lunes, 12 de febrero de 2024
CARTA A MARIANA, CON FOTO DE DIEZ
Querida Mariana: paso copia de una fotografía tomada el 10 de febrero de 2024. Es una más del titipuchal de fotografías que fueron tomadas en la Entrada de Flores.
Vos sabés que ese día (que dicen los expertos es el mero día de San Caralampio) se realiza en Comitán lo que ahora se llama romería, todo en honor a Tata Lampo, que es el santo católico (ortodoxo) consentido de los comitecos.
Las personas se reúnen en el sitio llamado El chumís (porque ahí hay un árbol de esta familia) y cuando ya hay un nutrido grupo caminan hasta llegar al templo de San Caralampio. Los participantes lo hacen con gran fervor, claro, hay maneras de demostrar el cariño, algunos (los tradicionales) vienen de rancherías cercanas y traen ofrendas florales. En sus manos, llenas de callos por la labranza, traen flores llenas de colorido; otros (los “modernos”) llevan cervezas en sus manos, cervezas que consumen en la ruta de su carnaval particular.
Ruta que también se ha modificado, porque al inicio el trayecto era del Chumís al templo, en La Pila. Ahora, la ruta se da una vueltita por el parque central, para que la romería pase donde están las autoridades, cómodamente sentadas, aplaudiendo.
En la foto que te envío ves al contingente de nuestro Colegio Mariano N. Ruiz. Cada año, desde hace varios, muchos, mi jefe, el maestro Huguito (acá va con un mostacho y cubierto con un sombrero, tocando un enormísimo tambor) impulsa esta tradición.
El doctor Hugo, como parte de una materia que impartía, fomentó la tradición. Todos los integrantes, o bien tocan el tambor o el pito (tradición tojolabal) o van disfrazados de diablitos (las chicas de hoy ya no portan las máscaras de cartón que antes usaban, y esto es así, decimos, porque ahora el registro fotográfico debe quedar para la posteridad, con sus caritas y no detrás de unas máscaras. Pero la presencia de diablitos y diablitas recupera una tradición ancestral. Hace falta el fomento de las características máscaras).
Año con año el Colegio participa. En esta ocasión ves que dos diablitas llevan una lona donde aparece el logotipo (rumbo a los 75) y, al lado de fotografías de San Caralampio y de un grupo participante en años anteriores, aparece la leyenda “Siempre católico” y un “Viva San Caralampio”.
Los mensajes sintetizan el espíritu de todos los participantes en la Entrada de Flores, del 10 de febrero. Todos los participantes preparan con tiempo sus disfraces, lo hacen porque son católicos, porque la tradición impera y porque es una manera de honrar al santo.
Quienes son católicos entienden mucho mejor esta manifestación divina. Los no creyentes pueden preguntarse: ¿por qué lo hacen? Pero esta Entrada de Flores tiene el mismo origen que, por ejemplo, las “antorchas” en honor a la Virgen de Guadalupe.
Por supuesto que el acto trasciende. En la actualidad, la Entrada de Flores, del 10 de febrero, se ha convertido en un elemento cultural insoslayable de la cultura comiteca, miles de participantes, miles de testimonios y miles de fotografías dan cuenta del suceso.
Cada año, Comitán se prepara para la conmemoración que ya es un tachilgüil entre lo sacro y lo pagano. Esto es ahora. Algunas instituciones procuran el rescate de la esencia. En 2024, un grupo de ciudadanos mandó a hacer tres gigantes (que anteriormente eran parte indispensable del festejo) y un grupo se disfrazó en forma maravillosas con personajes de la película Pinocho, del gran cineasta mexicano. De todo hay en la Viña del Señor, comparsas con disfraces ingeniosos y atractivos, asimismo comparsas con elementos que llegan al extremo de lo soez. De todo, pero todo inspirado en las dos frases que aparecen acá en esta fotografía. Lo hacen porque son católicos y porque es una manera de gritar por todo lo alto un ¡Viva San Caralampio!
Posdata: la manera de preservar una tradición es inculcar los valores en las nuevas generaciones, el pase de estafeta es importantísimo.
Mi educación primaria la estudié en una escuela primaria pública, la secundaria la estudié en el Colegio Mariano N. Ruiz, un colegio dirigido por un sacerdote católico. Ahí entendí que ya se daba este tachilgüil que ahora aparece en nuestras tradiciones. Al lado de la vida y obra de Benito Juárez y demás héroes mexicanos estudiábamos pasajes de la Biblia, gracias a estos pasajes me enamoré de la literatura. A fin de mes, los alumnos debíamos confesarnos, era todo un desafío mental, ¿y ahora qué le digo al padre, algo que supere lo que dije el mes pasado? Todo está en el terreno de la imaginación. La Entrada de Flores activa la imaginación de todos los participantes. ¿Qué disfraz nos pondremos en esta ocasión, disfraz que supere al anterior?
¡Tzatz Comitán!
domingo, 11 de febrero de 2024
CARTA A MARIANA, CON AUTÓGRAFO
Querida Mariana: ¿qué recuerdos conservan ahora los chicos y chicas? En los años noventa vi que escribían sobre las playeras del colegio. Por ahí, alguien debe conservar la playera donde están las firmas y buenos deseos de los compañeros de aula.
En los años setenta, las chicas tenían pequeñas libretas donde solicitaban los mensajes de los compañeros. No todo mundo conserva esos recuerdos. Lulú ¡sí! Ya te conté que en una ocasión me compartió algunas imágenes de ese álbum. Ayer me topé con una imagen de esas. Me sorprendió, porque no es de un compañero sino de un maestro, de un ¡gran maestro! Es el autógrafo del Maestro Güero.
A veces asoma una discusión: que los conductores de aula son profesores y no maestros, porque maestro sólo Jesús y personajes así, pero acá nos damos cuenta que el profesor Javier Mandujano Solórzano no tenía empacho alguno en nombrarse maestro, porque en realidad honró al término, que, según los entendidos, viene del latín Magister y significa “persona que enseña” y eso fue lo que hizo el Maestro Güero, en la Secundaria del Estado y en el Colegio Mariano N. Ruiz, institución donde Lulú recibió sus enseñanzas, en Física, Dibujo Técnico y Modelado.
Resulta que Lulú (siempre atrevida) pidió un recuerdo a la mayoría de compañeros y compañeras y se acercó al maestro Güero y éste le escribió lo que acá ves: “Lourdes: Le deseo que en sus exámenes obtenga muchos dieces. Maestro Güero”, esto lo escribió el 7 de junio de 1971.
Lo que Lulú tiene es un tesoro. El Maestro Güero es un personaje brillante de nuestra comunidad. Por la Pilita Seca existe una escuela secundaria que lleva su nombre, como reconocimiento a su estatura intelectual.
También tuve el honor de recibir clases con él. Lulú y yo fuimos compañeros en el Colegio Mariano N. Ruiz, así que las clases que ella recibió también las recibí yo.
La mera verdad no creo que se haya cumplido el buen deseo del maestro Güero. La güera Lulú no obtuvo muchos dieces. Los dieces se los llevaban otros compañeros, Carlos Conde y Marcolfo, sólo por mencionar a dos brillantes alumnos. Lulú y yo padecíamos los exámenes y dábamos de brincos cuando alcanzábamos un siete o un ocho. ¿Nueve? Pucha, ya era un éxito. Pero la vida reservó un sitial de honor a Lulú en el deporte, en la práctica del básquetbol sí obtuvo muchos dieces, por eso está considerada como una de las glorias deportivas de Comitán.
El mensaje del maestro Güero que Lulú conserva es una joya. El maestro, te he contado en varias ocasiones fue un gran amigo de Rosario Castellanos, la Chayo jugaba con él y le decía: “Güerito jawar iu (Güerito how are you)”, pero lo mencionaba así, castellanizado. El maestro fue un gran entusiasta en actos culturales en el pueblo; además (eso lo reconoce medio mundo) fue un gran artista plástico académico. El mito cuenta que él estudiaba en la Ciudad de México, en la Academia de San Carlos, y debió renunciar a los estudios para regresar al pueblo, porque su mamá enfermó. No obstante, el maestro fue un gran académico. Su primo, el padre Carlos J. Mandujano, de inmediato le pidió pintara muchos cuadros religiosos. Las paredes y el retablo principal del templo de Santo Domingo se llenaron de cuadros salidos de sus manos, de su genio. Te he contado que a mí me encantaba ir al templo, no por la misa aburrida, sino porque ahí tenía una gran pinacoteca a mi alcance. Cuando el padre Mejía y el padre Joel llegaron al templo de Santo Domingo quitaron esos cuadros y ahora andan desperdigados por varios lados. Qué pena. Entiendo que el investigador Amín hace una labor de rescate documental. Qué bueno.
El maestro Güero siempre llegaba vestido de traje, le encantaba comer dulcecitos y, en la bolsa del pantalón, llevaba el número más reciente de la revista Selecciones, del Readers Digest.
Cuando alguien le reclamaba no haberlo saludado en la calle, él decía que ponía atención a la banqueta, para no resbalar o pisar heces de chucho.
Era un gran deportista. Conocí su casa, a media cuadra del parque central, donde, en la parte trasera tenía una alberca. Nadaba todas las mañanas. Era tan fuerte que tomaba el gis con los dedos índice y pulgar y lo rompía.
Posdata: el artista Luis Aguilar siempre ha reconocido que los inicios de su carrera como escultor comenzaron con el Maestro Güero. Claro, Luis no tiene un autógrafo como sí lo tiene la güera Lulú.
¡Tzatz Comitán!
sábado, 10 de febrero de 2024
CARTA A MARIANA, CON FECHAS ESPECIALES
Querida Mariana: las personas festejamos fechas especiales. Hay diversos grados de festejo. Tengo amigos que se emocionan dos meses antes de su cumpleaños, conforme pasan los días la cuscusera aumenta. Hay otros amigos que están en el lado contrario, procuran que el día del cumpleaños pase lo más inadvertido posible.
En Comitán tenemos como fecha especial la del 10 de febrero, día donde se celebra la Entrada de Flores en honor a San Caralampio, que parte del Chumís, árbol que, año con año, está más enclenque. Mi querido amigo el ingeniero Galindo ha propuesto, una y otra vez, una resiembra en ese lugar emblemático.
Vos sos una chica moderada, lo sé. Por eso, tu cumpleaños anda en la misma burbuja, ni vas a antros, ni hacés grandes guateques, te basta y sobra celebrar con una comida con tu novio, tus papás y abuelos; y regresar a lo tuyo: ver cine. Recuerdo que hace años me invitaste a ver el ciclo que habías preparado, que tiene que ver con lo que ahora comento: películas donde hay festejos por cumpleaños. En esas cintas quedó de manifiesto lo que acá comento: hay para todo. Recuerdo un pedazo de la película (no sé si japonesa o coreana) donde el cumpleaños se celebró en una cueva, con luces y sonidos espectaculares, todo genial, pero al final resultó dramático, porque tanto punchis punchis causó un desprendimiento de rocas que tapó la entrada y los invitados quedaron adentro, un insólito “se perdió la llave”. La cinta dio una gran torcedura y lo que era un festejo se convirtió en la búsqueda para la salida, un grupo comenzó a cavar para hacer un hoyo en la entrada y otro grupo buscó la forma de hallar otra salida (o de otra entrada), un chavo dijo que la corriente de aire que llegaba hasta ellos la propiciaba una entrada al fondo. Simpática historia. En Comitán a nadie (que yo sepa) se le ha ocurrido hacer un festejo fuera de los espacios normales. Los guateques, lo sabemos, se hacen en algunos sitios de casas, en los patios centrales, en salas (cuando el convivio es pequeño), en ranchos o en salones especiales. Y esto tiene que ver, por supuesto, con el carácter de los festejados. Los que aman celebrar su cumpleaños son felices cuando se reúne la plebe, cuando hay marimba o grupo musical o, de perdida, un tecladista o DJ (ah, ya sé que protestará mi querido licenciado Pepe que se dedica a esta maravillosa profesión).
¿Yo? Ya me conocés, soy del grupo de los que prefieren pasar inadvertidos. Temprano doy gracias a Dios por sus bendiciones y luego me dedico a mis actividades normales, que son las que me llenan de vida. Casi siempre comemos separados en casa, por nuestras actividades, así que el día de mi cumpleaños es oportunidad para celebrar con los cercanos. Tal vez ir a la casita de campo y ahí comer con mi Paty, mi mamá, Fer y la Cajcam. Tan tan. Así me siento bien, tranquilo. Si algunos amigos y amigas se acuerdan me envían un abrazo por el WhatsApp y yo lo agradezco. Hasta ahí. El día pasa, me pongo mi pijama y doy gracias a Dios por la bendición del día, sabiendo que al otro día será la misma rutina, por fortuna.
Lo mismo sucede en el pueblo, muchas personas ignoran la Entrada de Flores, el primer grupo es el de aquellas personas que no profesan religión alguna. ¿A cuenta de qué celebrarán un santo ortodoxo que, por obra y gracia del Espíritu Santo, se convirtió en venerado por miles y miles de católicos? La mera verdad es muchos comitecos ni sabemos qué significa eso que Tata Lampo sea un santo ortodoxo, parece que sus raíces están en Grecia. ¡Ah, pucha, nadita! El otro grupo, cada vez más numeroso es el de la gente que ya está harta del cambio ocurrido en la tradición. No aceptan que la Entrada de Flores tenga ese híbrido de Carnaval, donde lo profano y sacro se unen en una mezcla surrealista, tan surrealista como los disfraces que se ven en la llamada ya romería y en las manifestaciones de algunos participantes, sobre todo los del grupo de los llamados “Intensos”, que son hombres con vestimentas femeninas que sólo se dedican a echar desmadrito sabroso; y luego está el grupo de gente que no tiene tiempo para gastarlo en festejos, gente que trabaja, que está en lo suyo, que no puede descuidar sus labores.
Pero sí está el otro grupo, el que, desde muy temprano, aparta sus lugares por donde pasará la Entrada de Flores y disfruta cada una de las manifestaciones. He visto gente que aplaude y se emociona al ver al grupo de indígenas con flores que encabeza la manifestación, que gritan vivas al santo consentido, se persignan, oran, todo lo ofrecen a Dios, y luego sueltan la cuerda de la admiración y de la alegría cuando desfilan las diversas comparsas de grupos participantes. Estos grupos de disfrazados destinan meses y meses en la elección y preparación de sus comparsas, gastan su paguita y su tiempo, lo hacen con mucho placer, lo hacen por su creencia, para mantener la tradición. Estos grupos provienen, sobre todo, de los barrios cercanos a La Pila, crecieron con esa costumbre y no la han soltado, al contrario, la han heredado a sus hijos y ahí mirás en la Entrada de Flores a montones de chitirices que se disfrazan de diablitos, muertes, pokemones, supermanes, barbies y personajes de Derbez o del Chapulín Colorado, ¡eso, eso, eso!; y se botan de la risa, ah, cómo se divierten cuando pasa el grupo de los intensos echando trago, desmadre, cuando jalan a alguien de la audiencia, lo botan a media calle y pasan por encima de él, con las piernas abiertas, mostrando sus “indecencias” que se campanean como badajos, tolón, tolón. Este grupo ha aceptado lo que mi amigo Jorge dijo: lo único permanente es el cambio. Sí, todo cambia, todo se modifica. Las tradiciones tampoco permanecen inalteradas.
El día 10 de febrero es uno de los días especiales en el pueblo. Tenemos fechas que son celebradas en muchos otros lugares, pero el 10 de febrero la mirada de Chiapas está en Comitán. Viene gente de otros lugares para, como ya se dijo, ver esta manifestación tan extraña. La extrañeza ya le ha dado su carácter único. No sé en qué momento los comitecos unieron dos cosas que se supone estarían separadas por su condición natural. A los comitecos esto les valió, como no había carnaval; es decir, el ritual para despedir la carne, a algunos se les ocurrió meterse dentro de la manifestación religiosa y hacer un verdadero tachilgüil, eso es lo que ahora es la Entrada de Flores, en honor de San Caralampio. Sigue siendo una celebración dedicada a Tata Lampo, porque si vos te acercás a uno del grupo de intensos y le preguntás por qué lo hace, no te responderán como el comediante Héctor Suárez: ¡nomás! ¡No!, la respuesta inmediata es: por Tata Lampito y te enseñarán una foto toda doblada, en blanco y negro, con la imagen del santo y la besarán; en una ocasión me tocó un compa bien bolo que se puso a llorar y recordó que de niño iba a la celebración con su abuelita, me traía de la mano, dijo, subimos estas mismas gradas.
El Comitán católico reconoce que San Caralampio es el santo consentido. Todos los santos y vírgenes tienen su nicho especial, pero Tata Lampo tiene su lugar preponderante. Por algo en las paredes de su templo hay fotografías en señal de agradecimiento por favores recibidos. Recordá que en muchos templos del país hay paredes llenas de los llamados ex votos, donde se agradece un milagro. En Comitán, el top de los milagros lo ocupa San Caralampio, ahí ha estado en primer lugar durante años y ahí seguirá.
La conformación del parque de La Pila le da un carácter especial, el templo está “en una lomita", desde ahí se aprecia la imponente ceiba, el árbol sagrado de los mayas. El mito histórico narra que ahí se gestó la refundación de Comitán (que ahora un grupo de valiosísimas personas del pueblo, por iniciativa ciudadana, se preparan a celebrar el cumpleaños 496 de la ciudad. Si nuestro Colegio Mariano N. Ruiz va rumbo a los 75, puede decirse que Comitán va rumbo a los 500. ¡Qué lujo!). Desde la lomita se observan los tejados de las casas que, en maravilloso alud, se desgajan como caricia para el espíritu del espectador. Subir el graderío, pararse en el atrio, abrir los brazos y recibir la bofetada afectuosa del viento es una de las cosas más sublimes de la vida. ¡Ah, La Pila! ¡Ah, San Caralampio! ¡Ah, Comitán!
Posdata: ya luego viene el 20 de febrero, que es el día del cumpleaños, ríos de orines y de trago bajan en patineta por las pendientes. Un tachilgüil. Así es la vida, todo cambia.
¡Tzatz Comitán!
viernes, 9 de febrero de 2024
CARTA A MARIANA, CON BURROS
Querida Mariana: ayer hablé del inicio del cuento “Gimpel, el tonto”, de Bashevis. Dije que él no se asumía tonto, él decía ser ingenuo. Los compañeros de su escuela se burlaban de él y abusaban de su ingenuidad.
Ante Dios, igual que Gimpel, confieso no ser tonto (aunque muchos lo piensen), soy ingenuo. Crecí creyendo en un mundo bueno, crecí creyendo en la amistad y ¡mirá! a mis sesenta años con las paredes en que me he topado. Sin embargo, sigo creyendo en el mundo. Los chavos dirían que ¡hay señales! A veces encuentro gente que, de igual manera, no es tonta, pero que cree en la posibilidad de un mundo más digno.
No obstante, tampoco soy tan ingenuo (pendejo pues) para no ver que el mundo está lleno de gente mala, de gente que si bien no merece balazos tampoco merece abrazos. Sólo eso faltaba que uno anduviera abrace y abrace a gente que te daña.
Hay gente ingenua, gente noble. En la escuela sigo viendo la diferencia de personalidades. La escuela es el gran laboratorio donde, si fuera clase de química, se mezcla la bondad y la maldad.
¿Mirás que usé el término bondad como sinónimo de ingenuidad? Lo usé porque, para mí, la ingenuidad no es sinónimo de estupidez, es exceso de bondad, pero, como diría la Madre Teresa hay que dar hasta que duela.
El padre Carlos (hombre bendito) siempre me dijo que entre la bondad y la pendejada había una línea muy delgada (así me lo decía) y aseguraba que yo cruzaba esa línea con frecuencia y dejaba el territorio de la bondad para solazarme en el fango de la pendejada.
Hoy, ya viejo, pienso que mi vida ha sido tersa porque jamás he pasado de la ingenuidad al terreno espinudo de la maldad. Jamás he actuado con dolo, porque soy de los de este lado.
Digo que en las escuelas se dan esos contrastes con diferentes personalidades, las de los buena gente y los que traen en sus genes la maldad. Hay niños que son jodones por naturaleza. A veces, en casa veo a la perrita que baja del sofá para tomar agua, se acerca al recipiente, de color verde, y lengüetea rico. El gatito (que es un amor, pero que es un chingaquedito) permanece en una silla acolchada, ahí observa todos los movimientos de la Pigo. Cuando la Pigo termina y va de nuevo al sofá pasa cerca del gato y éste, así lo dicta su natural, baja la manita y suelta el zarpazo. La perrita se espanta. El pinche gatito queda tranquilo, esperando que alguien le cuelgue una medalla por la hazaña estúpida que hizo. Bueno, así hay muchos chicos y chicas en la escuela. A veces, un chico bueno sale de la cafetería con unas quesadillas, camina por donde están dos chicos sentados en el piso, con las piernas estiradas, como si estuvieran en una playa. El resultado es previsible, pero el niño bueno no lo ve llegar. Uno de los pelafustanes sube tantito el pie a la hora que el de las quesadillas pasa y provoca que trastabille, por fortuna, las quesadillas siguen en el plato. El que sube el pie ve hacia otro lado, mientras su amigo ríe descaradamente. Ah, la Pigo y dos pinches gatos jodones.
El problema es que, en ocasiones, los jodones van más allá, de pronto se regodean en molestar a un ingenuo, a un buena gente, porque saben que el otro no responderá con violencia ante sus acosos.
Siempre he escuchado que el maldoso sentencia al buena gente, que ni se vaya a quejar porque le irá peor. ¡No! En la escuela, los niños buenos deben saber que, de inmediato, deben notificar acoso para que los otros sean reprendidos. La autoridad es la que sentencia al maldoso, la que le explica que no debe volver a meterse con el niño bueno, so pena de más graves sanciones. ¿De verdad así funciona? No lo sé, nada sé, querida mía. Sólo sé que me enerva que los maldosos abusen de los niños que caminan indefensos por la vida.
Posdata: la mitad del mundo está llena de ingenuos, como Gimpel, no son tontos, son ingenuos, creen lo que les dicen. La otra mitad está llena de cabrones que se dedican a joder a los buenos. Basta que mirés a tu alrededor para que me digás si tengo razón o no. ¿Qué hacemos los buena gente ante tanta maldad?
¡Tzatz Comitán!
jueves, 8 de febrero de 2024
CARTA A MARIANA, CON INTELIGENCIAS
Querida Mariana: todos lo hemos escuchado, en un momento alguien dice: “fulanita es muy inteligente” y eso causa un ¡oh! de admiración. Ser inteligente es indicativo de que la tal fulanita anda en otra dimensión, muy lejos del común denominador, porque son más los bobos que los inteligentes, es ley natural.
En mi buró siempre tengo un libro de cuentos del escritor hebreo Isaac Bashevis Singer, escritorazo, quien nació en la tierra de los ancestros de mi amado amigo Abraham Gutman: Polonia. El primer cuento que aparece en esa antología, preparada por él, es uno que se llama “Gimpel, el tonto”. El texto está narrado en primera persona y comienza diciendo que él es el tonto, aunque no se considera un tonto. Los demás lo molestan, nunca faltan los jodones, él, a final de cuentas, se reconoce como un ingenuo, que cree en la fe de los otros, pero ya sabemos cómo son los otros.
Digo esto, porque se considera que la inteligencia está en el otro extremo de la tontería, los inteligentes no son tontos y los tontos no son inteligentes.
Cuando alguien dice que fulanita de tal es muy inteligente, ¿qué quiere decir? Bueno, si buscamos la definición de inteligencia hallaremos que una persona inteligente es alguien que posee la capacidad de entender o comprender, que puede resolver los problemas que se le presentan. ¿Los bobos no entienden? Julián tenía un cierto retraso mental (discapacidad le llaman ahora) y la tía Inés lo mandaba al mercado todos los días y Julián regresaba con lo solicitado, cuando la tía revisaba el pedido hallaba que todo estaba perfecto. Julián no era bobo, aunque en la cuadra los demás niños, los pinches jodones, le decían ¡bobo!, y cuando lo decían se botaban de la risa, se burlaban. El mundo es cruel. Los bobos eran ellos, porque no se daban cuenta que la naturaleza había sido más o menos pródiga con ellos y no con Julián. Su supuesta inteligencia debería permitirles ver que no debían burlarse de quien tenía una condición especial, al contrario, reconocer sus logros, porque a Julián le costaba un poco más esta vaina de la vida. Él hacía bien todo lo que le mandaba hacer la tía Inés, todo, todo. Le costaba un poco más, se tardaba en sacar punta al lápiz, en elegir los ramos de cilantro, pero al final dejaba el lápiz con una punta exquisita y el cilantro era el más fresco.
¿Quién es inteligente? ¿Todo mundo comprende y resuelve los problemas que se le presentan? No, no todo mundo tiene fortalezas para todo. Todo mundo entiende unas cosas y se le dificulta la aprehensión de otras materias. Lo vemos en los salones de clase, todos los días, ahí está Rosita que es habilidosísima para resolver problemas de matemáticas, pero tiene cierta dificultad para resolver problemas de química. ¿Eso quiere decir que es inteligente para la matemática y boba para la química?
A principios del siglo XX todos pensaban que la inteligencia estaba reservada para la raza humana. Hoy, con los adelantos tecnológicos sabemos que existe algo que se llama Inteligencia Artificial (IA), bueno, en realidad en inglés es al revés volteado AI (Artificial Intelligence). ¿Con qué se come eso? Ah, es materia compleja, complejísima; pocos lo entienden. Esto que digo ¿significa entonces que los demás somos bobos, porque no tenemos la capacidad de comprender cómo funciona lo de la IA? En realidad ni vos ni yo somos bobos, pero ni vos ni yo entendemos cómo funciona el Internet. Recuerdo que muchos amigos de mi generación se preguntaban cómo funcionaba la radio, cómo era posible que, en sus casas, pudieran escuchar las voces de personas que estaban en otro lado del mundo. Esto no significaba que mis amigos fueran bobos o, como decían, poco inteligentes.
Los creadores de la IA nos han dado pistas para que vayamos rumiando el concepto, a partir de ahora debemos entender que hay una IN (Inteligencia Natural) y una IA (Inteligencia Artificial); esta segunda inteligencia fue creada por la primera inteligencia, pero, ¡Dios bendito!, el día menos pensado la IA puede superar a la IN y crear un caos donde nadie, nadie entienda algo y todo mundo sea bobo, porque sólo una inteligencia superior dominará el mundo. ¡Ah, pues, pinche Alejandro, esto suena muy a fin del mundo! Bueno, del mundo ¡no!, pero sí del género humano. Ya los científicos nos han dicho que el mundo se extinguirá mucho después que la raza humana.
Posdata: Octavio Paz era muy listo para escribir ensayos inteligentísimos, pero era muy bobo en sus relaciones humanas, era un soberbio poco inteligente.
¡Tzatz Comitán!
miércoles, 7 de febrero de 2024
CARTA A MARIANA, CON ROJOS Y NEGROS
Querida Mariana: una famosa novelita de Stendhal se llama “Rojo y negro”, famosa por buena. En eso pensé cuando leí que Helena Rojo había muerto, su apellido se manchó con el manto negro.
¿Tenés idea del número de señoras que ven telenovelas? Son millones. Por todos lados veo los televisores y las señoras viendo la telenovela de la tarde: en el mercado, en la tienda de estambres, donde preparan jugos, donde bordan mantitas, donde juegan barajas, donde toman café con las comadres. En la Ciudad de México, en los años setenta, viví un rato en el departamento de mi tía Josefa, ella, religiosamente, trabajaba toda la mañana y después de la comida se sentaba en el sofá y veía las telenovelas.
Ahora que falleció Helena Rojo, con hache, como dicta la literatura clásica griega, faltaba más, millones de señoras telenoveleras supieron de quién se trataba, porque en los últimos tiempos la gran Helena apareció en muchas historias de la televisión, pero no siempre fue así.
Los cinéfilos de los años sesenta y de los años setenta conocimos a la gran Helena muy joven, muy bella, muy histriónica, muy actriz de cine, de cine, de pantalla grande, nada de pantalla chica, grande, porque, la verdad, es que era una gran actriz.
Preguntame cuál es la película que recuerdo de ella, la primera que vi en el Cine Comitán, con una orden de taquitos dorados y un vaso encerado con Pepsi Cola (en ese tiempo aún tenía la Cola la Pepsi), preguntame. Se llamaba (o se llama) El Payo, un hombre contra el mundo.
Bueno, bueno, ya te dije que no me avergüenzan mis orígenes cinéfilos, los comitecos tragábamos todo lo que proyectaba Saborío; no me avergüenzo del Cine Mexicano, pero, por supuesto, fue en 1974 cuando, en la Ciudad de México, conocí el cine de arte que compensó la balanza.
Vos sos muy joven, no tenés idea de quién era el Payo. Te cuento. La historia es simpática, porque es de los casos de historias que dieron el brinco del cómic al cine, como Chanoc, como Kalimán. El Payo fue un personaje de revista de monitos (las comprábamos en la Proveedora Cultural, de don Rami Ruiz, viejazo maravilloso). ¿Quién era El Payo? Como lo dice el título de la película donde trabajó Helena era “un hombre contra el mundo”, un tipo ranchero, musculoso, con sombrero de ala ancha, anchísima. De niño no la tuvo fácil, el patrón de la hacienda donde trabaja su papá abusa de su mamá y luego, ya mozuelo (dirían los españoles), el hacendado abusa de la novia del famoso Payo. ¡Ay, qué destino! Pero un día escapa de la hacienda y del destino, el azar le pone en sus manos una fortuna y con ello El Payo decide hacer obras en beneficio de los otros.
La revista tenía elementos para seducir a los lectores y muchos nos aficionamos a leer sus aventuras, donde (era previsible) había chicas, borracheras, balazos, el mundo pues con todas sus triquiñuelas. El Payo, mirá qué interesante, forma una comunidad donde hay el ideal de que todos sus habitantes son felices, la gente trabaja sin ser explotada. No era una mala idea, era una utopía, pero los lectores la celebrábamos.
Vos sabés que el término payo se usa como sinónimo de aldeano, ignorante, tiene un signo peyorativo, pues así se llamó este personaje de cómic y en los años setenta, al ver el éxito de la revista, los productores cinematográficos pensaron que hacer una película con el personaje sería un trancazo, contrataron a un actor de moda, Jorge Rivero (fortachón, bien parecido) y a una chica linda, nuestra Helena.
Y, sentado en una butaca roja, la pura tablita de triplay, yo, cinéfilo de hueso colorado, vi la película de la Rojo, sí, todo fue el rojo de Stendhal.
En la cinta se hizo el contraste entre la vida rural y lo urbano, por ahí aparece un grupo de motociclistas, con chamarras negras, y un auto descapotable, una simpática carcachita, nada carcacha, y aparece la dúctil Alejandra (actriz que un día estuvo en Comitán filmando la famosísima fotonovela, ¿Alejandra qué?, ay, se me escapó su nombre), quien, al ver al Payo, dice que es un aborigen, y uno de los motociclistas le llama “El sombrerotes”.
Bueno, la historia es predecible. Helena, si permitís el término, hace un papel de “paya”, con trencitas y cierta entonación de muchacha rural.
Era muy fácil enamorarse de Helena, de carita lavada, de rostro de virgencita inmaculada.
Posdata: se murió la gran Helena, la payita.
¡Tzatz Comitán!
martes, 6 de febrero de 2024
CARTA A MARIANA, CON BUENAS NOTICIAS
Querida Mariana: muchos amigos y amigas conocen a Álvaro Robles Cameras. Hace rato no se veía en el pueblo, ahora está más seguido con nosotros, muy activo, como siempre ha sido.
Conocí a Álvaro hace ya bastantes años, en Chiapa de Corzo, él es un destacado intelectual chiapaneco y en los años que lo conocí era director del Centro Cultural de aquella ciudad. Álvaro es pata de chucho, porque, según la mínima ficha biográfica, nació en Tapachula, en una finca cafetalera, creció en la Mixteca Oaxaqueña y a su regreso a Chiapas anduvo por varias ciudades. En los años noventa me lo topaba en Tuxtla, en San Cristóbal y en Chiapa de Corzo. Siempre ha sido muy amable conmigo.
Ya en el siglo XX mientras yo, que no soy pata de chucho, vivía en Puebla, vine a Comitán para la presentación del libro de un amigo y me topé con Álvaro, él trabajaba en el ayuntamiento presidido por Jorge Constantino Kánter. Quien me invitó a la presentación del libro logró que el ayuntamiento pagara mi boleto de avión, de ida y vuelta, para cumplir con el compromiso. Y ahora, como digo, anda por Comitán con más frecuencia. Es un gusto saberlo bien.
El otro día leí que Iván Ibáñez hizo un comentario acerca de un libro escrito por Álvaro, un libro de relatos que se titula “El mito del oro y otros relatos”. Ya me conocés, siempre que aparece un libro escrito por chiapanecos busco la forma de tener un ejemplar, en este caso con mayor razón, por tratarse de la autoría de Álvaro.
Por la cercanía me atreví a preguntarle dónde podía conseguir un ejemplar, muy atento, de inmediato me respondió que iría a su casa y al regreso me traería uno. Y pocos días después me preguntó dónde podía mandarlo. Le dije que en la oficina de Arenilla. Más tarde, Cielito me mandó un mensaje diciendo que había recibido los libros. ¿Libros? Bueno, así (en plural) envié mi agradecimiento. Entonces se dio un bien mal entendido. Es uno, confirmó Álvaro, pero eran diez ejemplares. ¿Diez? Sí, hombre, uno para vos y los otros para lo que dispongás. Ah, de nuevo la generosidad en la parcela. Así que, de inmediato pensé en vos. Ya te haré llegar tu ejemplar.
¿Y qué hacer con los ocho libros restantes? Pues lo pongamos a disposición de lectores que deseen acercarse al genio creativo de Álvaro. Sí, eso haremos, una dinámica sencilla, Arenilla sube una etiqueta donde dé a conocer que hay ocho libros disponibles (en forma gratuita, galantería del querido amigo Álvaro), las primeras ocho personas que levanten la mano y digan el porqué de su gusto por la lectura los anotamos en la relación de ganadores y les pediremos que pasen a la oficina de Arenilla, de lunes a viernes, de diez de la mañana a una de la tarde, para recibir su ejemplar.
¡Ya leí el libro de Álvaro, ya disfruté “El mito del oro”, donde se revela como un exquisito narrador! Leí dos o tres líneas y ya estaba enganchado a la historia, que fue bordando con gran pericia literaria. El prólogo es de otro intelectual admirado, Roberto Ramos Maza. A ver, paso copia de un fragmento de lo que Ramos Maza escribió:
“Se discute si toda la producción literaria en el fondo es autobiográfica y este debate ha perturbado muchas reuniones y veladas. En el caso de Álvaro considero que la discusión se resuelve porque, como creo que sucede en otros autores, las líneas vitales propias las transcribe en los ámbitos, los deseos, los sueños y por qué no decirlo, las frustraciones que los textos presentan…”
Ramos Maza no debe estar equivocado, Álvaro narra de lo que conoce, el entorno de dicho relato se desarrolla en Tapachula, en la región de la Mixteca Oaxaqueña y de Cintalapa. Álvaro sabe de qué habla y lo hace en forma minuciosa, con una mirada atenta, especial. Su narrativa nos lleva a conciencia a lugares donde se desarrolla la historia, historia que tiene el agregado de la época de los mapaches en Chiapas. Álvaro entrelazó muy bien los elementos y nos obsequia un muy buen texto.
Posdata: quedamos en eso, querida Mariana, en el Facebook de Arenilla publicamos una etiqueta dando a conocer que tenemos disponibles ocho ejemplares del libro “El mito del oro y otros relatos”, de Álvaro Robles Cameras, y los primeros ocho amigos o amigas que levanten la mano y digan por qué les gusta leer se llevarán un ejemplar en forma gratuita. Nada que agradecer a nosotros, todo el agradecimiento para Álvaro, destacado intelectual chiapaneco (nota aclaratoria, sólo se contabilizarán los comentarios que hagan en la publicación original de Arenilla, así que a estar listos).
¡Tzatz Comitán!
lunes, 5 de febrero de 2024
CARTA A MARIANA, NADA ES IGUAL
Querida Mariana: “todo cambia”, dice la canción. En los años sesenta, el parque central de Comitán era más íntimo, bajabas a él por un lado y subías por otro. Hoy sucede lo mismo, pero todo cambió. A veces divido el mundo en dos, hoy lo dividiré en personas a las que les gustan los espacios amplios y personas a las que les gustan los espacios íntimos. Es difícil ubicarse en uno de los dos lados, pero si me exigieran elegir elegiría los espacios íntimos, los cercanos, los afectuosos, los callejones iluminados, las plazas cariñosas, las de abrazo que no cesa.
Nunca he estado en París, ni estaré, pero al ver una foto de la Plaza de la Concordia me siento bien; no obstante, disfruto más las callejuelas, donde la gente está en sus balcones llenos de flores. Sí, tal vez porque vengo del parque íntimo de mi pueblo, de los años sesenta, me gustan los espacios íntimos.
¿Podés imaginar lo que era dar vueltas y vueltas los domingos en el parque? Después de ir al cine, medio mundo salía de las salas y se concentraba en el parque y comenzábamos a dar vueltas, platicando, viendo a las chicas y ellas, bonitas, sonriendo, abrazadas, mostrándose como lo que eran: unas diosas, algunas alcanzables, otras no, pero todas, eso sí, democráticas, caminando donde caminaban los príncipes comitecos y la runfla de plebeyos, malcriados, bolos, con las bocas apestosas a cigarro, a cerveza, a cebolla, después de cenar tacos.
El parque era la mitad de lo que es hoy, no se veía la fachada del templo de Santo Domingo ni la fachada del Centro Cultural Rosario Castellanos (que no era tal, en ese tiempo era la Escuela Secundaria y Preparatoria). Sólo se veía la parte alta del templo, era como si estuviéramos en un barco y de pronto supiéramos que ahí había un templo al que debíamos acudir para recoger el programa impreso que anunciaba las funciones del Cine Comitán y del Cine Montebello. Nada de redes sociales, el método más efectivo para hacer llegar el anuncio era a la salida de misa. Todo mundo recibía el programa (impreso en la Imprenta de Don Chinto Naciff) y a la hora de llegar a casa para desayunar tamalitos y chocolate caliente ya sabíamos qué iríamos a ver en la matiné y luego en la tarde (yo, que era cinéfilo de hueso colorado, lo sigo siendo, iba a la matiné, luego a la función de la tarde y el lunes al otro cine).
Vengo de un Comitán afectuoso, de un Comitán íntimo, la mayoría de mi generación dice a cada rato que éramos un pueblo donde todo mundo se conocía. Hoy esto es imposible. Hoy es la generación del parque ampliado, del que no tiene ya el referente de la manzana que fue derruida. Tiraron una manzana para ampliar el parque, ampliaron la perspectiva. No sé cómo se da la relación de espacios físicos y espirituales. Los de mi generación vemos la ampliación de un parque como producto de la mutilación de la intimidad. No siempre lo más grande es mejor, a veces, como así lo pienso, lo pequeño es concentración de afectos.
El parque se llenaba después del cine, a la salida de misa de las doce, después de los desfiles, ya no se diga la noche del grito o en actos políticos. Todo esto bajo la mirada complaciente de la gran estatua de Belisario Domínguez, la que también quitaron. Ya te he dicho que hoy ni siquiera existe una mínima estatua de tío Belis en el parque, qué incongruencia. En la ciudad que se llama Comitán de Domínguez, en su honor, su estatua está resguardada (secuestrada) en el interior del palacio municipal, cuando es día de su onomástico o de su fallecimiento, el pueblo está ausente, sólo las autoridades lo festejan, como si fuese de su propiedad. La grandiosa estatua que estaba en el centro del parque íntimo, el antiguo, no contrastaba con la pequeñez del espacio, al contrario, era como un inmenso faro en una isla, un faro que nos servía de guía, porque todo mundo recordaba, al verlo, que si la representación nacional cumplía con su deber la patria estaría salvada. Esto lo sabía medio mundo, la imagen servía para recordarnos a los comitecos que nuestro corazón también era afectuoso, íntimo, que no se prodigaba en espacios amplios, que nosotros éramos más de acá, de la plática en sobremesa, de café en torno a los fogones, de viajes a Uninajab o a Los Lagos. El viaje a Los Lagos era por caminos de terracería, en medio de maravillosa arboleda, todo nos hablaba de intimidad, de un cercano abrazo de la naturaleza.
Posdata: todo cambia. ¿Todo, de verdad? ¿Por qué entonces en mí permanece el recuerdo imborrable, inmutable, del parque afectuoso que tuvimos en los años sesenta?
¡Tzatz Comitán!
domingo, 4 de febrero de 2024
CARTA A MARIANA, DONDE SE DICE QUE EL MUNDO RUEDA
Querida Mariana: dejá que juegue con las palabras. Quien está al lado de mi jefe, el maestro Huguito, es Mario Alberto Rueda Cordero.
En cuanto lo vi una avalancha de emociones y recuerdos apareció. Él es marianito, estudió la primaria y secundaria en el Colegio Mariano N. Ruiz.
Estudió la carrera de ingeniero industrial, pero ahora ya no ejerce su profesión, un día se dio cuenta que el mundo es una inmensa rueda e hizo honor a su apellido paterno.
¿Ya viste qué dice la playera que viste? Dice “200 millas de México”. Rueda, rueda, rueda, se dedica a correr. Vos sabés que yo sólo voy a la esquina, caminando, y lo hago con mucha precaución, para, como dijera el cartero Jaimito, “evitar la fatiga”, pero sí tengo la capacidad de ver lo que Mario Alberto hace. Antes de que él llegara al Colegio, donde fue recibido por el rector y por los alumnos lo más que había conocido son deportistas que corren la tradicional Maratón, que, dicen, abarca una distancia de más menos 42 kilómetros. De igual manera conozco a varias personas que practican el triatlón, que abarca tres disciplinas: natación, ciclismo y carrera. Los que saben dicen que esta prueba tan agotadora abarca 51.5 kilómetros. ¡Dios mío!
Ahora pensá lo que significa la carrera “200 millas de México”, para empezar, en lugar de kilómetros se denomina en millas, y todo mundo sabe que una milla tiene un poquito más de un kilómetro. Si no fallan las clases de ingeniera que recibí en la UNAM, una milla es, redondeándolo, un kilómetro sesenta; es decir, Mario Alberto, como todos los demás participantes, se aventó una distancia de 320 kilómetros, es prueba para seres especiales, Mario Alberto es de ellos.
También redondeando puede decirse que la distancia de Comitán a Tonalá es más o menos de 300 kilómetros. A ver, echate corriendo esa distancia. Digo que la prueba es para seres especiales, Mario Alberto lo es.
El día que llegó al Colegio Mariano N. Ruiz, su colegio, platicó que se preparaba para ir al país de El Salvador para participar en una carrera de 100 millas, 160 kilómetros.
Más joven fue integrante de la CONADE, ahora por la edad, ya quedó fuera del programa. ¡Ay, la CONADE! Bueno, ahí está de dirigente la corredora Ana Gabriela Guevara, qué pronto se olvidó de las carencias que sufrió en competencias.
Ahora, Mario Alberto le busca, sabe que el mundo rueda, toca puertas para recibir apoyos. Ya sabemos que es historia común de muchos atletas mexicanos. Por desgracia (¡es lamentable!) ni en el ayuntamiento de su pueblo recibió apoyo. Bueno, ya sabemos cómo es la dinámica. ¡Qué pena! Pero Mario Alberto no se deja, no se rinde, busca patrocinadores para conseguir su sueño, el sueño que, un día, lo obligó a dejar su profesión. El deporte era su vida, ese era su máximo deseo.
Sabemos que en el mundo hay de todo, hay algunas personas que se mueren por consumir millas, pero con autos deportivos. Mario Alberto consume millas corriéndolas. ¡Doscientas millas! No alcanza mi mente para dimensionar esta distancia, el esfuerzo que él, y los demás corredores, realizan.
En el Colegio lo contó con emoción, estoy seguro que es un ser realizado, la sensación de estar al lado de un grupo compacto a la hora de salida debe ser inigualable, a la hora que el juez anuncia el inicio, todo el grupo se avienta en pos de su sueño, porque, como él dijo, no participa él busca ganar, obtener el primer lugar.
En la secundaria del colegio recibió una clase con la historia de Los Juegos Olímpicos y supo que el gran Pierre de Coubertin tuvo un lema que es emblema de la justa: “Lo importante no es ganar, sino competir”. ¡Naranjas de Chicomuselo!, dice Mario Alberto, lo importante es la victoria, él hace todo lo posible por obtener el triunfo.
Sin duda que no fue una fácil elección, no fue sencillo dejar la profesión para la que se preparó en la universidad, pero el día que llegó al colegio lo vimos pleno, radiante, contento con su actual actividad profesional.
Posdata: ¡Más rápido, más alto, más fuerte!, dice el lema de los Juegos Olímpicos. Más vueltas a la rueda, piensa Mario Alberto y ahí va.
Ahí vamos, nuestro Colegio Mariano N. Ruiz va ¡rumbo a los setenta y cinco años! Mario Alberto va rumbo a darle vuelta a la rueda de la vida, de sus sueños.
¡Tzatz Comitán!
sábado, 3 de febrero de 2024
CARTA A MARIANA, CON UNA CINTA DE MARAVILLA
Querida Mariana: la maravilla es una maravilla. Ya lo dijo Joan Manuel Serrat con su música y letra del poeta uruguayo Benedetti: “qué maravilla, la maravilla”.
Dirás que no es una gran cosa el jueguito de palabras. En efecto. La esperanza siembra esperanza, la alegría provoca alegría.
Cuando los términos cambian su vocación se vuelven prodigiosos.
Vos sabés que mi abuela materna se llama Esperanza, cuando, siendo niño, en el sitio, apareció un saltamontes verde, con sus patas delgadísimas, trepado sobre una hoja de la planta de chayote, y mi abuela dijo que ahí estaba ella, me sorprendí, y me maravillé cuando ella dijo que ese bichito también se llamaba esperanza. Ah, qué maravilla.
Lo mismo sucedió cuando otro mediodía, en el mismo sitio, mientras yo jugaba carritos en un caminito de arena que había hecho, mi mamá, en voz alta, complacida, dijo que sus alegrías venían bien bonitas. Dejé los carritos y fui hasta donde estaba ella con una palita. Pedí que me explicara, señaló un macoyito de flores rojas, que mostraban su cara al sol con total descaro, dijo que esas florecitas se llamaban alegrías. Oh, qué maravilla.
Y la maravilla es también una plantita que da unas campanitas bien bonitas. Quien tiene un oído exquisito puede escuchar cómo cantan esas campanitas cuando las mueve el viento.
Pero, y eso es la maravilla de la maravilla, mucha gente le da uso medicinal.
Muchas personas mayores saben que la mayoría de medicinas de patente basan sus principios sanadores en diversas plantas. Por eso, muchos ambientalistas lamentan la depredación de las selvas y bosques, porque, aseguran, ahí desaparecen plantas que pueden ayudar a sanar enfermedades que hoy son incurables.
¿Cuántas veces tu abuelita ha preparado un té para curarte alguna dolencia del pecho? El agua tibia, el reposo y el té hacen su magia y, ¡oh, maravilla!, días después la molestia cede y volvés a estar al ciento por ciento.
¿Para qué sirve la maravilla? Bueno, no soy curandero, pero la tía María dice que tiene propiedades antiinflamatorias. ¿Mirás?
¡No!, decía el tío Artemio, la maravilla es una maravilla para cosas de cama. Él aseguraba que un té de maravilla le daba potencia sexual, así, todas las mañanas, en lugar de tomar café con pan, como la mayoría de casa, él le pedía a Amparito que le preparara un tecito de maravilla. Yo lo veía desde una esquina de la cocina, él se acercaba al fogón y, libidinoso, le preguntaba a Amparito si quería comprobar la efectividad de la infusión. Oh, no se alebreste, decía ella, riendo, tomando a broma lo que el tío decía. Cuando daba el primer hervor, Amparito retiraba el vaso de peltre, colaba el agua y ofrecía una taza al tío que, al dar el primer trago, inflaba su pecho, cerraba los ojos y decía: ¡ah, qué maravilla la maravilla!, sin saber que Benedetti y Serrat se le habían adelantado. La tía María, esposa del tío Artemio, decía que tal vez con otras, porque con ella nada de nada, la maravilla era que el aparatito todavía le funcionara para hacer pis y todo mundo reía.
¿Por qué amanecí tan espíritu eucaliptus? Es que ayer pensé que deberíamos ofrecer un collar con flores de maravilla a todos ustedes, porque lo que hacen es una maravilla.
¿A qué me refiero? A vivir. La más grande maravilla de la vida es ¡la vida!
Esto que parece, asimismo, un juego de palabras es la síntesis de lo que día a día les ocurre a todos ustedes, que son unos grandes valientes. Jorge dice que a él no le preguntaron si quería vivir, cuando vino a tener conciencia de sí ya estaba corriendo en los corredores de su casa. Y ahora, dice, no queda más que vivir con dignidad, con atrevimiento. Cuando pronuncia la última palabra pienso que sí, que el mayor atrevimiento en la vida ¡es vivir!
La primera vez que vi un grupo de bambúes, vi sus varas tan delgadas, fragmentadas, las pensé frágiles, así veo a los seres humanos, con espíritu de bambú, fragmentado; pero Adrián, que vivía en el rancho y sabía mucho de vainas naturales me dijo que yo tenía una impresión equivocada, y como si fuese un ingeniero agrónomo titulado en la UNAM, con sus diez años de edad, me dio una cátedra acerca de la dureza del bambú. En lugar de recular pensé que mi comparación era exacta: los seres humanos dan la apariencia de fragilidad, pero sus espíritus son tan grandes que logran transitar con dignidad la carretera polvosa de la vida.
Digo esto, porque vos sabés a todo lo que estamos expuestos. Sobrevivimos. Uf. Qué labor tan difícil. La gente se asombra ante fotografías donde se ve a una alpinista en la cima del Everest, pero si mirás con detenimiento la foto del día a día de la gente común verás que conquista altas montañas hora tras hora.
El otro día vi una cinta nominada para el Óscar, la vi en Netflix. La película se llama “Nyad”, cuenta la historia real de una nadadora que, con más de sesenta años de edad, nada de la orilla de Cuba hasta la orilla de La Florida, en Estados Unidos de Norteamérica. La vieja no se raja, logra su objetivo hasta el quinto intento. Tiene que vencer a los tiburones y a las medusas. Pucha, no sólo le bastó vencer la distancia a nado (más de ciento setenta kilómetros, casi casi de Comitán a Tuxtla) sino que tuvo que vencer los peligros naturales, las corrientes que no tienen palabra de honor. Esa tarde lloré con su historia, me enterneció ver la tozudez de esa vieja, que nunca se rindió; esa tarde pensé que a ella había que ponerle un collar con flores de maravilla, para que todo mundo, al saber su historia, dijera ¡ah, qué maravilla! Sí, la vieja hizo una acción maravillosa, pero nada lejana a lo que ustedes vencen cada día.
Si pensáramos todos los retos que debemos vencer a diario no saldríamos de casa, nos paralizaríamos.
Un simple piquete de zancudo nos jode la vida, provoca zika, dengue, chikungunya. Un simple zancudo provoca severas molestias, incluso, en casos extremos, provoca la muerte. En otras regiones del mundo los zancudos provocan malaria y fiebre amarilla. ¿Cuántos zancudos viven en el mundo? Ay, padre. Si somos ocho mil millones de seres humanos, sin ser experto, puedo asegurar que hay más zancudos en el mundo, millones y millones de zancudos forman un ejército tan letal como si lanzaran bombas atómicas. Algunos amigos comitecos recibieron la época de frío con algarabía, porque los zancudos desaparecieron. Ay, qué limitada la visión. ¿No se dieron cuenta que el frío aumentó los contagios de gripe, de tos, de bronquitis, de neumonía, de influenza y del pinche covid (que ahora su variante se llama Pirola)?
En casa, sin ser deportistas, compramos unas raquetas que actúan con energía eléctrica y atrapan a los zancudos; en la oficina tengo un repelente natural, ahí me ves todas las mañanas activando el spray para que el olor que detiene a los zancudos se esparza, sobre todo, en la parte inferior de la mesa de trabajo. No trabajo con tranquilidad, pienso que los científicos deberían inventar un aro magnético que impidiera acercarse a los bichos malignos, que emitiera ondas eléctricas que los hiciera polvo.
Sólo he hablado de zancudos. Un día, en una reunión con amigos, Linda dijo que los comitecos teníamos la bendición de no morir por una mordida de tiburón, ella vive (o vivía en ese momento) en un lugar de una playa oaxaqueña. ¡No!, dijo Pedro, los comitecos morimos de una mordida de araña, de alacrán, de nauyaca, incluso, aseguró, de mordidas de cientos de abejas asesinas.
Ya te conté que la abuela del gran escritor Amos Oz salía al patio de su casa y gritaba: ¡El Levante está lleno de microbios!, sólo enunciaba una gran verdad, el mundo está lleno de microbios, de virus, de bichos malignos.
¿Vivir es fácil? No, por supuesto que no, es todo un reto diario. Somos frágiles. Amanda dice que si vivimos es gracias a la mano generosa de Dios. ¿Qué sostiene a los ateos? El férreo espíritu de bambú.
Todo mundo recuerda con emoción su paso por la escuela primaria. ¿Yo? Pues ahí, dos que tres. Un cabrón me quitaba mi gasto todos los días; otro me propinó una patada en mi espinilla con una bota picuda, era ranchero el cabrón; otro me empujaba cada vez que me topaba con él, en cuanto lo veía en el patio me escondía, vivía con temor.
Posdata: una corona de maravilla para ustedes, porque son valientes, son temerarios, viven en un tiempo donde los virus sociales han proliferado.
¡Tzatz Comitán!
viernes, 2 de febrero de 2024
CARTA A MARIANA, CON UN SALVADILLO CON TEMPERANTE
Querida Mariana: ¿cómo se preserva el conocimiento? ¿Cómo nuestra ciudad protege su historia?
Hace falta consignar los testimonios de sus habitantes, porque Comitán, en su esencia, está hecho del aporte de sus ciudadanos.
En la relación de cintas nominadas para obtener el Óscar como mejor película extranjera aparece la japonesa, dirigida por Wim Wenders, la película se llama “Perfect days”, que en mi inglés de pencil-lápiz significa Días perfectos. ¿Por qué hablo de esta película? Porque la historia cuenta el testimonio de vida de un modesto hombre cuyo trabajo es limpiar baños públicos. La historia está muy lejos de las vidas de los grandes personajes.
La cinta de Wenders está en un extremo opuesto al extremo donde está una película sonadísima, la de un gran personaje de la historia: “Oppenheimer”. Esta cinta está nominada en la categoría de Mejor película.
Ambas cintas ya han sido reconocidas con la nominación, falta ver si obtienen la preciada estatuilla. Pero, lo que deseo expresar es que ambas están en esquinas opuestas. Oppenheimer cuenta la historia del hombre que encabezó el proyecto de creación de la bomba atómica. ¿Mirás? Oppenheimer es un tipo de gran importancia en la historia del mundo. ¿Qué pasa con la otra vida, la del modesto personaje que lava sanitarios?
Hoy, gracias al trabajo de Wenders, la vida de un modesto ciudadano de Japón (país que se vio fracturado con la bomba atómica) está ya en la memoria colectiva, expuesta a los reflectores. Wenders nos regala la historia sencilla de un hombre sencillo.
¿Se puede aprehender un mensaje? ¡Se puede! Se puede decir que toda vida es importante en el desarrollo de las sociedades, unas son más impactantes, pero todas son parte importante del engranaje. Las manos de Oppenheimer diseñaron una bomba que destruyó miles de vidas; las manos del personaje de Wenders sólo limpia sanitarios. Todas las manos modelan el destino del mundo.
No he visto las películas, pero ya me conocés, si me tocara elegir ver una de las dos elegiría la de Wenders, en la sinopsis dicen que el personaje “parece contento con una vida sencilla. Fuera de su rutina entrega su pasión por la música y los libros…”
Lo que pretendo con este rollito es decir que la historia del mundo está hecha de todos los segmentos de la sociedad. Comitán es lo que es por el actuar de los grandes nombres, pero también por el día a día de los nombres modestos.
Si hacés una ligera revisión de los elementos que influyeron para el nombramiento de Pueblo Mágico hallarás que los argumentos principales están escritos en la bitácora de los nombres anónimos, los que han fortalecido el voseo, las anécdotas, las tradiciones, el arte popular, la historia común.
Pronto se celebrará una de las tradiciones más emblemáticas de Comitán: la magna entrada de flores dedicada a San Caralampio. ¿Quién apuntala esta celebración? ¡El pueblo! Los gobernantes pretenden apoderarse del caudal luminoso, pero no lo logran, porque los gobernantes son aves de paso, el pueblo es permanente; los gobernantes son de temporal, los habitantes son de riego.
Es importante conocer la historia de Oppenheimer, pero también es esencial apropiarse de esas mínimas historias, las de personas sencillas que, ladrillo a ladrillo, día a día, levantan la gran construcción que somos.
La historia es una lámpara, es nuestro lazarillo; somos ciegos sin el conocimiento de lo que somos, tatarateamos cuando desconocemos el origen de nuestro espíritu.
Posdata: ¡necesitamos conocer y reconocer los testimonios de todas las personas! Ello ayudará a valorar lo nuestro, para reafirmar nuestra identidad.
¡Tzatz Comitán!
jueves, 1 de febrero de 2024
CARTA A MARIANA, CON UNA CASA
Querida Mariana: ayer recordé la casa de los abuelos maternos de mi amigo Jorge Pérez. Estaba en la avenida Cuauhtémoc, en la Ciudad de México. ¿Qué colonia? No lo sé bien. Tal vez era la Narvarte o la del Valle. No lo sé. Cerca estuvo la casa de Doña Rome, la casa de huéspedes donde vivieron muchos estudiantes comitecos, digo cerca, porque las distancias en aquella ciudad son enormes, así que, digamos, estaban por el rumbo y podía llegarse caminando de un lugar a otro.
Jorge también fue huésped en casa de sus abuelos, ahí lo recibieron, y ahí nos recibía a los de la palomilla que también estábamos radicando en el entonces Distrito Federal: Quique, Miguel y yo.
Ayer recordé la casa, porque el otro día platiqué con mi amigo el arquitecto José Alberto y él me dijo que, en efecto, el balcón en una residencia es un elemento arquitectónico de excelencia, en tiempo de pandemia el balcón se volvió una ventana que permitía respirar con la mirada. Quienes permanecieron en encierro durante la pandemia y no tuvieron más horizonte que las paredes se estresaron más que aquéllos que salían al balcón y lograban ver, a distancia, lo que sucedía en la calle. En encierro siempre pensé en la casa donde vivió mi amiga Eva Morante, en los años setenta, casa que fue de Don Enrique Trujillo, papá de Doña Olguita, y que está a una cuadra del templo de Santo Domingo. Ese balcón es grande, generoso, lleno de luz y de aire. El balcón de la casa de los abuelos de Jorge no era tan generoso en amplitud, pero sí era generoso a la hora de recibir la luz de la avenida Cuauhtémoc.
En varias ocasiones estuvimos en casa de los abuelos de Jorge todos lo de la palomilla. En fines de semana, cuando sus abuelos iban a la casa que tenían en Cuernavaca, llegábamos a echar traguito; cuando los abuelos se quedaban en su residencia de avenida Cuauhtémoc, Jorge pedía las llaves de la casa de Cuernavaca e íbamos a echar traguito, botados al lado de la alberca, recibiendo el bendito clima de aquella ciudad que, decíamos, se parecía mucho al de nuestro pueblo.
Pero, en dos o tres ocasiones fui solo a casa de los abuelos de Jorge, caminaba desde la calle Campeche, en la colonia Roma, donde vivía en un departamento de mis primos Alfredo y Adrián Bermúdez.
Ayer recordé una ocasión especial. Llegué a la casa, saludé a su abuelo, Don César Caralampio (siempre escondía el nombre de Caralampio detrás de una intrigante C), caminé en medio de muebles de baño y losetas (ese era su negocio) y subí los peldaños de una escalinata fastuosa. Esa escalinata sólo la había visto en películas mexicanas, en residencias lujosas. Recuerdo que era amplísima, y daba vuelta hasta llegar al segundo piso donde estaban las habitaciones. El cuarto asignado a Jorge daba a la avenida y tenía un balcón. Era un lujo que él gozara de ese privilegio, le bastaba asomarse para ver las palmeras del camellón y el tránsito de vehículos y de personas de un lado a otro. La síntesis de un México tumultuoso lo tenía al alcance de la mano.
Jorge me recibió, estaba hincado, cortaba una cartulina ilustración, hacía un trabajo para la escuela, estaba inscrito en la carrera de arquitectura, en unidad Azcapotzalco, de la UAM. Fuimos alumnos fundadores de la UAM, ni él ni yo nos titulamos ahí. Me asomé al balcón y vi la majestuosa avenida Cuauhtémoc, verla desde arriba me dio una perspectiva diferente, no estaba a ras de piso, estaba por encima. Jorge me dio una tijera y me preguntó: ¿sabés cortar?, dije que sí, que había pasado con diez la materia de manualidades en el kínder, él rio y me dio unos papeles donde había dibujado figuras geométricas, me senté sobre el barandal del balcón y, con mucho cuidado, recorté las figuras. Jorge tomó un disco, lo colocó en el tocadiscos portátil, color rojo y, por primera vez, y para siempre, escuché “Tin man”, con el grupo América, era uno de los éxitos del año, “sometimes late when things are real…”, todo era muy real, todo era un sueño incumplido, el horizonte abría sus manos de tierra y esperaba abrazarnos, era el año 1974, habíamos dejado temporalmente Comitán, vivíamos en la gran ciudad. Estuve seguro que la emisora local, la XEUI, no tocaba Tin man, ¡no!, me sentí importante, parte de otro mundo. No sabía que luego, poco a poco, la nostalgia sería compañera eterna y cada vez más extrañaría a mi pueblo, la pequeña comunidad que nos esperaba, que siempre nos ha esperado.
Posdata: en 1974, gracias a mi amigo Jorge, me convertí en un émulo de Cristóbal Colón, no sólo descubrí la Ciudad de México, sino fui descubridor de América, desde el torreón de la casa de sus abuelos.
¡Tzatz Comitán!
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