viernes, 10 de julio de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN LIBRO ABIERTO




Querida Mariana: Cada año, los lectores esperamos con ansia la celebración de la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara. Nunca he ido, pero siempre estoy pendiente de lo que allá sucede, a través de notas periodísticas y de videos. Me encanta ver cuántos lectores recorren los pasillos y se emocionan revisando las novedades y asistiendo a conferencias con los autores de prestigio.
Ahora, la pregunta es: ¿Qué sucederá con la FIL en este año de pandemia? Ayer, como muchos lectores, me enteré de dos declaraciones emitidas por personajes importantes de la FIL: un editor de prestigio y el presidente de la Feria. ¿Mirás? Dos columnas esenciales para este edificio intelectual. El presidente, porque es quien organiza todo el tinglado; y el editor, porque es quien presenta la oferta. Falta, por supuesto, conocer la opinión del tercer elemento fundamental: el lector.
¿Qué dijo el director de Cal y Arena, prestigiosa editorial de México? Uf, su declaración fue la siguiente: “Lo mejor que ocurrirá en los pasillos, desinfectados o no, será el rebrote del virus que ha matado, hasta hoy, a veintisiete mil mexicanos.” Uf, declaración fortísima, pero que tiene su sustento en la realidad brutal que vivimos. El director de Carl y Arena, por supuesto, informó que su editorial no acudirá a la cita anual.
¿Y qué dijo el presidente de la FIL? Mirá que comentó en el noticiario Aristegui Noticias: “Si en octubre hay más de cien contagios diarios en Jalisco no habrá feria.”
Con este panorama, ¿qué pensará el lector que acude a la cita cada año? Todo está como en un puente con rajaduras en los cimientos. Si alguien decide cruzar por ese puente sabe que se puede caer. ¿Vale la pena hacer el intento?
La FIL está metida en una encrucijada difícil, inédita.
¿Qué hacer? Bueno, parece que el mundo está exigiendo nuevas formas. Los expertos han dicho que el mundo ya no volverá a ser como era. Por lo tanto, las grandes empresas del mundo deben buscar, como diría Rosario Castellanos, otras formas de ser.
El mundo editorial deberá reinventarse, los autores deberán hacer lo mismo y los lectores no podremos quedarnos atrás. Debemos presentar el mundo de otra forma, para verlo con otros ojos y vivirlo viendo hacia el porvenir, jamás hacia atrás. La vida está en el horizonte.
Una amiga me dijo que la vida está por encima de todo, encima de ferias populares y de ferias intelectuales.
Recuerdo ahora que un día, el escritor Fabio Morábito comentó que las grandes editoriales ya no programaban presentaciones de libros, la tendencia de esos tiempos era que el departamento de comunicación de una editorial agendaba entrevistas en medios impresos (periódicos y revistas) y en medios electrónicos (noticiarios televisivos y en redes sociales). Las presentaciones de libros ya eran una práctica caduca que sólo se realizaba en pueblos amantes de las tradiciones declinantes, decimonónicas.
¿Quién ahora, en su sano juicio, piensa asistir a la presentación de un libro en una sala cerrada? Ahora (ya hemos visto algunos ejemplos), algunos autores han presentado sus obras más recientes a través de redes sociales y han modificado los protocolos tan ceñidos y bobos, donde dos o tres amigos o personajes importantes eran los comentaristas.
Estos tiempos exigen protocolos novedosos, ingeniosos.
¿Sabés qué vi hoy en la mañana, en televisión? Vi un programa en HolaTv, donde dijeron que París, cada año, presenta en este mes las pasarelas de los grandes diseñadores de la moda. Bueno, este año, no dejarán de hacerlo, pero lo harán en forma virtual. En lugar de que la pasarela con novedades sea presenciada por un selecto grupo de invitados, ahora todo mundo podrá apreciarla en redes sociales. ¿Mirás? París (faltaba más) comienza a reinventarse para no perder el lugar de privilegio que tiene en la moda mundial.
¿Qué dijo el presidente de la FIL? Dijo que si tal cosa sucede no habrá feria. Y como tal cosa sucederá, entonces no habrá FIL.
¡Ah, qué pena! ¿Y la reivención? ¿Y la creatividad?
Posdata: Digo que nunca he asistido a la FIL, pero cada año me he emocionado con el suceso. Me gustaría que la FIL se reinventara y presentara este año una feria diferente, sin riesgos de salud, apostando por la creatividad y por los nuevos tiempos que, bien enfocados, pueden ser prodigiosos.
Un día apareció el libro digital y todo mundo lector pensó que el libro impreso era insuperable. El mundo lector habló de la calidez del impreso, del aroma del libro nuevo, de la posibilidad de llevarlo a todos lados, de la grata sensación de palparlo y dar vuelta a la página, con dedo ensalivado incluido.
Ahora, poco a poco, un sector de lectores aprecia la bendición de los digitales, la posibilidad de comprar un digital en minutos y la maravilla de tener en un sencillo chunche electrónico una biblioteca que puede contener más de cinco mil ejemplares.
Los lectores de libros impresos mutan, poco a poco, a las nuevas propuestas tecnológicas. El porvenir está en el horizonte.
Celebro la decisión de Cal y Arena. No pueden acudir a un acto donde la salud está en riesgo; lamento la decisión del presidente. No debería pensar en cancelar. Debería buscar una forma novedosa para que la feria continuara, de otra forma, una forma inteligente y novedosa. ¿Por qué no hacer lo que está haciendo el mundo de la moda en París? ¿Por qué no hacer una gran feria del libro de manera virtual? ¡Ah, no, a mí no me preguntés cómo sería el protocolo de esta feria inédita? No soy el presidente de la FIL, pero tené la seguridad de que si lo fuera, ya estaría buscando estrategias para estos tiempos de pandemia, ya estaría poniendo cimientos para que la feria del pensamiento y de la inteligencia continuara. Si no, como dice mi Paty, cuando miro que me apendejo: ¡De balde tanto libro!
Uf. Qué pena. Nunca se enteró de lo que Fabio comentó: Las presentaciones de libros ya han modificado sus protocolos.


jueves, 9 de julio de 2020

CARTA A MARIANA, CON FIGURAS




Querida Mariana: Me sorprende el genio humano, y también el ingenio humano. Hago una reverencia a la ciencia y a la tecnología cuando veo fotografías del aeropuerto de París, de la Torre Eiffel, del Taj Mahal, de la Plaza Roja, de la Torre Latinoamericana y de las decenas de puentes que unen orillas tan distantes (el Puente Chiapas es un prodigio de la ingeniería.) Pero, cuando más me sorprendo no es ante el vuelo de los transbordadores espaciales, sino ante el vuelo armonioso de una mariposa; asimismo, más que quedar patidifuso ante una fotografía del Empire State me voy para atrás cuando veo las estructuras que hacen los seres humanos a la hora de terminar de lavar los trastos.
El lavado de trastos es la cosa más común del mundo, se realiza (cuando la familia es ordenada) en dos o tres ocasiones del día, todos los días. El lavatrastos humano se coloca un mandil para no mojarse el vientre, llena con jabón un pequeño recipiente de plástico y ahí mete la esponja que usa para arrancar la suciedad y grasa de ollas, platos, cucharas, vasos y sartenes (yo casi canto lo de Salvo me salva, así estará de condicionada mi mente.)
La labor es de lo más común, pero, en muchas ocasiones, es una labor despreciable. Cuando los integrantes de la palomilla éramos estudiantes universitarios y vivíamos en un departamento en la Ciudad de México nos rolábamos los diversos oficios: limpieza de cuartos, de pisos, de baño, de cocina. Todos los cumplíamos al pie de la letra, tomábamos la escoba, el trapeador, la cubeta con agua y jabón y, con música de Barry White, le dábamos movimiento al cuerpo y al chunche que hacía el prodigio de desaparecer el polvo y regresarle el brillo al piso de losetas. ¡Ah!, pero el lavado de los trastos era algo que todos y cada uno de nosotros eludía. Teníamos un código con normas a seguir, una decía que quien usaba un plato o un vaso o una olla o un sartén debía lavarlo, pero alguien (y este alguien significa todos) se brincaba la regla y dejaba los trastos sucios en el lavadero.
¿Quién dejo estos trastos sucios?, era el grito de alguno de nosotros (sí, cualquiera que no había sido). Nadie respondía. El que miraba la televisión en la sala seguía viendo cómo el detective entraba a la habitación y revisaba, con guantes, los papeles que la víctima había dejado sobre el escritorio; el que estaba en la recámara seguía leyendo el número más reciente de Play Boy e ignoraba el grito; quien, sentado en el banco, trazaba líneas con tinta china sobre el papel manila que reposaba en el restirador, respiraba hondo para que las vibraciones del grito no fueran a mover su mano y la línea saliera chueca; y el que estaba sentado en la taza del baño seguía en lo que estaba. ¡Nadie respondía! Nadie asumía la culpa. Tres o cuatro trastos sucios quedaban en el lavadero, y, como es común, a esos trastos se le iban agregando más y más y llegaba el momento que no existía ningún trasto limpio en la alacena. Entonces, alguien, como si fuera buzo se metía debajo de la pila de trastos sucios y sacaba un tenedor, un cuchillo, un plato, un vaso y un sartén y los lavaba en el lavamanos del baño. Cuando terminaba, la inercia lo llevaba a dejar los trastos sucios encima de la pila que, en ocasiones, llegó a tener lama y gusanos. Cuando esto sucedía no faltaba el compa más prudente que exigía, antes de sentarnos a ver el partido de fútbol sóccer y tomar cervezas en bote con Sabritas de botana, nos pusiéramos a lavar y secar los trastos. Cada uno lavaba un objeto de cada género, un vaso, una olla y demás. En quince minutos terminábamos lo que se había acumulado durante quince días o más. ¡Qué pena!
Nunca, entonces, advertí las maravillosas estructuras que se hacen día a día en el escurridor, porque nunca tuvimos pilas de trastos limpios.
Nunca un ingeniero civil ha logrado realizar tales portentos. Las leyes de la gravedad se confunden e ignoran tales estructuras.
Julio Cortázar se maravillaba ante las figuras y los movimientos Brownianos. Imaginaba el vuelo de una mosca y la serie de líneas que se producía en el aire. ¿Imaginás el dibujo resultante? ¡Jamás una figura repetida! ¡Siempre algo sorprendente, único!
Bueno, pues de igual manera, jamás ha existido una figura repetida en las estructuras que son formadas por los trastos recién lavados. La mano que lava, le quita el jabón a los objetos y los va colocando al azar en el escurridor. A veces suceden actos prodigiosos: Algún objeto resbala tantito y se acomoda. ¿Mirás? ¡Se acomoda! Como si tuvieran vida, los trastos se acomodan. En casas donde la familia es numerosa, las estructuras de trastos limpios son gigantescas, increíbles. ¿Cómo se logra tal equilibrio? ¿Cómo se logra esos prodigios de trastos encimados?
Posdata: Cuando el tío Elías (ya con más de setenta años de edad) subía a una escalera y escuchaba el reclamo de la tía, para que no hiciera imprudencias, el tío ponía el pie en el peldaño superior, reía y gritaba: ¿Te digo algo cuando ponés los platos encima de las cucharas?
Nunca lo había entendido. Ahora ya lo comprendí. Se refería a esas estructuras que ahora me sorprenden, me maravillan.

miércoles, 8 de julio de 2020

ANTES DE QUE TODO SE ACOMODE (XXIV)



Digo que Carlos Fuentes hizo un ejercicio de vida y lo convirtió en literatura que va de la A a la Z. Hizo una labor de discriminación, como si espulgara frijoles. Tomó la letra A y escribió una relación de palabras que inician con A y que eran temas posibles para desarrollar y de ahí eligió una palabra.
El ejercicio literario lo tituló: “En esto creo.” Y fue un testimonio de confesión. ¿Qué palabras aparecieron en la A? ¿Alma? ¿Almanaque? ¿Angora? ¿Alacena? Los temas son múltiples y cada uno de ellos puede ser motivo para confesarse.
Si el cura de mis tiempos de niño hubiese jugado este juego yo habría ido con más frecuencia al confesionario, porque habría descubierto una forma de conocimiento. “¿Hace cuánto tiempo no te confiesas?” Hace un mes, padre. “Dime tus pecados.” Y yo habría, al estilo de Fuentes, elegido una palabra, Noche, por ejemplo, y le habría confiado todos los temores, deseos y pasiones que aparecían en los corredores de mi casa en cuanto la tarde desaparecía y llegaba la noche con sus patas y ojos de Cadejo. Porque los niños que vivimos en casas enormes, con patio central, con corredores, con muchas habitaciones y sitio con árboles que movían sus ramas como si fueran brazos de esqueletos, tuvimos más qué confesar que los niños de hoy que viven en departamentos minimalistas, con mucha iluminación. Y si a eso le agregamos que el baño estaba en el sitio o en una esquina del patio tenemos un mojol para historias terroríficas, porque ir al baño a media noche era como caminar por un bosque lleno de sábanas que se movían con el viento y ojos de gato que parecían ojos de algún demonio.
Yo, de niño, dormí en la habitación de mis padres hasta que nos trasladamos a la nueva casa, cerca de la escuela Matías de Córdova. De los cero años hasta los siete dormí en la habitación de mis padres. En la casa nueva ya tuve mi propia habitación, pero la primera noche no soporté la oscuridad, a las diez de la noche entré a la recámara de mis papás, cargando mis cobijas y mi almohada. Mi papá prendió la lámpara del buró, me vio, molesto, y dijo que debía acostumbrarme a dormir en mi cuarto; yo, parado a mitad de la habitación, mojando la almohada que tenía sujeta a mi pecho, pedí que me dejaran dormir esa noche con ellos, que me iría acostumbrando poco a poco. Mi mamá me hizo un lado en su cama y dijo que sólo por esa noche, yo corrí a refugiarme en su nido, que estaba calentito. A la noche siguiente me acosté con el temor de no soportar de nuevo la soledad de mi recámara y de enfrentarme a mi papá y de recibir su negativa, pero, a la hora que me metí entre las cobijas, llegaron mis papás y ambos me leyeron un cuento. Sí, poco a poco cerré los ojos y me quedé dormido. La literatura volvió a poner su mano mágica en mi espíritu. No supe a qué hora me quedé dormido, no supe a qué hora salieron mis papás (con el dedo en la boca, haciendo chitón, y con pasos de garza en cámara lenta), no supe a qué hora la divinidad hizo el prodigio de mandar el sol del otro día y despertarme cuando ya todo era actividad en la casa. Había logrado dormir solo, en mi habitación (a veces, todavía, al entrar a la recámara, acostarme en la cama y apagar la luz, vuelve algo como un sentimiento de agobio. La soledad con luz es diferente a la soledad en oscuras. La oscuridad alimenta los temores infantiles, les vuelve a dar savia.)
Imagino que mi papá y mi mamá platicaron acerca del éxito de su empresa. Gracias a la lectura en voz alta, que poco a poco se volvió baja, hasta hacerse silencio, lograron que yo durmiera en mi habitación; pero (imagino) mi papá cambió su gesto de sonrisa triunfadora a línea torcida de preocupación: ¿Eso significaba que todas las noches debían leerme un cuento hasta que me durmiera? El acto había sido un acto desesperado para que yo no llegara a interrumpirles su sueño.
Al siguiente día del prodigio, entré a mi habitación, prendí la luz y hallé en mi buró un montoncito de revistas de monitos (cinco). ¡Genial! El cambio no fue desventajoso. Entendí el mensaje (ya tenía ocho años), mis papás respetarían mi intimidad y yo haría lo mismo: no entraría a su habitación, cuando ellos ya estuvieran acostados. Con emoción abrí una revista y comencé a leerla, luego vino la segunda (ya con algún bostezo brincando sobre la barda de mis labios), luego la tercera, y fue en ésta cuando mis manos se abrieron como bisagras bien aceitadas y dejaron caer la revista. Apagué la lámpara y desperté cuando, igual que el día anterior, ya todo mundo andaba activo.
Como era domingo, mi papá, a la hora del desayuno me preguntó cómo había dormido y luego de mi respuesta emocionada, se levantó, fue a mi dormitorio y sacó las revistas, me dijo que volvería a encontrarlas de nuevo en la noche, y así este juego se volvió una rutina.
Los lectores de cómics saben que los de hueso colorado pueden leer una y otra vez las revistas. Así sucedió conmigo, la noche siguiente leí las que tenía pendientes, pero volví con las que ya había leído y cuando todas estuvieron leídas volví a caminar la trillada senda, sin aburrimiento alguno. El sábado (al cumplirse una semana) hallé sobre las cinco revistas iniciales un paquete de revistas nuevas (cinco) y fui feliz. Así fue que logré vencer el temor de dormir solo en mi cuarto y me convertí en un gran lector de revistas de monitos, que fueron el primer paso para convertirme luego en un gran lector de libros con cuentos, de novelas y biografías.

martes, 7 de julio de 2020

CARTA A MARIANA, DONDE SE CELEBRA LA VIDA




Querida Mariana: Las diez personas que acá aparecen son quienes constituyen la Asociación Civil del Colegio Mariano N. Ruiz, en 2020. ¿Te digo quiénes son? Sí, acá van los nombres. En la fila de adelante (sentados) están la maestra María de Lourdes Aguilar García, la maestra Verónica Solórzano Vera, el maestro Jorge Gordillo Mandujano, la maestra María del Rosario Martínez Espinosa y la maestra Sara Eugenia Gordillo Avendaño. En la fila de atrás (muy seriecitos, en posición de descanso) están el maestro Roberto Martín Guillén Abarca, el arquitecto César Alfredo Guillén Cota, el maestro José Hugo Campos Guillén, el maestro Miguel Ángel Penagos Figueroa y el arenillero.
Estamos en el patio central de la primaria, en el barrio de San Sebastián, frente al sagrado espacio donde los fieles llegan a rezarle al Niñito Fundador.
El maestro José Hugo, quien es el representante legal de la Asociación, eligió este edificio, porque fue el primero que fue propiedad de la institución educativa. El Colegio Mariano N. Ruiz, fundado por el padre Carlos J. Mandujano, comenzó a funcionar en casas rentadas, pero, tiempo después, el fundador compró el terreno y construyó un edificio hecho especialmente para los fines que le estaban encomendados. Antes, en Comitán, como en muchos lugares del mundo, las escuelas funcionaban en casas rentadas, en casas que habían sido pensadas para ser hogares de familias con muchos hijos (muchos, pero no tantos como alumnos de las escuelas). Así, lo que en un tiempo fue sala se volvió el segundo grado A, y lo que fue la recámara de los abuelos funcionó como salón para el cuarto grado A. Todo bellamente improvisado.
Este edificio lo construyó el padre, con la asesoría de don Bruno Barrera, especialmente para que funcionara su escuela, y, en febrero de 1958 (ocho años después de fundada), nada menos que el obispo de la diócesis, don Lucio Torreblanca y Tapia, inauguró el nuevo edificio.
Por eso, porque este edificio fue el inicio de una gran historia, el rector José Hugo Campos Guillén nos citó una tarde de enero para tomarnos la foto del recuerdo. Y lo hicimos porque, vos lo sabés, lo sabe medio mundo, nuestra institución cumple setenta años de su fundación. En Comitán hay muchos festejos puntuales en este 2020: El año veinte veinte es el año en el que la panadería y pastelería La Flor de México celebra cuarenta años; asimismo es el año donde San Marcos, Colección Caballero celebra los cincuenta años de su fundación; y es el año de la celebración de los setenta años del Colegio Mariano N. Ruiz.
La pandemia obligó a modificar la vida cotidiana. Todo mundo entró en otra dinámica, pero la contingencia sanitaria no ha impedido que sigamos celebrando la vida, festejando setenta años de servir a la sociedad. En esta historia de setenta años, cientos y cientos de alumnos han sido protagonistas principales. Nos debemos a ellos, a cada alumno que pasa por nuestras aulas.
Este año 2020 concluimos los cursos en línea y nuestra institución se prepara para el inicio del próximo ciclo escolar. Lo hacemos con mucha ilusión, con mucha entrega, con la sonrisa de agua limpia, al reconocer el trabajo de nuestro fundador y de las decenas de personas que entregaron lo mejor de ellos para apuntalar este edificio enormísimo. El padre comenzó en 1950 con la escuela primaria para varones, ahora, el Colegio Mariano N. Ruiz, de Comitán, atiende niveles de maternal, preescolar, primaria, secundaria, bachillerato y universidad.
En esta fotografía estamos quienes tenemos el honor de ser integrantes de la Asociación Civil en esta época. Cada uno aporta su experiencia y voluntad para servir a la patria, desde este pequeño punto del mundo que se llama Comitán y que es una ciudad luminosa, que ha entregado a la patria a hombres y mujeres que la han hecho más espléndida. Muchos de estos ciudadanos responsables han abrevado sus conocimientos y valores en la fuente de nuestro colegio.
Concluimos el ciclo escolar 2019-2020. Con esperanza renovada abrimos la ventana al próximo ciclo escolar. Vivimos tiempos históricos, inéditos. Nuestro colegio, desde siempre, se mantiene vigente y abre su corazón para recibir a los cientos de alumnos que se inscribirán en el ya cercano ciclo escolar 2020-2021.
Posdata: La maestra Verónica es la secretaria de la Asociación y la maestra Rosario la tesorera. Ya dije que nuestro representante legal es el maestro José Hugo; y el maestro Jorge es del director general honorario. El maestro Jorge ha sido un pilar fundamental del colegio. Con una trayectoria impresionante en el área de la educación sigue aportando hilos de luz al espíritu que nos inspira.
Celebramos ¡setenta años! En tiempos extraños, lo hacemos con esperanza, abrimos los brazos y rompemos la reja de papel de china, lo hacemos en nombre de todos nuestros alumnos y ex alumnos y de todos los padres de familia que han confiado en nosotros, lo hacemos por México, país que siempre mira hacia el porvenir, a pesar de todos los pesares.

lunes, 6 de julio de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN JUEGO DE IMAGINACIÓN




Querida Mariana: Siempre he sido respetuoso de las Matemáticas. Vos sabés que un buen rato estuve inscrito en la Facultad de Ingeniería, de la UNAM. Ahí manejaba números en todas las libretas.
Pero, vos sabés, que ahora soy más feliz, porque mis libretas están llenas de palabras y de dibujos. Los números quedaron en otra habitación, una que visito muy de vez en vez.
La matemática ayuda a construir el mundo real, la palabra ayuda a imaginar. Siempre he preferido el mundo de la imaginación, porque, después de todo, es el que ha dado aire al mundo real.
Cuando en clase, el maestro de matemáticas pone un problema, la respuesta es única. El alumno que da otra respuesta es reprobado.
¿Mirás qué plana la matemática? ¡Qué aburrida! La matemática exige que todo mundo dé la misma respuesta, no se vale ser diferente. La matemática es hija predilecta de la alienación. Dos más dos son cuatro, ocho y ocho dieciséis. Y lo decimos cantando, como soldaditos en marcha.
Ah, por eso, a mí me encanta el juego de la imaginación, porque las respuestas son múltiples. Ahora, y esto lo digo con enorme gusto, compartimos con todos los lectores de las redes sociales un nuevo juego, un juego de la palabra, de la imaginación. Amigos de ARENILLA aceptan participar y juegan con nosotros, comparten con medio mundo la respuesta a una pregunta juguetona. Cada entrevistado tiene respuestas diferentes, cada entrevistado revela parte de su personalidad.
Acá, como si fuera un espejo sublime, hallaremos rasgos humanos que nos harán reflexionar, reír, llorar, ponernos serios, saltar la cuerda, echar a girar el trompo de la imaginación.
Porque no sólo está la respuesta de nuestros invitados, cualquier lector puede jugar y responder a la pregunta lanzada. Son preguntas papalote que vuelan por el cielo de las personas que se encantan con juegos inéditos, los que son como ríos que mojan orillas poco visitadas por el agua clara.
¿Sabés cómo se llama el juego? Se llama “Imaginá que te llamás”, ¿mirás cuántas ventanas pueden abrirse? Se abrirán mil ventanas, muchas más, y en todas correrá aire fresco.
Agradezco, de antemano, a todos los amigos de ARENILLA que han aceptado el juego (y a todos los que aceptarán). En estos tiempos difíciles para el mundo entero, es esperanzador que abramos ventanas que nos digan que somos más grandes que todos los problemas. Acá hay un juego de imaginación que nace y crece en Comitán, un árbol que crecerá muy alto, tan alto que llegará a muchos otros lugares donde la lengua hispana es nuestro puente común.
Ya subimos un videíto con los nombres de nuestros cuatro invitados que aparecerán durante el mes de julio de 2020. Estarán Damaris Disner, Guadalupe Albores, Estefanía Campos y Segundo Guillén. Las matemáticas de género dirían que en un juego de cuatro deben jugar dos hombres y dos mujeres. No, acá todo es aleatorio, todo es un juego sin reglas compensatorias. Acá sólo están presentes seres humanos que juegan con la palabra, que juegan con la imaginación. Damaris es promotora cultural, escritora de obras de teatro y fundadora de la Galería Disner; Guadalupe es productora de radio, actualmente es gerente de Radio Brisas de Montebello, integrante de la Red Estatal Radio Chiapas, que trasmite desde La Trinitaria; Estefanía es licenciada en ciencias de la comunicación y docente en los niveles de secundaria, bachillerato y universidad, en el Colegio Mariano N. Ruiz; y Segundo (todo mundo lo conoce) es un destacado empresario comiteco, quien siempre está a favor de las mejores causas para el desarrollo de la comunidad.
Sí, todo es genial. Todo es para activar las neuronas, para disfrutar el juego infinito de la palabra y de la imaginación.
Posdata: El juego tiene mil puertas, mil ventanas. Todo comienza con un sencillo Imaginá que te llamás. Y cuando la pregunta aparece, todo un abanico de respuestas se abre y esta apertura hace más liviano nuestro mundo, más inteligente nuestro modo de sembrar ideas.
Mañana tenemos la primera cápsula. Te invito a que la mirés y a que la compartás para que más personas jueguen el infinito juego de imaginar.

sábado, 4 de julio de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN BUSTO HECHO DE AIRE




Querida Mariana: Debemos reconocer que Luis posee el prodigio en su mirada, en sus manos y en su espíritu. Luis hace que el bronce, ¡el bronce!, sea tan liviano como una nube. Sus obras, pesadas, desafían la ley de la gravedad y parecen tan livianas, como si estuvieran hechas con hilos de aire.
Muchas de sus obras contienen ventanas por donde el aire brinca la cuerda y danza.
Acá está una obra que ya es parte de nuestra imagen urbana cotidiana. El otro día comenté, en un video dedicado a Rosario Castellanos, que muchos visitantes y turistas aprovechan el busto modelado por Luis para tomarse la foto del recuerdo.
Hablo, por supuesto de Luis Aguilar Castañeda, el escultor comiteco más reconocido. Hemos platicado, vos y yo, cómo fueron los inicios de Luis en el terreno de la creación, la semilla germinó viendo lo que sucedía a su alrededor en el patio de su casa, en el mostrador de madera del tendejón, en la calle empedrada, en el jardín de la casa de sus padres, en el patio iluminado de las escuelas. Fue en clases de modelado, con el maestro Güero (amigo íntimo de Rosario Castellanos), donde Luis hizo sus primeros pinitos, en plastilina y en barro, barro de Los Zanjones.
Todo lo que vemos, lo que tocamos, lo que oímos, lo que sentimos, nos lo han dicho los que saben, es motivo de creación y de recreación. La máxima musa del arte es la vida, la vida de todos los días.
La obra de Luis que está contra esquina del palacio municipal, obra que obtuvo un premio en Japón, es la representación (genial) de dos sencillas canasteras, mujeres que, a diario, viajan a Comitán desde sus comunidades rurales para ofrecer lo que cosechan en sus sitios: chile siete caldos, tzolitos, ejotes, chayotíos, flores de cempasúchil, tortillas hechas a mano, hojas de momón (la bendita hoja santa) y acelga y rábanos y perejil y cilantro y la hierba buena.
La creación y recreación de Luis rindió un homenaje permanente a esas mujeres sencillas, trabajadoras, honestas y humildes que han contribuido al desarrollo de nuestra cultura popular.
Luis, de niño, a la hora que jugaba en el patio de la casa de sus padres, a la hora que, con la mano, hacía avanzar un carrito de plástico, escuchaba la voz que entraba por el zaguán, por la puerta siempre abierta: “¿Va’sté a mercar chayotíos?”, era la voz de una canastera que visitaba con frecuencia la casa de Luis. La mamá de Luis salía de la cocina, limpiándose las manos en el mandil, y saludaba a la mujer que bajaba su canasto, quitaba la manta limpísima, bordada, y mostraba los chayotes recién cortados, frescos. Esa imagen, repetida una y otra vez, quedó impresa en la mente y en el corazón de Luis y un día, ya siendo el gran escultor que es, en su estudio, concibió la imagen en cera y luego en bronce y, tiempo después, dicha obra (“Día marcado”) mereció el premio en Japón. ¿Mirás? ¡En Japón! En el lejano Oriente, fue embajador de la cultura comiteca, de algo de lo mejor de nosotros.
Y luego, Luis hizo el busto de Jaime Sabines, el gran poeta de Chiapas; busto que está en la explanada del centro cultural que lleva el nombre del poeta que regaló a Comitán el poema ¿Cómo puede decirse un amanecer en Comitán? Fue cuando, una tarde, Luis, escultor, de manos prodigiosas, pensó: ¿Y Rosario? Fue algo así como pensar: Ya le hice el busto al poeta de Tuxtla, ¿cuándo le hago el busto a la poeta de Comitán? ¿Qué hacer? Buscar un archivo con retratos de la escritora comiteca. ¿En dónde? Luis pensó en el hijo de Rosario, Gabriel, y fue a la casa que habitó la poeta, en la avenida Madereros, frente al bosque de Chapultepec. Rebeca Orozco, quien escribió una excelente biografía novelada de Rosario Castellanos, dice que la casa donde vivió Rosario era una “amplia casa de tres pisos”; y el artista gráfico Pedro Friedeberg recuerda que la avenida Madereros era “una subida muy inclinada” que luego cambió de nombre y se llamó Constituyentes. A esa casa, ya en la avenida Constituyentes, llegó Luis, a ver a Gabriel. Necesitaba fotografías de su madre, para pepenar los rasgos físicos esenciales y modelar el busto. En el momento que Luis llega a la casa de Rosario Castellanos, la misma sirve como oficina de Guerra Castellanos y Asociados, empresa fundada por Gabriel, hijo de Rosario y del filósofo Ricardo Guerra.
Luis cuenta que llegó a la casa de Constituyentes y fue atendido por una secretaria, quien le dijo que dejara su petición y volviera días después para tener la respuesta. Luis salió de la casa y miró hacia el frente, hacia el bosque que tantas veces acunó la mirada de Rosario (Luis dice que sí, recuerda que la casa era de tres pisos, y en ese momento estaba pintada en color beige, con acentos en café).
Cuando, días después, Luis regresó, la secretaria le dijo que Gabriel había respondido en forma positiva a su petición y le entregó un folder con copias de excelente calidad, de fotografías de Rosario Castellanos. Lo que Luis necesitaba lo tenía ya entre sus manos. Le bastó llegar a su casa, poner, como barajas, las copias sobre la mesa para comenzar a pepenar los detalles del rostro de Rosario, gajos del espíritu que siempre flotan en los retratos de los seres humanos. La mirada, esa mirada que recogió tantos verdes de Chapultepec, la sonrisa que era como una línea de vuelo de colibrí, y las cejas, que eran dos altivas alas de aguiluchos en vuelo.
Esa casa de tres pisos, que fue el nido donde Rosario acunó sus sueños y sus pesadillas, ya no existe. Fue demolida, como demolida la casa de Insurgentes donde ella nació. Los restos mortales de Rosario Castellanos reposan en La Rotonda de Las Personas Ilustres. ¿Sabés en qué avenida está la puerta principal de La Rotonda? Sí, en Avenida Constituyentes. La escritora reposa cerca, muy cerca, de la casa donde vivió. Los ahuehuetes de Chapultepec la abrazan, es el chal de su espíritu.
Y Luis, como dice el dicho, puso “manos a la obra”, modeló los trazos principales, abrió las ventanas por donde juega el aire y dejó lista la pieza. Luego (ah, el largo calvario de los artistas) comenzó a tocar puertas para mostrar la obra, para decir que era importante que dicho busto estuviera en Comitán y, después de un tiempo, y tocando las puertas correctas, logró su cometido, que la monumental obra en bronce estuviera en la tierra de la escritora, en el corazón del pueblo, en una esquina del parque central, en la esquina que domina.
Dejá que te cuente, por qué digo que es la esquina que domina. En los años setenta, una mañana, mi mamá y yo íbamos en el auto de mi tío Samuel, quien nos llevaba al aeropuerto de la Ciudad de México, para volver a Chiapas. Por no recuerdo qué situación habíamos salido tarde de su casa, donde nos daba hospedaje. Conducía rápido. Puso la radio y sintonizó la estación XEQK, que daba la hora cada minuto. Fue más dramático, porque en cuanto nos deteníamos tantito por la fila interminable de autos, el locutor anunciaba: Son las siete con dos minutos, y un minuto después, son las siete con tres minutos. Yo, para evitar la cuerda del nerviosismo, me puse a escuchar los anuncios que intercalaban y que eran una prueba maravillosa del talento de los publicistas de aquel tiempo. Escuché un anuncio que se hizo muy famoso (bueno, todos eran muy famosos, por su brevedad y por su contundencia): “De Sonora a Yucatán, se usan sombreros Tardán.”, y era cierto, porque mi papá contaba que varios de sus amigos usaban sombreros de esa marca. Otro anuncio fue el genial que decía: “No hay cuervo que no sea negro, ni tequila que no sea Cuervo.” ¿Mirás, niña? Este anuncio es de una calidad literaria fantástica. No hay cuervo que no sea negro, ni tequila que no sea Cuervo. Ah, una rima asonante genial; una frase concluyente, casi irrefutable. Ahora, hay mil marcas de tequilas, pero en aquel tiempo todo mundo tomaba tequilas de la marca Cuervo. Y luego, ya casi cerca del aeropuerto, ya con los nervios hasta arriba de la cima del Everest, porque estábamos a punto de perder el vuelo, en la radio apareció el anuncio: “Para muebles ni hablar, sólo Baltazar. La esquina que domina, Aldama y Mina.” Acá sí estaba la rima exacta, que hacía que el anuncio se pegara como con cera cantul en la mente de los escuchas. La esquina que domina, Aldama y Mina. Jamás se me olvidó. Para no dejar inconclusa la anécdota diré que llegamos a tiempo, mi tío se estacionó frente a la entrada principal, con mi mamá corrimos con las maletas en la mano, llegamos al mostrador de la aerolínea y recibimos los pases. Diez minutos después ya estábamos sentados en nuestros asientos, yo miraba a través de la ventanilla del avión la pista donde llegaban y salían los aviones, mientras, en mi mente, volvían los anuncios de la Hora del Observatorio, misma de Haste, Haste, la Hora de México.
Y te cuento esto, porque el busto de Rosario Castellanos que modeló el gran Luis Aguilar Castañeda está colocado, desde agosto de 2011, en la esquina que domina. El día de la inauguración estuvieron presentes el autor de la obra, el presidente municipal de Comitán en ese momento (contador público José Antonio Aguilar Meza), muchas personalidades de la comunidad y dos amigos íntimos de Rosario Castellanos, los poetas Óscar Bonifaz y Dolores Castro.
Y digo que es la esquina que domina, porque el busto de Rosario está frente al icónico Teatro de la Ciudad. En un pueblo donde abundan los lugares luminosos, este espacio contiene dos relevantes símbolos del pueblo. El busto de Rosario y el Teatro de la Ciudad están colocados en “La esquina que domina, del espíritu ¡la mina!”
Posdata: Cuando leí lo que dijo el artista plástico Pedro Friedeberg algo como una mariposa aleteó frente a mi mirada, Rosario vivió, en la Ciudad de México, en la Avenida Madereros (hoy Constituyentes) y era una “subida muy inclinada”. Ah, el destino le puso a Rosario esa avenida inclinada para que no olvidara a su Comitán, el Comitán que mi hijo Fernando, cuando era niño, definía así: “subidas y bajadas y un viento de la chingada.”, lo decía con su voz tierna, con la gracia del chiquitío que dice una malcriadeza sin tener mucha conciencia de lo dicho.
Luis bautizó a su obra con un título lleno de aire: “El cielo es el límite.”

viernes, 3 de julio de 2020

CARTA A MARIANA, DONDE SE DICE QUE PETUL NOS HACE FALTA



Querida Mariana: Digo que Rosario Castellanos nos hace falta; nos hace falta Carlos Jurado, Marco Antonio Montero y todos los integrantes de la brigada que conformaban el teatro Petul. ¡Sí!, Petul nos hace mucha falta.
Todo mundo sabe que Petul era un títere, un títere de la misma raza que la gente que acudía a verlo. El títere era parte de un grupo de empleados del Instituto Nacional Indigenista que, en los años cincuenta del siglo pasado, visitaban comunidades indígenas para llevar mensajes sociales. La gracia del títere Petul (que en tzotzil quiere decir Pedro), como ya dije, es que era un muñeco con rasgos físicos y vestimenta indígenas, que hablaba en el idioma de los espectadores.
Petul daba recomendaciones a sus paisanos de carne y hueso; les decía a los adultos que mandaran a sus hijos a la escuela, que se lavaran las manos y los dientes, que aceptaran las vacunas, para que estuvieran sanos. Y los indígenas, al ver a ese muñeco tan simpático, enviándoles mensajes sociales tan importantes, le hacían caso. Por ahí cuentan que muchos indígenas se acercaron al teatriño y le pidieron a Petul que se hiciera compadre de ellos, que bautizara a la criatura. ¿Mirás el prodigio que realizaba ese muñeco?
Hubo un tiempo que Rosario fue la encargada de escribir los guiones. Eso cuenta la historia. La brigada, conformada por cashlanes e indígenas viajaba hasta la montaña, a las regiones más apartadas de la civilización, y montaban el espectáculo en las improvisadas plazas. Es muy sencillo imaginar cómo las personas del pueblo se reunían y, parados en torno al escenario, aplaudían a la hora que Petul salía y se botaban de la risa a la hora que Petul les contaba una anécdota graciosa y asentían cuando Petul preguntaba si querían estar siempre sanos. Sí, decían las personas, levantaban las manos, se codeaban entre sí, las mujeres se tapaban la cara con el chal y, al final, salían convencidos de que Petul era un hermano de raza que tenía razón y, al otro día, se presentaban ante el maestro de la escuela y le decían que ahí estaba su hijo, que le enseñara a leer y a escribir, a hacer cuentas, porque Petul había dicho que si los hijos se preparaban, los hacendados no abusarían de ellos, cuando fueran grandes. Le hacían caso a Petul, un simple títere, un maravilloso personaje, que lograba lo que no lograban campañas donde hablaban los blancos. Petul era un personaje muy cercano a ellos, a su idiosincrasia, conocía sus modos de hablar, sus costumbres, sus modos de ser. Petul hizo mucho bien en las comunidades donde llegó.
Digo que Petul nos hace falta en estos tiempos de pandemia. En las comunidades indígenas hay mucha ignorancia, las personas sostienen sus tradiciones ancestrales, tradiciones que muchas veces están alejadas del conocimiento científico, de lo que es común en las sociedades desarrolladas. La falta de educación hace que esta pandemia se haga más dramática. La gente de comunidades indígenas no usa cubrebocas, sigue sin respetar el distanciamiento social (¿Cómo no hacerle su fiestecita al santo patrón de la iglesia? Y ahí están concentrados en el interior de los templos, bien arracimados en la plaza del pueblo.) Son blancos quienes llegan a decirles que el virus es peligroso. No les hacen caso. Estos blancos son de otros pueblos, tienen otros modos de ser, durante siglos han abusado de ellos.
Hace falta Petul, alguien de su raza, que llegue y les explique lo letal que es este virus, que les diga que pueden morir sus ancianos (ellos, los mayores, que son tan respetados en esas comunidades), que los alerte, que les diga que deben cuidarse y cuidar a los otros, cuidar a su comunidad, para que siga creciendo la milpita, las calabazas, el frijol. Si llegara Petul, alguien de su propia raza, le harían caso. Porque el conocimiento también se basa en la confianza.
Nos olvidamos de educar al pueblo, de dar conocimientos prácticos, de decirle que el mundo ha cambiado, que la Colonia ya quedó atrás, que vivimos en un mundo globalizado, que estamos ya en el futuro, que este futuro nos ha traído muchos beneficios, pero también muchos males, que ahora, vivimos una etapa que ha sido la peor etapa desde que se dio la Segunda Guerra Mundial, que muchas personas están muriendo en el mundo, que la gente que no respeta el uso del cubrebocas y el distanciamiento social se está contagiando y está muriendo, muriendo.
Posdata: ¿Quién, de confianza, va a visitar a los indígenas a sus comunidades y les avisa que el fantasma de la muerte ronda en sus campos y en sus casas de bajareque? ¿Quién los alerta y los pone frente a un espejo donde hay una nube llena de pavor? Nos hace falta Petul. Nos hace falta que el mundo sepa que el mundo indígena es otro mundo.

jueves, 2 de julio de 2020

CARTA A MARIANA, CON ESPECTACULARES QUE DAN CUENTA DE ESTOS TIEMPOS



Querida Mariana: Tres elementos llamaron mi atención: el cielo, el espectacular y el alto en el semáforo.
¿Viste qué cielo más hermoso? A veces, el cielo comiteco aparece así, empedradito, como si nos remitiera a una imagen del Comitán de los años cincuenta, cuando las calles estaban empedradas.
Pero, el Comitán de esta imagen es el Comitán del año 2020, el año encementado, el año de la pandemia. El cielo está empedradito con nubes afectuosas, pero el ánimo de muchos está empedrado con losas de cemento.
Todo ha cambiado. Hay cosas que son un prodigio de estos tiempos, como los teléfonos celulares, como el google maps, como el Internet, como tu sonrisa, pero hay cosas que afean nuestros cielos de este siglo XXI. La imagen limpia de los cielos que miraban nuestros abuelos, ahora está contaminada con decenas de espectaculares que cortan el vuelo de nuestra mirada. Los espectaculares están diseminados en todo el bulevar. Son signo de los tiempos. Hay que entenderlo, uno quisiera que nuestras calles estuvieran libres de cables, pero necesitamos la energía eléctrica, necesitamos el cable para ver la televisión. No tuvimos la capacidad para hacer instalaciones subterráneas y ahora, nuestra mirada se topa con telarañas por doquier.
Acá, la imagen limpia del cielo empedradito se ve interrumpida por el espectacular en fondo morado, con la silueta de una chica que viste una blusa azul, casi del mismo azul del cielo.
Pero, digo que esta imagen es signo de estos tiempos, tiempos donde hay semáforos, lámparas led y sistema de videocámaras.
Y es signo de estos tiempos, porque el espectacular no anuncia empresa alguna. Es un mensaje del gobierno, que aprovechó el espacio para dar un mensaje en tiempos de pandemia.
La pandemia llegó como antes llegaba la lluvia bendita, sin avisar. Pero la bendición de la lluvia de todos los días está ausente, porque ahora, el virus moja nuestro ánimo, al grado que todo está húmedo. Ahora caminamos, por desgracia, como si los zapatos se mojaran por siempre.
Es imposible no ver el espectacular. Esto lo saben muy bien los publicistas, por eso, las ciudades de todo el mundo ahora están plagados de espectaculares que entran por nuestros ojos con la impudicia del que se sabe poderoso.
Pero este espectacular manda un mensaje que me impacta, es un mensaje brutal, pero esperanzador, a la vez. Acá (perdón, la fotografía es pequeña) no se aprecia lo que dice, pero ahora te paso el texto: “Líneas de atención directa A Mujeres Víctimas de Violencia. Durante esta contingencia sanitaria ¡no estás sola! Teléfono 9631893747.”
¿Mirás? La pandemia no sólo trajo la incertidumbre del contagio y de la precariedad económica, ¡no!, en muchos hogares también está presente otro monstruo: el de la violencia intrafamiliar, la violencia que sufren muchas mujeres por parte del machismo de sus hombres. ¡Ah, qué caro pagamos siglos de tradición, de falta de procesos educativos! Ahora, este México bendito sufre la ignorancia ancestral, ignorancia que lleva a muchos a pensar que el virus no existe, a pensar que las brigadas que fumigan para matar zancudos (que pueden contagiar a las personas con dengue) son polvos que diseminan el coronavirus. ¡Ah!, cuánto daño nos ha causado la educación recibida en casa, cuando el papá ordenaba que su barraquito no debía lavar trastos, porque eso era cosa de las viejas, y mandaba a la hija a servir a su hermano el plato en la mesa, porque eso era el papel que debían desempeñar las viejas. Los roles estaban desplazados a los extremos. México nunca alcanzó el justo medio. Por eso somos una sociedad polarizada.
Pero digo que llamó mi atención, asimismo, el alto en el semáforo que obligó a todos, motociclistas y automovilistas, a detenernos, a hacer un alto.
Me detuve, tomé la fotografía y pensé que, ahora, la contingencia nos obligó a hacer un alto a la vida desenfrenada de todos los días. Ahora, muchos (esperanzados) piensan que cuando todo pase (no pasará pronto) la sociedad reflexionará acerca de lo esencial de la vida.
¿Será así? Difícil, los maldosos seguirán siéndolo, los violentos lo seguirán siendo. Por esto, qué bueno que las mujeres víctimas de violencia no están solas. Ahora, gracias a iniciativa de grupos y asociaciones de mujeres inteligentes y valerosas, en Chiapas (saludos Lupita de Isuk’e), la violencia intrafamiliar se persigue de oficio, para que las mujeres sepan que no están solas.
Posdata: El sentimiento de soledad nos persigue desde siempre. Los sabios nos dicen que estamos solos, que nacemos solos y moriremos solos. En estos tiempos de pandemia, la sensación de soledad se acrecienta.
Ojalá, mi niña, ojalá, que, pronto, nuestros cielos vuelvan a ser limpios, azules, prodigiosos, y que los únicos empedraditos sean con nubes afectuosas, con empedraditos como de calle del Comitán de los años sesenta. Ojalá. Mientras tanto te deseo salud, ¡mucha salud, siempre!

miércoles, 1 de julio de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN ACTO LLENO DE GRACIA




Querida Mariana: El licenciado Luis Ignacio Avendaño Bermúdez fue electo presidente municipal de Comitán de Domínguez, para el periodo 2012-2015. Y el presidente me honró al incluirme en su equipo de trabajo, me invitó a ser director de cultura de su administración.
Como siempre, me comprometí a trabajar por mi pueblo y para honrar al presidente. Ahora que el honorable Ayuntamiento Constitucional de Comitán de Domínguez, en sesión de cabildo, me concedió el privilegio de ser el cronista municipal, de igual manera, desde el primer día, me comprometí a trabajar por Comitán y por honrar a la administración del licenciado Emmanuel Cordero Sánchez.
En el año 2012 pensé que el ayuntamiento debía tener una publicación impresa, de distribución gratuita, que diera a conocer parte de lo mejor de nuestra sociedad, que fuera un testimonio de la grandeza de su gente y su cultura.
Un día abandoné mi oficina y fui a ver a mi amigo Víctor Manuel Albores Guillén, quien, lamentablemente falleció la semana pasada. Víctor me recibió en su oficina, platicó conmigo con gran emoción, como siempre lo hacía, y luego hizo una pausa y preguntó si podía servirme en algo. Yo le platiqué que el presidente Luis Ignacio me había honrado con el nombramiento y yo quería darle a mi pueblo una gaceta que se llamaría Kujchil, voz tojolabal que designa al chal con el que las mujeres cargan a sus pichitos en la espalda. Quería darle un rebozo a Comitán, para que ahí cargáramos el chiquitío hermoso de la tradición.
Víctor me escuchó con atención y al terminar mi petición, que hice en nombre de nuestro pueblo, se echó hacia adelante, puso sus manos sobre el escritorio y, con una sonrisa, dijo que sí, que lo dedicaría a la memoria de mi papá. Víctor, de joven, trabajó con mi papá, como cobrador de la Corresponsalía del Banco Nacional de México, donde mi papá era el corresponsal.
Al salir de la oficina de Víctor, después de su cariñoso abrazo, miré hacia el cielo y agradecí a mi padre, por todos los árboles que sembró en estas tierras y cuyos frutos sigo pepenando.
Y una mañana gloriosa, los compañeros de Eventos Especiales de la presidencia prepararon una carpa en la explanada frente a la presidencia municipal y en un acto sencillo, después del homenaje a la bandera, presentamos el primer número de la gaceta. El acto lo encabezaron el presidente y mi amigo Víctor. Ahí estaba unida la voluntad política y la pasión de la sociedad, todo era para enaltecer a nuestro pueblo, para decir que Comitán es una ciudad grande, porque grande es su gente. Por algo, el lema de la administración municipal del licenciado Luis Ignacio fue: Comitán va en grande.
A partir del 15 de noviembre de 2012, los comitecos recibieron, cada mes, su ejemplar del Kujchil. Inicialmente dos mil ejemplares. Víctor pagaba la factura de la editorial Fray Bartolomé de Las Casas, editorial encargada de la impresión. Una mañana, el licenciado Luis Ignacio llegó al Pabellón Municipal, entró a mi oficina, se sentó y comenzó a platicarme de sus proyectos. Como tenía un ejemplar del Kujchil en mi escritorio, lo tomó y dijo: “Alejandro, en cultura vamos en grande. A partir del próximo mes que se hagan diez mil ejemplares y que no sólo se distribuya en Comitán, que también llegue a San Cristóbal y a Tuxtla.” ¡Diez mil ejemplares! Jamás una administración municipal había impulsado un proyecto editorial tan ambicioso. ¡Jamás! Estuve a punto de abrazar al licenciado Luis Ignacio, pero su investidura me detuvo, lo que sí hice fue agradecerle en nombre mío y del pueblo, su pueblo, el apoyo.
Fui a ver a Víctor y le dije que el costo del Kujchil lo absorbería el ayuntamiento, que imprimiríamos diez mil ejemplares, pero, cuando le di el abrazo emocionado, le dije que sin su apoyo inicial Comitán no hubiera tenido tal luz. Víctor dio la patadita para que el Kujchil fuera una realidad y sirviera a la sociedad en general.
Por esto y por mucho más, lamenté muchísimo la noticia infausta de su fallecimiento, el suyo y el del doctor Newlson, persona honorabilísima, también. Víctor fue un hombre que ayudó a muchas personas, que siempre le apostó a Comitán, su pueblo.
En la crónica que escribí dije que ahora son sus obras las que hablan por ellos. Acá está un ligerísimo testimonio de un día (de muchísimos) en que Víctor abrió sus manos en forma generosa y aportó para el desarrollo cultural de nuestro pueblo.
Mi amigo Alex Albores (sobrino de Víctor y director de turismo, en la administración del licenciado Luis Ignacio) hizo favor de apoyarme en la distribución, se puso en contacto con Katherine Melody, directora de Síntesis, en ese momento, y esta empresa se encargó de distribuir el Kujchil en las ciudades de San Cristóbal de Las Casas y Tuxtla Gutiérrez.
Posdata: El Kujchil voló. Conozco a varios amigos que lo coleccionaron y lo encuadernaron. El Kujchil da constancia de un tiempo.
El Kujchil voló. Víctor Manuel nos ayudó a ponerle alas, alas que crecieron muy fuertes cuando el presidente municipal dijo que hiciéramos una edición de diez mil ejemplares, ¡diez mil!
Bendiciones a quienes apoyan la educación y la cultura de los pueblos. Bendiciones para vos, querida niña, bonita, corazón mero lek.

martes, 30 de junio de 2020

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA




La imagen es sencilla. Una mujer observa el bosque. La imagen es frecuente, a muchas mujeres les gusta ver el bosque. El concepto bosque es masculino. Hay hombres que ven con agrado la hierba, hierba es un concepto femenino. El mundo del lenguaje está concebido a imagen y semejanza del modo como Dios creó el universo, en una mano puso a Adán, y como vio que no era bueno que el hombre estuviera solo, puso a Eva en su otra mano. Nadie reniega de la creación. Así es el lenguaje, está formado con términos masculinos y femeninos.
Acá hay una mujer que (así se ve en el pie del fotograma de un video exhibido en Youtube) se llama Rosario. Rosario no es un nombre exclusivo para mujeres, hay hombres que llevan dicho nombre. En mi infancia conocí a un hombre que se llamaba Rosario, trabajaba como chofer en la casa. Todo mundo le decía Chayo. Era un hombre fuerte, en su adolescencia había pedido un curso de fisicoculturismo, a través del correo. Me contaba que fue feliz el día que le llegó el libro que, en diez sencillos pasos, le prometía tener el mismo cuerpo que tenía el creador del programa de tensión dinámica: Charles Atlas. Chayo, que era un alfeñique, gracias a las lecciones del maestro y a su constancia, logró tener un cuerpo que parecía modelado por los grandes escultores griegos.
Esta Rosario, igual que Chayo, el chofer, tiene apellidos, ahí se lee: Figueroa Castellanos. ¡Sí!, ahora la identificamos, es una de las grandes escritoras del siglo XX, orgullo de Comitán, Chiapas, México.
Rosario mira el bosque. Conforme avanza la proyección nos enteramos que esta mujer no observa cualquier bosque, porque, en bosques también hay grados. Hay bosques que son tan anchos como el río Lacantún y bosques que son como pequeños arroyuelos. El bosque que Rosario mira no es un bosque modesto, no es un simple arroyuelo, ¡no! El bosque que ella observa, que bebe con su mirada, es el Bosque de Chapultepec, en la Ciudad de México. Un bosque lleno de magia, bosque sublime.
Y luego, en la proyección, nos enteramos que hubo un instante (ya viviendo en la Ciudad de México) que don César (padre de Rosario) compró una residencia de tres pisos, que daba justo frente al bosque. Esta imagen entonces, donde una mujer mira al bosque, no es más que la imagen de cualquier hora donde Rosario abría la puerta de su estudio, salía a la generosa terraza y se acodaba en un murete y se bañaba con el aire de Chapultepec.
Los que saben dicen que Chapultepec es una palabra náhuatl, compuesta de dos términos: Chapulli, que significa chapulín, y Tepe, que significa cerro; por lo tanto, Rosario vivía frente al cerro del chapulín.
Acá se ve la armonía de su mirada. Rosario bebió savia de un árbol lingüístico enormísimo, fue un cenzontle que brincó de la rama maya a la rama náhuatl con ligeros brinquitos. Ella, hija de Balún Canán (términos que significan Ciudad de las Nueve Estrellas), se llenó del aire emanado del tepe donde habita el chapulli.
Acá no hay más, son cuatro esencias las que aparecen en la imagen: el bosque, el aire, la mujer y el vuelo de su mirada. Rosario (la comiteca Castellanos Figueroa) embebió el bosque y se volvió un árbol, una ceiba, que oxigenó la cultura de este país y del mundo. Ella, la de las Nueve Estrellas, brincó como chapulín. Su mirada bebió los pinos del bosque de su rancho Chapatengo y, luego, los ahuehuetes de Chapultepec (siempre la che).
Chapultepec, para ella, no fue más que una extensión de Chapatengo. Ese bosque fue como el pequeño corazón donde se refugiaba el recuerdo de su Chiapas (siempre la che).
La che es femenina. Rosario es nombre para mujer y para hombre. ¿Puede usarse la che en masculino? Sí, también, ahí está el famosísimo Che. Cuando queremos hacemos el mundo más limpio, más terso. Hacemos más tersa nuestra mirada cuando nos paramos frente a un bosque y bebemos sus cantos y sus rumores. Ah, el aroma de la juncia fresca.

lunes, 29 de junio de 2020

CARTA A MARIANA, CON UN PAISAJE DESLUMBRANTE




Querida Mariana: La mirada de las personas debe llenarse con luz, como si fuera un vaso de jocoatol que tomamos todas las mañanas.
Vos, por ejemplo, tenés la bendición de tener un cuarto en la planta alta de la casa y contar con una azotea que te permite ver los techos del caserío del pueblo, con sus árboles y con alguno que otro rotoplas panzón que jode la vista, pero podés mirás hacia el horizonte y tu mirada se llena de luz.
Mónica tiene la bendición de vivir en una casa que está construida en una lomita, a las afueras de su ciudad, le basta abrir la puerta de cristal de la sala para recibir el oleaje del viento que proviene del bosque que tiene al frente y sus ojos se llenan con las frondas y el vuelo de los pájaros y se posa, en la lejanía, en la sábana donde se acunan las casas de sus paisanos.
Leylani abre la puerta de su sala y camina sobre el césped y, a veinte pasos, mete sus pies en el agua tibia de la alberca y su mirada, igual que la mirada de Mónica, se llena con los árboles del parque que tiene a sus pies. La casa de Ley también está sobre una lomita. La diferencia de la casa de Mónica es que está en la periferia de la ciudad. La casa de Ley está inserta en el conglomerado de casas, pero tiene la bendición de estar construida en un altito y que al frente tiene un parque lleno de árboles.
Recuerdo que en un video acerca de la vida de Rosario Castellanos se ve que ella vivía, en la Ciudad de México, en una casa con tres pisos, casa que estaba ubicada frente al Bosque de Chapultepec. ¿Imaginás mayor bendición? El estudio de Rosario estaba en el tercer piso, abría la puerta y salía a una terraza que daba, exactamente, frente al bosque. Ella se acodaba y dejaba que su mirada, como pájaro, recogiera las semillas que, con el pico abierto, le demandaba su polluelo interior.
Ah, qué bendición. Vos sos consentida de Dios. No todo mundo posee la gracia de vivir en un espacio donde puede ver parte del pueblo. El maestro Óscar también tiene ese privilegio: cuando sube a su biblioteca, se asoma al ventanal y mira el valle donde descansa la Ciénega. Ah, sin duda que ahí pepena nubes e hilos de luz que luego vuelca en sus textos.
Tengo amigos que viven en la parte alta de la ciudad. Te he contado que Marco tiene una propiedad en lo alto del cerro, cerca de la Piedra de La Ametralladora, desde ahí domina todo el valle. El patio de su casa es como la proa de un enormísimo barco que, al estilo del navío de Peter Pan, navega entre nubes.
Los amigos que tienes sus casas en partes bajas o en casas de un solo piso han arreglado sitios y jardines bellísimos, para que sus miradas se llenen con rojos tulipán, con amarillos girasol, con blancos margarita y azules no me olvides.
Todos ustedes son consentidos de Dios. Yo también soy consentido de Dios, pero mi casa es pequeña, no tiene sitio, apenas, al frente, una cochera que, gracias a Dios, tiene las manos de mi madre y de mi Paty, porque si no fuera por ellas, que han improvisado un jardín lleno de helechos, orquídeas, suculentas, calanchoes, bromelias y lazo de amor, las paredes harían un paisaje triste. Por ello, debo levantar la vista, para llenarme con los azules, grises y blancos del cielo del pueblo. Para beber lo mejor de la vida no puedo mirar al frente, porque me topo con muros y los muros son la cárcel de la mirada, no la dejan volar en toda su plenitud. Salgo al breve espacio de la cochera y miro hacia arriba, siempre hacia arriba y encuentro figuras en las nubes, chuchitos, elefantes, leones y, de vez en vez, algún alacrán.
Por esto, sé que Dios me compensó con el don de la lectura. Mario Vargas Llosa dice que Borges escribió: “Muchas cosas he leído y pocas he vivido.” Yo no puedo competir con la capacidad lectora de Borges, que fue un hombre libresco, pero sí puedo decir que he leído algunas cosas y he vivido muchas, porque (vos lo sabés) casi no salgo de casa y pocos viajes he realizado, pero, desde mi silla, a la hora que tomo un libro, viajo y vivo cada una de las vidas que por ahí caminan. Siempre que abro un libro dejo de lado los muros de mi casa y me meto de lleno en esos espacios llenos de luz de otros paisajes, de otras calles, de otros cafés, de otras casas. Estoy en la mesa donde platican los personajes, en las camas donde retozan, en las orillas de los grandes ríos que caminan, en las playas de los mares generosos donde descansan. Vivo cada acto, vuelo con los vuelos de los escritores. Así compenso la brevedad de mi mirada en casa, que a cada rato se topa con muros. Mis ojos se llenan de puentes colgantes, de jardines llenos de fuentes y de árboles; mi mirada se extasía con el vuelo de tanta guacamaya en las selvas y se sorprende ante los abismos profundos de los fiordos, ante la belleza de la chica que se desnuda y entra al baño y se enjabona cada parte de su cuerpo. ¡Ah, qué bendición para mis ojos!
Posdata: Ahora agradezco a los dioses del arte por ese legado, por hincar en mi espíritu el don de la lectura. Parodiando a Borges digo: Pocas cosas he leído, pero he vivido muchas, porque el camino de mi vida es el camino de la lectura.

sábado, 27 de junio de 2020

CARTA A MARIANA, CON PLÁTICAS DE SOBREMESA



Querida Mariana: Cuando era joven (ya hace un buen rato), había un programa en la XEUI, estación local de radio, que se llamaba “Sobremesa musical”. Como has de comprender, el horario era precisamente en el momento que la familia terminaba de comer y platicaba, con un cafecito bien caliente o un digestivo o un postre (a mí me encantaba comer obleas o quiebramuelas. Todavía tenía muelas para quebrar. Ahora ya no como quiebramuelas, porque, a la primera mordida, se convertiría en quiebra prótesis dental y yo sólo comería shopitas y hablaría como lo que soy: un viejo.)
Los encargados de la programación seleccionaban una música suave, instrumental. Antes (no sé ahora, porque casi no escucho radio) había barras programáticas con música especial, así, en la mañana había un programa llamado “Amanecer ranchero”, donde, como su nombre lo indica, trasmitían pura música ranchera. Ah, este programa era muy escuchado en las comunidades rurales. En la noche había un programa con música romántica, para enamorados. Pero, el que ahora recuerdo es el de “Sobremesa musical.” Y lo recuerdo, porque la sobremesa era un momento importante en la casa comiteca. Después de andar del tingo al tango durante toda la mañana (los papás en la chamba, los niños en la escuela, los abuelos leyendo el periódico en el corredor de la casa, las mamás preparando la comida y las abuelas regando las plantas del jardín), los integrantes de la familia regresaban a casa para comer.
No sé en casa de tus abuelos, pero en casa, a la hora de comer no se platicaba, porque era de mala educación y porque al comer una costillita y reírte con la bobera que platicaba el tío podías atragantarte. Por eso, cuando la comida había terminado, la sobremesa iniciaba y los mayores prendían un puro y tomaban un digestivo y las mamás sacaban el bordado y mientras la plática se daba en forma natural, la radio, como fondo, nos acompañaba con la Sobremesa Musical.
A mí me encantaba esa burbuja de silencio que sólo era rota a la hora de sorber la sopa, a la hora de cortar la carne con cuchillo y tenedor, a la hora de masticar las verduras o de beber un sorbo de limonada. En ese tiempo no lo sabía, pero los de casa practicábamos un precepto del zen: nos concentrábamos en lo que hacíamos, disfrutábamos cada bocado que (decía la abuela Esperanza) debía ser masticado en forma suave, pero constante, hasta casi hacerlo papilla.
Sí, querida mía, eran otros tiempos, tiempos más sosegados. Ahora, la sobremesa ya no se da. Los tiempos (antes de la pandemia) nos exigían comer parados, incluso, calentar las tortillas de manera rápida, porque había que regresar al trabajo o porque nos esperaban las clases de natación o porque quedamos de vernos con nuestra chica a las cuatro en punto, en la fuente del parque central. Todo era muy apresurado.
¿Se da la sobremesa en estos tiempos? No. Hubo un tiempo (Dios mío) donde la gente no sólo acostumbraba la sobremesa; es decir, la charla después de la comida, sino que también tenían costumbre de practicar la siesta. Los mayores entraban a sus habitaciones y, con la cama tendida, se quitaban los zapatos, se recostaban tantito y echaban un pestañazo. Era momento en que los niños aprovechábamos para ir a jugar al sitio, para hacer caminitos en los montones de arena y jugar carritos, para trepar a los árboles de jocote o, con un palo, cortar limas de pechito; era momento en que los mayorcitos jugaban a las escondidas con las primas.
Sí, eran otros tiempos, tiempos más cándidos, si me permitís la palabra, tiempos más inocentes, más de té de limón calentito.
Las calles comitecas también adquirían otro tiempo, un tiempo más dúctil. Los ruidos se escondían en una sombrita y descansaban; el silencio asomaba su cara de radio apagado y caminaba en puntillas.
Digo que sólo en los sitios y en los patios de las casas había movimiento con el rebumbio del juego de los chicos. Los papás y abuelos dormitaban adentro de los cuartos, que permanecían con las puertas abiertas.
Pau, cuando era más pequeña, con su inteligente inocencia me preguntó si la sobremesa era un juego donde nos trepábamos sobre la mesa. Su mamá rio mucho. Le expliqué a Pau en qué consistía la sobremesa, le dije que era un tiempo que, después de la comida, se usaba para platicar. Ella me vio con su carita de carpeta tejida en crochet y dijo que entonces era bobo llamarle sobremesa si todos estábamos sentados ante la mesa. Pucha, pensé. Su mamá volvió a reír. Le dije a Pau que su argumento era razonable.
Y cuando Pau preguntó si era un juego sobre la mesa, pensé que la mesa es el chunche integrador por excelencia. En torno a la mesa nos reunimos para celebrar la vida. Los otros objetos de casa no tienen esa capacidad de convocatoria, de aro luminoso. En la cama descansamos y, a veces, retozamos, pero (salvo prácticas raras) en la cama no pasan de tres integrantes; los sofás ayudan a la integración, pero hay love seat (para dos) o, igual que en la cama, sofás donde se sientan tres, no más. Las sillas (salvo prácticas raras) sólo admiten a la abuela, a la hora que teje o ve la tele o toma el café y platica con la comadre, los chismes del día.
Los juegos de mesa son variados, son un invento genial, porque ayudan a extender la cuerda del afecto entre amigos y familiares. ¡Ah, en el Comitán de antes, era tradición reunirse en torno a la mesa para jugar la sencilla lotería! Al grito de la lectura de las cartas, los jugadores colocaban granitos de frijol o de maíz en la casilla correspondiente, y era un momento excepcional cuando alguien colocaba la semilla, levantaba los brazos y gritaba ¡lotería!, la planilla estaba completa. El gozo de uno era el desencanto de los demás, pero, como todo era un juego, volvían a comenzar.
El premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, dice que el juego “sirve al hombre para distraerse, olvidarse de la verdadera realidad y de sí mismo, viviendo, mientras dura aquella sustitución, una vida aparte…” ¿Mirás?, el juego es una burbuja mágica. El juego, igual que la mesa, es una sustancia integradora. Los seres humanos tenemos al juego como una actividad esencial. Nos reunimos para jugar fútbol en el campo o en el patio de la escuela; nos reunimos para jugar básquetbol en el auditorio; nos reunimos para jugar baraja en la mesa de cantina o en la mesa de la casa; vamos al billar para echar un jueguito de pool o de carambola; nos encanta brincar la cuerda en el patio de la casa, trepar a los árboles de durazno y aventarnos, desde las ramas, sobre los montones de arena. El juego convoca. Millones de aficionados presencian, por televisión, un juego de fútbol soccer que sucede en Barcelona, España. Jugamos el juego de los otros y los otros juegan para que juguemos.
Ahora, en época de pandemia, reconocemos el valor del juego y la riqueza de la sobremesa. La mesa sigue siendo un elemento fundamental para la integración de la familia. Mientras comemos butifarras, tamalitos de bola, pan comiteco y bebemos café orgánico o cerveza o un vaso de vino, desplegamos sobre la mesa, como si fueran naipes, las anécdotas de siempre. Ahora, qué pena, pero es la cruel realidad, aparecen noticias desagradables, por situaciones que suceden en todo el mundo y, de forma ingrata, en nuestro pueblo. Pero, cuando, después de la comida, alguien propone un juego de mesa: naipes o dominó o ajedrez o lotería o turista o monopoly, la vida se trepa sobre la mesa y baila y canta y se para en un pie y luego en otro y levanta las manos como si quisiera volar, volar.
Recuerdo con emoción los instantes donde mi papá, mi mamá y yo, hacíamos la sobremesa y escuchábamos el programa musical de la XEUI. La vida tomaba un rostro de mariposa volando sobre claveles, la armonía era una muchacha que nos acompañaba y nos regaba pétalos de aire. Asimismo, recuerdo los momentos donde jugábamos juegos de mesa. Mi tía Emelina, en una visita que nos hizo, trajo un chunche fabuloso, era como una nave interplanetaria, con canicas en su interior. Lo colocábamos al centro de la mesa y a quien le tocaba el turno daba vuelta a una perilla en el centro, donde se agrupaban todas las canicas. Al accionar el mecanismo, las canicas se desplazaban a la periferia donde había agujeros con números. Muchas canicas entraban a los agujeros y otras regresaban al centro. Con pluma y papel anotábamos la puntuación lograda, era genial, cada agujero tenía una numeración por color de canica, así, por ejemplo, una roja valía cinco puntos y una blanca un punto. Luego le tocaba a otro jugador. Así nos pasábamos horas y horas, como dice Mario: Olvidándonos de la verdadera realidad. El juego no sustituye la realidad de la vida, coloca a ésta en una pausa, la hace tantito a un lado y le pinta un rostro de alegría.
Posdata: Deberíamos regresar a tiempos donde la sobremesa era un lapso integrador de la familia, donde unía a todos los integrantes, donde reafirmaba el valor esencial de la unión familiar. ¡Salud!, querida niña. ¡Salud, siempre!