sábado, 10 de abril de 2021

CARTA A MARIANA, EN BUSCA DE ESTRELLAS

Querida Mariana: medio mundo dice que Balún-Canán significa nueve estrellas. Acá, en este fotograma, hay dos estrellas. ¡Sí, dos estrellas del cine mexicano! La niña es Cecilia Camacho y la mujer es la gran Rosaura Revueltas. Las dos actrices participaron en la película “Balún-Canán”, que dirigió Benito Alazraki, en 1977. Y digo que son estrellas, porque Cecilia, en ese momento, ya había obtenido la Diosa de Plata, a la mejor actuación infantil en la película “Presagio”, dirigida por el gran Luis Alcoriza, con guion escrito por quien años después sería galardonado con el Premio Nobel de Literatura: Gabriel García Márquez; y Rosaura, también años antes, había sido la protagonista principal de una película gringa que ahora está considerada como una joya cinematográfica: “La sal de la tierra”. Dos grandes estrellas pues. Y es que en la película “Balún-Canán”, basada en la novela de Rosario Castellanos, participaron más estrellas cinematográficas. Ah, basta mencionar a Saby Kamalich, a Tito Junco y a Pillar Pellicer, la famosa actriz que trabajó en la película “La choca”, que fue dirigida por el Indio Fernández y que, en 1975, obtuvo el Ariel, como mejor película y Pilar obtuvo el Ariel como mejor actriz. ¡Uf! Puro grande, pura estrella. Mi espíritu se esponja como cola de guajolote a la hora que menciono a tanta luminaria. No sé si en el norte del país, a una persona que carece de un ojo le llaman igual que acá: choca. He escuchado que en Chiapas y en Tabasco sí usan la expresión. Herminia tenía una perrita que, en algún accidente, perdió un ojo, la perrita se llamaba Chiquis, pero todos en la casa, sin ser despectivos, le decían la choquita. ¡Choquita, Choquita!, la llamaban y la perrita entraba a la casa a toda carrera y se trepaba en el sofá. La Pellicer interpretó a una mujer choca. No me estás preguntando, pero yo recuerdo muy bien el inicio de esta película, no recuerdo a Pilar Pellicer, a quien recuerdo es a Meche Carreño, quien era una actriz muy joven en los años setenta, que despertaba pasiones, porque no tenía empacho alguno en mostrarse como Dios la mandó al mundo. Esta película fue muy generosa para nuestros ímpetus juveniles, porque ni siquiera comienzan los créditos cuando ya aparece Meche a mitad de un río, emerge como una sirena, levanta los brazos y muestra sus pechos, húmedos, bonitos. Ah, genial. La imagen sintetiza el ambiente de la selva, de las lianas que brotan en la naturaleza. En una entrevista, Pilar dijo que cuando leyó el guion no se dio cuenta que representaría a una mujer con cicatriz en el rostro. No sabía que la palabra choca aludía a una mujer carente de un ojo. De las estrellas mencionadas, y que participaron en la película “Balún-Canán”, sólo Cecilia vive. Ya fallecieron Tito Junco, Rosaura Revueltas, Pilar Pellicer y Saby Kamalich. También ya fallecieron el director, Benito Alazraky, y el gran fotógrafo Gabriel Figueroa, quienes estuvieron en Comitán, en los años setenta, para hacer algunas filmaciones de la cinta. Acá hicieron algunas tomas en el barrio de Yalchivol, en el parque de La Pila y en el panteón municipal. Para las tomas del panteón, los productores invitaron a la población comiteca a participar como extras. Hace como diez días, la poeta Clara del Carmen Guillén pidió, de manera respetuosa y atenta, que algunas de las personas que participaron como extras compartan sus experiencias. ¡Sí! Es un llamado muy pertinente. Para la historia local de nuestra identidad es importante que sus protagonistas cuenten este suceso histórico. El rompecabezas sólo se logra armar cuando se tienen todas sus piezas. Acá, muchos paisanos pueden aportar sus testimonios. La filmación de “Balún-Canán” fue un momento luminoso para el pueblo. Por fortuna, Clara del Carmen Guillén hizo la petición colocando la primera pieza sobre la mesa. Con emoción compartió sus recuerdos, recuerdos que, estarás de acuerdo, mi niña bonita, son esenciales para el árbol de nuestra nostalgia. Las escenas filmadas en Comitán representan un mínimo porcentaje del film. Muchas otras locaciones corresponden al centro del país. Es importante mencionar que las escenas de la hacienda corresponden a una hacienda que construyeron dominicos en el siglo XVI, y que está en Cuautla, Morelos. La hacienda ya es un cascarón, pero ha servido para hacer películas que también están relacionadas con nuestra historia local. La hacienda se llama Coahuixtla. ¿Mirás? Ya el nombre nos amarra una cinta de luz. En Chiapas tenemos una ciudad que se llama Huixtla (en esa ciudad de la costa chiapaneca nació mi mamá). El nombre es un nombre náhuatl, que significa lugar donde abundan las espinas. Coahuixtla debe ser nombre náhuatl, de acuerdo con el diccionario coa significa serpiente, así que el nombre de la hacienda que fue empleada para representar la finca Chactajal, de la novela, puede significar lugar con espinas y serpientes. Otro lazo de unión es que la hacienda de Coahuixtla la construyeron frailes dominicos. ¿Quiénes llegaron a evangelizar nuestro pueblo? Pues dominicos. Por eso, Santo Domingo es el santo patrono de Comitán. ¿Más lazos de unión? Lo que ya dije, muchas películas han sido filmadas en la hacienda Coahuixtla, películas que también tienen alguna liga con nuestra historia local. Por ejemplo, en 1971, en la hacienda realizaron algunas tomas de la película “La chamuscada”. En ese film participó la Tigresa Irma Serrano, producto made in Comitán o en Las Margaritas, porque ella vivió en el rancho de su papá, el poeta Santiago Serrano, que se llama “La Soledad” y que está en el municipio vecino. Pero hay más, la película “El cuartelazo” también tiene escenas grabadas en la hacienda Coahuixtla. “El cuartelazo” fue filmada en el año 1977 y cuenta el golpe de estado que dio Victoriano Huerta en contra de Madero. La película, en blanco y negro, inicia con la exhumación del cadáver de nuestro máximo héroe civil: Belisario Domínguez. Así pues, la hacienda Coahuixtla tiene nexos cercanos con nuestra tierra. La hacienda, como ya dije, está en ruinas, pero es inmensa y, con la magia del cine, recuperó vida. En la película “Balún-Canán”, aparece como la hacienda Chactajal. ¡Ah, el cine nos sorprende siempre! La poeta Clara del Carmen solicitó que quienes salieron de extras en esa película cuenten sus experiencias. Y ella puso la muestra. Clarita participó como extra, pero, ¡oh, decepción!, cuando acudió al estreno en el Cine Comitán se buscó y no se halló. La cámara de Gabriel Figueroa no la captó. Uno entiende, no todos los extras aparecen. Los extras hacen el montón, pero quien participa en una película vive una experiencia sin igual. Clarita estuvo cerca del gran Gabriel Figueroa. ¿Qué cuenta Clarita? Ella cuenta que era estudiante y una mañana escuchó en la radio XEUI que invitaban a la población como extras en la película. Ella no lo pensó dos veces, se presentó en el patio de la Casa de la Cultura y cuando llegó vio que había muchas personas formadas. Los encargados de la producción los habían dividido en clases sociales, por su físico, en clase baja, clase media y clase alta. Clarita la colocaron en la fila de la clase media. Clarita cuenta, con emoción, que vio a Saby Kamalich y a Tito Junco, y recuerda a una chica alta que encabezaba la fila de la clase alta (no sólo por la estatura, sino por el porte). El día que los citaron para participar en la filmación, todos fueron peinados de acuerdo a la época. Clarita dice que de un gran camión bajaban los vestidos y los repartían de acuerdo a su condición social. La escena donde participaron fue en el panteón municipal, todos iban vestidos de luto. A ella la vistieron con un vestido antiguo y con velo. Al llegar los colocaron en diversas tumbas y les dieron un plato que simulaba el quinsanto, porque la calabaza no tenía el dulce de la panela. En esa escena aparece la actriz Cecilia Camacho, que era la niña de la novela. En esa escena, la niña acude a la tumba de su hermanito Mario. Todos los comitecos sabemos que la novela de Rosario tiene tintes autobiográficos, ella cuenta parte de su historia familiar. El hermanito, que en la vida real se llamó Mario Benjamín Eugenio, falleció el 7 de julio de 1933; es decir, cuando tenía seis años y ocho meses de edad, porque nació el 12 de octubre de 1926. Benjamín, Minchito como cariñosamente le decían en Comitán, falleció de apendicitis. Un cartel de la película muestra a un muñeco, niño, pinchado con alfileres y con la siguiente leyenda: “Un extraño hechizo sentenció a muerte a su único hijo varón”. En la novela, un día, la madre de los dos niños, los hijos del gran hacendado, encuentra llorando a la nana y cuando la madre pregunta por qué llora la nana dice que llora “de ver cómo se derrumba esta casa, porque le falta cimiento de varón”, y cuando la madre le dice que ahí está su hijo Mario, la nana le dice: “No se va a lograr, señora. No alcanzará los años de su perfección”. La nana dice que su varoncito, su hijo único varón, está condenado: “los brujos se lo están empezando a comer”. Posdata: Los únicos que pueden dar constancia y testimonio de la filmación de esa escena en el panteón deben contar. Las estrellas cinematográficas que participaron ya no están vivas. Sólo Cecilia Camacho sigue viva. Ella podría dar un testimonio sensacional.

viernes, 9 de abril de 2021

CARTA A MARIANA, CON LA GLORIOSA GENERACIÓN 68-71 (Parte 6)

Querida Mariana: cuando vemos una fotografía de generación después de cincuenta años pensamos que en ese instante no pensábamos en el lugar donde estaríamos cincuenta años después. Un comercial de televisión puso de moda la frase: ¡Ya me vi! Pero eso es ilusorio. Nadie (salvo que tenga el don de ser vidente, y ¡ni así!) puede advertir el futuro. Sí podemos desear, soñar, pero nada garantiza que esos sueños se harán realidad. La vida, como bola de estambre que juega un gato, rueda y rueda sin descanso y sin un rumbo preciso. A veces, la vida nos lleva por caminos insospechados. ¡Cincuenta años! ¡Cuánta agua debajo de los puentes! Ríos que irán a dar a la mar. Después de Eva está Concepción, a quien, con cariño le decíamos Conchita, y que ahora muchos amigos le dicen Connie. En ese tiempo no lo sabíamos, pero Conchita es nieta de un maestro fundador de nuestro colegio, el recordadísimo maestro Bernardo Villatoro. Sí, el lazo familiar es por la rama materna. El maestro Bernardo sigue siendo muy recordado en el pueblo, debido a que era muy pulcro en el uso del lenguaje. El maestro no usaba la palabra viento, ¡no!, usaba la palabra céfiro, que, según el diccionario, es un viento suave y agradable de primavera. Ah, el céfiro que llega desde La Ciénega. Pero no sólo era exquisito en el lenguaje, también era inventor de palabras. Al cuete que se quema en ferias y actos especiales él lo bautizó como turrupe, porque un cuete expele tufo, es ruidoso y peligroso. ¡Oh, los turrupes interrumpen la diafanía del empíreo! Conchita, después de ser nuestra compañera en el colegio, sólo estudió un año de preparatoria en el pueblo, porque, como su papá trabajaba en la Aduana lo comisionaron a Matamoros, Tamaulipas. ¡Al otro extremo de la república! Allá se graduó de contadora privada y comenzó a trabajar, hasta que el destino la llevó a la Ciudad de México, donde estudió inglés y vivió durante 21 años. Ella sí era muy buena estudiante de inglés, en la secundaria, con la maestra Antonieta y la maestra fue su inspiración. Un día pensó que quería ser como la maestra y en la Ciudad de México hizo realidad su sueño, porque impartió clases de ese idioma. Conchita, además de dominar el idioma inglés y ser experta en cuestiones contables es licenciada en pedagogía. Hace como tres o cuatro años la saludé en las oficinas de Abarrotes San Luis, en el pueblo, ahí trabajó en el departamento contable. Ah, nos dimos un abrazo con mucho afecto. Pero no tardó mucho en el pueblo, regresó a Matamoros, Tamaulipas, y está a punto de jubilarse. Conchita es seria, no sé si heredó al abuelo. ¿Dirá cuesco en lugar de ventosidad? Luego está Rosa Elena. Su casa también estaba a cuadra y media del parque de San Sebastián. Su papá, el doctor Pulido tenía un ranchito en Jatón. Rosa Elena organizaba idas al ranchito, paseos maravillosos, porque permitía que los varones estuviéramos cerca de las compañeras, sin el protocolo del salón de clases y sin la distancia que imponían los mesabancos. Recuerdo que Rosita estuvo de pareja con un compañero del colegio que iba en curso superior. A la hora del recreo daban vueltas en el parque y se sentaban a platicar en una banca. Rosita sigue viviendo en Comitán, consiguió una plaza en el Centro Cultural Rosario Castellanos y durante muchos años fue la encargada de atender la Librería Óscar Bonifaz, espacio ya inexistente. En el lugar de esa librería que siempre estuvo escasa de oferta de libros ahora existe la librería Porrúa, que sí tiene una oferta mucho más digna. Debo contar que en ese tiempo cursábamos la materia de Mecanografía, todos los alumnos llevábamos la máquina el día de clase, una máquina mecánica portátil, por lo regular de marca Olivetti. A los enamorados, a la hora de la salida, les tocaba cargar la máquina de la chica, para quedar bien. El novio de Rosa Elena no tenía mucho problema, porque la casa de ella estaba a cuadra y media del colegio. ¡Pobres los enamorados de las chicas que vivían en el barrio de Guadalupe o en la Cruz Grande! A la hora del recreo, los estudiantes del colegio comíamos las gorditas que vendía Cirito, en el edificio de las madres, o los tacos y tortas que vendía doña Chata. Doña Chata ya falleció, era la esposa del destacado músico Flavio Molina. No sé por qué pienso que las mujeres se llevaban mejor con doña Chata, le contaban sus confidencias. La tienda de doña Chata estaba donde ahora está la casa del finado Cirito, el eterno sacristán del templo de San Sebastián. Luego está Carmelita, su papá, don Javier García Silmar, tenía una tienda de ropa. Mi papá era amigo del papá de Carmelita, ambos eran originarios de San Cristóbal de Las Casas, ambos comerciantes que llegaron a radicar a Comitán. Recuerdo que, en una ocasión, mi papá me compró ahí una chamarra. Carmelita radica en Comitán, su esposo, el licenciado Roberto Fuentes Domínguez (también ex alumno del Colegio Mariano N. Ruiz), fue presidente municipal de Comitán, así que nuestra compañera fue la primera dama del pueblo. Antes de la pandemia saludé en dos ocasiones a Carmelita en las instalaciones del Colegio, en Los Sabinos. Alguien de su familia estudia con nosotros en la secundaria. Luego está Evangelina. Ella recuerda con precisión que, junto con Enrique, Rosa Elena y Julio, fuimos actores en la obra que se presentó en el Cine Comitán, en el fin de cursos. Los ensayos fueron en la casa de la directora, doña Leonor Pulido, gran actriz y promotora de las artes en Comitán y amiga personal del padre Carlos. Ella, con gusto, de manera desinteresada, sólo para servirle al padre y por su intenso amor al arte teatral, accedía a montar una ligera representación. Evangelina tenía un rostro muy fino, muy delicado. Entiendo (tal vez estoy equivocado) que radica en la capital de Chiapas, desde hace tiempo. Después de Carmelita está Amanda. Ella también era del barrio de San Sebastián. Su casa estaba a una cuadra del parque, ella vivía con sus papás, doña Tere y don Jorge, quien era un conocido taxista. Amanda vive en Cuernavaca, Morelos. Tiene cuatro hijos y es maestra jubilada. Ah, su mirada actual se llena del mismo color de las buganvilias que cuelgan en su casa comiteca y que fueron la flor nuestra de cada día. Y la última de la fila es Ruth, que vivía en el barrio de San José. Su casa estaba casi enfrente del templo. Ella se tituló como licenciada en Derecho, por la Universidad La Salle; además es especialista en Tanatología y acompañamiento en pérdidas, por la Universidad de Querétaro. Se dedica a la consulta psicoterapéutica con pacientes. Se casó, tiene tres hijos, radica en Querétaro. Además, qué bonito, le gusta leer y escribir poesía. De niña viajaba a una de las más bellas haciendas del municipio de Las Margaritas: La Soledad. Ese contacto con la naturaleza la marcó, porque, en la actualidad, disfruta la naturaleza con pasión. Posdata: Sí, tenés razón no he dicho el lugar donde fue tomada la fotografía. Es un espacio al lado del templo de San Sebastián. En la parte posterior donde está el grupo hay un salón que es anexo del templo. Al fondo del salón, el padre mandó a hacer una tarima y ahí se hacían representaciones escolares. En la pared había una puerta de acceso a la sacristía. Ahí, algunos compañeros que eran acólitos entraban a tomar un poco del vino de consagrar y cogían puños de hostias que, como no estaban benditas, no eran el cuerpo de Cristo, sino hojuelas de harina, muy ricas. Digo que en la foto faltan compañeros. Alfredo Gordillo no está. Alfredo cuenta que al final del curso se enfermó y el día de la foto de generación estaba cuidándose en su casa. Sólo acudió al Cine Comitán, donde se efectuó la ceremonia de graduación. Ah, ese día fue un momento sublime en nuestra vida. Todos lo recordamos con gran emoción. Luego te cuento un poco más.

jueves, 8 de abril de 2021

CARTA A MARIANA, CON EL CONCEPTO PERMANENTE

Querida Mariana: Adrián me preguntó si votaré en las llamadas elecciones más grandes de la historia de México. Mi respuesta fue positiva. Bueno, siempre y cuando me aseguren que los demás votantes irán con cubrebocas y procurarán la sana distancia; siempre y cuando los encargados abran las casillas a la hora indicada (ya mirás que no faltan los que retardan la apertura y provocan amontonamientos). Ejerceré mi derecho al voto, siempre y cuando garanticen mi derecho a la salud; seré responsable y acudiré a votar, siempre y cuando las autoridades sean responsables y garanticen un proceso limpio. Sólo como broma le enseñé esta credencial a Adrián y dije que con esa votaría. Si mirás el encabezado dice: Credencial permanente de elector, y, según yo, lo que es permanente es para siempre. Mi nombre, por fortuna, no es como pastilla Mejoral, que caduca en un determinado tiempo, ¡no!, mi nombre es permanente como permanente rezaba el encabezado de esta credencial que me fue otorgada en 1978; es decir, cuando tenía 21 años. Antes de 1969 la ley otorgaba la ciudadanía hasta cumplir los veintiún años; después de ese año, y hasta la fecha, obtuvimos la ciudadanía a partir de los 18 años. ¿Por qué, entonces, saqué la credencial cuando tenía 21? Porque quise ser responsable y votar en las elecciones de 1979, pero como en esos años no estaba en Comitán sino en el entonces llamado Distrito Federal hice allá mi trámite. Como mirás, mi domicilio estaba en la avenida Cuauhtémoc, de la colonia Narvarte. Ahí, en un edificio de varios departamentos, vivíamos Miguel, Enrique, César, Rodolfo, Rogerio y yo. Nosotros ocupábamos el departamento 201. Ahora veo que la Credencial permanente de elector, no fue permanente. Ahora las credenciales tienen muchos candados para que no sea posible la reproducción ilícita; ahora las credenciales contienen la fotografía de los votantes y dichas credenciales no sólo sirven para ejercer el voto sino, sobre todo, como documento de identidad. Las autoridades, muy listas, han obligado a que en cualquier trámite sea requisito necesario presentar la credencial del ahora INE. En 1978, el organismo encargado de expedir las credenciales “permanentes” de elector era la Comisión Federal Electoral; en 1990 se creó el IFE (Instituto Federal Electoral), que tenía el objetivo de ser un órgano imparcial para el proceso electoral, aunque el presidente del Consejo General fue Fernando Gutiérrez Barrios, secretario de gobernación en ese momento. ¡Gutiérrez Barrios! ¡Bendito Dios! Y bueno, ahora la instancia encargada de expedir las credenciales se llama INE (Instituto Nacional Electoral) y es el organismo que sancionará las llamadas elecciones más grandes de la historia de México. Sí, votaré. Cuando lo haga pensaré en mi pueblo amado. En Comitán, como nunca en la historia cívica de este municipio, los electores elegiremos a uno de once candidatos. ¡Once candidatos! Los nombres de nueve hombres y dos mujeres, representantes de diversos partidos y coaliciones, aparecerán en la boleta y el votante deberá elegir el nombre de su preferencia. La persona que obtenga el triunfo en las urnas, gobernará nuestro municipio durante el trienio 2021 – 2024. Posdata: en el siguiente trienio, en el 2024-2017, conmemoraremos, ¡celebraremos!, el centenario del nacimiento de la comiteca Rosario Castellanos. 2025 será un año grande. Resultó que mi credencial permanente no es permanente. Todo se modifica, todo cambia, todo perece. Bueno, con decir que la huella que puse en un recuadro ya no es la misma. Ahora, durante todo este año de pandemia, el constante lavado de manos ha hecho que mi huella se borre, se ha modificado. ¡Pucha! Ni siquiera mi huella digital es permanente. ¿Cómo están tus manos con tanto lavarlas? ¿Cambió tu huella? En el banco exigen colocar el dedo en un chunche electrónico, detector de huellas. ¿Qué sucede ahora que muchas huellas se han modificado? Mi huella perdió su huella. Tal vez sólo mi afecto por vos es inmodificable en el tiempo. Espero que la credencial de nuestra amistad dure lo que dura el universo, que sí sea ¡permanente!

miércoles, 7 de abril de 2021

CARTA A MARIANA, SIN REMITENTE

Querida Mariana: los amigos ¿tienen celos? No lo sé, por eso pregunto. Sé que los celos, perniciosa afectación, es sanguijuela que quita sangre a los novios y a las parejas y a los matrimonios, pero ¿los amigos también son celosos? Anoche soñé que recibías una carta cuyo autor no era yo y sentí como si alguien me enredara un alambre de púas en la garganta y en el estómago. ¡Qué bobo! Fue un sueño, pero la sensación fue muy real, incluso ahora que escribo esta carta siento un reflujo amargo. ¡Qué tonto! Llegué a tu casa, me senté en el sofá y esperé. Antes de que salieras de la cocina vi un sobre sobre la mesa de centro y a la hora que serviste té en la taza y me ofreciste un pan integral con miel, dijiste que habías hallado esa carta debajo de la puerta de calle. Como no tenía remitente pensaste que era una cadena. ¡Ah, cadenas estúpidas! No las abro, no las leo. Una vez lo hice. Qué carta tan tonta, al principio decía que yo era elegido para recibir una bendición, pero que si cortaba la cadena recibiría un castigo tal que las penas de los condenados al infierno eran juegos de columpio. ¡Qué mentes tan perversas y absurdas escriben esas cartas estúpidas! Pero, en el sueño, me dijiste que cuando ibas a tirarla al basurero sentiste un aroma conocido, el sobre tenía el perfume Chanel 5, que vos usás. El perfume fue el anzuelo que te enganchó. ¿Quién manda cadenas perfumadas? En ese momento comencé a sentir una desazón, como si estuviera sentado, en lugar del mullido sofá, en un hormiguero y cientos de hormigas clavaran sus tenazas en mis nalgas. Te pregunté: ¿La abriste? ¿La leíste? Y vos, como si comieras un pan compuesto, dijiste que sí y cuando abriste el sobre hallaste la fotografía y el papelito, y me enseñaste ambas cosas. Yo imaginé la fotografía de un hombre desnudo y su número telefónico. ¡No! Era la impresión de una fotografía tuya que, en algún momento, subiste a tu Facebook. Cuando tu novio te tomó la fotografía, el sol estaba a punto de ocultarse en la falda infinita del mar y se sentía cómo el sol lamía tu cuerpo con un calorcito rico. ¿Quién te había enviado la carta? ¿Qué decía el papelito? Me dijiste que no tenía remitente, nadie firmaba el mensaje. Sólo decía: “Querida Mariana: parodio a Sabines: “…una hoja tierna de tu trasero debajo de mi almohada me provoca sueños sublimes…” Pero qué pendejo. ¡Qué manera de destrozar las líneas bellas de Sabines! ¡A quién se le ocurrió esa estupidez! ¡Qué zafio! ¿Hoja tierna de tu trasero? ¡Pucha! ¿Qué quiso decirte? ¿Que tu trasero es como una lechuga? Vos sonreíste, tomaste la foto y el papelito y los rompiste y pusiste los pedacitos sobre un cenicero que siempre está en la mesa de centro, porque nadie usa, porque en tu casa nadie fuma y los visitantes fumadores deben abstenerse, porque al lado del cenicero está un pequeño letrero, como esos que aparecen en las carreteras, que indica: Prohibido fumar. Todavía siento un ligero repeluzno en mi espíritu. ¿Quién te escribió eso? No fue un muchacho. ¡No! No fue una broma ¡No! Algún viejo perverso lo hizo. Ahora, que te escribo esta carta, pienso que ningún muchacho hace esas cosas bobas. Pensé en un viejo idiota. ¿Qué ganó con su desliz? En el sueño, vos me diste más té, tomaste el libro que estaba sobre la mesa de centro y dijiste que lo habías recibido esa mañana. Alcancé a ver que era el nuevo libro de Rosa Montero: “La buena suerte”. Posdata: Sin duda que la referencia del libro fue porque acabo de solicitarlo en Amazon, en su versión digital y ahora lo leo. Pero, ¿lo de la carta sin remitente? ¡Andá a saber! Los sueños caminan por senderos misteriosos. Ahora pienso en mi molestia. Tal vez mi molestia apareció en el momento que recibías cartas de otros. Tu novio (me lo has dicho) jamás te escribe cartas. Cuando han estado distanciados, él te hace videollamadas o te manda mensajes por WhatsApp. ¿Quién manda ahora cartas escritas a mano sobre papel y las mete en sobrecitos? Sólo los viejos. En fin. Cuento mi sueño, porque es lo que recomendaba la tía Arminda, se cuentan para que no se constipen y formen chibola en el alma. Caminabas sobre la playa, caminabas con rumbo al mar. El sol te tocaba con sus dedos de ámbar. Los celos son perniciosos, son miles de hormigas en el tutís del espíritu. Por eso, los amigos no tenemos celos, porque no tenemos ese bobo sentido de posesión que tienen los novios y los esposos. Los amigos nunca se divorcian. Si algo les molesta dan la vuelta y siguen caminando por los senderos prodigiosos de la vida sencilla.

martes, 6 de abril de 2021

CARTA A MARIANA, CON UNA CONVICCIÓN

Querida Mariana: quiero y respeto todo aquello que miraron los ojos de mi padre; quiero y respeto todos aquellos objetos que fueron benditos por su mirada. Sus ojos fueron como golondrinas que se posaron en los aleros de muchos edificios y de muchas personas. A todos ellos los quiero y respeto, porque son hilos de la cuerda que tejió la memoria visual de mi padre. Los amaneceres me recuerdan la permanencia de su mirada. Mi padre murió en 1990. Su mirada se canceló el 19 de febrero. Pero muchos objetos y personas que vio siguen presentes. Los edificios que admiró siguen conservando su luz; muchos objetos tienen la pátina de sus ojos claros. A veces me topo con personas que llevan en sus cabellos brillos que dejó mi padre como aves en nidos. Mi exigencia al mundo es sencilla: ¡preservar las cosas que tocó la mirada de mi padre! ¡No las desechen, no las hagan polvo! Pido que la gente que recibió su mirada siga caminando por las calles, asomándose por las ventanas y balcones. Que la gente que recibió su mirada siga regando, con sus ojos, los jardines que hizo suyos; las plantaciones, los bosques y las montañas. Cuando vemos un lago ese lago se vuelve nuestro para siempre. Lo contrario también sucede. Mi padre caminó por playas, por plazas; se sentó en cafés y en templos. Mi padre subió a trenes, barcos, aviones y autos. Se levantó de madrugada e hizo a un lado la cortina para mirar el despertar del día. Tomó refrescos, cervezas y vasos llenos de alcohol. Tocó en muchas puertas, en puertas de madera y de hierro y de aire. Sí, mi padre tocó en los muros del aire y, en instantes prodigiosos, abrió ventanas en el aire. En esas ventanas es donde ahora veo el mundo y donde tomo el aire que respiro, que me permite seguir vivo. Sí, exijo que el mundo respete esos viejos muros, esos cristales opacos, esas maderas apolilladas. Que continúen los relojes de péndulo, ya no marcan horas, ¡no!, ellos marcan el tiempo del tiempo de mi padre, tiempo infinito. Las cosas del universo están hechas de las miradas de los padres. La consistencia de los objetos está formada con pétalos de luz. Quiero y respeto todo lo que tocó la mirada de mi padre. Me quiero y me respeto, porque fui la niña de sus ojos; y quiero y respeto a su hija, y a la madre de su hija, y a la madre de su hijo, y a sus nietos y a los bisnietos y a todas las ramas que brotan de su árbol; quiero y respeto a su padre y a su madre y a los gajos de su enormísimo cielo. Cada nube, cada árbol, cada muro, cada río, cada sendero, cada ladrillo, cada techo, cada lluvia que bebieron sus ojos recibe mi bendición porque en ellos bendigo a mi padre. Mi petición es sencilla: ¡dejen intocado lo que tocó la luz divina de mi padre! No permitan que la oscuridad extinga lo que está lleno de vida. ¡Entiendan! El platanar, el desierto, la mora, el olivo, el mar, la piedra y la luz de cada día tienen vida porque los padres, desde el origen, los vieron, los nombraron con su mirada, los dotaron de sentido a través de sus ojos. En los ojos está la luz, ¡el Verbo! Posdata: querida mía, la mirada de mi papá está en la cosa sencilla, en el vuelo del chupamirto, en el clavel, en el hueco de tierra donde el niño juega canicas. La mirada de mi padre bebió mucha agua, mucha luz, mucha vida. Su mirada fue un ave juguetona, atrevida, sugerente, reflexiva; trepó sobre muchos árboles, sobre muchas nubes. Cuando llueve, esa lluvia también contiene su mirada y ésta abona la tierra y alimenta al grano de maíz que luego, vos y yo, y medio mundo, consumimos para bendecir la vida. Quiero y respeto el espejo donde se vio, el agua con que se lavó su rostro.

lunes, 5 de abril de 2021

CARTA A MARIANA, CON LA GLORIOSA GENERACIÓN 68-71 (Parte 6)

Querida Mariana: la historia de los grupos se conforma con la participación de testimonios de todos los integrantes. Es difícil, muy difícil, que, en una fotografía de generación, todos los integrantes estén vivos después de cincuenta años. Por fortuna, mi generación tuvo la bendición de no contabilizar fallecidos durante el ciclo. Hay grupos de escuela que, en el transcurso de clases, sufren la pérdida de alguno de sus compañeros. A veces (¡ah, la muerte tan traviesa, tan cruel!) algún integrante se accidenta o se enferma y muere. Digo que mi generación fue bendita, no sufrió ese hueco indecible. Pero he visto, ya en el transcurso de mi vida, ya siendo docente, ese hueco. He visto cómo lo sufren los compañeros, al día siguiente del deceso acuden al salón y prenden una veladora en el lugar donde está el vacío, el espacio que ocupaba la persona fallecida. ¡Tremendo! Ese vacío ya no se cubre jamás. Acá está mi certificado de secundaria. La fotografía me la tomó (como a los demás miembros de la generación) don Enrique Cancino, gran maestro de la fotografía. El padre Carlos era estricto, todos los alumnos de su colegio debíamos ir con don Guillermo Villatoro, maestro de la sastrería, para que él nos confeccionara el uniforme de gala, con ello garantizaba que la tela del uniforme fuera la misma, de impecable calidad, y que el corte fuera de primera. El uniforme, así lo indica el nombre, debe uniformar, debe ser el mismo para todos. Así pues, las fotografías debían ser del estudio de don Enrique, para que fueran de excelente factura. Si hago un ligero análisis de las calificaciones obtenidas debería concluir que estaba negado para el Español, para las Matemáticas, para la Biología, para la Geografía Física y Humana, para la Historia Universal y, por supuesto, para el Inglés. Reprobé esta materia en el primer grado. ¿En dónde están mis mejores calificaciones? En Educación Física; es decir, de acuerdo con este documento (que aporta datos de orientación vocacional) debí terminar siendo un pupilo consentido del maestro Cuauhtémoc Alcázar Cancino y ahora debía llevar en el pecho una medalla de bronce, obtenida en alguno de los Juegos Olímpicos. Pero no fue así. Y no fue así, porque odiaba la clase de Educación Física. Amaba el Dibujo y el Español, y resulta que en el primer grado obtuve un raspado seis en Español y un modesto ocho en Educación Artística, aunque recuerdo que siempre cumplí en la materia de Español y cuando llegaba la maestra Vicky Albores a darnos Dibujo de Imitación, yo abandonaba mi pupitre de mitad del salón, detrás de la fila de mujeres, y me hincaba al frente, colocaba mi cuaderno con cuadrícula y copiaba los trazos que la maestra iba realizando en los cuadros de un pizarrón también cuadriculado. Ese pizarrón era especial para la clase. Cuando tocaba Dibujo de Imitación, dos compañeros (de los fornidos) iban a la bodega y traían el pizarrón cuadriculado. Al término de la clase, el pizarrón regresaba a la bodega y sobre la pared quedaba el pizarrón de siempre, el que servía para las demás materias. Antes, niña mía, los salones tenían al frente un estrado, los catedráticos garantizaban que todos los alumnos los vieran y sostenían la necesaria distancia respecto a los alumnos. En los salones actuales ya no existen esas tarimas, la pedagogía moderna indica que los maestros deben propiciar cercanía con sus alumnos. El estrado del primer grado de secundaria tenía una altitud entre cincuenta y sesenta centímetros, esto era ideal para mi clase de dibujo, colocaba ahí mi libreta y yo me hincaba frente al pizarrón. No padecía de la vista, pero me encantaba estar ahí en esa clase que era de mis favoritas. En clase de Mecanografía tampoco obtuve calificaciones superiores, con trabajo alcancé ochos. Sin embargo, ahora, quién lo diría, gran parte de mi trabajo lo realizo en el teclado de computadora y soy diestro en la escritura, escribo con gran velocidad, uso todos los dedos y no tengo necesidad de ver el teclado. Posdata: hubo un momento en que estuve a punto de renunciar a la escuela. Aborrecía ir, en la tarde, una vez a la semana, a clase de Educación Física. Sufría. La clase iniciaba en el parque de San Sebastián, en marcha hacíamos una parada en un llanito del Puente Hidalgo y una vez que habíamos hecho el uno, dos, con brazos y piernas y mis compañeros habían tocado diez veces las puntas de los pies con sus manos y yo había llevado, con trabajo, con dolor y con frustración, mis manos a las rodillas, el maestro Temo indicaba que debíamos subir la pendiente del panteón, en carrera. Yo comenzaba a correr y era como si lo hiciera para atrás, porque a cada paso que daba el grupo de compañeros se perdía de mi vista. Casi a mitad de la subida había un gran piedrón en la lateral de la subida, esa piedra era como si tuviera mi nombre. Yo la alcanzaba, me sentaba y me ponía a llorar. Ya mis compañeros habían desaparecido en la vuelta final hacia el panteón. Cuando en la Ciudad de México, ya estudiante universitario, me tocó hacer mi servicio militar en la Alberca Olímpica, el fantasma de la Educación Física apareció de nuevo. Estaba a punto de mandar al caño esa exigencia patriótica inútil, cuando un compañero me dijo que, si tenía necesidad de ausentarme por algún motivo, aquel oficial (y señaló a un hombre, con casquete corto, sentado en una banqueta) por quince pesos te quita la falta. Me acerqué con pena y pregunté. Sí, hombre, los días que quieras. ¡Ah, la gloria envuelta en manta de seda! Cada mes llegaba con sesenta pesos y el oficial me anotaba cuatro asistencias. Un cinco de mayo, en la inmensa plancha del Zócalo, después de jurar bandera recibí mi Cartilla Militar. Había cumplido con la patria.

sábado, 3 de abril de 2021

CARTA A MARIANA, CON LA GLORIOSA GENERACIÓN 68-71 (Parte 5)

Querida Mariana: de izquierda a derecha, en tercer lugar, de la segunda fila de mujeres, está Elsa. Ya te conté que ella creció en el mero barrio de San Sebastián. Su casa estaba (está) frente al Centro de Salud (en el lugar donde construían la plaza de toros para celebrar la feria de San Sebas). Elsa y Carlos Conde caminaban pocos pasos para llegar al colegio. Carlos vivía frente al parque, en la casa de su abuela, la famosa doña Mariana. Ahora, Elsa radica en Tuxtla, al lado de su esposo Armando, hijos y nietos. Después está Irma. Ella, ahora radica en Las Margaritas, fue integrante de la pandilla de los números. ¿En qué momento se les ocurrió bautizar así a su grupo cerrado? Ellas se identifican por sus números: 1-A, 2-A…, como si fueran salones de algún instituto o colegio. Imagino las llamadas por teléfono, al estilo de película de James Bond o del Santo, el enmascarado de plata: Sí, acá habla la 2-A para avisarte que tenemos reunión en casa de la 4-A, a las cinco de la tarde. Dice la 6-A que llevará mistela, hecha por la mamá de la 5-A. Y es que los grupos siempre se distinguen y buscan distanciarse de los demás. La identidad exige la originalidad. Yo pertenecí al grupo JAPE, que, incluso, tuvo su alfabeto JAPE. La guarida del grupo era un cuarto en el sitio de mi casa, que había servido en algún momento como gallinero. El cuarto tenía dos ventanas y una puerta en medio, paredes de ladrillo y techo de lámina galvanizada, un foco colgaba a mitad del techo. Cuando, de gallinero, pasó a ser guarida del grupo JAPE, lo adornamos con algunos recortes de revistas. El nombre contenía las iniciales de sus cuatro integrantes: Jorge (Pérez), Alejandro (Molinari), Pedro (Avendaño) y Enrique (Robles). A continuación está María de Lourdes. Lulú también era del barrio de San Sebastián, pero su casa estaba a tres o cuatro cuadras del parque, del colegio. Ella es maestra y gran basquetbolista. Su amor por el deporte ha sido sublime. Ahora, por tanto brinco sobre la duela, debió ser sometida a una operación de la rodilla, se repone en casa de su hija. La siguiente es María del Consuelo. Consuelito le decíamos todos. Ella vivió en el extranjero. Su casa estaba a media cuadra de la escuela Fray Matías de Córdova, era una construcción moderna, con un generoso jardín al frente, sembrado con rosas. Como la división era una serie de barrotes de hierro, todos los que pasábamos por ahí veíamos el jardín y habitaciones con grandes ventanas, una de esas habitaciones pertenecía a Consuelito. A continuación está Matilde. Acá aparece con dos trenzas muy coquetas que caen sobre su pecho. Maty, por desgracia, falleció hace algunos años. Ella vivía en una de las dos casas donde habitó Rosario Castellanos, la casa donde ahora está el restaurante Ta’Bonitío, frente al edificio de la presidencia municipal. Ah, ella tuvo el privilegio de caminar unos cuantos pasos y tener el parque central a su disposición. Vaya un emocionado recuerdo a nuestra compañera. Luego, justo detrás del padre Carlos, está Eva, quien no tenía nada que envidiar a Maty, porque su casa también estaba a media cuadra del parque central, a media cuadra del templo de Santo Domingo, a una cuadra de donde ahora está el Centro Cultural Rosario Castellanos. Y como en ese tiempo aún estaba la llamada Manzana de la Discordia, Eva tuvo un amplio y cercano conocimiento de los locales que estaban en dicha manzana. Sí, Eva tomó un helado en Nevelandia y tomó un refresco en el Café Intermezzo y compró un chocolate con don Arturo Rivera Alfaro (ARA) y compró un disco en La Casa del Ciclista y compró un libro en la Proveedora Cultural y compró una blusa en la tienda Selecciones, de Merce Solís. Eva ahora radica en Guadalajara, se dedica a la venta de bienes raíces y cuando puede asiste a la FIL, la Feria Internacional del Libro. Eva, siempre generosa, me invita a ir. Sabe que vos y yo amamos los libros y me dice que debo ir a vivir esa experiencia inigualable. Alejandro Abarca vio la foto de esta generación y comentó: “¡Qué bonitas todas tus compañeras!” Sí, Alejandro tiene muy buen ojo, muy buen gusto. Todas, todas mis compañeras son bien bonitas. En ese tiempo, ah, Señor de las Mil Misericordias, levantaban pasiones en el pueblo. Muchas, en primero de secundaria, eran perseguidas por compañeros de grados superiores de nuestro colegio o por alumnos de otras escuelas, sobre todo de la Escuela Secundaria y Preparatoria de Comitán, que en ese tiempo funcionaba donde ahora está el Centro Cultural Rosario Castellanos. Cuando mis compañeras caminaban por la banqueta de la manzana hoy inexistente, los muchachos se sentaban en la barda y echaban quemones a las muchachas de la escuela del padre. Posdata: Cuando entré al Colegio Mariano N. Ruiz debí, como todos mis compañeros, acostumbrarme a decir que estudiaba en la Mariano o en la escuela del Padre. Hasta la fecha, muchas personas así llaman al colegio: ¡del padre! Lo mismo sucedía con las muchachas que estudiaban en el Colegio Regina, dicho colegio también fue nombrado, hasta la fecha, como la escuela de las madres. Qué simpático. El clero, contra todo pronóstico del presidente Calles, por debajo del altar siguió conservando estas particularidades. En el Comitán de 2021 hay una escuela de las madres y una escuela del padre.

viernes, 2 de abril de 2021

CARTA A MARIANA, CON EL PARQUE DE LA PILA

Querida Mariana: ¡sí! Igual que vos, al ver la postal pensé ¡qué bella imagen! Mi amigo Humberto Pérez Matus la compartió en las redes sociales. La pandemia nos confinó en nuestras casas. Las autoridades nos recomiendan seguir cuidándonos. De esta manera, los viajes se han limitado. Sí, es una pena, porque los comitecos y los visitantes acudimos con placer a este parquecito, que, en esta postal, nos muestra una imagen del siglo pasado. Sé que ya identificaste el lugar. ¡Es el parque de La Pila, de nuestro pueblo! Así estaba en los años setenta, más o menos. La placita ha sufrido modificaciones. Sólo los símbolos de identidad, por fortuna, continúan inamovibles. Ahí está el templo de San Caralampio, nuestro santo consentido; ahí está la espléndida escalinata, con sus mosaicos “made in Comitán”; ahí está la ceiba, árbol sagrado de los mayas; ahí están los techos de las casas con sus tejas “made in Comitán”; ahí están los chorros de agua; ahí está el viento que llega desde La Ciénega; y, en primer plano, la canastera que regresa a su casa después de vender su mercancía en el centro del pueblo. Permanecemos en casa, pero muchos revisan fotografías y postales y viajan, viajan en el hilo del recuerdo, en el camino de luz de la nostalgia. Porque este ejercicio es permanente. Cuando vi esta postal mi rostro se iluminó, algo como una sonrisa apacible apareció en mi rostro. ¿Lo imaginás? Yo, que tengo cara de piedra, sonreí, y esto fue así, porque mi espíritu se alegró. Fue como si yo estuviera parado en el lugar donde estuvo el fotógrafo. Al estar ahí recibí la bocanada de luz, caminé por el mismo lugar donde camina el paisano con el sombrerito, saludé a la señora de chal y fue maravilloso oír su voz de ámbar. Me senté un ratito en esas bancas todas sholcas, pero que aún cumplían su función de ser como camas de bronceado, porque, ¡pucha!, fuera de la sombrita de la ceiba y del kiosco, no había más árbol para arrimarse. No obstante, el parquecito era coqueto. Diré un absurdo, a mí me gustaba más este parquecito que el actual. Las bancas estaban ya muy deterioradas, pero las lámparas eran símbolo de modernidad. En los años setenta, Benito Alazraki, gran director del cine mexicano, anduvo por nuestras tierras, al lado de Saby Kamalich y de Pilar Pellicer, para filmar algunas escenas de la película “Balún-Canán”. Los escenarios fueron el panteón municipal, Yalchivol y La Pila. Este parquecito es el que aparece en dicha cinta. En la calle que acá se mira, en medio de la escalinata y de la ceiba, circularon dos o tres carretas. Ahora, esa calle ya no existe. El parque se amplió y se eliminó ese acceso. Varios comitecos participaron como extras en esa película, sobre todo en la escena del panteón. Ayer, la poeta Clarita del Carmen pidió que los paisanos que participaron en la película compartan sus experiencias. Tiene razón. Falta que esos paisanos platiquen sus experiencias, que nos digan cómo fue el casting donde fueron elegidos, cómo fue estar al lado del gran fotógrafo mexicano Gabriel Figueroa, reconocido internacionalmente. Falta que esos paisanos compartan con medio mundo las fotografías de ese momento sublime. Falta que el libro de oro de nuestra historia local registre los nombres de esos actores comitecos. Yo estudiaba en la Ciudad de México cuando ocurrió la filmación. Cuando ocurrió el estreno acudí de inmediato a ver la película, basada en la novela de Rosario Castellanos, en el Cine México, que estaba en la avenida Cuauhtémoc, en la gran ciudad. Recuerdo a Escobedo, actor de prestigio en nuestra ciudad, y a Leticia Pinto, quien dio el salto para ser luego protagonista de películas mexicanas. Pero hay más. Esa historia aún está por escribirse, y debe ser escrita por quienes la vivieron. Vi la postal que subió Humberto y subí por la generosa escalinata y, antes de entrar al templo de Tata Lampo (que en ese tiempo estaba pintado de blanco, era como un pastel bañado en turrón), me paré en el escalón más alto y vi los techos del pueblo, desparramados sobre el valle y sobre el cerro y me llené de vida; pero no me conformé y, al entrar al templo, caminé hasta la sacristía y subí por la escalinata exterior, la que conduce al coro y luego trepé por la escalera estrecha que lleva al campanario y desde ahí, como pájaro, miré el pueblo y supe que el aura divina no tiene límites. ¿Cómo puede decirse un amanecer en Comitán?, se preguntó Sabines. Se puede decir de muchos modos, poeta, uno de estos modos es bajar al parque de la Pila y beber el aire de La Ciénega, beber el vuelo de los techos de teja, empaparse del azul eterno. Posdata: ah, qué buena imagen nos obsequió Humberto. ¿Qué hace el camión al fondo? ¿Ahí era la terminal? No, en ese tiempo, como antes, y como ahora, muchos choferes llevaban sus vehículos para darles una lavadita, con el agua de los chorros. ¡Pucha! Esos autos y camiones terminaban bendecidos, porque esas aguas son de los veneros de Dios. ¡Salud!

jueves, 1 de abril de 2021

CARTA A MARIANA, CON LA GLORIOSA GENERACIÓN 68-71 (Parte 4)

Querida Mariana: la segunda fila, de acá para allá, y la tercera fila de allá para acá está integrada por: María Leticia García Pinto, María Guadalupe Gordillo Abarca, Elsa Josefina Barrios Gordillo, Irma Gloria Martínez Mérida, María de Lourdes Guillén de León, María del Consuelo Bermúdez Carreri, Matilde Fernández Kánter, Eva Angelina Morante Fernández, María Concepción Guillén Villatoro, Rosa Elena Pulido Guillén, Carmen del Socorro García Pinto, Evangelina Solís Gordillo, Amanda del Socorro Ruiz Méndez y Ruth Elena Castro Moreno. En términos estrictos no es cierto lo que diré, pero casi casi como estamos formados acá permanecíamos sentados en el aula. Sí, las mujeres se sentaban en los mesabancos de adelante del salón y los hombres, en los mesabancos de atrás. Algo así como ¡juntos, pero no revueltos! Simpático, mi mamá, en los años treinta, estudió la primaria en su ciudad de origen, Huixtla, y me cuenta que los alumnos se sentaban niña y niño, niña y niño, nada de niñas con niñas ni de niños con niños. En los años treinta. En los años sesenta, en Comitán, cuando estudié la primaria, en la Matías de Córdova, todo era como canción de Chico Che: “los nenes con los nenes y las nenas con las nenas…” ¡Sí, del primero al sexto grado de primaria, sólo tuve compañeros! Las niñas estudiaban en otros salones. Y la separación era aún más drástica: las niñas tenían a mujeres como maestras y los niños teníamos a maestros varones. Digo esto, porque cuando terminé la primaria y pasé al Colegio Mariano N. Ruiz para estudiar la secundaria, recibí el primer impacto cuando el padre Carlos nos formó a los alumnos de nuevo ingreso en el patio central. Al principio de la fila estaba la niña de menor estatura y así hasta llegar a la más alta. En cuanto todas las mujeres quedaron formadas, el padre comenzó a formar a los niños, del más chaparrito al más alto. Sí, Luis Ortiz fue el último de la fila. Digo que el impacto fue saber que tendría compañeras en el aula. Durante seis años de primaria había permanecido viendo a las niñas sólo en el recreo, de lejos. Ahora, las niñas estarían en el mismo salón que yo. El segundo impacto fue saber que, de igual manera, tendría maestras y maestros. Sé que esto a vos te parecerá intranscendente, porque ahora el término de equidad de género es cosa de todos los días, pero en los años sesenta no era tan sencillo. Tan no era sencillo que muchos de mis complejos tienen sustento en esa práctica. Para los demás compañeros esto, probablemente, no era tan relevante, estaban acostumbrados a salir a jugar a la calle con niñas y niños o tenían hermanas y esto permitía que todas las amigas también fueran sus amigas, pero yo era hijo único y de casa. Casi no salía de casa. Mis juegos, durante toda la primaria, o fueron con niños o en forma solitaria (únicamente acompañado con amigos imaginarios). Así que, para mí, el paso de primaria a secundaria fue un paso enorme, casi casi como el que dio Neil Armstrong en la luna, en 1969, año donde ya iniciábamos el segundo de secundaria. Fue un pequeño paso para mis pies, pero un gran salto para mi humanidad. Ese primer día me chiveé cuando una compañera me habló y esa chiveada me duró los tres años de secundaria, pero disfruté mucho la presencia de ellas. Sí, para mí fue trascendental tener compañeras. Fue como descubrir que en el universo la Tierra giraba alrededor del Sol y el Sol tenía rostro de niña bonita. Y, en 1971, no lo intuíamos, pero la primera alumna de esta fila, Lety (Leticia Pinto, su nombre artístico), un tiempito más adelante (cuatro años después de este momento) trabajaría en fotonovelas (muy de moda en los años setenta), y en películas (1976) y sus compañeritos ya eran nombres de artistas reconocidos. En la película “Los desarraigados” actuó al lado de Mario Almada y Pedro Infante Jr.; y en la película “La banda del carro rojo”, con los citados y con el otro Almada, Fernando, y con los ahora famosísimos Tigres del Norte. Pucha. Nadita. Sus compañeros de secundaria, ya estudiantes de universidad, compramos una revista donde ya no portaba uniforme alguno, en lugar de Leticia parecía llamarse Eva. Como ya dije, tener compañeras me abrió una ventana luminosa. Lety siempre tuvo un rostro bellísimo. Cuando nos despedimos realizamos una cena de despedida, Coco Arredondo prestó su casa, en el barrio de San Sebastián. Al final, donde hubo asistencia de algunos de nuestros maestros, los compañeros nos abrazamos y dijimos adiós para cerrar el ciclo, en el hermoso patio de esa casa que, por fortuna, aún conserva su traza original. A mitad del patio, mientras los demás compañeros se abrazaban, me acerqué a Lety y la abracé, ella, sólo como mera fórmula, me dijo: “No cambies nunca”. Y yo, ahora, te comparto esta frase como si me la hubiese dicho Marilyn Monroe. Y pienso que le hice caso. No he cambiado. Sigo siendo el mismo muchacho tímido, terrícola deslumbrado ante la belleza del Sol infinito. Posdata: Luego está Lupita, por desgracia ella falleció hace años. Un día alguien me dijo que si la recordaba y me enseñó la foto y dije que sí, por supuesto, me dijo que había muerto. Lo lamenté. Todos los compañeros, al ver las fotos de generación, lamentamos la ausencia de uno de ellos. Es como si se abriera un hueco y por ahí no pasara un aire amable, sino un ventarrón que levanta polvo y nubla la vista. Como en todos los grupos humanos, uno no hace migas con la totalidad de compañeros. Incluso hay algunos que no nos toleran, pero la definición de grupo no hace distingos. Acá está nuestra generación y lamentamos las ausencias, las vidas que ya no completaron sus sueños. La cantante Cothy Soto me ha platicado que Lety sí soñaba con ser actriz, así como ella soñaba con ser cantante. Ambas lograron sus sueños. ¿Qué soñábamos los demás? ¿Cuál era el sueño de Lupita? Luego te sigo platicando.

miércoles, 31 de marzo de 2021

CARTA A MARIANA, CON UN CHAPUZÓN

Querida Mariana: los mayores dicen que el canto del chisquirín (chicharra, cigarra) anunciaba el inicio de la temporada para ir a Uninajab. Dije que dicen los mayores. En estos tiempos, los comitecos viajan a Uninajab cualquier día del año. Pero, en los años cuarenta (nos cuentan los autores del libro “Uninajab, la feliz niñez”) ir a Uninajab era toda una aventura, porque en ese tiempo (¡increíble!) el viaje a Uninajab lo hacían a pie y tardaban día y medio para llegar. Ahora, ese viaje tarda, si mucho, treinta minutos. Los paseantes trepan a una poderosa camioneta 4x4, pasan a hacer compras a Plaza Las Flores, cargan gasolina en la Villatoro, llegan a Tzimol, compran batidos (riquísimos, dulces hechos con panela y cacahuate) y, después de unas cuantas curvas en carretera asfaltada, llegan al desvío y en menos que canta un chisquirín ya están nadando en las albercas que tienen en sus residencias, residencias con todas las comodidades de la modernidad. En aquellos años, compas de Islapá hacían los jacales, con ramas y petates y regaban juncia, porque ahí dormían las familias que pasaban ahí “la temporada”, consistente en una o dos semanas. ¿Mirás el título que le pusieron los autores a su libro? ¡Uninajab, la feliz niñez! Ah, cuentan grandes anécdotas vividas en ese paraíso natural, que algunos chocantes, en forma despectiva, denominaron como el Acapulco de los pobres. Qué percepción tan equivocada. Ahora, decenas de paisanos tienen casas ahí y disfrutan lo que los amigos que van a Acapulco no poseen. Acapulco sólo tiene mar. Uninajab no tiene agua salada, tiene agua azufrada, pero tiene mucho más, mucho más. Amigos del grupo AE Consultores me invitaron a dar una plática del tema. Mi plática se centró en hacer un comparativo entre un viaje en 1940 y un viaje en 2021. El contraste, pensé, ilustraría los cambios suscitados durante ese tiempo. Ya mencioné el tiempo del viaje. ¡Uf, una gran diferencia! De una duración de día y medio a treinta minutos. Lo mismo con el medio de transporte. En aquellos años la gente caminaba o hacía uso de caballos y yeguas, para que viajaran las señoras y para llevar todas las cosas necesarias. Ahora, ah, qué prodigio, en la pasadita a Plaza Las Flores consiguen todo lo que necesitan: hielo (para las cubitas y para la hielera donde se enfriarán las cervezas), salmón (antes comían charalitos y pescado seco), cacahuates Mafer, Sabritas, chorizo español (antes eran chorizos de doña Rita), carne para asar (antes llevaban su escopeta y en una redada mataban dos o tres venados, que cundían, ahora hasta las lagartijas están en proceso de extinción), carbón, güisqui, tequila, cerveza, limones, cigarros, protector solar, traje de baño, googles, condones (por si se ofrece), toallas sanitarias (por si se ofrece) y pañales desechables para el bebé (que siempre se ofrece). Y digo esto último, porque antes, nada de toallas sanitarias ni de pañales desechables. ¡No, señor! Las muchachas bonitas usaban trapitos que lavaban y volvían a usar y lo mismo sucedía con los pañales de las criaturas, se tiraba la caquita, se lavaban y se volvían a usar. Cuentan los mayores que los traseros de los pichitos no se rozaban, como ahora. Los autores del libro (Ramiro Gordillo García, César Gordillo Vives, Eugenio Cifuentes Guillén y Armando Alfonzo Alfonzo) nos cuentan lo que compraban al inicio de la temporada. En cuanto escuchaban el sonido de los chisquirines adquirían una buena red de tostadas, chorizos, longanizas y pan, mucho pan, porque, desde entonces, todo mundo al levantarse de la cama tomaba su café con pan. ¿Qué más compraban? Sábanas, hechas en Guatemala; tela cabeza de indio, que las mujeres usaban para confeccionar los camisones que usaban en las pozas. ¡Nada de trajes de hilo dental! ¡No! Camisones que a la hora de meterse al agua se inflaban como paracaídas. También adquirían caites, sombreros con barbiquejo (el barbiquejo servía para evitar que el viento se llevara los sombreros y fueran a dar hasta por donde ahora está la presa La Angostura). Compraban petates, que servían para dos usos: como maletas para llevar las sábanas y colchas, y como cama, porque se tiraban sobre la juncia, a la hora de dormir. Los niños iban a comprar hules para sus tiradoras y bajaban a los Zanjones para pepenar piedritas que usarían como proyectiles a la hora de matar pajaritos; y también compraban cáñamo que enredaban en una vara que les servía como caña de pescar. La carnada se conseguía en el sitio: lombrices. Posdata: Te dije que escucharas la plática, estuvo divertida, hablé de esto y de mucho más. Di la relación de cosas que el gran Armando Alfonzo Alfonzo anotó. Las mujeres llevaban: “agujas, hilos, botones, bicarbonato de sodio, sulfato de sodio, tintura de yodo, cafiaspirina, bitoques para lavativas, escapularios y ¡la Magnífica!” La Magnífica era la oración poderosísima que evitaba descalabros a la hora de bajar por el lugar conocido como “El voladero”. Ah, niña mía, por andar de lingui li lingui, te perdiste la plática. Fue un chapuzón en la poza del tiempo.

martes, 30 de marzo de 2021

CARTA A MARIANA, CON LA GLORIOSA GENERACIÓN 68-71 (Parte 3)

Querida Mariana: dirás que Julio Iglesias nada tiene que ver con los integrantes de la generación del Colegio Mariano N. Ruiz, la gloriosa generación 68-71. Hay líneas, en apariencia distantes, paralelas, pero que en un instante se entrecruzan y pasan a formar un nuevo tejido histórico. A final de cuentas, los grupos de alumnos se forman por un azar universal. ¿Por qué fulano de tal entró a tal escuela y no a otra? ¿Por qué a menganito le tocó sentarse al lado de fulanito y esa cercanía hizo que se hicieran amigos inseparables? El azar teje redes invisibles que luego se convierten en tejidos poderosísimos. Hay muchas personas que hicieron grandes amigos en la primaria, otras las hicieron en la secundaria o en el bachillerato o en las aulas universitarias. Muchas compañeras no recuerdan que su firma y su letra están en este cuaderno de autógrafos, forrado con una fotografía del cantante Julio Iglesias, propiedad de Lulú, María de Lourdes Guillén de León. La Lulis tuvo el cuidado de guardar este tesoro. Digo tesoro porque ahí está otro elemento de identidad, una hoja más del árbol que nos hizo coincidir en tiempo y en espacio. ¿Vos tenés alguna hoja de papel donde está tu letra de estudiante de secundaria? Tal vez sí, porque vos sos muy joven. Pero, pregunto, ¿quién de mi generación conserva un cuaderno de ese tiempo? ¿Alguien tiene los apuntes de la clase de Música, que nos impartía el padre Carlos J. Mandujano? Muchos de esos papeles ya pasaron a formar parte del basurero infinito. Ahora, por fortuna, existe La Nube, y ahí se conserva mucho de lo que ahora vivimos. Lulis es una nube, una nube previsora, ordenada. Lulis conserva el cuaderno de autógrafos que compró en 1971, que compró en la tienda de doña Mariana o en la Proveedora o en algún otro establecimiento de aquellos tiempos. Y digo que es un tesoro, porque además de muchos mensajes de compañeros de la generación conserva un autógrafo de quien fue nuestro maestro de Física y de Dibujo Técnico y de Modelado, del amigo personal de Rosario Castellanos, soberbio artista plástico de estas tierras: ¡el maestro Güero! El nombre del maestro Güero es Javier Mandujano Solórzano, pero en el autógrafo que le heredó a Lulis firma como fue conocido por múltiples generaciones de alumnos del Colegio Mariano N. Ruiz y de la Escuela Secundaria y Preparatoria de Comitán. Ahora, el nombre de quien fue nuestro maestro está inmortalizado en la Escuela Secundaria número 49, en el barrio de La Pilita Seca. Nosotros, quitados de la pena, podemos bajar a la secundaria 49 y decir, chentos, yo fui alumno de él. ¿De quién? ¡De él!, y señalar el nombre que está en la entrada de la escuela. ¡Nadita! Y la Lulis tiene un autógrafo de él. ¿Sabés qué le escribió el maestro Güero? “Lourdes, le deseo que en sus exámenes obtenga muchos dieces”. Sí, el trato fue de usted, nada de confiancitas, ¡no! Nosotros sabemos que el buen deseo del maestro, era el mismo de los papás de la Lulis y de la misma Lulis. Pero, de igual manera sabemos que el cumplimiento de ese deseo radicaba sólo en la voluntad de Lulis. ¿Cuántos dieces obtuvo Lulis en sus exámenes finales? ¡Ella lo sabe! ¿Estudió mucho o se puso lista a la hora de la copia? ¿Quién era la más adelantada del grupo? ¿Quién era la que obtenía muchos dieces? Armando Pérez Castro (ya te conté que era el mayor de nosotros y que llegó de Oaxaca para integrarse al grupo en segundo de secundaria) escribió lo siguiente: “Dos rosas en el jardín no se pueden besar, dos amigos que se estiman no se pueden olvidar”. ¿Qué dirá ahora Armando? Sí, tiene razón, dos rosas no se pueden besar, pero ¿qué tal se besaban él y Elsa? Armando llegó e hizo fuego, de inmediato se enamoró de nuestra compañera Elsa, quien era muy buscada, pero que tenía el freno de los hermanos, los gemelos Barrios (Raymundo y Víctor) que eran muy celosos. Armando franqueó barreras y se hizo novio de Elsa y tienen no sé cuántos años de casados, hijos y nietos. Su historia común comenzó en el aula. ¡Ah, el azar universal! Quién sabe qué mano divina hizo que Armando llegara a nuestro salón y ahí se topara con la mujer de su vida. ¿Qué le escribió Elsa a Lulis? ¡Esto! “Lulú: qué ventana tan alta, qué balcón tan dorado, qué bonita es Lulú, ¿quién será su enamorado? Your friend y tía.” Elsa era una de las consentidas de la maestra María Antonieta Alonso de González, quien nos impartía la clase de inglés. Elsa llevaba el control de calificaciones, era insobornable. Elsa era tan consentida que en su día de cumpleaños la maestra permitió que tuviéramos una hora social, para celebrar su cumpleaños. Fue un día especial, porque la maestra no desperdiciaba ni un minuto en afán de que aprendiéramos el lenguaje de Brad Pitt. Cantamos las mañanitas y algunos compañeros subieron al estrado para dar su mensaje, alguna canción o una declamación. Le tocó el turno a Julio César Figueroa, subió al estrado y, viendo a Elsa, le dijo: “Felicidades, Elsita, hoy es un día más de tu vida, hoy estás más cerca del panteón”. Ahí acabó el festejo, la maestra mandó a Julio César a su lugar y dijo que seguiríamos con la clase. Y acá es donde digo que Julio César se alía a Julio Iglesias, e Iglesias se alía a nuestra generación, porque nosotros comenzamos nuestra educación secundaria en 1968 y el cantante inició su fantástica carrera musical en ese mismo año, con la canción “La vida sigue igual” y, sin darnos cuenta, lo que Julio cantaba en ese tiempo hablaba del paso del tiempo que, en muy mal momento, Julio César nos repasó en nuestras caritas adolescentes. Ahora muchos melómanos vomitan a Julio Iglesias, pero nosotros crecimos con sus canciones, las cantábamos. Lulis era fanática, la imagen de su libro de autógrafos así lo demuestra. En este libro aparece constancia del grupo de mejores amigas de Lulis. Ella era integrante de una “pandilla” (así lo llamaban, al estilo de los muchachos) que nombraron como “De los números”, cada una de ellas tenía un número, eran seis: Jovita, Lupita Gordillo, Gloria Román (que en paz descanse), Elsa Barrios, Doris Caballero y ella. El libro de autógrafos de Lulis es testimonio de la desintegración de un grupo. Lulis solicitó un recuerdo, porque sabía que el grupo se desintegraba, esas hojas que volaron por diversos cielos permanecen integradas en hojas de este libro cosido. Así lo manifestó Conchy Guillén, quien escribió: “Si desgraciadamente el olvido existe, que estas líneas te recuerden a una amiga que de verdad te estima”. Sí, el olvido existe, pero estas líneas (que, sin duda, Conchy no recuerda haberlas escrito), recuperan un instante. ¿Qué escribió Eva Morante? ¡Ah, Eva se fue con una definición del amor! Mirá qué escribió: “El amor verdadero es aquel que nos acepta tal como somos y no trata de cambiarnos. Tu amiga que te estima”. Posdata: Estos mensajes fueron escritos en junio de 1971. Pronto hará cincuenta años. Julio Iglesias sigue cantando y nosotros con él: “Al final, las obras quedan, las gentes se van / otros que vienen las continuarán, la vida sigue igual”. La vida sigue igual.

lunes, 29 de marzo de 2021

CARTA A MARIANA, CON MUCHOS CORAZONES

Querida Mariana: ¿y si hablamos de corazones? Desde niño he estado enredado en corazones. Por fortuna, todos llenos de luz. Fijate que en el oratorio de la casa donde crecí había varias imágenes, la de la Santísima Trinidad, litografía que todavía está colgada en la recámara de mi mamá, una imagen de San Martín de Porres, un Cristo y un Sagrado Corazón de Jesús. Nunca he sido discriminador, pero si me preguntás cuál era la imagen que me atraía más, digo que era la del Sagrado Corazón de Jesús. Ah, pucha, su rostro era como de artista de Hollywood, con ojos azules, nariz afilada, el cabello largo y una barba cuidada, de cabellos dorados. Pero eso no era todo, porque, como su nombre lo indica, él mostraba en el pecho un corazón afectuoso, iluminado, lleno de vida. Nunca me han gustado los crucifijos donde Jesús muestra una cara de dolor. La imagen del Sagrado Corazón de Jesús es una imagen plácida. Desde entonces me aficioné a los corazones, sí, igual que muchos, también pinté corazones en mi cuaderno de estudiante de secundaria y le agregué el nombre de la niña que me gustaba. ¿Mirás el prodigio? Siempre ha existido una relación directa entre el nombre de la amada con el corazón. Claro, el corazón simboliza la vida y para los enamorados, el motivo de vida es la persona amada. Esto lo saben muy bien los poetas de todo el mundo. ¿Has escuchado ese prodigio de canción que se llama “Burbujas de amor”, de Juan Luis Guerra? En uno de los versos dice: “Tengo un corazón que madruga donde quiera”. ¡Ah, qué bonito! Siempre me ha gustado esa imagen: un corazón que madruga donde quiera, en lo alto de la montaña, en la playa, en el cuarto discreto, en la calle lluviosa. ¡Genial! ¿Y qué decir de la canción de Juanes, que se llama “Para tu amor”? En uno de los versos dice: “Un corazón que late por vos”. Acá, la persona amada es el motivo por el cual, el corazón late. Ya lo dijimos, el amor da vida, cuando no es un amor dependiente, corrosivo. Y el corazón es el órgano que lleva la savia a todo el cuerpo para darle vida, para darle salud. Y si me gusta el verso de la canción de Juan Luis Guerra, el verso de la canción de Juanes también es digna de mi aprecio. Y es así, porque Juanes no tiene complejo alguno para usar el voseo. He hecho, sólo por mero entretenimiento, el cambio del voseo por el tuteo y he comprobado que el vos suena mejor que el ti. “Un corazón que late por ti”; “un corazón que late por vos”. Mil veces esta última opción. El vos se extiende como río, como cielo; el ti como que choca contra un muro. Bueno, pues ahora, comparto con vos esta imagen que hallé en las redes sociales, es una pared llena de corazones. Es una fotografía de la tienda Libster, que está en Comitán. ¿Ya viste qué belleza? Da ganas de comprar todos, de decir: ¡me los llevo todos!, y de colocarlos, así como están colocados en la entrada de la casa. Porque estas prodigiosas artesanías son como la imagen que me sedujo en la infancia. Acá está el corazón de Juan Luis Guerra, estos corazones madrugan donde quiera. No sé si vos has leído algo del Feng Shui, esta disciplina recomienda tener espejos en casa, potencian la energía. ¿Imaginás el acceso de tu casa con estos breves espejitos que traen el mojol del corazón? O más bien dicho: ¿imaginás estos corazones en tu casa, que traen el mojol del espejo? Yo veo que acá se desparrama la luz, la vida. ¡Qué trabajos artesanales tan bellos! Digo que estas artesanías están a la venta en Libster, acá en Comitán. Son trabajos muy delicados. Dan ganas de decir: “¡me los llevo todos!” ¿En dónde está Libster? ¿Cómo te digo? Un poco adelantito de donde está la Pastelería Nataly, del barrio de Jesusito. La actual administración (¡fanfarrias!) arregló esa calle que en algún momento enchapopotaron y quedó más dramática que foto de los cráteres de la luna. Ahora, la calle está linda, de veras linda. Bueno, vas a pie o en tu auto y comprás un corazón que madruga donde quiera, o dos o tres. Te doy la dirección exacta: 3ª. avenida oriente sur No. 46. Posdata: Ya mencioné a dos grandes de la música: Juanes y Juan Luis Guerra. Ahora le toca a Neruda, en el poema 12 dice: “para mi corazón basta tu pecho / para tu libertad bastan mis alas…” ¡Ah, qué bello! ¿Ya miraste el corazón que tiene alas? Pucha, el artesano del latón pareció interpretar el mensaje del artesano de la palabra.