miércoles, 12 de noviembre de 2014

MATARILE RILE RO





“Círculo” propone un juego: “¿Qué nombre le pondrías a esta foto?” Se trata de nombrar, como si el mundo estuviera como en El principio y nada tuviese nombre. Se trata de hacer una lectura y luego ponerle un nombre, sin más justificación que el atrevimiento de ver. “Círculo” nos recuerda que todo (en verdad) está por nombrarse. La gente camina por la banqueta y ve y recuerda. Todo lo que vemos ¡ya tiene nombre!, por esto pasamos sin detenernos. La mesa siempre se ha llamado mesa y el pan (que aparece sobre la mesa) se llama pan. Asimismo, la mano que se ahueca como nido de pájaro sin huevos, sin plumas, sin hojas, se llama mano de mendigo. Todo ya está nombrado, en apariencia. “Círculo”, un poco en consonancia con Cortázar, cree que no debemos aceptar lo ya dado. En medio del juego nos plantea más interrogantes: ¿Sirve de algo poner nombres a las fotos? ¿Sirve de algo renombrar al mundo, borrar lo que nos han dado? Todo mundo sabe que lo que se ve en esta foto es una sombra (uno no sabe bien a bien cuál es la sombra más importante, no sabe si lo que cuenta es la sombra del torso de un hombre o la sombra que se mete en cada baldosa o la sombra de alguien que parece ser una mujer? Parece que el único punto de luz es la mano, la mano que se ahueca como un nido de pájaros, el nido que no tiene crías con los picos abiertos, que no tiene pedazos de ramas o hilos de hierba seca. ¿Cómo se hace un nido? ¿De verdad esa mano que se ahueca es la mano de un pordiosero que pide una moneda o es un nido donde la luz engendra? Porque, todo mundo puede verlo, ese hueco está lleno de luz. Todo lo demás es sombra, una sombra que tiene el mismo rostro de un cielo lleno de smog, de un camino enlodado. ¿Ya vieron cómo la sombra más nítida es la del busto del hombre? Es tan evidente que uno puede completar la imagen, uno puede colocar el resto del cuerpo; uno puede imaginar que el resto se curva hacia adelante, hacia donde está el espectador de esa foto, y el resto, lo sabemos, también es pura sombra, porque sólo sombra somos los seres humanos, sombra alrededor de esos cuencos de luz. Si algo nos salva de la miseria y de la fragilidad son esas manos que tienen la posibilidad de formar un nido para decirnos que ahí, en medio del aire está la vida. La mujer con el paliacate también es una sombra, sombra son sus ojos, sus pies que apenas, como ratones, salen de su madriguera.
El juego propuesto es sencillo, tan sencillo como inventar una palabra o buscar diez ya inventadas y unirlas en un enlace insólito, porque nada vale si usamos las mismas naranjas que siempre han hecho el jugo de nuestra cotidianidad. ¿Qué nombre ponerle a esta foto? ¿La podemos llamar “Todos los juegos que usan la pelota del árbol”? ¿La podemos nombrar como “El río que se tiende en busca del papalote”? ¿Podemos llamarlo Castrodienarto, en donde esta palabra significa: “Sombra que no resiste la luz que abre el pico”? ¿Podemos nosotros, también, cambiar nuestro nombre y rebautizar cada una de nuestras partes corpóreas? ¿Podemos llamar Insos a nuestra mano triste y limitada que no aprendió jamás a ser como esta mano que es como un nido de luz? ¿Podemos llamarnos Urbest o Silerts? ¿De qué sirve poner nombre a una foto? ¿De qué sirve rebautizarnos como si todo fuera como en El principio? ¿Ayuda en algo leer, con ojos nuevos, la misma mierda del mundo?

domingo, 9 de noviembre de 2014

¿QUIÉN LO MERECE?





Veo que ya hay nominaciones para el Premio Chiapas de este año. Del amplio abanico de candidatos una Comisión determinará al elegido para el 2014. Difícil encomienda. Difícil porque, sin duda, los nominados son poseedores de méritos destacados. ¿Quién lo merece?
Esta distinción es la más querida de Chiapas. Grandes personajes de nuestro estado lo han recibido y esos nombres le han otorgado un prestigio impar. En los últimos años, todo mundo de acá lo sabe, el Premio no recayó en quienes ostentaban mayores méritos. La distinción perdió prestigio.
Los merecedores del Premio del año pasado fueron muy bien recibidos por la comunidad en general. Se aplaudió la decisión de retornar a los orígenes y premiar a los más altos valores de esta entidad. Por la rama de artes fue nominado y posteriormente elegido un intelectual valioso: Javier Espinosa Mandujano. ¿Quién puede rebatir los méritos de este académico? ¡Nadie!
Y digo que esto no siempre ha sido así. Cuando, también en la rama de artes, fue electo el artista Arturo Aquino, llamado El piano de México (pésimo lema donde se toma el objeto como sujeto), muchos protestaron tal decisión. Porque, si bien es cierto que el artista Aquino es un ejecutante valioso, sus méritos en la rama de artes están por debajo de las excelsitudes y logros de otros personajes chiapanecos que han honrado y honran a este jirón.
La decisión del año pasado alentó esperanzas. El renuevo ya se convirtió en árbol y ahora es momento de fortalecerlo. La Comisión dictaminadora debe continuar dando lustre y brillo al Premio. Este año debe elegirse a un hombre o mujer que tenga los suficientes méritos y que dé prestigio al, por un lapso, desprestigiado Premio Chiapas.
¿Quién lo merece? Ya dije que los nominados, sin duda, serán hombres y mujeres con méritos suficientes. En mi posición muy personal declaro mi simpatía y toda mi emoción por un hombre, un hombre cabal: el Doctor Heberto Morales Constantino.
Entiendo que la propuesta oficial de su candidatura ya está hecha ante el Comité. Este textillo sólo es una muestra de adhesión a tal propuesta.
Ahora que se cumplen cuarenta años de la creación de la UNACH, sería de justicia premiar a un distinguido universitario. La Universidad ha representado el más alto avance académico y cultural de los últimos tiempos. Con sus altibajos, la UNACH cumple con su compromiso de universalidad. Uno de los más preclaros Rectores de dicha universidad fue el Dr. Morales, quien es un verdadero humanista.
Fuera de reflectores, alejado de los templos donde el incienso, en muchas ocasiones, arde sin decoro, el doctor Morales sigue creando y fortaleciendo las artes de Chiapas.
¿Quién merece el Premio Chiapas 2014? Sin duda que hay muchos hombres y mujeres merecedores de tal distinción, pero, tal vez, este año no existe un candidato con más luz que el Doctor Heberto Morales Constantino. Estoy seguro que si él es merecedor de tal distinción no habrá un solo chiapaneco que no aplauda tal decisión.
Concluyo diciendo que el Doctor Morales puede perfectamente prescindir de tal distinción. Él no la busca. La pregunta es: ¿el Premio Chiapas puede prescindir del nombre del Doctor para seguir fortaleciendo su prestigio?
Nota: robo la foto de revistauniversa.com.

EL JUEGO DE DIOS





Una vez (ya lo dije) decidí no participar en presentaciones de libros (como presentador). ¡Dios mío, no he cumplido! A veces me invitan y me apena decir que no. Contra mi voluntad digo ¡sí! Y ahí ando trepándome a mesas de “honor”, mientras las personas del público bostezan, cuchichean, checan sus celulares, leen mensajes, responden, piensan en la inmortalidad del cangrejo o ven cómo está vestida la autora del libro.
Cada día, al despertar, como si fuese alcohólico anónimo, digo: “sólo por hoy diré no a las presentaciones”, pero cuando vengo a darme cuenta ya volví a decir que sí, ya volví a agarrar la botella. ¡Ah, qué poca fuerza de voluntad!
Marirrós Bonifaz, igual que yo, se aleja de tales tentaciones. ¿Para qué sirven las presentaciones de libros? Pareciera una total falta de respeto a los lectores. Es como si pensáramos que ellos no tienen capacidad para tener sus propias opiniones y para establecer un juicio propio acerca de la obra en cuestión.
Pero, ahora sí ya me decidí: ¡no aceptaré ser jurado de concursos! ¡No, no y no! No habrá poder humano que me convenza de participar como jurado. He participado en concursos de oratoria (Dios mío, si luego medio mundo no sabe que es un exordio); he participado, asimismo, en concursos de cuento y de ensayo (ay, Señor, qué desfachatez). Sólo faltó que me invitaran a ser jurado en un concurso de belleza o en un concurso de mascotas o en un concurso de “vencidas”. Ricardo siempre dijo que era yo un milusos, un todólogo, un sabiondo, un engendro del demonio de las siete cuerdas.
Sí, ahora me doy cuenta que pequé, pequé de obra. Ahora seguiré pecando, pero será por omisión. No aceptaré ya nunca más.
Jamás he estado de acuerdo en ese sistema de competencias donde alguien desplaza al otro. Eso de los primeros lugares está bien para los deportistas, para quienes, en una carrera de cien metros, llegan unos antes que otros. El deporte exige que haya un ganador. ¿Cuál selección gana? La que encesta más, la que mete más goles, la que llega en primer lugar. Hay una correspondencia perfecta entre el que hace más con el que debe merecer la gloria de la corona de oliva. Pero, ¿en literatura, en danza, en pintura, en música? ¿Cómo alguien puede determinar quién es “el primer lugar”? Hago ejercicios de imaginación e imagino que me exigen decir quién es el mejor escritor del mundo. ¿Cómo determinar esto, salvo el gusto y el conocimiento personales? ¡Es una tarea imposible y, además, estéril, tonta! ¿Cortázar, Dostoievski, Zola, Poniatowska, Modiano, Joyce Carol Oates, Joyce, Vargas Llosa, Kawabata? ¿Quién llega primero a la meta? ¡No, no y no! El arte no es una carrera de caballos ni es una competencia física. El intelecto y la obra de creación no tienen elementos de medición objetivos. Todo es tan a modo del color del cristal con que se hace la lectura del mundo. Y hay millones de lecturas, todas válidas.
Por esto, para no volver a jugar al perfecto, para no usurpar las funciones que sólo le corresponden a Dios (porque el arte es la mano izquierda del Creador), a partir de hoy, de este instante, digo que no volveré a aceptar una invitación para ser jurado del concurso equis o zeta. Con la pena del mundo diré que no a toda invitación. Les diré que me volví anoréxico de la mente y que tal enfermedad es contagiosa y que, por lo tanto, busquen a otro que juegue estos juegos perversos donde alguien (¡Dios mío!) se erige en el máximo juez y determina quién sube al peldaño de la gloria y quien resbala hasta los más profundos vacíos.

sábado, 8 de noviembre de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO EN LOS LIBROS SE ABRE UNA VENTANA





Querida Mariana: usamos lugares comunes. Y no me refiero a que usamos los baños públicos cuando las ganas nos ganan. ¡No! Me refiero a que medio mundo repite frases que el otro medio mundo dice. Así ha sido siempre. Siempre hemos sido simples mortales, pero en estos tiempos nos estamos convirtiendo en mortales ¡bien simples! No se trata de ser un Octavio Paz y vomitar frases célebres a cada rato, pero no sería malo algo de originalidad en el uso del lenguaje. Corremos el riesgo de convertirnos en meros loros repetidores de sentencias bobaliconas. ¿A qué se debe que nuestro lenguaje sea más pobre cada vez? Carencia de buena lectura y exceso de programas bobos de la televisión. Si ahora en este momento dijera una frase de célebre comediante de televisión estoy seguro que ocho de diez personas la terminarían con éxito. Va un ejemplo: “¿Y ahora quién podrá defendernos? ¡El…!” ¿Verdad que sí la terminamos? A ver, ahora, un verso de Sabines: “La luna se puede…”. Ah, ya no fue lo mismo. Varios ya tataratearon. ¡Falta lectura! Falta acercarse al menos común de los lugares: la poesía.
Hay mucha gente que siente un cactus atorado en la garganta cuando alguien dice la palabra poesía. Se cree que la poesía es aburrida, ininteligible. No siempre es así. Hay poetas que escriben como si las palabras fuesen agua limpia, de esa que se bebe directo de un manantial. ¿Conocés algún poema de Fabio Morábito? A ver qué te parece este texto de este poeta que nació en Egipto, creció en Italia y, desde hace años, vive en México:

A tientas

Cada libro que escribo
me envejece,
me vuelve un descreído.
Escribo en contra
de mis pensamientos
y en contra del ruido
de mis hábitos.
Con cada libro
pago un viaje
que no hice.
En cada página que acabo
cumplo con un acuerdo,
me digo adiós
desde lo más recóndito,
pero sin alcanzar a ir muy lejos.
Escribo para no quedar
en medio de mi carne,
para que no me tiente el centro,
para rodear y resistir,
escribo para hacerme a un lado,
pero sin alcanzar a desprenderme.

¿Qué te pareció? ¿Bonito? La poesía usa las mismas palabras que usamos todos los días, pero el acomodo es tan sutil, tan de árbol en medio del desierto que se convierte en algo novedoso, en algo jamás escuchado. Los jóvenes de hoy emplean la palabra “güey” para todo y comienzan sus diálogos diciendo: Lo que pasa es que…
Fabio dice: “escribo en contra de mis pensamientos y en contra del ruido de mis hábitos.” “En contra del ruido de mis hábitos.” La costumbre, dicen, es mala consejera. Es mala consejera porque impide ver lo novedoso en cada acto. Cuando la gente alienta la capacidad de asombrarse, ante el espectáculo prodigioso que es la vida diaria, evita esa costra que se llama costumbre y todo lo convierte en algo inédito. Así, inédita, tendría que ser la palabra; inédito el acto de nombrar los objetos y las cosas. Hay gente (vos sabés) que juega con la palabra, que no la ve como la cárcel en donde se guardan los actos, sino que la ve como la gran posibilidad de jugar. De ahí el albur y el doble sentido tan sabroso y tan juguetón.
Hay personas que se molestan con el albur. No entienden que es un juego que da una torcedura maravillosa a la palabra. ¿Sabías que en Pachuca, Hidalgo, año con año, realizan el Concurso de Albures? Ah, cuentan que el teatro se llena y la gente disfruta del ingenio y mordacidad de los mejores albureros del país. Se requiere una gran agilidad mental para dar respuesta a un albur “bien sembrado”. Cuando la gente está dispuesta hasta la más mínima acción conduce a un juego verbal. Alguien invita a tomar té (de manera inocente) y el otro responde: “Sí, té tomo, todas las noches”. Las mentes puras no le dan el sentido que sí le dan las mentes medio perversas y juguetonas. Hay palabras y conceptos que son albureros por definición. Chile es una palabra muy alburera. “Compadre, ¿quiere’sté un chilito para su caldo?” “Sí, comadrita, pero siéntese, yo lo sirvo.” ¡Mirás cómo en dos frases comunes aparece el doblaje de la palabra! (Dudé en escribir la palabra doblaje porque ante la palabra chile se convierte, también, en alburera.)
El juego de la palabra se da en la convivencia, a la hora de tomar té (bueno, bueno), en la sobremesa, a la hora de tomar la cerveza con los amigos. Por eso, en estos tiempos en que los celulares, Ipads, Ipods y demás pantallas nos hacen perder el contacto íntimo con las personas hemos extraviado ese hilo de luz que era la palabra inteligente y sabrosa. La palabra ha perdido su lugar de preeminencia, que ahora es ocupado por la imagen. Tío Rómulo dice que corremos el riesgo de volvernos mudos. No lo creo, no lo creo, digo, pero luego veo las estadísticas que indican el número de palabras que emplean los jóvenes a la hora de conversar y pienso que no es tan loco el supuesto del tío. Cada vez empleamos menos palabras para darnos a comunicar.
Se habla del peligro de la pérdida de lenguas en el mundo, nos dicen que en cada lengua que se extingue es como si se apagara un universo. De igual manera debemos comenzar a hablar de la pérdida de palabras. Se están extraviando palabras que antes eran de uso común ¡y corriente!
Pánfilo dice que nuestra pobreza de lenguaje es porque ahora la gente no lee. Nuestro acervo de palabras es muy limitado. Si a esto le agregamos que medio mundo escucha las letras absurdas de las canciones de Arjona ¡pues ya la amolamos! Acá en Comitán volvimos chiste la manera rebuscada de hablar que tenía el maestro Bernardo Villatoro. “Abre el madero andante y deja que pase el céfiro blando”. (Lo que quiso decir: “¡Abrí la puerta para que entre aire!”). Y es que el maestro Bernardo era un experto en el uso del lenguaje y, en su afán de hablar con corrección, empleaba culteranismos medio arriba de las nubes. Pero, si lo analizamos con detenimiento, vemos que el maestro daba clases permanentes de alta cultura. ¿Céfiro? Ah, pues Céfiro es el Dios del viento, en la mitología griega. Es decir, el maestro Berna, en nuestro Comitán, hacía lo que hizo José Vasconcelos, a nivel nacional: dar a conocer a los clásicos griegos.
Era tan hábil el maestro Bernardo que ya te conté que él llamaba turrupes a los cohetes. ¿Por qué turrupes? Porque decía que los cohetes dafan TUfo, causaban RUido y eran PEligrosos. ¿Ingeniosito el maestro, verdad? Además de ingenioso lleno de sabiduría. Los cohetes causan cientos de accidentes; llenan de hediondez y de humo los espacios, molestan a las mascotas y provocan incendios de incalculables proporciones. ¿Cuál es nuestro gusto por echar “cuete” en todos los actos religiosos, incluidas las fiestas patrias y de año nuevo y de navidad? Somos pueblos coheteros. Vos sabés lo que significa decir eso. Significa decir que somos pueblos con reacciones primarias. La tía Rosita decía que era una tontería quemar dinero para llenar de polvo y ruido los cielos limpios de Comitán.

Posdata: el otro día estaba en el mercado, comprando veinte pesos de chinculguajes. Mientras la señora colocaba los chinculguajes en una bolsa de plástico cerré tantito los ojos y escuché el rumor de las voces de la gente, era como un mar iluminado; era como un oleaje afectuoso que llegaba a mi corazón. La palabra comiteca volaba con el clásico cantadito. ¡Ah, disfruté esos segundos que la vida me ofrecía de manera generosa! Creo que hace falta recuperar las sesiones donde hijos y padres se reunían a platicar. Hace falta dejar de lado, un tantito, las pantallas y recuperar los cielos donde la palabra volaba gozosa.
Ramón dice a cada rato: “Yo nací en tiempos en que la palabra se respetaba” y cuenta que antes los tratos se hacían “de palabra”. No era necesario firmar un documento para regresar un dinero prestado. Hoy, ese concepto está extraviado. (Hay ocasiones en que ni con papel el fulano cumple con su compromiso.)
Por ello, me dio gusto ver cómo cientos de alumnos acudían al teatro. Vos sabés que se presentó en Comitán la Muestra Internacional de Teatro. El teatro, dicen los que saben, es una de las artes más completas, la que sintetiza la vida. Ahí están reflejados todos los sentimientos y emociones del hombre. El teatro se encarga de preservar la palabra legada por los griegos, por los latinos; el teatro revive el pensamiento de Ibsen y de Shakespeare. Ahí, en el teatro, ¡la vida! La vida envuelta en un maravilloso diseño de papel de china.
Me dio gusto ver cómo cientos de alumnos de la Universidad Mariano N. Ruiz, del Conalep, del Colegio Regina, de la Universidad Autónoma de Chiapas y de la Universidad del Sureste, se sorprendían ante la luminosidad de la palabra dicha, con propiedad y profesionalismo, por actores de excelencia. Las compañías de Chiapas, del Distrito Federal (¡ah, qué belleza de propuestas de los actores y directores chilangos!), de Colombia, y de Tamaulipas hicieron las veces de surtidores de aguas limpias y empaparon de luz los corazones de los jóvenes espectadores.
Me dio gusto ver cómo, al final de las obras, dos o tres muchachos agradecían a los actores la oportunidad de acercarse a la maravilla del teatro.
Los padres de familia y directivos de esas instituciones son personas inteligentes, por permitir que los muchachos se acercaran a ese surtidor de agua clara. Saben que en el diálogo inteligente está la semilla del árbol de la palabra. Porque la palabra, lo sabés, es el mayor legado del hombre. Por esto, cuando en el Teatro de la Ciudad se presenta un acto con los mejores contadores de anécdotas comitecas ¡el teatro se llena! Se llena porque ahí los comitecos se reconocen, recuperan el tiempo en que se sentaban al lado de sus mayores y se botaban de la risa con la picardía que contienen esos gajos. En el albur (perdón), en la anécdota, en el testimonio, en los cuentos y en las historias ¡está la esencia de la cultura!
Corremos el riesgo de volvernos mudos si dejamos a la palabra inteligente de lado. Corremos el riesgo de convertirnos en simples loros repetidores si sólo aprendemos las frases bobaliconas de los actores mediocres de la televisión abierta. Es necesario acercarnos más a los papás y a los abuelos y conversar con ellos; es necesario acercarse más a las propuestas teatrales inteligentes (como fueron las que se presentaron en la Muestra Internacional de Teatro); es necesario acercarse a la literatura -a la buena literatura-, a la poesía, al cuento y a la novela.
A partir de mañana domingo, y hasta el miércoles, el teatro vuelve a llenarse de ese aire liberador que es la propuesta inteligente. En estos cuatro días se realizará el Festival Nacional de Títeres. Ahí estará la semilla. Los papás (inteligentes) llevarán a sus hijos al teatro (la entrada es libre) y los niños (inteligentes) llevarán a sus papás al teatro. ¡Todo mundo irá! La función del domingo es a la una de la tarde; las funciones de lunes, martes y miércoles serán a las seis de la tarde.
No me gustan las paredes. Sus ladrillos son tan planos, tan iguales, tan comunes. Pero sí me encantan las ventanas. Las ventanas permiten ver hacia afuera, ver cientos de mundos. El teatro es una ventana; el libro es una ventana grandísima, llena de aire, llena de vida. Vos también, niña amada, sos como una ventana.

viernes, 7 de noviembre de 2014

EL OFICIO MÁS JODIDO DEL MUNDO





El niño abrió la puerta abatible de la cocina y dijo: “Mamá, seré escritor”. Ella miró a través de la ventana, se secó las manos con una servilleta con cuadros blancos y rojos, volvió la mirada hacia donde el hijo se rascaba la cabeza y dijo, como si fuese Moisés sobre una duna: “¡Sobre mi cadáver!”. El niño, de doce años de edad, no comprendió la sentencia de su madre. ¿Sobre mi cadáver? Imaginó entonces que su madre era un cuaderno enorme que moría y, hasta entonces, él podía comenzar a escribir sobre el cadáver de ella. Pensó que eso tenía una ventaja: se ahorraría la tinta, porque podría usar la sangre de ella. Debía apresurarse porque, se sabe, la sangre se coagula muy fácil y la vida apenas es un instante. Así que imaginó que apresuraba el fallecimiento de su madre, que se auxiliaba con el marro que su papá empleaba para tirar paredes. Bastó esconderse detrás de la puerta del cuarto de ella, esperar que se asomara cargando el bote de ropa sucia; bastó un golpe seco que sonó como cuando cae un bulto lleno de arena de un segundo piso. La desvistió y se dio cuenta que, en efecto, la piel era como un libro con hojas tono sepia claro, en espera de su escritura. Tomó una pluma de ganso, insertó la punta sobre el charco de sangre que se había formado al lado de la cabeza de su madre y comenzó a escribir un cuento. Empezó a escribirlo en la frente (para que nadie le dijera que ese cuento no tenía ni pies ni cabeza). En la frente escribió la frase maravillosa que abre la ventana de la imaginación: “Había una vez…”, y escribió mucho, contra el tiempo, porque la sangre se coagulaba demasiado pronto. Fue a la cocina, abrió la gaveta, sacó un cuchillo (el favorito de mamá, con el que cortaba la manzana de su desayuno) y regresó al cuarto donde el cadáver de su madre mostraba la cara más repugnante de la violencia, pero, a la vez, mostraba un rostro iluminado por la maravilla del relato que (pensó el niño) sería uno de los textos más bellos jamás escrito. Con el cuchillo hizo ligeras incisiones en el brazo derecho y vio que la sangre manaba como si fuese un hilo de agua limpia. Aprovechó y siguió escribiendo. Sabía que el dicho de Picasso era cierto: la inspiración lo hallaría trabajando. Se dio cuenta que las ideas fluían como bandada de pájaros en primavera. Con la mano derecha escribía y con la izquierda punteaba el cuerpo de su madre: el brazo izquierdo, el estómago, el pecho. Pequeños surtidores de sangre brotaban como géiseres y él aprovechaba, mojaba la punta de la pluma y escribía con gran rapidez. Si alguien abriera la puerta (como sucedió) y viera la escena pensaría que era una escena macabra, bestial; pero el niño sólo cumplía su deseo: ser escritor, escribía sobre el cadáver de su mamá, sólo escribía un cuentito que contaba de un niño que anhelaba vivir en la montaña para oír el canto de los pájaros y respirar el aire limpio mientras las frondas de los árboles se mueven de un lado hacia el otro, empujados por el viento suave que siempre corre en la parte alta de las montañas. ¡Ah, qué diferente el mundo abajo, en el valle, ahí donde estaba su casa! Quien entró fue el padre y vio la escena, corrió y quitó el cuchillo al niño. “¡Pero, qué has hecho!”. Nada, papito, nada, sólo estoy escribiendo un cuentito. ¡Qué, estás loco! Oh, Dios mío, qué tragedia. No, papito, no me pegues, no hago nada mal, sólo soy un escritor. ¿Qué? Sí, papito, de grande seré escritor. Entonces el papá, con el cuchillo en lo alto, dijo que eso nunca sería. ¿Escritor? ¡Jamás, lo oíste, jamás! “Sobre mi cadáver”, gritó el papá, mientras abrazaba el cuerpo de su esposa. ¿Sobre tu cadáver? Entonces, el niño escritor, pensó que se abría la posibilidad de escribir otro cuentito.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DEL INSTANTE EN QUE TODO ESTÁ POR DESCUBRIRSE





¿Ya vieron el rostro del niño? ¿No lo alcanzan a ver? ¡Hagan el intento, por favor! Vean su carita, llena de luz, llena de horizontes donde el sol nunca se oculta. Si consideran que es difícil, porque (es obvio) el niño da la espalda a la cámara, al ojo, entonces vean la forma en que está parado. ¿Tiene las manos en las bolsas? Tal vez sí. Está en un extremo del escenario y ve, con atención, casi con pasión, los instrumentos que están al fondo. El niño es casi un bebé, un pichito. En Tuxtla llaman pich al niño que apenas está saliendo del cascarón; en Comitán le llamamos pichito. Emmanuel es un pichito, hace poco cumplió un año, hace poco dejó de gatear. Apenas ayer comenzó a caminar. Ahora ¡el mundo se le hace pequeño, apenas un escenario por donde volar!
Esa noche, Emanuelito (quién sabe cómo) apareció en el escenario. Fue antes de que el grupo musical hiciera un homenaje a Los Beatles. Por eso, los instrumentos aún están en el piso. Sólo la batería está ya en el lugar que le corresponde. Las guitarras aún duermen. Por esto, la cara de Emmanuel es de asombro. Ha de pensar: “Tan grandotas y aún gatean”. Porque el pichito, ya se dijo, camina. A partir de ahora su vocación será el camino. Así como la vocación de los pájaros ¡es volar!, la vocación de Emmanuelito será la de hurgar por todos los caminos del mundo y más allá.
¿Qué piensa un pichito que está en un escenario teatral? Muchos bebés del mundo han estado en el mismo lugar. Los hijos de artistas, las criaturas de trashumantes, crecen en escenarios donde los reflectores cancelan la sombra. Esos niños crecen acostumbrados a escuchar diálogos escritos por Shakespeare (¡nadita!); se alimentan de palabras, de gestos y de silencios de Ibsen. Estos pichitos crecen bajo el amparo del arte más completo. Ahí, en el escenario, noche a noche, se representa la vida. ¿Cómo este prodigio es posible? ¿Cómo en un vaso de agua cabe tanto mar?
Emmanuelito está en el escenario, está él solo, tal vez como una metáfora de lo que el destino reserva a todos los humanos. Pero él está ahí porque proviene de un árbol de grandes artistas. Su “mushuc” está enredado en cuerdas de guitarra, de piano y cuerdas vocales. Este pichito ve hacia el horizonte, donde, tampoco es cuestión de negar la vida, hay un telón oscuro. Por encima de esa oscuridad (que se hace cuando el reflector deja de brillar) está un grupo de instrumentos que está destinado a cantar la vida, de igual forma que lo hacen los chinchibules y las tiucas. Ahí el tambor de siempre, el de África, el mismo tam tam que acompaña el corazón del hombre. Ahí, este pichito maravilloso mira que la vida es sencilla. Él es como un colibrí con cuerdas de cenzontle, él es un ángel de esos que se descuelgan, gozosos, desde lo alto de la Capilla Sixtina.
El nombre de Emmanuel significa: “Dios con nosotros” ¿Hay que agregar algo más a esta nube?

lunes, 3 de noviembre de 2014

EXTRAVIADA





“¡Qué traviesos!”, dijo Mariana. La cabeza de “La catrina” estaba en el suelo. Íbamos en el carro de María. Vi que ella tembló. Sus manos se atenazaron como cangrejos sobre el volante y temblaron, levemente. Vi el temblor en sus manos, a la hora que se afianzaron en el volante, temblaron como si fuesen hojas secas en el árbol y se aterraran por la cercanía de un viento fuerte.
Íbamos a casa de María, la que está por Santa Cecilia. Y digo ésta, porque ella tiene dos casas: la de su papá y la de su mamá. La de Santa Cecilia es la de su mamá.
“No, qué traviesos, ni que nada”, dijo María. Y dijo que no habían sido niños los que hicieron la travesura. La cabeza de La catrina estaba en el suelo. Ella, con su vestido tan de La Renta, tan con olor a naftalina, estaba descabezada, un poco como si dijésemos que la muerte siempre pierde la cabeza. ¿Y si fuese así? Si la muerte fuese una mujer sin cabeza, sin memoria. Si esto fuese así, los seres humanos ya no volveríamos a decir que a todos la muerte les llega puntual. ¿Y si la muerte fuese esta alegoría?
María dijo que Mariana no tenía razón. Bien pudo ser un grupo de niños (de esos latosos que piden calaverita, tía) el que pasó y tiró la cabeza de la catrina. Pero (insistió María) si así hubiese sido la hubieran agarrado de pelota. La cabeza pararía del otro lado de la calle, toda sucia, toda pateada. Pero no fue así. La cabeza estaba al lado del cuerpo, un poco como retando a algún mortal a recogerla y hacer una de dos: llevársela a su casa o colocarla en el cuerpo. Pero la cabeza tardó en el piso. Tardó porque ningún mortal se atreve a hacer alguna de las dos tareas. ¿Quién es el deschavetado que lleva una cabeza de calaca a su casa? ¿Quién es el valiente que se agacha y con ambas manos la recoge para colocarla en el pescuezo que está frío, frío por el viento helado? ¡Nadie! Hay una leyenda que dice que quien levanta la cabeza de un muerto y la coloca de nuevo sobre el pescuezo ¡le da vida! ¿Quién es el valiente que se queda parado frente a un muerto que revive? Por esto, María dijo que Mariana estaba equivocada. No fue un grupo de niños el que pasó y tiró la cabeza, sólo por relajo. ¡No!
Cuando llegamos a casa de María y bajamos del carro, ella empujó la puerta de entrada y llamó a su mamá. Su mamá nos tendió los brazos y dijo que le daba mucho gusto vernos. Tenía muchos meses que no íbamos a su casa (María se pasa más tiempo en casa del papá). Siéntese, nos dijo. Nos sentamos y ella nos sirvió calabaza en dulce, en platos pequeños, en platos de unicel. María se sentó a su lado, la abrazó y dijo que habíamos visto una calaca sin cabeza. “¡Ah! Esas son las más cabronas”, dijo doña Esperancita y se persignó tres veces. ¿Por qué?, preguntamos Marianita y yo. Y doña Esperancita explicó que las calacas sin cabeza son las más cabronas porque no pueden ver hacia dónde van y pepenan al primero que pasa frente a ellas. Corroboró lo que habíamos pensado: que hay muertes que no debieran existir. Hay gente que se muere, un poco como si dijéramos que aún no le tocaba. “¡Ahí está, eso es!”, dijo la señora. Uno no se explica por qué, de pronto, hay gente que se muere, por una enfermedad absurda, si dos días antes estaban tan bien. “Apenas ayer, platiqué con él -dice la señora en el velorio-, y se miraba tan bien”. Unos dicen que ya su línea estaba trazada, pero otros insisten en que fue simplemente una mala jugada de la calaca sin cabeza, de esa que anda extraviada y, como ciega, busca un asidero donde sostenerse. Lo que la pinche muerte no sabe es que la persona que agarra ¡la pulveriza!, le contagia el mal de la muerte.
Doña Esperancita nos dijo que tenía un ponche bien bueno. Nos sirvió en dos tazones grandes. NO entendí por qué ella nos había servido la calabaza en dulce en platos pequeños y el ponche en tazones enormes. Uno no sabe bien a bien por dónde va la vida, ni por dónde va la muerte.

sábado, 1 de noviembre de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO HAY PÁJAROS SIN ALAS





Querida Mariana: la incongruencia más grande es un pájaro sin alas. Si busco en el diccionario la definición de pájaro encuentro que un pájaro es “cualquiera de las aves terrestres voladoras con pico recto no muy fuerte y tamaño generalmente pequeño”. ¿Mirás? Por definición el pájaro vuela. Ahora bien, el pájaro (cuando menos en México) es palabra alburera, palabra que vuela mucho. Por esto, en el país, son famosos “el pájaro mea garras” y “el pájaro consuelas”. ¡Ay, Dios mío! ¡Qué alburero es este país!
Mi tía Godofreda (es en serio, así se llamaba) tenía un pájaro al que le cortaba las alas y lo dejaba que anduviera salta y salta por el patio de su casa. El tío Astruberto (juro que así se llamaba) siempre le recriminó ese proceder. Mandó a construir una jaula enorme en un esquinero del patio a fin de que la tía no le cortara las alas al pájaro. La tía cedió y dejó que el pájaro anduviera por todos los esquineros de la jaula, pero cuando al pájaro le crecieron las alas él ya no voló. Nunca voló. Lo más que hacía era dar saltos para trepar a uno de los palos que el tío colocó cerca del piso. Una tarde, el pájaro comenzó a tataratear, de un lado para otro. El tío lo tomó entre sus manos y descubrió que el pájaro había quedado ciego.
Las palabras, igual que los pájaros, también tienen alas. ¿Sabés qué me asombra mucho? Ver cómo, a partir de una palabra, se forma toda una gran novela. Abrí El Quijote y mirá el prodigio. “En un lugar de La Mancha…” Apenas seis palabras, sencillas, como piedras de río de agua limpia. ¿Cómo eligió Cervantes este inicio, entre miles de posibilidades? A partir de ese enunciado, como cuerda de hilo frágil, se suelta todo un caudal de palabras que supera a las Cataratas del Niágara. No sé qué clase de pájaros sobrevuela por las cataratas del Niágara. El otro día, Stefy Campos (hija del Rector de la Universidad donde laboro) me etiquetó (en el Facebook) en una foto que le tomaron en las cataratas. Busqué aves en ese cielo. No hallé alguna. Bueno sólo ella, que es una de las aves más prodigiosas de estos y de aquellos cielos. Debe ser que los pájaros del Niágara vuelan muy por encima de donde el agua se desparrama como luz estruendosa. Debe ser así, porque las alas de las aves se vuelven piedras cuando se humedecen. Por esto (pienso) los pájaros se esconden en los árboles cuando llueve. Tal vez tengo algo de ave, porque (lo sabés) a mí no me gusta mojarme. (Con qué trabajo lo hago debajo de la regadera, con agua caliente.)
Entiendo que las aves son diferentes en los lugares del mundo. No creo que en las Cataratas del Niágara vuelen chinchibules. ¡No! Los chinchibules sólo vuelan los cielos de estas regiones.
A las palabras, igual que a los pájaros, también les cortan las alas. Las palabras son los pájaros que más alto vuelan, y, sin embargo, para que vuelen infinitamente, deben ser atrapadas, deben ser condenadas a vivir encerradas en celda, por los siglos de los siglos. Las palabras que no son colocadas en jaulas se extravían. Es fantástico saber que en pleno siglo XXI aún conservamos las palabras que pronunció Jesús. Él dijo: “Amaos los unos a los otros”. ¿Mirás qué prodigio? El buen Chus tiene añísimos que pasó a estar a la diestra de su padre y aún conservamos sus palabras. ¿Gracias a qué? Gracias a que los compas evangelistas transcribieron en libros (rollos de pergamino) sus palabras. Todo esto, por supuesto, de segunda mano. Porque lo que Él escribió se perdió. El tío Arsenio me contaba que Cristo escribió algo en una playa, con una vara. ¡Ay, prenda! ¿Qué escribió? ¡Quién sabe! Este es uno de los grandes enigmas del mundo. No lo sabemos, porque el agua del mar hizo su travesura. Claro, el buen Chus sabía que esto ocurriría. Lo hizo para destantearnos. La tía Eugenia, a cada rato repite eso de “a las palabras se las lleva el viento”. Así es. ¡Claro! Las palabras se van porque tienen alas maravillosas. Apenas las estamos pariendo cuando, como chinchibules precoces, se avientan desde el abismo de nuestras bocas y vuelan por todos los cielos del mundo. ¡Se las lleva el aire! ¡Se van con el aire! ¡Se hacen aire!
En casa nos proveen de alas. He visto y escuchado a mamás diciéndole a sus pichitas cómo se llaman las cosas: “me-sa, ca-ma, lo-ro, ca-rro”. He visto y escuchado a las criaturitas repetir las palabras: “le-che, ma-má, pa-pá, ca-ca”. Ese acto sencillo, pero sublime, se repetirá hasta el último día. El hombre necesita de palabras para volar. Por esto, cuando alguien se convierte en lector afianza y refuerza sus alas, los renuevos que le injertaron en el patio de su casa. Pero, ahí también, en casa, hay cabrones que cortan las alas a los pichitos. Cuando aparece la mamá jodona (“¡Te callas, porque yo lo digo!”) o cuando aparece el papá medio bolo (“¡Acá sólo yo hablo!”). Los corta alas son aquéllos que creen que la palabra les pertenece, se sueñan caciques dueños de hectáreas sembradas con palabras. ¡Qué bobos! No saben que la palabra es de todos. Ya lo dice La Biblia (y si no lo dice, debería decirlo) “En el principio era el verbo y el verbo era Dios”. Ah, tal vez esto ayude a todos aquéllos que se creen ateos y andan pregonando la muerte de Dios o la ausencia de Él. ¿A poco son capaces de negar la palabra? Si niegan la palabra ¡niegan la existencia de Dios!, porque Dios es la palabra, la que se dice al oído de la amada y, también, la que se grita en la cantina. Por eso, la gente que sabe de esas vainas de la lingüística dice que no hay palabras “malas”. ¡Claro que no! Es una bobera decir que hay palabras buenas y palabras malas. Esto es una forma burda de cortar las alas a las palabras. Todas las palabras son bellas y son para que vuelen por todos los cielos. ¡Ah, qué sabrosa es la palabra que vuela en la cantina a la hora que los compas ya están medio bolos! ¡Ah, qué fuerza tiene la palabra! Se desgrana como se desgranan las gotas de agua en las Cascadas del Niágara, esas gotas que humedecieron el rostro bello de la Stefy.
La palabra es como un pájaro silencioso, uno que, como chachalaca, anuncia el prodigio de la vida. La palabra, igual que el pájaro, tiene una hora en que busca el árbol para dormir. La palabra duerme, pero nunca muere. Aún en su sueño hay un rumor de agua en su respiración.
¿Por qué el pájaro de la tía Godofreda quedó ciego? Alcancé a verlo en sus últimos días, adentro de la jaula. Tenía alas pero se miraba tan disminuido, como si fuera un cachorro de león, pero inútil, débil, flaco. Una tarde, la tía me llamó a la cocina, me dijo que me sentara al lado del fogón y me sirvió una taza de café endulzado con panela. La tarde ya estaba avanzada, el cielo tenía el mismo color que tenía la brasa del fogón. El silencio caminaba de puntillas. Bebí un sorbo del café. La tía me dijo que su pajarito se había quedado ciego por “por culpa del cabrón de tu tío. ¡Mierda!”. Y entonces ella se sentó a mi lado y dijo que el pajarito había vivido feliz, con las alas cortadas. Era feliz caminando por el patio, se sentía libre. “Se acostumbró a no tener alas”, dijo la tía. Desde entonces, de vez en vez, pienso en el pájaro sin alas y pienso en lo que me dijo la tía, el pájaro sin alas era más feliz. Gonzalo sostiene que hay gente que es feliz viviendo en la miseria; dice que hay gente que vive feliz sin alas; hay gente que no quiere volar. Hay que dejarlas en su mundo, en su patio.

Posdata: Alicia tenía un loro. El loro se llamaba Paco. Alicia le cortaba las alas a Paco. Paco, podría decirse, era feliz. Andaba de un lado a otro del patio. Se subía a un aro que estaba colgado entre dos pilares. Repetía lo que Alicia le enseñaba: ¡loro, lorito! ¡Alicia, dame mi café con pan! ¡Pendejo, pendejo! Su natural le había proveído de alas, pero él nunca lo supo, porque en cuanto crecían, Alicia se las cortaba. Paco era feliz, andaba de un lado para otro del patio, repitiendo palabras. Hay mucha gente que es como Alicia, hay mucha gente que es como Paco. Parece que la mayor incongruencia en el mundo es un pájaro sin alas.

miércoles, 29 de octubre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA OPTIMISTA





El mensaje es lo que llama la atención. Por desgracia. Si el mensaje no estuviese, la barda coronada por la humedad sería una buena lectura del mundo. Las hojas que cuelgan de los árboles provocan un dibujo en la parte alta de la barda. Para hacer el contraste, las plantas de abajo también juegan a que vuelan. Ah, sí, sería una lectura muy interesante si el mensaje no estuviese. El verde de la tierra con el verde de la altura hablaría de vida.
El moho que se desprende de lo alto de la barda es como una pintura clasicista que se sueña expresionista, con esa carga maravillosa que tuvo el expresionismo alemán. Tal vez es una nube que habla de verde esperanza en lugar de negros oscuros que alentaron las piedras de Berlín y las cercas de los Campos de Concentración. Acá también hay concentraciones, pero no de muerte, sino de vida.
Es una pena, entonces que el mensaje sea el que llama la atención. El letrero dice: “Nos espera un gran futuro en la indepencia”. ¿De veras así nos puede esperar un gran futuro? El tío Hipólito diría lo que dicen miles de gentes: “Que nos espere sentado, porque tardará en llegar”. ¿Qué futuro puede esperarnos ante tal mediocridad?
Tal vez, entonces, la barda no está equivocada. Y es, en efecto, una alegoría de lo que el futuro nos depara. Un futuro deslavado, un futuro lleno de moho, un futuro sin lectura. Porque, después de todo, este presente atora la llegada de ese futuro esperanzador.
Aunque tal vez la redacción no miente y un gran futuro nos espera, pero no tenemos posibilidades de acceder a esa montaña y nuestro presente nos conduce hacia el desfiladero en lugar de ir hacia la cima.
O tal vez este letrero no miente y nos habla de la posibilidad de tener un futuro donde todo esté por inventarse. ¿Es acaso indepencia una nueva palabra? ¿Es como un juego donde los jóvenes pueden lavar sus sueños en ríos de agua limpia?
A final de cuentas, el mensaje es optimista. Desde siempre, el hombre se plantea un futuro más pleno. Siempre ha sido así. Cuando el futuro nos alcanza vemos que todo fue un mero espejismo. Este presente que vivimos alguna vez fue el futuro de los jóvenes hoy viejos. A estos viejos habría que preguntarles si el futuro cumplió con sus expectativas. Todo mundo dirá que no. Hay grandes avances tecnológicos, pero en lo esencial, en el corazón del hombre, todo es como una piedra pesada, llena de moho, del mismo moho (verde esperanza) que corona esta barda que tiene un letrero mediocre.
¿Quién puede pensar en un futuro prometedor, cuando este letrero habla de una gran pobreza? El letrero está pintado sobre una barda triste, miserable. Sólo los hierbajos del piso hablan de cierta alegría, todo lo demás es como una construcción de cementerio. Nunca esta barda representó una tendencia moderna. Un grupo de albañiles la levantó. El grupo sólo pegó los bloques, con un poco de argamasa, y la dejó aparente. Aparente es el término que se usa para designar algo que está inacabado, algo que ya no fue posible darle una vista mejor. Este presente es aparente, inacabado y, casi se puede asegurar, el futuro también será endeble, como si fuese una estructura hecha con alambres de amarre oxidados.
¿Nos espera un gran futuro en la indepencia? Tal vez el letrero no miente y sea así, pero ¿dónde es la indepencia? ¿Es un lugar cerca de esa Arcadia inventada por los Románticos?

martes, 28 de octubre de 2014

UN SALTO HACIA ARRIBA





Ayer estuve en la presentación del libro “El salto de los duendes”, de Luis Antonio Rincón García. Paso copia del textillo que leí.

Un día decidí no estar más en una presentación de libros. En las presentaciones de libros, la gente consulta su celular, bosteza, platica con el vecino. Es difícil estar en una mesa de honor hablando de algo que los demás no saben de qué se trata. Sería mucho mejor repartir libros, dos o tres días antes de la presentación, para que así todo mundo supiera ¡qué vainas con el libro! Sería mejor, porque no habría necesidad de presentadores. Todo sería como un foro donde se podría comentar acerca del libro. La labor de presentar un libro es muy compleja, porque es imposible construir el mismo edificio que logró el autor.
Decidí no estar en presentaciones de libros, pero no he logrado cumplir con mi promesa. Como si no hubiese más lectores en el mundo, nunca falta alguien que me invita a presentar un libro. ¡Por el amor de Dios! Hay amigos que se burlan y me molestan. Dicen que soy un busca presentaciones, dicen que “me muero” por salir en la foto.
Dios sabe que no es así. Me escondo, pero me encuentran.
Ahora estoy acá, porque el maestro Ornán me invitó. Estaba a punto de agradecer la invitación y decir que no, cuando me dijo que el libro a presentar era un libro de Luis Antonio Rincón García. Entonces, como rata salí de mi rincón y dije que si era de Rincón sí le entraba. De nada me sirve rezar eso de “y no nos dejes caer en la tentación. Amén”. Dios me manda pruebas y como soy duro como el árbol de papaya, acá estoy.
Acepté y agradecí la invitación porque ya es como un récord que algún día meteré al Guinness. Con este libro, “El salto de los duendes”, llevo tres libros de Luis Antonio que presento.
Hace ya tiempo Araceli me invitó a presentar un libro de Luis Antonio, “Las raíces de la ceiba”. Ya para entonces había decidido no entrarle a presentaciones. Se me hizo feo negarme de primera, por lo que acepté el libro y pensé: “Lo leo y luego le digo a Araceli que me salió otro compromiso”. Pero al leer el libro hallé que era un libro muy bien escrito. Disfruté su lectura, así que acepté con gusto el honor de presentarlo. Lo hice porque pensé que era una buena oportunidad para decir que Luis Antonio está llamado a ser uno de los más grandes escritores del Sureste, de México, tal vez de Hispanoamérica, tal vez del mundo.
Cuando me invitaron a presentar el segundo libro de Luis Antonio no dudé. Y ahora, Dios mío, volví a caer en la tentación. Confieso que me he vuelto fanático de la obra de Rincón y de sus rincones. Cuando comparte “Cotidianidades”, una columna que publica en el Facebook, no dudo en entrarle. Como en todo, algunas columnas me gustan más que otras, pero todas, en general, tienen esa esencia que llena de vida lo que parece inerte.
Hoy, con gusto acompaño a Luis. Doy gracias a Ornán por el privilegio. Llevo tres de tres. Corro el riesgo de caer mal por estar en todo, pero lo corro como si fuese una maratón que el destino me envía, un destino afectuoso.
“¿Qué decir de El salto de los duendes?”. Nada, nada diré. Bueno, sí, algo. Repetiré lo que sabe todo mundo, que es un librincillo que obtuvo un premio. Una mañana, en el Cuarto Poder, apareció la siguiente noticia: “Chiapaneco obtiene certamen nacional de letras infantiles”. Era una noticia espléndida, un poco como si el camino intuido fuera, poco a poco, iluminándose para Luis Antonio. Además, pensé: ¿existen las letras infantiles? ¿Hay letras adultas? Parece que las letras, sin sexo y sin edad, sirven para contar historias especiales para adultos (hay textos pornográficos) e historias especiales para niños (acá está como ejemplo el librincillo de nuestro autor, que bien pueden leerlo los niños verdaderos y aquéllos que son viejos pero que siguen conservando el aroma de un renuevo de tenocté).
Ya luego me enteré que el libro de Luis tendría un tiraje de más de ochenta mil ejemplares. Eso era otra buena noticia. Cuando los tirajes de libros en México son de quinientos o mil ejemplares y muchos quedan en bodega, la noticia de que “El salto de los duendes” sería repartido en las manos de ochenta mil lectores es una noticia maravillosa. Ante estos datos, ¿qué agregar? Nada.
El libro que hoy se presenta está antecedido por una larga historia de talento y de disciplina. No queda más que felicitar a Luis. Desearle que siga por el camino de la luz (bueno, por el camino de la penumbra y de la sombra ¡dando luz!). Y a ustedes, lectores de bien, sugerirles que se den el chance de unirse a ese número de ochenta mil chiquitíos que leerán a Luis.
Hoy caí en la tentación. Gracias por enviármela, Señor. Fue un poco como si Dios dijese que no debía comer del árbol del bien y del mal y, sin Eva, subí por una escalera de madera y descolgué el fruto. No me arrepiento. Ahora puedo estar afuera del Paraíso. Valió la pena. Luis es un gran narrador.

lunes, 27 de octubre de 2014

LECTURA DE UNA FOTOGRAFÍA DONDE ESTÁ LA CLAVE DE LA VIDA





Roxxy preguntó: “¿Qué hace Melo?”. Pensé que me albureaba. Pensé: “¡Dios mío, qué tiempos vivimos; los niños son unos malcriados al ciento por ciento!”
¿Qué hace Melo? En voz baja, en volumen que me escuchara Mariana, pero no su sobrina Roxxy, dije: Me lo lava, me lo limpia, me lo… Pero Mariana me calló. Dijo que viera al carro de enfrente. Entonces vi el letrero y comprendí la pregunta de Roxxy. De todos modos pensé: “¡Dios mío, qué tiempos vivimos; los niños son unos niños inteligentísimos!”
Claro, “Gracias a Dios, tomo la vida como el melo…”. ¿Qué hace Melo para ser tan sabio? ¿Para aceptar la vida con soberana alegría? ¿Se vale el albur? ¡No lo creo!
Esa tarde íbamos para la Plaza Las Flores. Mariana llevaba a su sobrina al cine. El tráfico estaba pesado, casi casi como si estuviésemos en calles de Tuxtla. Platicábamos. Escuchábamos el programa “Jazz para despistados”, que trasmite Radio IMER. Yo llevaba el encargo de hacer un depósito en Banco Wal-Mart y de comprar papel higiénico para la casa. Mariana y Roxxy se quedarían para la primera función del sábado. Ellas verían la película “El libro de la vida”, en caricaturas. Platicábamos de eso. Mariana me decía que compraría un subway de jamón de pavo, cuando nos topamos con el carro y con ese mensaje que pareciera sacado de “El libro de la vida”. Es un poco como decir: deja que fluya la vida y ¡vívela!
Ahora bien, la pregunta es la que hizo Roxxy: ¿Qué hace Melo para tomar la vida con filosofía tan positiva? Si damos respuesta, y sin que suene a albur, pareciera que Melo piensa en el otro. Siempre Melo, me lo lava, me lo limpia, me lo sacude, me lo saca (¡y hasta ahí!)
Al momento de jugar y mientras veíamos a un par de niños en el crucero, a la hora del semáforo en rojo, hacer unos malabares con un par de naranjas que estaban tan “tutimes” como ellos, Mariana dijo que ese tal Melo era un conformista de mierda. ¡Santo Dios! Así lo dijo. (Y Mariana no es dada a usar palabras altisonantes.)
Y repitió que era un conformista de mierda porque no era más que un lavacoches, por los ejemplos que di: me lo lava, me lo limpia, me lo engrasa, me lo frota. Y dijo más, dijo que el tal Melo era un ejemplo de quien no pretende más. Dijo que Dios puso todo ante la mesa y que cada quien toma lo que desea, lo que sus sueños alientan. Pensar como el tal Melo es pensar de manera mediocre, pensar que Dios ya tomó la decisión de cómo será nuestra vida. ¡No!, dijo Mariana, y Roxxy la quedó viendo con ojos de lechuza inteligente. No, repitió, no hay que tomar la vida como viene, hay que darle una torcedura; hay que hacerle una maravillosa mangana, tirarla y domeñarla, porque para eso está la vida. La vida es un reto fantástico, agregó y luego me preguntó: “¿Qué opinas?”. Yo, que siempre ando dando manganas a las ideas y a las palabras, pensé que ella me lo… Pero, reculé en mis pensamientos. No me llevo así con ella, con mi niña reata (digo, para hacer la mangana de la vida). Y le contesté que todo era un mero juego, que había sido feliz en ese trayecto. Ya habíamos llegado a la Plaza. Ellas irían al cine y yo a comprar papel higiénico. ¡Dios mío, qué imagen! Me lo limpio, me lo lavo, me lo sacudo. ¿Yo? Yo, igual que Melo, tomo la vida como Dios me la manda, pero no se lo dije a Mariana porque me tildaría de mediocre.

sábado, 25 de octubre de 2014

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA CÓMO UN VELIZ NO SIEMPRE ESTÁ FELIZ





Querida Mariana: hay rituales de fin de año. Uno de éstos dice que quien desea viajar todo el año por venir debe sacar, a las doce de la noche del treinta y uno, dos o tres maletas y dar una vuelta a la manzana. (Menos mal que ahora las maletas tienen llantitas.) Por eso, la última noche del año se ve a miles y miles de personas yendo de un lado para otro jalando maletas, como si las calles fuesen salas de inmensos aeropuertos.
Las maletas son chunches generosos. Sirven para guardar pantalones, camisas, blusas, desodorantes y mil objetos más que el viajero cree le serán necesarios. Los traslados por vacaciones son sensacionales. Incluso los traslados por necesidad no son tan malos. Se sabe que existe la esperanza del retorno. Los traslados que sí son fastidiosos son aquéllos que son de ida sin vuelta. Y entre estos últimos están los más oscuros: los cambios de residencia. Ir de un pueblo a otro es una experiencia ingrata. Las maletas no alcanzan. Son tantos objetos que cambian de lugar que es preciso hacer uso de cajas de madera o de cartón. Las bolsas que se usan para ir por el mandado pierden su vocación y se llenan con cepillos, rollos de papel higiénico, el alpiste de los pájaros y las croquetas del gato y de la perra.
Hace muchos años, Luis Roberto con toda su familia dejó Comitán. A su papá lo enviaron a otra plaza. Luis y yo éramos amigos. Él llegó a despedirse, me llevó dos revistas de Kalimán. Me las dio y no agregó más. Yo supe que era una manera de decirme que, a pesar de la distancia, seguiríamos juntos. (Aun cuando esto es un imposible. La gente que está distante, poco a poco, se olvida de lo que deja.) Luis se fue y (como ya dije) poco a poco nos olvidamos. Ahora, cuarenta y pico de años después no sé qué fue de él. La otra noche prendí la computadora y a través del buscador comencé la localización del amigo de hace añísimos. ¡Uf, qué labor tan difícil! En el Facebook aparecieron cientos de Luis Roberto Gómez García. Busqué uno a uno, tratando de ubicar rostros y ciudades. ¡Imposible! Sucede que con Luis Roberto nunca supe a dónde se había ido. Cuando llegué a casa y le conté a mi mamá cómo todos los amigos de su papá habían acudido a despedirlos, ella, mientras miraba por la ventana, me preguntó a qué ciudad habían trasladado a su papá y no supe qué decir. ¡No sabía! (¿A dónde lo mandaron?)
Uno pensaría que en un traslado llevamos todo. ¡Mentira! Dejamos más de lo que llevamos. Siempre es así. Cuando alguien muda de residencia llama el camión de mudanza y lo llenan de maletas y de cajas. El camión va lleno de camas, refrigerador, burós, lámparas, libros, televisores, colchones (con manchas), cajas llenas de ropa, roperos, trastos, la bacinica de la abuela y mil chunches más. (Todos son objetos.)
Cuando Luis Roberto se fue. Me paré al lado de su hermana Flor y esperé a que todos subieran al carro. El camión de mudanza ya se había adelantado. No obstante, la parrilla que tenía sobre el toldo la camioneta del papá iba repleta de cajas y maletas. Era como si en el desierto hubiesen levantado cien tiendas de campaña. Cuando el papá se despidió de todos sus amigos y compañeros de trabajo, Flor me dio la mano y me dijo: “Nos vemos”. Luis (no sé por qué) ya estaba arriba de la camioneta, desde un principio. Estaba sentado en el asiento posterior, al lado de la ventanilla, del otro lado de la banqueta donde yo estaba, tenía en las manos una revista de Kalimán y la leía (o hacía que la leía). Mientras permanecí en la banqueta al lado de su hermana, él no me vio. Yo le había llevado una piedrita azul que juntos habíamos levantado en la orilla del Lago de Montebello una vez que nos había llevado su papá. Cuando Flor me dijo: “Nos vemos” yo le di la piedra a ella. (Nunca me perdoné la acción, yo había pensado en él, mi amigo, cuando puse la piedra en la bolsa de mi pantalón.) A Flor le di la piedra y ella la guardó en su mano. “Nos vemos” dije. Ella subió al carro y vi que abría su mano y mostraba la piedrita a mi amigo. Él vio la piedra y luego volvió a leer Kalimán. Yo me había quedado solo en la banqueta de la casa de mi amigo. Todos estaban a mitad de la calle, alzaban las manos y las movían como palomas en vuelo. Luis seguía con la cabeza agachada, con la mirada prendida en la revista de Kalimán. Yo tenía los ojos nublados. Cuando el papá prendió el motor de la camioneta, sus compañeros de trabajo se adelantaron y se pusieron casi al frente y desplegaron una manta con el siguiente mensaje: “Cuando tu corazón no alcance, acá estarán floreciendo todos los que sembraste”. Pensé que, tal vez, la mamá de Luis lloraba porque igual que mi amigo tenía la cabeza agachada. Flor volteó y, por el cristal trasero, me dijo adiós. Yo pensé “Nos vemos”. Mi amigo seguía con la vista clavada en la revista. Vi cómo la camioneta avanzó y luego desapareció (para siempre) de mi vista, de mi vista llena de niebla.
La tarde que Luis se fue entendí que la gente deja más que lo que lleva. Tal vez por esto todo mundo dice que cuando alguien muere nada se lleva, ¡deja todo! Cada despedida es un poco como un anticipo de muerte. La manta de los amigos sintetizaba todo: “Cuando tu corazón no alcance, acá estarán floreciendo todos los que sembraste”; es decir, si algún día te va mal, no dudés, acá te esperamos, acán están tus amigos para ayudarte. Pero, la familia de Luis ya no volvió a Comitán. Tal vez les fue bien en otra parte y Luis ahora es un hombre exitoso, más no famoso, porque si fuera famoso ya lo hubiese reconocido en los noticiarios de la televisión. A veces pienso en las cosas que le gustaba hacer y pienso que por ahí debió haber ido su profesión. A él le encantaba jugar a construir puentes y carreteras. En los promontorios de arena del sitio de su casa siempre hacía túneles maravillosos por donde pasaban los carritos. ¿Será un gran constructor? ¿Seguirá viviendo en México? ¿Algún día su empresa lo mandó a la filial que tienen en Colombia y, con su familia, debió hacer la misma acción que él y su familia hicieron en Comitán una tarde? Sus papás no eran de acá. Un día llegaron e inscribieron en la Matías de Córdova a su hijo. Ahí nos conocimos. Nunca supe, porque nunca le pregunté, en qué ciudad habían vivido antes de llegar. (Ahora me doy cuenta que nunca supe más de su vida. Qué pena. Ahora me doy cuenta que después que se fue tampoco supe más de él. ¡Doble pena!)
Las maletas de todo el mundo no alcanzarían para llevar todo lo que deja alguien que cambia de lugar de residencia. Deja mucho, deja todo. Quien se aleja lleva lo que bien pudiera ser prescindible. Imaginemos, mi niña viento, que alguien se va y nada lleva. En el otro lugar podrá comprar, sin mayor problema, ropa, zapatos, camas, refrigeradores y los mil objetos más que envió en el camión de mudanza. Lo que no podrá adquirir jamás es ¡todo lo que dejó atrás!
¿Qué queda atrás cuando cambiamos de residencia? Dejamos cielos, patios, soles, lluvias; dejamos afectos irrecuperables e irremplazables. En el nuevo lugar de residencia nos acomodamos, llegamos a la “nueva” casa, colocamos los muebles, sembramos una planta de buganvilia en el jardín, salimos a recorrer las “nuevas” calles y comenzamos a medir el “nuevo” entorno. ¡Sí! Todo huele a novedad, todo es novedad. Lo que quedó atrás pasa a formar parte de un pasado muy reciente que aún huele a mirto, pero ya es pasado. Los sabios recomiendan enterrar lo que queda atrás y recibir como lluvia bondadosa la nueva posibilidad de vida. Pero, algo en nuestro interior reclama el espacio de las cosas abandonadas.
Los seres humanos, como víboras, siempre estamos cambiando de piel. A veces estos cambios son radicales y pareciera que se abre una ventana insólita en nuestras vidas. Como si fuésemos bordadores de Zinacantán comenzamos a hilar un nuevo rebozo. ¿En dónde queda lo hecho en nuestro lugar de origen?
A menudo recuerdo la frase pintada en la manta la tarde de la despedida de la familia de Luis. ¿De veras los corazones sembrados están dispuestos a latir cuando hay necesidad? ¿De veras quienes se quedan siguen recordando al que se fue? No todo es tan simple. Hay leyes en la vida que son inmutables. La distancia marca diferencias. La distancia comienza, desde el primer instante, a llenar de polvo el afecto. No es lo mismo tener siempre cerca a la amada. Por ahí dicen que amor de lejos… “se divierten los cuatro”. El afecto necesita de ese puente que se llama costumbre. Muchos dicen que la costumbre mata al amor, pero esto no es cierto al ciento por ciento. La costumbre (los actos repetidos) hacen que una relación permanezca. Lo cotidiano (aunque suene ilógico) es el agua que revitaliza. Quien tiene cerca a su pareja no come de ese durazno amargo que se llama distancia. La distancia no fortalece, al contrario ¡limita!
Quienes por cualquier motivo se alejan de su lugar de origen y adoptan otro jamás recuperan lo que dejaron. Hay una inmensa nostalgia por lo que se dejó atrás, incluso pareciera que se fortalece el amor a la tierra original. Piensan que esa perspectiva otorgada por el tiempo y por la distancia magnifica el amor y potencia el cariño y el afecto. Pero esto es como un espejismo. Jamás (ellos en el fondo lo saben) podrán recuperar lo que dejaron, lo que dejan cada día no vivido en el espacio amado. Viven en otras latitudes y disfrutan aquellos cielos, mientras añoran los cielos de la tierra que los vio nacer. Cuando se hacen viejos ese polvo de nostalgia les imprime a su espíritu un color de hoja de libro antiguo. ¡Dejaron de vivir lo que no vivieron! ¡Vivieron como en un universo alterno! A veces vuelven, sólo por un periodo breve, al pueblo entrañable y saben que ese pueblo ya no es el que dejaron. A ese pueblo se le nota las cicatrices y las canas. Todo ha envejecido. Ellos mismos, incluso. Pero ellos envejecieron en medio de otras ramas, sus cantos fueron otros. Sus amistades de entonces los reciben con gran algazara y les ofrecen comidas donde beben, platican y cantan. Pero hay un instante, un instante que define todo, en el que se produce un silencio, no tienen ya más que decirse. Es la hora en que deciden que sí, que es bueno regresar al otro lado. Acá ya no encontrarán lo que dejaron, porque el abandono provocó su muerte. Si entran a la casa donde vivieron su infancia, la casa abandonada, ven que el cuarto donde durmieron ya no es el mismo. Las casas sufrieron modificaciones y otra fue la voz que ordenó la rehabilitación.
Quien cambia de residencia sabe que abandona algo de su corazón. El que se aleja sabe que su corazón se va fracturado. No hay cura para este mal. No hay “curita” que pueda restañar las heridas provocadas por la lejanía. Todo cambio significa un abandono.

Posdata: ¿y qué sucede cuando la naturaleza exige un cambio radical de tiempo y de lugar? ¿Qué sucede cuando alguien abandona la vida y se interna en el territorio de la muerte? Nada lleva el que se va, lo deja todo. Apenas ayer nos enteramos del viaje de don Romeo Torres Ventura, pionero de la radio comercial en Comitán. Medio Comitán lamenta su muerte. Don Romeo nada se llevó. Dejó todo. Dicen que los muertos no vuelven. Es bueno que así sea. Sería lamentable que volvieran después de mucho tiempo y hallaran que ya nada es lo que dejaron.
Don Romeo ya no necesitó maletas. Uno no sabe, porque él siempre fue muy travieso, si el año pasado sacó su maleta la noche del treinta y uno de diciembre y la paseó por la manzana de su casa. Uno nunca sabe cuál es la medida exacta de esas vueltas. Tal vez, uno nunca sabe, le dio una vueltita de más y por eso ahora ya se fue para siempre. Esta palabra es la que duele. Siempre es así. Los amantes juran amarse para siempre. La palabra duele, porque se sabe que los amores infinitos duran lo que duran y no más. Lo único que es para siempre es la ausencia en ese viaje que no tiene boleto de regreso. Se fue don Romeo. Quiero imaginar que él, la noche previa, prendió la radio (con volumen bajo, para no despertar a su esposa) y escuchó las voces generadas en otros territorios. A veces, la gente tiene ganas de estar en otras partes. A veces la gente se aburre de lo rutinario de esta vida comiteca y sueña con volar. Tal vez don Romeo soñó de más. Lo bueno es que se despidió sin despedirse. Prendió su radio y su voz salió “al aire”. Sí, ya don Romeo Torres Ventura se confundió con el aire, se volvió aire.
Yo no tengo costumbre de realizar algún ritual en la última noche del año. Mi vida es tan rutinaria que llego al extremo de no esperar la llegada del año. No debo esperarlo a él. Que él me espere. Se me hace horrible la espera. Nunca me acostumbré a ir al andén a esperar la llegada de alguien. No me gustan los andenes, ni las salas del aeropuerto, ni las terminales de camiones. Me gusta la vida cotidiana, la que no se despide, la que no cambia, la que no viaja, la que aspira el aire, desde el mismo balcón, el de siempre. No me gusta decir: “Nos vemos”. Por esto, tal vez, a Luis no se lo dije jamás.