domingo, 16 de octubre de 2022
CARTA A MARIANA, CON LETRAS
Querida Mariana: de un tiempo a la fecha hay letras en plazas de los pueblos de México.
Alguien descubrió que los turistas se tomaban fotografías en las ciudades que visitaban y pensó que era buena idea hacer letras monumentales con el nombre de los lugares, para que hubiera certeza del nombre del lugar visitado.
A mí me encanta que existan letras en las plazas, a Miriam le estruja el estómago, ella dice que eso simplemente es constancia de que el lugar no es simbólico. ¿A quién -pregunta- se le ocurriría colocar el nombre de París frente a la Torre Eiffel? Nadie pensaría que debe colocarse un nombre frente a las pirámides de Egipto o frente a la zona monumental de Teotihuacán. Miriam dice que nos falta hacer emblemáticos los espacios de nuestras ciudades.
Ella dice que nadie lleva su nombre personal escrito en la frente. Los famosos son reconocidos de inmediato por sus fanáticos y los modestos, los de calle, son reconocidos por sus cercanos.
Pero digo que a mí sí me gustan esas letras, porque (lo he visto) los niños usan la O para pasar por el hueco. Eso, aunque parecería intrascendente, sí es simbólico. Algo místico existe en ese paso por el óvalo de la O. Los niños lo cruzan muy quitados de la pena, sonrientes, como diciendo: mirá, cómo paso de un lado al otro; porque cuando alguien coloca una letra monumental en el piso de una plaza modifica el espacio. A mí me gustan esas modificaciones, porque son temporales. Si alguien piensa igual que Miriam y tiene el poder suficiente ordena que quiten esos adefesios y los empleados llegan y trepan las letras en la parte trasera de un camión y tan tan. Esto no es posible hacer con la Torre Eiffel, con las Pirámides de Egipto o con la Pirámide de La Luna, en Teotihuacán.
Miriam dice que esas letras interrumpen el tránsito de los peatones, que altera el espacio, que es como poner barros en el rostro limpio de una chica.
A mí me gustan esas letras, porque los niños las usan para esconderse, para jugar. Una mañana tomé la fotografía que ahora te comparto. ¿Mirás cómo hay una persona en la banqueta del Teatro de la Ciudad? El óvalo de la O lo enmarcó, le dio importancia visual, si hubiese estado fuera de esa ventana no habría tenido la relevancia que acá presenta. Mientras estuve en ese espacio del parque vi a una niña sentarse en la O, a otro niño pasar por debajo de la M y a otra niña esconderse detrás de la I y sacar su carita con el clásico: acá estoy.
Al otro día me paré al lado de la palabra, al lado de la C inicial de Comitán y un afecto me tomó la fotografía del recuerdo. A mí me encanta ser turista en mi pueblo, nuestro pueblo. Esa foto la compartí en redes sociales con el siguiente mensaje: Siempre al lado de Comitán.
No sé si vos, de niña, tuviste esos cubos maravillosos donde estaban pintadas las letras del abecedario. Era maravilloso jugar a armar palabras. El mundo ahora juega con eso en las plazas, con letras nombran a los pueblos. El otro día, mi querido amigo Raúl compartió una fotografía que le tomaron en una plaza de Jerusalén con letras de unos dos metros de altura: I love JLM, el love simbolizado con un corazón colorado. ¿Mirás? Basta cuatro palabras y un símbolo para tomarse la selfie de recuerdo. Pienso que en Nueva York debe existir un letrero semejante: I love NY.
A mí no me desagradan esas letras en las plazas, sé que son movibles, se pueden quitar en cualquier momento, no modifican la traza original.
Si mirás los balcones del Teatro de la Ciudad observarás círculos blancos a mitad de la herrería pintada en negro. ¿Qué existe en esos círculos? ¡Letras, letras! Ahí está registrado para siempre las iniciales de la propietaria original del edificio: N. R. (Natalia Rovelo).
Posdata: ¿mirás que en la banqueta donde está el personaje está el letrero con letras realzadas que indica que ese edificio es el Teatro de la Ciudad? ¡Letras, más letras!
Con las letras formamos palabras, jugamos el maravilloso juego del lenguaje. Ahora el mundo coloca letras en las plazas para especificar el nombre de los lugares, para que las personas se tomen la fotografía del recuerdo, los que ahí nacieron o los que llegan de visita.
Miriam dice que Maluma no anda con su nombre en la frente, los millones de fanáticos lo reconocen de inmediato; lo mismo sucede con los millones de lectores que reconocen de inmediato a Mario Vargas Llosa. Pero ambos tienen conciencia de que el lenguaje es su aliado, uno coloca palabras en sus canciones y el otro las acomoda para contar historias en sus cuentos y novelas. De niños jugaban con cubos con letras. Hoy, el mundo juega con las letras para decir que los pueblos tienen nombres.
sábado, 15 de octubre de 2022
CARTA A MARIANA, CON OTRA NOTICIA AGRADABLE
Querida Mariana: tengo en mis manos el libro “La vida del Dr. Belisario Domínguez en un recorrido por la casa que lo vio nacer”, de Leopoldo Alfonzo Meza.
Te cuento cómo llegó a mis manos. En redes sociales me enteré de la aparición de este libro, encuadernado en forma artesanal. El contador Marco Antonio Moya comentó que ya lo había adquirido, él dijo que está a la venta en la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez, lugar donde trabaja el autor, los fines de semana. El domingo tuve un compromiso ineludible, no podía conseguirlo. Pensé que lo conseguiría la próxima semana, pero el lunes iba en mi tsurito cuando, en el parque central, vi que estaba mi amigo Leopoldo, sentado en una banca, hablando por teléfono celular, toqué el claxon del auto y un amigo bolero me vio, le pedí que le hablar a Leopoldo, mientras el automovilista de atrás, muy tolerante, dejaba que se diera toda esta escena, el bolero le habló a Leopoldo, éste me vio y corrió hacia donde estaba, le grité: ¡quiero un ejemplar!, y él, como si fuera uno de esos pistoleros de las películas del oeste, metió la mano a su portafolios y sacó un ejemplar. Todo esto que te cuento fue en cosa de segundos, yo avanzaba lentamente con el auto y Leopoldo corría, mientras yo metía mi mano en la bolsa del pantalón y sacaba dos billetes: uno de cien y otro de cincuenta, costo del libro. Leopoldo me entregó el ejemplar encuadernado, entregué los billetes, los dos, como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, dijimos: gracias, dejé el ejemplar en el asiento del copiloto, saqué mi mano por la ventanilla y agradecí al automovilista que fue tolerante. Vi hacia el frente y le metí un poquito el pie al acelerador, pues ya había sido suficiente haber hecho esperar a los automovilistas de atrás.
¿Por qué te cuento esto, que es algo anecdótico? Porque te dará idea de que todo se dispuso para que tuviera el libro que ahora tengo en las manos. Libro que celebro.
A riesgo de sonar reiterativo y causarte escozor volveré a decir que disfruto mucho la aparición de un libro en nuestro pueblo. ¿Cuántos libros se publican diariamente en el mundo? Pucha, miles y miles de títulos, en los que hay de todo, de chile, de dulce, de manteca; y de todos los calibres literarios: buenos, bonitos, malos, intrascendentes, basura, soberbios, infinitos.
Acá celebro la aparición de este libro, porque se da en nuestro pueblo, donde no todos los días se publican libros. Celebro su aparición, pero, además, reconozco dos elementos fundamentales: el primero es la publicación de una guía de la Casa Museo y el segundo es la impresión con los propios recursos.
Abundo un poco en el segundo elemento. Desde siempre, la publicación de libros ha sido una labor difícil. Por ahí está ese maravilloso libro de Irene Vallejo, que se llama “El infinito en un junco”, donde explica cómo ha sido el recorrido del libro, desde los pergaminos hasta los actuales libros electrónicos. Al principio hubo copistas contratados por gente pudiente que deseaba mantener en “papel” el conocimiento, por diversos intereses; sólo los pagudos tenían acceso a los libros, gracias a que tenían esclavos que copiaban los originales. Una mañana gloriosa, muchos siglos después, al señor Gutenberg se le ocurrió descubrir los tipos para la imprenta, ¡ah, qué momento glorioso!, desde ese instante los libros anduvieron en muchas manos, muchísimas. Las grandes editoriales hicieron tirajes de miles de libros y los pusieron a la venta; hoy, ¡qué maravilla!, tenemos acceso a libros electrónicos, vos, desde tu celular pedís un libro a Amazon y dos minutos después ya lo estás leyendo en tu Kindle. ¡Tiempos geniales! Hoy, y el libro de Leopoldo Alfonzo Meza es ejemplo, los autores ya no tienen qué acudir a una gran editorial para ver si el libro entra a su catálogo (sigue siendo labor dificilísima) o a una pequeña imprenta para hacer un mínimo tiraje de autor; es decir, sacar una paguita de la bolsa para financiar el proyecto. ¡No! El libro de Leopoldo es un libro con encuadernado artesanal. Distingo la labor concienzuda del autor (lo conozco desde hace años, cuando fuimos compañeros docentes en el glorioso Colegio Mariano N. Ruiz, o cuando impartió un taller de dibujo en la Galería Bonampak), Leopoldo hizo una investigación minuciosa, fotografió muchos objetos de la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez, redactó el texto en forma ordenada, realizó el diseño y luego, con una impresora a color, imprimió las hojas en tamaño carta y encuadernó (o mandó a encuadernar) algunos ejemplares y lo lanzó a la venta.
Me parece sensacional que una labor de tanto tiempo no se quede en la gaveta del escritorio. Felicito a Leopoldo por esta iniciativa que, espero, rinda frutos. El autor nos entrega a los comitecos y a los visitantes un recorrido atento por las salas de la Casa Museo. Por supuesto que esta propuesta debería llamar la atención de las autoridades para imprimir la guía en un formato de media carta, a todo color, pero, como sabemos que esto está en la cola de un venado, celebramos que Leopoldo haya dado el paso para publicarlo en forma artesanal. La inversión es mínima, en cuanto se agoten los primeros ejemplares, nuestro Gutenberg contemporáneo hará más impresiones del texto y las encuadernará para que los interesados saquen su paguita, modesta, accesible, y se hagan de un texto muy interesante.
Que suene la marimba, querida mía, en estos últimos días hemos celebrado la aparición de dos libros maravillosos: el titulado “El parque”, del arquitecto Héctor Castellanos; y ahora el que se titula: “La vida del Dr. Belisario Domínguez en un recorrido por la casa que lo vio nacer”, del maestro Leopoldo Alfonzo Meza.
En la introducción del libro que hoy te platico, el antropólogo Arturo E. Guillén Figueroa, actual director de la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez, dice que Leopoldo Alfonzo Meza realizó “una exhaustiva y acuciosa labor de compilación para aportar generosamente a todas las personas interesadas y visitantes poco especializados”. Sí, este libro no es para eruditos en la vida y obra de tío Belis (aunque sí puede serlo), es una invitación sencilla a recorrer la Casa Museo, entrar a sus salas y ver muchos de los objetos que ahí están expuestos.
El autor señala que en 1985, año en que fue inaugurada la Casa Museo, “el visitante podía en forma independiente visitar las salas y conocer los diferentes acontecimientos por sí mismo, pues documentos y fotografías contaban con pies de página que explicaban los diferentes sucesos de la vida del galeno…”; ¿qué pasa ahora?, ah, pues el autor señala que, a partir de 2016, año de la reinauguración (cuando al patio central, lamentablemente, le quitaron su carácter tradicional) “todos los elementos fotográficos y documentales fueron eliminados…”
Su labor subsana esta carencia. Este libro ayuda, por supuesto que sí, a hacer el recorrido, no solamente en sitio, sino desde el lugar donde se encuentre el lector, que bien puede ser acá en Comitán o en cualquier parte del mundo. No sé si Leopoldo ha pensado en hacer una versión digital, para que un lector interesado que radica en Londres pueda acceder a este conocimiento.
La bibliografía de la vida y obra del doctor Belisario Domínguez es extensa. Muchísimos académicos, historiadores, investigadores y admiradores de la vida y obra del máximo héroe civil de México han publicado diversos trabajos muy valiosos. Leopoldo no es un experto historiador, no se asume como tal, con modestia entrega un trabajo muy relevante. Su libro llena un hueco que estaba vacío, su labor no es para los mencionados, es para los de a pie, los que se darán una vueltita por las salas de la Casa Museo y disfrutarán ese viaje emocionante.
De los autores conocidos por el pueblo comiteco que han escrito acerca de don Belisario hallamos a don Edgar Robledo Santiago (de grata memoria en el pueblo), a Fedro Guillén (erudito intelectual, quien nació en la hermosísima La Trinitaria), a Alfredo Palacios Espinosa (quien, ahora, es director de cultura del ayuntamiento de la capital chiapaneca); a doña Lety Román de Becerril (destacada investigadora y cronista de Comitán), a don Prudencio Pastrana (genial cronista de la ciudad de San Cristóbal de Las Casas), a Roberto Ramos Maza (actual presidente de la Asociación Civil Bicentenario Chiapas).
Posdata: felicito al maestro Leopoldo, agradezco su generosidad al entregar este trabajo a nuestro pueblo. ¿Se puede hacer un agregado? Pienso que sí, porque este maravilloso libro recibe adiciones en cualquier momento. Pienso que será muy agradable que el autor agregue una página con los nombres de todos los que hasta el momento han recibido la medalla, porque (es una pena) esta relación no está actualizada ni en la Casa Museo. ¡Uf!
Ahora, los comitecos estamos en espera del veredicto de la Comisión del Senado, esperamos que la decisión sea a favor de un comiteco ejemplar, el doctor Roberto Gómez Alfaro, quien, lo hemos dicho mil veces, realiza una labor a favor del pueblo con el mismo principio ético que fue eje de las acciones del doctor Belisario Domínguez Palencia.
martes, 11 de octubre de 2022
CARTA A MARIANA, CON CAMINOS CORRECTOS
Querida Mariana: alguien escribió en redes sociales: un escritor ignorante de la ortografía es como un músico desafinado. El ejemplo es muy ilustrativo. No hay peor cosa que escuchar a un músico desafinado. Los oídos exquisitos detectan de inmediato cuando el pianista se equivocó en una nota o cuando el instrumento está desafinado. La música es uno de los grandes placeres, pero el buen gusto se va al pozo cuando la interpretación es fallida. ¿A quién le gusta escuchar a un músico cholenco? ¡A nadie! Entonces, ¿por qué existen tantos lectores que aceptan textos sucios? ¿Por qué el oído rechaza una mala ejecución musical y anda tan campante escuchando palabras escasas de contenido y de belleza?
En el arte es muy difícil llegar a lo sublime, por eso, los genios son escasos, pero se dan. En vainas literarias es difícil escribir el texto perfecto. Las palabras son más traviesas, brincan más que las notas musicales.
Es una bobera lo que diré: el Premio Nobel se entrega a escritores, no a músicos. Los músicos tienen otros premios. Esto que dije es algo que a mí me encanta, porque coloca en un lugar de privilegio a la palabra.
Cuando, en el tiempo A. P., acudía a presentaciones de libros, me caía mal que el acto se mezclara con interpretaciones musicales; es decir, siempre es muy agradable escuchar una buena ejecución musical, pero, en el fondo, tal mescolanza me decía que los organizadores minimizaban el encanto de la palabra, como si nos dijeran que no bastaba la palabra para seducir a la audiencia. Te daré poesía, pero como es medio aburrida, te compensaré con música, ¿va?
Todo mundo tiene derecho a chiflar, a cantar, a bailar, a reír, a callar, a hablar y ¡a escribir!
Veamos qué sucede con el acto del habla. Todo mundo habla, salvo los mudos (la tía Elena habla hasta por los codos, pucha), pero no todo mundo se atreve a hablar en público desde una tribuna. Existe un natural temor a exponerse. Los oradores se han preparado para transmitir sus ideas en forma clara. ¿Qué sucede con la escritura?
Con el surgimiento de las redes sociales ¡todo mundo escribe!, pero muchos, seamos honestos, no poseen el mínimo conocimiento ortográfico y ahí andan lanzando sus notas desafinadas por todos lados y asumiéndose como escritores. ¡No se vale!
Fijate que no tengo el conocimiento mínimo, nunca aprendí las reglas de ortografía, pero (digo yo, o si no aviénteme piedras del campo) mi redacción es limpia. ¿Por qué? Ah, lo hemos platicado muchas veces, he sido un gran lector desde la edad de once años; es decir, llevo más de medio siglo pepenando frases precisas.
Las revistas de monitos presentaban diálogos limpios. En mi infancia aprecié que los diálogos entre Memín y sus amigos casi no presentaban errores de ortografía. Ya no te digo cuando comencé a leer libros de cuentos y novelas, publicadas por las grandes editoriales de España, Argentina y México. Siempre hubo (lo hay) un cuidado selecto para evitar errores ortográficos. Dice el dicho que de la vista nace el amor, de la vista también nace una redacción limpia.
Sé que, si analizás con lupa mis cartas hallarás problemas de sintaxis y alguna errata, pero, en términos generales, existe una redacción decente, que me permite, después de tantos años, decir que soy ¡escritor!
Siempre escribo con profundo respecto al lector. Como soy escritor, siempre que me invitaron a comentar un libro escribí un texto que leí (porque, gracias a Dios, tampoco soy mal lector). Respeto ha sido la premisa de mi oficio.
Cuando alguien me pide una recomendación para ser escritor, sólo una cosa digo: lea, lea, lea mucho. Aparte de divertirse y de incrementar su bagaje cultural, aprenderá ortografía. Cuando escribo brincan ciertas palabras, me avisan que ahí tengo dudas, acudo a un diccionario y corrijo. La lectura me ha servido para detectar cuándo una palabra puede estar mal escrita. Esa es la garantía de cierta limpieza en la redacción. Amigos lectores me avisan de vez en vez: Álex, escribiste mal tal palabra. Corrijo. Gracias por ser correctores de mis palabras.
Posdata: antes aceptaba revisar textos, ya no lo hago. Tampoco acepto invitaciones para presentaciones de libros, porque, como dicen, la mayoría son aburridas y para compensar el aburrimiento agregan un número musical, rebajando la grandeza de la palabra. No reviso textos, porque la mayoría tiene múltiples errores ortográficos y este mal se pega. Cuando comienzo una lectura deseo escuchar una sinfonía, si hay una nota discordante boto las hojas hasta que topen con pared y queden como cucarachas muertas en el piso. La literatura, igual que la música, posee el don del ritmo.
Veo que hay muchos poetas y narradores que comentan en las redes sociales y escriben con faltas ortográficas, en ese momento les quito el membrete de poetas y narradores. Amo a Julio Cortázar porque fue un escritor fino, con amplio conocimiento de las herramientas del escritor; el Gabriel García Márquez me cae menos bien, cometía errores ortográficos. Uf. Y le concedieron el Nobel de Literatura. Sólo su genio creativo superó sus deficiencias ortográficas, pero ya lo dije: los genios aparecen muy de vez en vez.
¡Tzatz Comitán!
lunes, 10 de octubre de 2022
CARTA A MARIANA, PARA SALVAR EL MUNDO
Querida Mariana: no sé en dónde leí: “Let’s save the world together”. Mi inglés de primer nivel me permitió saber que dice: “Salvemos juntos al mundo”. ¡Genial! Entiendo que se refiere al deterioro ambiental que existe.
Sí, el mundo anda enfermito, por la acción depredadora del ser humano. Tala de bosques, desechos regados por todos lados y contaminación de ríos y del aire. ¿Has visto esas imágenes donde los glaciares se deshacen?
En nuestro pueblo ya resentimos esa enfermedad ambiental, nuestros ríos están sucios. Los mayores cuentan que uno de los paseos favoritos era ir al Río Grande, porque bastaba tomar una canasta, llenarla de paquitos de frijol y chorizo, salsa verde molcajeteada, tostadas, butifarras y agua de chía para emprender una caminata divertida, pasar por el Cedro, por el Chumís y llegar a las pozas, donde la gente se bañaba, porque el agua era limpia.
¿Ahora? Ay, Dios mío, nadie se baña ahí, porque es un hilo de agua sucia, puerca. ¿Qué sucedió? Pues el lema de salvar juntos al mundo no tuvo repercusión.
Los expertos dicen que ahora es la última llamada; debemos tomar conciencia y unir esfuerzos para salvar el mundo, que es nuestra casa común.
¿Hacemos caso? ¡No! Este grito de auxilio es, como dicen los clásicos, un clamor en el desierto. Y, lo sabemos, esto es porque mientras unos son ciudadanos conscientes, hay otros que son inconscientes, brutos.
Los esfuerzos se hacen polvo, se reducen a casi nada. El llamado de salvar al mundo es para todos, ahora sí que ¡para todo el mundo!, pero el mundo está lleno de resentidos, de valemadristas, de ignorantes, de maleducados, de groseros, de hijos de su quinto patio. Como dicen los jóvenes: ¡así no se pinches puede!
En mi infancia el pueblo era más o menos limpio, era, por supuesto, más afectuoso. Las personas salían temprano de sus casas y barrían la banqueta y parte de calle que les correspondía, esto, aparte de mantener limpias las calles y avenidas, permitía la socialización, porque era común ver a dos personas con las manos apoyadas en las escobas echando el güirigüiri a todo lo que daba. Recuerdo que en el camino de casa a la escuela a veces me topaba con envolturas de chicles Motita, sobre todo amarillas, de sabor plátano, que era el preferido de muchos.
Conforme el pueblo se hizo más grande y el afán consumista nos ganó comenzamos a ver mucha basura desechable en las calles. Antes, los pañales eran de tela, se lavaban y se ponían a secar en los sitios, colgados en lazos, ah, era hermoso ver ondear esas telas que eran como velas de barcos; pero un día llegaron los pañales desechables y lo que antes volaba impoluto en el aire se volvió un tiradero en las calles, un tiradero sucio y pestilente. Las inocentes envolturas de chicles se vieron acompañadas por decenas de condones usados, sucios y asquerosos. Nunca he entendido por qué los compas que usan esos chunches no los guardan en una bolsita y los colocan en un basurero. No. Digo que hay gente que es ignorante, maleducada. Y nuestras calles se llenaron de bolsas de Sabritas, de botes de Tecate, de botellas de güisqui (porque ahora todo mundo bebe güisqui) y de botellas de Charrito.
Y llegó la pandemia y el mundo se llenó de más desechos abominables. En muchos lugares uno encuentra cubrebocas tirados a mitad de la calle o de la banqueta. ¿En qué cabeza cabe tirar en un lugar a cielo abierto un chunche que puede estar contaminado con el bicho letal? Pues cabe en miles de cabezas de gente ignorante.
¿Salvar el mundo? Sí, es imperante, porque ya estamos en la última llamada, si no hacemos conciencia y ayudamos todos ¡el mundo se irá a la mierda!
Posdata: es penoso decirlo, pero pocos hacen caso a ese llamado urgente, muy pocos. Mientras ellos avientan lazos salvadores, muchos más, muchísimos más, usan las cuerdas para ahorcar al mundo. Qué pena.
¡Tzatz Comitán!
domingo, 9 de octubre de 2022
CARTA A MARIANA, CON UNA MEDIDA SIN MEDIDA
Querida Mariana: hubo un tiempo en que los comitecos medimos por cuartas. Tal vez ahora alguien lo siga haciendo. Pero, en estos tiempos hay un chunche que mide distancias en forma electrónica, como si fuese un fluxómetro invisible, el aparato dispara una luz que toca el punto deseado y regresa para informar la distancia, en un tiempo menor al que lo cuento.
Qué era medir por cuartas. Hacé de cuenta que querías medir la superficie de la mesa del comedor, para que tu abuela hiciera un mantel bordado. Abrías la mano y la distancia entre el dedo pulgar y el meñique era ¡una cuarta!
Lo maravilloso aparecía cuando comenzaba el recuento, porque al terminar de medir la primera cuarta se hacía un movimiento prodigioso: se levantaba la mano y el dedo pulgar avanzaba por en medio del aire para llegar a chocar con el meñique, momento en que el pulgar tomaba el lugar del meñique y éste daba el salto hasta la siguiente medición. Eso era fantástico. Hay unos gusanitos que en Comitán le llaman “medidor”, porque se mueve haciendo un arco, casi casi con el mismo movimiento de la mano a la hora de medir por cuartas.
Al término, el nieto avisaba a la abuela que la mesa medía tantas cuartas de largo y tantas de ancho, entonces, la abuela, a ojo de buen cubero decía que la cuarta del nieto medía tanto, hacía la multiplicación, agregaba la caída del mantel y ya tenía la medida precisa.
Porque ya te diste cuenta que la cuarta era variable. El metro, increíble instrumento de medida, es inmodificable, mide lo mismo en Comitán que en París o en Buenos Aires. Lo mismo en Yalchivol que en Jatón. Pero la cuarta ¡no! Una es la medida de la cuarta del nieto y otra la del papá y otra la del abuelo. Hay hombres que tienen grande la mano y otros que la tienen pequeña (ah, pues, querida niña, estoy hablando de manos, aunque Rocío dice que el tamaño de la cuarta está en relación directa con el tamaño del pene. Andá a saber cómo la Rocío llegó a poseer este conocimiento superior de matemática elemental: cuarta pequeña, aquellito pequeño; cuarta grande; aquellito enorme).
Así pues, era indeterminada la cantidad de alcohol que se metía el tío Alfonso, porque siempre pedía a su nieto Armando que le comprara una cuarta de trago. ¿Quién medía la cuarta de trago? En estos tiempos, el comerciante buscaría la cuarta del nieto para que ganara un poco.
Dije que las medidas son inmodificables, ¡mentira! Ya mirás que en algunas gasolineras la gente se queja de que expenden litros de 900 y en algunas tiendas de abarrotes las básculas están modificadas y el kilo de cebolla en realidad pesa menos. Azucena pidió que su báscula personal la modificaran tantito para que no se frustrara cada mañana. ¡Muda!, dijo la Pancracia, sólo se hace boba ella sola.
La medida de la cuarta sí era auténtica, porque al extender la mano sobre la superficie no permitía hacer pancita.
En los partidos de básquetbol en la legendaria cancha Pantaleón Domínguez, los aficionados gritaban a quien fallaba el enceste: ¡andá a comprar un peso de puntería con doña Mariana! Una vez escuché que alguien dijo: ¡pucha, falló por una cuarta! Dios mío, este compa tenía una visión maravillosa, como si el ojo tuviera un distanciómetro electrónico. No sé cómo le hizo para saber que el encestador había fallado por una cuarta.
Me da pena pero debo contarlo, porque una vez escuché que un tipo grosero le dijo a una chica: “Te haré feliz, mirá, gozarás mi cuarta en tu cuarto”. Al principio no entendí, pero dos segundos después supe a qué se refería. Ahora privilegio el juego de palabras: cuarta, cuarto. Que iba en el mismo sentido del que dijo: media medida le di a la que le quité la media. Groseros, pero ingeniositos.
Posdata: tal vez invento, pero ahora recordé que mi abuela Esperanza decía que ella vendía cuartas de frijol. ¿De verdad eso decía? Ya dudo de mi memoria, tal vez medía la cuarta en forma vertical sobre una cubetita.
¡Mentira!, decía la Amparo, botada de la risa. La medida del asunto del hombre no es la medida de la cuarta de su mano, qué más quisieran. No, si querés saber de qué tamaño calza, hacé que doble el dedo medio a su palma, esa es la verdadera medida. Y Agenor, más grosero, decía: pidan que se lo saque, con eso ya quedan conformes. Pero luego venía otra discusión acerca de…, pero no, ya esto se volvió muy procaz. Adiós.
¡Tzatz Comitán!
sábado, 8 de octubre de 2022
CARTA A MARIANA, CON JÚBILO
Querida Mariana: ¡albricias! El sábado 1 de octubre de 2022 presentaron el libro “El parque”, de Héctor Antonio Castellanos Rovelo, el admirado arquitecto Castellanos, el Güero Castellanos.
El lugar donde se presentó fue el espacio ideal: el auditorio Roberto Cordero Citalán, del Centro Cultural Rosario Castellanos; es decir, “El parque” se presentó frente al parque. Porque este libro, excepcional, narra, como su título indica, momentos luminosos del parque central de Comitán, el parque Benito Juárez, en los años sesenta y setenta.
Todos los que conocen al arquitecto Castellanos lo reconocen como un destacado profesional y como un excelente contador de anécdotas. En el mundo del cine y del teatro cuando un autor presenta su primera obra se dice que es su ópera prima. A mí me encanta este título, porque habla de un momento inicial que tiene mucho camino recorrido. ¿Se puede aplicar el término a quien presenta su primer libro? Sí, Juan Carlos Gómez Aranda lo aplicó. Podemos, entonces, decir que “El parque” es la ópera prima del Güero Castellanos. Con esta obra, el autor inició con el pie derecho, porque el libro posee las características que le son innatas al autor.
Por eso dije que todo mundo reconoce las virtudes del arquitecto al contar anécdotas, es uno de los mejores de Chiapas, con un finísimo sentido del humor.
Vos y yo sabemos que no todo mundo posee la gracia para contar anécdotas. Hay personas que lo intentan, que hacen el esfuerzo por contar algo con simpatía, pero no logran transmitir lo que desean; en cambio, hay otras personas que poseen el don, que tienen la chispa.
El arquitecto Castellanos es un gran contador de anécdotas porque tiene, de nacencia, las virtudes necesarias. Él es un gran observador, posee una privilegiada memoria y es conocedor de la cultura comiteca. Estas tres características se ven potenciadas por una innata gracia y amplio conocimiento del manejo del espacio físico.
¿Sabés cómo define al parque? Como Sala del pueblo. Ah, es una maravillosa apreciación lingüística y espiritual. Nunca lo había visto así, pero, en efecto, eso es el parque. ¿Cuál es el espacio de convivencia en las casas? ¡La sala! Ahí recibimos a los amigos (bueno, ustedes, los demás, porque ya sabés que soy escaso, ingrato y maleducado. Recibo a los amigos en el vestíbulo, cuando los recibo).
Nuestro autor nos transmite sus vivencias, nos habla del parque que ya no existe, del parque que él vivió, disfrutó. Era un parque más íntimo, el parque de una ciudad que, como él bien lo indica y todos nos damos cuenta: “fue más humana y placentera”.
De esos tiempos, humanos y placenteros, nos habla. El autor nos invita a dar una vueltita en el parque. ¿Cómo damos esa vuelta? La podemos dar como queramos, en forma solitaria o en bola, como fue la tarde de presentación donde, como si estuvieran en el parque, se sentaron en una banca del escenario el arquitecto Héctor Castellanos Rovelo y tres comentaristas de lujo: el maestro Jorge Gordillo Mandujano, el licenciado Enrique Robles Solís y la arquitecta María del Rosario Bonifaz Alfonzo. El mojol de excelencia estuvo en la voz siempre educada del maestro de ceremonias, el profesor Roberto Gordillo Avendaño. ¡Pucha, qué banca tan llena de personajes sublimes! Los tres comentaristas, igual que el autor y el maestro de ceremonias, vivieron con intensidad ese parque, en los años sesenta y setenta. El maestro Jorge pasó por el parque rumbo a la XEUI, donde conducía un programa de radio; la arquitecta María del Rosario dio vuelta con sus amigas a la hora que salían de clase de la escuela Preparatoria, que estaba donde ahora se ubica la Casa de Cultura; y el licenciado Robles fue más allá, porque vivió donde ahora está la fuente frente al templo de Santo Domingo.
La fecha de presentación del libro “El parque” quedó inscrito como un instante glorioso en los anales de nuestra historia local, porque se presentó para celebrar el Día Nacional del Arquitecto, por parte del Colegio de Arquitectos de Comitán.
Como si fuera un edificio, el arquitecto Castellanos diseñó la estructura de su libro, un libro ameno e ilustrativo. Cuando lo tuve entre mis manos comprobé la grandeza y generosidad del arquitecto Castellanos. En buena hora decidió escribirlo y publicarlo; ya es un gran legado para su pueblo, para nuestro pueblo. Él estuvo convencido de que los dones anteriormente enumerados eran el mejor aval para emprender esta aventura editorial. Si él no lo hubiera escrito, nuestra identidad habría quedado trunca. Gracias a su libro ahora tenemos un referente de esos tiempos de un espacio esencial para nuestra comunidad: la sala del pueblo.
Mirá qué dice el licenciado Juan Carlos Gómez Aranda en el prólogo: “esta obra se suma a las voces del coro de nuestra memoria colectiva”. Sí, todo mundo de Comitán tiene testimonios vitales de este espacio, el arquitecto dio forma a sus recuerdos e hizo el prodigio, como se dice, de pasarlo al papel.
El término pasar tiene gran peso específico, porque cuando él lo pasó al papel, de inmediato lo estaba pasando a sus lectores y este pase es mágico, porque es una mano que se extiende a todos los confines y permanece inalterada en el tiempo. Lo pasó al papel y con ello pasa a la posteridad, hace infinito el tiempo; da cauce a su vocación de vida: ¡construir!
Donde estaba el vacío, el Güero Castellanos levantó un edificio espiritual, lo hizo en la mejor tradición comiteca, con inteligencia, con picardía, honrando la tradición de este pueblo mágico. El autor escribió como dicta Julio Cortázar: en mangas de camisa, así como dando una vuelta en el parque, tomando una nieve, recibiendo la caricia de nuestro cielo y del clima más benigno de Chiapas; lo hizo con camaradería, en un plano amistoso. Por eso, el cierre del libro tiene el broche de oro de la anécdota. Después de obsequiarnos planos del parque en los años sesenta y setenta; de dar un recorrido deslumbrante de la feria de agosto que se celebraba en ese espacio; de pasar frente al sitio de carros de alquiler; de husmear los modos; de presenciar desfiles; de escuchar la marimba y disfrutar de las entradas de flores; nuestro autor nos obsequia varias anécdotas. Ahí está el Güero, sentado en una banca, mientras nosotros lo rodeamos y agradecemos su palabra limpia, fresca. Mientras él cuenta nosotros esperamos el momento en que, como atronadora cohetería, aparece la carcajada de todos, porque la anécdota es graciosa, nos inyecta energía, nos devuelve el ánimo, nos hace compartir un instante pleno. Esta mirada tiene un hilo de nostalgia, como todos los bordados del pasado y nos advierte algo que está en el ambiente: existe un deterioro social. El arquitecto concluye con una reflexión y un llamado.
Quiero, querida mía, cerrar esta carta con la reflexión final que el arquitecto Castellanos nos comparte. El autor nos dice que tenemos una pérdida de identidad, debido a “un crecimiento urbano y demográfico mal planeado”.
Termina en forma optimista: “Ese malestar, que creo que muchos lo compartimos, sólo lo salva la fe y la esperanza que se tiene en las nuevas generaciones, que tendrán una tarea difícil para mejorar al Comitán que nos prestaron y que no lo hemos sabido conservar”.
Son ustedes, mi niña, los jóvenes, quienes pueden hacer el prodigio de rescatar la riqueza cultural de nuestro pueblo. Las palabras del Güero motivan a la reflexión y a la acción. Duele aceptar que tiene razón, que el Comitán de antes era más humano y placentero y que padecemos una pérdida de identidad. Esto es gravísimo, pero es cierto. Si extraviamos la identidad perderemos todo. Por eso, el libro que él nos entrega en este octubre de 2022 es como un ladrillo pequeño, pero gigantesco en la preservación de ese tesoro cultural, porque los viejos sabios nos han dicho que si no sabemos quiénes somos, de dónde venimos, no sabremos nunca hacia dónde ir. Comitán, lo sostiene el arquitecto Castellanos, tiene magia. Que no se pierda.
Posdata: vos y yo amamos los libros, sabemos que este producto cultural es irremplazable, es un peldaño firme en la escalera del progreso y del conocimiento. El arquitecto Héctor Antonio Castellanos Rovelo puso manos a la obra y pasó en papel sus recuerdos y sus ideales. Con emoción ha contribuido con una pieza más para completar el rompecabezas de nuestra identidad.
“El parque” es su ópera prima literaria. Ojalá más construcciones de éstas, ojalá más edificios resplandecientes en el vacío. Que nuestro espacio se llene de nubes y llueva inteligencia, humor, alegría.
Felicito ampliamente al arquitecto Castellanos por este presente que habla del pasado y vislumbra el futuro. En el apartado de “La lotería”, asomó el nombre de don Eduardo, como la persona encargada del negocio, tal vez fue un lapsus. En el prólogo, Juan Carlos menciona a don Enrique Constantino, nombre que también registra mi memoria. Si fue un lapsus, ya Juan Carlos lo enmendó. Salvo eso, todo lo demás es brillante, luminoso.
¡Tzatz Comitán!
viernes, 7 de octubre de 2022
CARTA A MARIANA, CON MARÍAS
Querida Mariana: ¿pensaste en galletas cuando escribí Marías? No, en realidad quiero comentar algo que ya sabe todo mundo: murió Javier Marías, el escritor español.
Marías apareció en la relación de candidatos para recibir el Nobel de Literatura de este año. Uf, ya no llegó al momento de decisión; pero hace días un grupo de amigos ofreció un homenaje en un lugar exclusivo en Madrid, España, que se llama Círculo de Bellas Artes. Ahí treinta amigos de Marías pasaron a dejar testimonio de su admiración y amistad por el escritor fallecido.
Cuando leí la nota brinqué de espanto: ¡treinta personas! Dios mío, pensé, ¿a qué hora terminó ese acto? Pero luego me enteré que cada persona tuvo oportunidad de hablar ante el micrófono durante tres minutos. ¡Ya se me antojó! Sí, pensé que hora y media fue un tiempo muy razonable, porque el tiempo estuvo repartido en treinta testimonios, donde, sin duda, hubo de todo, como en una buena tamalería: de chile, de dulce y de manteca.
Ya te conté que en una ocasión mi admirado Julio Gordillo Domínguez hizo una travesura genial. Todo mundo sabía que al llamado Tribuno de México le gustaba hacer uso de la palabra y se olvidaba del tiempo, por eso cuando los organizadores de un acto cultural vieron que él participaría dijeron que no le ofrecerían agua, para que terminara al tener la boca seca. ¡Ah, no contaban con su astucia! Cuando vimos que no salivaba bien, pensamos que ya pronto concluiría. En ese momento metió la mano en la bolsa de su pantalón, sacó un limón partido, lo chupó y siguió con su discurso. ¡Viejo lobo de mar!
Donde no pudo hacer travesuras fue una vez que el acto fue transmitido en radio, a nivel estatal, le dijeron que tenía cinco minutos para hablar, comenzó y a los cuatro minutos con cincuenta una asistente comenzó a hacerle señales para que terminara su discurso. Quiso prolongar su intervención. La asistente movió ambas manos en forma horizontal y luego se pasó el dedo como una daga en el cuello con lo que le dijo que ya estaba fuera del aire, le pidieron el micrófono y lo pasaron al siguiente participante. Esa tarde, su limón partido quedó adentro de su bolsa.
No. En España hicieron un homenaje en memoria de Marías y cada participante tuvo tres minutos para pronunciar su mensaje. ¡Qué maravilla! Debió ser un homenaje emotivo, divertido, afectuoso, con treinta voces diferentes, treinta chinchibules cantando frases cortas, sinceras, inteligentes. Apenas terminaba un participante, la maestra de ceremonias llamaba al siguiente para que hiciera uso de sus tres minutos. Los que participaron debieron medir muy bien sus palabras, hacer una hermosísima síntesis para resumir en tres minutos todo lo que querían expresar. ¡Ah, qué buen ejercicio!
Los participantes aceptaron subir al escenario en un acto de humildad, estar al lado de los demás compañeros, con un profundo respeto al tiempo de los otros.
Te conté también que estuve en la Feria del Libro de la UNACH, en el año 2016, y fui testigo de un acto de soberbia: la doctora María Elena Tovar González, destacada intelectual chiapaneca, ex rectora de la UNICACH, tenía destinada una hora para la presentación de uno de sus libros; a la hora que terminó su tiempo, ella, olvidándose del más elemental protocolo de respeto, se voló veinte minutos más del tiempo de quien seguía en la lista de presentación. ¡Estuvo hora y veinte minutos hablando de su magistral obra de investigación!
Por eso, cuando leí el acto preparado en memoria de Marías me dio gusto, entendí que hay formas sublimes de honrar no sólo al personaje sino a los demás participantes, así como a la audiencia y a la cultura de un pueblo civilizado.
Posdata: ahora recordé que por ahí en el librero tengo pendiente la lectura de una novela de Marías. ¿Por qué lo dejé pendiente? No recuerdo. La buscaré y, a mi modo, haré mi homenaje al destacado escritor español. “Berta Isla” se llama la novelilla, fue publicada en 2017.
miércoles, 5 de octubre de 2022
CARTA A MARIANA, CON CANDIDATOS
Querida Mariana: estamos a la vuelta de la esquina de conocer el nombre del ganador del Nobel de Literatura de 2022.
Sé que vos sos muy tolerante conmigo. Ya sabés que cada año me siento frente a la computadora y comparto con vos mis pensamientos respecto al tema. Y lo hago, porque vos también andás con el gusanito.
¿Recordás que en el tiempo A. P. íbamos corriendo a ver si había algún libro del elegido? Si no lo encontrábamos en físico entrábamos al Internet, buscábamos y pedíamos libros digitales y le entrábamos dos minutos después.
En 2021 nos llevamos el chasco de que no había libros del Premio Nobel traducidos al español. Ah, qué joda. ¿Por qué los académicos de Suecia no mandan guiños a las editoriales? Digo, como sucede con las candidatas del Óscar. ¿Por qué tanto misterio con el Nobel?
Mirá, los que saben dicen que cada año la Academia anota a 220 candidatos para el Nobel de Literatura. Se supone que estos 220 nombres son los picudos del año, de ahí, la lista se reduce a 20, mandan a volar a 200, que aspiraron a la gloria y se quedan en espera del próximo año. No sé en qué momento ya sólo quedan 20, pero hay un instante en que estos veinte pasan al cernidor y sólo se salvan 5.
¿Mirás? Algo similar ocurre con el Óscar, que premia lo mejor del cine comercial, occidental, de Hollywood, pues. Un día, los cinéfilos nos enteramos de las candidaturas y ahí andamos haciendo apuestas y buscando dónde verlas. Esto hace que todo sea muy intenso. Los cinéfilos y las empresas cinematográficas ganamos, los primeros ganamos al fortalecer nuestro espíritu y las segundas fortalecen sus costales con paga.
¿Por qué la Academia Sueca no da a conocer los nombres de los cinco finalistas, con suficiente antelación, la necesaria para que las editoriales publiquen ediciones en español? Vos sabés que el español es una de las lenguas más importantes del mundo. Toda Hispanoamérica conforma un territorio de millones de lectores, y dentro de estos millones hay muchísimos que son como vos y yo: snobs, que corren a adquirir un libro del premiado, para ver a quién premiaron, ¿vale la pena o no?
Pues no. La Academia insiste en mantener todo en secreto, a tal grado que, como sucedió el año pasado, el premiado cree que es broma de algún amigo o enemigo, al recibir la llamada que anuncia la gloria del galardón.
Si la Academia de Suecia hiciera lo mismo que hace la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, el mundo editorial saldría ganando, porque muchísimos lectores acudiríamos a comprar obra de los cinco candidatos, con la garantía que uno de ellos será el ganador. En ese momento, iríamos a buscar más obra del Premio Nobel de Literatura, en caso de que sí nos haya convencido.
Todos ganaríamos y nadie saldría afectado. Los cinco candidatos se emocionarían, con justa razón; porque el proceder de la Academia Sueca provoca que muchísimos escritores sueñen con la gloria, sin saber que no tienen ni la más mínima oportunidad.
Posdata: dicen que este año pueden darle el premio a Salman Rushdie, quien estuvo en los noticiarios de todo el mundo por la agresión física que sufrió. No se vale. Sabemos que el premio no se concede sólo por cualidades literarias, hay múltiples factores que intervienen, pero que se otorgue porque un escritor fue motivo de un atentado mandaría al suelo el prestigio del Nobel. Ya se lo dieron a un cantante, con eso fue suficiente.
¡Tzatz Comitán!
martes, 4 de octubre de 2022
CARTA A MARIANA, CON AGREGADO
Querida Mariana: ayer platiqué con vos lo del anuncio de Daladier. Una genialidad: el signo de pesos y la palabra conejos. Todo mundo entiende que él vende animalitos orejones, para un buen estofado.
En cuanto terminé de escribir la carta pensé en que si el mundo cambiara la palabra conejos podría usarse este anuncio para vender casi casi cualquier cosa.
La venta de objetos iría desde un sencillo refresco hasta terrenos y más, mucho más.
Los anuncios clásicos que todo el mundo entiende son sencillos. El propietario de una casa le pone un letrero de Se vende y ¡listo! Incluso, cuando este propietario hace uso de una inmobiliaria, la empresa pone el mismo letrero de Se vende, con números telefónicos y logotipos. Tengo un amigo que es comerciante y ranchero, cuando hay abundancia de naranjas o aguacates coloca canastos en la entrada del comercio con un signo de pesos escrito sobre un cartón y la gente que por ahí camina se detiene y compra.
Todos nos vendemos o alquilamos. El éxito también tiene relación con el cartel que presentamos.
A mí me ha encantado desde siempre cómo se anuncia una prostituta clásica. Es genial, no necesita más que pararse en una esquina, con una falda muy por arriba de la rodilla y labios pintados con un rojísimo de cabaret. Una señora “decente” jala a su hijo y le dice que se apure, que no mire a la “mujer mala”. Las prostitutas tienen su modo de anunciarse; en cambio, las señoras “decentes” no tienen formas tan puras para anunciarse. Y es que una de las “gracias” de la publicidad es presentar el lado bueno de los objetos y de las personas, ocultando las oscuridades, es la llamada publicidad engañosa.
Teo González, comediante genial, cuenta un chiste de un tipo inocente que se acerca a una prostituta y le pregunta: ¿usted se dedica a eso, se alquila?, pues sí, le dice la otra, a eso me dedico. ¿Y cuánto cobra?, pregunta el tipo y ella responde: Pues depende del tiempo, entonces el inocente dice: “Digamos que está lloviendo”. Sí, sé que no te causó gracia, es que falta el ingrediente que le pone el comediante, porque él sí se vende muy bien, es un artista en eso de contar cuentos. Ya te platiqué que doña Lolita Albores publicó dos libros con chistes que ella contaba. En el papel esos chistes perdieron mucha gracia, “la gracia” estaba en oírselos decir a doña Lolita, su forma de contarlos era de una genialidad maravillosa.
El éxito, en muchas ocasiones, se sustenta en la forma de presentar un producto. Mirá lo que sucede con la Coca Cola. Son tan emotivas las imágenes familiares que nos presentan que medio mundo cree, en efecto, que es un elemento integrador, que fomenta la convivencia, que es “la chispa de la vida”, cuando es todo lo contrario. Pero, ya hemos platicado en muchas ocasiones, querida mía, ¿quién compra una buena limonada sin azúcar? Vos y yo, gracias a Dios, en este sentido sí andamos en un nivel superior, porque, andá a saber, en qué momento nos dimos cuenta que beber refrescos embotellados no era conveniente y alguien nos recomendó beber una buena limonada sin azúcar, lo que don Jorge llamaba limonada bronca. Al principio el gusto hizo una cara de ¡qué es esto!, pero ahora disfrutamos esta bebida saludable.
A veces me pregunto si algún publicista honesto podría hacer mensajes con tal calidad que lograra convencer a millones para que dejaran las bebidas gaseosas y consumieran aguas con frutas naturales.
Todos nos vendemos, nos alquilamos. Hay profesiones y oficios que tienen el camino llano. Todos los días paso por una carpintería, el carpintero pone en la entrada de su taller algunos objetos que talló, como si estuvieran en una sala de exposición. Quienes pasamos por ahí lo vemos y el día menos pensado veo que el aparador ya no está, sin duda que lo vendió.
Posdata: hay que mostrar para vender. El éxito radica en mostrar un anuncio claro, sin rebuscamientos, sencillo y atractivo. ¡Ah, qué difícil! Es labor de expertos en publicidad o adoptar los modos clásicos. Cuando alguien pretende vender un auto le basta poner un signo de pesos en el cristal trasero. He sido testigo del momento en que otro conductor se empareja con el del auto que se vende y pregunta ¡cuánto!, y se apoya con un movimiento de la mano con el clásico círculo abierto que forma el dedo pulgar y el dedo índice.
¡Tzatz Comitán!
lunes, 3 de octubre de 2022
CARTA A MARIANA, CON CLÁSICOS
Querida Mariana: la mercadotecnia es toda una ciencia. Tengo una sobrina que estudia la licenciatura en una prestigiosa universidad de la Ciudad de México. Como ella de por sí es brillante, seguro que cuando egrese de la universidad será una brillante profesionista. Muchos parientes esperan que concluya su estudio para llegar a hacerle una preguntita sencilla: Oí, ¿cómo le puedo hacer para que mi negocio sea exitoso? Ya lo sabemos, harán la consulta sin pagar honorarios. Como dicen los chavos: así no se pinches puede.
En publicidad se invierte, no se gasta. ¿Querés tener un negocio exitoso? ¡Invertí en publicidad, con los expertos!
Claro, si sos muy trucha en clásicos, entonces no tenés necesidad de más estrategias de mercadotecnia actual.
Mi querido Daladier tiene su casa al lado de un bulevar bonito, por ahí pasan cientos y cientos de autos cada día, la mitad de los pasajeros ve su casa (la otra mitad mira hacia el otro lado). Por eso, medio mundo mira el letrero que acaba de colgar en el portón: ¡un clásico de todos los tiempos! Un mensaje que, sin duda, sería motivo de análisis semiótico por parte de Umberto Eco, por decir lo menos, porque es un maravilloso ejemplo de síntesis y de impacto seguro.
Vos sabés que una de las características de un impactante anuncio es la brevedad. A nadie se le ocurre anunciar la venta de un producto aventándose un choro mareador. Mi amigo Daladier analizó lo que ya enuncié líneas arriba, querida niña: frente a su casa transitan cientos de vehículos cada día; es decir, medio mundo (ya lo dije) mirará el letrero; pero, esto lo intuyó Daladier, el mensaje debe ser de primer impacto, porque nadie se detiene a leer mensajes largos y mal redactados. Por eso, Daladier recurrió a un modelo clásico. Es una genialidad.
Perdón, querida mía, no he dicho que Daladier, en esta ocasión, puso conejos a la venta. ¡Así, sin más misterio! Por lo tanto, tomó una tabla de regular tamaño, para que fuera visto por esa mitad del mundo que ya comenté (ah, qué repetitivo me estoy volviendo. ¿Será la edad o defecto de nacencia?). ¿Qué escribió? Pintó un soberano signo de pesos y luego, juntito, la palabra conejos.
Decime si no es una genialidad. Imaginá que vas con tu auto por ese bulevar y pasás enfrente de la casa de Daladier y mirás este letrero sencillo. Al instante comentás con los que te acompañan: ¡miren, ahí venden conejos! Y la tía fulana dice: ah, te pararas, mi gordo tiene antojo de conejo, desde hace varios días, entonces te hacés a la derecha, detenés el auto y bajás a tocar la campana a preguntar a cómo están los conejos. ¿Mirás la estrategia comercial de Daladier? Sólo puso el signo de pesos y la palabra conejos, quien se interese deberá detenerse, bajar, mirar la belleza del jardín que tiene y los demás animalitos que cría. Qué flor tan bonita, ah, se llama tal, si quiere usted, tengo hijuelitos a tanto. Y también tiene usted carneritos, ¿los vende? Claro, a tanto. Y los conejos a cuánto. Por ser usted se los daré a tal precio y la tía abre el monedero y pide dos.
Todo esto que es hipotético, sucede con frecuencia. Daladier no tiene necesidad de contratar empresas especializadas en publicidad para enviar su mensaje de venta de conejos. Le bastó usar un clásico de la publicidad de todos los tiempos. Claro, no faltará el vivito que se atreva a sugerir que, en lugar de escribir la palabra conejo, hubiera dibujado un conejo al lado del símbolo de pesos, porque, aseguraría, no todo mundo sabe leer (uf, qué país tan lastimado), pero que si alfabetos o analfabetos miran un signo de pesos al lado del dibujo de un conejo recibirán el mensaje en forma total.
Sí, querida mía, la mercadotecnia hace uso de estos análisis, para enviar el mensaje a los potenciales compradores.
Posdata: no todo mundo tiene un punto de venta generoso como el que sí tiene Daladier, pero la publicidad adecuada hace que los compradores lleguen hasta el lugar más recóndito en busca del producto que deseás vender. Los empresarios exitosos saben que no gastan en publicidad, ¡invierten!
La publicidad no espera que alguien llegue a la montaña, le lleva la montaña para que goce de la cima.
¡Tzatz Comitán!
domingo, 2 de octubre de 2022
CARTA A MARIANA, CON AUTOS NOVEDOSOS
Querida Mariana: la Efremina no mira la hora de agarrar partido y con ello ¡marido! Pero, pucha, piensa que los hombres son como los autos. Yo digo que primero debería aprender a manejar bien y luego estar consciente de que con ese nombre, que parece nombre de medicamento, no le resultará fácil.
Efre (así le decimos de cariño) anda en busca de un Porsche. ¡Ay, mi prenda! ¿No sabe que un carrito de éstos vale más de un millón de pesos? ¿No sabe que estos autos son para niñas que se llaman Carolina, pero que llevan por delante el título princesa? Es decir, no es para cualquier Carolina.
Pero la Efre no nos hace caso, ahí anda de necia, soñando con un chavo pro. ¿Pro qué? Entiendo que el término pro se presta a confusión, parece que por ahí anda el descontrol de Efre. Pro se aplica a una persona de bien, un chavo de la high society; pero también se aplica cuando se realiza la rifa de un par de zapatos, imitación de piel, en beneficio de una casa para niñas, atendida por monjas.
Los amigos de Efre nos debatimos en ser crueles y decirle la verdad o en dejar que sueñe de lo lindo y algún día caiga de la nube más alta; ojalá su espíritu no se fracture mucho.
¡Ay, pobre Efre!, insiste en comparar a los príncipes azules con autos, digo que bien podría conformarse con un vochito, son bien ahorradores y casi no fallan, Martín dice que nunca ha visto un vochito descompuesto en una carretera y agrega que este carrito funciona con el puro olor de la gasolina, y ahora que está tan cara, pues es algo a considerar. Ayer fui a ponerle gasolina a mi tsurito y ¿qué creés? Sí, el litro, de la verde, está por encima de los veintitrés pesos. Pucha, lo bueno es que no hay gasolinazos.
Un día le presenté un amigo a Efre, un buen muchacho. ¿Qué creés que dijo la Efre? No, no, se mira que tiene doble escape y no tiene monitor de presión en sus llantas. Bueno, la verdad es que el amigo no era un Temo Alcázar, tenía sus llantitas alrededor de la pancita, pero, eso sí, tenía un quemacocos maravilloso, porque casi no tenía cabello; y vos sabés que el Porsche tiene hermosos quemacocos.
Como vos te estás preguntando, nosotros lo hicimos desde el principio: ¿qué es lo que busca Efre? Y fuimos a su casa, tocamos como si fuéramos testigos de Jehová y ella nos recibió como si fuéramos hijos de su hermana, porque nos pasó a la sala y nos invitó agua de jamaica y galletitas saladas. Y bueno, cuando estábamos ya en confianza, María se la soltó: Y qué pues, vos Efre, ¿qué es lo que buscás en un hombre?, y agregó: lo digo para que te busquemos un buen partido. Vimos que la carita de Efre se iluminó, se puso roja, como si fuera reflejo de todos los vasos de jamaica que estaban sobre la mesa de centro. Sonrió, se desabotonó el suéter, tal vez para que no le subiera más la temperatura, cerró tantito los ojos y, como si estuviera sola, debajo de un árbol, en un campo, dijo que le gustaría un hombre que tuviera un panel digital de instrumentos, para que ella activara cada parte de su cuerpo a la hora que tuviera deseo. Nos quedamos viendo como ovejas en un desierto, sin hierbita para comer, pero María asintió y dijo: hmm, no estás tan equivocada, eso sería maravilloso. Romeo, que en ese momento era pareja de María, carraspeó nervioso. Y que tenga seis velocidades, dijo Efre, y como si estuviera ya arriba de un auto, hizo puño con su mano derecha y metió primera, segunda, tercera, cuarta, quinta y sexta, todo con un ronroneo que se intensificó y que hizo que todos sintiéramos un calorcito digno de una playa nudista. Sí, dijo María, y pasó su lengua de un lado a otro de sus labios. Todos vimos que entornó tantito los ojos, el que más lo vio fue Romeo.
Nadie dijo algo, todos esperábamos que Efre siguiera con su descripción, nos sirvió más agua de Jamaica, ofreció galletitas y, con la charola en la mano, dijo que deseaba que su novio tuviera freno de mano electrónico, para pararlo a la hora que quisiera y que, alzó la voz, que tenga aire acondicionado y asientos de piel, de piel suavecita, que sea tibia al tacto, y pasó la mano sobre el asiento del sofá y todos la vimos; en cuanto paró su movimiento, todos vimos a María, esperábamos que dijera algo, pero ella tenía los ojos cerrados, había puesto la cabeza sobre el respaldo del sofá y tenía las manos sobre el descansa brazos y las piernas un tantito abiertas; todos, entonces, volvimos la mirada para ver a Romeo, quien ya no resistió, se puso de pie, tomó su chamarra y sin decir algo abrió la puerta de la calle y salió.
¿Ya han visto el modelo que tiene ajuste inteligente en reversa?, preguntó Efre. Todos callamos. Yo, cuando menos, nunca he visto el modelo con ajuste inteligente en reversa, pero coincidí con María, a la hora que dijo: sí, el amante ideal es el que tiene ajuste inteligente en reversa. Tal vez nadie entendió qué era eso, pero volvimos a hacer un silencio de nube de yeso.
Posdata: pobre Efre, espera mucho, tiene grandes expectativas; no sabe que la vida no es lo ideal, no tiene idea que la vida siempre anda a ras de tierra.
¡Tzatz Comitán!
sábado, 1 de octubre de 2022
CARTA A MARIANA, CON NOMBRES
Querida Mariana: te menciono y otras tocayas tuyas aparecen, es inevitable. Sin duda que cuando vos escuchás el nombre de Alejandro también hacés asociaciones de otras personas con ese nombre, desde nombres famosos hasta nombres modestos. ¿Existen nombres modestos? Es decir, ¿vale más el nombre de la artista Mariana Ríos, que nuestra doña Mariana, del barrio de San Sebastián, que tuvo una tienda y se le recuerda porque era visitante frecuente en la poza de Uninajab y la bajada que está en la esquina de su casa la llamamos bajada de doña Mariana?
¿Es más relevante la Mariana Ríos, que tiene un cuerpo espectacular, que mi Mariana; es decir: vos?
Sí, ya sé qué estás pensando, que todo está en relación directa con el entorno cercano, con los afectos. Por supuesto que sí, hablo de doña Mariana, porque la conocí en los lejanos años setenta, cuando estudié la secundaria en el glorioso Colegio Mariano N. Ruiz; pero, sin duda, que vos tenés a otras Marianas en tu mente y en tu corazón.
Cuando escucho el nombre de Belisario pienso, de inmediato en el doctor Domínguez, pero también llega a mi mente Belis, quien preparaba unos tacos riquísimos y, durante algún tiempo, trabajó en la cantina de tío Tavo. ¿Qué Tavo conocés? ¿El mismo que yo? Tavo Penagos, el famoso basquetbolista, que es hijo de tío Tavo, el creador de las Macharnudas, bebida alcohólica muy pegadora.
Tengo en mi mente y en mi espíritu nombres de gente famosa, así como de gente modesta, de quienes no aparecen en los libros de oro de la historia, pero cuyas vidas han sido fundamentales en el desarrollo de las sociedades, desde posiciones sencillas, casi humildes.
En mi mente tengo anotados varios nombres que me son cercanos, que ayudan a dar savia al árbol de mi vida. Por ejemplo, tengo un nombre que no es muy frecuente: Carmelino, que es casi como la versión femenina de Carmelina, que es más frecuente, y cuando escucho el nombre de Carmelina aparece la imagen de una chica muy bonita, que estudió en la Secundaria del Estado en los años setenta. Carmelino fue empleado de mi papá, trabajó como encargado de la bodega de la Coca Cola, él se encargaba de subir y bajar las rejas de refresco a los camiones, antes de ir al reparto y a la hora de regresar; se estaba en casa toda la mañana y parte de la tarde, ya se retiraba cuando oscurecía. Desayunaba y comía en casa. Recuerdo que Sara, la sirvienta, se quejaba que Carmelino comía muchas tortillas, pues sí, necesitaba recuperar la energía que gastaba en el trajín de todas las mañanas. Sara decía que era un exceso porque cuando servía enchiladas comitecas, Carmelino “forraba” el bocado de la enchilada con una tortilla; casi casi era como las Guajolotas, que son tan buscadas en la Ciudad de México, que tienen masa adentro de la masa.
¿Tenés en tu corazón nombres de empleados humildes con los que te has topado en la vida? ¡Claro que sí! Estos nombres nunca llegan a los libros como sí llegó el nombre de Rosario Castellanos y llegan los nombres de los escritores, porque, aunque sean nombres modestos y no tengan peso alguno en la literatura nacional, cuando publican un librincillo de cuentos su nombre queda impreso para “la posteridad”. Por eso, a mí me encanta la anécdota de don Rito, quien fue un albañil que firmaba sus construcciones; acá es famoso el dicho: “Hecho y trabajado por Rito Aguilar” (¿era Aguilar? ¿No te digo?). Él se sentía orgulloso de su maravilloso oficio y ponía su firma. Pensaba que por qué sólo los héroes iban a firmar el acta de independencia, él también tenía todo el derecho del mundo a firmar su obra, como si fuera un Picasso de la construcción.
Y dije Picasso, fíjate, este nombre aparece en la mente de millones de personas en todo el mundo. Sí, es donde decimos que hay nombres relevantes. Nuestra Sonia Conde es una artista reconocida en la región, pero no compite en el salón de la fama con el nombre de Shakira. Esta cantante colombiana, por obra y gracia de la mercadotecnia actual, es conocida en muchísimos países.
Un poco antes de morir, el famoso escritor Julio Cortázar fue de visita a su Argentina, viajó porque Alfonsín asumió la presidencia de la república y Julito no sería perseguido. Volvió, ya estaba malito, pero sus biógrafos cuentan que una mañana salió a las calles de su Buenos Aires y vio una manifestación que ocurría en la calle. Alguien (nunca falta) vio hacia donde él estaba y lo reconoció, gritó, emocionadísimo: “Ahí está Cortázar”, el gran “Largázar”, también se emocionó al ver que un grupo nutrido de muchachos abandonó la marcha y se dirigió a saludarlo, a pedirle el autógrafo. Parece que fue la más hermosa recepción que pudo recibir en su tierra, un abrazo espontáneo.
Cuando escucho el nombre de Julio, de inmediato brinca en mi mente la imagen de mi querido y admirado escritor: Julio Cortázar; y siempre que se acerca el momento en que la Academia de Suecia nombrará al ganador del Nobel del año pienso en él, que nunca recibió tal distinción, pero que ni falta le hizo, porque fue un gran escritor por encima de esos galardones. Cuando el grupo de muchachos se acercó a apapacharlo en una calle de Buenos Aires él recibió el mayor reconocimiento. El mundo bien podía quedarse con el Nobel, él se llevaba el cariño de sus lectores. ¿Acaso hay mayor bendición que esa?
Pero cuando aparece el nombre de Julio, pienso en los Julios comitecos: en Julio Palacios, quien tiene una memoria brillante y tiene muchas anécdotas simpáticas en su mente; pienso en Julio, quien, desde hace muchísimos años, trabaja en la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez y es un aficionado al ciclismo; en Julio Gordillo Domínguez, el famoso periodista comiteco.
Hay muchos Marios, muchas Marías, muchos Caralampios. Sí, muchos Lampos, gracias a Dios. Don Lampo Morales, don Lampo Flores, con sus billares y con su modo desenfadado de ser. Hay muchos Armandos, mi compadrito Armando Pérez y el molestoso de Armando “Broncas” y otro compañero de la primaria que así se llamaba, pero a quien le decíamos “Desarmando”, porque lo que caía en sus manos lo hacía talco.
Estamos llenos de historias y éstas tienen a sus protagonistas. En muchas pláticas con amigos aparece la frase: “¿Se acuerdan de fulano?” y la mayoría dice que sí y brotan recuerdos y anécdotas, algunas son graciosas, otras son dramáticas y otras dan vergüenza, porque la vida está llena de luces y sombras y cada nombre arrastra brillos y oscuridades. Todos, todos. El que esté libre de complejos que arroje el primer nombre.
Un día un amigo en medio de una plática me dijo: “A mí que me importa fulana de tal” (era el nombre de una famosa mujer comiteca). Dijo que ella nunca le había dado algo, a él le importaba más fulana de tal (tocaya de la primer nombrada). Claro, entendí que casi en todas las veces los nombres modestos están por encima de los nombres famosos, porque los modestos son los que tenemos a la mano, son los que nos dan alegrías inmediatas, son los que extienden las manos cuando necesitamos un apoyo. ¿Los famosos? ¡No! Los nombres famosos viven en otra dimensión, sus nombres llueven y mojan la tierra desde la altura. Ellos permanecen en las alturas. Si los mencionamos es porque siempre están en el imaginario colectivo. Prendemos la televisión y ahí están ellos, mientras el nevero del barrio, el zapatero de la colonia, el tendero de la calle, no están en las grandes pantallas. Los nombres modestos están siempre cerca, pero no tienen reflectores, se alumbran con quinqués o con veladoras.
A mí me encanta hacer, de vez en vez, el ejercicio lúdico de decir un nombre y apunto a las personas que así se llaman y que tienen relación inmediata con mi vida. Es imposible que no aparezcan nombres de famosos, por lo regular son los primeros que aparecen. Me da pena, pero luego me alegro porque digo la sentencia de que los últimos serán los primeros y encuentro en la lista a nombres modestos, pero cercanos, ahí están los amigos, los parientes, los vecinos, los paisanos.
Posdata: cuando alguien habla de la tierra, pienso en la que abonó el sitio de mi casa de infancia, la que está ahora en la maceta donde mi Paty sembró una planta que da campanitas rojas o en donde mi mamá sembró una planta que es muy parecida a la lavanda (¿o es lavanda?) y donde llegan los colibríes a chupar miel; pero también llega a mi mente un personaje maravilloso del barrio de San Sebastián que era un gran aficionado al toreo y se aventaba al ruedo como espontáneo. Así le decían: el tierra, el tierrita. Ah, qué maravilla. Y cuando escucho la palabra luna recuerdo a una amiga que así le decíamos. Cuando un señor le dijo qué bonito nombre tenés, ella, riendo, pero con el ceño fruncido, dijo: caso me llamo así, me dicen así porque siempre estoy en la luna.
¡Tzatz Comitán!
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