lunes, 19 de octubre de 2026
CARTA A MARIANA, CON LIBRINCILLO
Querida Mariana: hay gente que no se lleva bien ni consigo misma. Yo me llevo muy bien conmigo, requetebién, me caigo bien, me gusto; pero, a veces, me caigo mal y entro al terreno de los otros, de los que les caigo mal.
Me caigo mal, porque a veces me obsesiono. A ver si al final descubrís el motivo de mi más reciente obsesión.
Te cuento, uno de estos días participaré en la Feria Internacional del Libro que organiza mi universidad, la UNACH.
No es la primera vez, he participado en ediciones anteriores. El año pasado, Comitán fue sede y acá estuve, en este año sucede lo mismo. Qué bueno, porque ahora ya no iría a Tuxtla a participar. No, Dios no lo mande. Tres o cuatro horas de viaje de ida, lo mismo de regreso. ¿Todo este tiempo para la presentación de un librincillo? No, mejor ignórenme.
Pero estaré porque treparé a mi tsurito y en menos de quince minutos estaré en la sala de presentación, hablaré unos cincuenta minutos y tan tan. Maravilloso.
Presentaré mi libro de este año, cuyo título es un poquito largo: “Sabemos cómo murió Virginia Woolf, pero no sabemos cómo murió Rosario Castellanos”. Botada de la risa, Dora Patricia dice que también su tocaya Doris Lessing, Premio Nobel de Literatura, tiene un título donde no escatimó palabras: “Historia del general Dann y de la hija de Mara, de Griot y del perro de las nieves”. Ah, título genial, casi reseña de la novela.
Le dije a Dora Patricia que ahora que viene el escritor mexicano David Toscana leo su novela: “El peso de vivir en la tierra” (que es una gran obra literaria, obtuvo el premio de la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa. El premio Nobel de Literatura dijo que esta novela es una de las mejores novelas del idioma. Pucha, con eso está dicho todo). Cuando leí el título de la novela “El peso de vivir en la tierra”, por cuestión eufónica me llegó el título de una novela de Juan Gabriel Vázquez: “El ruido de las cosas al caer”. Claro, de manera automática hice un conteo de las sílabas y caí en la cuenta que ambos títulos tienen siete palabras y diez sílabas. Oh. La otra coincidencia, es la certeza de que ambas obras son muy buenas.
En fin, yo me atreví a poner un título larguísimo. Como soy un snob pienso que mi título ya pasó a la historia de los títulos de las obras literarias comitecas como uno de los más extensos. Por ahí, nunca falta, debe haber alguien que insista en hacerme competencia.
Mi libro es de relatos y en la contraportada se lee que consta de una serie de relatos breves a manera de divertimento, el más extenso y más pretensioso es el que da título al libro. ¿Qué cuento en ese relato? Una historia que se ha repetido mucho desde el día que falleció Rosario Castellanos. Todo mundo sabe que la versión oficial es que Rosario tuvo un lamentable accidente doméstico en su residencia, en Israel, y falleció electrocutada al agarrar una lámpara. Es la versión oficial. Fue un accidente. No faltó (nunca falta) alguien que pensara que la explicación era muy sencilla para ser cierta, ¿y si fue un suicidio?, deslizó la idea, porque ya Rosario, a lo largo de su vida, había intentado suicidarse. Corrió esta versión que muchos desecharon, cuando, al rato, apareció otra: ¡la asesinaron! Ah, pues, dijo la mayoría, estamos chupando tranquilos, dejen por la paz a la pichita amada comiteca, déjenla descansar. ¿Cuál es la verdad verdadera? Nunca se sabrá. Mi personaje literario, un compa que se llama Holmes, como el apellido del famoso investigador inglés, es un convencido de la teoría del complot y busca por todos los medios terrenales hallar una huella que le lleve a comprobar su teoría, pero como es imposible, realmente imposible, le hace caso a una amiga que, en plan de juego, de chunga, le recomienda acudir con un vidente, que es famoso porque logra tener contacto con espíritus de personas fallecidas. Pues sí, si en la tierra no hay manera de saber cómo murió Rosario Castellanos, tal vez las energías del más allá puedan dar una prueba. De eso trata este relato ficcional.
Los demás relatos, ya lo dije, son divertimentos breves que espero diviertan al lector o lectora.
Posdata: Rosario murió por tocar una lámpara. Jaime Sabines dijo que sólo las tontas se mueren por tocar una lámpara. Sabines tiene razón, sobrada razón. Yo entiendo lo que quiso decir: Rosario murió al tocar una lámpara porque se olvidó que era una princesa. ¿Quién, digo yo, siendo embajadora, hace la talacha de la servidumbre? Rosario jamás debió entrar a la sala para hacer a un lado la lámpara donde el chofer colocaría las mesas recién compradas. Rosario, pichita amada, debió dar órdenes a la servidumbre. Perdón. Me caigo mal al oírme, pero así debió ser, Rosario se olvidó de ser la princesa que era, eso la llevó a su desgraciada muerte, sí, desgraciada. ¿Por qué en la casa de una princesa había una lámpara mal conectada?
¡Tzatz Comitán!
