miércoles, 6 de junio de 2018

EN MEDIO DE LAS PÁGINAS DE LIBROS DE CUENTOS





Me gustan los cuentos. Mi mamá me leía cuentos, cuando yo era niño. Siempre que abro un libro siento esa atmósfera ámbar. La luz de la lámpara del quinqué, por el capuchón de tela y el foco de poca luminosidad, creaba un ambiente de sol a punto de ocultarse.
Sí, me gustan los cuentos. Cuando mi mamá me leía uno yo olvidaba todos los sonidos que aparecían en los corredores de la casa y en la calle, y escuchaba los sonidos que salían del libro: el del submarino hundiéndose en el mar; el del águila sobrevolando el valle donde estaba la oveja desvalida; el de la tea de fuego que salía de la boca del dragón; el del niño que resbalaba en el pozo; el de la alfombra que volaba por encima de los minaretes y de las atalayas.
Desaparecían los sonidos de las puertas, a la hora que la sirvienta cerraba la cocina y el comedor; desaparecía el chirrido de la cama a la hora que el abuelo se sentaba en la orilla y guardaba la bacinica; desaparecían los rezos de la abuela; desaparecían las noticias que escuchaba mi papá en la radio. Todo se esfumaba y se magnificaba el pase mágico del brujo, el salto del puma, el cántaro que se quebraba, el río que desaparecía en la grieta, la pócima mágica que hervía en el caldero.
Me gustan los cuentos. De niño, cuando despertaba, todavía en la cama trataba de escuchar los sonidos de los cuentos, pero ahora eran éstos los que desaparecían. Los sonidos eran los de todos los días: el de la olla de café en el fogón, el de la campana de la iglesia de Santo Domingo, el de la canastera que ofrecía chayotes en el zaguán, el de las cajas de refresco que subían a los camiones y los gritos de los albañiles que cambiaban las tejas rotas en el techo de la casa.
Le preguntaba a mi mamá: ¿En dónde se esconden los dragones, los unicornios y las brujas que salen en los cuentos? Mi mamá me decía que no se escondían, que ellos vivían en las páginas de los libros: ¡Ahí estaban siempre! ¿Y qué comen? Mi mamá decía que los personajes de los cuentos se alimentaban de manera diferente a los humanos, decía que los unicornios y tortugas y monstruos de los cuentos se alimentaban cada vez que alguien abría el libro, el aire de afuera se transformaba en su alimento. Mientras el unicornio se paseaba por el bosque, los demás personajes que no participaban en ese momento en la historia, se recostaban en el césped, alzaban las patas o las manos y, como si cortaran manzanas, descolgaban el aire y se alimentaban. ¿Todos viven del aire?, preguntaba. Mi mamá decía que sí, que el aire era su vida. Por eso, concluía, los niños deben abrir los libros para que los personajes de los cuentos no mueran. A mí me gustaría que no comiera la bruja Agara. ¡No!, decía mi mamá. Si ella muere ¡no hay cuento! Ah, decía. Sí, mi mamá tenía razón. Además, en el cuento, la bruja Agara recibía su castigo, se había quedado sin cabello, andaba pelona como bola de billar por todo el bosque, vestía andrajos y se había quedado sin dientes, por eso no reía, porque cuando abría la boca se veía muy fea, muy chistosa.
Me gustan los cuentos. Tengo la fortuna de que mi mamá vive. A veces, a pesar de que tengo sesenta y un años le pido a ella que me lea un cuento. Mi mamá, a sus ochenta y ocho años de edad, deja el tejido que hace, toma el libro que le doy y comienza a leer. Si el libro tiene las letras muy pequeñas, ella se ayuda con una lupa. ¡Me encanta verla así, como si fuera Sherlock Holmes y tratara de descubrir el misterio! ¿En dónde se esconden los dragones?, le pregunto a mi mamá, y ella, como si ayer hubiera sido hace cincuenta y cinco años, dice que no se esconden, ¡que viven en las páginas de los libros!, y mueve sus manos como si fueran alas de mariposa, para que el aire penetre en todas las páginas y los personajes de los cuentos puedan cortar las manzanas de aire y coman.
¡Me gustan los cuentos! He vivido de ellos durante más de cincuenta y ocho años. En las noches, en las tardes, en las madrugadas, abro los libros de cuentos y alzo mis manos y corto los frutos de la imaginación y los como y con ello soy feliz y sano.

martes, 5 de junio de 2018

CARTA A MARIANA, QUE NO DEBE LEER





Querida Mariana: Por favor, no leás esta carta. No la leás, porque narra un hecho terrible. Sólo pongo en letras mi desasosiego al ver un video de la erupción del volcán en Guatemala.
No la leás, porque no quiero que te pongás triste. No quiero quebrar esa burbuja armoniosa en la que permanecés. Ahora estás en Guadalajara, en el curso de Apreciación Cinematográfica. Quiero que estés bien, que aprendás mucho, que procurés evitar las malas noticias. El conocimiento es exigente, siempre demanda una concentración al ciento por ciento. El alumno, de cualquier disciplina, debe poner toda su atención al objeto del conocimiento, para que éste dé frutos. Lo sucedido en Guatemala es espantoso.
Escribo esta carta, porque, de alguna manera debo exorcizar la terrible imagen que vi. El video muestra el instante en que un grupo de personas corre por una carretera, huyendo de la inmensa burbuja de ceniza que avanza sin misericordia.
La naturaleza es impredecible y es cruel, cuando así lo exige su respiración. El volcán hizo erupción y expulsó ríos de lava y toneladas de ceniza.
El video fue tomado por alguien que va sobre una motocicleta. El chofer le imprime velocidad, porque la burbuja llena de ceniza se expande como un pulmón diabólico. Cada vez es más intensa, más grande, más mortífera. Es necesario que los hombres, mujeres, niños y niñas que huyen impriman más fuerza a sus piernas, porque la mancha oscura avanza como si fuera un gigante con pasos apresurados. La imagen se torna dramática porque la burbuja de ceniza tiene garras que destrozan todo. La persona que va detrás del piloto de la motocicleta alerta a la gente que tiene sus casas a la orilla de la carretera, les dice que corran, que huyan, que no lo piensen, que se salven, por favor, que se salven. Esto es así, porque hay personas que están como clavadas en el suelo, sólo elevan la vista hacia el cielo y ven, mudos, absortos, la furia de la tierra.
Cuando vi esto pensé que mientras los de la motocicleta avanzan, tratando de escapar de ese borbotón de ceniza, muchas casas ya quedaron ocultas, sepultadas, bajo ese vómito de polvo. ¡Dios mío! ¿Qué pasó con las personas que ahí estaban? ¿Con la mujer que preparaba la comida, con los niños que jugaban en el patio, con el hombre que estaba, con el azadón, limpiando la milpa?
Mientras la motocicleta avanza a gran velocidad, el espectador del video (yo, en este caso) ve cómo hay personas que corren en las orillas. Al contrario de la motocicleta que imprime velocidad a cada instante porque la burbuja es como un enorme hongo, los pasos de los que corren se hacen lentos, cansados. Están cansados por el esfuerzo, a cada instante sus pies se vuelven de piedra y se resisten a levantarse del piso. La burbuja de lodo, polvo y ceniza ardiente cada vez está más cerca de abrazarlos en su vientre demoniaco. Abren la boca, tratan de jalar aire limpio, porque saben que si la mancha los atrapa sus pulmones comenzarán a recibir polvo, esputos de ceniza. Sus pulmones extrañarán el aire limpio que, minutos antes, los bendecía.
El espectador del video (yo) quisiera alentarlos, decirles que corran más fuerte, que no se dejen alcanzar, que no desistan, pero sus pasos ya no resisten el cansancio. La escena es dramática, pero no tanto como lo que a continuación se da en el video. Mientras decenas de hombres y mujeres huyen, de pronto se ve en el video una camioneta que va en sentido contrario. ¿Cómo? ¿Qué pasa? ¿El chofer no se ha dado cuenta que va en sentido contrario a lo que dicta el sentido común, a lo que hacen las demás personas? ¡Dios mío! ¿Por qué esa camioneta va en sentido contrario? ¿Por qué va hacia la garganta de ese monstruo gris, horrible? ¿No se da cuenta que lo tragará? Mientras los demás huyen, el conductor de esa camioneta va hacia el centro del horror.
Dejo de ver el video, Mariana. Es terrible lo que ahí está sucediendo. Lo único que pienso, entonces, es que ese conductor va hacia esa burbuja que se expande con furia, porque alguien quedó en su casa. Sí, es la única explicación. El conductor estaba fuera de su casa cuando escuchó el estallido y vio oscurecerse el cielo. Alguien dijo que el volcán de fuego estaba vomitando su silencio de años y él subió a su camioneta y no pensó más que en ir por sus familiares. ¿Su esposa? ¿Sus padres? ¿Sus hijos? ¡Dios mío! ¿Qué le pasó a ese conductor que, mientras los demás huyen, se interna a esa selva de ceniza hirviendo?
Posdata: No seguí viendo el video. No lo soporté. Si el suceso de la naturaleza es indescriptible, cómo, entonces, ¿alguien puede describir la pasión del hombre ante esa grieta que lo abre en dos y lo avienta al abismo?
Gracias por no leer esta carta, querida Mariana. No lo hagás. Duele ese pulmón que se expande y es irreversible como cuando la tierra inhala y luego suelta la bocanada de aire caliente. Vos estás ahora en Guadalajara. Estás viendo películas para aprobar tu diplomado. Me gustaría pensar que todo es como una película.

lunes, 4 de junio de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE APARECEN NIÑOS




Querida Mariana: López Obrador apareció en un comercial de televisión donde, palabras más, palabras menos, se refería al avión presidencial y al criticar el gasto excesivo decía: “Este avión no lo tiene ni Obama”. El otro día, en la casa de Mario oí que un niño, mientras jugaban carritos y avioncitos, le decía a otro: “Este avión no lo tiene ni Obama” y se lo pasaba frente a las narices.
Chely me contó que, el otro día, Amanda regañó a su hija Eugenia (niña de escasos seis años) por no hacer la tarea, y ante la amenaza de que le diría al papá en cuanto llegara, la niña dijo: “Ni me asusto, ni me rajo”, que es el promocional político de Roberto Albores Gleason. Cuando Chely lo contó todos los que ahí estábamos reímos, festejamos lo que nos pareció una buena puntada.
Siempre se ha dicho que los niños son esponjas que todo lo absorben. Los dos ejemplos anteriores demuestran que esto es cierto.
No es todo. Armando me contó que escuchó que uno de sus hijos le comentaba a su hermanito que si no lo ayudaba a limpiar el cuarto le “aplicaría” la del Bronco (ya sabemos que se refiere a lo que dijo en un debate el candidato presidencial: Mocharle las manos a los corruptos).
Todo parece un juego, pero quién sabe hasta qué grado están absorbiendo los niños los mensajes que ahora se envían en las campañas políticas.
Todo mundo está expuesto al bombardeo mediático.
Antes, los papás no permitían que los hijos estuvieran presentes “en pláticas de grandes”. Cuando había visitas, los papás exigían que los niños salieran a jugar al patio. Los niños de entonces no jugaban a mocharles las manos a los corruptos. Hoy, las pláticas de “los grandes” son cosas mínimas ante lo que los niños reciben en las “pláticas” de la televisión y del Internet.
La mente del niño, como nunca antes, está expuesta a mensajes llenos de violencia. Todo lo absorben.
Ayer domingo fui al cine. Con mi Paty entramos a ver “Deadpool”. Nos encanta ir al cine. Por desgracia, la cartelera de estos tiempos es de escaso margen de creación inteligente. A final de cuentas trato de divertirme. En mis tiempos de niño, cuando iba al Cine Comitán y Cine Montebello veía lo que se les pegaba la gana exhibir. La diferencia es que antes las películas no eran tan bobas, eran bobas, pero no lo eran tanto.
Ayer domingo, a la hora de comprar los boletos, en la taquilla observé un letrero que advertía que la cinta era para mayores de quince años, porque contenía escenas violentas y un lenguaje altisonante.
Sí, la advertencia era real. Cuando comenzó la cinta, en la primera escena vimos a un tipo morir a manos de otro, porque le cortó la cabeza. ¿El lenguaje? Hacé de cuenta que estabas oyendo a Molinari en una charla de confianza, en una charla cotidiana. ¡Ay, señor! Yo que soy malcriado pensé que era un exceso tanta grosería, tanta malcriadeza resultaba gratuita, pero los productores consideraron que con ello atraerían a más público. Los publicistas saben bien su oficio.
Lo que me sorprendió fue ver que muchos espectadores eran niños. Sí, iban acompañados por sus papás. Se sabe que la empresa aplica el principio de advertir la clasificación, pero respetar el criterio de los padres que se responsabilizan por lo que sus hijos ven.
Todos los niños del mundo capitalista están expuestos a los mensajes de la televisión; todos conocen al dedillo a los personajes de Marvel, por eso, cuando hay estrenos cinematográficos con los súper héroes, medio mundo infantil exige a los papás que los lleven al cine.
Posdata: Estoy seguro que cuando los papás oyeron el primer “¡Hijo de puta!” se arrepintieron de haber comprado los boletos y no hacer caso a la advertencia de Cinépolis, pero cuando vieron que los hijos se divertían, porque todo era como en la calle o como en el patio de la escuela, dijeron: “Ni me asusto, ni me rajo” y dejaron que todo fluyera.

domingo, 3 de junio de 2018

IN MEMORIAM



La Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar y la Casa Museo Dr. Belisario Domínguez realizaron un homenaje póstumo a María Trinidad Pulido Solís, destacada cronista y relevante investigadora.
Los arquitectos César Alfredo Guillén Cota y Gustavo Trujillo Tovar fueron activos promotores del acto.
La tarde del uno de junio, a las seis de la tarde, en el campus de la UMNRS – Los Sabinos, se develó una placa en honor a la homenajeada y se inauguró una exposición fotográfica de César Alfredo Guillén Cota. Además, se contó con la participación del grupo de marimba del Colegio Mariano N. Ruiz, y la participación de las siguientes personalidades: Maestro José Hugo Campos Guillén, Rector de la UMNRS, quien dio la bienvenida a los asistentes; el Arquitecto Gustavo Trujillo Tovar realizó una semblanza de la homenajeada; C. Angélica López García, presentó una síntesis de proyectos realizados por la investigadora; el arqueólogo Gabriel Laló Jacinto comentó el trabajo que María Trinidad realizó en el INAH; el arquitecto César Alfredo Guillén Cota habló acerca de su participación en el Patronato Pro-conservación y Desarrollo de Comitán y leyó un texto que envió la escritora María del Rosario Bonifaz Alfonzo; después de la participación del arquitecto Guillén Cota tocó el turno a la licenciada Fabiola Aguilar López, quien dio un emotivo testimonio acerca de su relación con la historiadora en el archivo histórico de La Trinitaria, espacio donde realizó una amplia investigación; al final, el médico veterinario zootecnista Jaime Pulido Solís dio un mensaje en nombre de la familia.
En algún momento del programa me tocó participar. Lo hice con gusto. Paso copia del textillo que leí.
Buenas Tardes
El licenciado Diego Gordillo, en días pasados, dio una conferencia en el Museo de La Trinitaria. La conferencia se tituló: “Haciendas y hacendados”. El licenciado Diego Gordillo reconoció que sus fuentes principales fueron dos libros: “Las haciendas del Valle de Comitán” y el libro “Haciendas de Chiapas”, que escribió nuestra homenajeada.
Al escuchar eso, pensé que ese instante era el principio de este homenaje, porque ahí estaba la luz de María Trinidad Pulido Solís, haciendo brecha en medio de la oscuridad.
María Trinidad fue una fuente perenne de luz. Así, con su modito discreto, casi de niebla en medio del bosque, ella realizó un trabajo sencillo y constante. La vi poco durante el tiempo de nuestra conocencia, pero casi siempre la vi en su escritorio, con un promontorio de apuntes hechos sobre hojas de papel revolución. Las revoluciones armadas necesitan de los valles y de los abismos y de las hondonadas y de las carreteras llenas de polvo. Ella, Mary, hizo su revolución intelectual en la faena diaria del escritorio. Salió a hacer investigación de campo, pero su trinchera perfecta fue la mesa donde escribía con letra menuda y apretada.
La vi poco durante el tiempo de nuestra conocencia, pero la recuerdo casi siempre como un hermoso pajarito sin tiempo.
Nadie duda que fue una fuente de luz. Sus amigos acá reunidos y los académicos y estudiosos de su obra así lo reconocen. No fue la luz de reflector que alumbra los escenarios más fastuosos; no fue la luz de las lámparas que alumbran los bulevares de las grandes ciudades. Si alguien en este momento me obligara a definirla diría que, en los instantes de nuestra conocencia, siempre la vi como esa discreta lámpara de mano que emplea el campesino cuando regresa a mitad de la noche a su casa en un camino de herradura. Esa luz ayuda a marcar camino en medio de la oscuridad más cerrada.
Pero ¡no!, con esta definición no le hago justicia a nuestra homenajeada. Más que una sencilla y modesta lámpara de mano, ella fue una luz de quinqué, de esos quinqués que alumbraron la mesa del rancho donde ella creció. ¡Sí, eso es! Mary fue, es y será siempre un quinqué, una de esas lámparas cuyo corazón es una flama titubeante, discreta, caricia de Dios, que alumbra las estancias y provoca el infinito juego de las sombras donde se esconde el misterio de la vida.
¡Sí!, Mary fue una revolucionaria, sus hojas fueron de papel revolución y su pluma fue de ala de cenzontle.
¡Sí!, Mary es un quinqué, es flama, por eso su luz será eterna, mientras dure la eternidad.
Gracias.

viernes, 1 de junio de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO PUEDE CONSTRUIRSE UN MÉXICO DIFERENTE




Querida Mariana: Puedo estar equivocado, pero la fotografía que te anexo muestra un acto insólito, no sólo en Comitán, sino en todo el estado de Chiapas.
¿Qué es lo insólito? Podrás pensar que este tipo de bardas, pintadas por artistas callejeros, ¡por fortuna!, es común en muchas ciudades del país. ¡Es cierto!
Lo insólito es que es la barda que promociona a un candidato a elección popular. ¡Ah!, ¿verdad, que ya no es común?
Juan Carlos Gómez Aranda, candidato a diputado federal, por el octavo distrito, mandó a pintar esta barda para promocionar su imagen entre el universo de votantes.
Decidió presentar una imagen diferente. Pienso que es el primer político que lo hace de esta manera, en todo Chiapas.
Ayer, en la tarde, subí a mi auto para ir a conocer el nuevo local (espacioso y muy digno) del supermercado San Luis, de empresarios comitecos, y al llegar a la curva donde está SOCAEM, frente a la colonia Miguel Alemán, vi esta barda. Sentí una gran alegría en mi corazón.
El candidato a diputado envía su mensaje promocional, pero lo hace de manera bella, con un mensaje de identidad cultural.
¿Alguien puede enfadarse con este tipo de promocional? No creo. La barda-mural envía su mensaje político, pero lo hace de manera sublime, reconociendo la riqueza cultural de nuestro pueblo y las destrezas de nuestros artistas locales.
En el extremo superior izquierdo aparece la frase: “Belleza del VIII distrito”; en la parte inferior está escrito el lugar que se muestra: “Iglesia de Santo Domingo. Comitán de Domínguez, Chiapas”; y, ya lo mencioné, en el otro extremo inferior está el nombre del candidato.
Los candidatos, en periodo de campaña, emplean diversos medios para hacerse publicidad. Distribuyen trípticos, por ejemplo, con sus propuestas y sus planes de trabajo; reparten lo que llaman microperforados para que quienes ven con agrado su propuesta los peguen en el cristal posterior de los autos; algunos emplean autos con perifoneo; otros (¡uf, qué mal!) cuelgan pendones de plástico en los postes de luz; y, algunos más, pintan bardas, con sus mensajes políticos.
¿Qué pasa con esa publicidad cuando terminan las campañas y el país retorna a su vida cotidiana? Los trípticos (desde antes) van al bote de basura; los microperforados son retirados de los cristales de los autos; el perifoneo ya anuncia la inauguración de un restaurante que ofrece barbacoa; y los pendones de plástico van al basurero municipal a engrosar el montón de basura no biodegradable; pero, las bardas pintadas quedan con los mensajes.
Hace tres años, uno de los candidatos a la presidencia municipal de Comitán, mandó a pintar decenas de bardas con su publicidad personal. Muchas de esas bardas siguen ahí, ya deslavadas, ofreciendo una imagen sucia de nuestro pueblo. ¿Por qué el candidato no mandó a retirar esas pintas? El Instituto Nacional Electoral debería (en caso de que no lo contemple) obligar a los candidatos a retirar la totalidad de la propaganda al término de la elección.
En el caso de esta barda con mensaje político, pienso que medio mundo pedirá que no se retire. ¿Quién desea eliminar una ventana llena de luz, de identidad? ¿Quién se opone a apoyar propuestas inteligentes que navegan en sentido contrario a lo rutinario y soso?
En Comitán ya se demostró que las propuestas pueden cambiar el sentido de nuestra existencia. En Tuxtla, mi admirado amigo Raymundo Zenteno, candidato independiente a diputado local, también comenzó su campaña con una propuesta inédita. Con un grupo de amigos barrió la entrada al Congreso y luego la lavó. Envió un buen mensaje subliminal, ¿verdad?
En Comitán, mi querido amigo Juan Carlos Gómez Aranda, también dio un mensaje confortable: Los comitecos nos sentimos orgullosos de nuestra identidad y de nuestras raíces.
Posdata: No creo que haya antecedente de este hecho singular. Juan Carlos, con este mínimo acto, pero inédito, demostró que se puede hacer política reafirmando el objetivo principal de ella: el servicio a la comunidad.
Ojalá que este mural permanezca por mucho tiempo. Ojalá que, cuando la campaña política termine, las demás bardas se pinten de blanco, pero que ésta sea repintada de vez en vez, para que siempre permanezca, para que la memoria no se deslave.

miércoles, 30 de mayo de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE APARECEN MÁS DE DOS PRESENTES




Querida Mariana: Siempre me gusta la palabra presente como sinónimo de regalo. Acá te muestro dos presentes que me hizo Violeta, en mi más reciente viaje a Tuxtla. ¿Mirás qué bonito concepto? “¡Me hizo dos presentes!”. Héctor dice que la clave de la armonía es precisamente vivir en el presente. Por eso digo que es algo grato cuando alguien me “hace” un presente.
Son dos presentes: El cachito de lotería y el libro que sirve como apoyo. Cuando alguien me hace un presente que es un libro ¡soy feliz! Los libros sirven para todo. También sirven como apoyo, para colocar un cachito.
Si soy sincero me gustan más los libros que los cachitos. En los libros la promesa siempre es cumplida, aunque el libro no sea tan bueno como uno espera; en cambio, en los cachitos, la mayoría de veces, la promesa es incumplida.
Mis amigos siempre me obsequian libros. Sólo en una ocasión, Paco compartió conmigo un cachito de lotería. Paco acostumbra comprar la plana completa. Entiendo que nunca le ha pegado al gordo. Tal vez un día de éstos.
Violeta me obsequió el libro y el cachito. Ella sabe que a mí me encantan los libros. El libro es la novela más reciente de Heberto Morales, “Nahuyaca”. El cachito nunca fue el premiado. La bendición de este cachito (ya lo viste) es que corresponde a un sorteo que, en 2015, fue dedicado a la memoria de Rosario Castellanos, con motivo a su cumpleaños noventa. Es, digamos, un cachito de colección. Violeta, siempre generosa, en cuanto me vio me dijo: “Te tengo una sorpresa” y me enseñó el libro. Un segundo después dijo: “El libro no es la sorpresa”. Abrió el libro y me enseñó el cachito, que había colocado en páginas interiores. Violeta me dio dos presentes, “me hizo” dos presentes. Y luego me contó la historia que yo sabía en parte. Me dijo que ella procuró que para el cumpleaños noventa de Rosario se emitiera un sello postal en memoria de la escritora. ¡No fue posible! Correos de México pidió una cantidad de dinero (exorbitante) para que tal deseo se cumpliera. Fue cuando, por mediación de Zoé Robledo, lograron que la Lotería Nacional dedicara su sorteo Superior, número 2427, a celebrar el cumpleaños de la Chayo. Violeta me platicó que se emocionó en el momento que, en el edificio de la Lotería, en la Ciudad de México, Juan Carlos Gómez Aranda, tocó la campana para dar inicio al sorteo. Esa tarde, Violeta estuvo ahí; también estuvo Gabriel Guerra y, por supuesto, Zoé Robledo.
Cuando Violeta me dio el cachito me dijo que Zoé tiene una impresión gigante de este cachito. Coincidimos en que sería muy bello que dicha impresión estuviera expuesta en el Museo que en memoria de Rosario existe ya en Comitán. A Violeta le dije que ello contribuiría a hacer un poco más rico el material que ahí se expone y que, en verdad, está un poco raquítico.
Violeta, siempre diligente, siempre pendiente en honrar la memoria de Rosario, prometió que hablará con Zoé y le pedirá done tal reliquia. No dudo que Robledo, hábil político chiapaneco, dará su consentimiento. No dudo que Violeta logrará su encomienda, porque ella es una chiapaneca que ha honrado la memoria de Rosario, desde siempre.
Tal vez Gabriel Guerra, ahora que ya vio que el Museo es una realidad, pueda donar, de igual manera, objetos importantes que ayuden a comprender un poco más la vida de Rosario Castellanos. Ella (lo ha dicho medio mundo) merece todos los homenajes, por su talento y por su compromiso hacia la literatura y las causas sociales.
Mientras llega el momento cumbre, te mando esta fotografía donde aparece el cachito que mi querida Violeta me regaló.
Posdata: En el viaje de regreso comencé a leer el libro de Heberto Morales. Ni te preocupés, tengo un ejemplar para vos. Sucede que Marco también me obsequió el mismo libro. Esa tarde fui privilegiado, porque a los presentes de Violeta se unieron los de Marco, que consistieron en los libros de la poesía de mi maestro Óscar Oliva, el libro que Chiapas editó en conmemoración de los noventa años de Rosario, y la citada novela del maestro Heberto. Esa tarde, en Tuxtla, tuve muchos presentes. Éstos apuntalan mi futuro.

martes, 29 de mayo de 2018

MARIMBA EN EL CIELO




¡Así! Tocando en el aire. Como si el espacio fuera la marimba. Como si el viento fuera un hilo de madera de hormiguillo.
¡Así! En medio de la arboleda, al lado de las frondas donde los pájaros saltan de rama en rama.
¡Así! En el vapor que exhala el cuerpo amoroso de Tuxtla Gutiérrez.
El maestro Zeferino Nandayapa toca el aire. Toca el aire con cuatro baquetas, simples bolillos.
Basta un oído atento para escuchar lo que el maestro Nandayapa interpreta. Ahí, en esas lianas de viento están enredados Bach y Beethoven, y los hermanos Domínguez, y Agustín Lara y el bolonchón. Ahí, en esas tiras de incienso están arracimados los rezos de los templos de San Juan Chamula y de Zinacantán. Ahí están las tiucas, los loros y los cenzontles.
Ahí está la selva con su alharaca de mil monos aulladores, con su batahola de chicharras que piden lluvia de sonidos.
Me tocó sentarme en una banca del Parque de La Marimba y escuché lo que el maestro interpretaba, lo hacía con la maestría que le fue concedida por los dioses. Cerré los ojos y escuché. Cerré los ojos para no ver lo que veía: Una fatal hilera de cables detrás de la estatua del marimbista; escuché el sonido brutal que vomitaba una bocina instalada en la contra esquina del parque, ahí donde hay un local que presta dinero. Por eso cerré los ojos. El ideal hubiese sido cerrarlos para extasiarme con el sonido del aire, tocado por Nandayapa. Pero ¡no fue así! Cerré los ojos para no ver el cablerío. Así hubiese querido cerrar mis oídos para no escuchar el sonido infernal de esa bocina que vomitaba algo como un reggaetón.
Y pensé que la autoridad debería limpiar ese espacio. Pensé que ya es hora que los espacios públicos rescaten su dignidad.
El Parque de La Marimba es un orgullo de los tuxtlecos, un orgullo de los chiapanecos. En buena hora, a alguna autoridad se le ocurrió abrir el Museo de La Marimba frente al parque. El Museo es una institución que preserva la historia de dicho instrumento. Eso fue como cerrar el círculo con un broche de oro. Entonces, para que exista congruencia total, la autoridad tuxtleca debe limpiar esos cielos, debe quitar todo el cablerío que contamina (hacerlo subterráneo) y decretar que todos los negocios que están alrededor del parque sólo pongan música ambiental en marimba.
En el mundo existen pocos espacios como éste. Es un privilegio de Tuxtla el contar con un parque y un museo dedicados de manera exclusiva a preservar ese rasgo esencial de identidad. Si los comerciantes y negociantes de la periferia aplican de manera correcta la mercadotecnia, hallarán muchos elementos que les permitirá hacer una campaña promocional que hará que el turismo nacional e internacional vuelvan los ojos hacia ese espacio. Pero para ello, es necesario dignificarlo. De principio eliminar ese cablerío, que es un nefasto contaminante visual; y, en seguida, eliminar todo vestigio de música estruendosa. La autoridad municipal debería emitir un bando en el que prohíba bocinas en los negocios y coloque bocinas en todo el parque, en las que la marimba de Nandayapa deleite el espíritu de todos los que lleguen hasta ese espacio.
Imagino un espacio donde yo pueda cerrar los ojos y escuchar el prodigio de las manos de Nandayapa tocando el aire de Tuxtla, convirtiéndolo en un rebozo para cobijar el alma.
Imagino un espacio donde yo no tenga que cerrar los ojos para no ver esa telaraña de cables que infecta la mirada; imagino un espacio donde yo no tenga que cerrar mis oídos para no escuchar el reggaetón que vomita una bocina en un local de la esquina, justo a veinte metros donde está el Museo de La Marimba, de la capital de Chiapas.

lunes, 28 de mayo de 2018

ELOGIO AL TEXTO ESCRITO




¿Digo una obviedad? ¡Todo mundo habla! Bueno, hay algunos que no lo hacen, pero son minoría. En cambio, no todo mundo escribe. Hay una mayoría de analfabetos, sobre todo en países miserables, como el nuestro.
Y de esa minoría que escribe, no todos lo hacen con corrección. En cambio, la mayoría de hablantes lo hacen, si no de manera correcta, sí con gracia. Romeo siempre dijo que las buganvilias eran “bombambilias”. Lo decía porque así lo había escuchado. Era tan simpático oírlo, mientras echaba abono a los arbustos: “Ah, mero bonito que van a crecer las bombambilias”. Cuando lo decía su boca estallaba al decir ¡Bom! ¡Bam!, era como un restallido de sonidos, ante el restallido de colores.
Por ello, el otro día me dio risa cuando alguien dijo “Es tan tonto que lee”. Lo dijo en un mitin político. El aludido, en lugar de improvisar su discurso, sacó un texto y lo leyó. Lo leyó con corrección, despegando la vista del texto y dirigiéndose a su audiencia. No obstante, el crítico pensó que leer su participación lo hacía menos, mucho menos, que los otros tres oradores, quienes improvisaron sus discursos.
¿De veras el lector era tan tonto? ¿Era menos que los hablantes improvisadores? No lo creo.
Pensé en el tiempo que el lector había destinado a escribir su participación; pensé en la precisión para hallar la palabra exacta.
Los otros improvisaron. Como buenos oradores sus discursos fueron de calidad, pero fueron improvisados.
En la actualidad, la sociedad enaltece esos discursos improvisados, glorifica la capacidad mental de improvisación.
Yo, como escritor, reconozco más mérito en la persona que escribe su discurso, que en aquel que improvisa su pieza oratoria.
Si alguien me obliga a elegir entre un discurso de Fidel Castro y el discurso que Martin Luther King leyó aquella mañana gloriosa ¡elijo el maravilloso discurso “I have a dream”! Lo elijo, porque lo esencial del mensaje fue leído. Luther King leyó redactó un texto prodigioso con las palabras precisas, sabiendo que la historia recogería cada palabra y la sembraría en su corazón para siempre.
No cambio ningún discurso improvisado de los grandes oradores por la gloria de los discursos escritos que han leído los ganadores del Premio Nobel de Literatura, y que han leído antes de la ceremonia. Sus textos han contenido la gracia de la palabra exacta.
Cuando alguien lee un texto sé que eligió las palabras, de la misma manera que mi mamá elige las mejores flores en el jardín para colocar en la tumba de mi padre. Cuando alguien lee un texto sé que eligió las mejores nubes para construir su cielo.
Nunca coloco por encima del lector al orador. ¡Jamás! La improvisación, en muchas ocasiones, no es más que mero fuego de artificio. Las palabras restallan en el cielo con luces prodigiosas, pero luego dejan un tufo quemado, una nube de humo.
En los debates que ahora se realizan con motivo a las futuras elecciones ha existido mucha improvisación. La audiencia se queja de una falta de compromiso social. Los debates se han circunscrito a un mero alarde de palabrerío insulso. En Chiapas, muchas personas aplaudieron el discurso bobo y simpático de Alejo Orantes; en México, muchas personas volvieron relevantes las frases de El Bronco. ¡Discursos vanos! ¿Qué sucede con las propuestas que interesan a los mexicanos para el desarrollo de la nación?
Los debates tienen como característica esencial la improvisación y la inmediata respuesta ante un argumento. Por eso, en México, son tan vanos, tan sin sustancia.
Alabo los textos escritos, los que fueron escritos en la burbuja de la soledad y de la reflexión; los que eligieron la palabra precisa, los que respetan a su audiencia. Alabo los textos que piensan en la dignidad del presente y reconocen la calidad del futuro.
Todo mundo habla. Hay personas que hablan hasta por los codos. Esto último es cierto, por eso sus discursos se mueven de manera confusa en medio de laberintos.
No todo mundo escribe. Y de los pocos que escriben hay muchos que redactan con los pies.
Como se ve, hay muchos discursos que no provienen de la mente, sino del codo y del pie.

domingo, 27 de mayo de 2018

DESDE EL SUR DE MÉXICO




El viernes 25 de mayo tuve el honor de estar en la presentación del libro “Discursos históricos, literarios y culturales desde el sur de México y Centroamérica”, en el ciclo de presentaciones de libros que impulsa la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas. Luis Armando Suárez inició los comentarios, luego seguí yo, y Roberto Rico cerró la participación.
El libro contiene doce ensayos y un dossier, dedicado al Doctor Víctor Manuel Esponda Jimeno. De esos doce ensayos, Luis Armando eligió cuatro para comentarlos: “Piratas, situados y naufragios. Financiamiento militar novohispano para los presidios del Gran Caribe, siglos XVI y XVII”, de Rafael Reichert; “Un liberal español en América”, de María Eugenia Claps Arenas; “Literatura infantil y psicoanálisis. Primeras reflexiones en torno al papel que juegan los cuentos en la construcción de la subjetividad del niño”, de Magda Estrella Zúñiga Zenteno; y “Reflexiones en torno a la creación artística y la crítica literaria a partir de la novela “El Regreso. Nueva vía de conversaciones (2013 y 2015)”, de Jesús Morales Bermúdez.
Roberto Rico explicó cómo este libro continúa con la tradición de los anuarios que año tras año, a lo largo de veinticinco, publicó el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica. Cuando tocó mi turno, leí el textillo que acá comparto:
Buenas noches.
El libro que hoy se presenta en este espacio demuestra que todo cabe en un libro ¡sabiéndolo acomodar! Quien acomodó estos textos como en gabinete, supo colocar textos iluminados e iluminadores en cada gavetía.
Por supuesto, como bien me dijo Luis Armando Suárez, cuando me invitó a esta presentación, hay textos que, por afinidad intelectual, están más cerca de un lector que de otro.
Leí los textos con atención, pero el que más me acercó a la reflexión y al disfrute fue el texto que escribió Fabio Alexis de Ganges, quien desde el mismo apellido parece tener un río de ideas amplias. El texto de Ganges se llama “Lo naco como fábrica de alteridad en San Cristóbal de Las Casas”. El texto lo escribió como pretexto para entregar un trabajo final de un seminario de alteridades que recibió. A mí me llamó la atención, porque, casi como con calzador, metió el tema en la sociedad coleta, tan cerrada, tan selectiva.
Ganges nos dice verdades como, por ejemplo, que, San Cristóbal es: “una ciudad con una gran cantidad de población indígena y muy estratificada en cuanto a las clases sociales”, y nos dice mentiras como la siguiente: “La tienda Elektra se caracteriza por vender muy barato y otorgar créditos con grandes facilidades”.
Cierto que San Cristóbal es una ciudad muy estratificada en cuanto a las clases sociales. Esa maravillosa ciudad es, tal vez, la ciudad de Chiapas que tiene una sociedad más cerrada en sus auténticos pobladores, quienes, desde siempre, se han caracterizado por practicar un exacerbado racismo. Eso que Elektra se “caracteriza por vender muy barato” es una opinión muy simple, porque no presenta las características de las trampas que esa empresa coloca al paso de los incautos compradores. Es casi como si alguien dijera que la Coca Cola es muy generosa porque vende más barato su refresco en la zona de los Altos de Chiapas. Un análisis más objetivo nos diría, de igual manera, la trampa grosera que la empresa refresquera hace en toda la zona para allegarse incautos que, sin duda, acusarán enfermedades propiciadas por el consumo de tanta azúcar. Pero, como dijera Nana Goya, esa es otra historia.
Digo que llamó mi atención el texto de Ganges, porque me hizo reflexionar en el tema que aborda: Lo naco como fenómeno de alteridad. Debo confesar ante ustedes que no tenía bien a bien aprehendido el significado de alteridad, por lo que acudí a San Google, quien iluminó mi cerebro y dijo: “Alteridad: Condición de ser otro o distinto”. ¡Ah, ya!, pensé, ahora sí entiendo. Cuando alguien le dice a otro que es naco, hay una condición discriminatoria que pretende volver otro al otro.
Ganges dice que Monsiváis casi definía a Naco diciendo que Naco es el que está a mi lado (No, por favor, no comiencen a ver al prójimo); es decir, nadie se asume como naco. No es un orgullo. Naco es aplicar etiquetas.
Pensé, entonces, ¿quién de los sociólogos comitecos se avienta el tiro de estudiar lo naco en Comitán? ¿Quién? En dos ocasiones he escuchado, perdón por decirlo, pero viene al caso y es una realidad, cómo algunos muchachos comitecos se refieren a la institución educativa CONALEP como NACOLEP. Hay cierto ingenio en modificar el orden de las dos primeras sílabas CONA y poner en primer lugar a la segunda para convertirlo en NACO. Es broma, pero hay un rasgo discriminatorio; es un poco como decir, que el CONALEP no es el TEC DE MONTERREY, porque jamás, lo juro, he escuchado decir que un estudiante del TEC sea NACO. Los del TEC tienen otras denominaciones.
Ganges no lo dice, pero pensé si alguien ha elaborado alguna teoría acerca de probables NACOLETOS; es decir, auténticos coletos que caigan en comportamientos que desdigan la supuesta raigambre de nobleza de donde provienen. La palabra COLETO, de igual manera que la palabra CONALEP, permite el juego cruel, por su primera sílaba. Fue cuando pensé que también Comitán puede tener lo suyo. Nosotros somos comitecos, somos cositías. ¿Hay NACOSITÍAS? ¿Hay NACOMITECOS? ¿Qué los define? ¿Qué hacen ellos para que otros digan que sus comportamientos rayan en lo naco? ¿Qué es lo Naco? ¿Es un NACOMPLEJO de un NACOMPLEJADO?
Ganges concluye, entre otras cosas, con una interrogante: “¿Es lo naco algo externo o solamente es una etiqueta que yo coloco sobre personas y cosas porque, de alguna manera, quiero interponer una barrera, una especie de protección racial, cultural o de algún tipo?”
La pregunta mueve a la reflexión, ¿verdad? Por eso digo que este libro miscelánea, este libro tachilgüil, es un buen motivo para acercarse a este tema que, por obvio, lo caminamos desde la orilla. Abrí una gaveta y hallé este texto y ahora ya ustedes podrán sacar conclusiones.
Gracias.

sábado, 26 de mayo de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE ESTÁ PACHECO EN UNA FIESTA DE NIÑOS




Querida Mariana: ¡Sí, ya reconociste la sonrisa del personaje que aparece en la fotografía! ¡Claro! Es José Emilio Pacheco. La librería de la UNACH, que está en Tuxtla Gutiérrez, lleva su nombre.
El otro día fui a Tuxtla. Sabés que no me gusta ir a Tuxtla. Fui porque me invitaron a participar en un homenaje dedicado a Rosario Castellanos. Ir a Tuxtla me provoca una especie de urticaria mental. El calor me agobia. Ahora sólo fui a comprobar lo que muchos habitantes de allá sostienen: La ciudad está más caótica y sucia que nunca. Pobres los tuxtlecos. La mayoría ama a su ciudad, pero la ven hacerse pedazos frente a su mirada y frente a su corazón. Estuve en el Centro Cultural Jaime Sabines. Este edificio no se salva de la imagen general de Tuxtla. El Sabines (pobre reconocimiento al poeta) está también sucísimo, no hay sanitarios, el polvo y las telarañas cubren todo el techo. ¿No hay alguien que pueda limpiar esta imagen? No, no hay alguien, dicen todos. ¡Qué pena! Sí, querida mía, duele que la capital de Chiapas tenga esta imagen tan deteriorada.
Pero la vida me compensa. Entro al Museo de la Marimba y ahí Socorrito Trejo y su esposo Fer me prodigan su afecto. Ellos son como ese aire fresco que se enreda en los árboles del parque de La Marimba, ahí donde hay una escultura de Zeferino Nandayapa, con bolillos en la mano, tocando el aire. La vida me compensa: en el auditorio del Sabines saludo a Violeta Pinto y ella también me enreda con su chal afectuoso; y luego leo ante una audiencia de cuarenta o cincuenta estudiantes de la Escuela de Trabajo Social y veo como se columpian como niñas en el parque o como pájaros arracimados sobre las frondas de los árboles. La vida me compensa cuando entro a la librería José Emilio Pacheco, de la UNACH. ¡Ah, qué diferencia con lo que afuera sucede! Estoy seguro que los tuxtlecos quisieran que su ciudad tuviera este aire limpio que es como el pulmón de esta librería.
En la librería que lleva su nombre está adosada a una pared esta fotografía. Esta fotografía es muy bella. El escritor algo ve hacia abajo y tiene una sonrisa que es como una paloma que apenas extiende sus alas para iniciar el vuelo. Ahí está el gran escritor mexicano (a mí me encanta su novela “Las batallas del desierto”); ahí está, venciendo la cruel línea del tiempo, la de la vida y la de la muerte. Él murió hace años, pero cuando le dije al chofer del taxi que me llevara a la librería José Emilio Pacheco, fue como si volviera a respirar, como si volviera a ser un barco navegando por el río del Sena.
Dejá que te cuente por qué tomé esta fotografía. Lo hice por lo que está debajo de la fotografía y está encima de la mesa. ¿Ya viste qué es? ¡Sí! ¡Es una mesa de regalos!
A mí me da risa cuando aparece una participación de matrimonio y la pareja contrayente dice que su “mesa de regalos” está en Liverpool o en el Palacio de Hierro. Me da risa, porque la mesa es una mera figura retórica. La sala, el refrigerador y la lavadora que eligieron para regalos no están sobre la mesa, ¡no caben! Los contrayentes debían, en honor a la verdad, decir más o menos lo siguiente: “El piso de regalos está en Liverpool”, así los amigos podrían poner los pies en la tierra, sacar el guardadito y comprar la recámara elegida por los novios y ofrecérselas como augurio de una feliz y eterna luna de miel.
Lo que hallé en la librería Pacheco me llenó de gusto. Sí era un verdadera Mesa de Regalos, porque los libros son objetos tan maravillosos que caben en una mesa.
Fui feliz imaginando el rostro de Enrique Fabián la tarde en que celebre su cumpleaños y todos sus amigos lleguen con un libro de regalo. Enrique, ¡sin duda!, es un gran lector. Así lo indica esta mesa de regalos.
En la librería me indicaron que la dinámica es muy sencilla y enriquecedora. Enrique Fabián llegó una tarde y se dedicó a buscar en los libreros aquellos títulos que le agradaban, los sacó, los vio, los acarició y se los fue dando a un empleado para que él los llevara a la mesa. Cuando tuvo un bonche suficiente (veinte o treinta libros), Enrique Fabián vio cómo el empleado acomodaba de la manera más visible todos los libros para que cuando llegaran los amigos del festejado pudieran tener la oportunidad, ellos mismos, de elegir el regalo que ofrecerían a su amigo.
La dinámica es muy sencilla: Enrique Fabián invitó a sus amigos y parientes más cercanos y, en el texto de la invitación, les dijo que en la Librería José Emilio Pacheco están los libros que él desea que le regalen. Cuando estuve frente a la mesa de regalo de Fabián casi pude ver su felicidad cuando sus amigos toquen la puerta de su casa, él abra, y ellos lo abracen y le entreguen su regalo, regalo que, sin duda, no será un balón ni un par de calcetines, porque sus amigos escucharon su mensaje: “¿Quieren hacerme feliz el día de mi cumpleaños? ¡Regálenme un libro! Uno de los que dejé apartados en mi mesa de regalos.”
En una carta pasada te conté que los regalos que más recuerdo en la vida fueron (entre otros, por supuesto) los cómics y los libros. Una vez, Tere, la secretaria de mi papá, llegó a mi cumpleaños y me dio un paquete envuelto en papel de china de color amarillo y moño rojo. Lo abrí de inmediato, vi que eran cinco revistas de monitos (cuentos les llamábamos en ese tiempo, cómics les llaman ahora). ¡Ah, qué lucha interna se me presentó! Deseaba mandar a volar todo el protocolo de la quebrada de piñata, la apagada de la velita, las mañanitas y la partida de pastel. Deseaba, con todo el corazón, sentarme en la gradita del corredor para comenzar a leer los cuentos. Recuerdo con emoción una de esas revistas, contaba el viaje de Marco Polo a la China. De igual manera recuerdo los libros que me regaló mi tía Emelina, quien fue una de las personas que más impulsó mi afición por la lectura (Dios la bendiga siempre). Todos los que me han obsequiado libros me han dibujado una sonrisa perenne en el corazón. Aquella tarde de mi cumpleaños, qué pena, deseaba que se retiraran ya todos mis amiguitos, para sentarme en la grada del corredor y disfrutar las cinco revistas que me había obsequiado Tere.
En mis tiempos de niño no existía la costumbre de la mesa de regalos. Los amiguitos te regalan lo que deseaban o lo que podían. Pienso que si me hubieran dicho en qué negocio deseaba poner mi mesa de regalos, hubiese optado por lo mismo que optó Enrique Fabián, les habría dicho a mis amigos que fueran a la Proveedora Cultural y que compraran muchas revistas ilustradas y muchos libros y me los regalaran para que yo fuera feliz.
Los demás regalos de cumpleaños se echaron a perder. Digo, los carritos se quedaron sin llantas y perdieron su vocación; las pelotas se poncharon; las canicas se perdieron en los albañales; las revistas también se humedecieron y los libros se deshojaron, pero estos últimos permanecen intactos en mi mente. Aún puedo oler su aroma de revistas nuevas, intocadas; su aroma de libros jamás tocados. Recuerdo los instantes de alegría que me propiciaron los carritos y las pelotas y las canicas, pero, por encima de esos instantes, están los recuerdos de las revistas y de los libros. Si alguien, como en mítico juego, me preguntará ¿qué recuerdos me llevaría a mi isla infinita? Respondería, sin dudar: los recuerdos de las revistas leídas y de los libros leídos. Me llevaría, pegado al corazón, todas las horas de lectura (que han sido miles) porque con ellas podría sobrevivir en esa isla eterna. ¡Son tantas historias! Historias conmovedoras, graciosas, violentas, amables, amorosas, dramáticas, llenas de nubes y algunas otras embarradas en mierda. Estas historias son las que me formaron, las que me hicieron el hombre que ahora soy. Esto que digo es sensacional, porque me reconozco un ser humano pleno. He sido feliz con tanto libro a la vuelta de la esquina y a la vuelta de mi mano.
El viaje a Tuxtla fue compensado con el saludo siempre afectuoso de mi amigo Héctor Cortés Mandujano, quien, siempre generoso, me obsequió su novela más reciente: “Estanislao Musni lo contó un día”; fue compensado con el volado que me ganó un hombre con el que no jugaba, él jugaba baraja en el parque Cinco de Mayo, jugaba en una mesa improvisada detrás del asiento donde un muchacho lustraba mis zapatos. Cuando metí la mano a la bolsa del pantalón para sacar las monedas y pagar la boleada, se cayó una moneda de cinco pesos. El hombre, de inmediato, dijo: “¡Águila!” y sonrió. Me puse los lentes, me agaché y vi que había caído águila. Extendí la mano y se la di. Él la tomó y dijo: “Es usted un jugador bien derecho”. Sonreí.
Posdata: Imagino a Enrique Fabián recibiendo “Dragones en el cielo” y “El libro de ideas”. ¿Mirás cuántas historias lo acompañarán el día de su cumpleaños? ¡Qué maravilla! ¡Ojalá que su casa siempre esté llena de libros, que es como decir llena de felicidad! ¡Feliz cumpleaños al estilo José Emilio Pacheco!

viernes, 25 de mayo de 2018

PARAGUAS DESCOMPUESTO




A veces divido el mundo en dos. Ayer lo dividí en: Mujeres que son como el pelo del gato y Mujeres que son como un paraguas desarmado.
Ustedes la conocen. La mujer paraguas desarmado siempre tiene la cara de cielo gris, como de punto a llover.
Cualquier sicólogo diría que ella tiene baja autoestima, pero su mamá sabe que ella nació con la mesa de su espíritu un poco pandeada. Cuando nació, ella lo hizo con los ojos cerrados, como si tuviera miedo de ver lo que le esperaba. La mamá explica que ella, en su vientre, no pateó alguna vez, como es costumbre en las niñas divertidas. La mamá dice que su hija era como una gatita viendo a través de la ventana. La mamá la imaginaba con los ojos abiertos viendo hacia el techo de su pancita y, mientras crecía, la mamá pensaba que su hija pedía a todos los santos nonatos suspender su crecimiento a fin de que no tuviera que salir al aire de todos los días. La mamá supo que su hija nunca estaría tan bien como cuando estuvo en su vientre. Ahí la sentía contenta, con los ojos cerrados, sin hacer algo. Dedicaba todo su tiempo en dormir y en escuchar los sonidos de afuera, esos que se daban en el entorno de la madre. La niña escuchaba el paso del camión del gas, con su cadena arrastrando sobre el asfalto; la niña oía la plática de su mamá cuando ésta iba al mercado y pedía un kilo de pechuga de pollo y la vendedora, mientras quitaba la piel a la carne de gallina, le contaba que a una de sus sobrinas la habían violado en un callejón la noche anterior; la niña escuchaba las carreras de los niños mientras jugaban a las escondidas en el sitio de la casa de la abuela; la niña oía el aleteo de las palomas, cuando la mamá les echaba granos de maíz en la plaza del parque, mientras las campanas del templo convocaban a misa; la niña oía el deslizamiento del lápiz mientras los niños hacían la tarea, la sirena de la ambulancia en madrugada, el estruendo del trueno a la hora en que el cielo se desgajaba, el paso lento de los rezos de la abuela en el oratorio de la casa, el jolgorio de una bandada de loros, el sonido de una bola cuando choca a otra en una mesa de billar, el chorro potente de un trailero que se bajó a orinar a orilla de carretera. Esto y muchos más sonidos escuchaba la niña mientras estuvo en el vientre materno, los escuchaba tenues, sencillos, afectuosos. Sólo se dedicaba a oír. Ella estaba calentita, protegida adentro de la pancita.
La mamá cuenta que su hija cambió mucho el primer día en que salió a la luz del aire exterior. Todos los sonidos que había escuchado a través de una campana protectora, se mostraron desnudos, brutales. La mujer paraguas desarmado escuchó el chirriar de las llantas de una camilla que llevaba, en el pasillo del hospital, a un herido en accidente vehicular; escuchó los lamentos del herido, sus quejidos, las voces de la esposa que le decía que no se preocupara, que todo estaba bien, que sus hijos estaban fuera de peligro, pero la esposa lo decía como si su voz saliera de un cristal quebrado, la voz salía llena de grietas, caían a un pozo profundo y el eco sonaba a libro deshojado.
A veces divido el mundo en dos. Mañana lo dividiré en: Mujeres que son como el cacahuate que no ha sido dorado en el comal y Mujeres que son como una coca cola tibia y sin gas.

jueves, 24 de mayo de 2018

DEFINICIÓN DE BANCO





Sí, lo sé. Lo primero que llega a la mente cuando escuchamos la palabra banco es la imagen de una institución bancaria. Esto es así (nos explican los que saben) porque los primeros banqueros, en Italia, usaban un banquito para sentarse y, en la calle, hacían operaciones financieras.
A mí me encanta la palabra banco, pero no la que alude a esas instituciones donde le prestan dinero sólo a las personas que tienen dinero y con ello garantizan el pago de intereses. ¿En qué mente socialista crece la idea de prestar dinero al que tiene dinero y no al que no tiene? En fin.
Digo que me gusta la palabra banco, pero la que designa al asiento. Joaquín (quien era socialista de hueso colorado) decía que cuando se sentaba en un banco siempre se pedorreaba; es decir, Joaquín usaba el concepto para pitorrearse de las instituciones bancarias y de sus honorables y distinguidísimos miembros de cuello blanco.
Los urbanistas saben de estas cuestiones, pero yo, en mi bobera (diría maestro Jorge) pienso que un espacio público está cojo si no tiene bancos. A mí me encanta hallar parques y plazas con bancos por doquier.
Me gusta ver a las parejas cuando caminan por los espacios públicos, pero me gusta más verlas sentadas en los bancos, platicando, comiendo una paleta de hielo o besándose. El banco es el espacio ideal para la pausa; es el pretexto para bajarse un instante del fragoroso tren. Como no tengo espíritu policial disfruto mucho cuando una muchacha bonita sube las piernas al banco y las enreda en su cuerpo como si hiciera un moño de regalo. Los espíritus policiales son aquéllos que amonestan: “¡Niña! ¿Esa es la educación que te dieron en tu casa? Baja los pies. Los bancos son para sentarse.” Los espíritus policiales (siempre con cara de doberman) creen que los bancos sólo sirven para colocar encima las sentaderas. ¡No! Los bancos son el columpio para el espíritu.
Vi la otra tarde una fotografía donde una chica (con playera y el cabello corto) estaba acostada sobre un banco en Central Park, en Nueva York. Ella tenía las plantas de los pies casi pegados al asiento, las piernas las tenía flexionadas y en las manos sostenía un libro que leía con atención. A mí me impresionó ver a una chica recostada sobre un banco en una actitud de gran armonía en una ciudad tan llena de trajín, como aquella urbe. Pensé que si los bancos de todo el mundo fueran tan pródigos como ese banco de Central Park el mundo fluiría con tranquilidad.
Los bancos del mundo, por desgracia, no son como los bancos de los parques y de las plazas. ¡No! Los bancos del mundo son castrantes y soberbios. Hay por ahí (todo mundo lo ha escuchado) un llamado Banco Mundial, que se abroga (como el nombre sugiere) ser el propietario de todo el mundo. Este banco es como un pulpo que ahoga con sus tentáculos a todos los cogotes del mundo subdesarrollado. No deja que alguien suba los pies o lo use para descansar o para leer. ¡No! Su lógica es sencilla, si el mundo deudor imita a Joaquín y quiere pedorrearse sobre él, este banco contraataca y caga al mundo. Vivimos en un mundo cagado por culpa de ese banco.
Y, de igual manera, hay millones y millones de personas que viven sometidas a los dictados brutales de los bancos.
El mundo olvidó que el banco, en un inicio, no fue más que un asiento para descansar, para colocar en el portal y sentarse a presenciar cómo el sol se ocultaba en el horizonte y matizaba el cielo con maravillosos colores.
A mí me encantan los bancos. Los que se encuentran en los parques y en las plazas. Esos que las personas emplean para dar una pausa de cristal a la vida.