lunes, 24 de agosto de 2026

CARTA A MARIANA, CON UN QUERIDO AMIGO

Querida Mariana: te presento a un amigo de toda la vida: Javier Espinosa López. Javier y yo somos amigos desde hace más de sesenta años. Con ninguno de mis amigos de la palomilla llevo tanto tiempo. Muchos compas hicieron amigos en la infancia, en el barrio, en la escuela, en campos deportivos, en fin, en muchos espacios de convivencia. Conocí a Javier en un lugar donde jamás imaginé trabar amistad con alguien: en el templo de Santo Domingo. Él vivía a la vuelta del templo, estaba más cerca que yo, porque yo vivía a media cuadra del parque central y debía caminar otra cuadra para llegar al templo. Puede decirse que éramos vecinos de Santo Domingo. Cuando conocí a Javier ya era el líder de los acólitos del templo, todos los chiquitíos (no habían chiquitías) obedecían sus órdenes, él llevaba la mayor responsabilidad y el sacristán sabía que él controlaba a la catazumba de acólitos. Yo, te he contado, fui acólito en una temporada. Me gustaba estar presente. En realidad, si lo comparara con un equipo de fútbol o de básquetbol, casi siempre estaba en la banca, porque, por ejemplo, en los bautizos, los niños se peleaban por estar en el protocolo, ya que los padrinos acostumbraban dar “bolo” (unas monedas) a los participantes, así que todos los acólitos recibían su paga. Yo, niño tutuldioso, me quedaba en la orilla, pero veía con emoción el acto donde el sacerdote regaba agua sobre la cabecita de los bautizados, pensaba que era para que luego los niños tuvieran cabello como los jóvenes que veía a mi alrededor, luego, ni modos, ley de vida, los ancianos volvían a perder el cabello y se volvían como niños, bien pelones. Javier, el mero mero líder, siempre me tuvo afecto, así que cuando él decía que yo iba a acompañarlo en un bautizo, los demás se replegaban y yo, muy formal, hacía mi trabajo, al final recibía unas monedas, dinerito que siempre, siempre, se lo di a Javier, porque yo tenía un papá que me daba mis domingos. Javier y yo nos volvimos amigos, yo disfrutaba su compañía, porque, ya lo dije, era un amigo que había conocido en un lugar diferente; es decir, pocos compas tenían un amigo que conocieran en un templo. Por él subí hasta el campanario. Yo, el niño tutuldioso, se aventuró a subir la torre del templo y ver, como pájaro, los techos de la manzana de enfrente (la que hoy llamamos manzana de la discordia y que desapareció). Subimos por una escalera de caracol, con peldaños de piedra, en un pasillo ascendente que era asfixiante; subimos hasta un rellano de tierra, amplio, donde elevé mi vista y vi los arcos que sostenían las campanas. No puedo ahora calcular la altura, pero debió rebasar fácilmente la altura de tres metros, para llegar hasta arriba había que subir por una escalera de madera que, como si no corriera riesgo, estaba colocada en forma improvisada. Javier subió unos peldaños y me dijo que lo siguiera, puse mis manos en los laterales de la escalera y sentí cómo vibraba, cómo latía lentamente, cada vez que Javier colocaba un pie sobre otro escalón. Cerré mis ojos y me encomendé a Dios y luego volví a abrirlos, para que me ayudaran a subir, subí lentamente, mis manos sudaban, al fin, escuché que Javier me dijo que colocara las manos en tal tablón y me impulsara. ¿Yo? Pero si no era Tarzán, él me ayudó y subí a la tarima de madera donde ya pude pararme y ver las campanas, Javier me dijo que tocara la más pequeña y yo, como si hubiera conquistado el Everest comencé a somatar una campana con una cuerda amarrada al badajo, escuché el sonido que escuchaba en mi casa todos los días y supe que Javier y yo éramos unos tipos especiales, porque nosotros éramos los encargados de hacer sonar esas campanas gloriosas. Sudaba, por los nervios y por el esfuerzo físico, porque, bueno, ya no volveré a decir que era un niño cuidadito. Disfruté tantito la vista desde ahí, la tarde comenzaba a caer y vi un cielo prodigioso, el vuelo de algunas aves. Cuando vi a Javier de nuevo en la escalera, el telele volvió a mí. ¿No podía quedarme ahí para siempre? ¿No podían mandar un helicóptero para que volviera a tierra? No, nada de eso era posible, debía tomar valor de no sé qué vaso y arriesgarme a la bajada, cualquiera pensaría que la bajada es más fácil que la subida, pero yo comprobé que el vértigo se da en la bajada más que en la subida. Lo padecí, pero si cuento ahora la aventura, significa que logré bajar por la escalera que, como en la canción de Cornelio Reyna, tenía como mil metros de altura. Posdata: mi querido amigo Javier es un tipazo, él sigue muy cerca de ese espacio donde nos conocimos: el templo de Santo Domingo. La mañana del domingo fui al mercado y escuché su voz, no dudé, era él, tenía un micrófono en mano y anunciaba antojitos, lo hacía con gran simpatía: “ricas quesadillas de puerco, de res, de cabeza…si no le dieron de desayunar en su casa…acá están los ricos panquecitos…sólo quedan dos vasos de café, pídalos…hay atole de cacahuate, hecho por la hermana Belly”. Javier me dijo que él y sus hermanos en religión estaban ahí desde las siete de la mañana (ya eran las diez y media), casi todo había acabado, me dijo que no había dejado de circular gente, por eso. Le pregunté por el famoso padre Manuelito, me dijo que ese domingo oficiaría las dos últimas misas, en el barrio de Chichimá, Javier me dijo: será un dos por uno, y rio. Ahora ya está el padre Miguelito a cargo del templo de Santo Domingo, pronto, muy pronto, el padre Manuelito irá al Vaticano y por allá andará un buen tiempo. Mucha gente lo extrañará. Por fortuna yo no extraño a mi gran amigo Javier, lo encuentro con frecuencia y nos saludamos con gran afecto. Cuando me acerqué a saludarlo le pregunté: ¿cómo estás?, de inmediato respondió: “para servir a Dios y después a vos”. Me encantó su respuesta. Lo dejé en su chamba con el micrófono, invitaba a medio mundo a asistir el día 5 de noviembre a dos conferencias dictadas por Lupita Venegas (que vendrá desde Guadalajara). Las conferencias serán en el Auditorio Belisario Domínguez, en el campus de la Benemérita UNACH. Organiza la Radio Católica. La primera conferencia “Amor en familia”, será a las cinco de la tarde; y la segunda conferencia: “Sanando heridas del matrimonio”, será a las siete y media de la noche. El costo por conferencia es de trescientos pesitos. Me dio mucho gusto platicar dos minutos con Javier, mi gran amigo, mi líder de la época en que fui acólito, gran época. ¡Tzatz Comitán!