viernes, 10 de mayo de 2019

CARTA A MARIANA, CON UNA MONEDA EN LA FUENTE




Querida Mariana: La fuente del parque central es un lugar simbólico en Comitán. Se ha convertido en referencia y en un lugar de las citas. Con frecuencia se escucha que una amiga le dice a otra: “Nos vemos en la fuente.”
No se ha hecho costumbre, pero algunos visitantes, como si estuviesen en la Fuente de Trevi, en Roma, se paran de espaldas a la fuente y avientan una moneda. Recordemos que esta práctica fomenta la ilusión del regreso, quien avienta una moneda en la fuente garantiza el retorno.
Ayer, en la tarde, la fuente fue el lugar convocado. Cientos de mamás se dieron cita para festejar, en forma anticipada, el Día de la Madre. El Ayuntamiento Municipal invitó a las madres comitecas. La invitación, imagino, fue en estos términos: “Las esperamos en la fuente del parque central”, y cientos de mujeres acudieron. Les dijeron que habría rifas, ¡y acudieron!; les dijeron que habría marimba, ¡y acudieron! Acudieron cientos de mamá acompañadas de sus hijos, y muchas llevaron a sus esposos, y algunas solteras llevaron a su pareja y platicaron del día que sean mamás, mientras los novios tragaban saliva.
Todos los días, la fuente del parque central de Comitán se llena de decenas de palomas que, ¡dichosas!, detienen su vuelo y se refrescan con el agua. Ayer, en la tarde, las palomas buscaron los aleros del templo, porque ese espacio se llenó de mujeres que tuvieron un momento feliz. Bajaron desde Candelaria, desde la Cruz Grande, desde La Cueva; subieron desde El Cedro, desde Yalchivol, desde La Pileta; bajaron y subieron y el chorrito de la alegría se hizo grandote y se hizo chiquito. Fue un conjuro para que la fuente perdiera el mal humor que presagió don Gabilondo Soler. La fuente, esa tarde, tomó la cara amable que tenía el cielo de Comitán. Y no sólo fue la fuente, sino el entorno. El parque caminó más flor de jacaranda, más aroma de framboyán, porque en el escenario tocaba la marimba municipal y los ecos trepaban a los andadores del parque, ahí donde los muchachos del Cbtis 108 caminaban, bromeaban, ante los ojos de las personas que, sentadas en las bancas, disfrutaban una tarde limpia, transparente.
Al acto acudieron el presidente municipal y su esposa. En su mensaje, el presidente municipal felicitó a las mamás comitecas y les agradeció “por ser el motor de Comitán”. Todo mundo sabe que eso no es una mera declaración. Todo mundo sabe que las mamás son factor esencial para el buen desarrollo de las sociedades. Sin rémoras de Complejo de Edipo, los hijos saben que el cariño materno es insustituible. Medio mundo alaba los guisos de mamá, medio mundo recuerda (a veces con malestar absurdo) el cariño desmedido, la preocupación exagerada. Ellas siempre están pendientes para que los hijos no se malpasen en sus comidas, siempre lleven el paraguas, la bufanda, el suéter, la chamarra; siempre están recomendando que los hijos no lleguen tarde a casa, porque ellas (incluso las que laboran fuera de casa) regresan temprano al hogar, porque ellas son la flama del hogar, el leño para la chimenea fundamental.
Ayer, el ayuntamiento comiteco realizó un acto sencillo, pero lleno de vida. El espacio de La Fuente ¡se llenó! En las gradas y sillas, como dicen los clásicos comentaristas deportivos, no cabía un alfiler más. Los dos trompetistas y los dos saxofonistas estuvieron en primera fila del escenario, atrás estuvieron los marimbistas. Los sax y las trompetas rasgaban el aire tranquilo y lo ponían a bailar. El aire se movió como si sus dedos fueran lianas enredándose en el árbol de la vida. Contagiado (¡nadie podía resistirse!), el presidente municipal sacó a bailar a una mamá comiteca y ambos les sacaron brillo a las lajas ya un poco desgastadas de ese espacio simbólico de Comitán.
Allá en La Fuente había una manzana. Un día derruyeron la manzana y edificaron la fuente, que hoy es el lugar donde los comitecos se congregan.
A un lado del escenario, las autoridades colocaron una mesa de regalos, cientos de regalos, para la rifa. El maestro de ceremonias preguntaba qué deseaban las mamás y éstas, como un solo organismo, levantaban las manos y gritaban: “¡Rifa!”, y las manos “santas” sacaban el número ganador de la urna, mismo que era voceado. De inmediato, una mamá levantaba la mano con el boleto ganador y se paraba del asiento para ir por su regalo, que bien pudo ser una plancha, un cobertor, juegos de sábanas, extractores de jugo y muchos regalos sorpresa, porque estaban bien envueltos, como se hacía antaño, en papel de china. El doctor en derecho Javier Arias hizo notar que muchos de los obsequios estaban envueltos en bolsas de Liverpool, tienda que hace poco tiempo abrió una sucursal en esta ciudad.
El presidente municipal hizo notar que los cientos de objetos de la mesa de regalos habían sido otorgados por parte de los directores y coordinadores del ayuntamiento.
Posdata: El centro de Comitán, la tarde del nueve de mayo, estuvo lleno de vida. Las mamás estuvieron contentas, por un rato botaron la rutina y movieron los pies y las manos del espíritu al ritmo de la marimba; y sus ojos, como golondrinas, volaron con los bailables del grupo de danzantes de Tenam.
Por la noche, volvieron a sus casas, algunas (muchas) llevaban entre manos un regalo; todas llevaban en su corazón el sabroso recuerdo de un instante generoso, alegre.
Fue un acto sencillo, fue un acto sublime. Muchos desearon lanzar una moneda en La Fuente del parque central, para que estas rondas de vida sean constantes, permanentes.

jueves, 9 de mayo de 2019

CONOCIMIENTO EXTRAVIADO




No aprendimos la lección. Los niños de los años sesenta hacíamos el regalo del Día de las Madres. Sí, lo fabricábamos con nuestras manos. Cuando llegaba el mes de abril, el maestro de la escuela nos decía que elaboraríamos el regalo del diez de mayo y nos guiaba en su manufactura. Durante mi paso en la escuela hice varios obsequios que, sin falta, entregué a mi mamá el día de su día. Los niños de los sesenta cantábamos las mañanitas, abrazábamos a nuestras mamás y les dábamos el regalo que habíamos hecho, especialmente para ellas. Ellas, ¡claro!, humedecían sus ojos y ablandaban sus corazones y nos agradecían todo.
Eran cosas sencillas, actos mínimos.
Cuando salí de primaria y entré a la secundaria los maestros guías de regalos desaparecieron por arte de magia. Como ya no era un solo maestro sino muchos, uno por cada materia, cada uno de ellos exigía el avance de su programa. ¿Cómo perder el tiempo en clase de matemáticas si apenas alcanzaba el año para ver completo el programa de álgebra? ¿Qué tenía qué ver el Día de la Madre con el Día de la Independencia, en clase de Historia de México? Ya no había una clase donde recortáramos papelitos y usáramos resistol. Así que decidí hacer, por cuenta propia, el regalo para darle a mi mamá. Fue, como siempre, un detalle sencillo: Fui a la Proveedora Cultural, compré una cartulina blanca, misma que corté en cuatro pedazos, uno de éstos lo doblé a la mitad y con ello logré un cuadernillo, en cuya portada hice una ilustración y en el interior redacté un textillo sencillo y breve, pero con toda la emoción de hijo agradecido a madre bondadosa.
Dibujé como portada el clásico cuadro de la madre que sostiene a su hijo en brazos, un poco como el cuadro que pintó Picasso, en su época azul, pero que yo convertí en un Picasso de época cubista, porque los ojos de la madre me quedaron chuecos, uno más arriba que el otro, y sus manos eran como guantes de boxeo. Después de hacer el boceto, tomé la caja de colores (cajita de doce) e iluminé el dibujo (siempre me ha gustado esta expresión: ¡iluminé el dibujo! Iluminar un dibujo es un acto supremo de vida.) Cuando terminé el dibujo, abrí el folleto, tracé unas líneas con lápiz y regla y escribí lo que mi corazón dictó, lo escribí con letra manuscrita, clara, legible (nunca he tenido letra fea).
Y la mañana del Día de las Madres, canté las mañanitas, abracé a mi mamá y le di la tarjeta que había hecho especialmente para ella (tal vez acá convenga decir que la hechura de esos regalos significaba un doble placer, porque me entretenía haciéndolos y me satisfacía saber que los hacía para ella).
No sé en qué momento extravié el conocimiento. Un día me encontré en un almacén comprando un chunche cualquiera para mi madre, como hacía la mayoría de mortales en el pueblo.
No aprendimos la lección. Los maestros nos habían enseñado que, para ellas, nada era más importante que un pequeño detalle hecho con nuestras manos.
Los publicistas saben que los seres humanos caemos, muy rápido, en las redes que ellos nos tienden, saben que los seres humanos somos frágiles, y si vemos que en la televisión aparece un anuncio en el que la madre nos dice que desea un teléfono celular, porque con él será feliz, hipotecamos nuestras quincenas con tal de satisfacer ese supuesto deseo. ¿En realidad la madre necesita eso para ser feliz? No lo sé. Yo ¡qué voy a saber! Pero algo intuyo, intuyo que mi mamá fue feliz por un instante, el instante en que yo le cantaba las mañanitas, la abrazaba y le entregaba un detalle hecho con mis manos, un presente único, en el que había destinado horas y horas que fueron exclusivas para ella.
Tal vez mi mamá no recuerde esa carpeta hecha con cartulina blanca. No hay necesidad que lo recuerde. A final de cuentas, las mamás también olvidarán los celulares, los vestidos, los zapatos y los autos. Los hijos también olvidarán el momento en que entraron a la agencia de autos y compraron un beatle para la madre.
Lo que nunca olvidamos los niños de los años sesenta, fueron los momentos que, en un banco de carpintero, colocado en un lado de la cancha, el maestro, con una segueta, nos enseñó cómo calar la hoja de triplay para hacer el servilletero que, un año de hace años, entregamos a nuestras mamás el Día de las Madres.
Por eso digo, ¡qué pena!, nos olvidamos de esa lección. La botamos, como se botan todos los presentes que los hijos regalan a sus madres. Los chunches se desgastan. Todo se desgasta. Es una pena que olvidemos lo verdaderamente perdurable.
Ángel dice que se vale dar presentes a las madres cualquier día del año. Cualquier día, el hijo debe aparecer con un presente: un vestido, un perfume, una flor, una blusa, un par de zapatos, un celular, un auto. A la madre, dice Ángel, hay que sorprenderla en el instante menos esperado, pero el Día de la Madre, dice él, hay que abrir las manos y entregar el corazón, ¡no más, no menos! Eso dice Ángel, tal vez recuerda alguna enseñanza que pepenó en la escuela primaria donde estudió hace cuarenta y tantos años.

miércoles, 8 de mayo de 2019

CARTA A MARIANA, CON UN CANASTO LLENO DE CREACIÓN




Querida Mariana: Luis Aguilar, el escultor comiteco, presentó, hace años, la obra “Día Marcado” en Japón. En aquel país obtuvo un premio por la creatividad de su propuesta artística. ¿Sí sabés a qué obra me refiero, verdad? A la escultura que está en el parque central de Comitán, la que tiene dos mujeres y que los comitecos bautizaron como “Las dos Lolas”. Una de las figuras muestra a una mujer que lleva un canasto sobre su cabeza. ¿Qué vende esa mujer? ¿Vende tzolitos? ¿Vende flor de calabaza? ¿Vende chayotíos? Si alguien dice que ella lleva a Comitán sobre su cabeza ¡no estaría equivocado! Ella es como la síntesis de una parte esencial de la cultura comiteca.
Ayer, en el teatro de la ciudad, hubo un foro informativo que tuvo el título “Comitán rumbo a la Red de Ciudades Creativas de la UNESCO”, organizado por el Ayuntamiento comiteco.
¿Sabías que existe un proyecto para impulsar a Comitán como Ciudad de la Literatura y la Palabra? Una de las ponentes, Margarita Teresa Torres, expresó que “Comitán puede ser ciudad creativa en literatura”; es decir, de hecho Comitán es un canasto de lleno de creación literaria, escoltada por su faro mayor: Rosario Castellanos, pero ahora las autoridades elevarán la propuesta para que la ciudad sea reconocida por la UNESCO, ¡nadita! ¿Es posible? Es un sueño que debe apoyar e impulsar la sociedad civil.
Otra ponente, Andrea Gómez Zárate, explicó que la UNESCO ha reconocido a 180 ciudades creativas en más de 60 países. Esta distinción hace que se fortalezca la cooperación internacional, asimismo impulsa la creación y la innovación. Hasta el momento, las ciudades que en el mundo pertenecen a la Red de Ciudades Creativas en el rubro de literatura ¡son 28! La tarde de ayer, en el teatro, los asistentes se enteraron que Comitán puede ser la número 29. ¿Por qué no?
Miroslava Santillana, quien es chef, compartió su experiencia al participar en diversas ferias gastronómicas, porque, no sé si sabes, San Cristóbal de Las Casas está reconocida por la UNESCO como Ciudad Creativa en Artesanía y Arte Popular. Las autoridades y la sociedad civil de aquella entrañable ciudad chiapaneca impulsaron la propuesta y, después de dos intentos, fue reconocida con tal distintivo. Esto, tal como lo comentaron las conferenciantes, permite a San Cristóbal tener una serie de intercambios culturales con las demás ciudades del mundo.
¿Qué hacen las ciudades que han sido elegidas para formar parte de la Red de Ciudades de la Literatura? Pues lo mismo, impulsan actividades que permiten que sus sociedades se fortalezcan en el río de la palabra, de la imaginación y de la creatividad. Hace que el mundo vuelva su mirada hacia esos territorios. ¿Sabés qué hacen en Montevideo, Uruguay? Promueven La Noche de las Librerías; es decir, durante toda la noche están abiertas las librerías que impulsan ventas con descuentos y actividades especiales. Los uruguayos y visitantes ya se han acostumbrado a tal acto, lo esperan con ansia y lo disfrutan. ¿Imaginás qué prodigio? ¿Sabés qué hacen en Praga? Impulsan residencias artísticas. Estos circuitos son promocionados en todo el mundo, porque estas ciudades pasan a formar parte de una Red de Ciudades que están reconocidas como impulsoras del arte literario.
Así como San Cristóbal de Las Casas está reconocida como Ciudad Creativa en Artesanía y Arte Popular; Guadalajara fue aceptada como Ciudad Creativa en Artes Visuales; Ensenada, como Ciudad Creativa en Gastronomía, Morelia, como Ciudad Creativa en Música. ¿Imaginás a Comitán aceptada por la UNESCO como Ciudad Creativa en Literatura?
Llamó la atención un concepto que emplearon las ponentes: “Contaminación creativa”. Por lo regular, el término contaminación se emplea en forma negativa. En este proyecto existe un cambio de paradigma, existe la convicción de que las sociedades pueden contaminarse con el acto creativo. ¡Es cierto! Si los niños crecen en campos donde la siembra es permanente, de grandes serán sembradores; si los niños crecen en espacios donde vean actos creativos, de grandes serán ¡grandes creadores!
Posdata: Margarita Teresa Torres dijo que “Cada ciudad tiene su propio sello”, lo dijo la tarde de ayer, ante la sociedad civil y autoridades (la maestra Luz María Recinos, Síndico municipal; licenciada Karen Fabiola Sánchez, directora de turismo y economía; y licenciada Mónica Guillén, regidora, coordinadora del foro). El sello luminoso de nuestra ciudad, su vocación, puede ser la literatura y la palabra. La ciudad posee dos faros egregios: Rosario Castellanos y Belisario Domínguez. ¡Uf, somos un pueblo privilegiado! Sólo falta impulsar y apoyar la iniciativa y darlo a conocer al mundo.
¿Qué ofrece la canastera comiteca? Ofrece la luz de la palabra, con el cantadito proverbial. ¿Merca’sté palabras?

martes, 7 de mayo de 2019

CUENTO: A LA VUELTA DE LA ESQUINA




Roberta me contó el cuento, bueno, parte de él. Ella y yo estábamos en la cafetería, al lado de una vidriera, viendo la calle. Cuando pedimos dos cafés, pasó un hombre frente a nosotros, con un saco arrugado y un libro debajo del brazo. Se parecía a Woody Allen. Si hubiésemos estado en Nueva York habría jurado que era él, pero estábamos en una cafetería de San Cristóbal de Las Casas. ¿Podía estar de vacaciones, igual que nosotros? No, dijimos. Si fuera él ya todo mundo estaría pidiéndole autógrafos, tomándose la foto del recuerdo, la selfi.
Cuando el mesero dejó los dos cafés sobre la mesa, Roberta tomó un sobre de azúcar, lo vertió sobre su café y me preguntó si había leído el cuento de Eusebio Rubio, el cuento que cuenta la historia de los clones. Hice memoria y dije que no, agregué que nunca había leído algo de ese autor, ¿Eusebio Rubio?, no, no me sonaba.
Roberta probó su café, dijo que estaba rico. Dejó la taza, prendió un cigarro (estábamos sentados en zona de fumadores) y dijo que se había acordado del cuento ahora que habíamos visto a ese hombre que se parecía, brutalmente, a Woody Allen.
¿Qué me contó Roberta? Una historia simple. Roberta dijo que el cuento de Rubio cuenta la historia de un asesinato. Comienza con una nota roja de un periódico amarillista: “Asesinato sangriento. Fue descuartizada doña Elodia Sánchez de Vineiro. Ayer, a las cinco de la tarde con veintidós minutos, la autoridad policial recibió una llamada telefónica anónima: había sucedido un hecho sangriento en la casa marcada con el número treinta y cuatro, de la calle Azucenas y Violetas, de la colonia El pocito. La autoridad se dirigió de inmediato al domicilio citado, encontrándose con una escena dantesca: la citada señora, de ochenta y dos años de edad, viuda, única habitante de la residencia, estaba descuartizada sobre la cama, uno de sus brazos colgaba como brazo de títere y su cabeza había sido colocada sobre el buró, al lado de una estampita de la Virgen de Los Remedios.”
El cuento continuaba relatando que la policía levantó el cadáver y, de inmediato, revisó la cámara de seguridad de la esquina. ¡Bingo! Ahí estaba el rostro del tipo que, a las dos de la tarde con treinta y ocho minutos, había entrado a la casa. El tipo, de guayabera blanca, pantalón negro, lentes oscuros, portafolio de cuero y peinado de raya en medio, tocó el timbre, la señora abrió, lo abrazó y le franqueó el paso. Era alguien conocido. Acercamiento a la imagen, contraste con archivo fotográfico y, ¡oh, sorpresa!, era el hijo único de doña Elodia, gerente de una tienda de electrodomésticos en el centro de la ciudad. El comandante se presentó en forma personal en la tienda y arrestó a Armando Sánchez Sánchez, acusado de asesinato de su señora madre. Él negó los cargos. Se sorprendió ante la noticia de la muerte de su mamá, se desplomó sobre la silla, colocó sus manos en el rostro y lloró.
Al día siguiente, el periódico sensacionalista, a ocho columnas, anunció: “¡Hijo ingrato asesinó a su madre!” y dio a conocer los detalles de las pesquisas.
El supuesto asesino fue condenado. El abogado insistió en la inocencia de su cliente y llevó pruebas antropométricas en las que demostraba que el asesino era diez centímetros más alto y tenía más masa muscular, además, su cliente no tenía el pequeño tatuaje que el asesino mostraba en la mano derecha, tatuaje que era como una araña casampulga.
Once días después, el caso fue sometido a revisión y los peritos determinaron que el abogado de Armando tenía la razón. Armando logró comprobar que a la hora del asesinato había estado en una reunión con clientes de Chihuahua, las cámaras del restaurante comprobaron el dicho y Armando fue inculpado.
¿Quién había sido el asesino, entonces? Los peritos revisaron con mayor atención los videos y descubrieron que, en la base del cuello, había una ligera protuberancia que resultó ser la base de una máscara. El rostro del hijo de la viuda había sido copiado en una impresora en tercera dimensión, con tal precisión que nadie, hasta entonces, pudo haber jurado que el tipo no era el hijo de la asesinada. ¡Era un clon idéntico! Jamás habían visto algo semejante. Hay muchas máscaras que emplean en desfiles que imitan a políticos o actores de cine, pero son trabajos burdos. La máscara que llevaba el asesino calzaba como una media, y nadie, salvo expertos, podía darse cuenta del engaño.
Roberta me tomó la mano y preguntó qué me había parecido el cuento. Le dije que estaba bueno, pero ¡incompleto! Había muchas preguntas sin resolver. ¿Quién, entonces, había asesinado a la mujer? ¿Un ladrón? ¿Había robado sus joyas? No, dijo, Roberta, el asesino nada se llevó. ¿Entonces?, pregunté, ¿fue un caso de venganza? ¿Contra la mujer? ¿O contra el hijo para culparlo? ¿El hijo estaba casado o qué?
Roberta dijo que no recordaba el final. ¿Cómo?, le dije. Sí, dijo ella, solicitando con la mano en alto la presencia del mesero para pedir la cuenta. Me vio a los ojos fijamente y dijo que recordaba el cuento porque le había impactado la posibilidad de que, en algún instante, estuviera frente a alguien que no fuera quien ella creía que fuera.
¿Lo imaginás?, me preguntó. Imaginá, por favor, que en este momento no soy yo, sino otra chica que tiene una máscara de látex que reproduce todos mis rasgos físicos, con tal precisión que no te das cuenta del engaño. ¿Imaginás que alguien suplantara al presidente de la república?
Le dije que el cuento era simple, pero, la posibilidad de suplantar identidades con tal precisión, era algo aterrador.
Ella dijo que no está lejos que el mundo sea así. Dijo que ha visto en documentales que las impresoras en 3D hacen pistolas, ¡pistolas de verdad, como si fueran de juguete!
Pero, ¿en qué terminó el cuento?, volví a preguntar. ¡Ah, no sé, no recuerdo!, dijo, parece que la policía se fue con la pista del tatuaje de la araña y dicha investigación llevó a los agentes a una imprenta, donde trabajaba un muchacho que había sido empleado de Armando. Parece que el asesinato era un acto de venganza, por alguna razón, tal como dijiste, dijo Roberta, a la hora que abrió su bolso y pagó los cafés. En ese momento, a la hora que Roberta se volvió para pagarle al mesero, el hombre parecido a Woody Allen pasó de regreso, por el andador. ¡Era idéntico!
Nos levantamos, cuando caminábamos con rumbo a la terminal de autobuses, Roberta se paró de manera abrupta y dijo: “¡Ya me acordé! A la hora que el comandante le iba a colocar las esposas al muchacho del tatuaje, supuesto asesino, se llevó las manos a la base del cuello y comenzó a quitarse una máscara. ¡No era él, sino era otro!
¿Quién?, le pregunté a Roberta. ¡Ay, no recuerdo!, dijo ella, y me prometió que buscaría el libro donde venía el cuento.
Hasta la fecha no ha cumplido y yo, por más que he buscado un libro de ese autor ¡no lo he hallado!

lunes, 6 de mayo de 2019

UN DÍA CORTADO A LA MITAD




“Se me fue el día”, dijo doña Sebastiana. Lo dijo, mientras levantaba los platos sucios de la mesa; lo dijo, mientras la tarde se asomaba rotunda por la ventana, ya eran más de las seis de la tarde. Después de levantar los trastes, llevarlos al fregadero, lavarlos y secarlos, doña Sebastiana se secaría las manos con el mandil amarillo, entraría a su recámara, buscaría la bolsa con las oraciones y sacaría la que correspondía a la novena de San Juan de Dios, que el padre Jesús decía que era el santo abogado de los libreros.
“Se me fue el día”, volvió a decir doña Sebastiana. Lo dijo moviendo las manos con apuro, como si quisiera moler el aire.
Sí, el día se va, todos los días se van. Doña Sebastiana no se dio cuenta de cómo pasó de jugar trastecitos en el sitio de la casa, a jugar trastes en el fregadero; no se dio cuenta, bien a bien, cómo dejó de jugar a las muñecas para pasar a ser la muñeca de Antonio, de Julián y de varios más que se enamoraron de ella, de su forma de andar, de sonreír, de besar.
Con el día se va la vida, también. Hace cuatro días, Julián (así lo bautizó, en recuerdo del novio que tuvo) dejó de vivir, como si fuera un foco se apagó y dejó de dar luz. Doña Sebastiana le pidió a Pilo que hiciera un hoyo en el sitio, al lado del árbol de durazno, y enterrara al gato. En cuanto Pilo entró a la sala y le dijo que Julián estaba tranquilo bajo tierra, doña Sebastiana llevó un poco de agua bendita y la regó sobre el promontorio fresco. A Julián se le fue la vida con el mediodía.
Los días se van y no lo percibimos en forma cabal. El padre Carlos, a la hora de acostarse, hacía un recuento de lo hecho en el día, de esta manera (decía) lograba aprehender retales de lo vivido. Muchos escritores acostumbran escribir Diarios, es la forma de detener esos hilos que se vuelven agua, se evaporan al instante.
“Se me fue el día”, dijo doña Sebastiana, y metió los pies en una batea con agua caliente y sal de mar, cerró los ojos hinchados y buscó en su memoria qué había sucedido ese día, un día que, como liga, se había extendido al máximo y luego se había cortado en su parte media.
Los días se van como se va la voz del mendigo, como se va el ruido del bastón del anciano, como se va el golpe que rasga la cara del delincuente. Los días se van como se van los hijos, como se diluye el humo del cigarro a media noche, como se deshace el nudo de la corbata, como se esconde el cabello en la cabeza del veterano que regresó de la guerra, como se acaba la cerveza o el amor.
¡Se nos va el día! Por esto, es preciso jugar a agarrarlo, abrir la mano y coger el aire, sólo para tener la impresión de que lo atrapamos, aunque exista la certeza que, al abrir la mano, el aire, el día, volará, como la mosca que atrapamos.
Por esto, para que el día no se vaya y se convierta en nada, es preciso hacer un recuento de lo vivido, tomar mil selfis, escribir mil líneas con los actos del día, abrazar mil veces, besar mil veces, soñar mil veces, antes de morir mil veces.
Para que el día no se vaya al albañal de mierda es preciso ahuecar la mano sobre la mesa, colocarse el sombrero sobre la cabeza, ponerse el abrigo, mirar el cielo, prepararse un güisqui con hielo, mirarse al espejo, prender un habano, estrenar un vestido, dar de comer a las palomas del parque, montar bicicleta, cantar una aria, pintarse los labios, besar, llevar al perro a casa de la abuela, hacer muecas, ir al museo y quedarse treinta minutos frente a un cuadro de Modigliani, orinar al aire libre, mientras cae una llovizna, ponerse en puntillas y hurgar en la ventana del cuarto de una muchacha bonita, masturbarse a mitad de la noche, reír, reír mucho, echarse un pedo en alguna capilla vacía, comer una pizza, cambiar un foco que no esté fundido, abrir la ventana y gritar: ¡Cotz!, en plena madrugada.
Para que el día no se vaya sin dejar huella es preciso que el sol bese nuestra piel a las ocho de la mañana, es necesario oler el cuello de la mujer amada, hincarse en el oratorio, prender una veladora, mirar un juego de béisbol en la tele, rascarse los huevos, guiñar con el ojo izquierdo, eructar después de comer algo rico, tomar una cerveza, con tsizimes de botana.
Para que el día no se vaya, hay que aprender a mimarlo como a una mascota; chasquear los dedos y llamarlo, para que el día no se trepe a los tejados; hay que entrenar al día para que, como gato, se eche sobre su almohadón y duerma sin prisa; hay que acostumbrarlo a la querencia, a que no tenga ideas revolucionarias, a que decida quedarse en casa para siempre, sin andar con el desasosiego del viajero, del sueño pendejo del que quiere ir a recorrer el mundo. Para que el día no se vaya es necesario esconderle las maletas, consentirlo siempre, prepararle la comida que le gusta, calentarle el café, darle su té de limón, bien calentito y besarle los labios y el pecho.
“Se me fue el día”, dijo doña Sebastiana, y se pasó las manos por los ojos y luego los cerró y dijo que estaba cansada, que ya era hora de ir a la cama, para, al otro día, volver a lo de siempre, a lo de todos los días.

sábado, 4 de mayo de 2019

CARTA A MARIANA, CON ESPERANZA INCLUIDA




Querida Mariana: Dicen que las comparaciones son odiosas, pero ahí tenés a medio mundo haciendo comparaciones por cualquier tema. El maestro Javier compara la educación en México con la educación que se imparte en Finlandia; Romeo compara el nivel competitivo de la selección de fútbol de Francia con la rascuachita (así lo dice) selección de México. En fin, las comparaciones son todo lo odiosas que querás, pero medio mundo las usa para ejemplificar diversos estados de desarrollo y, tal vez, ser un acicate para que el otro, el jodidito, le eche más ganas.
Y digo esto, porque en Comitán, a cada rato, comparamos nuestra ciudad con la ciudad de San Cristóbal de Las Casas, a cada rato sacamos a brillar la fábula de las cubetas y de los cangrejos, que se aplica en todo el mundo para ejemplificar la diferencia entre un país educado en el espíritu colaborativo y otro país díscolo e irresponsable. ¿Recordás la fabulita? La fábula cuenta que un compa estaba en una playa chiapaneca con dos cubetas, una tenía tapa y la otra no. En ambas cubetas echaba los cangrejos que atrapaba. Se acercó una muchacha bonita y le preguntó por qué una cubeta tenía tapa y la otra no. “Ah, porque en una meto los cangrejos coletos y en la otra los cangrejos cositías”, y explicó que en la cubeta con tapa colocaba los cangrejos coletos, porque éstos se montan unos sobre otros y se ayudan a salir, en cambio, los cangrejos cositías no necesitan tapa, porque en cuanto ven que uno quiere salir los demás lo jalan hacia abajo. ¡Ay, qué fábula tan cruel! Pero, muchos dicen que la historia sí está bien aplicada y la comparación asoma: Los habitantes de San Cristóbal de Las Casas han sido educados en el espíritu colaborativo y los comitecos ¡no!
Por eso, ahora te contaré algo que sucedió en los últimos días y que demuestra que el espíritu colaborativo también está presente en el espíritu de Comitán. Es algo sencillo, pero puede servir como ejemplo para comenzar a realizar las grandes transformaciones que se merece nuestro pueblo.
A ver, comienzo por el principio de la historia, aunque resulte un poco fastidioso o medio mamilón. Hace años comenzaron las redes sociales y éstas llegaron a las casas comitecas, de igual forma que llegaron a casas del mundo entero. Este acto que ahora se cuenta en forma simple significó que los de acá estuvieran en contacto con los de allá y decir allá significa decir ¡todo el mundo! Vos, igual que yo, igual que millones de personas, tenés posibilidad de estar en contacto con amigos y familiares (incluso desconocidos) de todos los países. Yo, así de manera modesta, digo que jamás imaginé que iba a tener una amiga en Francia que se comunica conmigo todos los días, en forma instantánea. Gracias a las redes sociales el mundo se comunica con el mundo. Francisco Domínguez, un comiteco que radica actualmente en San Luis Potosí, vio las posibilidades enormes de esta herramienta y decidió crear una página que se llama: “Imágenes históricas, leyendas y personajes de Comitán”, que persigue el objetivo que dicta su nombre: Que los amigos compartan imágenes históricas, leyendas y testimonios del pueblo común: Comitán. Dicha página del Facebook tiene miles y miles de amigos y muchos de éstos han comprendido la idea original y comparten fotografías del Comitán antiguo y cuentan leyendas escuchadas de sus abuelos y redactan testimonios de personajes simbólicos de este pueblo (hay otros, nunca faltan, que suben anuncios comerciales o sustancias sin sustancia. ¡Nunca faltan!)
Y digo esto, porque hasta en las redes sociales se pueden establecer comparaciones. Hay sociedades que las emplean para el desarrollo común y hay otras que les destinan un uso irrelevante. ¿Qué hacen los alumnos en Finlandia con su celular? ¿Lo mismo que hacen los alumnos mexicanos?
La página de “Imágenes históricas, leyendas y personajes de Comitán” tiene un objetivo superior: Que los comitecos encontremos nuestra identidad a través de testimonios compartidos. Recordemos la frase trillada de que un pueblo sin memoria es un pueblo en proceso de extinción.
Y ahora llego al instante en que los comitecos actuaron como cangrejos semejantes a los de San Cristóbal de Las Casas. ¡Increíble! Alex Hiram Morales Torres (quien la próxima semana tomará protesta como cronista perteneciente al Consejo Municipal de la Crónica) recibió la invitación de las autoridades del INAH (Instituto Nacional de Antropología), de Comitán, para participar, el pasado 2 de mayo, en un ciclo que tiene un nombre bello: “Noches de CafeINAH”. Alex participó con una charla que denominó: “Bellas en el tiempo”, que fue un repaso de las bellas comitecas que han ostentado el título de reinas (las que lo fueron en las celebraciones de las fiestas patrias y las más recientes de la feria de agosto). Alex, como debe ser, en forma humilde y atenta, solicitó apoyo a los comitecos, para que aportaran datos y fotografías de dichas reinas, y así su charla fuera lo más completa posible. ¿Qué creés? Pues que los amigos de la página comenzaron a subir muchas fotos inéditas. Esto hizo que, en menos de diez días, Alex tuviese un archivo muy rico y que, sin duda, sirvió para que la noche de su exposición fuera disfrutada por todos los asistentes.
Veo en este acto mínimo un acto de grandeza, un acto de solidaridad, de desprendimiento, porque (habrá que decirlo) hay muchos compas que siguen con el síndrome del cangrejo jalapatas. Acá, en forma sencilla, medio mundo apuntaló a Alex, le ayudó a salir de la cubeta, se solidarizó para que asomara la cabeza. Con esto ¡ganamos todos!
Llamó mucho mi atención, en forma especial, la aportación de Gustavo Armendáriz Guerra, quien, sin duda, heredó el talento memorístico y la curiosidad histórica de su señor padre. ¡Ah, bárbaro! Con qué generosidad, Gustavo compartió su archivo personal (fotográfico y nemotécnico). Se cuenta (no sé si sea parte del mito) que el papá de Gustavo estuvo a punto de participar en el programa televisivo “El gran premio de los sesenta y cuatro mil”, que era conducido por Pedro Ferriz (papá). La leyenda cuenta que Gustavo Armendáriz (papá, ex gobernador de Chiapas) participaría con el tema: Vida y obra de Belisario Domínguez. Por alguna razón don Gustavo ya no participó. Si lo hubiera hecho habría ganado, porque él era un experto en la vida y obra de nuestro prócer, así como era un experto en la historia de nuestro estado. Ahora su hijo se muestra como un gran conocedor de los vericuetos de nuestro pueblo y como un generoso amante de Comitán.
Muchas otras personas subieron fotos y aportaron datos; es decir, muchas manos ayudaron a que otro comiteco tuviese información para compartir con los demás. ¡Así se construyen las sociedades!
Digo que fue un ejemplo sencillo, pero fue un acto nobilísimo.
Las comparaciones son odiosas, pero existen y funcionan, porque son ejemplo de cómo las grandes sociedades han crecido. Las grandes sociedades crecen con la participación activa de todos sus integrantes, a favor de causas nobles y benéficas. Quien se reserva datos de interés común y no los comparte es cangrejo envidioso.
¿Quiénes salvaguardan la identidad de Comitán? ¿Sólo los cronistas oficiales? ¡No! La identidad de Comitán está en manos de todos los comitecos, somos los comitecos quienes reconocemos nuestros principios y valores.
César Canales es un fotógrafo que labora en el Ayuntamiento Municipal. ¿Recordás que un día te conté que él me tomó una fotografía muy bella que subí en mi perfil de Facebook? Su calidad fotográfica acaba de ser reconocida con el primer lugar en el Tercer Concurso de Fotografía “Comitán y su magia”, organizado por la revista digital Mira Quién. El otro día, los usuarios de Facebook pudimos leer un reportaje del boxeador comiteco “Monito Aguilar”. El reportaje es estupendo, tiene excelente redacción y fotografías de gran calidad. ¿Sabés quién hizo ese trabajo? ¡César! Sí, al César lo que es del César y adiós ¡que te vaya bien! César apuntala nuestra sociedad. Ahora, en nuestro pueblo, hay una gran cantidad de fotógrafos de calidad en nuestro pueblo, y veo que ellos se ayudan, se dan tips, fortalecen su trabajo creativo. Esto me da mucho gusto.
Posdata: En la Ciudad de México existe la calle de República de El Salvador. Recuerdo que ahí hay muchas tiendas de chunches electrónicos. Quien necesita un chip sabe que ahí lo encontrará, si no en una, en otra o en otra tienda, porque hay muchas.
En Comitán, la gente odiaba que alguien abriera una farmacia frente a otra. ¡Cómo se atrevía! Bueno, ahora, un grupo de indígenas chamulas (sí, de los Altos de Chiapas) ha abierto una serie de florerías, una al lado de la otra, en la calle que sube al templo de Guadalupe. ¿Se hacen competencia? Por supuesto que sí, una sana competencia. Pero la gran ventaja es que el comiteco que necesita un arreglo floral, por la causa que sea, sabe que ahí es la zona de florerías. Los chamulas han hecho una zona floreciente. Acá hay otra lección, sencilla, pero grandiosa.

viernes, 3 de mayo de 2019

CARTA A MARIANA, CON UN MURAL AZUL




Querida Mariana: Los chiapanecos saben que el turulete es un dulce hecho a base de maíz, que tienen forma de rombo.
Los comitecos saben que Turulete, también, es el nombre de un espacio cultural y artesanal, que tiene forma de sueño.
Desde hace varios días, en la entrada del Turulete comiteco, existe este mural. Quien entra es recibido por esta imagen que está complementada con un fragmento poético de Samuel Guillén, poeta y artista plástico.
“¿Quién eres pues, caminante?, que cuando te miro me dan ganas de cantar…”
La persona que entra se detiene y puede pensar que el fragmento está dedicado a ella, que las palabras de Samuel están destinadas a su ser, que es el poeta (o el universo) quien le pregunta quién es. El caminante puede, entonces, hacerse la pregunta para tratar de responder, para saber por qué cuando entra a ese espacio, al poeta (al universo) le dan ganas de cantar. ¿Mirás el prodigio enredado en esta pared? ¿Mirás lo que provoca el arte?
Te invito a que juntos imaginemos la escena en la que vos caminás por la calle de la primaria Matías de Córdova y te golpeas la frente, en forma leve, porque recordás que en tu cocina faltan tostadas de nopal. Cruzás la calle y entrás al Turulete para comprar las tostadas en la Huerta Urbana (tu prima Alhelí está fascinada con estas tostadas, porque están bien ricas, son nutritivas, y tres de ellas equivalen a una normal). Entonces, el prodigio asoma, porque esos azules intensos jalan tu mirada hacia la pared izquierda. La imagen es seductora. Leés el fragmento poético, pensás que te gusta lo que ahí ves, y te decís que, a la salida, te detendrás un rato más, porque ahora entrarás a comprar antes que cierren el local, porque ya es tarde.
No sólo comprás tostadas, también comprás unos palitos que a tu mamá le encanta comer con miel. Pagás, deseás buena tarde a quien te atiende. Caminás hacia la salida. Caminás de manera diferente a como lo hacías antes de que este mural apareciera. Caminás pensando en que te detendrás tantito, porque la imagen lo merece, porque vos lo merecés.
Sí, ahí estás de nuevo, parada ante ese mural azul, azul intenso. Ves con atención los detalles que pintó el artista (joven pintor, egresado de la UNICACH). El artista te regala el rostro de una niña que se convierte en máscara y sale de sí misma; la mano que, en forma de cuna, recibe o emite burbujas lumínicas, el ave que (detenida en el vuelo) lleva una hoja de mirto en el pico, el pájaro que (a espaldas de la niña, como extensión de su cabellera) canta el misterio de la tarde, y volvés a leer el fragmento y mientras lo leés identificás que la pregunta está dirigida a vos, sólo a vos, a vos que te detuviste un instante frente a esa pared azul. ¿Quién sos? ¿Por qué cuando el poeta (el universo) te mira, le dan ganas de cantar? El poeta canta ¡por vos!, por cada persona que entra a ese espacio y se detiene ante el mural.
Sí, el arte hace prodigios.
Ahora imaginá que la pared sigue blanca, como estuvo hasta antes de este mural. Las personas entraban al Turulete y nada interrumpía su prisa, nada le sembraba una rama de luz.
La niña del mural tiene los ojos cerrados y extiende la mano. Tiene los ojos cerrados, porque la luz está frente a ella, emerge de sus manos. Se sabe que para conectar el espíritu con el río universal es preciso cerrar los ojos.
Cuando el caminante lee y ve, cierra tantito los ojos y recibe ese injerto de energía que es vital para continuar en el camino.
El fragmento fue escrito para que vos lo leyeras, para que lo leyera cada caminante que entra al Turulete. En abril de 2019 una plantita creció en esta pared, una plantita azul; ahora, esta plantita, es regada por decenas de miradas que se detienen tantito, antes de entrar a ese espacio cultural y artesanal.
Posdata: ¿Quién sos? ¿Por qué cuando te miran les dan ganas de cantar? Todo canta a tu alrededor, porque vos sos la emoción sobre la cuerda, vos sos la que genera las burbujas de luz. Vos sos el universo, vos sos la caminante que se detiene ante este mural azul.

jueves, 2 de mayo de 2019

CARTA A MARIANA, CON UNA CANCIÓN PARA CANTAR A LAS SEIS DE LA TARDE, UN JUEVES CUALQUIERA




Querida Mariana: Elegí el jueves para desgranar el sol y sembrar luz en tu patio, en tu patio lleno de albahaca, lleno de aleteos de colibrí.
Mi abuela regaba las flores a las seis de la tarde. Los corredores de la casa se estiraban al contacto con el agua, como si fuesen muchachas ensanchaban sus deseos y humedecían sus partes. La abuela sonreía, mientras caía el agua y Pedro Infante cantaba desde la sala.
El jueves tiene el privilegio de ser el día menos mencionado. Los zopilotes, porque el cuerpo lo sabe, vuelan en círculos los viernes y sábados; los lunes son abucheados por los cuervos y los cenzontles; el miércoles, bautizado por las chicharras como el espinazo de la semana, es el día que los guajolotes forman rondas de danza y ritual.
Mi abuela, después de regar los helechos del corredor y los rosales del jardín del patio, se limpiaba las manos en el mandil azul, de cuadros, y cambiaba el disco. Colocaba en su funda a Pedro Infante y escuchaba marimba. Yo la veía desde el esquinero donde, sentado sobre el piso, jugaba carritos. Ella silbaba, con el aire de sus labios seguía los pasos de títere de los marimbistas.
Elegí el jueves para bordar un sueño sobre tu pecho, para ensartar margaritas de estambre sobre el río de tu mirada.
“¡Todo lo querés saber!”, decía mi abuela cuando yo preguntaba por qué regaba a las seis de la tarde. Yo había visto al jardinero del colegio regar las plantas a la hora que nosotros recibíamos clase de español. Mientras el maestro, yendo de un lado a otro en el estrado de madera, leía poemas de Machado: “…Cantaban los niños / canciones ingenuas, / de un algo que pasa / y que nunca llega: / la historia confusa / y clara la pena…”, el viejo guardián del jardín regaba las buganvilias y los rododendros que cercaban un pino. El sol caía a plomo y el jardinero regaba agua.
¿Por qué, abuela -preguntaba- regás las flores a las seis de la tarde? Y ella, esquiva, dejaba la regadera, entraba a la sala, limpiaba con una franela el disco de tangos y lo colocaba en la tornamesa.
Y Machado abandonaba el río Duero y era Santos Discépolo quien regaba los oídos de todos los de casa: “…Uno busca lleno de esperanzas / el camino que los sueños / prometieron a sus ansias…”
Nunca la abuela respondió a mi pregunta. Sólo sé que todas las tardes, a las seis, ella regaba las flores de la casa.
Tal vez por eso, porque el misterio aún pervive, elegí el jueves para regar tus pies, para sobar tus rodillas, para colocar una corona de flor de azahar en tu cabellera. Elegí el jueves para llenar tu playa con estrellas de mar, para llenar tu mesa con duraznos y peras; para alimentar tus sueños con hilos de ámbar.
Elegí el jueves, porque es un día modesto, como huarache para pie. El domingo sirve para que los buitres asen, en patios de casas de campo, la carne que, por lo regular comen cruda los demás días de la semana.
El jueves es un día sin espinas, un día que permite colgar caballitos de madera sobre los tendederos de las ferias.
Elegí el jueves para que ardan tus noches, para que el aire juegue a saltar la cuerda de tu deseo.
Mi abuela, después de regar y de sentarse a escuchar discos en la sala, descolgaba el rosario y entraba al oratorio. A esa hora ya era de noche, yo cenaba e iba a mi recámara. Ya en la cama oía los cuentos que mi mamá pepenaba en los libros.
Nunca le pregunté a mi abuela a qué hora salía del oratorio, a qué hora se acostaba ¿Leía? ¿Leía algo aparte de las plegarias que sacaba de unos cuadernillos oxidados?
Nunca supe por qué mi abuela regaba las plantas a las seis de la tarde.
Posdata: Traté de explicar, en esta carta, por qué elegí el jueves para macerar las uvas y ofrecerte mi mejor vino. No sé si lo logré. No sé, tampoco, porqué cuando escucho a Pedro Infante un hilo de nostalgia enreda el cimiento de mi casa.

miércoles, 1 de mayo de 2019

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA




Un gato, un muñeco, un niño, un arriate, flores y un petate. La sombra casi está ausente, salvo en el caso del gato. La sombra del gato es alucinante, porque da rotundez al petate que, sin duda, no fue puesto para él, sino para el niño, para que éste no estuviera sentado sobre el suelo. ¿Alguien puede adivinar la hora en que fue tomada esta foto? Quien diga que es casi el mediodía puede estar en lo correcto, porque el sol cae como espada de Damocles y no proyecta mayor sombra en los demás objetos, incluso en el niño; pero el gato, al levantarse, caminó tantito y dejó que el sol dibujara su silueta. Como siempre sucede, el gato deja su impronta en todo, en este caso, su sombra es como la imagen en un espejo de un puma o de un lince. El gato se mueve con elegancia, con discreción. La escena (todo mundo lo sabe) es un instante después que el niño y el animal sostuvieron un diálogo. El gato ya se despidió, se encamina a otro espacio; el niño, con labios abiertos, emite las últimas palabras, la respuesta a la frase que emitió el gato (cuyo nombre se ha perdido en el sol de los tiempos). El gato, tumbado al lado del murete, platicó con el niño cinco o seis minutos, no más. Se sabe que los gatos, por naturaleza, son de pocas palabras, no se dan con todos. Ambos platicaron y cuando el gato se fastidió le dijo al niño algo como esto: “Ya me voy” (No hay registro preciso que pueda dar verosimilitud a lo acá dicho). Y el niño (quien, por cierto, se llama Miguel García Callejas, y es de un pueblo llamado Nopala, en el estado de Hidalgo) se quedó solo, porque aún no caminaba. Se advierte que balbucea un: “Bueno, adiós”, porque su vocabulario es escaso. Si alguien hubiese dicho en ese momento que Miguel habría de usar miles y miles de palabras al escribir sus crónicas, nadie lo habría creído, y esto es así, porque, cuentan los que saben, cuando alguien dijo que García Márquez iba a ser un escritor, otro dijo: ¡Ah, se le pasará y trabajará en algo productivo!
¿Alcanzan a ver que el niño balbucea un: Bueno, adiós? ¿Verdad que sí?
Los niños son bellos. Este niño, Miguel, igual que los demás niños del mundo, no fuerza nada. Acepta que el gato, su acompañante, se retire, no pone objeción, ni pide que el gato prolongue un poco más su compañía, ¡no! El gato se paró y dijo Ya me voy, y Miguelito dijo: Bueno, adiós. ¡Ah, qué relación tan de sol a mediodía!
Ya no se ve en la fotografía, pero cuando desapareció el gato sin nombre vigente, Miguelito siguió en su conversación infinita. No está el gato, pensó, bueno, pues ahora platico con mi muñeco (la historia tampoco consigna el nombre del muñeco), y le preguntó cuál línea del aire era la más gorda, porque, a pesar de la nube pesada del calor, una ligera hilera de viento asomaba, y el muñeco dijo que la línea más gorda era la que iba enroscada en la panza del león (el muñeco veía así al gato). Y ambos, el muñeco y el niño rieron y la boca de Miguelito mostró un hueco sin dientes, una cueva llena de luz en medio de la oscuridad.
Por esto, tal vez, para que los nombres de los gatos y los muñecos del mundo de Nopala no vuelvan a extraviarse el niño Miguel decidió ser cronista y consigna todas las líneas de aire que, en lugar de asfixiar, dan vida a su pueblo, pueblo en el que tiraban petates a mitad del patio para que jugaran los niños y platicaran con los gatos acerca del misterio del universo.
Los niños, ¡bendito Dios!, juegan y platican, y cuando los contertulios se alejan, ellos siguen jugando con lo que encuentran a su paso: piedras, hojas, muñecos o nubes gordas, gordas, tan gordas como la pasión por descubrir, por vivir.
En la foto no hay más que un gato, un niño, un muñeco, un arriate, unas plantas, un árbol y una sombra, la sombra más bella del más bello animal: el gato, el gato que, aburrido, va a husmear a otro espacio, espacio que no es éste, porque ese gato de nombre extraviado ya no está en este patio de todos los días del niño Miguel. Hoy no rescatamos su nombre, pero sí su sombra, eterna, silenciosa.

martes, 30 de abril de 2019

TOALLA




Imaginá que te llamás toalla, que sos toalla. Podrás elegir entre varias opciones. ¿Te gustaría ser toalla de manos o de cuerpo? Si sos toalla de boxeador servirás para que limpien el sudor de tu dueño o para que te avienten a mitad del ring a la hora que el boxeador esté ya como cucaracha fumigada. ¿Has visto cómo el entrenador avienta con coraje la toalla a mitad del ring? Por esto, cuando alguien se da por vencido la gente dice que “tiró la toalla”.
Como uno no sabe de gustos, tal vez te gustaría ser toalla femenina. ¡Hay gustos para todo! Así como hay hijos de don verga, también hay ahijados de don Drácula. ¿Qué tal que sos de aquellos dráculas que aprovechan las toallas femeninas para echarse un tecito?
En fin, si sos toalla siempre estarás en contacto con el cuerpo. Lo tuyo no será materia espiritual como aquel amigo que decidió ser rosario, ¡no!, vos serás el objeto que servirá para secar el cuerpo del ser humano o del perrito después del baño. Siempre serás secante. Aunque, en algunas ocasiones, los indígenas te usarán como cobija a la hora de levantarse. En los ranchos, los campiranos acostumbran, en la madrugada, cubrirse con una toalla a la hora de ir a lavarse la cara en la orilla de los ríos, ríos cubiertos con un vapor que es como un tocado de tul, blanquísimo, helado.
Si elegís ser toalla para cuerpo te tocará secar a cuerpos de todos tamaños, desde el cuerpo de montaña del luchador de Sumo, hasta el cuerpo de hoja de menta de una muchacha de dieciocho años, cuerpo que parece hecho de nube.
Si elegís ser toalla de cuerpo alguna parte de éste se volverá tu afición. Hay toallas fetichistas que son felices cuando su propietario las pasa por los pies; hay otras toallas que prefieren los muslos; unas más son un poco lesbianas porque les encanta el instante en que su dueña las frota contra su pubis; otras son golosas y son felices cuando su dueño se restriega el plátano. ¡Hay para todas las filias!
Te sentirás orgullosa porque serás un chunche necesario. En ocasiones escucharás que desde el baño la mujer grita: “Por favor, traé mi toalla”. Ella olvidó meterte en el baño y cuando termina de bañarse se da cuenta que le hacés falta. Ese momento será inolvidable, porque te sentirás importante. Claro, como todo en la vida, llegará el momento que, por tanto frotamiento, tu piel irá perdiendo su capacidad pachoncita y perderás tu principal virtud. En ese instante, aunque no seás toalla de boxeador, serás botada como se botan las botellas de plástico, como se botan los rastrillos desechables, como se botan, sí, las toallas femeninas. Irás a dar al basurero del mundo cochino.

lunes, 29 de abril de 2019

CARTA A MARIANA, CON CODA




Querida Mariana: el sábado pasado escribí algo acerca del Pasaje Morales. Dos o tres lectores recordaron nombres de algunos locales que ahí estuvieron durante los años ochenta: La dulcería La Italiana, que era atendida por su propietaria Irene García; la relojería de doña Mary Sánchez, así como la veterinaria de su hijo Ismael; una zapatería, que atendió doña Elva de Luengo; la papelería del señor Crócker; una papelería y librería que atendió Pepe Morales, hijo de don Rafa; así como el despacho del contador Trujillo y el laboratorio del químico Reynaldo Bermúdez. Sí, lo que en un inicio fue una vecindad se transformó en un conjunto de comercios y despachos profesionales.
Pero, de los comentarios vertidos, dos llamaron mi atención en forma especial: el de Lupita Ruiz Albores y el de Carlos Gordillo Domínguez.
Carlos es hijo de don Manuel y de doña Martita, quienes tuvieron su negocio “Novedades Cecilia”, en la Manzana de la Discordia, justo frente a una de las puertas del Pasaje Morales (la puerta que ahora da al parque central). Así pues, Carlos cuenta que el pasaje era como su patio de juegos, ahí jugaba chepe loco, carreritas, carritos chocones, fútbol, voleibol. Estos juegos eran por la mañana, pero por la noche, ¡oh, prodigio!, convertía al pasaje en una pista de entrenamiento de atletismo. Carlos cuenta que entrenaba las carreras de 80 o 100 metros (la distancia que tiene el pasaje). ¡Ah, imaginás que Carlos hubiese llegado a ser campeón de cien metros en alguna olimpiada! ¡Pucha, el Pasaje Morales sería visitado por cientos de turistas! Pero Carlos no se dedicó de manera profesional a las carreras, la única carrera que siguió y concluyó fue la de Licenciado en Economía. De todas formas, queda consignado que Carlos convirtió el pasaje en una pista de entrenamiento de atletismo. ¡Sensacional!
Lupita Ruiz aportó, de igual manera, un dato muy interesante. Contó que la residencia de su abuelo, don Florentino Ruiz Culebro, era la casa que está frente a la casa de las hermanas Fuentes Domínguez (los lectores comitecos identificarán la casa, porque hasta hace una semana estaba ahí el restaurante La Galería). La residencia de don Florentino era tan grande que daba la vuelta y llegaba hasta donde ahora está el Hotel Delfín. El Hotel era el sitio de la casa y, como don Florentino tenía fincas, era usado como caballeriza. ¿Mirás qué cosa tan simpática? Lupita Ruiz comenta que en uno de los arcos de la entrada de la casa donde estuvo La Galería están grabadas las iniciales de su abuelo: FR. Cuando don Florentino murió, los hijos heredaron esa residencia y la vendieron a diferentes dueños, con lo que la propiedad se dividió. Lupita hizo el comentario, porque dijo que si no se hubiese hecho la división, ahora bien podría existir otro pasaje. Sí, Lupita, el pasaje se llamaría ¡Pasaje Ruiz! Uno entraría por la calle donde está el Súper del Centro y saldría al parque, en la zona donde están los boleros.
A mí me encantaba ir con los amigos a tomar una cerveza (a veces una botella de trago) al Camino Secreto, porque nos ponían una mesa debajo de un árbol, en el sitio de la casa. Javier dice que mi recuerdo es delirio de borrachera, pero yo recuerdo que, en una ocasión (ya bien entonado), entré por una calle y salí por la otra; recuerdo (en mis delirios báquicos) que esa cantina era como un pasaje, porque, según mi borrachera, la casa daba de calle a calle.
Pero el recuerdo que sí corresponde a la realidad es el de la casa de mi padrino Ramiro Figueroa y de mi madrina Clarita Bermúdez. Mis papás y yo llegábamos a la casa (frente a las oficinas parroquiales del templo de Santo Domingo, y a pocos pasos de la entrada al mercado Primero de mayo), tocábamos el timbre y esperábamos algún tiempo hasta que alguien abría. ¿Está doña Clarita? Sí, pasen. Entonces, caminábamos por el patio de una casa, pasábamos por una sala, dos recámaras con las camas bien tendidas y roperos de cedro, un pasillo en el que había jaulas con gallos de pelea y en el techo un par de argollas donde hacía ejercicio mi primo Ramiro y, cincuenta o sesenta metros después, llegábamos a un comedor en donde mi madrina nos agasajaba con una comida que acompañaban los adultos con unas copitas de comiteco. A las cinco o seis de la tarde, nos despedíamos, entonces, en lugar de regresar por la ruta de la mañana, bajábamos por una serie de gradas, amplias, al lado de unas jardineras con flores, y salíamos a la calle paralela, la que sube al templo de El Calvario. ¡Sí, la casa de mi madrina Clarita era un pasaje sensacional! A mí me encantaba ir a visitarla. Esa posibilidad de entrar por una calle y salir a otra es algo que siempre me ha seducido.
Posdata: El Pasaje Morales tiene una gran historia. Hubo una época (ya lo dije) que tuvo gran movimiento, sobre todo cuando estuvo ahí La Proveedora Cultural, porque en ese tiempo muchas personas compraban periódicos, útiles escolares, revistas de monitos y, sobre todo, figuritas para llenar los álbumes.
Mi Paty y yo tuvimos una librería ahí en el Pasaje Morales. Sí, de verdad, era una sucursal de las librerías Educal. Como en aquel tiempo la venta de libros no era la bonanza que uno esperaba, le pedí a don Alonso Villagómez y a doña Carmelita Ruiz (dueños de la Proveedora Cultural) que me dieran revistas y periódicos a consignación. Así fue como, más o menos, logramos subsistir durante algún tiempo. Lupita sabe que su papá estaba suscrito al periódico Excélsior, lo que Lupita no sabe es que cuando tuvimos la librería, don Carlitos dejó de ir hasta el nuevo local de la Proveedora (que estaba más lejos; es decir, en el lugar que ocupa actualmente) y le pidió a don Alonso que pudiera recoger su ejemplar en nuestro local. ¡Y así fue! Esto permitió que todas las tardes platicáramos un rato con don Carlitos Ruiz. Fue nuestro privilegio.

sábado, 27 de abril de 2019

CARTA A MARIANA, CON PASAJES




Querida Mariana: ¡Por fin le hicieron caso al maestro Jorge! Te cuento, aunque sé que lo sabés, en Comitán tenemos un pasaje, el llamado Pasaje Morales. En la entrada del pasaje había un letrero que decía: “Desde 1900”. ¡Ah, qué coraje hacía el maestro Jorge cada vez que pasaba por ahí y veía esa fecha! ¡No, no!, decía, el pasaje no es de 1900. En ese año no había pasaje. Bueno, ayer caminé por el parque central y vi que ya cambiaron el letrero y ahora dice: “Desde 1940”. ¡Vaya! Corrigieron el error. Y esto es bueno, porque de lo contrario, los comitecos vivimos en una historia errada. En la entrada del Museo de Arte Hermila Domínguez de Castellanos existe una placa que consigna que el museo fue inaugurado por Rufino Tamayo, famoso pintor oaxaqueño. ¡Mentira! Los expertos ya contaron que don Rufino no estuvo en Comitán, las autoridades debieron ir a la Ciudad de México para entregarle, en el Hotel Nikko, un reconocimiento en nombre de nuestro pueblo. Por esto, es digno de consignar que corrigieron el error del letrero de la entrada al Pasaje Morales. ¿1900? ¡No!, gritaba el maestro Jorge.
A mí, lo sabés, me encantan los pasajes. Este Pasaje Morales que tenemos en Comitán es una bendición. ¿Por qué lo digo? Porque si lo caminás vas de una calle a otra sin ningún desasosiego.
¿Recordás el cuento de Cortázar que se llama “El otro cielo”? Me encanta releerlo, porque es un cuento excelente y porque aparecen dos Pasajes, uno en Buenos Aires, Argentina, y otro en París, Francia. Si lo recordás, Julito juega con ambos pasajes y convierte el cuento en un cuento fantástico. El pasaje de Buenos Aires se llama Pasaje Güemes y el de París se llama “Galerie Vivienne” (ambos pasajes existen en la realidad real).
El título del cuento alude a que cuando entrás a un pasaje entrás a otro cielo. Los pasajes son uno de los grandes descubrimientos del urbanismo. Por lo regular, la traza de las ciudades españolas, son una cuadrícula formada por manzanas y calles perpendiculares. El pasaje es ciento por ciento peatonal, esto permite que el peatón abandone el sobresalto que se da en lugares donde el auto se asoma como chucho rabioso en cualquier arremetido. El Pasaje Morales, ¡ah, qué bendición!, está techado en gran parte de su recorrido (la única parte que no está techada es la que corresponde al tramo de la presidencia municipal). No siempre fue así. Al principio, el pasaje fue a cielo abierto, pero el hecho de que el cielo estuviera perfectamente demarcado hacía que fuese “otro cielo”.
Muchas fondas, restaurantes y hoteles reciben nombres de sus propietarios. El Hotel Delfín, por ejemplo, conserva el apellido de la familia. Lo mismo sucede con el Pasaje Morales. A la hora de mencionar al Hotel Delfín, muchos comitecos retrotraen a su memoria el nombre de doña Chelo Delfín. Cuando se menciona al Pasaje Morales, muchos comitecos recuerdan a don Rubén Morales y a don Rafa Morales.
Los patios, plazas, edificios, instituciones y parques públicos, a pesar de que se dice son del pueblo, son bautizados con nombres de personajes de la Historia y de políticos. Hay un absurdo en esta última patria; es decir, nadie puede estar en desacuerdo que el parque central de nuestro pueblo se llame Benito Juárez, don Benito se ganó a pulso el derecho a que escuelas y parques lleven su nombre. Pero, ¿qué mérito obtuvo doña Estela Morales Ochoa para que una colonia del pueblo lleve su nombre? Para el que desconoce quién fue esta dama diremos que fue la mamá de doña Elba Esther Gordillo Morales, la lideresa del sindicato de maestros de la república mexicana. El mérito de doña Estela fue ser madre de su hija. Sin ánimo de polemizar hay muchas madres comitecas más meritorias que tendrían el derecho de ser honradas con nombres de calles o de colonias o de plazas.
Pues como don Rafa Morales (por cierto, pariente de doña Elba Esther) supo que ninguna autoridad impondría su nombre a una calle bautizó al pasaje de su propiedad con su apellido y, con ese acto, realizó el prodigio de que su apellido trascendiera en el tiempo (según el nuevo anuncio, ¡desde 1940!).
¡Abusado don Rafa! ¡Abusados todos los que bautizan a sus propiedades con sus nombres para que sus nombres trasciendan! Porque, la verdad de las cosas, algunos de los nombres que ponen los políticos no trascienden. Que nos perdone don Benito, pero la mayoría de comitecos le dice parque central a su parque; que nos perdone la Corregidora, pero medio mundo le dice parque de San Sebastián (o San Sebas) al parque que lleva su nombre. ¿Y el parque de Guadalupe? ¿Quién sabe que se llama Independencia? En cambio, el Hotel Delfín debe nombrarse así. De igual manera el Pasaje Morales.
El pasaje es un elemento arquitectónico que posee una línea de misterio. Nosotros, los comitecos, poseemos un pasaje, con toda la carga simbólica que contiene.
En los cuentos, siempre que hay necesidad de crear un misterio, los escritores no lo colocan en una calle o en una plaza. Las calles y plazas son espacios públicos muy abiertos. En cambio, los pasajes son espacios públicos, pero cerrados.
Ahora existe un hotel en el Pasaje Morales, por lo que el espacio debe estar abierto para que los huéspedes lleguen al hotel a la hora que deseen. Pero antes, el pasaje se cerraba a los peatones durante la noche. Y esto es así, porque (ya lo dijimos) el pasaje tiene un misterio indescifrable, durante el día produce diversas sensaciones en los peatones, y, en las noches, el misterio se acrecienta.
Hubo un tiempo que en el Pasaje Morales estuvo la Proveedora Cultural (fue cuando derribaron la Manzana de la Discordia), de esta manera, el pasaje se llenó de los lectores consuetudinarios de periódicos estatales y nacionales, de señoras que compraban los útiles para sus hijos o revistas de tejido o de recetas de cocina, pero, sobre todo, se llenó de chiquitíos que, en temporada, compraban los álbumes de figuritas. El pasaje se llenó de vida. A cada rato se escuchaban los tropeles de muchachitos que corrían para ver si había caído sol o águila en el volado de los paquetes de figuritas.
Mi mamá, igual que doña Carmelita Ruiz de Villagómez, puso su tienda en ese espacio, la tienda “Estambres El Gato”.
Si el Pasaje Morales tuvo vida a partir de 1940, en ese año comenzó como un módulo habitacional. Don Rafa Morales hizo pequeñas viviendas que daba rentadas. Para el tiempo en que la manzana fue derruida, ya el Pasaje Morales había cambiado su vocación: las viviendas se habían convertido en locales comerciales. Tal tendencia continúa. En la actualidad, pocas casas del centro sirven como residencias. La mayoría de casas se volvieron cafés, restaurantes, posadas, locales comerciales, bares y demás actividades comerciales.
El Hotel del Pasaje Morales recuperó parte de la vocación original: ser un lugar para el descanso nocturno.
¿Cuál es el local veterano del Pasaje Morales? Hay varios giros comerciales recientes, hay otros que han perdurado. San Marcos, con su moderno local, es uno de los negocios tradicionales del Pasaje Morales; asimismo, el Despacho Contable Domínguez, tiene muchos años de estar ahí; lo mismo puede decirse de G y G, perfumería y regalos. El odontólogo Jorge Antonio Ruiz Mandujano también lleva años en su local. Mucho más recientes son los negocios de Internet, los restaurantes, los bares, la ortodoncista Izunza, los Viajes Tenam y una tienda de deportes. En el Pasaje Morales está Radio Núcleo. La radio, a pesar de que sigue siendo un medio de comunicación muy escuchado, ya no reúne las multitudes que citaba con anterioridad. Por ejemplo, cuando la XEUI estuvo a pocos pasos del Teatro de la Ciudad, convocaba a muchos curiosos que, asombrados, veían la cabina de transmisión a través de un cristal. A la gente le encantaba ver a los locutores accionando las tornamesas y hablando en los micrófonos. La radio poseía un misterio que, en la actualidad, ya no ostenta.
Posdata: En estos tiempos nadie se asombra ante la magia de la radio. Todo mundo está acostumbrado al Internet y al celular. ¿Quién puede admirarse ante un chunche tan antiguo como la radio? Sin embargo, a pesar de que no ostenta algún elemento tecnológico, el pasaje sigue conservando esa aura de misterio que lo mantiene como uno de los más admirables rasgos del urbanismo.
Caminá por el parque, caminá por el andador de San José, hacelo en cualquier calle y luego, por favor, caminá por el Pasaje Morales y luego me contás tu experiencia.
Sé, estoy seguro, que la experiencia del recorrido en el pasaje es diferente a la caminata en espacios más abiertos.