miércoles, 12 de septiembre de 2018

CARTA A MARIANA, SIN ISMOS, PERO CON MODISMOS JUGUETONES




Querida Mariana: Vos sos de estos tiempos tecnológicos. Muchos de tus conocimientos provienen del Internet. Pero no todo está en estos chunches maravillosos. Si hacés la prueba de buscar qué significa la palabra “Bibish” ¡nada hallarás!
La palabra Bibish aparece en los libros de Óscar Bonifaz (“Arcaismos, regionalismos y modismos de Comitán, Chiapas”) y de José Luis González Córdova (“Glosario”). Ninguno de ellos explica el origen de la palabra. Es difícil rastrear las huellas. Lo que sí consignan es el significado, que se asemeja mucho a la definición que aparece anotada en este letrero que ahora está en una jardinera del parque central de Comitán. Bibish significa órgano sexual masculino.
No, no, querida Mariana, no me preguntés cómo se dice, en comiteco, el órgano sexual femenino. No lo preguntés porque esta carta puede leerla tu mamá y ya mirás que ella hace honor a esa otra frase comiteca que dice: “Ish, fiero su modo”.
Si ahora consigno la palabra Bibish es porque está anotada en este letrero y porque, bromas aparte, pienso que esta acción del Museo de la Ciudad es una acción grandiosa, porque preserva las palabras comitecas que ya están en desuso. Por fortuna, los modismos comitecos no son como las vaquitas marinas que están en peligro de extinción. Las palabras poseen el don de perpetuarse, siempre y cuando haya hablantes que le den vida en la conversación diaria. El peligro del lenguaje está en el olvido, en dejar que las palabras se empolven.
Acá, el Museo de la Ciudad, de Comitán, desempolvó palabras y las colocó en lugares donde los caminantes pueden observarlas y repetirlas y darles aire de nuevo. Letreros similares a éste hay en el parque de Guadalupe y en el parque de San Sebastian. Es una gran iniciativa (Sólo tiene una mancha, hay letreros que no tienen la ortografía adecuada. Me explican que el Museo de la Ciudad ya cerró sus puertas “por órdenes superiores”, así que ya no tendrá tiempo para corregir errores. Pero ahí queda la acción como ejemplo de lo que puede hacerse para preservar nuestra identidad comiteca. Tal vez las próximas autoridades culturales del municipio valoren esta acción y corrijan los errores y le den más formalidad).
Bibish es un modismo ya en desuso. Los jóvenes no la emplean. Bueno, no emplean la palabra, porque, en realidad, su bibish bien que lo usan cada vez que van a hacer pis al sanitario o cada vez que lo juegan con sus sacrosantas manitas o permiten que sus muchachas bonitas jueguen con él.
No sé qué pensés vos, pero la palabra es de gran ternura. Claro, es algo como un eufemismo que las mamás emplearon en tiempos idos. Para no pronunciar la palabra pene, porque, ¡Dios mío!, qué pena, los mayores bautizaron al pene con la palabra bibish que es más afectuosa. Claro, la palabra pene como que da más importancia a ese órgano. La palabra bibish suena a que el miembro no es de un tamaño decente, sino más bien de tamaño pequeño. De hecho, el ejemplo de uso que aparece en el letrero da idea de esto que digo: “’Ta bien chiquito su bibishito de tu hijito”. Ay, qué ejemplo tan comiteco, tan en diminutivo. Por esto, en una ocasión escuché que un niño, al ver a su papá desnudo en la regadera, dijo: “El bibishote de mi papá”. De todos modos este aumentativo sigue siendo un poco con color de atardecer. Por esto, ahora que el modismo ha vuelto a ponerse de moda, gracias a la iniciativa de las autoridades del Museo de la Ciudad, proponemos que se emplee sólo para tratos afectivos y afectuosos; es decir, si una muchacha bonita pone su mano sobre la entrepierna de su muchacho, se recomienda que, para jugar bonito, en lugar de decir al oído el técnico: “Me gusta tu pene” o el procaz “Qué rica verga” juegue de esta manera: “Qué bonito bibish, ¿puedo espulgarlo?”.
Los expertos en sexología nos han explicado que en cuestión de sexualidad hay que llamar pan al pan y vino al vino; es decir, el órgano sexual masculino debe llamarse pene y el órgano sexual femenino debe llamarse vulva, y punto y aparte, pero para juegos bonitos, juegos de parejas mayores, las palabras tienen una gran capacidad para despertar sentimientos bellos. Recordemos a Julio Cortázar, en su novela “Rayuela”, en el que Horacio jugaba con La maga y se comunicaban en glíglico y: “…Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias…”.
Posdata: Sí, la palabra bibish es para juegos bonitos, para que el juego recupere su aroma de salto de cuerda y abandone un poco su cara de tableta electrónica.
La palabra no sólo debe emplearse para maldecir, debe emplearse, también, para jugar. ¡Bibish! Ah, qué bonita palabra. Provoca cierta ternura.

martes, 11 de septiembre de 2018

DE MUDANZAS Y OTRAS MUDAS




Las personas cambian de casas. Poca gente crece y muere en la casa donde vivió de niño. Las mudanzas son constantes, por múltiples motivos.
Pienso, por ejemplo, en Rosario Castellanos. En Comitán (cuando menos) conocemos dos casas que habitó (su hermano Raúl, en una entrevista que concedió a Andrea Reyes, dijo que Rosario había vivido en tres casas en Comitán). Luego ella vivió, recién llegada a la Ciudad de México, en una casa de la colonia Roma y luego ya en la casa que compró su papá, frente a Chapultepec.
Quien lee esta Arenilla, tal vez también tiene historias de mudanzas por contar. No todas las personas hacen caso de aquella famosa recomendación: “No vuelvas al lugar donde fuiste feliz”. ¡No! Yo conozco muchas personas que han regresado a Comitán, después de muchos años y buscan la casa donde vivieron su infancia, etapa que recuerdan con afecto. En muchas ocasiones encuentran vestigios, en otros casos nada hallan, porque sus viejas casas fueron derruidas para construir nuevas edificaciones. Mientras estuvieron lejos de Comitán los picos y palas borraron sus huellas.
Por esto, pienso que soy afortunado, porque la casa donde viví mi infancia sigue ahí, con ciertas transformaciones, pero casi intocada en su traza original, la traza que conocí. Los balcones desaparecieron. Si camino por la banqueta de enfrente veo los parches; de igual manera, el patio central (luminoso, con arriates llenos de flores y caminos de tierra) ¡desapareció!, porque quien compró la propiedad (mi papá rentaba, no era propietario) levantó una construcción. Hay otros elementos que fueron modificados. La casa original, de cuatro corredores, dio paso a una casa de tres corredores, porque el dueño vendió una fracción y quedó un poco mocha.
Pero, lo más bonito de la historia es que ahora el sitio de la casa es un estacionamiento público. ¿Cuántas personas -pregunto- tienen la oportunidad de entrar como Alejandro por su casa sin que ésta sea suya? Pocas, muy pocas. Cuando Alfredo regresó a Comitán lo acompañé a ver su casa de infancia, tocó en la puerta, le abrió un hombre que tenía una bufanda enredada en la mitad de su cara, Alfredo explicó su deseo de entrar a “pepenar” un poco del recuerdo. El hombre, con cierta reticencia, franqueó el paso. Alfredo y yo caminamos por el zaguán, llegamos al patio y nos paramos. Alfredo inspiró fuerte, vio hacia todos lados, quiso dar otro paso y el hombre lo detuvo del hombro. ¿A dónde iba? Alfredo nada dijo, comprendió que hasta ahí le estaba permitido entrar. Se abrió una puerta, apareció una mujer con el cabello blanco y preguntó: “¿Qué quieren?”. El hombre dijo que nada, nada, mamá. Nos vio y dijo que nos fuéramos. Salimos. Afuera le pregunté a Alfredo qué le había parecido la casa. No, me dijo, parece que me equivoqué, esta no es mi casa.
No. Tal vez no se equivocó en la dirección, en lo que se equivocó, sin duda, fue en pensar que hallaría la casa que habitó de niño. Nada permanece para siempre.
Yo, casi a diario, tengo la fortuna (no puedo nombrarla de otra manera) de entrar con mi auto en lo que fue mi casa de infancia. He contado en alguna Arenilla que mi papá me obsequió un carro de pedales (de color plata, casi casi como uno que manejaba Santo, el maravilloso luchador), así que cuando entro por el zaguán algo de mi infancia regresa. Tomo con ambas manos el volante y pienso que soy el niño de los años sesenta y entro hasta el sitio.
No necesito pedir permiso. A veces pienso que una fuerza superior obligó a “los propietarios” a abrir un estacionamiento público sólo para que yo pudiera entrar a la casa donde viví hasta los siete u ocho años sin mayor trámite, sólo para refrescarme en ese aire que respiré de niño. En el sitio veo algunas vigas, pilares, rotondas, puertas, ladrillos y un pasadizo que permanecen intocados. Ahí, sin duda hay alguna línea que pinté con un lápiz de color, mi huella no ha podido ser borrada. Pero, digo, lo importante no es la existencia de esa huella, que a final de cuentas nada dice a los otros. Lo importante es que puedo, después de cincuenta y tantos años, caminar por los espacios donde caminé de niño. No hablo de espacios públicos (que estos son muchos y variados). ¡No! Hablo de esas casas que, por algún motivo, abandonamos hace años para ir a vivir en otra casa. Hablo de la luz que nos iluminó de niños. Yo (lo he dicho) era feliz en casa, al lado de mis padres. El monstruo que habitaba las calles y demás espacios no tenía cabida en mi casa.
Las ciudades se trasforman. Muchas casas ya son otra cosa. Dejaron su vocación original de hogar íntimo y se convirtieron en espacios ajenos. Pienso en la casa que construyó después mi papá, ahora es un hotel; pienso en la casa de mi tío Javier que ahora es el famoso Turulete. Ahí ya no hay nada de lo antiguo, el ladrillo fue retirado y en su lugar se colocó una baldosa moderna.
Yo tengo la suerte de que en la casa que viví de niño aún siguen los ladrillos donde, con un palito, hice un hueco para jugar canicas.
No hago caso a la famosa sentencia de no volver a los lugares donde fuimos felices. Casi a diario entro a la casa de mi infancia, entro con mi auto y pienso que soy el niño que juega con su carro de pedales.

lunes, 10 de septiembre de 2018

CARTA A MARIANA, CON UN RECUERDO SENCILLO




Querida Mariana: En casa había dos mesas. En la casa de mi infancia había dos mesas en el comedor. Una servía para que comiéramos, la otra para que se cortara la carne, la fruta o las verduras. La mesa grande tenía seis sillas, ahí comía con mis papás o con tíos cuando llegaban de visita.
Las dos mesas eran de madera. Sólo eran diferentes por el tamaño. ¡No!, miento. La mesa pequeña era sensacional, porque tenía una gaveta, una gaveta que contenía objetos. ¿Mirás la diferencia? La mesa grande sólo la empleábamos para comer o para colocar objetos en la parte superior. Por lo regular, en el centro de la mesa, la sirvienta colocaba un frutero con manzanas, duraznos, plátanos y, de vez en vez, uvas o ciruelas. Por el contrario, la mesa pequeña, que ya dije servía para cortar, tenía esa gaveta que era como un juego de misterio, porque siempre había objetos insólitos en su interior.
Tal vez una tarde descubrí la magia de las gavetas, tal vez un día vi que mi abuela abría una en la máquina de coser o vi que mi mamá abrió una gaveta en el mueble que tenía en su cuarto y le servía para pintarse los labios, porque tenía un enorme espejo en la parte alta; o vi cómo abrió la gaveta del buró que había en su cuarto. Tal vez ese día descubrí que las gavetas contienen objetos sencillos, pero ¡grandiosos! En las gavetas de la máquina de coser había agujas, dedales, hilos, cintas métricas, un huevo de madera que servía para zurcir calcetines, broches, botones, alfileres, cierres y tijeras. En la gaveta del chifonier mi mamá guardaba sus pinturas, peines, mantillas, perfumes, pinzas, anteojos, tijeras, hilos y, en la gaveta inferior, pomadas y pequeños botes de cristal con mezclas de hierbas y alcohol. Al abrir esa gaveta soltaba una serie de aromas gratos, puedo decir que más agradables que la de los perfumes, que eran más rotundos.
¿Y la gaveta de la mesa pequeña? Ahí había, sobre todo, cuchillos, mantas, rayadores y tapas.
Una tarde abrí la gaveta de la mesa pequeña y coloqué dos soldados de plástico. Los soldados eran de color verde, por lo regular los guardaba en una caja de cartón que tenía debajo de mi cama. Debajo de mi cama tenía dos cajas de cartón que utilizaba para guardar mis muñecos, carritos, pelotas de hule, hilos, ligas, piedritas, un cohete que tronaba fulminantes y canicas.
“¿Quién dejo estos muñecos acá?”, gritó mi mamá cuando abrió la gaveta de la mesa pequeña. La pregunta era ociosa, porque ella sabía que yo los había colocado. Me llamó y me dio los dos muñecos: “Guárdalos en tu caja”, dijo. Los tomé y los puse sobre la mesa grande, me senté y comencé a jugar con ellos. Mi mamá dijo que no era lugar para jugar, que ya servirían la comida. Me levanté y fui a mi cuarto. Me hinqué frente a mi cama y jugué los muñecos sobre la colcha. Saqué las cajas de cartón y fui agregando carritos e hilos a mi juego. Cinco minutos después, la superficie de la cama se había convertido en un campo de batalla de la Segunda Guerra Mundial.
Digo esto, querida niña, porque ayer necesité hacer una medición, busqué una regla o un fluxómetro. Nada de esto hallé. Mi mamá dijo que tenía una cinta métrica en una gaveta de la máquina de coser (que aún conservamos en la casa, pero que ya nadie usa para lo que fue creada). Abrí la gaveta y, en medio de hileras, encontré la cinta. En ese momento, como si fuese un certero rayo, en mi mente apareció la imagen de mi infancia y pensé que en la casa hay muebles con gavetas que casi contienen lo mismo, pero, debajo de mi cama, ya no tengo aquellas cajas de cartón que tenían ligas, muñecos, carritos y canicas. Lo comenté con mi mamá y ella recordó que, una tarde, siendo niño, había guardado unos muñecos en la gaveta de una mesita que teníamos en el comedor, dijo que me obligó a sacarlos de ahí, que ese no era lugar para juguetes, que cada cosa tenía su lugar. Dijo que esa noche, cuando ya estaban acostados, le había comentado a mi papá lo que había hecho, que había guardado juguetes al lado de cuchillos. Yo no me enteré, pero mi mamá dice que mi papá, al día siguiente mandó a hacer un juguetero de madera que, días después, colocaron en mi cuarto. El juguetero tenía en el fondo cuatro compartimentos, uno muy grande y tres pequeños. Mi papá dijo que uno de los pequeños era el compartimento especial para las canicas y me ayudó a sacarlas de la caja de cartón y meterlas en el nuevo juguetero.
Posdata: Ahora digo que mi papá se alarmó, tal vez pensó que si guardaba juguetes en la gaveta donde había cuchillos podía cortarme; pero en ese tiempo pensé que lo había hecho por los soldados. No era bueno que ellos (los soldados) estuvieran en un lugar donde podían cortarse.
La casa de mi infancia era como la mesa donde comíamos: ¡grande! La casa donde vivo ahora es como la mesa de cortar: ¡pequeña! Esto no está mal. Lo feo es que esta casa no tiene las cajas de cartón debajo de la cama. Ya no hay canicas, muñecos, cochecitos, pelotas de hule, pequeñas, pequeñas, pero que servían para jugar toda la tarde.

sábado, 8 de septiembre de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE SE HABLA DE HUMOR Y DE BOBERA




Querida Mariana: Romeo me paró en el parque central. Esperate tantito, me dijo. Siempre vas como apurado, como si te ganara la gana de ir al baño (En realidad sí, caminaba con prisa porque me urgía llegar al Súper del Centro, para hacer pis en el sanitario.)
Acompañame, le dije. Me acompañó, caminamos en la banqueta de la Esquina de Belisario, de La Galería y de las ópticas, y le dije que me esperara tantito.
Cuando salí ya tomaba una coca cola.
¿Cuál era su urgencia? Me dijo: “Lo volvamos chiste”. Me quedé sin entender bien a bien. Cuando vio mi cara de Benito Juárez enterándose que pasará del billete de veinte al de quinientos, me explicó que ahora, en la patria, todo lo volvemos chiste. Dijo que el único espacio de salvación que tiene el pueblo ante lo que sucede en México es la ironía, el humor, el chiste; dijo que siempre ha sido así, que el chiste es nuestro escudo ante tanto absurdo.
Sí, siempre ha sido así. Los poderosos lo saben. Los políticos encumbrados reconocen que es necesaria la existencia de válvulas de escape de la inconformidad social.
Romeo tiene razón. Una vez platiqué con un diputado federal y le pregunté cómo le hacía para no ofenderse con las caricaturas que, en forma regular, aparecían en el periódico y donde era ridiculizado. Él rio y dijo que las ignoraba y que era bueno que aparecieran esos “monos” (así lo dijo), porque era la manera en que el pueblo sacaba su coraje contra los políticos. Si no fuera por esas válvulas de escape, dijo, el pueblo buscaría otras maneras de demostrar su irritación, y estas maneras podrían ser más violentas. ¿Cómo -me dijo- se hacen las revoluciones armadas? Él mismo contestó: Se hacen con el hartazgo, con el coraje ya rebosante. Por eso, dijo, es bueno que la gente saque su coraje de otras maneras. Las caricaturas sirven para que la gente ría, para que la gente piense que con esos trazos nos hacen mella.
Romeo tiene razón. Ahora, en estos tiempos de gran tecnología, el pueblo saca su coraje publicando “Memes” en las redes sociales. Los memes son ingeniosísimos y muchos cruzan la raya del respeto, hay muchos que son claramente ofensivos. ¿Para qué sirven? ¿Acaso sirven para que los poderosos reciban el mensaje? ¡No!, por supuesto que no. Los políticos poderosos jamás se bajan de sus nubes. Ellos ignoran lo que pasa en el mundo terrenal. Los memes son como aventar piedras contra una nube, con el riesgo de que regresen, en efecto de boomerang, y parta la cabeza al tirador. Puedo decir que, así como lo mencionó el diputado federal, a los políticos les conviene que el pueblo les haga el juego de la válvula de escape. Cada vez que nos botamos de la risa por leer un meme o escuchar un chiste que exhibe incapacidades o defectos (físicos, incluso) de los políticos, ayudamos a que la olla de presión se distienda y todo sea tomado como un chiste. Ellos mismos alientan tales comportamientos. La burla es la manera que tenemos los simples mortales para desarticular nuestro enojo. Creemos (ah, incrédulos) que con ello ofendemos a nuestros ofensores. No es así, ellos siguen viviendo tranquilamente, haciendo sus jugosos enjuagues.
Ahora que el sexenio de Peña Nieto está por concluir circulan muchos videos en las redes sociales que muestran una “antología” de los dislates y errores lingüísticos que cometió. La gente lo disfruta, la gente dice que el presidente fue un tonto. Romeo tiene una teoría contraria, dice que los políticos son gente habilidosísima que a cada rato juegan a “Lo hagamos chiste”, porque saben que de esa manera la atención se desvía. Si los políticos fueran tontos no lograrían todos los beneficios personales que los hacen ganar millones y millones de pesos. ¿Tontos? ¡No!, ¡jamás! Ellos son hábiles y maquiavélicos al ciento por ciento. Por eso, Romeo dice que Peña Nieto cada mañana se levantaba pensando: Aprovechémonos de la candidez del pueblo y lo hagamos chiste y se aventaba un chistorete que servía para que la ciudadanía se burlara e hiciera mil memes. Esto servía (sirvió y servirá) para que la gente se burle mientras es burlada.
Es penoso constatar que el presidente electo, “el cabecita de algodón”, también comienza a jugar el mismo juego. El otro día iba en su auto (un jetta) y, a la pregunta de reporteras, a éstas les dijo: “Corazones, corazoncitos”, en una absoluta falta de respeto. Los memes no se hicieron esperar. Lo esencial de la pregunta se extravió y lo que tomó fuerza fue la forma grosera en que el presidente electo trató a las reporteras, porque fue un abuso de confianza, fue un trato abusivo en el que el político denostó al ciudadano de a pie. Las reporteras jamás le faltaron el respeto a su investidura, él debió tratarlas con el mismo respeto. ¡No lo hizo! No lo hizo, porque sabía (los poderosos son muy listos) que no era conveniente dar respuesta a la pregunta, por lo tanto desvió la atención y la gente comenzó a darle importancia a lo irrelevante. La pregunta era acerca de su opinión del permiso que el Senado otorgó a Manuel Velasco para que regresara a Chiapas a concluir su mandato. La pregunta no tuvo respuesta, el presidente electo desvió la atención diciéndoles corazones, corazoncitos, a las reporteras. Lo importante se disolvió en lo intrascendente; es decir, “lo volvió chiste”, y nosotros le seguimos el juego. Un meme decía: “En su toma de protesta dirá: ‘Sí, protesto, honrar a la patria, corazones, corazoncitos.’”
El mismo juego comenzamos a verlo en la Cámara de Diputados. El presidente de la mesa directiva, Muñoz Ledo, se enfrascó en una discusión verbal con Noroña, quien es un profesional de la provocación. Escuché que una persona dijo que ahora sí el Canal del Congreso estaría muy interesante, porque el pleito entre Muñoz Ledo y Noroña será de primer nivel. ¿De veras? ¿Esto es lo que le importa a la nación? ¿El pleito entre dos expertos de la provocación? ¿Dónde quedan los temas relevantes para el desarrollo de la patria? ¡Todo lo volvemos chiste!
Romeo me dijo que en Comitán no cantamos mal las rancheras. Muchos comitecos nos distinguimos por volver chiste y anécdota a la peor tragedia. La otra tarde oí que un amigo preguntaba: ¿Cuáles son los tacos favoritos de Fox? Los de Agua-yón, dijo antes que tratáramos de responder. Todos reímos. Y siguió: Primer acto: Fox regala un roto-plás; segundo acto: Fox regala otro roto-plás; tercer acto: Fox regala uno más. ¿Cómo se llamó la obra? Fox se llevó el plás y nos dejó lo roto. Todos volvimos a reír. Todo lo volvemos chiste. Dijo uno más: ¿Cómo estuvo la administración? Toda Agua-da. Más risas. Y así pudimos seguir toda la tarde. ¿Qué hicimos? Sólo usar el chiste como válvula de escape para el coraje contenido.

Posdata: Pero no todos los chistes se celebran. Hay chistes malos, que provocan más coraje. Esos chistes no tienen chiste. Y la mayoría de esos chistes provienen de las acciones equivocadas del gobierno. Por ejemplo, es un mal chiste el “gasolinazo”. ¿Quién decidió emplear tal palabra al aumento constante de la gasolina en México? ¡El pueblo! La sociedad lo volvió chiste. La terminación “azo” alude, por supuesto, a trancazo, riendazo, chingadazo. Claro, eso fue lo que hizo el gobierno. ¿A poco no es un mal chiste el hecho de que el precio de la gasolina fluctúe diariamente, de acuerdo con “los índices internacionales”?
También es un mal chiste que en Comitán permanezca cerrado el Museo de la Ciudad, durante todo el mes de septiembre y esperemos a la nueva administración para su reapertura. ¿En qué parte del mundo, en la recta final de las administraciones, cierran museos para evitar el gasto? Imagino a las autoridades francesas decretando el cierre del Louvre por “el cierre” de la administración. Esto sería un absurdo; es decir un mal chiste. Bueno, pues acá en Comitán ya sucedió tal absurdo. Es una pena, porque si alguna institución cumplió más allá de su responsabilidad fue precisamente el Museo de la Ciudad. Su directora hizo lo imposible por cumplir con gran dignidad con su cometido. El Museo de la Ciudad estuvo en buenas manos en la presente administración, pero “órdenes superiores” obligaron al cierre intempestivo. ¡Qué pena!
Hace tres años, a muchos empleados de la administración municipal no les pagaron la parte proporcional del aguinaldo que les correspondía. Ahora corre el rumor de que a muchos empleados ya los despidieron y no trabajarán el presente mes. ¿Y el aguinaldo, apá? Sí se los pagarán, será el mes de septiembre que no recibirán. ¿Jugada genial? Muchos dirán que sí, que las autoridades son geniales. La verdad es que, si esto es cierto, será un mal chiste para todos los empleados que se vieron inmersos en una mala jugada.
Por eso, Romeo me dijo: “Lo volvamos chiste”, porque parece que es la última estación de este tren que ahora, los muchachos, llaman el “Tren del mame”. El humor está ausente, todo es chiste, mal chiste.

viernes, 7 de septiembre de 2018

PORQUE SUCURSALES DEL CIELO ESTÁN EN TODOS LADOS




Cenábamos panes compuestos, tacos y huesos de tío Jul. En ese tiempo, tío Jul estaba en un local al lado del Club de Leones. El mítico mesero era Tavito, quien siempre tenía un cigarro prendido en la mano. Manolo siempre dijo que la cenaduría de tío Jul era “la sucursal del cielo”.
En ese tiempo estudiábamos el último año de la preparatoria. Nosotros fuimos la primera generación de tres años, antes la prepa duraba dos años.
Nos preparábamos ya para ir a la Ciudad de México, para estudiar una carrera profesional. En ese tiempo casi todo mundo deseaba inscribirse en la Universidad Nacional Autónoma de México, desde entonces la universidad popular más prestigiosa del país.
Un día, entonces, hicimos maletas y viajamos a presentar examen de admisión y esperamos en casa que llegara una carta de aceptación.
Una vez logrado el objetivo inicial comenzamos a buscar casa. Muchos no dudaron, ya sabían, desde Comitán, que se hospedarían en la casa de asistencia que tenían don Robert y doña Rome. Ahí, decenas de estudiantes comitecos se apilaban en los cuartos, era una sucursal digna de Comitán. No faltaba de vez en vez, alguna madre amorosa que enviaba una cajita de cartón con antojitos comitecos: pepita molida, chile en vinagre, butifarras, quesos, chile polvojuan y tostadas. Si el afortunado beneficiario era díscolo se encerraba en su cuarto y solo comía todo el festín. Los demás pedían a todos los demonios que le mandaran una diarrea de padre nuestro; pero si el beneficiario era amigable convidaba al círculo de amigos más cercano y los amigos debían agradecer el gesto aportando las caguamas (como a doña Rome le molestaba que tomaran bebidas alcohólicas en los cuartos, los compas que tenían cuarto en planta alta y que daba a la calle bajaban una mochila de deportes con una cuerda, mochila que cinco minutos después era izada con las caguamas frías en su interior).
Las tostadas con chile en vinagre saciaban un poco la nostalgia culinaria de la tierra amada, tan lejana. ¿Cómo compensar la añoranza del hueso de tío Jul? No había consuelo para tal pena; no había más que apelar a la paciencia que compensaba cuando el estudiante viajaba a Comitán en tiempo de vacaciones.
Pero, dice el dicho popular: Dios aprieta pero no ahorca. Los estudiantes comitecos hallaron un espacio pequeño que preparaba antojos exquisitos. En avenida Universidad había un local que suplió la nostalgia de tío Jul. En la Ciudad de México fue Juanito quien untó ungüento al estómago enfermo de melancolía. Los comitecos incorporaron a su diccionario personal nuevas palabras. Al lado del panitel y del hueso de tío Jul aparecieron renuevos luminosos: Bauces, popochis, juanitos y que me notas, entre otras exquisiteces. ¡Ah, los bauces! Roge cenaba dos bauces y dos popochis. Poco a poco la nostalgia se atenuó. Supimos que sucursales del cielo existen en todas partes, porque Dios aprieta pero no ahorca.
El primer día que entré al local de Juanito quedé con la boca abierta, por la riqueza de los guisos y por los nombres originales. Supe, desde entonces, que las distintas sucursales del cielo no sólo ofrecen platillos auténticos sino que, también, dichos platillos deben ostentar nombres auténticos. Cuando pedí un bauce y vi cómo lo preparaban en la plancha sentí que entre la orilla de tío Jul y la orilla de Juanito había un puente lleno de aromas exquisitos. Pedí un bauce y vi que el cocinero (chef diríamos ahora) colocó un puño de carne de res para que se cociera, le agregó queso y dejó que se gratinara, cuando la mezcla estuvo a punto, con una pala de madera, la introdujo en una tortilla de harina que era como una cartera, porque tenía una abertura en un extremo. Una vez que la tortilla estaba caliente, el cocinero lo cortó en cuatro pedazos. Ramiro decía que cada pedazo era un punto cardinal, así que primero comía el norte, luego el oriente, en seguida el occidente y al final ¡el sur!, porque de ahí veníamos, porque ahí estaba tío Jul, porque ahí estaba Comitán.
Al bauce le agregábamos una salsa pico de gallo y lo acompañábamos con un refresco Lulú, de grosella, bien frío. ¡Ah!, debo ser honesto, en ese instante, Comitán se diluía y la Ciudad de México se agigantaba con una rotundez que dejaba pequeño el universo.
Un día volvimos a nuestro pueblo. Muchos volvieron con el título en mano, otros lo quedamos a deber. Volver significó regresar a la querencia, a la mesa cubierta de plástico transparente de la lonchería de tío Jul y volvimos a saborear los tacos torcidos, los panes compuestos, las butifarras y los huesos.
Entonces, ¡oh, prodigio!, comenzamos a añorar los antojos de Juanito. Hmmm, decíamos, cómo quisiéramos cenar un juanito o un bauce o un popochis.
Cuando, ya profesionales, viajábamos a la Ciudad de México por motivos laborales o para descansar, la primera noche no dudábamos, pedíamos al taxista que nos llevara a la Casa del Bauce, donde Juanito nos servía un qué me notas, con un Lulú de grosella.
Hoy, desde Comitán, muchos (lo sé) añoramos esos tiempos en que tuvimos la suerte de conocer una sucursal más del cielo.

jueves, 6 de septiembre de 2018

SEXAGENARIO




Armando decía: “Sueño con ser sexagenario”. Lo decía cuando tenía dieciocho años. Cuando lo decía colocaba los brazos como si manejara una bicicleta y luego jalaba los brazos hacia su cuerpo, en un movimiento de émbolo, y cerraba los ojos y su lengua la repasaba una y otra vez sobre su labio superior. Era un movimiento lúbrico. Amanda decía que el demonio se apoderaba de su cuerpo y de su alma cuando decía tal cosa.
La otra tarde fuimos a tomar un té en uno de los cafés que están en el portal. Le dije que nos sentáramos adentro, porque corría un viento helado, proveniente de la Ciénega. Dijo que no, dijo que nos sentáramos debajo de una de las sombrillas, al aire libre. Se quiso hacer el jovencito, aunque ambos llevábamos bufandas enredadas en el cuerpo. El mesero se acercó y tomó la orden. El mesero era joven, bien rasurado, con un mandil verde.
Con Armando platiqué de lo que ahora platica medio mundo: del calentamiento global, de la cuarta transformación y de cierto desencanto ante el porvenir de la patria. Platicamos de la reciente película basada en la vida de Rosario Castellanos y de cómo pronto habrá un billete de dos mil pesos que, en el anverso, tendrá los rostros de Octavio Paz y de nuestra paisana escritora.
En una de esas pausas que se hacen en cualquier plática le dije que su sueño se había cumplido: ¡Ya somos sexagenarios!, le dije. El mesero se acercó en ese momento y colocó las tazas de té sobre la mesa. Armando le preguntó cuántos años tenía. Veinte, dijo el muchacho, mientras repasaba el trapo sobre la cubierta de la mesa. ¿Te gustaría ser sexagenario?, le preguntó Armando. Si Amanda hubiese estado ahí, habría dicho que el demonio estaba apoderado de su cuerpo, porque repitió la palabra sexagenario, recalcó la primera sílaba, puso sus manos como si tomara el manubrio de una bicicleta y repasó su lengua sobre su labio superior. El muchacho sonrió y preguntó si deseábamos algo más. Dije que no, él dijo con permiso y entró al café.
“Este pendejo no sabe qué significa sexagenario”, dijo Armando. Yo, con la misma actitud indiferente del mesero, insistí en lo que le había dicho: ¡Ya se cumplió tu sueño! Ya somos sexagenarios, dije y puse mis brazos en posición de manubrio. Quise entornar los ojos y repasar mi lengua sobre mi labio superior, pero me dio pena, pensé que me vería muy ridículo o que alguien de la mesa adjunta viera mi gesto lúbrico y pensara: “Viejo asqueroso, perverso”.
Esperé que Armando dijera algo. Él le puso azúcar al té y movió la cucharita. “No -dijo-, igual que este pendejo, yo no sabía lo que significaba ser sexagenario”, y vi que sus ojos tomaron el color de un refrigerador vacío.
Yo recordé una frase del escritor Bashevis Singer, escritor polaco que obtuvo el Nobel de Literatura: “Todos nos hacemos mayores, nadie se hace más joven”. Esta frase dice un lugar común, pero lo dice con una gran contundencia. Por lo regular, todo mundo afirma lo primero: “Todos nos hacemos viejos”, pero pocos reflexionan en lo segundo, tal vez porque es consecuencia lógica de lo primero: “Nadie se hace más joven”. Tal vez por esto, Armando, cuando éramos jóvenes, jugaba con “su sueño” de convertirse en sexagenario, otorgándole un sentido libidinoso a la primera sílaba.
¡Mierda!, dijo Armando, cuando tomó un sorbo del té. Pensé que se había quemado la lengua. Se lo pregunté. No, dijo, bueno sí, me quemé la lengua desde muchacho. Y dijo que había sido una bobera decir que su sueño era ser sexagenario y repitió la palabra mierda. Ahora somos sexagenarios, dijo, y no es grata la vida. Me confesó que cuando tiene oportunidad con alguna chica (ya mayor) necesita tomar la famosa pildorita azul para no fallar en la cama. A veces, dijo, al terminar la relación siente un agobio que casi lo paraliza. Se sienta en la cama y piensa que se dirige a ser septuagenario, que es, dijo, una palabra disfrazada que enmascara la realidad: Nos hacemos viejos.
Sonrió y dijo el clásico chiste: Un compa dijo: ¿Ya vieron que ahora no se ven viejos sentados en las bancas del parque?, y el otro le contestó: ¡Burro, los viejos ya somos nosotros!
Armando dijo que mejor nos sentáramos adentro, porque el viento ya era más frío. Yo (que soy friolento) no advertí eso que decía. Pensé que tal vez no era el viento que llegaba de La Ciénega, sino que era el frío que, a veces, sube desde nuestro interior, recordándonos la frase de Bashevis Singer: “Nadie se hace más joven”.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

DEFINICIÓN DE CONOCIDO




México es un país conformista, un país que, históricamente, se ha acostumbrado a la medianía. Basta analizar, así en la superficie, el siguiente dicho: “Más vale malo por conocido, que bueno por conocer”, para entender por qué el país no modifica hábitos nefastos.
¿De veras nos creemos eso de que más vale malo por conocido, que bueno por conocer? Sí, así somos. Veamos un ejemplo reciente. En el año 2000, México decidió sacar de la presidencia de la república a un integrante del PRI. El hartazgo era tal, que los votantes decidieron votar por la derecha. Por fin, después de más de sesenta años de lo que Mario Vargas Llosa definió como “La dictadura perfecta”, el país pareció decidido a enterrar la secuela de gobiernos corruptos emanados del Partido Revolucionario Institucional. Pero, ¡ay, Señor!, doce años después, los votantes decidieron que regresara el PRI. ¿Cómo era posible tal absurdo? La única explicación racional está dada por nuestra carga cultural hereditaria, los mexicanos aplicamos el nefasto dicho de “Más vale malo por conocido que bueno por conocer”. Esto tiene relación directa con el también famoso y negativo “Pégame, pero no me dejes”, que aplican las mujeres violentadas. Estas mujeres convierten el dicho en el siguiente: “Más vale vida mala y violenta por conocida, que vida nueva y armoniosa por conocer”. ¿Quién, en su sano juicio, puede pensar que esto sea el ideal de vida? Ah, pues, millones de mujeres violentadas. De igual manera, millones y millones de mexicanos decidieron en 2012 que el PRI malo por conocido regresara antes de que accediera al poder otro partido político nuevo por conocer. ¡Uf!
Cualquiera diría que nos cuesta mucho aspirar al cambio, tenemos una propensión a estar en una zona de confort aunque este confort sea como una cama con un colchón lleno de alambre de púas. Hay un cierto regusto en el sufrimiento y una actitud complaciente ante la vida miserable. Nos regodeamos en el lodazal de lo malo por conocido.
Pero, ¿qué significa el término conocido? ¿Por qué contiene esa carga de cierto grado de indignidad? El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dice que, en una primera acepción conocido es “distinguido, acreditado, ilustre”; y en una segunda acepción: “Persona con quien se tiene trato o comunicación, pero no amistad”. Tal vez esta dualidad es lo que provoca la confusión. Una primera acepción nos dice que conocido es algo distinguido, acreditado e ilustre, y una segunda acepción nos dice que es alguien con quien no se aspira a tener amistad.
En México parece que nos gana la primera acepción, lo conocido es lo ilustre, por eso nos deslumbramos ante lo “malo por conocido” y desechamos la posibilidad de que a nuestra vida llegue lo bueno, que rechazamos por desconocido.
Si nos fuéramos más por la segunda acepción hallaríamos lo que es una certeza, pero que no advertimos: Lo conocido es imposible que sea conocido. Un amigo me decía que no alcanza la vida para conocer al otro; es decir, nada en el universo puede ser conocido. La característica esencial del universo es, precisamente, su capacidad de misterio, de la imposibilidad del conocimiento total.
La ciencia se atreve a ir por terrenos desconocidos, ahí encuentra los hallazgos.

martes, 4 de septiembre de 2018

LOS NOVENTA Y TRES




Rosario Castellanos nació en 1925, mismo año en que nació Óscar Bonifaz. Rosario habría cumplido noventa y tres en mayo, Óscar los cumple hoy, cuatro de septiembre. Óscar fue amigo personal de Rosario.
Cuando amigos o ex alumnos ven una fotografía reciente de Bonifaz comentan que “sigue igual”. Algo similar comentaban de Julio Cortázar sus amigos, quien (decían) parecía Dorian Gray, porque su rostro adulto seguía siendo como el de un adolescente. Es singular el relato de Carlos Fuentes: Dice que llegó a París, fue a casa de Julio y cuando abrió la puerta un muchacho alto, lampiño, le dijo que quería ver a su papá y “el muchacho” respondió: “Yo soy mi papá”. Era Julio, Julio eterno, Julio infinito niño.
Pero, claro, esto es un mito, porque como sentenciaba la tía Julia: “El tiempo no perdona”. Óscar Bonifaz ya muestra cierto cansancio físico. Digo físico, porque su buen ánimo está en plenitud. Por un cierto desfase milimétrico de un pie debe usar un bastón que le ayuda a no caer, pero él (siempre jovial, siempre con caminar de niño travieso) deja a un lado el bastón y camina con el característico caminadito de pato alegre.
Pero ya se cansa. Nunca lo he visto subir las escalinatas del teatro, lugar al que (a pesar de que ya está jubilado) sigue yendo a diario. Imagino que sus compañeros de trabajo lo ayudan a subir y a bajar. Cualquiera pensaría que no tiene necesidad de andar de arriba para abajo, pero parece que esa es otra de las enseñanzas de Bonifaz. Su hijo Alexandro le envió una carta donde lo compara con Stephen Hawking, el maravilloso científico, descubridor de los agujeros negros del universo. Óscar, igual que Stephen (dice Alex), se sublima ante la carencia física. Como si pusiera en práctica aquella prédica de Kalimán, quien decía que “Quien domina la mente domina todo”, Óscar sigue dominando su mente y alertándola para que, de manera constante, le diga a su cuerpo que, como pregonan los ex alumnos, “sigue igual”.
Bonifaz ha sabido conjuntar esas dos esencias humanas: cuerpo y espíritu; los ha vuelto indisolubles. Yo lo conocí antes de que fuera mi maestro en la preparatoria, antes que me impartiera la cátedra de literatura, en aquel famoso libro de Edmeé Álvarez, en cuya portada venía un cuarteto de Sor Juana: “Nocturna, mas no funesta / de noche mi pluma escribe / pues para dar alabanzas / hora de laudes elige”. Tuve el privilegio de recibir cátedra de literatura de dos grandes maestros comitecos: en la secundaria, el padre Carlos J. Mandujano, quien era un prodigio de sapiencia; y el maestro Óscar, en el bachillerato. Ellos fueron fundamentales en mi proceso de aprendizaje y en el cimiento de mi vocación literaria. Digo que a Bonifaz lo conocí antes de la preparatoria, a él lo conocí una noche, en el Club de Leones. Yo estaba sentado con los amigos, cuando vi que en la pista apareció una pareja que comenzó a bailar tango. En ese tiempo (aún ahora) ver a dos bailarines de tango, en Comitán, era algo inusual. Óscar, con su pareja, bailaba con gran soltura, como si el aire fuera el hilo que movía cada parte de su cuerpo. Años más tarde, en la Ciudad de México, vi a otra pareja de tanguistas y reconocí que Óscar no poseía el movimiento exacto de ese baile argentino, pero debo reconocer que cuando lo vi bailar en el salón de Comitán sentí que tenía el dominio de su cuerpo. Óscar, tal vez desde muy joven, supo que el cuerpo era una esencia delicada a la que debía dedicarle afanes, de igual manera que a su cerebro debía regarle siempre con agua limpia.
Óscar Bonifaz cumple noventa y tres. Su mente es ágil, su cuerpo ya acusa cierto cansancio, pero como la mente es la que ordena el universo, él decreta que su cuerpo siga siendo el cuerpo dúctil que ha sido desde siempre.
Hace dos o tres días lo saludé en el vestíbulo del teatro, platicaba con Alex Hiram. De pronto dijo que, como ahora goza de libertad total (por su jubilación como funcionario del ayuntamiento local) dedicará parte de su tiempo en la confección de una publicación impresa. Comprometió a Alex para ser colaborador de esa publicación. Dijo el título de la revista y comenzó a jugar con las posibilidades albureras del mismo. Alex y yo reíamos. Él, sentado en un sofá, a la hora que reía hamaqueaba su cuerpo, porque eso ha sido, desde siempre, una hamaca para el reposo y para el disfrute. Él ha hecho de su vida un perenne lugar de sosiego. Él mismo ha hecho el mito. Tal vez de su poesía lo más recordado ahora, y en la posteridad, será el texto “Vuelo nupcial”, que en términos coloquiales es conocido como el poema del zancudo. Y digo que eso será lo más recordado, porque Bonifaz se ha empeñado en hacerlo trascender, porque cada vez que tiene oportunidad lo declama. Basta decir que fue el colofón del mensaje que dio cuando recibió el Premio Chiapas 2014. Y ese poema sintetiza la mezcla de cuerpo y espíritu que han sido los puntales de la vida de Óscar. En unas líneas del texto leemos: “…Y el dolor de estar juntos / frente a la evidencia /de una mancha ensangrentada”. Ahí está el zancudo de la creación lúdica, picoteando el cuerpo y la mente de Bonifaz.
Óscar Bonifaz cumple noventa y tres este día, los cumple con un cuerpo que le obliga a caminar despacio, sin la soltura del baile en el Club de Leones; los cumple diseñando proyectos editoriales; los cumple con el ánimo de Stephen Hawking, cuya mente se rebeló ante la declaratoria funesta de los médicos. A Stephen, al momento de detectarle su enfermedad (a los 21 años), le diagnosticaron una sobrevivencia de no más de cuatro o cinco años, él vivió hasta cumplir setenta y cinco años. Óscar goza de cabal salud a los noventa y tres, sus amigos ya preparan la celebración, con marimba, trago y harto cohete, del centenario, edad en que llegará, un poco cansadito físicamente, pero esplendoroso en su facultad mental.
Rosario nació (dice José Emilio Pacheco) en un sanatorio de la calle de Insurgentes, en la Ciudad de México, el mismo año que Óscar nació en una casa de una calle comiteca.
¡Feliz cumpleaños, maestro Oscarito!

lunes, 3 de septiembre de 2018

CARTA A MARIANA, SIN TIEMPO




Querida Mariana: Ustedes, los jóvenes comitecos, no tienen idea clara de cómo fue el pasado. No pueden imaginar bien a bien, por ejemplo, que hubo un tiempo que en las casas no hubo televisores; no imaginan que hubo un tiempo que era muy difícil saber qué pasaba en otras regiones del mundo, en tiempo real. Les cuesta trabajo imaginar, porque viven una época en que todo es instantáneo. Los viejos que ahora vivimos estos tiempos también gozamos de esa instantaneidad. La diferencia consiste en que los viejos sí tenemos conciencia de aquellos tiempos incomunicados. Aquilatamos, tal vez con más emoción que ustedes, la posibilidad actual de este prodigio. Ahora todo mundo se entera de lo que sucede en Japón en tiempo real. ¿Antes? Era muy difícil que a Comitán llegara la información, porque los medios de comunicación estaban ausentes.
Los privilegiados de aquellos tiempos poseían un radio y éste les permitía (a través de los noticiarios) enterarse de los sucesos del mundo. Esos privilegiados eran quienes se encargaban de transmitir las noticias, y éstas -como si fuera el juego de teléfono descompuesto- comenzaban a circular ya en forma de chismes, porque contenían sabrosos agregados, que a veces no eran tan sabrosos, porque llevaban mucha sal y pimienta.
¿Sí creés lo que te digo? Los juegos de fútbol del reciente Mundial efectuado en Rusia lo vimos en tiempo real. Para ustedes los jóvenes no tiene mayor relevancia que los juegos se hayan efectuado a miles de kilómetros de Comitán, ¡no! Todo es muy natural. Bueno, pues yo debo decirte que el primer juego del Mundial efectuado en México, en 1970, no lo vi por televisión (porque, ya lo dije, la televisión era un objeto que existía en muy pocas casas comitecas, y en ese tiempo se captaba la señal de Guatemala, por más cercana), el juego inaugural: México contra la URSS, lo escuché por radio, en la casa de mi primo Mario Bermúdez.
Ya te conté que muchos aficionados al boxeo viajaban hasta la parte más alta de la vieja carretera San Cristóbal – Tuxtla Gutiérrez para ver las peleas por televisión. Los que no contaban con tal suerte, debían conformarse con escuchar las peleas por radio. Hoy el mundo ve en vivo y a todo color las peleas del Canelo, en tiempos de Vicente Saldívar se escuchaban en vivo, pero el color dependía del oído con que se escuchaba. Era un fascinante juego de imaginación, pero era un juego que ahora no puede entenderse a cabalidad. Sé que vos ponés tu cara de cerco de piedra cuando te hablo de estas cosas, porque pensás que bromeo. ¿Cómo -pensás- podían vivir si no tenían celulares ni Internet? ¿Con qué se divertían?, decís.
Bueno, tal vez a mí no me creés, pero sí le vas a creer a Rosario Castellanos, porque ella vivió esa incomunicación, no sólo cuando fue niña y vivió en Comitán (un pueblo lejanísimo de la Ciudad de México), sino también cuando fue Embajadora de México en Israel. ¿Seguís sin creerme? Mirá lo que escribió Rosario en la novela “Balún-Canán”, que tiene muchos rasgos autobiográficos: “¡Qué alegría nos da saber que entre los cajones bien remachados y los bultos envueltos en petates vienen las bolsas de lona tricolor, repletas de periódicos y cartas! Estamos tan aislados en Comitán, durante la temporada de lluvias. Estamos tan lejos siempre.” Y Rosario dice que la gente se va y cuando se va escribe, pero “Sus palabras nos llegan tantas semanas después que las recibimos marchitas y sin olor…” ¿Mirás qué tiempo tan extraño? Rosario habla del Comitán de 1940, más o menos. Ahora, la gente se va y cuando se va escribe, pero escribe un WhatsApp, que llega en instantes.
Pero decía que Rosario no sólo vivió la incomunicación en Comitán, también la padeció en Israel, cuando fue Embajadora de México en aquel país, de 1971 a 1974, año en que murió. Rosario cuenta que no tuvo noticias de México durante los cuatro primeros meses (ese tiempo debió parecerle el lejano tiempo de su infancia en Comitán, cuando las noticias llegaban retrasadísimas). De ese tiempo, Rosario dice que cuando le llegaban periódicos era un instante de excitación “pero, ¡qué decepción cuando vemos la fecha! Lo que recibíamos como actual era pasado. ¿Novedad? No. Historia. Y la historia se lee desapasionadamente. A nadie puede alterarle el pulso la lectura del descubrimiento de América”. Rosario siempre insistió que en Comitán las personas no leían noticias presentes en el periódico sino algo parecido a notas históricas, por el retraso con que llegaban al pueblo.
A mí, todavía, en los años ochenta, me tocó la colita de la prehistoria, porque acudía a comprar el periódico en La Proveedora Cultural, pero era el periódico del día anterior; es decir, en la Ciudad de México habían leído esas noticias un día antes. Hoy, ¡benditos tiempos!, a las seis de la mañana entro al Internet y leo periódicos de México y de España al mismo tiempo que lo hacen los lectores de todo el mundo. ¿Mirás? ¡De todo el mundo!
Posdata: Para ustedes, los jóvenes comitecos, esta instantaneidad no tiene ningún secreto. Para los viejos es un prodigio jamás imaginado. Ahora, gracias al Internet, los viejos también vivimos el presente que viven otros en las grandes ciudades. Antes vivíamos en un tiempo desfasado. Los jóvenes no pueden entenderlo a cabalidad.

sábado, 1 de septiembre de 2018

CARTA A MARIANA, DONDE APARECIÓ UN INÉDITO




Querida Mariana: el jueves 30 de agosto, un grupo de amigos de Lolita Albores organizó un homenaje celebratorio por los cien años del nacimiento de quien fue cronista de Comitán. Fue un acto lleno de gozo, que abrió con la participación del arquitecto Héctor Castellanos y del doctor José Antonio Alfonzo, reconocidos contadores de anécdotas. Ahí, en la sonrisa y en la carcajada, estuvo presente el humor permanente de doña Lolita, quien era una gran contadora de anécdotas y chistes. Testimonio de esto es la colección de discos que ella grabó, en compañía de amigos, y de dos de sus libros, que son una antología de cuentos humorísticos.
No sería exagerado decir que celebrar a Lolita Albores es celebrar el carácter de Comitán, porque doña Lolita sintetizó mucho de la identidad que hace único a este pueblo. Con el homenaje se celebró la vida de una mujer que tuvo a Comitán en la palma de su mano.
Algunas personas que conocieron a doña Lolita criticaron el hecho de que fuera cronista una mujer que decía malcriadezas, olvidando que el lenguaje de todos los días, el que está vivo, lleno de savia, es un lenguaje que celebra la vida sin hacer distingos de ningún vocablo contenido en el diccionario. Los expertos del lenguaje dicen que no hay palabras buenas ni palabras malas. Todas las palabras son empleadas para comunicar ideas. La noche del homenaje, la audiencia disfrutó las anécdotas que ahí se contaron. En dos o tres de éstas aparecieron las llamadas malcriadezas. ¿Alguien se sintió ofendido? Nadie. La intención del acto era reflejar, así en confianza, en familia, lo que da vida a la charla cotidiana. La anécdota está alejada del chisme y de la plática solemne. Si alguien parafraseara a Julio Cortázar, enorme escritor argentino, diría que la anécdota siempre está en mangas de camisa, despojado del corsé asfixiante. Doña Lolita es recordada como una comiteca auténtica, que no levantaba muros a la hora de contar las anécdotas que siempre han sido el condimento de la vida alegre de los comitecos. La anécdota comiteca tiene la cara lavada con el aire más puro de esta región, es alegre y franca, y es un canto perenne a la vida.
Como parte del acto celebratorio, también se exhibió un fragmento de una entrevista en video que Luis Armando Suárez Argüello, director del Centro Cultural Rosario Castellanos y director general de la editorial Entre Tejas, le hizo a doña Lolita con motivo a sus ochenta años de vida; asimismo, una entrevista donde Óscar Bonifaz, Premio Chiapas 2014 y amigo personal de doña Lolita, da testimonio de la relación que mantuvo con la cronista durante tantos años.
El cierre oficial del acto fue la participación de Malú Puig Albores, de Marco Antonio Puig Albores, sobrinos de doña Lolita, quienes convivieron con ella muchísimos años; además de la intervención de Mario Uvence Rojas, actual secretario de Turismo del estado de Chiapas, quien fue amigo de doña Lolita y es fiel custodio de su memoria. El arquitecto Castellanos dijo que Mario fue el principal organizador del merecido homenaje a doña Lolita en el centenario de su nacimiento.
Sé que el jueves, querida Mariana, estuviste en la ciudad de San Cristóbal de Las Casas, atendiendo la visita de tus tíos que llegaron de Los Ángeles, California, y no tuviste oportunidad de acudir al Teatro Junchavín, recinto donde se celebró el guateque dedicado a doña Lolita. Fue una pena que no asistieras. Te lo perdiste, porque fue un acto muy emotivo, en el que muchos comitecos recordaron la imagen de la festejada. El escenario lució muy digno, con la presencia de la marimba del Centro Cultural Rosario Castellanos y una escenografía que presentó un piso alfombrado de juncia fresca y un entorno con telas que simulaban enormísimos pliegos de papel de china picado y ollas de barro llenas de flores. Una vez alguien dijo que doña Lolita fue la única mujer que se atrevió a quitar, por un ratito, el Domínguez a Comitán y, en lugar de Comitán de Domínguez lo convirtió en Comitán de Los Tomates, tomate una, tomate dos, tomate tres…
Marco, quien conoció a Rosario Castellanos, gracias a la amistad que ésta tenía con doña Lolita (recordemos que doña Lolita vivió en casa de Rosario, en la Ciudad de México), dio a conocer un documento que, de nuevo, aporta elementos para reflexionar tantito. Es una carta (te paso copia) que Rosario, a la sazón Embajadora de México en Israel, le envía a Marco. La carta está fechada el 4 de octubre de 1973 y dice lo siguiente:

“Muy estimado Marco Antonio:
“Recibí su carta y el disco sobre anécdotas comitecas que es tan divertido como incomprensible para quienes no han tenido la suerte de nacer allí. Por mi parte lo disfruté mucho y me hizo añorar más que nunca un pasado que ya, definitivamente, pasó.
“En cuanto a lo que usted me dice de su deseo de obtener un puesto en la Secretaría de Relaciones Exteriores, me daría mucho gusto ayudarlo si eso fuera posible y si mi carta de recomendación tuviera algún valor. Así pues me gustaría que a fines de octubre que yo voy a estar en México, usted se comunicara conmigo al 515-2808 y concertáramos una cita para hablar, ver sus certificados de pasante y cualquier otro documento relacionado con el asunto del puesto. Con mucho gusto hablaré de usted al Lic. Rabasa y ojalá que esto le sirva a usted de algo.
“Mientras tenemos la oportunidad de conversar, se despide de usted, Rosario Castellanos, Embajadora de México.”

¿Mirás qué prodigio? La carta, como ves, tiene dos vertientes, una muy personal (de lo cual platicaremos un día y que tiene que ver con la generosidad con que Rosario trataba a los coterráneos. Conozco una carta que Rosario le envió a Javier Espinosa Mandujano -quien llegó a ser Secretario de Educación de Chiapas- en donde la Embajadora de México le dice que hará todo lo posible para que Javier se entreviste con altas autoridades educativas de Israel, en un viaje que Espinosa Mandujano planeaba realizar) y otra que está relacionada con el acto que se realizó el jueves y que es el disco con anécdotas comitecas, donde doña Lolita tuvo relevante participación. ¿Cuál es la opinión de Rosario respecto a los discos picarescos? Bueno, pues ahí está su opinión, valiosa por tratarse de quien se trata. Rosario dice: “…es tan divertido como incomprensible para quienes no han tenido la suerte de nacer allí. Por mi parte lo disfruté mucho y me hizo añorar más que nunca un pasado que ya, definitivamente, pasó”.
Imagino a Rosario recibiendo el disco que Marco le envió, sacándolo de su funda, colocándolo en la consola y -sentada en un sillón, con las piernas estiradas- escuchando esa retahíla de anécdotas comitecas que retrata de manera fiel una rama del árbol que somos. La imagino riendo, añorando la tierra que la vio crecer, hasta que -adolescente- viajó a la Ciudad de México, para estudiar el bachillerato y los estudios superiores en la UNAM. Rosario dice que le parece que el disco es incomprensible para quienes no han tenido la suerte de nacer en Comitán. Sí, así es. Y es así, porque la anécdota (en cualquier parte del mundo) está conformada por una estructura de modismos y regionalismos. Basta decir que uno de los discos de doña Lolita se llama “El guatec’ ca’tut’Isaias”, que en castellano diría “El guateque en casa de tío Isaías”.
Rosario Castellanos fue una escritora respetuosa del lenguaje, supo (siempre) que el lenguaje es vivo, que está lleno de modismos y de palabras que son el pan de cada día de todos los estratos sociales, desde los más encumbrados salones hasta los más oscuros callejones. Esto también fue certeza en la mente de doña Lolita. ¿Sabías que el libro “Picardía Mexicana”, de Armando Jiménez (el famoso gallito inglés, sí, ese que decía al lado del dibujo: Este es el gallito inglés, míralo con disimulo, quítale el pico y los pies, y métetelo en el culo), tuvo una serie de prologuistas de lujo (sólo como ejemplo anoto a Octavio Paz y Alfonso Reyes), entre los cuales Rosario Castellanos también escribió un prólogo? ¿Cómo un libro “tan malcriado” recibió la atención de tan destacados intelectuales? Ah, pues muy sencillo: Sería estúpido aplicar cierto racismo al lenguaje. El lenguaje es una de las más prodigiosas capacidades del ser humano, es la que nos permite expresar nuestros sentimientos y éstos, en ocasiones, son de amor, de afecto, de respeto, de tolerancia, de paz, pero, en otras ocasiones (somos seres humanos pues) son de guerra, de violencia, de intolerancia, de coraje, de dolor y de miseria. Y cuando la miseria está por encima de la armonía, se antoja decir la palabra con la que Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura, concluyó su novela “El coronel no tiene quien le escriba”. ¿Recordás cuál es la palabra? La mujer del coronel le pregunta qué van a comer y el coronel, todo desalentado, ya disminuido, dice: ¡Mierda!
Posdata: Marco fue generoso. Nos compartió un documento revelador acerca de la opinión de Rosario Castellanos acerca de los discos de doña Lolita.
El pasado veinticinco de agosto se cumplió el centenario del nacimiento de doña Lolita Albores, a quien muchos acá en Comitán le decían Lolita Albures. No podía ser de otra manera, somos pícaros, jodones, amamos la vida.
¡Que viva Comitán! ¡Que viva doña Lolita Albores!

viernes, 31 de agosto de 2018

TÚNELES LUMINOSOS




En la casa de mi tía Alicia había una pérgola. Era una estructura de madera, cuyos pilares soportaban una hilera de travesaños donde convivían enredaderas con rosales y buganvilias. Iba de un extremo a otro extremo del patio central. A mí me encantaba caminar por en medio de los pilares y debajo de ese cielo instantáneo poblado de hojas. A veces imaginaba que yo era un tren que realizaba el recorrido de una a otra terminal. Movía los brazos como si fueran aspas y avanzaba por rieles imaginarios. Con mi boca hacía el sonido del tren.
La pérgola tenía sus límites, en ambos extremos, en un corredor y en otro. La tía, no conforme con la generosidad de las enredaderas que cubrían casi en su totalidad los pilares y el cielo de la pérgola, había colocado entre pilares una serie de macetas con helechos. Las macetas estaban casi pegadas, esto hacía que nadie pudiera pasar por en medio de los pilares. Los únicos accesos a la pérgola eran por la entrada y salida del luminoso túnel.
Para ese tiempo, mi papá ya me había platicado que mi abuelo llegó a México, siendo niño, en un viaje desde Italia. Por eso, a veces no imaginaba que yo no era un tren sino que era un barco y salía de Italia y llegaba a México, salía de un corredor, navegaba por el patio y llegaba al otro corredor.
Una tarde, la tía me vio jugar y me preguntó a qué jugaba. Le conté. Ella sonrió, metió las manos en la bolsa de su delantal y me dio una galleta, dijo que esa galleta era danesa (sí, yo conocía las latas de galletas que tenía en la repisa de su cocina y que decía: “Made in Danmark”), dijo que Dinamarca estaba más cerca de Italia que de México y sin embargo ella tenía galletas danesas en su casa, porque, igual que yo, las latas llegaban en barco. Me encantó escuchar eso de: “Igual que yo”. Pensé que mi tía respetaba mis juegos, sabía que cuando yo era un barco ¡lo era! Pero, apenas lo había pensado me di cuenta que mi tía confundía mi juego. Había dicho que igual que yo, las latas llegaban en barco; es decir, yo no era un barco, jugaba a que viajaba en barco. Eso me puso triste.
Pensé entonces que mi tía también imaginaba que cuando yo jugaba a ser un tren, en realidad, no era un tren, sino que jugaba a viajar en tren.
Mi tía era tan mala como lo eran los espejos. Cada vez que me miraba al espejo no miraba más que mi rostro. No podía ser barco, ni tren, ni avión, ni nube. El juego entre los pilares de la pérgola perdió sustancia.
No sé a qué jugaban los otros niños que caminaba por pérgolas. Una vez vi fotografías antiguas de Comitán, en una de ellas había una pérgola en el parque central, y en otra fotografía estaba una pérgola en el centro del parque de La Pila. Pensé que hubo un tiempo en que los parques eran como los patios centrales de nuestra casa común. Vi las fotos y miré que no tenían la belleza de la pérgola de la casa de mi tía. Le faltaban las flores, pensé que era un contrasentido que Comitán de Las Flores no tuviera un manteado de pensamientos y de esas florecitas que les llaman hueledenoche. Era un contrasentido que no hubiese árboles de tenocté sembrados al lado de la pérgola. Es un contrasentido que, en la actualidad, no haya árboles de tenocté en el parque central.
Tal vez hubo un tiempo en que los pueblos de México tuvieron pérgolas en sus parques. Hoy, los conceptos urbanísticos desecharían de entrada eso que podría ser tildado de armatoste.
Cuando vi las fotografías pensé si los niños jugaban, igual que yo, a que eran trenes o barcos, al pasar por en medio de los pilares. Pensé que sí, porque los niños tienen más semejanza en sus juegos que los adultos en sus trabajos. Los niños juegan juegos sencillos, los adultos juegan a que juegan juegos complejos. Tal vez por esto mi tía nunca creyó que cuando movía mis brazos como si fueran émbolos no imaginaba que viajaba en tren, ¡no!, yo era el tren, por eso de mi boca salía el sonido de los trenes y me deslizaba con la lentitud de los trenes que había visto en las películas en blanco y negro que exhibían en el Cine Comitán.
Un día desaparecieron las pérgolas que había en el parque central y en la plaza de La Pila. De igual manera desapareció la pérgola del patio central de la casa de mi tía. Mi tía murió. Los hijos se disputaron la herencia y dentro de ese pleito fraccionaron la casa y tiraron la pérgola porque ahí levantaron una barda que dividió la casa, como si fuera pastel.
No sé a qué jugaban los niños que jugaban en los parques de Comitán. Nunca lo sabré. Los niños de hoy ya no tienen esos espacios para jugar.

miércoles, 29 de agosto de 2018

CARTA A MARIANA, CON VARIOS PRESENTES




Querida Mariana: Cuando una persona lo piensa bien, reconoce que los mejores regalos de la vida infantil siempre los recibió de sus papás. Hoy, si lo permitís, hablaré de tres regalos que me dio mi papá: un muñeco de cuerda, un carro de pedales y una marimba. Los presentes me llegaron en diferentes momentos, primero fue el muñeco de cuerda, un conejito de latón, forrado con fieltro, en colores rojo y blanco (los conejos deben ser blancos), cuya gracia era que tocaba un tambor. Yo le daba cuerda y el conejito movía sus manitas, con ritmo de maraquero, y tocaba, con dos baquetas, un pequeño tamborcito. A mí me encantaba escuchar el sonido y ver el movimiento de las manitas. El movimiento era sostenido, hasta que se agotaba la cuerda y se quedaba, congelado, con un bolillo en alto y el otro sobre la superficie del tambor.
El carro era de pedales. Ahora los carros son eléctricos, los niños suben al auto, accionan el botón de arranque y se desplazan. Yo me subía al carro, tomaba el volante, ponía mis pies sobre los pedales y, casi casi, con el mismo movimiento que hacía el conejito de cuerda con sus manitas, lograba impulsarme. Ya sabés que crecí en una casa enormísima de cuatro corredores, por lo que el juego era divertidísimo, porque tenía una pista secuenciada. Como el frenado del auto era en automático al dejar de mover los pies, conducía con cuidado en medio de las macetas con helechos, de cajas con refrescos que siempre estaban amontonadas en los corredores. Daba una vuelta y otra y otra hasta que me cansaba. A veces (príncipe después de todo) llamaba a Víctor (el hijo de Sara, la sirvienta) y él ponía sus manos en la parte trasera del carro y lo empujaba. Yo disfrutaba el movimiento de los pedales que, sin mi esfuerzo, se movían a la hora que Víctor hacía el esfuerzo.
La marimba era estática, como son todas las marimbas del mundo. El conejito, con la cuerda, movía sus manitas y tocaba el tambor; el carro, con sus pedales, propiciaba el movimiento y me llevaba de un lado a otro. La marimba fue todo un descubrimiento, porque ahí, como si fuera yo el conejito, necesitaba mover las manos para que ocurriera algo.
Mi papá contrató los servicios del maestro De la Cruz para que me enseñara a tocar la marimba. El maestro llegaba por las tardes a la casa (tres veces a la semana). Con paciencia comenzó a enseñarme los rudimentos. Recuerdo que alcancé a interpretar Las mañanitas, no más. Una mañana le dije a mi papá que no me gustaba la marimba. Mi papá agradeció los servicios del maestro y arrumbó la marimba. Ahí quedó.
El conejito, con el uso, perdió su color blanco y tomó un color de durazno podrido. Un día se le desconchinfló la cuerda y no sirvió más. Ahí quedó.
Crecí y ya fue imposible que lograra caber en el carro, que era de color plata, como el de Santo. No lo usé más. Ahí quedó.
Lo que no quedó ahí fue el mensaje que todo presente conlleva, cuando es de padre a hijo. Entiendo que para aprender a tocar marimba me faltó cuerda. Mi papá me dio el instrumento, pero en mí estaba el aliento de echarlo a andar, de subirme y pedalear con toda el alma.
Sí, el mensaje era ese precisamente: Mueve las manos y los pies. Para que el prodigio se dé es necesario echarle cuerda a la vida. Ahí está el mundo. El mundo, como el carro de pedales, está esperando que alguien suba y comience a pedalear. A veces, sólo a veces (príncipes después de todo) cualquier persona puede hallar a alguien que le dé un empujoncito, pero la mayoría de veces es preciso que sea la propia persona la que mueva los pies.
Si hubiese comprendido la lección en ese momento, habría dejado que mi corazón guiara mis manos sobre el teclado de la marimba y ahora interpretaría canciones de manera magistral.
Ahí se quedó el conejito del tambor, ahí se quedó el carro de pedal, ahí se quedó la marimba. Ahí se quedan todos los objetos del mundo. Lo que no se quedó ahí, lo que es infinito, es el mensaje que, como estafeta universal, los padres pasan a sus hijos. A veces, los mensajes, como si fuesen pegatinas, van adosados a un objeto material, pero, la mayoría de veces, los mensajes de vida, que los padres transmiten a sus hijos, van enredados en un sencillo abrazo, en el dar la mano a la hora que el hijo se cae por no conseguir equilibrar la bicicleta.
Posdata: Como el personaje de la película “El ciudadano Kane”, todo mundo tiene en su espíritu la palabra “Rosebud”, palabra que, el hombre multimillonario, dice en su lecho de muerte. Todos los que han visto la cinta saben que “Rosebud” es la palabra que estaba impresa en el trineo con el que jugaba de niño. No hay nada más importante en la vida que el recuerdo del juego infantil; no hay nada más importante en la vida que evitar que el adulto asfixie el niño que fuimos, que somos, que debemos ser.