viernes, 6 de mayo de 2016

EL TATUAJE




Imaginá que te llamás tattoo, que sos como una semilla sembrada en la piel. Imaginá que sos un tattoo. Cada persona que te vea mirará tu imagen, por esto, al imaginar que sos un tatuaje tenés que saber que serás un árbol generador de imágenes.
Podrás elegir la parte del cuerpo donde querés tener tu nido. Podrás ser como una ventana a la vista de todos; pero, asimismo, podrás elegir el espacio más íntimo para jugar a las escondidas. Si elegís un lugar público, como cualquier esquina de pueblo, todo mundo te verá; si elegís un lugar misterioso sólo podrás ser visto por algunos elegidos.
Si elegís ser tattoo en una mano, por ejemplo, todo mundo te verá, algunos anhelarán tocarte, acariciarte; se acercarán y, con un dedo, seguirán tus líneas. Otros, sobre todo si son jefes de personal, te verán con recelo, dirán que sos un mal ejemplo para los demás y, lo más seguro, es que la propietaria de tu flor no sea elegida para el puesto, porque, cómo esa compañía tan prestigiosa, puede tener entre sus integrantes a una mujer con manchas permanentes en el cuerpo.
Porque algunos te considerarán una mancha, como si fueras una hurraca en medio de un cielo impoluto; algunos te verán como una señal diabólica; otros creerán que sos un mensaje divino; y algunos más te apreciarán como un fragmento de un mural artístico, como una parte de ese mural que está repartido en millones de pieles, de cuerpos, de seres humanos. Porque, eso sí, debés saberlo, sólo los humanos llevan tatuados las pieles. No existe un animal que lleve uno de ellos en su piel peluda. ¿Has visto cómo los que eligen tatuajes, a veces, se tatúan animales? En los brazos y en los pechos aparecen palomas, tigres, pumas, coyotes, gallos, pájaros con las alas extendidas o con las alas apachurradas. Hay cientos, miles de diseños, sólo para que vos elijás qué querés ser.
¿Qué lugar de la piel elegirás? ¿Querés ser tattoo en el cuello, para que te vean sólo cuando la chica de tu elección se acomode el cabello y el amante la bese y le lama esa parte exclusiva? ¿En el brazo? Si caminás por el brazo te admirarán cuando la chica se desnude y se ponga el traje de baño y con ese bikini color rojo camine sobre la arena de la playa. Todos volverán la mirada y admirarán, aparte del movimiento sensual de la chica, el tattoo que lleva en el brazo derecho y que es la imagen de un león que duerme en la sabana.
Pero, casi estoy seguro, elegirás un lugar más íntimo. Porque sé que vos sos una persona intimista, alguien que no le gusta, como gallina, andar cacaraqueando cada vez que pone un huevo. Elegirás, casi estoy seguro, un lugar que se esconde tras una bambalina de seda. Elegirás un pecho o la entrepierna, porque sabés que la chica se rasura el pubis y lo tiene lisito como si fuese un bebé. Ahí, encima de la puerta húmeda, vos, como araña posmoderna, te posarás para siempre, sólo para que cuando el amante de la chica, a la hora que meta la mano y le quite el calzón rojo del bikini rojo, ella cierre los ojos para que vos abrás los tuyos. Porque vos sos quien recibe las caricias y los besos de él, cuando, como pájaro, se posa sobre tus ramas. Toda la demás tela de la piel de la chica le pertenece a ella, pero el espacio donde está tu hogar es sólo tuyo y vos recibís la bendición del sol cuando éste calienta tu árbol.
Sí, sé que elegirás un lugar íntimo, un lugar donde los amados se alumbren con tus sombras. Porque serás como una lámpara oscura llena de luz.
Ya sé qué lugar elegirás. ¿Qué figura preferirás?
Imaginá que sos un tatuaje. Imaginá que te llamás tatuaje.

jueves, 5 de mayo de 2016

EN DEFENSA DE PEÑA NIETO




Sólo aludo a la capacidad lectora. Lo hago sin ironía. Lo escribo convencido de lo que digo. De los otros yerros que se le endilgan se encargan los analistas y expertos políticos.
Una vez, todo mundo recuerda, Peña Nieto fue objeto de burla por no saber decir los títulos de tres libros que había leído. ¿Cómo era posible que el Presidente de la República Mexicana fuera tan inculto e ignorante? Muchísimos hicieron escarnio de su tartamudez y de su incapacidad para mencionar tres títulos (yo mismo lo hice). Pero, ahora, después de escucharlo leer sus discursos frente a las audiencias en diversos foros, ¡reculo! Peña Nieto es un buen lector y un buen lector no se improvisa.
Y digo lo anterior, porque (perdón) he asistido a presentaciones de libros o a lecturas donde poetas y narradores (de prestigio) leen sus obras. ¡Ay, Señor! Parece que estuvieran leyendo solos, sentados en la taza del baño. ¡Qué malos lectores son! No tienen respeto por la audiencia. Abren el libro o el folder donde llevan las hojas impresas y comienzan a leer. Lo hacen sin despegar la vista del texto. No pueden levantar la vista, porque son pésimos lectores. Leen sin el menor respeto a quien los escucha y no lo hacen por soberbia, no, ¡no!, leen sin despegar la vista del texto porque son incapaces de levantar la vista. Temen perder la línea siguiente. No hay de otra, son pésimos lectores. Tataratean a la hora que leen.
Entonces, me pregunto: ¿Quién es el ignorante? Los escritores y poetas (intelectuales) tienen a la lectura como uno de sus nobles oficios (Algún otro día escribiré acerca de los escritores que escriben con mil faltas de ortografía. Dicen que García Márquez era uno de éstos. Pues qué escritor tan tonto, porque los escritores deben redactar con el mínimo decoro. Ya los expertos han dicho que es imposible lograr el texto perfecto, inmaculado, pero, cuando menos, el escritor debe entregar una hoja con mínimas erratas, tanto en ortografía como en sintaxis). ¿Por qué una gran cantidad de intelectuales son lectores de tercera? No son, entonces, lo intelectuales que se creen, porque quien emplea el intelecto de manera correcta es capaz de descifrar los signos de un texto, de manera clara y, sobre todo, de manera respetuosa cuando se lee ante una audiencia.
Peña Nieto lee bien. Alguien de la oficina de Comunicación Social le coloca las hojas en el pódium y él no tartamudea (tanto, como sí lo hacen algunos poetas y escritores chiapanecos, y de todo el país). Lee, hace énfasis cuando la línea lo reclama y levanta la vista y ve a la audiencia y, de vez en vez, mira a los compas que están en la mesa de honor.
Por eso, ahora, reculo. Esa mañana, en la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara, Peña Nieto se puso nerviosón. Es que los intelectuales siempre ¡apantallan! ¡Han leído tanto! Uno cree que los escritores y poetas son pozos llenos de sabiduría (a veces compruebo que son pozos, pero secos). A mí (perdón), los intelectuales no me apantallan. Conozco a un crítico literario que ha leído cientos de libros, pero que redacta muy mal, con muchos errores de ortografía. ¿Para qué tanta agua si sus odres tienen huecos?
Peña Nieto tuvo un lapsus esa mañana en la FIL (¿quién no los ha tenido?). Estoy seguro que ha leído más de tres libros. Por supuesto, pero esa mañana lo agarraron de bote pronto y se le fue la pelota. Peña ha leído, sin duda, algunos textos de Reyes Heroles; ha leído algunas piezas oratorias, tal vez algo de Marco Tulio Cicerón. Sí, no tengo duda ahora. Quien lee como él lee es un lector nato. Ahora de quienes ya dudo es de algunos narradores y poetas. Estos compas deberían leer de manera exquisita y, por el contrario, ¡tataratean! Esto sí es grave para la patria de las letras, porque su pésima lectura advierte un futuro gris para la literatura. Un buen escritor debe ser un buen lector para lograr que lo contrario aparezca. Recuerdo con emoción a Quincho Vázquez, el enormísimo poeta, ¡ah!, qué buen lector era, de su propia obra y de otros poetas; asimismo recuerdo a Carlos Fuentes, con qué claridad y elegancia leía.
Peña Nieto ha leído más de tres libros, muchos más. Lo aseguro porque ¡no es mal lector!

miércoles, 4 de mayo de 2016

EL OSITO QUE OLVIDÓ HACER PIS




Hoja de Laurel era un osito con cara de hoja seca. Una mañana de domingo, su mamá le dijo que fuera al baño porque iban a ir de día de campo: “Haz pis de una vez porque tu papá no va a estar deteniendo el auto cada vez que tengas ganas”. Hoja de laurel abrió la puerta del baño, abrió el grifo y se lavó las manos, porque era un osito muy educado y siempre seguía la recomendación de lavarse las manos antes y después de usar el baño. Tomó la toalla y se secó las manos. Mientras lo hacía cantaba la canción de la muñeca que era tan feliz que en las mañanas despertaba en el bosque y jugaba con todos los animales. Salió del baño y cerró la puerta. “¿Ya hiciste pis?”, le preguntó la mamá. “¡La pis!”, Hoja de Laurel se llevó las manos a la cabeza. Había olvidado lo que debía hacer en el baño. Sonrió, se disculpó y dijo que no tardaba. Su hermanita ya estaba lista con la canasta de los sándwiches de jamón y el frasco con la naranjada. Papá oso, en la cochera, revisaba la presión de las llantas del auto. Ya había cerrado el cofre después de checar el nivel del aceite del motor.
El osito volvió al baño, en el pasillo repitió: “Debo hacer pis, debo hacer pis, debo…” Abrió y no halló dónde hacer pis, la taza del baño había desaparecido.
¿Qué había pasado con la taza? El osito se acercó al espacio donde antes estaba y vio que la taza sí estaba, pero él no podía pasar, porque había algo como una pared de cristal que antes no estaba. Era como si la taza hubiese quedado en la calle. Sí, eso había sucedido. La taza estaba en la calle y ahora, oh, Dios mío, podía ser usada por cualquier caminante y los de casa no podían hacer uso de ella. Pero, ¿por qué había pasado tal cosa? Hoja de laurel se acercó a la pared de cristal, repegó su nariz y pensó que, que, sí, ¡eso era!, como había olvidado a qué había entrado al baño la primera vez, la taza se había extraviado. Sí, ¡eso era!, bastaba olvidar algo para que el objeto dejara de existir en el plano universal y entrara a otro plano. Hoja de Laurel tuvo miedo, sintió un escalofrío como si un árbol de invierno se moviera y le tirara todas sus hojas heladas. ¿Qué pasaría si los hombres se olvidaran de para qué estaban en la Tierra? ¡No! La Tierra también pasaría a otro plano. Bueno, pensó, tal vez no sería tan malo porque todos los habitantes de la Tierra también iríamos a ese otro plano. Uf, se pasó una mano por la frente y se sintió menos temeroso. En ese instante oyó que su mamá lo apuraba, su hermana y su papá ya estaban en el carro, sólo lo estaban esperando a él. Hoja de Laurel salió del bañó y vio a su mamá que tenía un termo entre las manos. “¿Hiciste pis?”, preguntó ella y el osito no supo qué decir. No, no había hecho pis, pero no podía decirle eso a su mamá, tampoco podía decirle que la taza ya no estaba. Pensó que debía inventar algo, decir que había olvidado un juguete en el patio, para dar la vuelta e ir a donde ahora estaba la taza y hacer pis y subir rapidísimo al carro. Sí, eso haría. Le dijo a su mamá que iría por una pelota al patio y que los alcanzaba en el carro. La mamá le dijo que no se tardara. Ella cerró la puerta de calle y echó llave. Hoja de Laurel corrió de manera simpática, porque como era rechonchito corría no como un osito sino como un pequeño elefante, ya que sus nalgas las bamboleaba de un lado a otro. Llegó a donde se suponía estaba la taza pero no la encontró. Qué tonto, por supuesto que no encontraría a la taza ya estaba en otro plano, así que hizo pis detrás de un árbol; luego volvió a la casa, quiso entrar, pero la puerta estaba cerrada, entonces dio la vuelta y fue a la puerta de la cocina, ahí, con el cuchillo que siempre guardaba debajo de una maceta abrió la ventana, subió (como si fuese un chango muy obeso) y entró. Una vez que estuvo en la cocina, abrió el refrigerador y pensó qué hacía ahí. ¡Oh, había olvidado lo que tenía qué hacer! Lo había olvidado por completo, después de hacer pis debía ir al carro donde estaba su familia esperándolo. Saltó por la ventana y fue a la cochera. El coche no estaba. Lo habían dejado. No, no. Esperen. Con temor se acercó al lugar donde estaba el coche y vio, vio, vio a través de una pared como de cristal que del otro lado estaba el auto con sus papás y su hermana en el interior. Sí, ¡Dios mío!, como se había olvidado, ellos ya estaban en otro plano.

martes, 3 de mayo de 2016

LOS GECKOS





“¡Mirá, qué bonito!”, dijo Elena. Miré. Sobre la puerta metálica, pintada en rojo, estaba el bicho. No sé cómo se llama. Arcadia les tiene pavor, dice que estos bichos tienen la piel helada, cuenta que una vez le cayó uno sobre la cabeza y cuando lo agarró: “Hacé de cuenta que estaba yo agarrando hielo”.
Elena se acercó un poco más, pero yo le dije que tuviera precaución. No le fuera a pasar lo que le pasó a Arcadia.
“¿Ya miraste qué bonito?”, insistió Elena. Dije que sí. Como nunca he tenido una experiencia como la de Arcadia no les tengo pavor a estos animalitos. Dicen que ahuyentan cucarachas. Ahora que en casa hay tantas cucarachas sería bueno un ejército de estos bichos, pero, luego, ¿cómo evitar la proliferación de éstos? Ah, cucarachas jodonas, nada saben del equilibrio ambiental.
“¿De qué color es?”, preguntó Elena. No supe responder, iba a decir que de un color pálido, pero supe que me metería en profundidades. A Elena le dije que no sabía. ¿Quién puede decir qué color tiene este animal que pareciera estar enfundado en un uniforme militar? Entiendo que tiene esa apariencia porque le sirve para camuflarse, pero acá, sobre la puerta roja, lo único que hacía era sobresalir. Entendí que estos animales están “hechos” para vivir en la selva y en los bosques y no en las modernidades de nuestra civilización. Ya quería decirle: “A ver, a ver, camúflate”. Ya quería ver si era tan lista como para volverse roja y desaparecer en medio de tanto rojo.
Elena me preguntó si, como a las lagartijas, a este bicho le volvía a crecer la cola si se la cortaban. Me sorprendí ante la pregunta de Elena. Ella siempre se ha mostrado como una niña amorosa y respetuosa de los animales. ¿Era capaz de cortar la cola a este bicho? “No, bobito, no. Yo no le cortaría la cola, pero ¿si alguien abre la puerta y se la apachurra?”. Dije que tampoco sabía. Oh, qué tristeza. En realidad nada sé de nada, nada de todo. Vi que Elena se desesperaba porque a cada pregunta yo contestaba que no sabía. Vi que Elena puso sus manos cerradas en puño sobre su cintura y movió la cabeza como diciendo: “Entonces ¿de qué sabes?”. Y entonces yo le pregunté si sabía que estos bichos, hace muchos, muchos años, habían tenido alas. No, dijo ella. Sí, dije yo. Tenían alas, igual que las mariposas. Volaban de un lado para otro. Pero un día, un águila se inconformó, dijo que era algo contra la naturaleza. ¿De dónde los geckos habían asomado con alas? Eso era peligroso, porque si los pumas los veían podían seguir el mal ejemplo. ¿Imaginan -dijo el águila- lo que sería de la tierra si los pumas y tigres y leones tuvieran alas? Todos los pájaros de la tierra imaginaron a los pumas con alas y se encogieron porque les dio miedo. Un tucán, que era muy imaginativo, imaginó a un tiburón con alas, el pico se le puso color hormiga. ¿Qué hacer?, preguntó el colibrí que no dejaba de batir sus alas. Doña Canaria estaba contenta porque el colibrí era como un ventilador, pero don Loro estaba molesto porque el movimiento del colibrí lo ponía cada vez más nervioso.
El águila, con las alas detrás de la espalda, dio una y otra vuelta, y una más, pensando qué hacer para evitar que los geckos tuvieran alas. ¿Por qué no se las quemamos?, dijo la ardilla voladora. No, dijo el búho, lo quemaremos también a él. El chichintor, que siempre tenía un libro bajo sus alas, dijo: “Va a sonar a una bobera, pero ¿por qué no usamos el poder de la palabra?”. Todos callaron. El águila dijo: “A ver, soltá tu bobera”. El chichintor se subió a una rama donde todos pudieran verlo y con su voz de tiple dijo: “Es muy fácil, se sabe que la palabra es poderosa cuando se repite como mantra. Que el águila, que es el ave mayor, le pregunte al gecko si quiere poseer el conocimiento de la eterna juventud. Por supuesto que el bicho dirá que sí, entonces el águila le ordenará que diga: Sí, inhala, y le explicará que inhalar es lo que nos da vida eterna”. El águila vio a todos y dijo: “Tenías razón, es una bobera”, pero el chichintor movió las alas apresuradamente y dijo: “No, no he terminado, el gecko debe decirlo como si fuera un tren, uno tras otro. Entonces, todos se asombraron del conocimiento del chichintor y aplaudieron. ¡Claro, esa era la solución! Llamaron al gecko y el águila siguió las instrucciones del chichintor, cuando el gecko estuvo de acuerdo comenzó a decir: “Sí, inhala; sí, inhala; sí, inhala…”. El águila dijo que debía decirlo de corrido, como si fuera un tren, uno tras otro. Y el gecko dijo: “Síinhala, síinhala, síinhala, síinhala, síinhala, síinhala, síinhala…”, y conforme lo decía más rápido se iba quedando sin ala, hasta que quedó liso, liso, frío, frío.
“¿Y ya no le volvieron a salir?”. Ya no, dije. “Entonces sí se corta la cola, ¿ya no le vuelve a salir?”. Dije que no sabía. Elena volvió a poner sus brazos en la cintura y mover la cabeza como diciendo: “Nunca sabe nada”.

lunes, 2 de mayo de 2016

DÍA DEL DÍA




La Asociación de Pachoncitos quiso entregarme la medalla de oro por la mejor idea, pero no acepté el honor. No acepté la medalla porque es visible que dicha idea no tiene nada de novedoso.
Medio mundo ha dicho ya que existen Días que festejan casi todo; pero, asimismo, el otro medio mundo se queja de que no hay Días para todo.
Los primeros se quejan de que hay Día del Taco, Día del estudiante, Día del Maestro, del Padre, de la Madre, de la Tierra, del Agua, del Libro, del Medio Ambiente, de la Mujer, del Compadre, del Abuelo, de la Amante, de la Sororidad (que quién sabe qué significa), de la Guerra y de la Paz (y no se sabe si es para festejo de la obra de León Tolstói o es una ironía fina del preludio de la Tercera Guerra, porque no ha existido jamás una Primera Paz) o el Día de los Muertos. En fin, en México celebramos el Día del Meñique Chueco y el Día de Las Picaditas (que, dicen los expertos, inició como un festejo para esa delicia culinaria que preparan en los fogones instalados sobre las banquetas y derivó en un festejo que exige la renta de un cuarto de motel). Festejos para todo.
Los segundos se quejan de que no existe, por ejemplo, el Día del Hombre. Faltan muchos días. Los exagerados dicen que ya es hora de implementar el Día del Día o el Día de la Fiaca o el Día del Tequila (en Comitán, hay un grupo que impulsa el Día del Comiteco, pero muchos insisten en que se puede confundir con el gentilicio y lo que se quiere celebrar es la bebida alcohólica llamada así). Hay gente que llega a excesos tales como sugerir que, si existe un Día de Los Muertos, que se decrete el Día de los Vivos y que se celebre el último viernes del mes de abril, para que el día siguiente (como si fuese puente programado), se celebre el Día de Los Vivos. Tampoco falta el intelectual snob que propone se celebre el Día de La Letra (aunque el contador, también snob, pregunta si está incluida la letra de cambio).
Más que del primer grupo me asumo como integrante del segundo grupo, así que una mañana me desperté con la idea de buscar al diputado de mi distrito para que, en el Congreso, lance la idea de decretar el Día de los Hombres Pachoncitos.
Ante el desmedido ataque publicitario, en televisión y revistas, que hace apología de los hombres que tienen estómago de lavadero y brazos y muslos llenos de bolas sin grasa, es necesario que se revalore la idea del pachoncito (léase bien, ¡pachoncito!, no obeso). Los pachoncitos no entran en la estadística de aquéllos que comen hamburguesas y chalupas poblanas sin medida y cuyos estómagos parecen tanques de gasolina de camionetas todo camino. No, los pachoncitos son aquéllos que, en lugar de acumular agua como los dromedarios, acumulan un tantito de grasa como previsión para los tiempos de vacas flacas; no acuden a gimnasios a levantar pesas y a hacer mil lagartijas, por lo que sus brazos son flácidos. Así pues, las parejas de los pachoncitos pueden recostarse a gusto sobre los abdómenes de ellos y disfrutar el juego de “Cuando compres carne no compres de aquí ni de aquí, ¡sólo de aquí!”. El cuerpo del pachoncito no tiene la dureza de los músculos entrenados de los asistentes al Gym, ni tienen el bofo de los asistentes consuetudinarios a las fondas donde mujeres gordas venden “gorditas”.
De acuerdo con las últimas estadísticas, la obesidad masculina comienza a puntear en las relaciones de tendencias corporales. Esto es así porque todo mundo habla de los obesos o de los cuerpos de Adonis. El imaginario colectivo está colocado en los dos extremos. Se ha olvidado mencionar que existe un grueso (perdón por incluir este término obeso) de la población que bien puede llamársele pachoncito o justo medio.
El lector, en este momento, estará brincando de coraje porque el Arenillero ha olvidado a los famélicos, pero, bueno, se trata de lanzar la iniciativa de un festejo. ¿Cómo recibiría el mundo la idea de que se celebre el Día del Muerto de Hambre? Tal vez algunos estarían a favor de la intención porque conllevaría una crítica severa ante lo que la hambruna provoca en el mundo por la voracidad de los asquerosos capitalistas; pero muchos otros pondrían cara de desagrado, porque la pobreza y la miseria, se sabe, no son para celebrarse. Al niño se le obsequia un carro o una pelota el Día del Niño; al anciano se le regala una papilla de manzana el Día del Adulto Mayor o el repuesto de una placa dental; pero ¿qué se le puede regalar a un hombre el Día del Muerto de Hambre?
La propuesta es que se instaure el Día del Pachoncito y se celebre con un gran acto en las plazas centrales de todos los pueblos y ciudades de México.
Sé que en este momento una lectora está furiosa porque no he incluido a las pachoncitas, pero debo decir que, por gustos personales, no me gustan las gordas ni las gimnastas ni las pachoncitas. No soporto verlas con sus blusitas por encima de sus ombligos mostrando una ligera cintura llena de grasa. ¡No! A mí me gustan las clásicas 90 – 60 – 90 que se divierten jugando el 69.
A propósito ¿Ya hay Día del 69? ¿No? Tal vez no sería mala idea implementarlo, también.

sábado, 30 de abril de 2016

CARTA A MARIANA, CON NOSTALGIA DE SMOG



Con un abrazo respetuoso para la familia Escobar Trujillo,
por la ausencia física de mi amigo Paco Escobar



Querida Mariana: ¿Quién no ha escuchado el poema “Canto a Chiapas”? El otro día, en plática con Armando, asomó el nombre de Enoch Cancino Casahonda, autor del famoso poema. Estábamos en esas cuando Rodrigo se acercó y nos dio una ingrata noticia: “Paco Escobar acaba de morir”. Armando dijo que no podía creerlo. ¿Cómo Paquito estaba muerto? “Sí -dijo Rodrigo- no aguantó su corazón. Le dio un infarto”. Paco era relativamente joven. Por eso la noticia nos cayó como si alguien aventara un globo lleno de agua y se reventara frente a nosotros mojándonos los pies.
Yo tuve trato cercano con Paco. A pesar de que no fuimos amigos cercanos, él me distinguía con su amistad y yo le correspondía, porque lo conocí como un buen hombre. Fuimos compañeros de trabajo, durante tres años, cuando él se desempeñó como Secretario Municipal del Ayuntamiento de Comitán.
Antes de que Rodrigo nos diera la noticia, Armando me decía que don Enoch se había vaciado con el poema del “Canto a Chiapas”, porque no se le conocía otro poema famoso. Estuve de acuerdo con él, pero le dije que don Enoch había escrito muchos poemas, sencillos, pero bellos, y que si los lectores no conocían más de su obra es porque, ¡tenía razón!, su “Canto a Chiapas” fue su máximo poema; pero también se debía al desconocimiento del resto de su obra que ha sido poco difundida. Don Enoch era un verdadero poeta. Muchos historiadores sostienen que se equivocó cuando aceptó la invitación para ser presidente municipal de Tuxtla Gutiérrez. Su nombre, que había sido un nombre inmarcesible, comenzó a llenarse de lodo. Don Enoch era un bohemio, le encantaba la tertulia, adoraba el instante en que la botella de trago se abría y convocaba a celebrar la vida. Cuentan que, en varias ocasiones, dejó su encargo de presidente para ir a echar traguito. ¡Claro! Él era un poeta, un poeta celebrado, celebradísimo, porque su Canto a Chiapas no sólo es declamado por los niños de las escuelas en los festivales de fin de curso, sino también por las personas mayores a la hora que se reúnen en la mesa. Ya te conté que nosotros (Quique, Jorge, Roge, Rodolfo, Miguel, César y yo), de vez en vez, a la hora que ya habíamos tomado la quinta copa en el departamento de la Ciudad de México, escuchábamos el poema de Enoch y llorábamos, en nuestra soledad compartida. En ese instante hubiésemos cambiado, con gusto, la estancia en la megalópolis por el pedacito de tierra llamado Comitán. ¡Nunca tan bien puesto el nombre para nombrar la nostalgia! Don Enoch nos legó un verdadero Canto a Chiapas, canto que celebra la vida.
En la Ciudad de México nos sentíamos solos. Por ello, tratábamos de unirnos. Los compas de Comitán que nos habíamos cruzado en alguna calle o en el parque y con los que no teníamos mayor trato, de pronto, allá se convertían como en nuestros aliados, como en el puente que nos hacía sentirnos cerca. Es proverbial el hecho de que cuando algún comiteco se encontraba con otro en la Plaza de la Universidad, por ejemplo, se escondía detrás de un poste y gritaba “¡Cotz!”, sólo para ver que el otro volteaba de inmediato, porque reconocía que ahí estaba un hilo que lo unía, temporalmente, con la tierra amada. Porque, ya lo he dicho en muchas ocasiones, toda la gente ama a sus pueblos de nacencia, pero los comitecos somos las personas que más amamos a nuestro lugar de origen. ¿Qué tiene esta tierra que nos ata de tal manera? Uf, no me alcanzarían mil cartas para nombrar todos sus dones y todas sus ingratitudes. Porque los comitecos somos tan querendones que, igual que los enamorados, hacemos caso omiso de los defectos de nuestra ciudad, que vaya que también los tiene por racimos.
Tengo algunos amigos y amigas que ahora viven en la Ciudad de México y dicen que dan gracias a Dios por vivir allá, lejos de nuestro pueblo chismoso y cabrón; dicen que allá nadie se mete con ellos, que viven en armonía, alejados de chismes y de cizañas, pero los veo con una nata en la mirada, la nata provocada por el smog, pero también por la nostalgia. En medio de su desaliento y rencor sigue brillando la brasa del amor a su pueblo Comitán. Extrañan los cielos, los verdes, las calles, los balcones, la comida, los paisajes de este pueblo; extrañan, incluso, a muchos de sus afectos. Ah, si no fuera por algunos cabroncetes ellos tuvieran otra imagen de este pueblo, pero, bueno, ya se sabe que pueblo chico ¡infierno grande! Pero nosotros, los que habitamos de día y de noche este pueblo sabemos que sus bendiciones suplen todas las carencias y por ello a este pueblo no lo cambiamos por otro. No hay París, Florencia, Nueva York que nos seduzca; no hay pastas italianas que nos conmuevan. Nosotros somos felices con nuestro parque de San Sebastián y sus paletas de chimbo; somos felices con nuestro parque central y su fuente “despeltrada”; somos felices con nuestro parque de Guadalupe y la imagen de su eterno vigilante: “El nene”. Vivimos en Comitán a gusto. Por eso nos enoja tanto cuando alguien quiere grafitear la pared de su espíritu. Nos molesta y nos entristece ver que el pájaro armonioso pierde su canto y se convierte en un zopilote desplumado. Por eso reconocemos el talento de Enoch y, como lo hace medio Chiapas, a la hora que tomamos la cerveza, acompañada por un taco de chicharrón de hebra con salsa verde molcajeteada, cantamos: “¡Chiapas! / He de volver a ti como un suspiro al viento, / como un recuerdo al alma. He de volver a ti / como el cordero fiel de la leyenda / para ser una nota, que perdida, / vague en la soledad de tus veredas.”
Tal vez no fue casualidad que el nombre de Paco Escobar se uniera al de Enoch Cancino Casahonda la mañana en que nos enteramos de su muerte. No lo fue, porque Paco, igual que Enoch, tuvo un sueño llamado Chiapas y, en la medida de su capacidad, luchó por hacer menos pedregoso el camino.
No fue casualidad porque, ante la desolación de la Ciudad de México, Paco, igual que muchos comitecos talentosos, se unieron en torno a lo que se llamaba Asociación de Estudiantes Comitecos Radicados en el Distrito Federal. Una tarde de éstas platicaremos más en extenso acerca de esta Asociación, de gratos recuerdos y de grandes realizaciones.
Digo que nos sentíamos solos en aquella inmensa ciudad. ¿Cómo convocar a “la manada”? Uniéndonos en espíritu, recurriendo a la cercanía del terruño. La Asociación era como la casa fuera de casa. Ella nos decía que, con todas nuestras diferencias ideológicas, había algo que nos unía: el carácter comiteco. Proveníamos del mismo árbol, éramos tiucas que volábamos libres por otro cielo y, en ese cielo lleno de smog (no tanto en esos tiempos), necesitábamos el cuidado de un ave mayor, esa ave no podía ser otra que nuestra madre, llamada Comitán.
Hoy ya no existe esa Asociación. No me preguntés por qué murió. Debe ser porque ahora los estudiantes comitecos ya no tienen como destino la Ciudad de México. En aquel entonces, los preparatorianos soñábamos con ingresar a la UNAM, al Poli; hoy, los muchachos estudian en Xalapa, en Puebla, en Guadalajara, en Tuxtla o en el propio Comitán. Pocos, muy pocos, sueñan con llegar a la Ciudad de México. Tal vez por eso, ahora la Asociación no es más que un recuerdo, como un recuerdo es la imagen de don Enoch en los Concursos de Oratoria que promovió la Asociación, con el genio director de Mario Uvence; como un recuerdo, ahora, es la presencia inconmovible de Paquito Escobar quien, sin duda, en alguna tertulia estuvo al lado de don Enoch, o frente a él, y escuchó que Tomás Yarrington o Polo Borrás o el gran Benjamín López declamó el Canto a Chiapas y cuando el declamador dijo los últimos versos: “… A esa bendita tierra, / que cual ella me hiciera: / con un alma de cruz / y de montaña.”, él se paró y dijo: “¡Salud, amigos del alma, salud!”.
La Asociación murió; don Enoch, hace rato, también murió; y una mañana de estas, cuando Armando y yo platicábamos, supimos que Paquito también había muerto, bajo este cielo de Chiapas. ¿Con qué nos quedamos? Con su recuerdo, con sus acciones, con las piedras con que construyeron cimientos.

Posdata: A Enoch la revolución poética no le ha hecho justicia. En Chiapas se encumbra de más, casi hasta el hartazgo, la figura de Sabines. Don Enoch fue un poeta y no sólo escribió esa obra sublime del Canto a Chiapas. ¿Qué pensás del siguiente poema de Enoch Cancino Casahonda, que se llama La fuga?: “He perdido un amor, / un familiar, / y el tiempo. / La vida es un continuo /andar perdiendo / lo que tuvimos / y lo que tenemos. / Es una bolsa rota / en que ponemos / las monedas, las llaves / y los sueños”.
Un poema sencillo, con aroma de juncia. “La vida es una bolsa rota”, por ahí, por ese huequito se nos fue Paco. ¡Salud, querido Paquito, salud!

viernes, 29 de abril de 2016

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DE UN REY




Querida Mariana: El jueves, Reynaldo Velázquez estuvo en Comitán. Vos sabés que él es un dibujante y escultor en madera, un gran artista figurativo. Un año del siglo pasado recibió el Premio Chiapas, en Arte. ¡Bien merecido!
¿Cómo le dicen a Reynaldo sus amigos? ¿Alguno, de manera afectuosa, lo nombra Rey?
Reynaldo vino a Comitán porque se presentó una exposición de su obra y un libro que, igual que la exposición, se llama “La piel despierta”.
En la mesa de honor, aparte de Marco Antonio Orozco Zuarth, quien, ya sabés, realiza una labor editorial fecunda en el Coneculta-Chiapas, estuvieron Julio Pimentel (quien leyó un texto iluminador y erudito que mostró los caminos que Reynaldo camina y abre en el arte), el propio Reynaldo, y Óscar Bonifaz (también Premio Chiapas), quien (ahora sí) leyó un texto en el más puro estilo Bonifaz. Y digo que ahora sí, porque cuando recibió el Premio Chiapas, en el Auditorio Belisario Domínguez, dijo que había escrito su discurso, pero que lo ignoraba porque la emoción del momento exigía la improvisación e improvisó y su discurso improvisado no tuvo la contundencia del texto que leyó la noche en que Reynaldo Velázquez estuvo en Comitán. Fue un texto muy disfrutable. Óscar comenzó diciendo que la presencia de Reynaldo en Comitán era fruto de un milagro, un milagro de San Caralampio, y luego comenzó a bordar un tapete con palabras, palabras medidas en una balanza, bien dichas. Como es característico en Óscar la anécdota brilló. Hubo un instante en que dejó el texto porque dijo que aunque Reynaldo se enojara contaría la anécdota de la tarde en que el artista plástico, en Tuxtla Gutiérrez, le propuso que fuera su modelo para una obra. ¿Modelo de un cuadro de Reynadol?, pensó Óscar, ¡ah!, eso era un privilegio, así que aceptó de inmediato. Reynaldo le dijo que Óscar debía posar completamente desnudo. ¿Ni la trusa? La respuesta fue al estilo Padre Naty. Óscar posó desnudo. Pero, se preguntó Óscar, ¿por qué Reynaldo lo había elegido como su modelo? Acá, el escritor dijo que probablemente el artista plástico no recordaba, pero le había dicho que tenía encargo de pintar un santo para una iglesia y los santos, ¿cómo decirlo?, no tenían cuerpos perfectos, sino un poco maltrechos. ¡Por eso! ¿Debo decirte que la audiencia disfrutó el texto de Óscar? Reynaldo también disfrutaba. Él, el artista que tanto arte ha generado con sus manos, las movía como si también ella rieran y fueran guajolotes en el sitio de la casa. Se notaba que estaba contento. San Caralampio, a decir de Óscar Bonifaz, le había hecho el milagro y él disfrutaba su estancia en Comitán. Marco Antonio Orozco comentó que la exposición “La piel despierta” se presentaba primero en Comitán, antes que en Tuxtla, la capital de Chiapas. Por algo será. Bueno, qué tonto me estoy viendo, ya lo dijo Óscar: ¡fue milagro de San Caralampio!
¿Mirás la foto que anexo? Son dos obras únicas. Así como te las envío pareciera que las une un puente, el puente de la genialidad. En primer plano está el pichito, que mueve las manos y las piernas, como si la vida, después de todo, fuera un juego; en el fondo aparece el hombre que levita, que pareciera estar recostado sobre una cama, pero donde la cama no se ve, porque el aire es el que ha tomado la forma de su cuerpo. Acá está la síntesis de la obra de Reynaldo y la síntesis de la esencia de la presencia del hombre en el universo. Ambos están boca arriba, porque del infinito somos. Al niño lo protege un capelo transparente; al hombre lo protege un manto negro que lo rodea por todos los costados, sin embargo está lleno de tonalidades rojas y amarillas, como si un sol lo tocara con sus manos y le dijera: ¡Levántate y anda!
Óscar Bonifaz dijo esa noche, en un texto lleno de juncia fresca, que las pinturas de Reynaldo hablan y si algún espectador no alcanza a oír es porque no sabe ver el arte.
Óscar terminó su participación con una de esas ocurrencias que tanto lo definen, pero antes confió un secreto, dijo que Reynaldo cuando crea escucha música clásica. Dicho esto, como si fuese un mago y todo mundo escuchara una sonata dedicada al silencio, abrió una bolsa de plástico y sacó una imagen pequeña de San Caralampio y se la entregó a Reynaldo, éste la recibió, sonrió y la sostuvo entre sus manos y jugó con ella, como si fuese el pichito de su escultura, como si cerrara los ojos y, de igual manera que el durmiente de su pintura, imaginara que hay santos que no tienen cuerpos tan torcidos como lo tuvo el modelo llamado Óscar que un día posó para el Rey.

miércoles, 27 de abril de 2016

TRANSFORMACIONES




Mariana dice que lo importante está detrás del muro. Esto es como la luna: sólo vemos un lado. Nos falta ver el lado oscuro de la luna. Acá, dice Mariana, lo que nos falta ver es ¡el lado luminoso de la pared!
Mariana dijo que yo me fijara bien. ¿A poco pensaba que estas matas crecían en el borde superior de la pared? ¿No, verdad? Mariana dice que estas plantas están sembradas en el sitio contiguo, ahí crecen, crecen hasta alcanzar el tamaño del muro y es, entonces, cuando se pasan al sitio de este lado. Empiezan de poco a poco. Primero sólo se les ve los dedos de las manos, como si fuesen niños jugando a encaramarse en una barda; luego ya asoman sus ojos (es el momento más riesgoso) y, posteriormente, suben sus piernas y, como si fuesen vaqueros, se montan sobre el borde superior. En ese momento ya están posesionados de ese espacio.
La gente de este lado cree que las plantas son inofensivas. Cuando algún amigo llega de visita, los anfitriones le enseñan al amigo la barda y le dicen que es un prodigio de la naturaleza y el amigo, con cara de sapo en medio de la lluvia, asiente y confirma su emoción. Sí, se ve tan bonita la parte superior del muro, porque es como una bendición.
Pero, ¿de veras es una bendición? Mariana dice que no. Ella afirma que estas plantas son como esas plantas carnívoras que existen en el Amazonas. Son plantas de una gran belleza y colorido. Los colores y formas bellas las usan para seducir a sus víctimas. Estas plantas trepadoras son igual de perversas.
En un cuento de Aquiles Hernández Vasconcelos, que se llama igual que el texto de Kafka: “Metamorfosis”, la protagonista, una muchacha llamada Anabel, le regala una planta carnívora a su novio, una planta de colores hermosísimos. Lo que el muchacho no sabe es que la planta es carnívora ¡en serio y no de mentiras!, por ello no tiene mayor cuidado a la hora que, a la mañana siguiente, le da una mosca como desayuno. La planta abre sus pétalos, orlados por una fila de dientes tan finos como si fuesen los dientes de un pez sierra. Arturo (que así se llama el novio de Anabel) coloca la mosca adentro de la flor y ésta cierra sus pétalos, con tal fuerza y precisión, que le cercena la mano. La planta, al contacto con la sangre, se transforma, ya no es una simple planta carnívora, sino que se convierte en una planta vampiresca que se fortalecerá con la sangre de sus víctimas. Arturo abre la puerta de su departamento y va en busca de Enrique, su vecino, para que le ponga un esparadrapo y evite el sangrado, mientras lo lleva a un sanatorio. Ahí, la doctora, encargada de urgencias, pregunta cómo perdió la mano y si ésta puede recuperarse. Arturo dice que no, a esa hora, sin duda, ya la planta la hizo picadillo. Arturo, días después, comienza a acostumbrarse a llevar una venda en el muñón y a cambiársela todas las mañanas. Anabel le llama por teléfono y le pregunta cómo está la planta (ella nunca se entera del accidente). Arturo dice que la planta está muy bien e invita a su novia a visitarlo. Arturo, no sabe por qué, siente un impulso de venganza que va más allá de toda lógica, quiere que su novia también sufra lo mismo que él sufre. La novia llega y Arturo le da una mosca, con la mano izquierda. Espera con atención el momento en que Anabel se acerque a la planta, alargue la mano y la planta coma lo que debe comer, pero Anabel suelta la mosca antes de tiempo y ella vuela, vuela casi hasta la mitad de la estancia, pero ahí es alcanzada por la lengua de camaleón que la planta ya ha adquirido y la succiona. Arturo no puede creerlo. No puede creer que la planta, como si pensara, después de engullir a la mosca, mueve su lengua por toda la habitación hasta ubicarlo a él. La planta apunta su lengua hasta el cuello de Arturo. La lengua ya se ha convertido en una especie de boa constrictora, lo ahoga y comienza a chuparle la sangre. El lector sabe que es así, porque la planta vampiresca necesita alimentarse con la sangre que le dio la vida: la sangre de Arturo.
El desenlace es un apocalipsis. La novia va por un cuchillo y trata de liberar al novio. Pero a cada corte, la planta, como si recibiera una poda, crece más y más y más; y se descuelga por la ventana hacia el patio y, como planta trepadora, asciende por el muro y se asoma al patio de la casa vecina donde juega un par de niños…

martes, 26 de abril de 2016

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE UN LECTOR VA EN UN BARCO




¿Cómo explicar la Teoría de la Relatividad, de Einstein? No es materia sencilla. Algunos científicos emplean el ejemplo de un hombre trepado en un tren que, a través de la ventanilla, mira a otro hombre que conduce un carro a la misma velocidad. El hombre del tren tiene la impresión de que el auto viaja a una velocidad cero; en cambio, si hubiese un espectador en el andén vería que el auto y el tren se alejan a una velocidad de cien kilómetros por hora, por ejemplo.
Bueno, parece que el muchacho que acá viaja en la góndola de esta camioneta está demostrando la relatividad del tiempo. Él (que Dios lo cuide siempre) viaja leyendo, pero cómo la lectura le permite viajar ¡realiza un doble viaje! Quienes están en los corredores de la Casa de la Cultura o quienes están sentados en las bancas del parque no están viajando: para éstos el tiempo es único, lineal, plano; en cambio, el lector está en otro tiempo, en otro lugar. Pero se comprende que no es la misma sensación la que tiene el lector que está sentado en una poltrona en el corredor de su casa, porque quien lee sentado sin más movimiento que un ligero cabeceo de la mecedora no cambia de lugar físico; en cambio, este muchacho sí realiza un acto maravilloso. Acto que se sublima con respecto a quien va sentado en el asiento trasero de un auto o en el asiento de un autobús con dirección a Tuxtla Gutiérrez o en el asiento de un Boeing 787 con rumbo a París. Estos últimos lectores viajan en el tiempo y en el espacio por doble partida (igual que este muchacho), pero no poseen la gloria de este lector: la gloria de sentirse libre, casi pájaro, porque el vuelo de su lectura no es interrumpido por un toldo, como sí lo es cuando se viaja en auto o en avión. La góndola de esta camioneta le permite al lector sentirse en un barco, como esos en que viajaba Barba negra.
El muchacho es un aventurero intrépido, porque (Dios lo cuide siempre) es osado y atrevido. ¿Cómo no tiene la mínima precaución a la hora de leer en la góndola de una camioneta en movimiento? ¿Acaso no sabe que si la camioneta frena de improviso él se irá al suelo con todo y libro? Pero, él se cree pájaro porque la lectura lo hace volar y entonces no piensa en los peligros; además, ¿qué puede ser más peligroso que las aventuras que lee? Ahí, en el libro está el pirata que se atrevió a navegar por todos los mares y desembarcar en islas donde llegaba, con la espada desenvainada, a las tabernas antiguas y exigía a los bebedores que entregaran los doblones de oro.
Esa tarde, en Comitán, algunos vieron ese barco enormísimo donde un lector era la prueba máxima de la relatividad del tiempo: él estaba viviendo otro tiempo y otro espacio. Los de a pie, los que estaban en el parque o en los corredores de la Casa de la Cultura, caminaban el presente, mientras él viajaba al pasado en un caballo del futuro y luego regresaba al presente que para él ya era un pasado, un remotísimo pasado.
Así pues no hubiese resultado extraño que él, en lugar de ver a las personas del siglo XXI, viera a los monjes dominicos del siglo XVI y que el campanario del templo de Santo Domingo le llevara los ecos de cantos gregorianos y aromas de incienso antiquísimo; no hubiese sido extraño que él creyera que no estaba viajando en la parte posterior de una camioneta sino en la proa de un navío con dirección a China. No hubiese sido extraño que, en cualquier esquina, se topara con Marco Polo sobre un caballo, en un camino polvoriento a las puertas de Pekín.
La teoría de la Relatividad no es sencilla, abre puertas que son incomprensibles a las mentes ignorantes. ¿Cómo alguien puede superar la velocidad de la luz y viajar en instantes lo que llevaría siglos? Bueno, parece que este muchacho es un aprendiz de vuelo y, tal vez, algún día su nave alcance una velocidad superior a la de la luz y, como sucede en la Guerra de las Galaxias, entre a otra dimensión.

lunes, 25 de abril de 2016

CARTA A MARIANA, CON ARCO IRIS INCLUIDO





Querida Mariana: ya te conté que una tarde hice enojar a Francisco Toledo, allá en Oaxaca. Él estuvo dispuesto a concederme una entrevista y yo quise catafixiarla por cinco minutos viéndolo trabajar en un cuadro. Saltó como chapulín en comal y dijo que ¡no!, que eso ¡nunca! Bueno, bueno, no se enoje, maestro, le dije; pero ya estaba enojado, así que mejor me retiré para que mi presencia no lo ofendiera más. Como periodista salí perdiendo, porque ni obtuve la entrevista ni lo vi en el proceso de creación, pero gané algo, no sé bien qué, pero algo gané.
El maestro Güero Mandujano, un pintor comiteco de excelencia, era como Toledo: no permitía que alguien estuviera presente a la hora que pintaba.
¿Por qué? No me lo preguntés a mí. Yo ¡qué voy a saber!
Sin embargo, los grandes maestros artesanos no tienen empacho en que los vean a la hora que crean sus obras.
Esta artesana, por ejemplo, no tiene empacho en hacer su bordado en medio de la gente. La bordadora de telar de cintura fue una de las artistas que participó en el Peatonarte que, en esta ocasión, se convirtió en Festival del Pan Compuesto.
¿Recordás que una vez estuvimos en el Museo de los Altos de Chiapas (Ex Convento de Santo Domingo) y vimos a una bordadora? ¿Recordás que ella estaba sentada en el piso y, con su telar de cintura, pasaba los hilos en el entramado? Lo que era un tendido blanco se convertía, poco a poco, en un bello tejido multicolor, lleno de grecas.
Esa mañana, vos y yo comentamos que era un trabajo exquisito que le llevaría horas y horas, días y días.
Aquella mujer de San Cristóbal, igual que la mujer que estuvo en Comitán, dejó que la viéramos bordar y, además, platicó con nosotros y respondió a todas nuestras preguntas.
Tengo una teoría del porqué los artistas famosos no permiten que los aprendices los vean en el momento de la creación: porque se sienten un poco dioses o un mucho. ¿Imaginás que alguien hubiese estado presente a la hora que Dios, el infinito, creó el universo? Ese alguien podría, con una mano en la cintura, al rato hacer lo mismo. Los famosos no están dispuestos a enseñar, a transmitir. Son envidiosos. Su envidia llega a tal grado que mueren llevándose sus secretos de creación. Y esto es así, porque, después de todo, el acto de creación no es tan complejo. Si un diletante tuviese la oportunidad de ver a un grande en el acto de creación podría apropiarse de capacidades y aptitudes que lo convertirían en un profesional.
La artesana que aparece en esta fotografía (igual que la de aquella mañana) fue generosa y, con las manos abiertas, dejó que las personas vieran cómo bordaba el arco iris en un entramado blanco. Y las personas se maravillaron de la maravilla que sus manos tejían.
Así, con el prodigio asomado en la boca, hubiese quedado ese alguien si hubiera presenciado el instante en que Dios movió la mano y ordenó que la luz se hiciera.
Los dioses no dejan que los simples mortales los vean en el acto de creación; por el contrario, los artesanos son generosos y dejan que sus aguas rieguen todas las orillas, por esto, querida mía, yo admiro más a los anónimos bordadores que a los Tamayo encumbrados; es decir, admiro la obra de los Picasso del mundo, pero no me hinco ante ellos, como si nos hincamos, vos y yo, ante la bordadora del Ex convento de Santo Domingo, en San Cristóbal. Ella estaba sentada sobre el suelo, cerca del barandal que protege el andador del segundo piso. Nosotros nos hincamos y admiramos la maestría con que sus manos entrecruzaban los hilos rojos y formaba las grecas que son la tradición de siglos y siglos. Ahí ella (igual que la artesana del Peatonarte, en Comitán) era como una Diosa que dejaba que nosotros, legos, presenciáramos cómo, con el movimiento de sus manos, creaba un universo con la orden sencilla de: ¡Hágase la luz!
Toledo brincó como un chapulín tatemado. Esta artesana volaba como un colibrí alrededor de nuestro corazón.

sábado, 23 de abril de 2016

CARTA A MARIANA, CON AROMA A DOMINGO INFINITO




Querida Mariana: A veces oímos de más. ¿No te ha pasado que estás en un lugar y, aunque no querás, oís conversaciones ajenas?
Siempre que alguien está con otro aparecen las conversaciones. Las conversaciones son acerca de mil temas, de cien mil temas.
La gente no siempre es cuidadosa de lo que platica. Algunos sí tienen cuidado de no hablar muy fuerte, o de conversar cuando están en lugares separados. He visto a algún político que jala a otro y lo lleva hasta el lado más alejado del salón y ahí platican a salvo de oídos argüenderos.
Pero no siempre es así. Una vez (yo laboraba en una dependencia federal) me tocó estar en un hotel de Oaxaca donde fui testigo de un hecho fantástico. Mis compañeros y yo estábamos en la capilla de un edificio antiguo que, ya restaurado, ahora funciona como hotel de cinco estrellas. Ahí, en la capilla, el gobierno de Oaxaca había instalado la oficina de prensa. De pronto vi que un diputado tomó de un brazo a un alto funcionario de gobierno y lo llevó hasta el extremo de la capilla, pensando que ahí estaban a resguardo de orejas entrometidas. ¡Nunca imaginaron la travesura que la física les hizo! Sucede que estábamos debajo de una cúpula. Lo que ellos conversaban, en voz baja, se reproducía con nitidez en el lugar opuesto, donde estábamos nosotros. Escuchamos la conversación como si estuviésemos al lado de ellos. El sonido viajaba a través de la curvatura en el techo y bajaba exactamente en nuestro punto. Un compañero de trabajo llamó a un amigo periodista y le dijo que si quería podía grabar tranquilamente la conversación privada de esos dos connotados personajes oaxaqueños. Ya no sé qué hizo el periodista con esa información confidencial, pero pudo darle muchos usos, desde una travesura hasta un chantaje fenomenal.
Cuento esto, porque el otro día fui al parque central y me senté en una de las bancas que están en los pasillos internos, cerca del kiosco. Me senté ahí, porque en ese espacio la gente no acostumbra caminar y ello evita la clásica intromisión de los “atentos” que siempre se quedan a interrumpir a los que, con su libro en las manos, buscaron la manera de alejarse del “mundanal ruido”. Leía el libro de cuentos “Fragmentos del gran zoo y otros cuentos invitados”, de mi amigo Gabriel Hernández, escritor chiapaneco, cuando dos personas un poco mayores que yo, digamos que pegándole a los sesenta y cinco o sesenta y seis años de edad, me saludaron y se sentaron a mi lado, en la banca pública. Di gracias a Dios porque la presencia de ellos imposibilitaba que algún amigo o amiga me saludara, se sentara y comenzara a platicarme del problema de los gorgojos en los frijoles o de cómo antes no llovía tan fuerte y que las granizadas no eran tan comunes como lo son hoy en día.
La lectura propicia uno de los diálogos más sublimes, pero, si el lector lo desea (y es lo deseable) no existe eco; es decir, cuando alguien lee, ningún otro se entera de ese diálogo. Por eso, el diálogo de la lectura es el que más me gusta: un diálogo sin interrupciones, un diálogo inteligente (la mayoría de veces, cuando se elige un buen libro).
Digo pues que los dos hombres, ya viejos, se sentaron a mi lado, uno de ellos apoyó sus manos sobre el mango del bastón y colocó su quijada sobre las manos. Escuchó lo que el otro dijo. Yo también escuché la plática, porque el hombre no tuvo empacho en hablar en voz alta, como si fuese uno más de esos latosos pájaros que croaban como sapos alterados.
El hombre dijo que fulano de tal estaba muy mal, que se hundía en severos estados depresivos. El otro, sin variar su posición, preguntó por qué a fulano le pasaba lo que le pasaba. “Porque no se preparó”, dijo el otro. Fulano de tal, cuatro o cinco meses antes, se había jubilado y ahora no sabía qué hacer con tanto tiempo libre por delante.
¡Dios mío!, pensé. A mí no me alcanza el tiempo, siempre se me vuelve agua, siempre estoy detrás de él en carrera libre, pero el tiempo, lo sabe medio mundo, es un corredor de maratón.
Mi papá decía que el tiempo perdido los santos lo lloraban, un poco como para decirme que no debía perder mi tiempo, porque luego lo lamentaría.
¿Mirás qué escuché? Como vi que estaba abriendo una ventana para meterme en lo que no me importaba, cerré el libro, dije buenas tardes y me paré. Decidí que ya había estado bueno de ese baño de aire libre, debía regresar a casa y continuar mi lectura en la “soledad de mi crujía”, tal como mencionaba aquel famoso místico.
Fulano de tal, según el decir del hombre, estaba hundido en la depresión, porque no se había preparado. ¿Qué hacer al otro día de la jubilación?
He escuchado que la historia de fulano de tal se repite en forma constante. Son miles las personas que no se prepararon para la jubilación. Hay muchos otros que, como sí se prepararon, no tienen problema en transitar ese último jalón de vida: viajan, pintan, imparten clases, construyen muebles, tejen, ven cine, leen, dibujan, cocinan, se dedican a la jardinería, revisan archivos, encuadernan libros, aprenden a tocar algún instrumento, juegan dominó o ajedrez, escriben libros de viajes, practican el senderismo o visitan a sus hijos (tres meses en casa de cada uno de ellos) y cuentan cuentos a sus nietos o juegan en el patio con ellos. Pero, ¿qué sucede con los que no se preparan para tener una vejez digna, ya fuera de los espacios de trabajo? Pues le da el merequetengue depresivo que le dio a fulano de tal. Debe ser difícil vivir inmerso en ese pozo oscuro.
Yo, querida mía, no sé cuántos años viviré. Ya viví cincuenta y nueve y jamás (hasta donde recuerdo) me ha sobrado tiempo para desperdiciarlo. Ahora, con tantos libros de cuentos y novelas por escribir; con tantas colaboraciones periodísticas por hacer; con tantos dibujos por bocetear; con tantas cajitas por pintar; con tantos (¡tantísimos!) libros por leer; con tanto cine de arte por ver; con tanto por vivir, pido más tiempo, mucho más. No me queda un solo instante para regodearme en la hamaca de la güeva.
Creo que llevo más de veinte años preparándome para mi jubilación, que, de igual manera, no sé cuándo se dará, porque mi trabajo aún me resulta placentero y creo, eso es lo que yo creo, aún soy útil para la patria. Porque mi trabajo es una actividad que no tiene fecha de caducidad, como sí la tiene, por ejemplo, el que se dedica, de manera profesional, a jugar fútbol, a boxear o a jugar tenis. Los deportistas de alto rendimiento se jubilan pronto. Un jugador de fútbol que tiene cincuenta años ya no puede desarrollar su actividad de manera aceptable. En cambio, un escritor, un catedrático o un pintor (ahí está el ejemplo clásico de Picasso) desarrollan sus actividades como si tuviesen el don del vino, que es como decir ¡el don divino!
No pienso en la jubilación, porque es algo que viene detrás de mí y tal vez no me alcance, pero si me alcanzara no tengo mayor problema, porque si fuese dueño de todo el tiempo del mundo leería más, pintaría más, dibujaría más, escribiría más, ¡viviría más!
Todo el tiempo del mundo es poco para el mar de mis ansias.
Soy tan extraño, por ejemplo, que, a diferencia de muchos de mis amigos y conocidos, amo los domingos, porque esa pausa tan asfixiante, me permite disponer de más tiempo. El domingo pasado, por ejemplo, me levanté, como siempre, a las cuatro de la madrugada, escribí, me bañé, preparé mi desayuno, subí a mi carro y fui a comprar cosas del mandado; regresé y me puse a pintar una cajita, luego dibujé el sexto dibujo de una serie que se llama “Sueños de Altamira en el siglo XXI”, que, espero, montaré en exposición para su disfrute y para su venta. Luego vi la película “El tambor de hojalata”, comí, cabeceé frente al televisor, leí a la Oates y, cuando ya eran las cinco y media de la tarde, me puse a escribir Arenillas, las que publico en el Facebook y la que me publican en Chiapas Paralelo y en el Diario de Comitán; cené y a las ocho en punto sentí que mi batería ya estaba cerca del nivel cero, me puse mi pijama, me acosté, leí dos líneas de “Noticias del Imperio”, de Del Paso, y ya no supe más. El tiempo no me alcanza. ¡Benditos domingos! Ojalá fueran todos los días.

Posdata: Entiendo que los domingos son como esa pausa a la que entran los jubilados. Entiendo las depresiones de los jubilados. Han odiado los domingos, por lo tanto, extrañan las actividades febriles de lunes a viernes (incluso los sábados). Yo, mi niña querida, llevo veinte años viviendo con emoción los domingos y pido a Dios que me bendiga con brindarme la delicia de los domingos permanentes. Alguna de estas tardes aparecerá un mecenas, tocará en la puerta de mi casa y, como si fuese el papa Julio II, me concederá una pensión vitalicia para que yo dé “gloria y lustre” al mundo con mis dibujos, con mis cuadros, con mis textos, con mis cuentos, con mis lecturas y con mis novelas. Pero como vos me dijiste el otro día que esto es un sueño muy guajiro, pues no queda más que seguir laborando y lamentando no tener más tiempo para lo realmente importante.

viernes, 22 de abril de 2016

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE EL AIRE JUEGA




Porque, el lector estará de acuerdo, el aire es el protagonista de esta fotografía. Sus elementos son sencillos: una cortina de árboles, al fondo; una portería; algo como una pendiente con pasto seco y renuevos; un hombre que empuja una carretilla donde van dos niños; y el aire, el aire que envuelve todo. Si el lector aguza sus sentidos puede sentir cómo el aire, como si fuese un aro, rueda de acá para allá, de arriba había abajo. Es tan sutil el aire, que no despeina a los niños ni hace ruido. Los pasos del aire son tan cautelosos como los de este hombre que empuja la carretilla donde van sus nietos. Porque esa carretilla, cuando es día de trabajo, carga ladrillos, carga bultos de cemento, arena, piedra y, de vez en vez, escombro. Pero, ¡bendito Dios!, cuando es día de descanso, el abuelo les dice a sus nietos que suban al tren, porque así les dice: “’Ora, ‘ora, trépense al tren”, y los niños, con cara de sandía colorada, coloradísima, ponen sus manos en la orilla para sostenerse y suben una pierna y luego la otra y se impulsan y suben al vagón principal y ríen. Ya saben, porque sus asientos siempre están reservados, cómo se acomodarán, la niña, siempre se sienta en la ventanilla de la izquierda; el niño le corresponde el ventanal de la derecha. Los niños esperan que el abuelo, el maquinista, se ponga las manos como bocina y diga: “¡Vámonos!”. Entonces los niños, emocionados, esperan el instante en que el conductor, nuevamente, pone sus manos en la boca y comienza a hacer el ruido que la máquina hace cuando comienza a deslizarse por las vías; el mismo sonido que hacen los niños cuando juegan rondas en el kínder y juegan a que son trenecitos. Y ahí van los niños sobre el tren. Ah, cómo juega el aire sobre sus manos, sobre sus brazos, en su cara hace surcos de luz, de una luz tan suave como la que se posa en el campo de fútbol, que, más tarde, se llenará de jugadores que nunca imaginarán que dos horas antes pasó un tren por la orilla.
¡Ah, qué juguetón el aire! El aire ríe, porque siente cómo el tren avanza por en medio de su cuerpo y le hace cosquillas y también siente cómo los dedos de la voz del hombre acarician su cara llena de viento, de un viento dócil.
Y los niños miran a ambos lados. El maquinista, siempre cuidadoso, les pide que no saquen las manos ni las cabezas por las ventanas. Pero ellos, los niños, intuyen que la herrería de esas ventanas también está hecha de columnas de aire y no se asoman más allá del límite. Miran a ambos lados, miran, en la lejanía, las casitas que se esconden detrás de los troncos de los árboles; miran las ardillas que, desde las ramas, mueven sus colas como si fueran abanicos, como si les dijeran adiós, como si recordaran que no hay más en la vida que estos elementos que están presentes en esta foto: árboles, canchas para el juego, césped, sol, sombra, carretillas y un hombre que lleva a sus nietos a dar una vuelta por el Kilimanjaro y por el Tibet. Los niños ven esos paisajes desde las ventanillas del tren; como si fuesen personajes de García Márquez y vieran las plantaciones de plátano de Aracataca.
No hay necesidad de más. Sólo se precisan estos elementos y el aire, ¡el aire! El aire resbalando por un tobogán; trepándose sobre la rama donde el mirlo hace su nido; desparramándose ahí donde el sol también, como si estuviese en una tumbona, dora su piel con su propio calor. ¡El aire!, que es como decir el bosque, que es como decir la sábana con que la tierra se cubre cuando hace un poco de frío.
Después de una vuelta de quince o veinte minutos, que son como varios días, como varias alas de pájaro, el tren regresa a los niños al andén de su pueblo. Ahí los están esperando sus mamás y papás. Los niños, ahora no tienen que dar un salto para bajar del vagón. Ellos, los papás, los cargan y los dejan sobre el andén donde las mamás les ofrecen un agua de horchata. Los niños, antes de recibir los vasos con el agua, dicen que primero al abuelo, que primero al maquinista y éste acepta el vaso de horchata, espera que sus nietos reciban sus vasos, y bebe, bebe el agua que es como decir el aire que da vida al río, al mar, a la vida.