metro. Mi Paty y yo estábamos en viaje de luna de miel, era más o menos el mes de julio de 1982. Ese día fuimos a Chapultepec a mirar changuitos, elefantes, jirafas (ah, qué animales tan soberbios), y leones. Luego le dije que fuéramos a la plaza de la terminal del Metro Insurgentes, porque recordaba unos taquitos al pastor que comía ahí cuando fui estudiante. Al final no hallamos el local de los dichosos taquitos, pero sí entramos a un local donde muchos jóvenes jugaban videojuegos. Como cualquier visitante extraño dimos una vuelta para ver qué y cómo lo hacían. Cuando tuvimos en la mano el secreto saqué un billetito y lo cambié por fichas. Mi Paty estaba frente a una máquina donde un King Kong subía por un edificio (se supone que el Empire State). El objetivo del juego era eludir algunos ladrillos que caían de la parte alta y hacer que el simio alcanzara la cima. Mi Paty tomó la palanquita y yo metí la ficha en la ranura. El juego comenzó, mi Paty movía la palanquita, pero miramos que nada ocurría, el simio subía uno o dos pisos, en medio de una lluvia pertinaz de ladrillos y uno de éstos golpeaba su cabeza, perdía el equilibrio y se escuchaba un grito que se perdía en el vacío y al final ¡pongoch!, el Kong quedaba tirado en el suelo. Reímos. Metí otra ficha y la historia se repitió. Al cuarto intento, Paty dijo que la máquina no funcionaba. Tratamos de buscar otra máquina, pero en ese momento, un chico metió la moneda en la ranura de la máquina del simio y vimos que con gran pericia, el mono saltaba de un lado a otro y escalaba los pisos y, después de unos minutos, logró la cima. La pantalla se iluminó con cuetes y estrellas y declaró vencedor al chico, le mostró una estadística y supimos que él estaba, por el tiempo alcanzado en el lugar trescientos veintidós. Con cierta vergüenza, dejamos que el chico se retirara y Paty volvió a tomar la palanquita y yo metí otra ficha en la ranura. Ya, ya, ya podés imaginar el resultado. Y lo mismo sucedió cuando yo tomé la palanquita, una y otra vez el mono caía y ¡pongoch! terminaba despanzurrado en el piso. Cuando me quedaban tres o cuatro fichas y habiendo pasado de la risa a cierto enojo y pena, Paty me dijo que le diéramos las fichas al chico que había logrado el lugar número trescientos veintidós. Tal vez en una de esas subía en el ranking.
Sí, esa fue mi primera vez y última. Nunca he estado en Las Vegas, pero sí estuve en la feria de agosto en mi pueblo, cuando la feria se celebraba en el parque central. En las calles que rodeaban el pequeño pero afectuoso parque se instalaban las loncherías, las llamadas zacatecas y los juegos mecánicos. Las zacatecas eran los locales donde comerciantes procedentes de San Cristóbal de Las Casas vendían dulces regionales (ah, las exquisitas jaleas en cajitas redondas de madera. Uno partía la tapita y uno de los pedazos se utilizaba como cucharita). También había locales donde colocaban juegos de chingolingo y de ruleta. Ah, era como estar en Las Vegas, de Petatiux. Uno daba monedas para obtener fichas en la ruleta y las colocaba en el número que te latía. El croupier, también de Petatiux, hacía girar la ruleta y la bolita iba saltando de número en número, cuando la inercia terminaba, la bolita señalaba el número ganador.
No, no, decía mi papá. El hombre que controla el juego tiene un dispositivo debajo de la mesa, este dispositivo lo activa en el número donde no hay fichas, decía. Pero a mí me gustaba sentir la emoción de la posibilidad de ganar. Ahora, ya viejo, he leído novelas y cuentos donde narran con precisión la pasión por el juego. ¡Ah, cuántas historias de hombres y mujeres que han quedado en la desgracia, porque han puesto su riqueza en manos de la diosa fortuna!
Posdata: La conseja popular dice que el juego de azar no es recomendable para lograr dinero. ¿Querés tener dinero? ¡Trabajá!
Las máquinas tragamonedas están diseñadas para que sus dueños ganen dinero en forma fácil. Llegan, las colocan en un espacio determinado y hasta ahí llegan los jugadores a dejar sus perras. Cada semana, el dueño llega a la máquina, abre la alcancía y retira decenas de monedas y rellena la panza de cristal con pelotas o peluches. ¡Es un negocio redondo!
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